El pastel resultó ser más dulce y suave de lo que parecía a simple vista.
Ayaka fue la primera en probarlo, exagerando su reacción como hacía siempre con todo lo que le gustaba.
—¡Esto está increíble! —declaró, llevándose una mano al pecho con fingida emoción—. Confirmo totalmente que ser amable y agradecer trae sus recompensas.
Reika tomó solo un bocado pequeño, con una elegancia medida y contenida, y asintió con calma.
—La textura es fina y el sabor equilibrado. La calidad es más que adecuada.
Yuuto observaba en silencio, y detrás de la tela negra de su cubrebocas se dibujaba una sonrisa leve, casi imperceptible. Tomó el tenedor con sus dedos enguantados, cortó un pedazo pequeño y se lo llevó a la boca con cuidado.
La crema se deshizo al instante en su lengua: suave, ligera, dulce, pero sin empalagar, totalmente distinta a las comidas sencillas que solía prepararse en casa. Mientras masticaba con calma, sintió que la humedad se iba acumulando en la tela del cubrebocas, volviéndolo incómodo contra su piel.
Sin pensarlo dos veces, por puro instinto y costumbre, levantó la mano.
Sin analizarlo.
Sin anticipar nada.
Sin ser consciente del entorno.
Se quitó primero el cubrebocas, y acto seguido las gafas oscuras. Fue un movimiento rápido, simple, automático, como si estuviera en la soledad de su habitación.
Y en ese instante…
El tiempo pareció detenerse sobre la mesa.
Su cabello plateado, que hasta entonces estaba parcialmente oculto bajo el gorro, cayó libre y suelto en mechones brillantes alrededor de su rostro, como un manto de luz pálida. La luz dorada del atardecer que entraba por los ventanales se reflejó directamente en sus ojos claros, resaltando su brillo suave y profundo.
A la vista quedaba una piel inmaculada, pálida y fina, sin una sola marca o imperfección. Y sobre todo, unos rasgos de una delicadeza y armonía imposibles de ignorar: facciones suaves, líneas dulces, una nariz pequeña y bien formada, labios de un tono rosado natural… en definitiva, un rostro que no tenía nada de masculino. Era la cara de una chica de una belleza extraordinaria, casi etérea, que parecía sacada de una pintura.
No era una belleza llamativa o agresiva, sino suave, serena, tan perfecta que parecía irreal. Quien lo mirara no dudaría ni un segundo en ver ante sí a una joven hermosa, sin imaginar que en realidad era un chico.
Durante un segundo que pareció durar minutos, nadie pronunció ni una sola palabra.
En las mesas cercanas, las conversaciones se cortaron en seco a mitad de frase. El tintineo de cubiertos cesó, y cuando una cucharilla resbaló de entre los dedos de alguien y cayó sobre el plato, el sonido resonó con una claridad inusual en el silencio repentino. Incluso el tendero, que limpiaba vasos al fondo, levantó la vista de inmediato y se quedó observando sin disimulo.
No hubo gritos, ni exclamaciones, solo esa mirada de asombro contenido.
Ayaka y Reika también lo miraron, y aunque ya conocían su rostro y sabían su verdad, tampoco pudieron evitar sentir ese mismo impacto: ver a alguien con una apariencia tan delicada y hermosa, que parecía frágil y valiosa, obligándose a ocultarse detrás de telas y gafas como si esa belleza fuera algo vergonzoso o peligroso.
Yuuto no notó nada al principio. Solo estaba concentrado en pasar una servilleta limpia por el interior del cubrebocas para secarlo, con la calma de quien está solo. Pero de pronto, esa sensación familiar pero aguda lo envolvió: el silencio. Un silencio que no era el de la tranquilidad, sino el de la atención fija.
Levantó la vista con lentitud, y sus ojos se encontraron con decenas de miradas clavadas en él, llenas de curiosidad y asombro.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El corazón comenzó a latirle con fuerza y rapidez, los hombros se tensaron de golpe y el impulso instintivo volvió a aparecer: cubrirse, esconderse, desaparecer antes de que pudieran juzgarlo.
Pero antes de que sus manos se movieran para tomar de nuevo el cubrebocas, Ayaka intervino. No gritó, no hizo gestos exagerados, ni le dijo que se cubriera o que se quedara. Simplemente habló con la misma naturalidad de siempre, como si nada hubiera cambiado.
—Oye, Yuuto —dijo con voz relajada, alargando la mano para tomar el tenedor—. ¿Me dejas otro pedazo? Está demasiado rico para dejarlo.
Reika captó la señal al instante y siguió el mismo tono, con su calma habitual.
—Tiene una proporción de crema muy agradable. Sería una lástima que se enfríe.
Yuuto parpadeó, confundido por un segundo. La conversación seguía igual que antes. Las palabras eran las mismas, el tono no variaba, y a pesar de que sentía todas esas miradas sobre su piel, la atmósfera en su propia mesa seguía siendo cálida y segura.
Ayaka sonrió levemente, sin burla ni sorpresa, y añadió como si fuera un comentario sin importancia:
—Por cierto, te ves mucho mejor sin las gafas. Se te notan más los ojos, y quedan perfectos con ese cabello.
Lo dijo como si le comentara que le quedaba bien una prenda de ropa, sin convertirlo en un gran acontecimiento ni en algo que debiera avergonzarlo.
Yuuto dudó un segundo, luego dos. Esperaba que llegara el pánico, que volviera esa sensación de vulnerabilidad extrema… pero no ocurrió. Porque nada a su alrededor había cambiado para mal: sus amigas seguían siendo las mismas, nadie le gritó ni le hizo señas, y la atención de los demás, aunque intensa, no venía cargada de rechazo ni miedo.
Así que, muy despacio, relajó un poco los hombros.
Se quedó allí, sentado, con el rostro totalmente descubierto, respirando con calma, existiendo tal cual era, sin ocultarse detrás de nada.
Poco a poco, el murmullo de la cafetería fue regresando, las miradas se desviaron de nuevo hacia sus propias mesas y la normalidad volvió a imponerse. Y en ese proceso, algo muy pequeño pero importante se fue asentando en el interior de Yuuto.
No era una valentía repentina que lo hiciera sentirse invencible, ni una seguridad que borrara de golpe todos sus años de miedo.
Pero sí era un paso.
Porque por primera vez en su vida, había dejado que el mundo viera su rostro tal cual era, con esa apariencia que todos confundían con la de una chica hermosa…
Y el mundo no se había roto. Nadie lo había atacado, ni señalado, ni rechazado.
Simplemente, lo había visto.
La cafetería del centro comercial estaba más concurrida de lo habitual para esa hora de la mañana. El aroma intenso del café recién hecho se mezclaba con el dulce olor de los pasteles y cremas, mientras un murmullo constante de decenas de conversaciones llenaba el espacio, acompañado por el sonido rítmico de las tazas y cubiertos.
Ayaka daba el último mordisco a su porción de pastel y se limpió la comisura de los labios con una servilleta.
—Definitivamente este lugar merece un diez —declaró con satisfacción.
—Yo le daría un ocho —respondió Reika con su calma habitual, dando un sorbo corto a su taza—. El café estaba un poco más amargo de lo que debería.
—Eres demasiado estricta con todo —replicó Ayaka, sonriendo.
Frente a ellas, Yuuto observaba la pequeña discusión con expresión tranquila, mientras sostenía sus gafas oscuras entre los dedos. Las había quitado un momento para limpiar bien los cristales con el paño suave que Aoi siempre guardaba en su estuche.
Sin las gafas, y con el cubrebocas también retirado para comer, su rostro quedaba totalmente al descubierto. Sus largas pestañas de tono plateado, la piel fina y pálida como la porcelana, y unos rasgos tan suaves, armoniosos y delicados que no tenían nada de masculino, llamaban inevitablemente la atención de cualquiera que pasara cerca. A simple vista, cualquiera juraría que se trataba de una joven de una belleza casi irreal.
Pero Yuuto, ajeno a todo, seguía concentrado en pasar el paño con cuidado sobre cada lente.
Fue en ese instante cuando alguien se detuvo en seco a pocos metros de la mesa, como si hubiera chocado con una pared invisible.
Era Sakura Kirishima.
Había llegado, como casi todos los fines de semana, con su bolso y su libreta, buscando un rincón tranquilo para escribir notas y organizar las ideas para el periódico escolar. Pero en cuanto cruzó la puerta y recorrió el local con la mirada, reconoció de inmediato a Ayaka y Reika.
—¿Ellas aquí? —pensó, y una sonrisa traviesa apareció en sus labios. Tenía ganas de acercarse solo para molestarlas un rato, como solía hacer en la escuela.
Sin embargo, antes de dar un paso más, su mirada se desvió hacia la tercera persona que las acompañaba.
Y en ese momento, el tiempo pareció detenerse para ella.
Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.
Parpadeó una vez, luego otra, sin creer lo que veía.
Frente a ella había una joven de cabello largo y totalmente plateado, que brillaba bajo la luz cálida del local. Tenía unos ojos claros y grandes, y un rostro tan delicado, tan perfecto y suave, que parecía sacado de una ilustración o una pintura antigua. Incluso notó que en las mesas cercanas varias personas la observaban de reojo con una curiosidad evidente, sin poder apartar la vista.
Sakura sacudió levemente la cabeza para volver en sí, con la mente trabajando a toda velocidad.
—¿Quién…? —murmuró para sí misma.
Su instinto de periodista despertó al instante, aguzando su curiosidad. Estaba segura de que si esa chica estudiara en su misma escuela, la habría visto sin falta. Una apariencia así no pasaba desapercibida en ningún lugar.
Rápidamente le surgieron hipótesis una tras otra: ¿Será una modelo? ¿Una estrella de internet? ¿O tal vez una artista famosa que usa una peluca para pasar desapercibida? Cada posibilidad le parecía más interesante que la anterior.
Y como siempre, su curiosidad terminó ganando a cualquier prudencia. Enderezó la espalda, se ajustó el bolso y caminó directamente hacia la mesa con paso decidido.
—Vaya… qué casualidad encontrarlas aquí —dijo en voz alta, con su sonrisa habitual.
Ayaka levantó la vista y la miró con calma.
—Sakura.
Reika apenas giró la cabeza, sin mostrar sorpresa excesiva.
—No esperaba verte por esta zona.
—Yo tampoco esperaba encontrarme con ustedes —respondió Sakura, pero sus ojos ya se habían desviado otra vez hacia Yuuto—. Y mucho menos con ella.
Yuuto acababa de terminar de limpiar sus lentes. Al levantar la vista y ver a una desconocida observándolo fijamente, se sobresaltó ligeramente. Por instinto, tomó las gafas y se las colocó rápidamente, cubriendo de nuevo gran parte de su rostro.
—¿No piensan presentármela? —preguntó Sakura con entusiasmo, ya sacando su pequeña libreta y bolígrafo por costumbre.
Ayaka y Reika intercambiaron una mirada fugaz, en silencio, y en menos de un segundo ambas entendieron perfectamente lo que estaba pasando: Sakura no tenía ni la menor idea de quién era realmente, ella solo veía a una chica hermosa y desconocida.
Yuuto, por su parte, ya sentía cómo la ansiedad comenzaba a subirle por el pecho y bajó la cabeza para esconderse.
Reika habló con voz tranquila y firme, antes de que él pudiera entrar en pánico.
—Se llama Mika.
Yuuto levantó apenas la vista, confundido, pero Ayaka asintió de inmediato para reforzar la historia.
—Es una amiga. Hoy salimos juntas a recorrer el centro comercial.
Sakura volvió a mirar a Yuuto, cada vez más convencida de que tenía ante sí a alguien fuera de lo común. No puede ser una chica normal…, pensaba.
—Mucho gusto, Mika-san —dijo con amabilidad.
Yuuto tardó unos segundos en reaccionar, con el corazón latiéndole con fuerza. Luego, con movimientos suaves y tímidos, hizo una pequeña reverencia desde su asiento, sin pronunciar una sola palabra.
Sakura sonrió aún más, encantada con esa actitud. Qué tímida y dulce parece…
—Disculpa la pregunta, pero es que no puedo evitarlo —continuó, abriendo su libreta—: ¿Trabajas como modelo? ¿O haces transmisiones por internet? Tienes una apariencia muy llamativa, de esas que no se olvidan fácilmente.
Yuuto abrió mucho los ojos detrás de los cristales, sorprendido, y negó rápidamente con ambas manos, moviendo la cabeza de un lado a otro con energía.
Ayaka tuvo que girar ligeramente la cabeza para ocultar la risa que le estaba por salir, mientras Reika carraspeó con discreción para mantener la compostura.
—Mika es muy reservada y no suele hablar con desconocidos —explicó Reika con naturalidad.
Sakura cerró la libreta con un chasquido de decepción fingida.
—Qué lástima… de verdad pensé que había encontrado aquí una gran historia para el periódico.
Volvió a mirar a Yuuto con una sonrisa amable.
—Bueno, si algún día cambias de opinión y quieres que todos te conozcan, avísame. Estoy segura de que mucha gente quedaría fascinada al verte.
Yuuto respondió con otra pequeña reverencia, manteniéndose en silencio.
—Bueno, no las molesto más —dijo Sakura finalmente—. Disfruten mucho su tarde.
Se alejó caminando tranquila, ya pensando en qué otras pistas podrían seguir para averiguar quién era esa misteriosa “Mika”.
Solo cuando su figura desapareció entre las mesas, Ayaka no pudo contenerse más y soltó una carcajada suave, echándose hacia atrás en la silla.
—¿Mika? —repitió entre risas.
Reika también dejó escapar una sonrisa relajada, negando con la cabeza.
—Fue lo primero que se me ocurrió en el momento. Me pareció lo más sencillo.
Yuuto levantó lentamente su cuaderno, todavía con el corazón un poco acelerado, y escribió con trazo rápido y claro:
“¿Funcionó?”
Las dos respondieron al mismo tiempo, con total seguridad:
—Perfectamente.
Yuuto dejó escapar un suspiro largo y profundo, sintiendo cómo la tensión se le iba del cuerpo. No tenía ni idea de que, sin proponérselo, acababa de engañar a Sakura Hoshino —la chica más curiosa y persistente de toda la escuela—, y que le había mostrado justo el secreto que ella llevaba semanas intentando descubrir… sin que ella se diera cuenta de nada.
Sakura Kirishima caminó hasta el otro extremo del centro comercial, donde el ruido de la multitud se reducía a un murmullo más suave y había mesas amplias junto a grandes ventanales que daban a la avenida principal. Allí encontró un sitio libre, apartado y con buena luz, justo lo que necesitaba para trabajar con tranquilidad.
Dejó su bolso de cuero sobre la mesa y, antes de hacer nada más, dirigió la mirada hacia el fondo. A lo lejos, a través de los cristales de la cafetería, aún podía distinguir la silueta de Ayaka, Reika… y esa tercera figura que no lograba quitarse de la cabeza: la misteriosa joven llamada Mika.
Suspiró con una mezcla de intriga y emoción, abrió su bolso y sacó su computadora portátil, encendiéndola con una rapidez casi automática. En cuanto la pantalla se iluminó, sus dedos comenzaron a moverse sobre el teclado con agilidad, como si estuviera siguiendo un instinto ya entrenado.
—Mika… —murmuró en voz baja mientras escribía el nombre en la barra de búsqueda.
Presionó “enter” y esperó.
Páginas y más páginas aparecieron, pero ninguna coincidía con lo que buscaba. Nada.
Frunció levemente el ceño, sin rendirse. Abrió una red social, luego otra, y recorrió perfiles, listas de usuarios y publicaciones recientes. Pasó a plataformas de videos y transmisiones en vivo, consultó directorios de agencias de modelos, concursos de fotografía juvenil y sitios de artistas emergentes.
Una y otra vez, el resultado era el mismo:
—Imposible… —susurró, negando con la cabeza.
Volvió a escribir, esta vez usando descripciones más detalladas:
“Cabello plateado largo y brillante”
“Modelo japonesa rasgos delicados”
“Streamer ojos claros”
“Cosplayer apariencia etérea”
“Influencer rostro poco común”
Fue pasando página tras página, viendo cientos de fotografías, revisando cada detalle. Pero ninguna de las imágenes que aparecían se parecía a la chica que acababa de ver. Ninguna tenía esa misma combinación de cabello, mirada y esa belleza que parecía hecha para estar en una pintura más que en el mundo real.
Sakura apoyó el mentón sobre una mano, observando la pantalla con una expresión cada vez más pensativa.
—No puede ser… —se dijo a sí misma—. Una apariencia así no pasa desapercibida. Si existiera en el mundo público, alguien la habría fotografiado, alguien habría hablado de ella, alguien la habría subido a internet.
Abrió nuevas pestañas: agencias de talentos locales, revistas juveniles, secciones de publicidad, portales de casting… Nada. Ni un solo registro, ni una sola imagen que se acercara a lo que tenía en mente.
Pero lo curioso fue que, en lugar de sentir frustración, sus ojos comenzaron a brillar con más intensidad. Una sonrisa lenta y llena de entusiasmo fue dibujándose en sus labios.
—Interesante… —repitió, casi saboreando la palabra—. Muy interesante.
Cerró lentamente la tapa de la computadora, no porque hubiera terminado, sino porque en ese momento había llegado a una conclusión mucho más importante que cualquier búsqueda en internet.
—Si realmente fuera modelo o estrella de internet, ya la habría encontrado —razonó en voz alta, ordenando sus ideas—. Si fuera una idol o artista, sería imposible que no hubiera ni una sola foto en ninguna parte. Y si fuera una estudiante normal… alguien así habría sido tema de conversación en toda la escuela en cuestión de días.
Volvió a levantar la vista hacia la cafetería, a lo lejos. A través del vidrio, alcanzó a distinguir la silueta de esa chica inclinando ligeramente la cabeza, como si estuviera escuchando con atención, mientras Ayaka decía algo que arrancaba incluso una sonrisa de Reika.
Sakura entrecerró los ojos, aguzando su instinto de investigadora.
—¿Quién eres realmente… Mika?
Hacía mucho tiempo que no sentía esa emoción: esa mezcla de curiosidad, expectativa y ganas de descubrir algo que nadie más conocía. No era un simple rumor de pasillo, ni un chisme de la escuela. Era un auténtico enigma, algo que parecía estar fuera de lo común.
Y ella adoraba los misterios.
Sacó entonces su pequeña libreta de tapas duras y un lápiz afilado, apoyándolos sobre la mesa con cuidado. En la primera página en blanco, escribió con letra clara y ordenada:
Proyecto de investigación
Y justo debajo, centrado y con un trazo más firme:
Mika
Golpeó suavemente la punta del lápiz contra el papel, como si estuviera trazando ya el plan en su mente.
—Si nadie sabe quién eres… si no hay rastro de ti en ningún lado… —murmuró con una sonrisa decidida—, entonces seré la primera en descubrirlo.
Sentía cómo su sangre de periodista se despertaba por completo, vibrando ante la perspectiva de una investigación que prometía ser diferente a todas las demás. No buscaba exponer a nadie ni armar un escándalo; solo quería resolver el rompecabezas que tenía frente a ella.
Lo que no sabía, lo que jamás podría imaginar en ese momento, era que acababa de dar inicio a la investigación más absurda y contradictoria de toda su carrera.
Porque esa “Mika”, la chica misteriosa y hermosa que se había convertido en su nuevo gran objetivo… era exactamente el mismo Yuuto Kanzaki, el alumno enigmático y reservado al que llevaba semanas intentando entender y desenmascarar en la escuela.
El misterio que buscaba estaba justo frente a sus ojos, pero disfrazado de una forma que su propia mente se negaba a aceptar.
La cafetería había recuperado poco a poco su ritmo habitual.
Las conversaciones volvieron a fluir entre las mesas, el sonido rítmico de las tazas chocando contra los platillos regresó a su lugar natural, y el murmullo general se transformó otra vez en ese fondo constante y relajado que acompañaba a cualquier local lleno de gente. El aroma a café recién hecho y crema dulce seguía flotando en el aire, envolviendo todo con una sensación cálida.
Sin embargo, las miradas seguían ahí. Era inevitable. Varias personas ya habían presenciado aquel instante en que Yuuto, sin darse cuenta, se había quitado el cubrebocas y las gafas mientras comía, dejando ver un rostro tan hermoso y delicado que parecía irreal. Aunque ahora volvía a estar completamente cubierto, la impresión de ese momento seguía flotando en el ambiente como una curiosidad imposible de ignorar.
Aun así, Yuuto no reaccionaba como lo habría hecho solo unas semanas atrás. Ya no se encogía sobre sí mismo, ni escondía la cabeza entre los hombros, ni evitaba moverse por miedo a llamar la atención. Simplemente permanecía sentado con calma junto a Ayaka y Reika, escuchando su conversación con total atención. Su mirada no se desviaba hacia las otras mesas ni buscaba comprobar quién lo observaba; estaba concentrado solo en lo que pasaba en su propio espacio.
—Te juro que el profesor de historia disfruta complicarnos la existencia —decía Ayaka mientras jugaba con la cuchara dentro de su vaso de bebida helada—. No puede ser casualidad que siempre pida rehacer trabajos justo unos días antes de que empiecen las vacaciones. Parece que lo hace a propósito.
Reika bebió un sorbo lento de su café antes de responder con su tono sereno y analítico.
—No es casualidad.
Ayaka levantó una ceja, esperando la explicación.
—¿Ah no? Entonces ¿qué es?
—Control —respondió ella simplemente.
Ayaka soltó un suspiro exagerado y negó con la cabeza.
—Sabía que ibas a decir algo así. Siempre lo ves todo como una estrategia.
En ese momento, Yuuto tomó su cuaderno negro y escribió con trazo seguro. Al terminar, giró la hoja hacia ellas para que pudieran leerlo:
“Tal vez solo no quiere que se relajen demasiado antes de tiempo.”
Ayaka abrió los ojos con sorpresa fingida.
—¿Tú también te unes a la teoría de la conspiración?
Reika dejó escapar una pequeña risa suave, casi imperceptible.
—Tiene su lógica. Es un argumento válido.
Y fue entonces, cuando la charla parecía volver a su curso tranquilo, que una voz nueva y conocida sonó justo al lado de la mesa.
—Vaya… qué coincidencia tan agradable.
Las tres levantaron la mirada al mismo tiempo.
De pie, sosteniendo con calma un vaso de café entre las manos, estaba Minori, la enfermera del instituto. Las observaba con una mezcla de sorpresa genuina y diversión, como si hubiera encontrado algo inesperado pero grato.
—No esperaba encontrar a las dos alumnas más ocupadas y responsables de todo el Instituto Seiryuu pasando la tarde de descanso aquí —comentó con una sonrisa ligera y amable.
Ayaka se reclinó en el respaldo de la silla con naturalidad.
—Hasta los líderes necesitamos detenernos un rato, Minori-sensei. No podemos estar alerta todo el día.
Reika inclinó levemente la cabeza en un gesto de saludo respetuoso.
—Buenas tardes. Un placer verla por aquí.
La enfermera respondió al gesto con la misma amabilidad… pero en ese instante su mirada se desvió hacia la tercera persona sentada en la mesa.
Sus ojos se detuvieron unos segundos en esa figura silenciosa: cabello largo y plateado que brillaba bajo la luz, cubierto parcialmente por un sombrero, con el rostro oculto tras un cubrebocas y unas gafas oscuras. Era una presencia que, incluso sin mostrar nada, llamaba la atención por lo enigmática que resultaba.
—Y tu amiga… —preguntó con curiosidad tranquila, sin ninguna intención de invadir—. ¿Nos van a presentar?
Ayaka abrió la boca para responder, pero Reika se adelantó con rapidez, aunque con voz relajada.
—Es una amiga cercana. Estamos pasando la tarde juntas.
Minori asintió con la misma sonrisa, sin presionar.
—Encantada de conocerte entonces.
Yuuto tomó su cuaderno de inmediato, escribió con agilidad y giró la hoja hacia ella:
“Mucho gusto.”
La enfermera bajó la mirada para leer, y en ese breve instante algo cambió en su expresión. No fue una reacción exagerada ni una sorpresa brusca; fue algo más sutil, más profundo: reconocimiento.
Sus ojos recorrieron las letras con calma, fijándose en la inclinación de los trazos, en la presión que dejaba el lápiz sobre el papel, en esa forma tan particular de cerrar las curvas al final de cada palabra. Era una caligrafía que había visto cientos de veces en fichas médicas, notas y ejercicios durante mucho tiempo.
Una sonrisa más amplia y comprensiva apareció lentamente en sus labios.
—Ya veo… —murmuró suavemente.
Levantó la vista primero hacia el rostro cubierto, luego hacia el cabello plateado, y finalmente volvió a posar la mirada sobre la libreta.
—Kanzaki.
Ayaka dejó escapar un suspiro muy leve, como si supiera que ese momento llegaría tarde o temprano. Reika cerró los ojos un segundo, aceptando la situación con total calma, tal como había esperado.
Yuuto parpadeó detrás de los cristales de sus gafas, sorprendido.
Minori señaló la hoja con un gesto leve y amable.
—Reconocería esta escritura en cualquier parte. Es única, tiene una personalidad propia. —Apoyó su vaso de café sobre un rincón libre de la mesa sin dejar de observarlo con atención—. Además, eres el único estudiante de todo el instituto que conozco que usa una libreta para expresarse en lugar de hablar. No hay muchos que compartan esa costumbre.
El silencio que siguió no fue incómodo ni tenso. Porque en su tono no había juicio, ni reproche, ni curiosidad morbosa; solo una comprensión tranquila y sincera.
Minori continuó observándolo con más detenimiento, y poco a poco comenzó a armar las piezas del rompecabezas: el cabello tan largo y poco común, la figura esbelta y delicada, la necesidad de ocultar su rostro ante cualquiera, esa tensión leve que aún se notaba en sus hombros a pesar de estar con personas de confianza. Era fácil imaginar lo difícil que debía ser vivir así en un entorno escolar lleno de miradas y rumores.
Pero también le quedó claro que Ayaka y Reika no actuaban por capricho ni por juego: lo hacían por una razón que tenía todo el sentido del mundo.
Con calma, la enfermera tomó asiento en la silla libre que quedaba junto a la mesa, sin invadir demasiado el espacio.
—Bien —dijo finalmente, apoyando los codos sobre la superficie con actitud abierta—. Creo que ahora entiendo muchas cosas que me parecían extrañas hasta hoy.
Ayaka y Reika intercambiaron una mirada breve, esperando con calma sus siguientes palabras.
—Sé que ustedes dos han tenido roces y problemas con el director Aoyama en las últimas semanas —continuó Minori, con voz tranquila pero firme—. Y también sé, por lo que he escuchado, que el centro de esos problemas tiene un nombre concreto.
Volvió a mirar directamente a Yuuto.
—Kanzaki.
No lo dijo como una acusación, ni como una revelación escandalosa; era simplemente una constatación de lo que ya sabía. Luego añadió con total sinceridad:
—Y ahora que lo veo así, puedo entender perfectamente por qué.
Entrelazó los dedos sobre la mesa y miró a cada uno de ellos a su vez, con ojos llenos de seriedad pero también de disposición.
—Pero quiero escucharlo de ustedes. —Primero miró a Ayaka, luego a Reika, y finalmente se detuvo en Yuuto—. Porque antes de decidir si voy a involucrarme directamente en este asunto… quiero saber exactamente qué está pasando, qué temen y qué necesitan.
A su alrededor, la cafetería seguía llena de murmullos, risas y el sonido de las tazas, creando un contraste cálido con la confianza que se estaba abriendo paso entre ellos en ese momento.
Ayaka y Reika se cruzaron una mirada breve. No duró más de un segundo, pero bastó para que ambas entendieran lo que estaba en juego. No era un asunto cualquiera: era el secreto que Yuuto Kanzaki había protegido durante años.
Sin decir palabra, ambas volvieron la cabeza hacia él. La pregunta estaba en sus ojos: ¿Podemos contarlo?
Yuuto lo captó al instante. Sus manos descansaban sobre la tapa de su libreta negra, quietas, mientras su mente repasaba todo lo que sabía de Minori.
La conocía desde hacía un mes. Muchas veces se había refugiado en la enfermería para escapar del ruido o las miradas incómodas. Ella nunca lo había presionado para hablar, ni lo había tratado como algo extraño o que debía “arreglarse”. Era diferente al director, diferente a los profesores que solo veían lo que no encajaba.
Aun así, revelarlo daba miedo. No era solo información: era la razón por la que aprendió a ocultarse, por la que usaba ropa holgada, cubrebocas y gafas para separarse del mundo.
Respiró hondo y abrió la libreta. Escribió con calma, con esa caligrafía clara que ella ya había reconocido. Cuando terminó, giró la hoja hacia ellas:
“No hay problema.”
Ayaka soltó el aire que sin darse cuenta había estado conteniendo. Reika asintió, agradecida.
Minori observó ese intercambio en silencio, y comprendió algo importante: antes de hablar, le habían pedido permiso. Eso lo decía todo.
—Lo que vamos a contar no es un rumor ni algo para comentar a la ligera —empezó Ayaka con serenidad—. Por eso necesitábamos que Yuuto estuviera de acuerdo.
—Lo entiendo perfectamente —respondió Minori.
Reika continuó con su tono mesurado y directo.
—Kanzaki tiene una condición médica muy poco frecuente. De niño, su cuerpo comenzó a desarrollarse de forma distinta a lo habitual.
—Los médicos dicen que es un caso muy raro —añadió Ayaka con voz más suave—. Los cambios fueron bastante marcados.
—Biológicamente es hombre —completó Reika, mirándolo con respeto—. Pero su cuerpo tomó otro camino durante el crecimiento.
—Por eso tiene esta apariencia —terminó Ayaka con naturalidad—. Se desarrolló con rasgos y formas mucho más femeninas.
El silencio que siguió no fue incómodo. Minori se quedó unos segundos observándolo, y de repente todas las piezas encajaron: el cabello largo y plateado, la figura esbelta, la necesidad de cubrirse hasta en días de calor, la libreta en lugar de la voz… todo tenía sentido.
Y con esa claridad, llegó también la conclusión más importante.
—Entonces… el problema nunca fuiste tú —dijo ella con voz suave pero firme, mirando a Yuuto directamente—. El problema era todo lo que te rodeaba.
Nadie respondió. Todos sabían que era verdad.
—Una escuela obsesionada con el “orden”, profesores que ignoran lo que no entienden, un director que ve cualquier diferencia como un fallo que corregir —continuó, negando con la cabeza—. Eso no es proteger. Es intentar borrar lo que no entra en su idea de normalidad.
Se inclinó un poco hacia adelante, sin invadir su espacio.
—Y tú, Kanzaki… no hiciste nada malo.
Yuuto bajó la vista hacia la libreta. No escribió nada, pero ese silencio ya no era el de antes. Ya no estaba cargado solo de miedo. Por primera vez, un adulto de la escuela decía en voz alta lo que nadie se había atrevido a admitir: la falla no estaba en él.
Minori se recostó en la silla con calma, cruzando los brazos.
—Seré sincera —dijo con franqueza—. Hasta ahora no me había metido en esto. Sabía que algo pasaba, que el director Aoyama estaba incómodo y que ustedes dos lo enfrentaban de alguna forma. Pero mientras Kanzaki no hablara, sentía que no me correspondía intervenir en algo que quizás prefería mantener en privado.
Yuuto asintió levemente con la cabeza. Era cierto.
—Pero ahora es distinto —añadió ella, con una mirada más decidida—. Ahora sé la verdad. Y sé que el problema nunca fuiste tú. Así que voy a involucrarme.
Ayaka levantó un poco las cejas, sorprendida pero contenta. Reika no mostró sorpresa, pero su postura se volvió más atenta.
—Tengan claro algo —advirtió Minori, sin perder la calma—. No será fácil. Llevo apenas un mes en la escuela, todavía estoy ganando confianza entre el personal. Ustedes son la presidenta y vicepresidenta, pero siguen siendo alumnas. El director lleva años ahí, conoce el sistema al dedillo y cuida mucho su imagen. Si alguien la pone en riesgo, no se queda quieto.
—Lo sabemos —respondió Reika con tranquilidad.
—Entonces, si yo intervengo, él también lo hará —continuó la enfermera—. Las cosas se van a complicar un poco más. Pero hay algo que quiero dejar claro: no pienso echarme atrás. He esperado demasiado tiempo para ver sin decir nada. Ya sé que no es solo un rumor. Y no voy a dejar que el sistema intente borrar lo que no entiende.
Ayaka sonrió con satisfacción. Reika también.
Yuuto movió los dedos lentamente, tomó el lápiz y escribió una sola frase. Al girar la página, las palabras eran sencillas y claras:
“Gracias.”
Minori leyó y le devolvió una sonrisa cálida.
—De nada, Kanzaki. Ahora solo nos queda hacerlo bien.
Porque para enfrentarse a alguien como el director Aoyama, no bastaba con tener razón. También había que ser más listos que él.