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Capítulo 7: "Azola"

CaPitta188

Contenido de la publicación

«El pasado puede dejar cicatrices, y el futuro, sembrar incertidumbre. A veces, las señales llegan en forma de sueños, de presentimientos o de silencios que esconden más de lo que revelan. Algunos las interpretan como advertencias; otros, como oportunidades. Pero mientras unos buscan respuestas para proteger aquello que aman, otros aguardan el momento preciso para destruirlo todo. Porque no todas las tormentas nacen en el cielo, ni todos los peligros anuncian su llegada con un rugido».

En las Tierras Lejanas, lugar del exilio, la desesperanza y el caos, se encontraban las hienas junto a una leona desconocida. Era anciana, tenía el cuerpo cubierto de cicatrices y su aspecto sugería que la vida no había sido amable con ella. Nadie sabía quién era. Nadie la había visto jamás.

La leona permanecía frente a las hienas con una expresión imperturbable. Shenzi, la líder de la manada, fue la primera en romper el silencio.

—Oh... Azola. Al fin apareces —comentó con burla—. Creí que te habías perdido.

Las hienas estallaron en carcajadas. Sin embargo, Azola no pareció inmutarse. Con una calma inquietante, respondió:

—Cuidado, Shenzi... No olvides con quién estás hablando.

Las risas se apagaron poco a poco, hasta que el silencio volvió a apoderarse del lugar. Shenzi frunció el hocico, visiblemente molesta, pero no se atrevió a replicar.

Azola comenzó a avanzar lentamente, rengueando a cada paso. Su mirada recorrió a las hienas con evidente desprecio.

—Les ordené hacer algo sencillo, y ni siquiera eso pudieron lograr...

Antes de que pudiera continuar, Banzai, una de las hienas, la interrumpió con frustración.

—¡Estuvimos tan cerca...!

—¡Oh, sí! Ya podíamos saborear a esos cachorros —añadió otra hiena.

—Pero entonces aparecieron Kovu y Kiara... —concluyó Banzai, malhumorado.

Azola escuchó las explicaciones sin mostrar la menor reacción. Su paciencia parecía inagotable, aunque había algo en su silencio que resultaba mucho más amenazante que cualquier grito.

Finalmente, habló con serenidad, pero con un tono cargado de desprecio.

—Son unos ineptos, unos inútiles y unos buenos para nada.

Hizo una pausa y soltó un pequeño suspiro antes de continuar:

—Si no fuera porque los necesito...

Dejó la frase inconclusa. Aquellas palabras bastaron para provocar el descontento entre las hienas, aunque Azola ni siquiera se molestó en prestarles atención.

En cambio, levantó la cabeza y dirigió la mirada hacia un árbol muerto que se alzaba a poca distancia. Sobre una de sus ramas descansaba un buitre viejo, de plumaje desgastado y mirada astuta.

—Tauni... Vigila las praderas. Sé sigiloso y mantenme informada de todo lo que ocurra.

El buitre inclinó ligeramente la cabeza. En sus ojos brilló una expresión calculadora, como si aquella tarea le ofreciera una oportunidad que no pensaba desaprovechar.

—Inmediatamente.

Extendió las alas y se alejó volando, perdiéndose en la inmensidad del cielo.

Azola volvió entonces su atención hacia las hienas, deteniéndose especialmente en Shenzi, Banzai y Ed.

—Y ustedes tres... Procuren no estorbar.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a alejarse con su característico caminar irregular. Mientras avanzaba, una sonrisa de satisfacción se dibujó lentamente en su rostro.

—Primera fase del plan completada —murmuró para sí misma.

Cuando Azola ya se encontraba lo suficientemente lejos, Shenzi dejó escapar un bufido y miró a sus compañeras con evidente fastidio.

—Recuérdenme por qué debemos hacer todo lo que ella dice...

Banzai, en cambio, parecía mucho más confiado. Se acercó a una roca y subió a ella para contemplar, a lo lejos, las tierras del reino.

—Tranquila. Puede que ahora no nos agrade, pero ella recuperará las tierras del reino. Y nosotros volveremos a ocupar el lugar que nos corresponde...

Hizo una pausa, sin apartar la mirada del horizonte.

—Por segunda vez.

—Sí, por segunda vez... ¿O debo recordarles cómo terminó la primera? También confiamos en un león, y miren cómo acabamos... —bufó Shenzi con evidente resentimiento.

—Pero esta vez es diferente. Esa vieja loca no tiene los mismos planes de siempre... Lo suyo es distinto, tiene una forma muy extraña de hacer las cosas.

Las hienas intercambiaron miradas y, de pronto, comenzaron a reír a carcajadas.

Sus risas resonaron por las desoladas Tierras Lejanas, cargadas de una malicia que parecía anunciar desgracias. No eran carcajadas nacidas de la alegría, ni siquiera del hambre. En ellas se escondían el resentimiento, la sed de venganza y un deseo insaciable de sangre.

Algo oscuro estaba por comenzar.

Más tarde, ese mismo día, en las praderas, cerca de la Roca del Rey, Kiara caminaba junto a Rafiki. Ambos disfrutaban de un paseo mientras contemplaban la inmensidad de las tierras que se extendían ante ellos.

Después de un rato, la joven reina rompió el silencio.

—Te agradezco que te hayas tomado el tiempo de venir, Rafiki.

—No te preocupes, Kiara. Estoy aquí para lo que necesites.

Kiara soltó un pequeño suspiro. Llevaba días sintiendo una inquietud que no lograba explicar, y aquella conversación era una oportunidad para expresar lo que la atormentaba.

—Es solo que... me siento abrumada.

Rafiki no respondió. Se limitó a escucharla con atención, permitiéndole desahogarse sin interrumpirla.

—Hace varias noches que no puedo dormir bien. Sé que el reino está en calma, pero hay algo que me preocupa... y no sé qué es.

El anciano mandril guardó silencio durante unos instantes. Luego, la miró con seriedad.

—Tus sueños...

Kiara se volvió hacia él, sorprendida.

—¿Cómo es que tú...?

—Porque desde hace varios días tengo el mismo presentimiento que tú —la interrumpió Rafiki—. De hecho, antes de que me llamaras, ya venía a hablar contigo.

Le dedicó una leve sonrisa, acompañada de una mirada cómplice.

—Pero veo que te me adelantaste.

Kiara se detuvo y se sentó sobre una pequeña roca. Desde allí podía contemplar a los antílopes, los ñus y los búfalos pastando tranquilamente. Más allá, unos enormes elefantes bebían agua, ajenos a cualquier preocupación.

La escena transmitía una paz absoluta, pero aquella tranquilidad no conseguía aliviar su inquietud.

—La cuestión es que el pasado me está atormentando otra vez —confesó, con la mirada perdida en el horizonte—. Tal vez nunca superé mis traumas, o quizá...

Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras adecuadas.

Rafiki se acercó y se acomodó a su lado.

—No es el pasado lo que te está atormentando, querida.

Kiara apartó la mirada del paisaje y lo observó con desconcierto.

—¿A qué te refieres?

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—No es el pasado... Es el futuro.

Kiara frunció el ceño, sin comprender.

—Pero en mis sueños aparece la batalla que libramos hace años. Los forasteros, Zira... Yo intentando salvarla... —Su voz adquirió un matiz de frustración—. Tal vez no he superado nada de lo que ocurrió.

Rafiki dejó escapar una pequeña risa, intentando aliviar la tensión de la joven reina.

—No eres tú, Kiara.

Tras una breve pausa, su expresión se tornó más seria.

—Los sueños pueden ser confusos, pero lo que ocurre en nuestro subconsciente no siempre carece de sentido. A veces, nuestra mente utiliza recuerdos del pasado para advertirnos de algo que todavía no comprendemos.

Kiara lo miró con preocupación.

—¿Quieres decir que algo malo va a ocurrir?

Rafiki soltó un leve suspiro. No se apresuró a responder. Cerró los ojos durante unos instantes, como si intentara ordenar sus pensamientos antes de hablar.

—Como te he dicho, los sueños no suelen ser claros. Por eso, no debes sacar conclusiones precipitadas.

Abrió los ojos y volvió la mirada hacia ella.

—Pero gracias a ti, ahora puedo confirmar algo.

Kiara se volvió completamente hacia él.

—¿Confirmar qué?

Rafiki la observó durante unos segundos antes de dirigir la mirada hacia el horizonte.

—¿Sabes, Kiara? Durante los últimos días he recibido varias señales. Señales de los grandes reyes del pasado. Han estado intentando comunicarse conmigo.

Hizo una pausa, pensativo.

—Y creo que la última señal ha terminado de confirmarme que algo está por suceder.

—¿Cuál fue tu última señal? —preguntó Kiara, cada vez más intrigada.

Rafiki volvió a mirarla.

—Tú.

La joven reina parpadeó, desconcertada.

—¿Yo?

—No es solamente tu subconsciente el que intenta advertirte de algo, Kiara. Los grandes reyes también están tratando de comunicarse contigo.

Mientras hablaba, Rafiki comenzó a caminar lentamente a su alrededor. Se inclinó, recogió un puñado de tierra y lo apretó entre sus manos, observando cómo los pequeños granos se filtraban entre sus dedos.

—El hecho de que estén intentando comunicarse no solo conmigo, sino también contigo, me confirma que algo realmente va a ocurrir.

Kiara bajó la cabeza, frustrada.

—Si tan solo pudiera descifrar lo que quieren decirme...

Rafiki contempló la tierra que aún conservaba en su puño y respondió casi para sí mismo:

—Sí... Yo también quisiera comprenderlo.

Guardó silencio durante un instante y luego añadió:

—Pero quizá no se trate de descifrar sus mensajes, sino de aprender a escucharlos.

Ambos dirigieron la mirada hacia el horizonte. El viento acariciaba las praderas y hacía ondular suavemente la hierba bajo la luz del sol.

Después de unos segundos, Rafiki volvió a hablar.

—Ese sueño, sea bueno o malo, anuncia un cambio que se aproxima al reino.

Kiara abrió los ojos con inquietud.

—¿Un cambio? ¿Justo ahora? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Las preguntas comenzaron a salir de su boca una tras otra, cada vez más deprisa.

—¡Tshh! Tranquila —la interrumpió Rafiki con suavidad—. Respira profundamente y deja que esa ansiedad se disipe. No necesitas saberlo ni comprenderlo todo... todavía.

Kiara apartó la mirada, frustrada.

—No es tan sencillo...

Rafiki no respondió de inmediato. Permaneció quieto, con los ojos cerrados, sosteniendo todavía la tierra entre sus manos. Después observó a Kiara y, finalmente, volvió la mirada hacia el horizonte.

La joven reina abrió los ojos y lo contempló en silencio, esperando alguna respuesta.

Entonces, Rafiki relajó los dedos y dejó escapar la tierra que había estado apretando. El viento la recogió suavemente y la arrastró hacia el horizonte, dispersándola en el aire.

Solo entonces rompió el silencio.

—No tengas miedo, Kiara. Esos sueños no están ahí para atemorizarte. Lo mismo ocurre con mis señales... —murmuró, casi como si aquellas palabras también estuvieran destinadas a sí mismo—. Son advertencias. Nos permiten prepararnos. Te permiten prepararte para afrontar los cambios que se avecinan.

Kiara bajó la cabeza.

—Ni siquiera sé cómo debo afrontarlos... ni qué se supone que tengo que hacer.

—Ese no es el punto —respondió Rafiki—. No necesitas conocer todas las respuestas. Lo único que debes hacer es estar preparada.

El anciano hizo una breve pausa antes de formular la pregunta que, a su juicio, realmente importaba.

—La cuestión no es cómo vas a enfrentarte a lo que viene, sino si estarás preparada cuando llegue el momento.

Kiara suspiró. Aquella respuesta no disipaba sus dudas, pero había algo en las palabras del viejo mandril que la obligaba a reflexionar.

Rafiki volvió a contemplar las praderas. Su expresión se suavizó al dirigirse nuevamente a ella.

—Oh, querida reina... Sé que no es fácil. Es demasiado para ti, y no podrás afrontarlo todo sola.

Se volvió hacia Kiara y le dedicó una sonrisa cálida.

—Pero eres muy afortunada. Cuentas con la guía de los grandes reyes del pasado y con el apoyo de tu familia. No olvides que no estás sola, querida. Apóyate en ellos y descansa. Necesitarás fuerzas para lo que venga.

Kiara no respondió. Permaneció junto a Rafiki, contemplando las tierras que tenía bajo su responsabilidad.

El sol continuó su lento recorrido hacia el horizonte. Los pájaros surcaban el cielo, mientras las manadas se desplazaban tranquilamente por las praderas. Todo parecía estar en perfecta armonía.

A lo lejos, cerca de unas rocas, se encontraban los cachorros de Kiara.

—Chacka... ¿Qué te ocurre? —preguntó Nama con curiosidad.

El cachorro apartó la mirada y respondió con cierta vacilación:

—¿A mí? Nada.

Nama lo observó con desconfianza. Después se acercó y le dio un pequeño empujón con el hombro.

—¡Oh, vamos, hermanito! Te conozco muy bien. No puedes engañarme.

—¡Ya cállate, tonta! —replicó Chacka, molesto—. Mejor dime qué te pasa a ti, que últimamente estás insoportable.

Antes de que Nama pudiera responder, Shani se colocó delante de su hermano, bloqueándole el paso con una expresión orgullosa.

Chacka la miró, incrédulo.

—¿Tú también?

Las dos hermanas intercambiaron una mirada y estallaron en risas.

—Gracias, hermanita —dijo Nama entre carcajadas.

—De nada —respondió Shani, riéndose también.

Sin embargo, la diversión duró poco. Shani adoptó una expresión más seria y volvió a mirar a su hermano.

—Y tú, deja de hacerte el duro y dilo de una vez.

Chacka soltó un suspiro de resignación.

—Si con eso van a dejarme en paz...

Se detuvo un instante antes de continuar:

—Está bien. Estoy preocupado por mamá.

Las dos hermanas dejaron de reír.

—¿Por mamá? ¿Por qué? —preguntó Shani, desconcertada.

Chacka reanudó la marcha, apartándose de su hermana para continuar caminando.

—¡Oh, por favor! ¿En serio no la han notado extraña últimamente?

Nama se quedó pensativa durante unos segundos.

—Mmm... Si te soy sincera, creo que sí.

Chacka y Shani se detuvieron para mirarla, esperando que continuara.

Nama se encogió de hombros y añadió:

—Pero no tienes por qué preocuparte. Mamá es la reina, ¿recuerdas? Seguro que tiene muchísimas cosas que hacer. Ya sabes, asuntos de la realeza y todo eso. Debe de ser bastante estresante.

Chacka bajó ligeramente las orejas.

—Pues... supongo.

Aunque intentaba convencerse de que su hermana tenía razón, la inquietud no desaparecía. Había algo en el comportamiento de Kiara que le resultaba extraño, y no podía evitar preguntarse si estaba ocurriendo algo que sus padres aún no les habían contado.

Mientras los tres cachorros continuaban conversando, un buitre de plumaje viejo y desgastado los observaba desde la rama de un árbol cercano.

Era Tauni.

Con sus ojos astutos, siguió cada uno de sus movimientos y escuchó atentamente sus palabras. Después, una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro.

—Pobres cachorritos... —murmuró para sí mismo—. No tienen ni idea de lo que les espera.

Extendió lentamente las alas, sin apartar la mirada de ellos.

—La venganza está cada vez más cerca.


Escena extra #7

A lo lejos, una enorme tormenta se aproximaba al reino. Los vientos habían cambiado de dirección, el cielo comenzaba a oscurecerse y el estruendo de los truenos anunciaba la llegada de una tempestad.

En una roca, en las lejanas tierras que rodeaban el reino, Azola contemplaba el horizonte con una expresión de desprecio. Sus ojos se mantenían fijos en las praderas, aunque de vez en cuando se desviaban hacia la tormenta que avanzaba lentamente.

De pronto, Tauni, el viejo buitre, apareció en el cielo y descendió hasta posarse cerca de ella.

—Gran leona, traigo noticias.

—Habla —respondió Azola secamente, sin apartar la mirada del reino.

—Los pequeños príncipes se encuentran en el acantilado, tal y como usted predijo.

Azola guardó silencio. Su expresión permaneció imperturbable, como si aquella noticia no hiciera más que confirmar algo que ya sabía.

Tauni, incapaz de interpretar sus intenciones, vaciló antes de formular la siguiente pregunta:

—¿Enviará a las hienas para provocar la estampida?

Por primera vez, Azola apartó la mirada del reino y volvió los ojos hacia el buitre. Una sonrisa siniestra comenzó a dibujarse lentamente en su rostro.

—No...

De pronto, soltó una risa baja y perturbadora.

—¡Ja, ja, ja! La tormenta hará el trabajo por nosotros.

Se levantó lentamente y contempló las nubes oscuras que cubrían el horizonte.

—Esos acantilados son extremadamente peligrosos. Cuando las lluvias son intensas, el agua puede desbordarse y convertirlos en una trampa mortal.

Hizo una pausa. Sus ojos brillaron con una malicia inquietante mientras observaba los relámpagos que iluminaban el cielo.

—Y tengo el presentimiento... —murmuró, ensanchando su sonrisa— de que esta tormenta nos será de gran ayuda.

Azola se incorporó por completo y descendió de la roca con su característico caminar irregular. Su mirada se endureció mientras daba una última ojeada al reino.

—Prepárate, Tauni.

—A sus órdenes, gran leona —respondió el buitre.

Extendió las alas y se alejó volando, perdiéndose entre las nubes cada vez más oscuras.

Azola, entretanto, regresó a la roca y volvió a subir a ella. Desde allí contempló las tierras del reino, ahora amenazadas por la tormenta que se aproximaba.

Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.

—La profecía... está cada vez más cerca —susurró para sí misma.

A lo lejos, un relámpago desgarró el cielo, seguido por el estruendo ensordecedor de un trueno.

La tormenta había llegado.

Thoughts

  • renta_fija_Marcos

    Yo veo en la tormenta lo más listo que ha hecho Azola: una crecida en el acantilado no se la achaca nadie, y si los cachorros caen parece accidente. Ojo con Tauni, eso sí, ese buitre ya mira el encargo como oportunidad propia.

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  • WeAreSigmarsHeirs

    Kiara es una reina a la que Rafiki le pide algo más difícil que tener respuestas: estar preparada. A mí eso me recuerda al Cid saliendo al destierro sin saber cómo va a terminar, y saliendo igual.

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  • Ovid

    Rafiki apretando la tierra y soltándola al viento mientras le pide a Kiara que esté preparada es un Rafiki más viejo y con menos respuestas que el de la película, y eso me gustó mucho. Yo me quedé con más miedo por Tauni que por Azola: un buitre que espía a tres cachorros desde una rama tiene algo de pesadilla. Y la tormenta llegando justo al cierre deja todo en el borde.

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