El vehículo tardó apenas cinco minutos en llegar, pero para mí se sintió como una eternidad en la acera desierta. Subí al asiento trasero, saludando con un hilo de voz que el conductor apenas pudo escuchar. A mitad de camino, mi teléfono vibró; era un mensaje de mi mamá: «Voy a salir con tu papá a comprar unas cositas, cuando llegues tranca la puerta con seguro, ¿ok?». Le respondí que estaba bien. Luego, le pregunté al conductor cuánto era y procedí a pagarle. Le pedí que girara en la esquina y se estacionara en la segunda casa. Me bajé, le di las gracias y cerré la puerta. Abrí la puerta de la casa, entré y eché el seguro. Subí a la habitación y puse a llenar la tina. Mientras se llenaba, fui a la cocina a prepararme una ensalada de frutas, agarré un yogur y regresé arriba. Puse música de Alec Benjamin, cerré mi puerta con seguro, me quité la ropa y me fui a duchar. Entré en la tina, coloqué una mesita pequeña que tengo para poner las fresas con el yogur y me sumergí en el agua fría para olvidar todo este día.
Ya pasaron unos minutos y el agua fría empieza a entumecer mi piel, pero es justo el freno que mi mente necesitaba. Estiro el brazo hacia la mesita, tomo una fresa y la muerdo despacio. El sabor dulce contrasta con la amargura que llevo por dentro. Mientras mastico, me quedo mirando el techo, procesando cada segundo de lo que pasó hoy, desarmando el problema en mi cabeza mientras la voz melancólica de Alec Benjamin llena el baño. El yogur y las frutas me devuelven un poco las fuerzas, pero la pesadez en el pecho sigue ahí.
De repente, escucho un golpe en la puerta abajo y me estremezco. Salgo de la tina con cuidado, me envuelvo en la toalla y voy a ver quién es. Escucho la voz de mi mamá al otro lado:
—Celeste, abre.Le abro, ella pasa y vuelvo a trancar la puerta.
—¿Cómo te fue hoy? —me pregunta.
—Todo estuvo bien en el trabajo —le respondo—. Me tardé porque hice tiempo extra.
Ella asiente y me dice:
—Termina de vestirte y baja para cenar, ¿ok?Mamá se va a la cocina. Yo regreso al baño para vaciar la tina, agarro las fresas que quedan para comérmela y acomodo todo. Voy a la habitación a cambiarme; me coloco una pijama azulita con flores que me regaló uno de mis hermanos hace poco y me cepillo el cabello. Al bajar, voy directo a la cocina para ayudar a mi mamá a ordenar la mesa. Le pregunto por papá y me dice que está en la oficina. Terminamos de acomodar las cosas y ella va a llamarlo. Le pido la bendición a mi papá y nos sentamos los tres a comer. Mamá preparó lasaña, nuestra favorita, y una malteada de fresa.
¿Qué vas a hacer mañana? —me pregunta mi papá.
—Creo que nada, como es fin de semana no tengo que trabajar —le digo.
—¿Quieres acompañarme al trabajo como a las diez de la mañana?
—Sí, claro, no hay inconveniente con eso.
—¿Puedo ir con ustedes? —interviene mi mamá.—Sí, claro, así no te quedas solita en la casa —le responde él con una sonrisa.
Aprovecho el momento para pedirles un favor:
—¿Me darían permiso mañana a las ocho de la noche para ir con Samanta a una fiesta? Es cerca de su casa.Mi papá acepta, pero me pone condiciones:
—Está bien, pero tienes cuatro horas de permiso nada más.
Con eso me basta, ya que no soy muy fiestera que digamos. Mi mamá me advierte sobre el alcohol, temiendo que tome demasiado, aunque yo nunca he sido de beber mucho en mi vida. Al final me dice que está bien. Cuando terminamos, les pido que me dejen recoger la mesa y lavar los platos para que ellos descansen. Ella acepta y la veo subir junto a mi papá. Termino de limpiar lo que quedó suelto, cierro todo y voy a la puerta principal para verificar que esté asegurada.
Subí a mi habitación y coloqué la alarma temprano, a las 6:00 a. m., para hacerles un desayuno sorpresa a mis padres, ya que es su aniversario. Es impresionante cómo ya van a cumplir un tres juntos; a pesar de que él no es mi papá biológico, lo quiero como si lo fuera y lo respeto muchísimo. Haber tenido un padre ausente me hace valorar su presencia. Reviso el teléfono para ver si hay algún mensaje de Samanta me pregunta si me dieron permiso. Le respondo que sí, y ella me avisa que mañana pasará por mí a las 8:00 p. m. Quisiera contarle lo que me pasó hoy, pero todavía no lo asimilo ni yo misma. Siento un extraño deseo de involucrarme en su mundo que ni yo misma entiendo. Tal vez es porque siempre he sido la chica perfecta que nunca rompe las reglas, y esta vez, muy en el fondo, quiero saber qué se siente cruzar la línea.