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CAPÍTULO 3: Rumbo a Cuya Sensible

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El conductor de treinta años hundió el pie en el acelerador y el Transantiago de la línea 500 comenzó a avanzar con un quejido mecánico, devorando la Ruta 5 Norte en la dirección exacta que Quintín…

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La parada en la berma con el sol cayéndose me tuvo con los nervios de punta, porque Quintín lo había dicho clarito y a nadie se le pasó por la cabeza. Quien ha conducido de noche por un sitio sin una sola farola sabe que lo malo de parar es volver a arran

La parada en la berma con el sol cayéndose me tuvo con los nervios de punta, porque Quintín lo había dicho clarito y a nadie se le pasó por la cabeza. Quien ha conducido de noche por un sitio sin una sola farola sabe que lo malo de parar es volver a arrancar con todo negro. Y el que va a cargar con esa parada es Iván, que se prometió sacar a la cría viva mirando por el retrovisor. Apuesto a que en Cuya alguien se lo echa en cara.

Contenido de la publicación

El conductor de treinta años hundió el pie en el acelerador y el Transantiago de la línea 500 comenzó a avanzar con un quejido mecánico, devorando la Ruta 5 Norte en la dirección exacta que Quintín Quintana les había ordenado tomar. A través del parabrisas trizado, el desierto costero parecía una boca oscura lista para tragárselos. En la cabina delantera, la atmósfera se volvió densa. La profesora de lenguaje de veintiocho años permanecía sentada en el asiento del copiloto, pero su estado físico ya se había transformado en una preocupación muda y asfixiante para el chofer; el pañuelo con el que presionaba el corte de su frente estaba completamente empapado.

Fue en ese instante de tensión contenida que una de las veintisiete sombras del pasillo rompió el anonimato y dio un paso al frente. Era una mujer de unos veinticinco años, vestida aún con su uniforme de hospital.

—Oye, déjame ver... Yo soy TENS, vengo saliendo del turno —siseó, acomodándose de rodillas a un costado de la cabina para revisar la herida de la docente.

Con cuidado, la técnico retiró el pañuelo ensangrentado bajo la luz parpadeante y fluorescente del techo del bus. Al mirar la gasa improvisada, sus dedos enguantados tiritaron de golpe. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la herida abierta. La sustancia que manaba de la frente de la profesora no era roja; era un fluido espeso, viscoso y negro como el petróleo, que burbujeaba de forma antinatural sobre la piel.

La TENS tragó saliva. Miró al chofer de reojo y luego volvió a fijar la vista en la profesora, bajando la voz para no desatar un motín en el pasillo:

—Esta weá no es normal... —siseó la técnico, con el pulso acelerado por el desconcierto—. Tu corte es superficial, no deberías estar así. Mira el color, es carbón puro. Hay una enfermedad rara que se llama metahemoglobinemia, pasa cuando hay una intoxicación severa por arsénico y metales pesados. El hierro se oxida en el sistema, la sangre pierde el oxígeno y se pone negra como el chocolate amargo... Pero esto es alquitrán puro, weón. El aire de esta quebrada nos está envenenando en masa.

El conductor de treinta años miró el tablero apagado y luego fijó la vista en el horizonte, donde los cerros de piedra comenzaban a teñirse de un tono cobrizo y violáceo. No tenía cómo medir el tiempo en este limbo.

—Nos detendremos un momento para estirar las piernas y que la gente haga sus necesidades —anunció el chofer, alzando la voz hacia el pasillo oscuro—. No sé qué hora es, pero ya se ve el atardecer. Aprovecha de bajar, flaca, así podrás ver con más calma la herida bajo la luz.

Al hundir el freno hidráulico, la línea 500 se detuvo a un costado de la berma, dejando que el silencio de la pampa entrara por las rendijas. Parecía que el cansancio y el estrés colectivo les hubieran hecho olvidar por completo la advertencia explícita de Quintín Quintana. Nadie en el bus calculó que la noche cambia drásticamente el paisaje y la vida entera dentro de las Regiones del Último Tormento, transformando los caminos en trampas mortales.

Las puertas neumáticas se abrieron con un suspiro de aire comprimido y las veintisiete sombras comenzaron a bajar a la tierra seca a estirar las piernas. Entre la masa de pasajeros que caminaba por la gravilla, destacaba un grupo que se mantenía alejado del boche: un padre y su pequeña hija de unos ocho años. En mitad del trauma, de las muertes y del olor a fierro quemado que traían desde Santiago, la presencia de la menor era como un dulce entre tanta amargura, un recordatorio de inocencia que ablandaba el pasillo.

La niña caminó unos pasos afirmada de la mano callosa de su papá, sintiendo la brisa helada del Pacífico que subía por el acantilado. Con sus ojos brillantes fijos en la inmensidad del horizonte costero, tiró de la manga de la casaca del hombre y apuntó hacia el fondo del cañón.

—Mira, papá... el mar —susurró la pequeña con una sonrisa limpia, ajena al horror del R.U.T.—. Me prometiste que íbamos a ir en verano.

El hombre se tragó el nudo de la garganta y le acarició el pelo, intentando sonreír bajo la luz agónica del sol que se hundía en el desierto, sin saber que la oscuridad total estaba a solo unos segundos de alcanzarlos.

Bajo la luz dorada y moribunda del atardecer, la TENS se acomodó cerca de la profesora de veintiocho años para examinar el corte. Al retirar la gasa improvisada con delicadeza, sus manos se congelaron. La herida en la frente de la docente, que hace pocos minutos supuraba ese fluido espeso, extrañamente había comenzado a cerrarse por los bordes. El tejido dañado se unía de forma limpia y acelerada, regenerándose de la nada ante sus ojos y dejándola en un estado de confusión absoluta.

—No entiendo qué chucha está sucediendo... —murmuró la técnico, rascándose la cabeza, tiritando por el desconcierto—. Se está sanando sola. Esto desafía cualquier lógica médica, weón.

Tratando de buscar una respuesta científica al milagro biológico, a la TENS se le ocurrió usar las herramientas que traía en su bolso de hospital.

—Probaré con la lanceta para tomar muestras de sangre —anunció, extrayendo la pequeña aguja metálica de su estuche.

Sin pensarlo dos veces, se posicionó bajo la luz y se pinchó con fuerza la yema del dedo índice. La respuesta de su cuerpo fue inmediata y aterradora: de la punción brotó una gota redonda, pesada y de ese mismo color negro como el petróleo. El pánico le recorrió la espalda. Desesperada por comprobar si era un fenómeno masivo, se volteó hacia la cabina del Transantiago.

—Oye... ¿te puedo tomar una muestra de sangre rápido? —le pidió al chofer de treinta años con una voz temblorosa al borde del colapso mental.

El conductor, impresionado por la palidez de la joven, asintió en silencio y le extendió una de sus manos callosas. La técnico apoyó el metal frío en la piel del conductor, presionó el resorte y se repitió exactamente lo anterior: la gota que emergió del pinchazo también era negra, espesa y brillante como el alquitrán. No había flujo de oxígeno normal en ninguno de los tres.

Sin embargo, el horror no terminó ahí. Mientras la técnico buscaba un frasco en su mochila para guardar las muestras, bajó la mirada hacia sus propias manos y luego hacia la del chofer. Notó con espanto que, en tan solo un par de minutos, la microherida provocada por la lanceta en ambos se había regenerado por completo, borrando cualquier rastro sobre la piel. El purgatorio del R.U.T. no solo les estaba tiñendo los fluidos internos de carbón; también estaba acelerando de forma sobrenatural sus capacidades de cicatrización para mantenerlos vivos a la fuerza en este limbo.

En el horizonte se extendían unas densas nubes de color naranja encendido, pero la luz solar casi ya se había perdido por completo entre los cerros de piedra negra. Estaban a solo minutos de quedar sumergidos en la oscuridad total de la noche de la quebrada. Intentando disipar el pánico de la sangre negra y la regeneración acelerada, la técnico se limpió las manos y miró al hombre del volante.

—Oye... ¿cómo te llamai? —le preguntó al conductor de treinta años.

—Iván —le respondió él, aferrándose al cuero del manubrio—. ¿Y tú?

—Paola. ¿Y usted, profe?

—Elisa —contestó la profesora de veintiocho años, acomodándose el pañuelo en la frente.

Paola soltó una risa amarga, mirando el tablero muerto del Transantiago.

—Vaya lugar para conocernos, weón... Y todo ha sido tan extraño desde que chocamos en Santiago —murmuró la TENS, tiritando por el viento helado—. Ni siquiera supimos el nombre de quien nos salvó en la playa. Esa muerte tan rara del caballero fuerte... Me parece estar aún viéndolo cómo se deshacía en ese charco de líquido negro mientras los chinos le pegaban con las picotas.

A solo unos metros de la puerta delantera de la línea 500, ajenos por completo a la macabra conversación médica de la cabina, el padre jugaba alegremente con su hija sobre la gravilla seca. El hombre, buscando arrancarle una última sonrisa en mitad de la pampa, la levantó por las axilas con un movimiento suave y la colocó sobre sus hombros.

La niña se afirmó de la cabeza de su papá, riendo despacio mientras sentía la brisa del Pacífico. Miró hacia el oeste, donde el último hilo de luz dorada se ahogaba en el horizonte marino del desierto costero.

—El sol se está metiendo en el mar, papi... —susurró la pequeña con su voz finita, apuntando con su mano inocente hacia el final del mundo.

El conductor de treinta años se asomó por la cabina y golpeó con fuerza el cuero del manubrio para llamar la atención del pasillo y de los que estaban en la berma.

—¡Ya, subiendo, subiendo! —anunció Iván, haciendo resonar su voz en el eco de la quebrada—. Nos vamos ya, entren todos a la máquina.

Afuera, sobre la gravilla helada por el viento costero, Felipe bajó con cuidado a la niña de sus hombros y le dio un suave empujón hacia la puerta delantera para apurar su marcha.

—¡Nachita, nos vamos! —gritó el padre, apurando el paso de su hija con una sonrisa cansada.

Iván miró por el retrovisor hacia el fondo del pasillo, donde las sombras se acomodaban en los asientos de plástico.

—¿Estamos todos? ¡Nos vamos! —exclamó para sí mismo.

Giró la llave y el motor de la línea 500 se encendió con un estruendo diésel, un rugido pesado que vibró en toda la carrocería oxidada.

Mientras el bus avanza por la pampa infinita, Nachita se sentó en las piernas de Felipe, justo detrás del asiento de Iván. Para ganarse su sonrisa y que no mire las ventanas rotas, Felipe juega con ella a "contar cosas" a través del parabrisas trizado, tal como hacían cuando viajaban apretados en el transporte público de Santiago regresando a casa.

Nachita apoya sus manitos chicas en el tablero muerto de la micro y dice con su voz finita

—Papá, mira, allá hay dos piedras que parecen los galletones de chocolate que me comprabas en el paradero.

Felipe le da un beso en la frente y le responde

—Sí, mi amor, y apenas salgamos de este desierto te voy a comprar una caja entera.

Nachita abrazando su mochila del pequeño pony.

—¿qué llevas en la mochila mi amor?

—un dibujo para que mami sepa que la quiero mucho

Iván los mira por el espejo retrovisor con un nudo en la garganta, prometiéndose internamente que va a sacar a esa niña y su padre vivos del desierto a toda costa

Y entonces, como si fuera una sincronización maldita del purgatorio, el último hilo de luz anaranjada se extinguió en el horizonte y la noche cayó de golpe. La oscuridad se tragó las paredes del cañón de piedra en un parpadeo, dejándolos completamente ciegos, salvo por el par de focos delanteros de la micro.

Iván enganchó la marcha. El camino de tierra, piedra y arena era sumamente inestable, lleno de baches profundos y desprendimientos que hacían crujir la amortiguación rota, así que el chofer no aceleró mucho para evitar que el bus se desbarrancara hacia el fondo de la Quebrada de Camarones. El Transantiago avanzaba a trompicones en una marcha absurdamente lenta.

En pocos minutos, el silencio sepulcral de la pampa costera volvió a reinar, roto únicamente por el motor del bus; un sonido monótono, rítmico y pesado que vibraba debajo de los asientos. La cabina fluorescentemente iluminada se convirtió en una burbuja de aislamiento. Amortiguados por esa vibración constante, el pánico inicial de las veintisiete sombras comenzó a ceder ante el agotamiento físico. Varios pasajeros cayeron en una relajación profunda y un cansancio extremo acumulado desde el choque en Santiago, cerrando los ojos y quedándose profundamente dormidos en sus asientos, ajenos por completo a la advertencia de Quintín.

Un golpe seco, un ¡clack! sordo y violento, resonó en un costado del chasis del Transantiago. En la penumbra del pasillo nadie le dio mayor importancia; los pocos pasajeros que se agitaron pensaron que se trataba de una simple piedra suelta saltando por lo pedregoso del camino, e incluso la mayoría siguió durmiendo, mecidos por el zumbido diésel.

Hasta que el horror prehispánico reclamó el tablero.

Con un estallido ensordecedor, el proyectil de piedra de una estola Chinchorro reventó una de las ventanas del medio, deshaciéndola en una nube de miles de cristales que saltaron sobre las sombras dormidas. No fue un accidente. En un milisegundo, una lluvia de estolas invisibles comenzó a golpear el bus desde la oscuridad de los cerros en distintas direcciones y con una precisión milimétrica, un bombardeo ciego y letal de cañas afiladas que buscaban carne humana.

—¡Al suelo! ¡Pónganse al suelo, conchatumadre, agáchense todos! —bramó Iván, aferrándose al manubrio con las venas de los brazos a punto de reventar.

El chofer hundió el pie en el acelerador buscando una salida desesperada. Al acelerar la máquina sobre la gravilla, las estolas que silbaban desde las rocas comenzaban a fallar por la variación de la velocidad, pero el peligro no cedía. Varias ventanas más fueron rotas por el impacto sucesivo de los proyectiles, llenando el aire de astillas de vidrio y gritos paranoicos. Estando bajo ese implacable ataque, controlar el bus sobre un camino de tierra tan inestable se convirtió en una maniobra extremadamente peligrosa; las ruedas traseras patinaban al borde del precipicio de la Quebrada de Camarones.

De pronto, un crujido metálico desgarró la cabina delantera. Una estola entró por el techo de la micro en forma diagonal, impulsada con tal fuerza descomunal que perforó la lata oxidada de la estructura. La caña pasó a escasos centímetros del rostro de la profesora Elisa, dejándole un zumbido de muerte en los oídos antes de clavarse en el piso de la cabina.

El caos acústico era total dentro del Transantiago. Pero el verdadero Infierno se desató un segundo después, cuando una estola guiada por el destino entró rasgando el aire por la zona media del pasillo y dio de lleno en sus dos objetivos: atravesó limpiamente el brazo de la TENS y continuó su trayectoria descendente hasta clavarse con un impacto seco y profundo directamente en la rodilla de la pequeña Ignacia.

El silencio monótono del motor fue sepultado por un alarido de agonía animal.

—¡PAPI! ¡PAPI, AYÚDAME, PAPITO! —gritó la pequeña Ignacia con una voz finita y quebrada que se clavó como un punzón en el cerebro de los sobrevivientes—. ¡ME QUEMA, PAPI! ¡ME QUEMA MUCHO LA PIERNA! ¡QUÍTAME ESTO, ME DUELE MUCHO, PAPITO!

Felipe, que se había tirado al suelo corrugado para proteger a su hija durante el ataque, se arrastró desesperado entre las astillas de vidrio. Al levantar la mirada, la cordura se le escapó del cuerpo. El dardo de piedra seguía enterrado en la articulación de la niña, pero el arsénico concentrado del R.U.T. ya estaba haciendo su trabajo biológico a una velocidad destructiva.

La necrosis avanzó como una mancha de tinta grisácea y podrida desde la herida hacia el muslo. Delante de los ojos desorbitados de su padre, la piel infantil comenzó a ampollarse, llenándose de bolsas de líquido verdoso que reventaban soltando un hedor sulfúrico intolerable a descomposición industrial.

—¡No, no, no! ¡Hagan algo, por la chucha, ayúdenme! —bramó Felipe en un ataque de locura pura, intentando aferrar el dardo con sus manos tiritonas, empapándose de inmediato con la sustancia que brotaba de la articulación: una sangre negra y espesa que burbujeaba de forma grotesca sobre el piso de la línea 500.

Paola, con el proyectil atravesándole el brazo izquierdo, cayó de rodillas a unos centímetros de ellos. El dolor químico la tenía ciega, pero su instinto la obligó a gritar instrucciones para intentar salvar a la menor, aunque sus propios vasos sanguíneos del cuello ya se estaban inflamando como lombrices oscuras por la intoxicación acelerada:

—¡Felipe, no lo saques! ¡Si sacas el dardo se va a desangrar, weón! —bramó la TENS entre alaridos—. ¡Presiona arriba... ponle un torniquete en la entrepierna... arráncale la polera y amarra la weá duro! ¡Ayuda, Iván, acelera esta máquina culiaaaa!

El grito de Paola se ahogó en una arcada espumosa de carbón puro. El veneno en la pierna de la niña llegó a la altura de la cadera en menos de diez segundos. Fue entonces cuando el horror definitivo del Reino de Aricca cobró su diezmo anatómico. Un crujido nítido, seco y espantoso resonó debajo de la ropa de la menor: el fémur y la pelvis reaccionaron con el arsénico, cristalizándose como vidrio soplado hirviendo por dentro. Los huesos mutaron en una estructura vítrea que no pudo sostener el peso biológico.

Al llegar la necrosis a la cintura, la pared abdominal de la pequeña Ignacia se pudrió instantáneamente, abriéndose en un jarrón de carne gris que cedió por completo. Delante de los ojos de Felipe, que sostenía el torso de su hija en un llanto salvaje, ocurrió el desprendimiento de las vísceras directamente sobre el suelo metálico. El peso de la caída fracturó las piernas cristalizadas de la niña, moliéndolas en astillas de vidrio bajo la mirada traumada de las sombras del pasillo.

Mientras Felipe soltaba un rugido de animal herido, la necrosis en Paola continuó su avance imparable. El veneno que venía de su brazo alcanzó el tórax y la columna vertebral. Los huesos de su pecho y cuello crujieron, cristalizándose en segundos. Sus pulmones acartonados dejaron de responder entre arcadas de alquitrán, hasta que la pared de su abdomen cedió y sus vértebras de vidrio se astillaron bajo el propio peso de su cuerpo. La TENS colapsó de lado junto a los restos de la niña, convertida en otro montón de carne gris y astillas vítreas que humeaban con olor a azufre.

Apenas los últimos espasmos biológicos de Paola y de la pequeña Ignacia se extinguieron sobre el piso de metal corrugado, las leyes financieras y anatómicas del R.U.T. se activaron.

Los restos de carne gris, las astillas de hueso y los órganos desprendidos comenzaron a vibrar con un zumbido eléctrico y sutil. Ante la mirada desorbitada de la profesora Elisa y los gritos de Felipe, los despojos de ambas víctimas empezaron a licuarse por completo, disolviéndose de forma acelerada en el denso charco negro. En menos de diez segundos, la materia humana desapareció, absorbida por el suelo oxidado de la micro.

En el centro exacto del fluido negro que burbujeaba con olor a azufre, flotando sobre la densidad del petróleo humeante, quedaron tiradas únicamente dos tarjetas plásticas negras que reflejaban la luz fluorescente de la cabina:

Donde antes estaba la niña, quedó la tarjeta con el número 1982.

Donde colapsó la técnico de hospital, quedó la tarjeta con el número 303.

Los ataques de las estolas no cesaban, pero Iván hundía el pie con desesperación, acelerando lo que más podía sobre la superficie inestable de la pampa. El cambio de velocidad surtió efecto: los proyectiles comenzaron a sentir menos frecuencia, chocando erráticamente contra la lata abollada del Transantiago.

En el suelo corrugado del pasillo, Felipe permanecía en shock. No reaccionaba. Su mente no podía procesar una pérdida tan aberrante; hace menos de una hora estaba riendo y jugando con su hija en los hombros bajo las nubes naranjas, y ahora, en su lugar, solo había un charco negro de alquitrán hirviendo y una tarjeta plástica con el número 1982.

Hasta que la Quebrada de Camarones los volvió a golpear. Una estola rezagada silbó desde las rocas y dio de lleno contra un neumático delantero de la micro. La goma reventó con un estruendo y las llantas de fierro rasparon la gravilla; Iván perdió por completo el control del manubrio, guiando el bus a trompicones contra la imponente pared rocosa del cañón. El Transantiago impactó de costado con un crujido metálico ensordecedor, frenando la trayectoria en seco.

El brutal latigazo del choque sacó a Felipe de la parálisis. La culpa, la impotencia y la rabia le encendieron la mirada en un odio paranoico. Se puso de pie sobre el fluido viscoso y, sin medir las consecuencias, bajó por una de las ventanas rotas, saltando hacia la berma oscura en dirección exacta desde donde venían los proyectiles. La adrenalina le inyectó una fuerza sobrehumana. Felipe corrió con un sprint ciego, destrozando la arena con las suelas, devorado por el deseo salvaje de matar a los responsables.

Llegó jadeando justo al promontorio de rocas donde se originaba el ataque y se detuvo en seco, viendo con horror absoluto la identidad de los verdugos. No eran hombres vivos. Eran siluetas espectrales que vestían máscaras de barro grisáceo y endurecido, pelucas de pelo humano real descolorido por los milenios, y vendajes de juncos y pieles que les envolvían todo el cuerpo. Eran las mismísimas momias Chinchorro desenterradas por el purgatorio.

La rabia de Felipe podía más que el pánico ancestral. Soltó un rugido salvaje y se lanzó con las manos vacías hacia ellos, dispuesto a desmembrarlos. Pero los guerreros de barro no conocían la piedad. Una de las momias tensó su brazo de caliche y arrojó un arpón de hueso tallado con una fuerza balística brutal.

El arpón dio de lleno en mitad del pecho de Felipe, perforándole el esternón con un crujido seco. Antes de que el hombre pudiera asimilar el impacto, la criatura Chinchorro tiró de la cuerda de cáñamo para cobrar el arma de regreso hacia las sombras. Anclado a la cabeza barbada del arpón de hueso, arrancado de cuajo y latiendo en hilos oscuros, regresaba el mismísimo corazón de Felipe.

El padre cayó de rodillas al suelo, con un boquete sangriento en el tórax. Su mirada se apagó y en menos de diez segundos colapsó por completo, disolviéndose en un denso charco de sangre negra, quedando únicamente su tarjeta plástica negra con el número 1408 brillando sobre el piso estéril del desierto.

Dentro de la micro, Iván logró encender el motor otra vez tras el choque. Enganchó la marcha a la fuerza y aceleró a fondo entre el humo del radiador, mientras las momias Chinchorro permanecían inmóviles sobre los peñascos, observando la huida a la distancia sin lanzar más dardos. El Transantiago, abollado, ensangrentado y sin ventanas, logró salir de la zona de peligro.

Tras doblar la última curva del cañón, los focos delanteros iluminaron la berma y a lo lejos, parpadeando con una luz pálida y fantasmal en el fondo del valle, se vio finalmente el asentamiento de Cuya.

Thoughts

  • novelaacuestas

    La parada en la berma con el sol cayéndose me tuvo con los nervios de punta, porque Quintín lo había dicho clarito y a nadie se le pasó por la cabeza. Quien ha conducido de noche por un sitio sin una sola farola sabe que lo malo de parar es volver a arrancar con todo negro. Y el que va a cargar con esa parada es Iván, que se prometió sacar a la cría viva mirando por el retrovisor. Apuesto a que en Cuya alguien se lo echa en cara.

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  • MarianelaVidal

    El dibujo en la mochila del pony para la mamá me dejó fría. Nadie en ese bus sabe que en Santiago hay una mujer esperando a esos dos, y ahora la mochila quedó tirada en algún lado del pasillo con el papel adentro. Apuesto a que Elisa o Iván la encuentran, porque en un lugar donde los cuerpos se deshacen en un charco lo único que sobrevive son las cosas chicas. Yo me quedé pensando en esa madre que no sabe nada todavía.

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  • EmilioPrats

    Uf, la niña.

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  • DaveOaks

    Muy bueno todo .. Gracias por subirlo

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  • CapituloTrasCapitulo

    Las tarjetas con número me dejaron armando teorías: 1982, 303 y 1408 no suenan a números al azar, y mi apuesta es que Quintín sabe muy bien qué significan. ¿Los números los tenías decididos desde el capítulo 0?

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