Por primera vez desde que había encontrado aquel lugar, Esteban cruzó las entradas del asentamiento sin tener que esconderse ni vigilar desde lejos. Durante semanas lo había observado solo desde los pasillos: marcado su contorno en el mapa, contado las personas que entraban y salían, tratando de imaginar qué había detrás de aquellas barreras. Ahora, por fin, cruzaba al otro lado. Y aunque en el pecho todavía sentía ese peso suave de saber que pronto tendría que irse, al menos respiraba tranquilo: Sofía estaría protegida entre gente que sabía lo que hacía.
Lo primero que notó fue que aquello no era un simple campamento improvisado. Samuel caminaba a su lado mientras él recorría con la mirada cada rincón, asombrado. El asentamiento se extendía aprovechando las enormes habitaciones y corredores amplios del Nivel 0, transformando cada espacio vacío en algo que se parecía a un hogar. Habían levantado divisiones con paneles recuperados, puertas metálicas arrancadas de lugares desconocidos, muros hechos con láminas y muebles apilados que cerraban los accesos. Cada cuarto se había convertido en una vivienda: se veían mantas colgadas a modo de cortinas, estantes construidos a mano, mesas y sillas que habían transportado desde rincones remotos para darles un propósito nuevo. No eran casas de verdad, desde luego, pero tenían puertas que cerraban, techos bajos que daban sensación de abrigo, y un orden que solo se logra con mucho tiempo y esfuerzo compartido.
En cada acceso, en cada cruce importante, había guardias. Permanecían de pie, atentos, con barricadas improvisadas a sus espaldas: muebles pesados, cajas apiladas, vigas cruzadas que cerraban parcialmente el paso y podían desplazarse en segundos. Algunos llevaban palos reforzados, otros barras de metal, y todos miraban hacia los pasillos exteriores con la misma expresión: vigilancia constante, sin descanso. Nadie entraba ni salía sin ser visto. Aquello estaba defendido, y se notaba.
—Es mucho más grande de lo que imaginaba —dijo Esteban, sin dejar de mirar a su alrededor.
—Lo que ves es solo una parte —respondió Samuel, caminando con paso tranquilo—. Hemos ido tomando cada habitación desocupada, cerrando pasillos que no necesitamos, uniendo espacios. Llevamos mucho tiempo aquí.
Seguían avanzando y la vida se desplegaba ante sus ojos. Había zonas donde varias personas trabajaban juntas: cortando telas, reparando herramientas, distribuyendo provisiones. En un rincón, sobre mesas largas que parecían pertenecer a una oficina abandonada, alguien preparaba comida; el olor, aunque extraño, era cálido y casero. Más allá, otros limpiaban y ordenaban. Se escuchaban voces, risas bajas, conversaciones tranquilas. Gente que vivía, que trabajaba, que se ayudaba. Incluso vio a un grupo de niños sentados en círculo, jugando con cosas sencillas que habían fabricado. Esteban se detuvo un instante a mirarlos. Era algo que nunca esperó ver en aquel lugar: infancia, sin miedo, por unos momentos. Parecían no pertenecer a los Backrooms. Parecían simplemente niños.
—¿Todos viven aquí? —preguntó mientras seguían caminando.
—La mayoría —explicó Samuel—. Algunos salen a explorar y regresan cuando consiguen algo útil. Otros llevan tanto tiempo aquí que ya no quieren irse a ningún lado.
Esteban lo miró.
—¿No quieren salir?
Samuel sonrió con una tristeza suave.
—Después de cierto tiempo, uno empieza a preguntarse qué significa realmente "salir". ¿Volver a un mundo que ya no nos reconoce? ¿O quedarnos aquí, donde al menos sabemos movernos, sabemos dónde están los peligros y tenemos gente en quien confiar?
Esteban guardó silencio. La respuesta le había dejado algo dando vueltas en la cabeza.
Llegaron finalmente a una construcción más grande que las demás, en el centro del asentamiento. Era una habitación amplia, reforzada con muebles pesados y estantes llenos de cuadernos, mapas y objetos recogidos en exploraciones. Varias mesas largas ocupaban el centro, cubiertas de papeles dibujados a mano. Era el corazón de todo aquello: el lugar donde guardaban lo que habían aprendido.
—Aquí guardamos todo lo que sabemos —dijo Samuel—. Cada persona que llega trae algo. Un recorrido, una entidad vista, una forma de sobrevivir. Lo juntamos todo para que nadie tenga que aprenderlo de nuevo.
Esteban se inclinó de inmediato, interesado.
—¿Han hablado con personas que han llegado a otros niveles?
—Sí.
Esa palabra captó toda su atención.
—Entonces saben cómo salir de este.
Samuel asintió despacio.
—Sabemos cómo llegar al siguiente. Nadie ha regresado diciendo que encontró la salida definitiva. Pero sí sabemos cómo avanzar.
Esteban se acercó más a la mesa.
—Cuénteme.
Samuel señaló uno de los mapas extendidos, dibujado con cuidado pero con menos detalle que el suyo.
—Según los relatos de quienes han vuelto, hay varias formas de avanzar. Algunas casi imposibles de hallar. Otras dependen de condiciones que todavía no entendemos bien. Pero hay una ruta que varios han confirmado. Coinciden en los mismos puntos, en los mismos pasillos, en las mismas señales.
El anciano recorrió con el dedo una línea trazada sobre el papel.
—Se avanza atravesando zonas cada vez más alejadas de aquí. Se reconocen ciertas marcas, ciertos cambios en las paredes, en el zumbido de las luces. Y al final… hay un punto de transición. Quienes han vuelto dicen que desde ahí se pasa al Nivel 1.
Esteban apretó los labios. Por primera vez no tenía una teoría, ni una publicación en internet, ni un rumor. Tenía un camino que otras personas habían recorrido y del que habían regresado.
—¿Es seguro? —preguntó.
Samuel negó con la cabeza.
—Nadie dice que sea fácil. Por eso nadie de aquí ha partido a recorrerla hasta el final. Hay zonas intermedias que nadie conoce bien. Lugares de los que no han vuelto. Entidades que aparecen donde menos las esperas.
—¿Y qué hay después del Nivel 1?
—Historias —respondió Samuel—. Dicen que hay decenas de niveles. Algunos mejores, otros peores. Nadie tiene el mapa completo. Nadie sabe cuántos hay ni dónde termina todo.
Esteban recordó entonces lo que había visto en sus pesadillas: recuerdos que no eran suyos, pasillos que no conocía, aquella sensación de que algo más grande se extendía más allá de lo que podía ver.
—Entonces ustedes decidieron quedarse —dijo en voz baja.
—Decidimos vivir —corrigió Samuel—. Aquí sabemos dónde buscar comida. Sabemos qué pasillos evitar. Sabemos escondernos. Tenemos un techo, gente que nos cuida, niños que proteger. No es una vida perfecta. Pero es una vida.
Esteban miró a su alrededor. Vio las paredes reforzadas, las barricadas en cada entrada, a los guardias atentos, a la gente compartiendo lo que tenía. Comprendía perfectamente por qué muchos preferían quedarse. Pero él no podía.
—Yo tengo que irme —dijo.
Samuel sonrió.
—Lo sabía desde que te vi llegar.
Esteban señaló el mapa.
—Quiero esa ruta.
El anciano lo miró unos segundos.
—Podemos dártela. Pero no será gratis. Tú tienes algo que vale mucho más para nosotros.
Esteban lo entendió al instante.
—Mi mapa.
—Exactamente —confirmó Samuel—. Tú has recorrido solo zonas que nosotros ni siquiera nos atrevíamos a pisar en grupo. Sabes dónde están las criaturas, dónde cambian los caminos, qué rincones hay que evitar. Con tus anotaciones podremos ampliar nuestras rutas, buscar más recursos, defender mejor este lugar. Tu conocimiento nos hará más fuertes.
Uno de los hombres que revisaba documentos asintió:
—Tu mapa nos puede salvar la vida. Nosotros te damos lo que hemos aprendido sobre el camino hacia los otros niveles. Un trato justo.
Esteban miró su libreta. Había semanas enteras de trabajo en cada página. Cada línea dibujada con cuidado, cada peligro anotado, cada recuerdo puesto en papel. Pero si entregarlo significaba que aquel lugar se haría más seguro… que Sofía estaría más protegida… no tenía nada que dudar.
—Pueden copiarlo todo —dijo alargándolo—. Cada página, cada marca, cada advertencia.
Samuel estrechó su mano.
—A cambio, tendrás todo lo que sabemos. Mapas, rutas, testimonios, consejos. Todo lo que hemos reunido con años de esfuerzo.
—Trato hecho —dijo Esteban.
—Trato hecho.
Cuando se soltaron las manos, Esteban sintió algo diferente en el pecho. Por primera vez desde que despertó entre aquellas paredes amarillas, no caminaba a ciegas. Tenía una dirección. Sabía hacia dónde partir. Y aunque no sabía qué encontraría más adelante, ni cuántos niveles le esperaban, ni si alguna vez hallaría la salida… ahora tenía algo que lo guiaba.
Miró una vez más el mapa sobre la mesa, y luego hacia donde estaba Sofía, que hablaba con una mujer sentada junto a una de las hogueras improvisadas, todavía abrazando su peluche. Estaba a salvo. Y él… él tenía un camino que seguir.
La conversación continuó alrededor de la mesa llena de mapas. Esteban no dejaba de observar las rutas trazadas, memorizando cada giro y cada señal, calculando en silencio cuándo sería el momento más seguro para partir. Pero antes de cualquier viaje, necesitaba algo más que un camino dibujado en papel.
Metió una mano bajo su chaqueta, sacó el arma que había recuperado del coche de policía y la dejó sobre la mesa con cuidado, sin apuntar a nadie. El sonido metálico al chocar contra la madera hizo que varias personas levantaran la mirada de golpe.
Samuel la observó unos segundos antes de hablar.
—¿Tienen algo parecido? —preguntó Esteban—. Voy a necesitar armas para continuar.
El anciano miró a los suyos antes de responder.
—Hemos encontrado varias a lo largo del tiempo. Pistolas, revólveres… algunas todavía tenían munición cuando aparecieron. Pero no es algo que entreguemos a cualquiera. Aquí, un arma es uno de los bienes más valiosos que existen.
—No solo por lo difícil que es hallarlas —añadió uno de los hombres—. Hemos comprobado que detienen a las entidades mejor que cualquier palo o herramienta. Quien lleva un arma tiene muchas más probabilidades de salir con vida de un encuentro. Por eso no las regalamos.
Esteban asintió, sin mostrarse sorprendido.
—Lo entiendo. Entonces, ¿qué debo dar a cambio?
Samuel se cruzó de brazos.
—Algo que valga tanto como lo que pides.
Esteban no respondió de inmediato. Simplemente metió la mano en su mochila, sacó su libreta desgastada y la abrió por una página que nadie había visto hasta entonces. Con calma, arrancó una hoja completa, doblada con cuidado.
—Sabía que guardabas algo —murmuró Samuel entrecerrando los ojos.
Esteban extendió la hoja sobre la mesa.
—No es una ruta cualquiera. Es algo que descubrí hace días. Ninguno de ustedes me mencionó esta zona cuando hablamos de lo que habían explorado.
Samuel se inclinó para leer los dibujos y anotaciones.
—¿Qué hay allí?
—Una tienda —dijo Esteban con voz tranquila.
Hubo silencio absoluto.
—¿Una tienda? —repitió alguien, incrédulo.
—Sí. Pero no está donde debería estar. Está incrustada en la pared. Como si alguien la hubiera arrancado de nuestro mundo y la hubiera empujado contra este lugar hasta dejarla atravesada por la mitad.
Varios intercambiaron miradas de asombro.
—¿Entraste? —preguntó Samuel, serio.
—Entré. Y encontré comida. Latas de conserva, alimentos sellados… muchos todavía en perfecto estado. También hay Agua de Almendras. Mucha más de la que pude cargar en dos viajes.
El silencio se volvió denso. Samuel miró el mapa con renovada atención.
—¿Y por qué nos lo muestras?
—Porque es una zona peligrosa —explicó Esteban señalando marcas rojas en el dibujo—. Hay entidades que aparecen con frecuencia. Caminos que cambian. Lugares donde no se debe hacer ruido. Yo llegué por suerte, pero con mi mapa y mis indicaciones, ustedes podrían llegar preparados. Sería una expedición, no una suerte.
Samuel miró a los suyos. Todos entendían lo que aquello significaba: provisiones para semanas, quizás meses. Agua segura. Recursos que podrían mantener con vida al asentamiento mucho más tiempo.
El anciano volvió a mirarlo.
—Entonces, ¿qué pides por esto?
Esteban señaló el arma que había dejado sobre la mesa y luego corrigió:
—No una. Tres.
Samuel frunció el ceño.
—¿Tres?
—Tres armas diferentes —especificó Esteban con claridad—. Una compacta, pequeña y ligera, que pueda llevar siempre encima sin que estorbe. Una de tamaño medio, parecida a esta, para el camino diario. Y una tercera, más grande y con más fuerza, para cuando las cosas se pongan difíciles. Las tres que yo pueda manejar, que se ajusten a mis manos y a mi fuerza. Con su munición correspondiente.
Varios hombres intercambiaron miradas. Tres armas era mucho pedir. Pero lo que ofrecía a cambio… comida y agua en abundancia, con rutas seguras para llegar… valía mucho más que tres armas encontradas por suerte.
Samuel tardó unos segundos en responder, sopesando todo. Luego una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Tres armas, de tres tamaños, que se ajusten a ti. Con su munición.
—Exactamente —confirmó Esteban.
—Es un trato —dijo Samuel extendiendo la mano—. Pero con una condición.
Esteban lo miró, esperando.
—Tú nos guiarás. Eres el único que conoce el camino, los peligros, los ruidos que hay que escuchar y los lugares donde esconderse. Si arriesgamos a nuestra gente por esos recursos, quiero que seas tú quien nos lleve.
Esteban guardó silencio. No quería regresar a aquella zona. Pero sabía que necesitaba esas tres armas para sobrevivir lo que le esperaba más adelante. Finalmente asintió.
—De acuerdo. Los guiaré.
Samuel estrechó su mano con firmeza.
—Entonces tenemos un trato.
En pocos minutos la noticia se extendió. Alrededor de la mesa empezaron a reunirse más personas, hablando en voz baja, calculando cuántos irían, cuántos carros o bolsas llevarían, cuántos días de provisiones podrían traer. Esteban los observaba en silencio. Había llegado buscando simplemente protección para Sofía y un arma para su viaje. Sin darse cuenta, acababa de darles la esperanza de sobrevivir mucho más tiempo… y se había convertido en la guía de la expedición más importante que el asentamiento había planeado en meses.
La organización comenzó casi de inmediato. Esteban había supuesto que Samuel reuniría un grupo numeroso: al fin y al cabo, hablaban de provisiones que podrían sostener al asentamiento durante meses. Sin embargo, cuando el anciano empezó a nombrar personas y a reunir equipos, Esteban levantó una mano para detenerlo.
—Espera. No deberían ir tantos.
Samuel frunció el ceño.
—¿Cuántos consideras suficientes?
—Tres personas conmigo. Cuatro en total —corrigió Esteban señalando la ruta sobre el mapa—. Un grupo grande hace demasiado ruido, se nota desde lejos y atrae atención. No sabemos cuántas entidades habitan esa zona ni cómo reaccionan ante un grupo numeroso. Mientras menos seamos y más silencio guardemos, mayores serán nuestras probabilidades de llegar y volver.
Los presentes intercambiaron miradas de asombro, pero Esteban continuó con firmeza:
—Y no quiero a los más fuertes. Quiero a los mejores exploradores. Gente que sepa moverse sin ser vista, que reconozca peligros y que aprenda rápido. Porque esta expedición no es solo para traer comida.
Se inclinó sobre el mapa y señaló cada tramo del recorrido:
—Voy a enseñarles el camino. Cada giro, cada pasillo seguro, cada lugar donde hay que esconderse y esperar. Yo no me quedaré aquí para siempre. Cuando encuentre la forma de avanzar hacia los siguientes niveles, me iré. Y ese día, ustedes deben poder llegar solos a esa tienda, sin mí. Si solo yo conozco el camino… cuando me vaya, todo este esfuerzo habrá sido en vano.
Samuel asintió lentamente, comprendiendo la profundidad de sus palabras.
—Quieres que sean ellos quienes dirijan las expediciones futuras.
—Exactamente —confirmó Esteban—. Por eso deben memorizarlo todo. Si algo cambia en el camino, deben saber reconocerlo y buscar alternativas. Si aprendemos bien hoy, el asentamiento tendrá recursos durante mucho tiempo.
—Definitivamente no piensas como quien acaba de llegar —reconoció Samuel con respeto.
—He aprendido que sobrevivir es también prepararse para cuando ya no estés —respondió Esteban con sencillez.
Durante las horas siguientes se terminaron los preparativos. Le entregaron un traje de explorador: tela resistente, cortada y cosida a mano, con múltiples bolsillos bien distribuidos, cómoda para caminar largas distancias sin estorbar. Esteban se lo ajustó y se miró brevemente.
—No está nada mal.
—Ayuda a pasar más desapercibido —le explicaron.
Recibió también la primera de las armas pactadas: una pistola ligera, de tamaño reducido pero sólida, que encajaba bien en su cinturón. La revisó con cuidado, comprobó el mecanismo y guardó cartuchos de repuesto en un bolsillo seguro.
—Gracias.
—Procura no necesitarla —le dijo Samuel.
—Esa es mi intención.
Preparó su mochila con prudencia: agua, raciones ligeras, linterna, pilas, munición, su libreta y el mapa doblado con cuidado. Nada de peso innecesario. Cuanto más libres se movieran, mejor.
Mientras terminaba de ajustarse el equipo, sintió que lo observaban desde unos pasos más atrás. Giró y vio a Sofía allí, de pie, abrazando fuertemente su peluche contra el pecho. No lloraba, pero su mirada reflejaba esa misma preocupación silenciosa que él había aprendido a leer en ella.
Esteban dejó la mochila y se agachó a su altura.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondió ella bajito.
—No me engañas —le dijo él con suavidad.
Sofía apretó los labios antes de confesar:
—Prometiste que volverías. Y ahora te vas otra vez.
Esteban sintió ese nudo en el pecho que siempre le causaba separarse de ella. No podía asegurarle que todo saldría bien, no podía prometerle que no habría peligro. Pero sí podía recordarle lo que jamás rompería.
Extendió entonces su meñique frente a ella.
Sofía lo miró, reconoció el gesto y levantó despacio su propia manita.
—La promesa… —susurró.
—La promesa —repitió él—. Volveré. Lo prometo.
Ella enganchó su dedo pequeño con el de él y lo miró fijamente a los ojos:
—Tienes que volver. Sin falta.
—Lo haré. Siempre que pueda, volveré a verte.
Se quedaron un instante así, sellando con aquel gesto su palabra. Luego Esteban se levantó, tomó su mochila y se la colocó al hombro. Sofía lo siguió con la mirada hasta que él se giró hacia el grupo. Samuel había observado todo en silencio, respetando aquel momento sin intervenir.
—Es hora —dijo finalmente el anciano.
Tres personas se acercaron. La primera era Daniel: hombre de mediana edad, aspecto tranquilo y firme, con marcas de mucho caminar.
—He recorrido casi todo lo cercano al asentamiento —se presentó—. Sé dónde escondernos.
La segunda era Laura: más joven, ágil, con herramientas ordenadas en su cinturón y una mochila ligera.
—Sé orientarme y reconocer si un camino ha cambiado.
Y la tercera era Valeria: la más joven de las tres, con ropa desgastada y botas que habían recorrido incontables pasillos. Samuel la presentó con orgullo:
—Es nuestra mejor exploradora. Nadie conoce tantos rincones como ella.
Valeria miró a Esteban con desconfianza y respondió secamente:
—No exageres. Solo sé cuándo no debo seguir a alguien sin saber a dónde va.
Esteban sonrió levemente.
—Entonces nos llevaremos bien.
—Eso está por verse —respondió ella cruzándose de brazos.
Daniel soltó una risa contenida.
—Parece que ya se llevan bien.
Samuel les entregó el mapa a cada uno y les repitió la consigna:
—Llegar, recoger lo que quepa y volver. Nada de enfrentamientos innecesarios. Si hay peligro, se regresa.
—Y sobre todo —añadió Esteban—, aprendan el camino. Pregunten, señalen puntos, confirmen referencias. Si creen que me equivoco, díganlo. No sigan ciegamente.
Valeria tomó el mapa y lo miró con atención:
—¿Y si el camino cambia?
—Lo anotamos y buscamos la alternativa.
—¿Y si aparece algo que no esperamos?
—Lo evitamos.
—¿Y si no podemos evitarlo? —insistió ella mirándolo a los ojos.
Esteban llevó la mano al arma que llevaba al cinturón y respondió con calma:
—Entonces improvisamos.
Valeria esbozó una pequeña sonrisa de aprobación.
—Respuesta aceptable.
Samuel abrió entonces la puerta que daba al exterior. El zumbido constante de las luces amarillas los recibió de inmediato, envolviéndolos en ese sonido que ya formaba parte de sus vidas. Esteban se detuvo un instante antes de cruzar el umbral. Miró hacia atrás una última vez: Sofía seguía allí, de pie, y levantó su meñique despedida. Esteban le devolvió el gesto en silencio.
Luego salió. Daniel, Laura y Valeria lo siguieron. La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco.
Frente a ellos se extendían una vez más los interminables pasillos amarillos, idénticos unos a otros, llenos de sombras y silencios. Pero esta vez era distinto: no caminaba solo buscando sobrevivir. Guiaba a quienes podrían sostener al asentamiento cuando él partiera.
Avanzaron en formación ordenada, atentos a cada sombra, a cada crujido. La tienda incrustada en la pared seguía allí, esperando. Y ninguno sabía aún qué secretos o peligros los aguardaban al llegar.