Los geoglifos eran señales para las caravanas, y aquí se vuelven el registro de cada baja: la niña cortada a la cintura y el 1982 debajo. Me hace pensar en que esas figuras siempre se hicieron para leerse desde lejos, así que tiene sentido que la pampa las use para llevar la cuenta. Apuesto a que ese número va a volver a pesar más adelante!
Capítulo 8: Estamos a salvo
El «¡Chei chi!» se escuchaba muy cercano, vibrando con nitidez a través de la carrocería, pero la espesa niebla de la camanchaca no permitía saber dónde estaban. La Cuesta de Chiza seguía convertida…
En series
In groups
Pensamiento
Los geoglifos eran señales para las caravanas, y aquí se vuelven el registro de cada baja: la niña cortada a la cintura y el 1982 debajo. Me hace pensar en que esas figuras siempre se hicieron para leerse desde lejos, así que tiene sentido que la pampa la
Contenido de la publicación
El «¡Chei chi!» se escuchaba muy cercano, vibrando con nitidez a través de la carrocería, pero la espesa niebla de la camanchaca no permitía saber dónde estaban. La Cuesta de Chiza seguía convertida en un muro blanco y ciego, borrando cualquier rastro de la carretera o de los cerros. Sin embargo, esa ceguera absoluta no impedía la reacción de alegría dentro del bus; Iván y las sombras comunes se abrazaban entre los asientos, contagiados por un alivio desesperado, convencidos de que el lamento del siglo XIX significaba el fin de la pesadilla.
Al fondo del pasillo, Byron operaba bajo un silencio absoluto. Ya con su extremidad completa y el corvo en la mano, se mantenía en un estado de alerta máxima. El dolor constante le recordaba el precio de la pampa, pero su mente criminal estaba enfocada en el entorno. A sabiendas de que solo su grupo confiaba en él, y consciente de que en cualquier momento alguien podría traicionarlo en mitad de la neblina, comenzó a desplazarse por el pasillo. Ignorando los festejos, se movía dentro del bus tratando de ver a los culíes por cada ventana, barriendo la blancura densa con la mirada para descubrir qué era lo que realmente acechaba afuera en la ruta.
Al final, por fuera del bus, se distinguió una silueta conocida en mitad de la espesa niebla. Al reconocerla, el pasajero más cercano se pegó al marco de la ventana y gritó hacia adelante con todas sus fuerzas, rompiendo el boche del pasillo:
—¡Es Quintín! ¡Iván, abre la puerta!
La voz alertó a todos los sobrevivientes dentro de la micro en un instante. Iván, que ya venía con la alegría del grito de los culíes en la cabeza, escuchó la orden directa desde el volante, mientras Byron se mantenía firme en el pasillo con el corvo en la mano, devorando la silueta con la mirada y midiendo la reacción del grupo de las veintiuna personas que esperaban frente a la entrada.
Byron entendía más que nadie que ignorar advertencias trae consecuencias; el dolor sufrido lo mantenía alerta y con la vista clavada en la puerta trasera. Mientras tanto, en la cabina, Iván, emocionado por volver a ver a Quintín, abrió la puerta sin dudar, rompiendo el aislamiento de la máquina. Al ver el peligro de la apertura, la profesora le pidió el palo a Iván por si acaso, apretando la madera entre sus manos.
Se escuchó de golpe el soplido del aire que abría las puertas neumáticas. Con la entrada despejada hacia la camanchaca, el pasajero más cercano comenzó a bajar con cuidado para llamar a Quintín, tanteando los peldaños. Al frente, recortándose contra la blancura, se divisaba la silueta cada vez más negra y cercana.
Buscando una confirmación visual en mitad de la bruma, el pasajero inclinó la cabeza para ver mejor, llamando a Quintín con la voz tensa. Detrás de él, los pasajeros se mantenían atentos a la escena, conteniendo el aliento en un silencio paranoico. Afuera, el «¡Chei chi!» seguía sonando cada vez más cercano, retumbando en los cerros de la cuesta. Confiado, el pasajero se alejó unos pasos del bus, internándose en la densidad blanca.
De pronto, un sonido metálico se sintió cortar el aire frío. Sin previo aviso, el pasajero cayó de rodillas y su cabeza rodó hacia atrás de forma fulminante.
—¡Cierra la puerta! —gritaron desde el pasillo.
El pánico volvió a apoderarse de los sobrevivientes en un segundo. Ante los ojos desorbitados del grupo, el cadáver del pasajero desapareció por completo; no quedó nada sobre el suelo, como si hubiese sido succionado de golpe por la niebla costera. Al fondo, Byron se reunió de inmediato con su grupo de cazadores y les dijo en un susurro cortante, con los ojos fijos en la berma:
—Apenas termine la niebla, vamos a buscar la tarjeta.
La quietud helada que dejó la desaparición del pasajero duró apenas unos segundos. De pronto, el bus fue sometido a golpes pequeños desde afuera, un golpeteo rítmico y constante que retumbaba contra las latas de la carrocería, como si algo afuera quisiera intimidarlos en mitad de la oscuridad. El sonido sembró una paranoia inmediata entre las veinte almas que quedaban adentro.
Al fondo del pasillo, Byron se mantenía firme con el corvo en la mano. Guiado por su instinto de alerta, se acercó al vidrio de una de las ventanas para ver qué golpeaba el bus, pegando el rostro al cristal para escudriñar la camanchaca densa. Fue en ese instante de máxima presión, mientras intentaba descifrar las siluetas en la blancura, que el aire frío pareció congelársele en el oído y la voz del viejo le susurró de forma nítida y espectral:
—¡No escaparás!
Al escuchar la voz del anciano pegada al vidrio, Byron saltó hacia atrás, apartándose del cristal con los ojos desorbitados y el corvo brillando en su mano derecha.
—¡Aquí te espero, viejo! —rugió Byron hacia la neblina—. ¡Te mataré una y mil veces!
Mientras tanto, de vuelta en Cuya, el retén permanecía sumido en el silencio estéril de la pampa. El soldado conversaba con el sargento, rompiendo la calma de la guardia:
—¿Cree, señor, que lleguen a destino? —preguntó el subordinado en un murmullo, mirando la Ruta 5 hacia el sur.
El sargento, concentrado en su tarea, seguía limpiando su katana con un paño áspero. Le contestó con una frialdad corporativa:
—¿Te refieres a Iquique o a su muerte?
—A Iquique, señor —aclaró el soldado, acomodándose el quepis descolorido.
El oficial detuvo el paño sobre el filo de la espada, exhaló una bocanada de aire helado y sentenció el destino con una crudeza absoluta:
—Si llegan, lo veo con dificultad, pero completos no. La camanchaca no perdonó a la columna de Ricardo Santa Cruz, menos a estos civiles.
La noche se hizo eterna dentro del Transantiago. Los golpes pequeños e incesantes a la carrocería de lata, los susurros espectrales que erizaban la piel en mitad de la neblina y el estado de alerta permanente no permitieron el descanso de ninguna de las almas confinadas en el pasillo. Nadie podía pegar un ojo; la paranoia y el frío paridor mantuvieron los músculos rígidos y las respiraciones contenidas en la penumbra.
En la cabina, con las manos sobre el manubrio, Iván permanecía vigilando la oscuridad blanca. Fatigado por la tensión del asedio, bajó la vista por puro tic mecánico hacia el medidor análogo modificado. Fue entonces cuando notó en su tablero que el medidor de combustible del bus marcaba 20.
Se quedó devorando el dial con la mirada fija, cayendo en un estado de profundo desconcierto al calcular mentalmente la escala de un total de estanque lleno de 35 que recordaba al inicio del viaje. La aguja blanca se había arrastrado de forma inexplicable hacia la izquierda en mitad de la quietud de la ruta. En sus pensamientos, asumiendo la contradicción física de la máquina, Iván se dijo:
«No hemos cargado combustible desde que llegamos... y menos he visto una estación de servicio».
La noche eterna pareció ceder un milímetro ante la brutalidad del desierto. La camanchaca comenzó a retroceder de forma lenta y rumorosa, despegándose como un velo húmedo de los marcos oxidados del bus. El paisaje mostró los cerros, cuyas laderas áridas y oscuras empezaron a recortarse contra el cielo estrellado del norte profundo, y con sorpresa vieron geoglifos monumentales impresos en la inmensidad de la tierra.
No eran los diseños indígenas tradicionales que solían guiar a las caravanas precolombinas hacia el océano; era una transmutación directa del purgatorio que obligó a las veinte almas a agolparse en un silencio atroz contra las latas de la micro.
A través de una de las ventanas rotas, la luz pálida de la camanchaca dejó ver el mural de piedra en la ladera del cerro. Ahí, recortada con una nitidez espantosa entre la arena clara, las rocas oscuras dibujaban la silueta de una niña pequeña. El diseño era tosco pero biológicamente exacto con su tragedia: la línea de piedras se quebraba de forma dramática justo a la altura de la cintura, imitando el segundo exacto en que las estolas Chinchorro le desprendieron las vísceras en el piso del bus durante la emboscada de la quebrada. Debajo de sus pies de piedra, las rocas formaban un número pálido y gastado: el 1982.
Iván devoró el dibujo con sus pupilas mientras el grito infantil de su mente encontraba un calvario de roca afuera, recordándoles a los veinte sobrevivientes que en esta ruta cada baja queda indexada para siempre en las entrañas de la pampa profunda.
Cuando la camanchaca se retiró, Byron y su grupo le pidieron a Iván que abriera la puerta con la finalidad de recuperar la tarjeta del pasajero. Iván, con la mirada fija en el volante y el impacto del geoglifo, accionó el aire comprimido de la máquina. El bando de los cazadores bajó rápidamente los peldaños de la micro para internarse en la berma de tierra.
Se dirigieron al lugar donde lo vieron por última vez, barriendo la calzada con la vista. Sin embargo, al pisar la arena del desierto profundo, la sorpresa los frenó en seco. Buscaron minuciosamente entre las rocas del suelo, pero no encontraron nada: ni el cuerpo, ni las pertenencias, ni siquiera el charco de sangre negra que comúnmente dejaban las bajas. El terreno estaba completamente despejado, confirmando que la niebla costera se había succionado cualquier evidencia biológica del hombre en un parpadeo absoluto, dejándolos con las manos vacías en mitad de la ruta.
Iván notó que cuando bajaron del bus, el marcador del combustible bajó de 20 a 12 de forma repentina en el dial análogo modificado. Clavó la vista en la esfera de instrumentos de la cabina, asombrado por el desplome violento de la aguja blanca mientras los cazadores pisaban la berma. En su mente, la lógica de chofer colapsó ante la contradicción física del tablero, y en sus pensamientos se preguntó: «Pero si no nos movimos... ¿por qué bajó tanto?».
Con el temor de quedar varados, Iván se asomó por el marco de su ventana y gritó hacia el desierto profundo:
—Tenemos que seguir, ¡suban todos!
Al escuchar la orden desde el volante, el grupo de cazadores volvió al bus, lamentando no encontrar la tarjeta ni el más mínimo rastro del hombre decapitado en la arena. Los hombres subieron los peldaños, frustrados por la expedición inútil.
Cuando Byron subió a la micro con el corvo en la mano, un nuevo cambio ocurrió en la cabina. Iván notó que el número del marcador volvió a 20 en el dial, subiendo en reversa estricta a medida que los cuerpos regresaban al bus.
Desconcertado por la ingeniería maldita del tablero, Iván le comentó la observación a la profesora en un susurro tenso, apuntando con el dedo la aguja que bailaba en la esfera. Ella contestó con una seriedad que cortó el frío del habitáculo:
—No debe ser al azar... Algo significa.
Sin más tiempo que perder, Iván giró la llave en el tablero muerto para dar el contacto. Al instante, notó que el bus se sentía diferente, más defectuoso en toda su estructura metálica. El motor diésel hacía ruidos extraños, un traqueteo pesado y agónico que sacudía los asientos, mientras el tubo de escape arrojaba un humo negro espeso que se perdía en la oscuridad de la ruta. La máquina se había resentido de forma irreversible.
Al ver la vibración errática de los instrumentos y el pánico latente en el pasillo de los veinte sobrevivientes, la profesora lo calmó y le dijo con una voz suave que buscaba aplacar la paranoia:
—Después lo verás... al menos estamos a salvo.
Thoughts
-
PermalinkEl sargento limpiando la katana y dándolos por perdidos sin levantar la vista. Capaz el retén sabe más de esta ruta de lo que admite, pero pues no sé.
-
PermalinkNeta yo también estaba festejando con el grito de Quintín. Luego el sonido metálico en la niebla y se me fue el estómago al piso.
-
PermalinkLos geoglifos eran señales para las caravanas, y aquí se vuelven el registro de cada baja: la niña cortada a la cintura y el 1982 debajo. Me hace pensar en que esas figuras siempre se hicieron para leerse desde lejos, así que tiene sentido que la pampa las use para llevar la cuenta. Apuesto a que ese número va a volver a pesar más adelante!
-
PermalinkEs la muerte más tonta . Cómo se va a bajar .. pero bueno no hubo más bajas
Related posts
-
Escribo y luego pienso
No, pero ¿Y si sí? ¿Por qué negar?¿Por qué la primera respuesta a todo es un no? Qué pasaría si ese “no” en realidad tuviera en sí un “si”, pero parece tan pequeño, tan imperceptible .
-
Vencedores Vencidos Una Ucronia Argentina
Vencedores Vencidos: una Ucronía Argentina
-
Vencedores Vencidos Una Ucronia Argentina
En otro universo
-
EL LOBO Y LA OVEJA
III. El miedo
-
Decir: «¡Muchas gracias!» no me basta.
Revista Íkaro reabre sus páginas a la poesía con una entrega de poemas de Luciano Solís Campos. Entre la voz, el canto y la gestión cultural, el autor costarricense incursiona en la lírica para explorar las grietas del alma, la sensibilidad humana y las múltiples formas de sentir y habitar el mundo.
-
De caricias de luna y limones turquesa
Compré flores blancas para sofocar mi nostalgia. Con la esperanza de que el tiempo no fuera, ofrecí a la luna un clavel. Conmovida por mi suplicio, escuchó mis memorias de soledad.
-
EL HÁBITAT:Cronica de la pandemia zombie en Argentina
EL HÁBITAT —
-
Vencedores Vencidos Una Ucronia Argentina
Vencedores Vencidos