El décimo aniversario llegó un jueves de vientos secos. A sus treinta años, Ricardo nunca había sido un hombre de llevar cuentas en el calendario; su amor por Elena se medía en techos arreglados, en leña cortada y en las madrugadas en las que le dejaba el café tibio antes de irse al puerto. Pero esa vez quería que fuera diferente. Quería devolverle, aunque fuera por una noche, un destello de aquella juventud que ambos habían gastado trabajando para sobrevivir.
Planeó la sorpresa con una meticulosidad que a él mismo le daba risa. Habló en secreto con Tomasita un par de días antes, pidiéndole que inventara una excusa urgente en la modistería para llevarse a Elena al pueblo vecino a comprar unos rollos de dacrón y popelina. Necesitaba la casa vacía.
Esa tarde, mientras Elena viajaba en la chiva de madera por la carretera polvorienta, quejándose con Tomasita de que Ricardo seguramente se iba a olvidar de la fecha, él estaba en la cocina con el delantal amarrado a la cintura. Matías, que ya era un niño despierto de nueve años, le ayudaba a desgranar arvejas sentado en un taburete. El olor a guiso de carne, a comino y a plátano maduro frito llenaba la casa. Ricardo había comprado una botella de vino dulce en el estanco y había cortado tres cayenas rojas del patio para ponerlas en un vaso de vidrio al centro de la mesa. Se sentía invencible. Miraba a su hijo reírse con los dedos manchados de verde, miraba las paredes firmes de su casa, y sentía que por fin le había ganado la partida a la vida.
A varios kilómetros de allí, el sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo. La chiva frenó a la entrada del pueblo, escupiendo una nube de polvo espeso y humo de diésel. Elena y Tomasita bajaron riendo, cargadas con dos bolsas de tela pesadas. Elena llevaba puesto su vestido dominguero, un percal de flores pequeñas, y se estaba acomodando el cabello que la brisa del viaje le había alborotado.
—Apurémonos, Tomasita, que dejé a ese par de hombres solos y Ricardo es capaz de quemar la cocina por hervir agua —dijo Elena, dando el primer paso fuera de la orilla de tierra para cruzar la carretera.
El polvo que había levantado la chiva flotaba espeso, cegando la vista hacia la curva. Elena no miró. No escuchó el rugido de la lata vieja porque el motor de su propio bus seguía encendido. El otro autobús venía bajando por el carril contrario, adelantando a un camión varado, a una velocidad absurda para entrar al pueblo.
Tomasita, que venía medio paso atrás, sintió el ventarrón caliente en la cara antes de ver la mole de metal amarillo. Alcanzó a tirar su cuerpo hacia atrás por puro instinto, cayendo sentada en la grava con un grito atragantado.
El impacto sonó como un trueno seco, antinatural, ahogando el ruido de los motores.
No hubo frenazo a tiempo, solo el rechinar inútil de las llantas arrastrándose sobre el pavimento después del golpe. Las bolsas de tela volaron por los aires, abriéndose como pájaros muertos. Rollos de popelina blanca y dacrón azul se desenrollaron sobre el asfalto sucio, manchándose de tierra. Tomasita se levantó temblando, ciega por la tierra, gritando el nombre de su cuñada con los pulmones desgarrados. Cuando el polvo se asentó, el mundo se detuvo. Elena estaba tendida en el centro de la carretera, a varios metros del choque, pequeña y quieta como una muñeca de trapo. Había muerto en el acto.
En la casa del techo de zinc, Ricardo estaba probando la sal del guiso cuando la puerta del patio se abrió de un golpe brutal. No era Elena. Era Maicol, su amigo de la infancia, con la camisa empapada en sudor, los ojos desorbitados y el pecho subiendo y bajando con violencia.
—¡Ricardo! —gritó Maicol, apoyándose en el marco de la puerta, incapaz de articular las palabras.
Ricardo soltó la cuchara de palo. El sonido de la madera cayendo al suelo pareció retumbar en toda la cocina. Vio la palidez cadavérica de su amigo, el terror absoluto en su mirada, y el alma se le desprendió del cuerpo antes de siquiera escuchar la noticia.
—La carretera... compadre... un bus... Elena... —balbuceó Maicol, rompiendo a llorar como un niño.
Ricardo no hizo preguntas. No se quitó el delantal. Salió corriendo por la puerta a una velocidad que no le pertenecía, dejando a Matías asustado en la cocina y a Maicol gritando que alguien se quedara con el niño. Corrió por las calles de tierra del pueblo sintiendo que los pulmones le iban a estallar, ignorando a la gente que lo miraba con lástima desde las aceras. La distancia hasta la entrada del pueblo, que normalmente tomaba veinte minutos, la cubrió en una fracción de tiempo irreal.
Cuando llegó, la multitud ya había formado un círculo. Dos policías del pueblo intentaban apartar a la gente, pero al ver a Ricardo aparecer con el rostro desfigurado por el pánico, se hicieron a un lado en un silencio sepulcral.
Lo primero que vio fue a Tomasita, tirada en el suelo, meciéndose sobre sí misma con las manos ensangrentadas, sollozando sin control. Y luego vio la tela. Un pedazo de popelina blanca cubría un cuerpo inmóvil sobre el asfalto. Por debajo de la tela, asomaba un brazo, la mano menuda y cansada que esa misma mañana le había dejado el café tibio; la mano que lo había levantado de su miseria; la mano que le había enseñado a ser hombre.
Ricardo caminó hacia ella. Las piernas no le pesaban, no sentía el suelo bajo sus zapatos. Todo a su alrededor se volvió un zumbido agudo y lejano. Cayó de rodillas junto al cuerpo. No quitó la tela. Sabía que era ella. El olor a asfalto caliente, a combustible y a sangre le quemó las fosas nasales.
Se inclinó hasta pegar la frente contra el asfalto, junto al brazo inerte de su esposa. No gritó. El dolor que lo atravesó fue tan absoluto, tan inmenso y definitivo, que le robó hasta la capacidad de respirar. Se abrazó a ella sobre la carretera sucia, manchando su delantal de cocina con la sangre de su único amor, mientras el mundo que habían construido a fuerza de puro sudor y terquedad se desmoronaba en pedazos irreversibles. En la casa humilde que tanto les costó levantar, el guiso de su décimo aniversario seguía hirviendo a fuego lento, y tres cayenas rojas esperaban en una mesa que jamás volvería a estar completa.