Wow, duró eso.
Capítulo 36: Entrenamiento (1)
Pensamiento
Wow, duró eso.
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Al día siguiente, después de una primera sesión que se prolongó hasta pasada la medianoche, no espero a que el presidente me llame. Lo llamo yo. Jang Seongho está presente junto a dos agentes de seguridad y un médico que insiste en que no debería estar de pie. Lo ignoro.
La llamada se conecta en una sala cerrada de la Asociación Coreana de Despertados.
—Señor Kim —dice el presidente—. Me informaron del ataque al orfanato.
—Necesitamos trasladar el orfanato a una propiedad donde también pueda alojarse mi grupo.
Jang levanta la mirada. El presidente tarda en responder.
—Eso no es algo sencillo de mover sin llamar la atención.
—Anoche seis cultistas entraron en una casa con niños y pidieron llevarse a una niña de seis años para «corregir» un sacrificio fallido.
Mi voz sale más fría de lo que esperaba.
—La atención ya llegó.
Al otro lado de la llamada no hay respuesta. Continúo:
—Necesito una propiedad grande. Aislada. Sin registro público real. Con espacio para entrenar, dormir, tratar heridos y evacuar en caso de emergencia. Nada de bases militares obvias. Nada de edificios oficiales. Nada que un periodista, un gobierno extranjero o una secta pueda rastrear con una búsqueda.
—Si viven con ustedes, quedará claro que existe un vínculo. Podrían aumentar las amenazas —advierte el presidente.
—La secta ya encontró a Eunji. Necesitamos una defensa que no dependa de que yo aparezca por casualidad a cenar.
Jang baja la vista hacia el informe del ataque. El presidente guarda silencio unos segundos.
—Hay una residencia fuera de Seúl. Oficialmente pertenece a una empresa fantasma vinculada al Ministerio de Cultura. Antes fue utilizada para alojar delegaciones extranjeras de bajo perfil. Tiene dormitorios, comedor, sótano amplio, terreno privado y acceso subterráneo a una ruta secundaria.
—¿Personal?
—Mínimo. Podemos asignar seguridad rotativa.
—Prefiero un equipo estable, con turnos de descanso dentro de la misma dotación. Cada persona nueva es una filtración posible. Quiero un equipo fijo, investigado, sin contacto con prensa y sin información completa de quién vive allí.
Jang interviene:
—Puedo organizarlo. Tres anillos de seguridad. El primero visible, con función civil. El segundo oculto. El tercero solo para emergencias.
—Y transporte escalonado —añado—. No muevan a todos juntos. Los niños salen en grupos pequeños, por rutas distintas. Seolhwa va conmigo.
Jang anota las condiciones. Recuerdo la máscara blanca del cultista y la facilidad con que pronunció la palabra «corregir». Todavía me parece poca protección.
—Concedido —dice finalmente el presidente—. Tendrá la residencia.
—La necesitamos disponible hoy, antes de que vuelvan a intentarlo.
—Jang coordinará el traslado. Tendrán una custodia adicional hasta que termine.
—También quiero que los cultistas capturados sean interrogados por separado. Sin cámaras públicas. Sin ejecuciones. Quiero saber quién filtró la ubicación del orfanato.
—¿Cree que fue alguien del gobierno?
—Creo que la estupidez humana no respeta instituciones.
Jang cierra los ojos un segundo. El presidente tampoco responde. Bien. Ya empiezan a entender. El traslado comienza antes del mediodía. Seolhwa no llora cuando cierra la puerta del orfanato. Eso me preocupa más que si lo hiciera. Los niños cargan mochilas pequeñas, juguetes viejos, mantas y bolsas con ropa. Algunos están emocionados porque les dijeron que irán a una casa más grande. Otros entienden demasiado para su edad y caminan en silencio.
Eunji no suelta la mano de Seolhwa. Minjun, en cambio, intenta actuar como si formara parte del operativo.
—Yo puedo vigilar la retaguardia —dice, inflando el pecho.
—Tu trabajo es subir al auto —respondo.
—Eso no suena importante.
—Si no subís, todos se retrasan.
Lo piensa un segundo.
—Entonces sí es importante.
—Mucho.
Sube de inmediato. Seolhwa me mira.
—Manipula niños con demasiada facilidad.
—También adultos.
—Eso no me tranquiliza.
—No era mi intención.
Por primera vez desde la noche anterior, deja escapar una risa breve. Pequeña. Casi rota. Pero real. El nuevo lugar está en las afueras, oculto entre colinas bajas y caminos secundarios. Desde fuera parece una antigua residencia de descanso, con muros altos, jardines amplios y un portón de hierro sin ningún símbolo oficial.
Por dentro es otra cosa. Pasillos anchos. Habitaciones suficientes. Un comedor enorme. Una sala médica improvisable. Un sótano reforzado. Un patio trasero lo bastante grande para entrenar sin destruir la casa en el primer día. No es perfecto. Pero es defendible. Y eso basta.
Los niños entran con cautela. Después ven el comedor. Luego los dormitorios. Después el patio. La cautela dura poco. Minjun corre hacia una ventana.
—¡Se ve el jardín!
Otro niño grita desde el pasillo:
—¡Hay camas grandes!
Eunji se queda cerca de Seolhwa.
—¿Esta es nuestra casa?
Seolhwa tarda un momento en responder. Mira las paredes, las puertas, los guardias discretos del exterior y, por último, a mí.
—Por ahora, sí.
Eunji asiente con solemnidad.
—Entonces hay que poner dibujos.
—Después de acomodar las cosas —dice Seolhwa—. Elegí dónde querés poner el primero.
Eunji mira las paredes, de pronto concentrada en una tarea que sí puede resolver. La sigo con la mirada mientras elige una pared. Me alivia verla ocupada con algo que no sea vigilar la puerta. Por la tarde, reúno a todos en el patio trasero. Mi grupo está allí. Kwon, con cara de no haber dormido lo suficiente.
Mujin, está de pie como si las costillas no le dolieran. Haejin, sentada sobre una caja, envuelta en una manta. Jiwon, con ojeras profundas, pero alerta. Eunbyeol, con la libreta abierta. Y Seolhwa. Ella permanece un paso detrás de los demás.
No por duda. Por costumbre. Todavía no se ve a sí misma como parte del grupo. Eso va a cambiar.
—Desde hoy, esta residencia será nuestra base —digo—. Los niños viven aquí. Eso significa que este lugar no es solo un refugio. Es una posición que debemos poder defender.
Kwon levanta la mano.
—¿Eso significa que podemos poner trampas en el jardín?
—No donde juegan los niños.
—Qué cantidad de reglas aburridas tiene la defensa de una casa.
—Las suficientes para que no mates a Minjun por accidente.
—Entendido. Trampas solo en lugares donde Minjun no pueda llegar.
Desde una ventana se escucha:
—¡Yo puedo llegar a todos lados!
Kwon señala hacia la casa.
—Eso complica el diseño.
Seolhwa cierra los ojos con cansancio.
—Recuérdenme por qué acepté esto.
Eunbyeol cierra la libreta un momento.
—Primero vamos a marcar las zonas de juego. Después hablamos de defensas.
—Primero, las reglas —continúo—. Los niños no entran en la Torre, no participan en combates y no entrenan con armas reales.
Minjun, todavía desde la ventana, grita:
—¡Eso es injusto!
—También escuchan desde las ventanas —añado—, así que alguien cierre eso.
Jiwon va hasta la casa y cierra la ventana con una sonrisa cansada.
—Los niños aprenderán a evacuar, esconderse, reconocer alarmas y pedir ayuda —sigo—. Nada más.
Seolhwa me mira.
—Gracias.
—Necesitan saber cómo ponerse a salvo. De pelear nos encargamos nosotros.
Después, miro al grupo.
—Ustedes, en cambio, van a entrenar hasta dejar de cometer errores básicos.
Kwon frunce el ceño.
—Yo no cometí errores básicos.
Eunbyeol pasa una página.
—Saltaste fuera de una muralla durante un asedio.
—Fue un error avanzado.
—Fue idiota.
Mujin suelta una risa.
—Vos casi perseguiste al gigante después de que te ordené retroceder —le recuerdo.
Su risa muere. Doyun mira hacia otro lado.
—Vos dejaste que un fallo te afectara el siguiente disparo.
Doyun asiente despacio. Haejin levanta la mano.
—Yo ya sé. Usé demasiada magia.
—Y lo vas a corregir.
Jiwon vuelve al grupo.
—¿Y yo?
La miro.
—Vos intentaste salvar a personas en un orden emocional, no médico.
Su expresión se endurece.
—Eso es cruel —dice. Luego suspira—. Pero es cierto.
No aparta la mirada. Bien. Por último, miro a Seolhwa.
—Y usted.
Ella endereza la espalda.
—No tengo habilidades ni experiencia —dice—. Ni siquiera sé si podré matar.
—Por eso está aquí. Y no empezaremos por matar.
Kwon abre la boca.
—Sorprendentemente razonable.
—Empezaremos por no morir.
—Menos glamoroso, pero aceptable.
Seolhwa respira hondo.
—¿Qué espera de mí?
La pregunta parece simple. No lo es. Recuerdo a la Seolhwa de mi otra vida. La mujer que caminaba bajo lluvia roja. La que sostenía un arma con manos temblorosas, pero aun así protegía a otros. La que lloraba después de cada batalla y seguía peleando al día siguiente.
Pero esta Seolhwa todavía no es ella. Y no tengo derecho a exigirle que lo sea.
—Espero que aprenda a proteger sin destruirse —respondo—. Y a destruir cuando proteger lo exija.
Su rostro cambia. No es miedo. Es comprensión.
—Entendido.
Una ventana aparece frente a nosotros.
[Nuevo miembro asociado al grupo.]
[Nombre: Seolhwa.]
[Estado: no ha ingresado a la Torre.]
[Rol potencial: defensa, apoyo, protección civil.]
[Evaluación inicial: pendiente.]
Kwon se inclina para leer.
—Rol potencial: protección civil. Eso suena más respetable que «niñera con cuchillo».
Seolhwa lo mira.
—Vuelva a decir eso y va a necesitar protección civil.
Kwon sonríe.
—Me agrada.
—No era mi intención.
Mujin cruza los brazos.
—¿Empezamos ya?
—Sí.
Camino hasta el centro del patio.
—Primero voy a ver cómo se mueve cada uno. Después trabajaremos la formación: Mujin al frente, Kwon en el flanco izquierdo, Doyun atrás y Haejin con Jiwon en el centro. Eunbyeol observará las rutas de salida. Seolhwa, empiece cerca de mí.
Ella mira mis manos vacías.
—No sé qué se supone que haga.
—Mantenerse de pie y mirar por dónde puede pasar. Vamos a empezar despacio.
El primer ejercicio es simple: cruzar el patio mientras intento tocarles el hombro. Usaremos movimientos lentos, sin armas y con pausas para revisar las heridas. Cuando alguien se acelera, lo detengo antes de que confunda la práctica con otra batalla. Kwon es el primero en avanzar. Dura cuatro segundos. Se mueve rápido, demasiado rápido, intentando rodearme por la izquierda. Le toco el hombro antes de que complete el paso.
—Predecible.
—¿Cómo mierda es predecible esto?
—Siempre atacás desde el lugar que te parece más inteligente.
—Eso debería ser bueno.
—No cuando todos saben que te creés inteligente.
Mujin dura más. Doce segundos. Intenta bloquear mi avance con el cuerpo, pero carga demasiado peso hacia delante. Le toco el hombro y después la frente.
—Una pared no se inclina.
—Otra vez.
—Después.
Doyun intenta mantener la distancia. Buena decisión. Mala ejecución. Retrocede en línea recta. Le toco el hombro antes de que decida hacia qué lado apartarse.
—Nunca regales tu ruta.
Haejin no intenta huir. Analiza mis pasos. Sus ojos siguen mis hombros, mis pies y mi centro de gravedad. Dura nueve segundos. Mejor de lo que esperaba. Pero, cuando cree encontrar mi patrón, lo cambio.
—No te enamores de tu análisis.
Jiwon se mueve hacia donde están los demás. Por instinto, busca cubrirlos. No es un error. Pero, en una prueba individual, la vuelve vulnerable. Le toco el hombro.
—Primero seguí viva.
—Suena egoísta.
—Los muertos no curan.
Eunbyeol observa todo sin participar. Cuando la llamo, cierra la libreta.
—Ya sé cuál es mi error.
—Decilo.
—Intento calcular el resultado antes de moverme.
—¿Y?
—En una situación real, eso me hace tardar.
Asiento.
—Ahora movete sin escribir.
Dura seis segundos. No está mal. Pero se odia por ello. Lo veo en su rostro. Después llega Seolhwa. Se coloca frente a mí con las manos vacías. Su postura es mala. Tiene los hombros tensos. Los pies, demasiado juntos. La respiración, irregular.
Pero sus ojos no están perdidos.
—Cuando quiera —dice.
Avanzo despacio. No uso velocidad. No uso presión. Solo doy un paso hacia ella. Seolhwa retrocede. Tarde. Le toco el hombro.
—Otra vez.
Su mandíbula se tensa. Vuelve a colocarse. Avanzo. Esta vez intenta girar. Tropieza con su propio pie y cae sentada. Kwon abre la boca. Mujin le pone una mano en el hombro antes de que diga algo. Buena decisión. Seolhwa se levanta.
—Otra vez.
—Primero corrija la postura.
Sus manos tiemblan. No por cansancio. Por rabia. No hacia mí. Hacia la imagen de sí misma cayendo mientras los niños esperan detrás de una puerta. Comprendo ese tipo de rabia. Pero no puedo permitir que la consuma.
—Seolhwa.
Me mira con furia.
—Anoche no pude hacer nada.
El patio queda en silencio.
—Tenía un cuchillo en el cuello y los niños estaban mirando. Si usted no hubiera estado ahí...
No termina. No hace falta.
—Quiero poder moverme —dice—. Quiero reaccionar. Quiero que la próxima vez mi cuerpo no se quede esperando a que otro me salve.
La observo. Después, asiento.
—Bien.
Me acerco y corrijo la posición de sus pies.
—Entonces empiece por esto. Si sus pies están mal, su voluntad no importa.
Ella baja la mirada.
—Así.
—Las rodillas no se bloquean. El peso no va atrás. Respire antes de moverse, no después.
Vuelvo a colocarme frente a ella.
—Ahora.
Avanzo. Seolhwa no esquiva bien. Pero esta vez no cae. Mi mano se detiene a un centímetro de su hombro.
—Mejor.
Su respiración tiembla.
—Otra vez.
—Ahora sí.
Seguimos hasta que el sol empieza a bajar, alternando intentos cortos con pausas en las que Eunbyeol repasa lo que ha visto. No corregimos años de costumbre en una tarde, pero Mujin deja de inclinarse tanto y Doyun empieza a buscar una segunda salida antes de retroceder.
Seolhwa tropieza varias veces más. Aprende a recuperar el apoyo antes de caer y, cuando no lo consigue, espera a que le indique cómo levantarse. El último intento es más lento que el primero, pero ya no cruza los pies. Al terminar, nos quedamos sentados o tendidos sobre el césped. Hasta una sesión así pesa en cuerpos que todavía se recuperan del segundo piso.
Kwon respira contra el suelo.
—Confirmo... prefiero pelear contra esqueletos.
Mujin está sentado y cubierto de sudor.
—Yo no.
—Porque estás enfermo.
Haejin apenas levanta una mano.
—Necesito comida.
Jiwon murmura, acostada boca arriba:
—Necesito que nadie se rompa durante diez minutos.
Doyun no dice nada. Solo mira el cielo, agotado. Eunbyeol escribe de nuevo. Claro que lo hace.
Seolhwa sigue de pie. Apenas. Pero de pie. Me acerco.
—Suficiente por hoy.
—Puedo seguir.
—Por eso la detengo. El entrenamiento no sirve si mañana no puede moverse.
Mira sus manos. Tiene los nudillos rojos, las rodillas manchadas de tierra y el rostro cubierto de sudor. Pero sus ojos están distintos. No más tranquilos. Más despiertos. Desde una ventana, Minjun grita:
—¿Seolhwa ganó?
Ella levanta la cabeza. Durante un segundo no sabe qué decir. Después, responde:
—Todavía no.
Eunji aparece junto a él.
—¿Pero va a ganar?
Seolhwa mira hacia mí. Luego hacia sus propias manos.
—Sí.
La respuesta es baja. Pero firme.
—Algún día.
Observo al grupo. Todavía son torpes. Inexpertos. Frágiles en lugares que ni ellos mismos conocen. Pero están reunidos. Tienen una base. Tienen un motivo. Y ahora tienen tiempo. Tres meses y veintiocho días. Más un orbe de uso único capaz de convertir un día en un año.
El mundo exterior sigue gritando. Antes de que alguien reúna fuerzas para levantarse, siento vibrar el Orbe del amanecer dentro del inventario. Podríamos esperar semanas y recuperar el cuerpo por completo. No necesito apresurar a un herido para aprovechar esa ventaja. Sí necesito dejar de gastar los días sin un plan.
Miro a los siete. Si la recuperación sigue así, al tercer día en esta residencia les propondré usar el orbe.
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Al día siguiente, no esperé a que el presidente me llamara.