El tiempo se detuvo en ese instante. Mi mente se quedó en blanco, incapaz de procesar lo que mis ojos tenían adelante. Pero esta vez no era el mismo que vi hace tres días; su semblante era más oscuro, desprovisto de cualquier rasgo humano reconocible, y me clavaba una mirada aterradora que me impedía dar un solo paso atrás.
Con los nervios de punta, logré articular:
—Hola, buenas tardes. Ya no atendemos.Él, con una voz profunda que me caló los huesos, respondió:
—Sí, ya sé.
—¿Dime qué necesitas?
—¿Se encuentra Esther?
—No.
—Umm... ¿me puedes preparar tres lonches?
—Ya estoy cerrando, no puedo
—¿Y si llamo a Esther para que lo hagas?
—Bueno, si quieres...
Vi cómo le escribía a Esther y, en ese mismo instante, repicó mi celular. Era ella. Atendí la llamada y su voz apurada me dijo: "Prepara tres lonches para Alex. No te preocupes, te voy a dar algo por la hora extra". Me colgó sin dejarme replicar. Miré a Alex, sintiendo el vacío en el estómago.
—¿Qué vas a llevar de comida?—le pregunté, intentando que no me temblara la voz.
—Arroz, pescado, ensalada... y también me das un jugo de fresa y dos de melón.
—Ok, si quieres ven en 35 minutos, que ya estará listo.
—No. Yo quiero ver cómo lo preparas —sentenció, dándome una mirada que me erizó la piel.
—Ok, si quieres...
Me fui para la cocina y de inmediato sentí sus pasos firmes justo detrás de mí. Puse el arroz a cocer y coloqué el aceite a calentar mientras preparaba la ensalada. Sentía su mirada clavada en mi nuca, densa y pesada. El ambiente estaba tan tenso que casi costaba respirar; no podía distraerme, pero su sola presencia me ponía extremadamente nerviosa. Terminé la ensalada y puse los pescados a freír, bajando el fuego al arroz para que todo estuviera caliente al mismo tiempo.
Al ir a tomar las frutas, Alex se adelantó y me las pasó, rozando apenas mis dedos. Las coloqué en la mesa y fui a buscar el batidor que estaba en el fondo de un estante alto. Como soy bajita, no alcanzaba. Me puse de puntillas, esperándome lo más que podía, cuando de repente sentí su cuerpo pegarse completamente detrás del mío. Su calor me invadió por completo. Estiró su brazo, rozando mi costado, y agarró el batidor. Me di la vuelta lentamente, quedando a milímetros de su pecho. Me entregó el aparato, pero en lugar de soltarme, me tomó las manos. Sentí una descarga eléctrica; mi cuerpo empezó a temblar más de lo normal, atrapado entre el miedo y una extraña atracción. Él me sostuvo la mirada un segundo eterno y luego, lentamente, se apartó.
—¿Quieres que revise los pescados?
—escuché que dijo, con la voz más suave.
—Sí, por favor —susurré, intentando recuperar el aire.
Mientras él vigilaba la estufa, yo me apresuré a licuar los jugos con las manos todavía temblorosas. Cuando todo estuvo listo, comencé a servir la comida en los lonches, empaqueté cada uno en una bolsita y se los entregué. Procedí a decirle la cuenta; me pagó en silencio y finalmente se fue, dejando el lugar extrañamente frío.
Regresé a la cocina a limpiar con el corazón todavía acelerado. Terminé, apagué las luces y le escribí a Esther para avisarle que ya había cerrado el negocio. Llamé a un taxi para que me llevara a casa; no me quedaban fuerzas ni para caminar un solo paso.