los panqueques en forma de corazón y el minipastel - estás siendo tan linda con tus papás
Capítulo 7
El despertador de las 6:00 a. m. no tuvo que hacer ningún esfuerzo; llevaba media hora con los ojos abiertos, mirando al techo y midiendo la distancia exacta entre mi cama y la línea que había…
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los panqueques en forma de corazón y el minipastel - estás siendo tan linda con tus papás
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El despertador de las 6:00 a. m. no tuvo que hacer ningún esfuerzo; llevaba media hora con los ojos abiertos, mirando al techo y midiendo la distancia exacta entre mi cama y la línea que había decidido cruzar. Mientras batía los huevos para el desayuno de aniversario de mis padres, mis manos se sentían ajenas. El olor a café inundaba la cocina con una normalidad casi insultante, recordándome que para el resto del mundo hoy era un día de celebración, pero para mí era la cuenta regresiva hasta las 8:00 p. m.
Terminé de preparar los panqueques en forma de corazón, los decoré con miel y arándanos, y los llevé a la mesa. Justo cuando terminaba de acomodar los globos y el minipastel con la foto del día en que se comprometieron, regresé a la cocina por el café.
—Oye, te quedó hermoso —dijo mi mamá mientras bajaba las escaleras. Detrás de ella venía mi papá.—Buenos días. ¡Feliz aniversario, sus majestades! —los saludé con una sonrisa.
Se sentaron y terminé de servir el café.
—Aprueben mis obras de arte —les pedí.Mi papá se rió y me siguió el juego:
—La chef de cinco estrellas nos preparó un menú muy artístico.
Mi mamá miró los panqueques con ternura.
—Están tan lindos que no me los quiero ni comer —luego desvió la mirada hacia el pastel—. Mira esa foto, estábamos en el parque llenos de pintura—añadió entre risas.
Observé cómo mi papá le servía un trozo de pastel a mi mamá. Ella, con una sonrisa dulce, le dio un sorbo a su taza de café, que llevaba impresas las palabras “Gran Jefa”, mientras disfrutaba de sus panqueques. Qué hermoso es el amor, los veo juntos, no puedo evitar imaginarme todo lo que tuvieron que pasar para encontrarse en la vida.
—Oye, ¿en qué piensas? —la voz de mi padre me trajo de vuelta a la realidad.
—En el amor que se tienen ustedes dos —le respondí.
—Pronto te llegará el tuyo —aseguró él.
Con un suspiro y la mirada baja, contesté:
—Todavía no creo que sea el momento.
—Es bueno que estés aquí con nosotros —intervino mi mamá con suavidad—. Para que tengas esa libertad que nunca te dieron, y puedas hacer amistades, salir y conocer personas nuevas.
—Está bien, está bien, no quiero llorar —los interrumpí para evitar que la emoción me ganara—. Voy a subir a cambiarme para que nos vayamos.
Mientras subía las escaleras, alcancé a escuchar a mi mamá susurrarle a mi padre: «Todavía tiene cicatrices que le ha costado sanar, pero ya llegará su momento de felicidad».
Entré a mi habitación, me di una ducha rápida y me hice una trenza en el cabello, ya que hoy ayudaría a los chicos en el taller mecánico. Me puse una bermuda gris, una camisa azul claro y mis tenis. Agarré mi mochila y bajé.
—¡Lista para irnos! —anuncié—. ¿Puedo manejar?—De regreso manejas tú —me prometió mi papá con una sonrisa
Nos subimos al auto y en media hora llegamos al taller. Saludé a los trabajadores y me acerqué al mecánico principal.
—Señor Juan, estoy lista para aprender hoy.
—Claro que sí —me respondió—. Ve a cambiarte.
Fui hacia los casilleros, entré al baño y me puse el overol de trabajo. Me quité los tenis para ponerme las botas de seguridad; en un taller hay que estar protegida, pero me sentía lista y cómoda. Al salir, escuché a mi padre hablar con los muchachos antes de retirarse:
—Me cuidan a la jefecita. Que no se ensucie tanto, porque la última vez parecía un trozo de carbón.
Los chicos se rieron. Pasada una hora, mi mamá regresó para traernos un jugo de sandía para refrescar el mediodía. Nos avisó que el almuerzo llegaría en una hora y se marchó a la oficina. Durante ese tiempo, me lo pasé con mi cuaderno en mano, tomando notas de todo lo que el señor Juan me explicaba sobre mecánica.
—Bueno, ya pasaste mucho tiempo con la teoría —me dijo el señor Juan—. Hoy tendrás tu primera práctica. Vas a cambiar el aceite y a arreglar los frenos de este auto. Lo vienen a buscar a las tres de la tarde.
—Entendido —le respondí con confianza.
Drené el aceite en tiempo récord, aunque, como buena principiante, terminé con manchas negras en la cara y en el overol. En eso, mi madre regresó con los almuerzos y me preguntó si quería comer con ella en la oficina. Le dije que no, para no ensuciar los sofá de grasa y preferí quedarme a compartir con los muchachos. Ella asintió y se retiró.
Terminamos de comer, reposamos un poco y me preparé para cambiar los frenos bajo la atenta mirada del señor Juan. Me froté las manos, me coloqué los guantes de nitrilo y me puse manos a la obra. Tras asegurar el coche en el elevador y retirar la rueda para mayor seguridad, desmonté la pinza con cuidado para no dañar la manguera. Saqué las pastillas gastadas y utilicé la prensa de pistones para preparar la pinza para las nuevas, aplicando un poco de grasa de cobre para evitar chirridos futuros. Tras montar todo, apreté los pernos con la llave dinamométrica y probé el pedal. Logré terminar el trabajo a las dos y media de la tarde. ¡Justo a tiempo!
El señor Juan revisó minuciosamente los frenos.
—Quedó perfecto —aprobó con un gesto.
En ese momento, vi pasar una camioneta Hilux de la cual se bajó Alejandro, el socio de mi papá. Al verme, me preguntó:
—¿Se encuentra Carlos?
—Sí, está en la oficina con mi madre —le respondí, y vi cómo se dirigía hacia allá.
Las pocas veces que he estado en el taller he hablado muy poco con Alejandro; es un hombre sumamente reservado. Me di la vuelta para seguir conversando con Camilo cuando, de repente, escuché a mis espaldas una voz que me resultó muy familiar,me volteé para ver de quién se trataba. Conocía de sobra esa imponente estatura, ese cabello negro azabache y ese estilo de vestir tan particular que jamás pasaba desapercibido.
—Jefecita —me llamó Andres—, ¿tendrás las llaves del carro al que le arreglaste los frenos?
—Ya te las busco —respondí, intentando sonar calmada.Caminé hacia el tablero de las llaves, las tomé y regresé hacia él. Pensé que la capa de grasa y aceite en mi rostro jugaría a mi favor y evitaría que me reconociera, lo cual me dio un pequeño alivio. Me esforcé por mantener los nervios bajo control.
—Ten —le dije, extendiéndole las llaves.Él las tomó mientras me dedicaba una ligera sonrisa de medio lado.
—¿Puedo probarlo? —preguntó Alex, clavando sus ojos en mí
—Sí, no hay ningún problema —le contesté con un tono serio y profesional.
—Pero quisiera que vayas conmigo —añadió, sosteniéndome una mirada intimidante que me congeló por completo.No sabía qué responder. Justo cuando abrí la boca para balbucear algo, la oportuna voz de mi padre interrumpió el momento.
—Que vaya Juan—sentenció mi papá, apareciendo de la nada.
La tensión en el aire se volvió densa y pesada. Justo detrás de venía Alejandro quien intervino de inmediato:
—No creo que tengas ningún inconveniente en que te acompañe Juan, ¿verdad?Alex no respondió. Se limitó a dar la vuelta y subirse al auto junto al mecánico. Aproveché el momento para escabullirme hacia los casilleros a cambiarme, mientras mi papá se quedaba conversando con Alejandro. En el baño, me lavé la cara a toda prisa y me quité el overol.
Cuando salí, Alejandro ya se había marchado y Juan estaba de regreso. Eran la cuatro y media de lantarde,
—Mamá, voy al local de la esquina a comprar algo, ya vengo —le avisé,
—No te tardes —me pidió ella.
Crucé la calle a paso rápido. Solo quería caminar, avanzar y sacudirme los malditos nervios que me provocaba su sola presencia. Mientras avanzaba por la acera, Me crucé la calle con una sola pregunta dándome vueltas en la cabeza: ¿Cuál es mi necesidad de buscar el peligro? No nos conocíamos de nada, pero este torbellino que sentía en el pecho ya me estaba superando. Sabía perfectamente quién era él y de dónde venía. Sabía que Alex era veneno, un hombre despiadado atrapado en un mundo oscuro que terminaría por consumir me. Lo sabía todo. Y aun así, mientras caminaba por la acerca, deseé con todas mis fuerzas volver a quemarme con su mirada.
Thoughts
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PermalinkLa línea de tu papá protegiéndote, apareciendo de la nada cuando Alex te pidió que fueras con él, eso fue hermoso.
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Permalinkel momento cuando entró Alex y todo cambió - esto es lo que estabas esperando toda la mañana ¿verdad?
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Permalinktu mamá susurrando "todavía tiene cicatrices que le ha costado sanar" - ¿qué pasó antes de que llegara a ese taller?
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Permalinklos panqueques en forma de corazón y el minipastel - estás siendo tan linda con tus papás
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Permalink¿llevaba media hora con los ojos abiertos mirando al techo? hermana, en qué conteo regresivo estabas metida
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PermalinkPara mañana le subo la continuación del capítulo 7
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