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Capítulo 37: el final de un buen día

DNavarrete
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Mika se despidió de ambos unos minutos después, ajustándose la correa de su bolsa llena de materiales, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.

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Mika se despidió de ambos unos minutos después, ajustándose la correa de su bolsa llena de materiales, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.

 

—Nos vemos luego —dijo con suavidad, con esa sonrisa pequeña y tranquila que ya le era tan natural.

 

—Cuídate mucho —respondió Shiori, asintiendo con firmeza, como si le estuviera dando una instrucción importante—. Y recuerda lo que te dije: no olvides enseñarme absolutamente todos los dibujos. Ni uno solo se salva.

 

—Lo recuerdo, lo recuerdo —respondió él, negando con el cabeza divertido.

 

—Lo digo en serio.

 

—Lo sé, lo sé perfectamente.

 

Ambos se miraron un instante más y sonrieron. Era una de esas miradas que no necesitaban palabras, donde todo estaba dicho.

 

Luego, Mika giró ligeramente hacia Goro, enderezó la espalda e hizo una pequeña reverencia, educada y respetuosa, tal como había hecho antes.

 

—Fue un verdadero gusto conocerte, Goro-san.

 

—Igualmente, Mika-san —respondió el muchacho alto, devolviéndole el saludo con una amabilidad absoluta, sin sospechar ni por un instante quién tenía realmente enfrente.

 

Y con eso, Mika dio media vuelta y comenzó a alejarse, abriéndose paso entre la multitud que llenaba los pasillos del centro comercial.

 

Shiori se quedó quieta un momento, observándolo marcharse, siguiendo su figura con la mirada hasta que se fue mezclando entre la gente.

 

No lo hacía porque estuviera preocupada, ni porque temiera que le pasara algo. Lo hacía porque aquella simple imagen —la de él caminando solo, con la cabeza erguida, con paso firme y tranquilo— significaba mucho más de lo que cualquiera de las personas que pasaban por allí podría imaginar.

 

Verlo caminar solo.

 

Sin intentar esconderse detrás de nadie.

 

Sin huir ni apresurarse para llegar a un lugar seguro.

 

Sin mirar constantemente sobre su hombro ni revisar si alguien lo estaba mirando.

 

Simplemente caminando. Y avanzando.

 

Fue solo cuando su figura desapareció definitivamente entre el flujo de gente, perdiéndose a lo lejos, que Shiori volvió lentamente a la realidad, parpadeando como si despertara de un sueño.

 

Entonces Goro habló, rompiendo el silencio tranquilo que se había formado entre ellos.

 

—Es una persona muy agradable.

 

Shiori se giró hacia él, un poco despistada todavía.

 

—¿Eh?

 

—Mika-san —repitió él, mientras comenzaban a caminar nuevamente hacia la salida, con sus pasos largos y tranquilos—. Me cae muy bien. Es agradable, tranquila... muy dulce, de hecho.

 

—Sí —respondió ella, y una pequeña sonrisa, tierna y llena de cariño, apareció en sus labios—. Lo es. Más de lo que crees.

 

Caminaron en silencio unos segundos más. Goro cargaba la mayoría de las bolsas, acomodándolas con facilidad entre sus manos grandes y fuertes, mientras que ella solo llevaba las más pequeñas y ligeras, tal como él se había ofrecido a hacer desde el principio.

 

El ruido del centro comercial los rodeaba: conversaciones, música lejana, pasos, anuncios... pero entre ellos dos reinaba esa calma cómoda que se había creado poco a poco.

 

Hasta que Goro volvió a hablar, con su tono serio y reflexivo de siempre.

 

—También... es bastante cercana a ti. ¿Verdad?

 

Shiori sintió cómo un pequeño escalofrío de sorpresa le recorría la espalda, aunque trató de no demostrarlo. Giró la cabeza hacia él fingiendo naturalidad.

 

—¿Tan obvio es? —preguntó, tratando de sonar despreocupada.

 

—Un poco —respondió él sin dudar, mirándola de reojo—. Se nota mucho.

 

—Ya veo... —murmuró ella, bajando la mirada un instante.

 

—Y es curioso —añadió Goro, pensativo—. No suelo verte tan relajada con nadie. Ni tan... tú misma.

 

Shiori parpadeó, sorprendida de que él hubiera notado algo así.

 

—¿No? ¿Soy diferente con ella?

 

—Mucho —respondió él con total naturalidad, como si estuviera diciendo lo más evidente del mundo—. Cuando hablas con ella, te veo distinta. Más suelta, más alegre, más tranquila. Es como si todo lo demás dejara de importarte cuando estás con ella.

 

La joven apartó la mirada hacia los escaparates que iban pasando a su lado. No porque estuviera avergonzada exactamente... bueno, tal vez un poquito sí. Pero sobre todo porque era verdad: con él, con Mika, siempre se sentía así.

 

—Nos conocemos desde hace mucho tiempo —explicó despacio, eligiendo bien sus palabras—. Desde que éramos muy pequeños.

 

—Eso ya lo noté —dijo Goro de inmediato.

 

—Hemos pasado por muchas cosas juntos. Cosas difíciles, cosas bonitas... de todo un poco.

 

—También lo noté —repitió él, con esa capacidad suya de percibir cosas sin que nadie se las dijera.

 

Shiori sonrió suavemente para sí misma. Porque, técnicamente, no le estaba mintiendo en absoluto. Absolutamente todo lo que acababa de decir era verdad, al cien por cien. Solo que Goro no sabía que esa "vieja amiga" era en realidad el chico que conocía desde siempre.

 

—Es una persona muy importante para mí —terminó diciendo, con la voz baja pero clara—. De las más importantes.

 

—Lo imaginaba —respondió él simplemente, asintiendo con la cabeza.

 

Goro se quedó en silencio unos segundos más, caminando despacio, con la mirada fija al frente, como si estuviera dando vueltas a algo en su cabeza. De repente frunció ligeramente el ceño, confundido.

 

—Hay algo raro... —murmuró.

 

—¿Raro? —Shiori sintió cómo una pequeña alarma se encendía en su cabeza, poniéndose alerta al instante.

 

—Sí. Algo extraño.

 

—¿Qué cosa? —preguntó ella, tratando de mantener la voz estable.

 

—No sé explicarlo bien —admitió él, rascándose la mejilla con la mano libre—. Es una sensación nada más.

 

—Eso no ayuda mucho, la verdad —dijo ella, tratando de reírse para disimular su nerviosismo.

 

—Lo sé, lo sé... —Goro frunció aún más el ceño, concentrado—. Pero es que... siento que ya la había visto antes. En algún lado. Estoy seguro.

 

Shiori tuvo que morderse el interior de la mejilla con fuerza para no soltar una carcajada allí mismo. ¡Si supieras, pensó, si solo supieras cuántas veces la has visto y hablado con ella!

 

—¿Ah sí? —preguntó, fingiendo la mayor inocencia del mundo—. ¿Y dónde crees que fue?

 

—Ese es el problema —se quejó él, pasándose una mano por el cabello, confundido—. No lo recuerdo. No sé dónde, ni cuándo, ni en qué situación... pero tengo esa sensación muy clara.

 

—Quizás la viste de pasada en la escuela, o en la calle, o en algún lugar público —sugirió ella, con tono despreocupado—. El mundo es muy pequeño, y vivimos en la misma ciudad.

 

—Supongo... —dijo él, aunque no parecía muy convencido—. Pero es algo más que eso. Hay algo en ella que me resulta muy familiar.

 

—¿Familiar? ¿En qué sentido?

 

—No sé... en su forma de ser.

 

Goro se detuvo un momento, pensando, intentando encontrar las palabras exactas.

 

—Por ejemplo... su forma de sonreír. Es muy particular. La he visto antes, estoy seguro.

 

Shiori casi se atraganta con su propia saliva, teniendo que toser disimuladamente para recuperarse.

 

—¿Eh? ¿La sonrisa...? —balbuceó.

 

—Sí. Y también la forma de hablar. La manera en que baja un poco la voz cuando dice algo importante, o cómo se queda callada un momento antes de responder.

 

La joven tuvo que mirar hacia el otro lado, hacia una tienda de ropa que tenían al lado, porque la risa empezaba a subirle por la garganta y sentía que en cualquier momento se le escaparía. ¡Estaba describiéndolo tal cual era!

 

—¿Solo eso? —preguntó con dificultad, conteniéndose al máximo.

 

—No, también la forma en que inclina la cabeza hacia un lado cuando escucha a alguien con atención —siguió enumerando Goro, totalmente ajeno a todo—. Y la forma en que se pasa la mano por el pelo cuando se pone nerviosa o tímida... todo eso lo he visto antes. Estoy convencido.

 

Ahora sí. Ahora Shiori tuvo que cubrirse la boca con la mano, cerrando los ojos un instante, luchando contra la risa que amenazaba con estallar. Era increíble, detallaba cada gesto, cada movimiento, cada pequeña costumbre de él, y aun así no lograba ponerle nombre ni cara.

 

—¿Shiori? —la voz de Goro la sacó de sus pensamientos.

 

—¿Sí? —respondió ella, con la mano todavía tapándole la boca.

 

—¿Estás bien? Te has puesto muy roja de repente.

 

—Perfectamente —aseguró ella, bajando la mano y respirando hondo para calmarse—. Estoy perfectamente bien. Solo... me dio un poco de calor.

 

—Parece que te estás queriendo reír de algo —insinuó él, mirándola con curiosidad.

 

—¿De qué hablas? No tengo ni idea de qué podría reírme —dijo ella, con la cara más seria que pudo fingir, aunque le brillaban los ojos de la emoción contenida.

 

Goro la observó unos segundos más, con esa mirada tranquila y profunda suya, como si estuviera intentando resolver un rompecabezas que no terminaba de encajar. Luego soltó un suspiro largo y volvió a caminar.

 

—Bueno, está bien —dijo, resignado—. Supongo que cuando recuerde exactamente dónde la vi, te lo diré. Estoy seguro de que en cuanto me acuerde, todo tendrá sentido.

 

Shiori tuvo que hacer un esfuerzo monumental, titánico, para mantener la compostura y no echarse a reír a carcajadas allí mismo.

 

Porque si Goro seguía observando detalles con esa atención, analizando cada gesto, cada mirada, cada pequeño rasgo de su personalidad... tarde o temprano, muy pronto de hecho, iba a terminar descubriéndolo todo.

 

Y sinceramente... ella estaba deseando, con toda su alma, ver la cara que pondría ese día. Ver su expresión cuando cayera en la cuenta de que esa dulce y misteriosa chica llamada Mika, esa vieja amiga tan importante para ella, no era otra persona que el chico tímido y amable que conocía desde hacía tiempo.

 

La sorpresa iba a ser épica. Y Shiori pensaba disfrutarla al máximo.

 

Al final, la tarde había resultado ser infinitamente mejor de lo que Yuuto esperaba al salir de casa.Mucho mejor. Casi como un sueño del que no quería despertar.

 

Después de despedirse de Shiori y de Goro —con esa pequeña mentira piadosa de su nombre falso que todavía le hacía sonreír por lo divertido que había sido—, siguió recorriendo algunas tiendas más por su cuenta. Caminó despacio, sin rumbo fijo, tomándose todo el tiempo del mundo para observar cada estante, cada escaparate, cada pequeño detalle que antes habría ignorado o por el que habría pasado corriendo.

 

Por primera vez en mucho tiempo no sentía esa urgencia, esa necesidad angustiosa de regresar corriendo a casa, de encerrarse en su habitación y sentirse seguro entre sus cuatro paredes. Ya no había prisa. Ya no había miedo.

 

Simplemente caminaba.

 

Miraba con curiosidad.

 

Descubría cosas nuevas o redescubría otras que creía olvidadas.

 

Y disfrutaba de todo ello, con una calma que le resultaba extraña pero maravillosa.

 

Para cuando decidió que era hora de volver, sus manos estaban llenas de bolsas de papel, todas bastante pesadas y repletas de cosas.

 

Había conseguido todo lo que había ido a buscar al principio: el bloc de dibujo de hojas gruesas, los lápices de distintas durezas, la caja de colores que tanto le había gustado, los cuadernos de tapas duras...Y además, había comprado muchas otras cosas más. Pequeños materiales, regalos para su hermana Aoi, incluso algunos detalles que había tomado casi por impulso.

 

Porque le habían gustado.

 

Porque le habían recordado viejos tiempos, cuando dibujar era lo único que le importaba.

 

Porque quería volver a intentarlo, con todas sus fuerzas.

 

Y lo más importante: por primera vez en años no se sintió culpable ni malgastador por gastar dinero en sí mismo, en cosas que solo eran para él.

 

Después de todo, los ahorros que su abuelo les había dejado, tanto para él como para Aoi, seguían allí, cuidándolos y ayudándolos muchísimo en todo. Aquello le permitía darse algunos gustos de vez en cuando, y hoy sentía que se lo merecía de verdad.

 

Yuuto miró las bolsas que llevaba colgadas de sus muñecas y sonrió con cierto humor.

 

—Compré demasiado... —murmuró para sí mismo, negando con la cabeza.

 

Definitivamente había comprado demasiado.

 

Ayaka se burlaría de él sin piedad en cuanto lo viera llegar con todo eso. Eso era seguro. Se reiría y le diría que parecía un turista perdido.

 

Y Reika, con toda probabilidad, solo levantaría una ceja con esa calma suya y le diría con tono de "yo ya lo sabía":

 

—Sabía que terminarías comprando mucho más de lo necesario. Nunca sabes parar cuando algo te gusta.

 

Solo imaginar la cara que pondrían ambas hizo que se le escapara una pequeña risa suave, mientras caminaba hacia la salida principal.

 

Entonces, de repente, escuchó una voz que conocía muy bien. Una voz suave, cálida y tranquila, que siempre le había transmitido mucha paz.

 

—Yuuto.

 

Se detuvo en seco.

 

Parpadeó sorprendido, creyendo por un instante que se lo había imaginado entre el ruido de la gente.

 

Y levantó la vista.

 

Frente a él, parada junto a una columna, estaba Minori-sensei.

 

Aunque en realidad, así vestida, apenas parecía una profesora. Y mucho menos la enfermera del colegio.

 

Llevaba ropa totalmente casual: un suéter ligero de color claro que le quedaba muy bien, unos jeans sencillos y zapatos cómodos y planos. El cabello lo llevaba un poco más suelto de lo habitual, sin recogerse tanto como en la escuela.

 

No había nada en su aspecto que recordara a la enfermería escolar, ni a la estricta y atenta profesional que atendía a todos los estudiantes con tanto cuidado todos los días.

 

Y aun así, seguía viéndose joven, hermosa y, sobre todo, extremadamente amable. Esa calidez que emanaba de ella era imposible de ocultar.

 

Los ojos de Yuuto se iluminaron inmediatamente, llenos de alegría genuina.

 

—¡Minori-sensei! —exclamó, casi sin creérselo.

 

Antes de pensarlo demasiado, antes de ponerse nervioso o dudar, se acercó rápidamente a ella, dejando caer un poco las bolsas para tener las manos libres.

 

Y la abrazó.

 

Fue un movimiento instintivo, natural, sin ninguna vergüenza.

 

Minori soltó una pequeña risa sorprendida, pero devolvió el abrazo de inmediato, rodeándolo con sus brazos con la misma ternura de siempre.

 

Era algo que se había vuelto costumbre entre ellos hacía ya mucho tiempo. Una costumbre nacida de incontables visitas a la enfermería, cuando él no podía ni siquiera entrar a clase y se pasaba las horas allí sentado.

 

Nacida de conversaciones difíciles, de momentos en los que él no entendía nada y ella se lo explicaba todo con paciencia infinita.

 

Nacida de lágrimas que él había derramado allí, de miedos que le había contado solo a ella.

 

Nacida de sonrisas que ella había logrado sacarle cuando nadie más podía.

 

Y de muchísimo apoyo, de esa mano que siempre había tendido hacia él sin pedir nada a cambio.

 

—Me alegra muchísimo verte, Yuuto —dijo ella mientras acariciaba suavemente su cabeza, tal como lo hacía cuando era más pequeño y tenía miedo.

 

—Yo también, sensei. No tenía ni idea de que vendría hoy aquí.

 

—Hace tiempo que no pasabas por la enfermería —comentó ella, separándose un poco y mirándolo a los ojos con curiosidad y cariño—. Empecé a preguntarme si te habías olvidado de mí.

 

—¡Nunca! —respondió él rápido, casi asustado de que ella pudiera pensarlo—. Es solo que... bueno...

 

—¿Que estás bien? —sugirió ella con una sonrisa comprensiva.

 

—Eso es algo bueno, ¿no? —preguntó él, bajando un poco la mirada, tímido.

 

—Depende —dijo ella, fingiendo seriedad.

 

—¿Depende? ¿De qué?

 

—Depende de por qué no vienes. Si es porque estás bien, porque te sientes mejor, porque ya no necesitas refugiarte allí... entonces sí, es muy bueno. Es lo mejor que podía pasarme.

 

—Entonces es bueno —confirmó él, sonriendo aliviado.

 

Minori asintió satisfecha, y luego su mirada bajó hacia sus manos, hacia todas las bolsas que llevaba colgadas, llenas y pesadas. Muchas bolsas. Demasiadas bolsas para una sola persona.

 

—Veo que alguien se emocionó un poco con las compras —dijo, con tono divertido, recorriendo todo aquel montón con la vista.

 

—Solo un poco —respondió él, encogiéndose de hombros, tratando de restarle importancia.

 

—Claro. "Un poco", dice. Parece que te has comprado toda la papelería de la ciudad.

 

—Sensei... —la miró con ojos suplicantes—. Por favor, no me juzgue.

 

—Te estoy juzgando muchísimo ahora mismo, Yuuto. Con toda mi autoridad de profesora —bromeó ella, llevándose una mano a la boca para ocultar la risa.

 

Yuuto infló ligeramente las mejillas, haciéndose el ofendido, y eso fue suficiente para que ella terminara riéndose abiertamente, con esa risa clara y alegre que siempre le contagiaba a él.

 

Entonces, de repente, él recordó algo muy importante. Y una sonrisa traviesa, llena de picardía, apareció en su rostro.

 

—Por cierto —empezó a decir, cambiando totalmente de tema y poniéndose muy serio.

 

—¿Hm? Dime.

 

—Ahora mismo... yo no soy Yuuto.

 

Minori parpadeó, confundida.

 

—¿Ah no? ¿Y quién eres?

 

—Ahora soy Mika.

 

—¿Mika? —repitió ella, arqueando una ceja, divertida por el giro de la conversación.

 

—Mika. Solo Mika.

 

—¿Debo preguntar por qué? —inquirió ella, con curiosidad.

 

—Mejor no. Es una historia larga y muy complicada. Y un secreto.

 

—Entonces no preguntaré —aceptó ella, asintiendo con solemnidad—. Si es un secreto, mejor así.

 

Yuuto asintió muy satisfecho con la respuesta.

 

—Excelente decisión, sensei.

 

Minori permaneció en silencio unos segundos, mirándolo con esa chispa juguetona que a veces tenía. Luego se aclaró la garganta, enderezó la espalda y realizó una pequeña reverencia exageradamente formal, casi teatral, bajando la cabeza mucho más de lo necesario.

 

—Mucho gusto en conocerla, Mika-san. Espero que esté disfrutando mucho de su día.

 

Yuuto se llevó una mano a la cara, cubriéndose los ojos, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.

 

—Sensei... por favor...

 

—¿Sí, Mika-san? ¿Ocurre algo? —preguntó ella, con la voz más seria y educada que pudo fingir.

 

—Ya está entrando demasiado en el personaje.

 

—No sé de qué hablas. Yo solo soy una ciudadana más que saluda a una joven amable.

 

—Sí lo sabe. Y se está burlando de mí.

 

—Tal vez un poquito —admitió ella, riéndose otra vez.

 

Ambos terminaron riéndose juntos allí mismo, en medio del pasillo, sin importarles la gente que pasaba alrededor.

 

Y entonces, poco a poco, la risa se fue apagando, y Minori lo observó con mucha atención.

 

No miró las bolsas, ni la ropa que llevaba, ni su cabello, ni nada de lo que tenía fuera.

 

Lo miró a él. De verdad. Lo miró a los ojos, a su rostro, a su postura, a todo lo que transmitía.

 

Durante unos segundos se quedó en silencio, analizándolo con esa sabiduría y sensibilidad que la caracterizaban. Y poco a poco, algo en su expresión se suavizó, volviéndose más tierna y orgullosa.

 

Porque había notado algo. Algo muy importante, algo que ella conocía muy bien.

 

Yuuto estaba sonriendo.

 

Y no era una sonrisa forzada, de esas que se hacen para que nadie se preocupe.

 

No era una sonrisa pequeña o tímida para tranquilizar a otros.

 

Era una sonrisa genuina. Abierta. Natural. Brillante.

 

La clase de sonrisa que antes aparecía muy pocas veces, casi solo cuando estaba con ella o con su hermana. La clase de sonrisa que significaba que su corazón estaba en paz.

 

—Has avanzado mucho, Yuuto —dijo ella suavemente, con voz llena de emoción.

 

Él parpadeó, sorprendido por el cambio de tono.

 

—¿Eh?

 

—Mucho, muchísimo más de lo que tú crees.

 

Bajó un poco la mirada, jugando con el asa de una de las bolsas, sintiéndose algo avergonzado.

 

—Todavía me cuesta mucho, ¿sabe? —admitió en voz baja—. Todavía me pongo nervioso en cuanto hay mucha gente. Todavía me tiemblan las manos a veces.

 

—Lo sé —respondió ella con suavidad.

 

—Y todavía tengo miedo... a veces. De que todos me miren, de que hablen de mí, de que pase algo malo.

 

—También lo sé. Lo sé todo eso.

 

Minori sonrió entonces, una sonrisa cálida y llena de orgullo, de ese orgullo de madre que sentía por él. Le puso una mano en el hombro y lo apretó con suavidad.

 

—Pero aun así... saliste de casa.Yuuto se quedó callado, escuchando cada palabra.

 

—Viniste hasta aquí solo.

 

—Sí... —susurró él.

 

—Tomaste el transporte público, caminaste entre mucha gente, te enfrentaste a todo eso.

 

—Sí.

 

—Compraste todo esto, decidiste qué querías, elegiste cosas para ti.

 

—Sí.

 

—Y sigues aquí. De pie. Sonriendo. Bien.

 

Por alguna razón, esas palabras sencillas, dichas con tanta seguridad y cariño, hicieron que el pecho de Yuuto se sintiera de repente mucho más ligero. Como si le hubieran quitado un peso enorme de encima.

 

Minori levantó una mano y le dio un suave golpecito con el dedo índice en la frente, justo en el centro, como si estuviera marcando todo lo bueno que había logrado.

 

—Estoy muy orgullosa de ti. De verdad. Más de lo que te imaginas.

 

Yuuto se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, pero de lágrimas de felicidad.

 

Luego levantó la vista y sonrió de nuevo. Y esta vez la sonrisa fue aún más grande, más brillante y más sincera que antes.

 

—Gracias, Sensei. De verdad, gracias por todo.

 

—De nada, Mika-san —respondió ella, volviendo a usar su nombre falso con una risita.

 

—...

 

—Y aviso ya desde ahora: no voy a dejar de llamarte así en todo el resto del día. Prepárate.

 

—Ya lo imaginaba —dijo él, negando con el cabeza divertido.

 

Y mientras ambos comenzaron a caminar juntos por el pasillo, hacia la salida, hablando tranquilamente, Yuuto sintió con toda claridad que aquella salida, aquella tarde que había empezado con tantos nervios, se estaba convirtiendo poco a poco en uno de los mejores días que había tenido en mucho, muchísimo tiempo.

 

Mientras tanto...

 

Muy lejos del centro comercial, lejos de las calles llenas de gente y de las luces brillantes que empezaban a encenderse con la llegada del atardecer...

 

En la residencia estudiantil de la academia.

 

El amplio dormitorio que compartían Ayaka y Reika estaba ahora sumido en una luz suave y cálida, solo iluminado por las lámparas de mesa y la luz tenue que entraba por la ventana.

 

Ya era tarde. Las clases habían terminado hacía horas, las tareas estaban hechas, y ambas ya se habían puesto sus pijamas, soltado el cabello y se habían quitado los zapatos para estar totalmente cómodas y relajadas.

 

El ambiente era extrañamente tranquilo.

 

Demasiado tranquilo.

 

Reika estaba sentada con la espalda apoyada en la cabecera de su cama, con las piernas estiradas y una carpeta llena de documentos sobre el regazo. Llevaba un pijama sencillo de algodón de color azul oscuro, cómoda y discreta.

 

Como siempre, seguía trabajando.

 

Papeles, informes, solicitudes, autorizaciones... y una montaña de trabajo que parecía no tener fin.

 

A unos metros de ella, en su propia cama, Ayaka estaba tumbada boca abajo sobre las sábanas, con los codos apoyados en el colchón y la cabeza recostada sobre las manos. Llevaba un pijama mucho más alegre, de color claro y con estampados pequeños, y tenía el cabello recogido en una coleta alta y despeinada que le caía sobre la espalda.

 

Balanceaba las piernas en el aire, una y otra vez, sin ningún propósito, golpeando suavemente los talones contra el borde de la cama.

 

Estaba aburrida.

 

Muy aburrida.

 

De ese aburrimiento profundo que solo aparece cuando no pasa absolutamente nada interesante en todo el día.

 

De repente, rompió el silencio con su voz clara y decidida, que resonó suavemente en la habitación.

 

—Esto es sospechoso.

 

Reika ni siquiera levantó la vista de lo que estaba leyendo. Seguía pasando las hojas con dedos ágiles, sin dejar de prestar atención a lo que escribía.

 

—¿Qué cosa? —preguntó con calma, sin dejar de revisar un informe.

 

—Esta tranquilidad. Este silencio. Esta calma absoluta que hay desde hace días.

 

—No existe tal cosa como la calma absoluta —respondió Reika con total seriedad—. Siempre hay algo que hacer. Y tú deberías estar estudiando en lugar de dar vueltas.

 

—¡Exactamente! —Ayaka se giró un poco sobre el colchón para mirarla mejor, apoyando la mejilla en la almohada—. Por eso es sospechoso. Llevamos dos semanas enteras sin que ocurra ninguna catástrofe, ni lío, ni problema grave en la academia. Ni siquiera un pequeño alboroto.

 

—Ayaka, por favor... no lo digas tan fuerte, que se te da la gana de provocar al destino.

 

—Ni siquiera ha habido ningún intento de armar líos —siguió ella, ignorando la advertencia y levantando un dedo como si estuviera contando hechos muy importantes—. Ni una sola vez. ¿Te das cuenta? ¡Dos semanas sin que nadie intente meter la pata, sin que nadie quiera prohibir cosas, sin que nadie quiera separar a la gente!

 

Reika cerró los ojos un instante, suspirando profundamente y dejando el bolígrafo sobre el papel.

 

Porque, desgraciadamente, entendía perfectamente lo que quería decir su compañera.

 

Todo esto había empezado justo después de aquel asunto, el último problema que habían tenido.

 

El director, lleno de prejuicios y ideas equivocadas, había hablado directamente con Takamura —el presidente del comité disciplinario— para pedirle que investigara todos los rumores que corrían sobre Yuuto. Su intención era clara: quería encontrar cualquier excusa, cualquier motivo, para justificar volver a aislarlo, apartarlo de todos y dejarlo solo tal como había estado antes.

 

Pero por suerte, Takamura no era como él.

 

Takamura no tenía esos prejuicios absurdos ni esas ideas antiguas.

 

Takamura siempre actuaba con la cabeza fría, con justicia y basándose única y exclusivamente en lo que era verdad y en las pruebas reales.

 

Él revisó todo con mucho cuidado. Escuchó lo que decían los rumores, habló con gente, observó cómo era Yuuto realmente, cómo se comportaba, cómo trataba a los demás y cuánto había avanzado. Y al final, determinó claramente que no había nada. Que todo eran solo habladurías, chismes sin fundamento, cosas que la gente inventaba sin saber nada. No encontró ninguna prueba de nada malo, ni de nada que justificara siquiera una advertencia.

 

Así que cerró el caso ahí mismo. No pasó nada más. No hubo medidas, no hubo castigos, no hubo problemas. Solo fue un intento que no llegó a nada.

 

Y desde ese día, el director no lo ha vuelto a intentar. Ya no ha habido ningún otro movimiento, ni ningún otro problema. Todo se quedó en silencio.

 

Era casi inquietante. Demasiado bueno para ser verdad.

 

—Eso significa simplemente que las cosas funcionan bien y que podemos trabajar y estudiar en paz —dijo Reika, tratando de convencerse a sí misma también—. Que por fin se hizo justicia y se aclaró todo.

 

—¡No! Eso significa que algo horrible está preparando el universo en silencio —aseguró Ayaka, muy convencida de su teoría—. Cuando todo está demasiado tranquilo, es porque el desastre es mucho más grande de lo que imaginamos y está escondido esperando el momento justo.

 

—No funciona así —negó Reika, volviendo a sus papeles.

 

 

—Sí funciona. Lo sabes bien. Recuerda lo que pasó antes de que intentaran investigarlo... todo estaba muy tranquilo también.

 

—No.

 

—Sí.

 

—No.

 

—Sí. Y no pienso discutirlo contigo porque siempre gano.

 

Reika decidió ignorarla tal como hacía siempre que empezaba con esas ideas suyas tan extrañas y exageradas.

 

Entonces, de repente, un sonido claro y breve interrumpió la conversación y llenó el silencio de la habitación.

 

Ding.

 

Las dos giraron la cabeza al mismo tiempo, sincronizadas como siempre, hacia la mesita de noche que tenían entre las dos camas, donde estaban sus teléfonos cargando.

 

Un mensaje.

 

Del grupo privado.El grupo que solo compartían ellas tres: Yuuto, Reika y Ayaka.

 

Ayaka se incorporó inmediatamente de un salto, sentándose en el borde de la cama con los ojos brillantes y el cabello cayéndole sobre los hombros.

 

—¡Es Yuuto! —exclamó, estirando la mano para agarrar el aparato antes incluso de que Reika pudiera moverse.

 

Reika ya había tomado el suyo con calma, pero con la misma atención y cuidado.

 

Porque ambas sabían perfectamente que él había salido solo aquella mañana. Había sido su primera vez en mucho tiempo, su primera gran prueba para enfrentarse al mundo exterior después de todo lo que había pasado, y le habían prometido que no lo molestarían durante el día, pero que estarían esperando noticias con el corazón en un puño. Y él les había prometido avisar en cuanto terminara y estuviera de regreso.

 

La pantalla se iluminó suavemente bajo la luz de la lámpara. Y mostró primero una fotografía.

 

Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada. Simplemente se quedaron mirando, absorbiendo cada detalle de la imagen.

 

En la foto aparecía Yuuto.

 

Estaba sentado, sonriendo. Una sonrisa que se veía relajada, abierta, genuina, de esas que pocas veces se atrevía a mostrar.

 

Tenía varias bolsas de compras apoyadas entre sus pies y en el asiento de al lado, todas llenas y abultadas.

 

Y a su lado, sentada junto a él... estaba Minori-sensei. También sonriendo, mirando hacia la cámara con esa calidez y amabilidad que siempre la caracterizaba, como la maestra cercana y de confianza que era para él.

 

Ambos estaban dentro de un automóvil, con el cinturón puesto, bajo la luz suave y dorada del atardecer que entraba por las ventanillas y les iluminaba el rostro.

 

Debajo de la fotografía había un mensaje escrito con su letra habitual, ordenada, pequeña y suave:

 

    Me encontré con Minori-sensei en el centro comercial por casualidad.

 

Ella se ofreció amablemente a llevarme a casa para que no cargara con todo hasta la estación.

 

Compré muchas cosas. Demasiadas, creo. Lo siento.

 

Perdón si tardé en avisar.

 

Hubo un silencio absoluto en la habitación durante unos segundos.

 

Ayaka observó la foto con detenimiento, luego volvió a observarla con más atención, analizando cada rincón, pero sin decir nada más sobre cómo se veían, solo fijándose en que ambos estaban bien.

 

Reika ya conocía esa relación: Minori-sensei había sido un apoyo fundamental para Yuuto desde el principio, siempre lo había escuchado, ayudado y protegido, y era normal que se llevaran muy bien y estuvieran cómodos juntos. No había nada extraño, solo confianza y gratitud.

 

—Qué bien que se haya encontrado con ella —comentó Ayaka con tranquilidad—. Seguro que le ayudó mucho que estuviera ahí. Se nota que está muy a gusto.

 

—Sí —asintió Reika, dejando sus papeles a un lado y sentándose mejor contra la cabecera—. Ella siempre ha sido muy buena con él. Y menos mal que se ofreció a llevarlo, con todo lo que ha comprado no habría sido fácil volver solo.

 

Entonces, la pantalla cambió y apareció otro mensaje nuevo, enviado de nuevo por Yuuto.

 

    También... compré materiales para volver a dibujar. Blocs, lápices, colores, difuminos... todo lo que necesitaba.

 

Las dos se quedaron inmóviles, con la mirada fija en esas palabras brillando en la pantalla.

 

Ayaka fue la primera en reaccionar, con los ojos muy abiertos, sorprendida y emocionada a la vez, y se llevó una mano a la boca.

 

—¿Volverá a dibujar? ¿De verdad? ¿Lo ha dicho en serio?

 

—Parece que sí —respondió Reika, con la voz un poco más suave de lo habitual, dejando el teléfono sobre sus rodillas y mirando hacia la ventana con una expresión llena de ternura y esperanza.

 

Sin dudar, sin pensarlo dos veces, la respuesta de Reika fue inmediata. Escribió despacio, con cuidado, lo único que le salía del corazón:

 

 

    Me alegra mucho. De verdad. Es una noticia preciosa.

 

Yuuto respondió casi al instante, como si estuviera esperando con el dedo sobre la pantalla que le contestaran.

 

    Gracias. Me ayuda mucho saberlo. De verdad.

 

Ayaka observó la pantalla en silencio unos segundos más. Dejó caer el teléfono sobre sus rodillas y se quedó mirando hacia la lámpara, con una expresión tranquila, dulce y profundamente feliz.

 

Y por primera vez desde que había empezado toda aquella conversación... sonrió de verdad. Una sonrisa amplia, sincera y emocionada que le iluminó todo el rostro.

 

Porque sabía perfectamente cuánto significaba aquello para él.

 

Sabía cuánto había dejado atrás, cuántas cosas hermosas había abandonado por culpa del miedo, de la inseguridad, de todo lo que le había pasado en el pasado.

 

Y sabía también lo importante que había sido que Takamura revisara todo y demostrara que no había nada malo en él, que todo eran solo rumores. Si no hubiera sido así, si hubieran creído las mentiras, nada de esto estaría pasando ahora.

 

Dibujar no era solo un pasatiempo para él. Era una parte de sí mismo que había perdido y que ahora, por fin, estaba recuperando con todas sus fuerzas.

 

Volver a dibujar era mucho más importante de lo que parecía a simple vista. Era un paso gigante. Una victoria inmensa.

 

—Lo logró —susurró Ayaka, casi para sí misma, abrazando su propia almohada con fuerza.

 

Reika levantó la vista de nuevo, mirándola con curiosidad y ternura.

 

—¿Hm? ¿Qué cosa?

 

Ayaka se giró hacia ella, apoyando la barbilla en la almohada y sonriendo mientras miraba de nuevo la fotografía que seguía abierta en la pantalla.

 

—Salió solo. Se atrevió a ir hasta allá sin nadie, sin acompañantes, sin excusas. A pesar de todo el lío de los rumores.

 

—Sí —asintió Reika, bajando la mirada con orgullo.

 

Por primera vez en toda la tarde... una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Reika.

 

Era una sonrisa muy suave, casi imperceptible, difícil de notar si no la conocías bien. Se le formó lentamente en las comisuras de los labios y le iluminó los ojos oscuros.

 

Pero era completamente sincera, y estaba llena de alivio y satisfacción.

 

—Sí —repitió ella, bajando la mirada hacia sus propios papeles, sintiendo que todo ese trabajo pesaba un poco menos ahora—. Lo hizo increíblemente bien. Y lo hizo porque por fin se le permite estar en paz.

 

Lo había logrado. De verdad lo había logrado.

 

Y aunque ninguna de las dos lo diría en voz alta, ni se lo dirían a él para no avergonzarlo ni ponerlo nervioso...Tanto Reika como Ayaka estaban inmensamente orgullosas de él.

 

Mucho más de lo que Yuuto podría imaginarse jamás.

 

Entonces, otro mensaje más apareció en el grupo. Esta vez fue breve, pero con ese toque divertido y tímido que siempre tenía él.

 

    Ayaka.

 

Solo te aviso de antemano: no te burles, aunque haya comprado demasiadas cosas. Por favor. Ya sé que son muchas.

 

Hubo un silencio total en la habitación.

 

Ayaka abrió mucho los ojos, sorprendida, y se llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito.

 

—¿Cómo lo supo? ¿Cómo sabía exactamente lo que iba a hacer? ¡Ni siquiera lo he visto todavía!

 

Reika cerró los ojos y negó con la cabeza, riéndose bajito mientras se acomodaba mejor en la cama entre las mantas.

 

—Porque te conoce. Te conoce mejor que nadie. Sabe que no puedes evitarlo, que es lo primero que haces siempre.

 

—Eso... eso es aterrador. ¡Lee la mente, seguro! ¡Es un brujo!

 

—Un poquito, sí —admitió Reika, tapándose la boca para no reírse demasiado fuerte.

 

Y por primera vez en todo el día...Las dos terminaron riéndose juntas, en medio de esa habitación tranquila, con sus pijamas y sus mantas, sabiendo que, aunque el mundo fuera complicado y a veces difícil, hoy todo estaba bien. Y que su amigo estaba mucho mejor de lo que había estado en mucho tiempo.

Thoughts

  • finalArruinado

    Goro enumerando la sonrisa, la voz baja, la mano en el pelo y aun así sin cachar nada. Apuesto a que termina cachándolo por uno de los dibujos nuevos.

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  • versoenservilleta

    Oye, me fijé en que Yuuto casi nunca se mira a sí mismo en este capítulo: lo miran los demás. Shiori viéndolo perderse entre la gente del centro comercial, Minori fijándose en la sonrisa antes que en las bolsas, y Ayaka y Reika pegadas a una foto desde la residencia. Tres sitios distintos y todos llegan a lo mismo sin decírselo a él. Apuesto a que el primer dibujo con los lápices nuevos va a ir al revés, él mirando a alguna de ellas, y que ahí se va a notar cuánto ha cambiado.

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