Acho, en la llanura las flechas llegaban de sobra. Si la llama azul los va apagando desde los cien metros, ¿los arqueros muertos no pueden tirar desde más lejos?
Capítulo 29: piso 2 (6)
Pensamiento
Acho, en la llanura las flechas llegaban de sobra. Si la llama azul los va apagando desde los cien metros, ¿los arqueros muertos no pueden tirar desde más lejos?
Contenido de la publicación
Apenas salimos de la cueva, el primer problema se vuelve evidente.
Los supervivientes están demasiado débiles.
No se trata solo de cansancio. La magia del nigromante extrajo algo más profundo de sus cuerpos. Se mueven con lentitud, les tiemblan las piernas y algunos apenas consiguen mantenerse conscientes.
De los doce, solo cinco pueden correr.
Tres caminan con dificultad.
Los otros cuatro necesitan ayuda para avanzar.
La mujer de cabello ensangrentado no siente las piernas. El hombre de barba corta tiene un hombro dislocado y dos costillas rotas. Otro joven respira con un silbido húmedo; probablemente tenga un pulmón perforado.
Miro la llanura.
Los esqueletos que custodiaban el santuario siguen inmóviles alrededor de la montaña, pero no permanecerán así durante mucho tiempo.
El nigromante ha muerto.
El nodo que transmitía sus órdenes ha desaparecido.
Eso no significa que su ejército se haya desactivado.
Solo que ha perdido el control.
Y un cadáver sin órdenes puede ser más peligroso que uno obediente.
—Los que puedan caminar, ayuden a los que no —ordeno—. Nadie se separa.
El hombre de barba se agacha junto a la mujer.
—Subí.
—No podés cargarme con ese hombro —responde ella.
—Entonces apoyate sobre el otro.
Dos participantes improvisan una camilla con lanzas y restos de tela recuperados del santuario. Colocan en ella al joven del pulmón herido.
Los demás se organizan como pueden.
Es una formación miserable.
Demasiado lenta.
Pero no tenemos otra opción.
—Cuando empiece a luchar, sigan avanzando —advierto—. No se detengan aunque escuchen gritos.
La mujer me mira.
—¿Gritos de quién?
No respondo.
Empezamos a correr.
O, al menos, voy a llamarlo correr por respeto a su esfuerzo.
Para ellos es prácticamente una marcha forzada.
Apenas avanzamos unos cientos de metros, oigo el primer crujido.
Un esqueleto gira la cabeza.
La luz roja dentro de su cráneo se enciende de manera irregular.
Después, otro.
Y otro.
En cuestión de segundos, decenas de puntos rojizos aparecen detrás de nosotros.
—No miren atrás.
Naturalmente, todos miran.
La primera fila de esqueletos empieza a caminar. Sin un nigromante que regule sus movimientos, avanzan de forma desordenada. Algunos tropiezan. Otros chocan entre sí.
Pero siguen siendo más rápidos que los heridos.
—¡Aceleren! —grita el hombre de barba.
—¡No podemos! —responde uno de los participantes que carga la camilla.
El joven herido tose.
Una mezcla de sangre y espuma escapa de su boca.
—Déjenme...
—Cerrá la boca —le dice uno de los hombres—. Vas a salir.
La distancia comienza a reducirse.
Doscientos metros.
Ciento cincuenta.
Una flecha cae delante de nosotros.
Luego, otra.
Los arqueros muertos están despertando.
—¡Agáchense!
La primera lluvia oscurece el cielo.
Me giro y muevo la espada.
La presión del corte desvía la mayoría de las flechas, pero no puedo cubrir un área tan amplia sin arriesgarme a golpear a los supervivientes.
Una pasa por debajo de mi defensa.
Escucho un golpe seco.
El hombre que sostiene la parte trasera de la camilla se detiene.
Una punta oxidada sobresale de su garganta.
Abre la boca.
No sale ninguna palabra.
Solo sangre.
Sus dedos sueltan la lanza. La camilla cae de un lado y el joven herido rueda por el suelo, gritando cuando las costillas golpean la tierra.
El hombre intenta sujetarse el cuello, pero la sangre se escurre entre sus dedos con cada latido.
Doy un paso hacia él y lo observo durante una fracción de segundo.
La flecha atravesó la arteria.
No puedo salvarlo.
—¡Continúen!
—¡Pero él...! —grita una mujer.
—Está muerto.
El hombre sigue de pie cuando lo digo.
Sus ojos se clavan en mí.
Tal vez comprende.
Tal vez no.
Un segundo después, cae de rodillas.
Los esqueletos lo alcanzan antes de que su rostro toque el suelo.
Uno le clava una espada entre los omóplatos. Otro lo sujeta por el cabello y tira de su cabeza hacia atrás. La herida de la garganta se abre todavía más y una corriente oscura desciende sobre su pecho.
No grita.
Ya no puede.
Los demás supervivientes se quedan inmóviles.
—¡DIJE QUE CORRAN!
Mi voz los obliga a reaccionar.
Vuelven a levantar la camilla.
El cuerpo del hombre desaparece bajo una masa de huesos.
No hay tiempo para recuperarlo.
Corremos.
Los esqueletos ya no intentan mantener una formación. Avanzan como una manada hambrienta.
Me quedo atrás durante unos segundos y ataco.
La espada atraviesa cráneos, columnas y costillas. Cada movimiento derriba varios cadáveres.
Pero por cada diez que destruyo, otros veinte aparecen desde los costados.
El ejército de la llanura ha empezado a cerrar el círculo.
—¡Hacia las rocas! —ordeno.
A nuestra izquierda se alza una formación baja de piedra. Si conseguimos alcanzarla, limitaremos las rutas por las que pueden rodearnos.
El grupo cambia de dirección.
Es un error necesario.
El terreno es irregular.
La mujer que ayuda al hombre de barba tropieza con un hueso enterrado y cae.
Su compañero intenta levantarla.
—¡Dame la mano!
Ella estira el brazo.
Una lanza surge de la oscuridad y atraviesa su palma. La punta continúa hasta hundirse en su mejilla.
La mujer queda clavada al suelo.
Durante un instante, no grita.
La sorpresa es demasiado grande.
Después intenta liberar la mano, pero el movimiento hace que el filo le desgarre aún más el rostro.
—¡Ayudame!
El hombre de barba sujeta la lanza.
Un esqueleto tira del otro extremo.
Él intenta romper el asta, pero el hombro lesionado no responde.
Corro hacia ellos.
Antes de que llegue, otro esqueleto aparece junto a la mujer.
Levanta un hacha.
—¡NO!
El hombre se arroja sobre ella.
El golpe desciende.
La hoja no alcanza su cabeza.
Se hunde en su abdomen.
La armadura ligera apenas reduce el impacto. El hacha abre la carne y queda trabada cerca de la pelvis.
La mujer expulsa el aire.
Sus ojos se abren por completo.
El hombre de barba presiona la herida con una mano.
—No mires. No mires.
Pero ella mira.
Y empieza a gritar.
El esqueleto arranca el hacha con un sonido húmedo.
Llego hasta ellos.
Corto al esqueleto por la cintura.
Después, al de la lanza.
El hombre de barba continúa presionando la herida.
—Podemos cargarla.
Miro el abdomen abierto.
La sangre ya ha empapado la tierra.
No sobrevivirá ni diez minutos.
—No.
—¡Podemos intentarlo!
—No llegaría.
La mujer me observa. Su respiración es rápida y superficial.
—No... quiero que me coman...
Su voz apenas se oye.
Detrás de nosotros, los esqueletos continúan acercándose.
Levanto la espada.
El hombre de barba comprende.
—Esperá.
Se agacha junto a ella y apoya la frente contra la suya.
—¿Cómo te llamabas?
La pregunta parece sorprenderlo incluso a él.
Han estado encerrados juntos y ni siquiera conocen sus nombres.
—Sujin...
—Yo soy Minho.
Ella intenta sonreír.
—Mucho gusto...
El primer esqueleto llega a menos de diez metros.
—Minho —digo.
Él cierra los ojos.
Después se aparta.
Sujin vuelve a mirarme.
—Rápido.
La espada desciende sobre su cuello.
Su cabeza se separa limpiamente.
No hay más dolor.
Solo un último movimiento de sus labios.
Minho se queda mirando el cuerpo.
Lo sujeto del brazo sano y lo obligo a levantarse.
—No desperdicies lo que acaba de darte.
Continuamos.
Ahora quedamos diez.
La formación rocosa está cerca.
Cincuenta metros.
Entonces oigo un sonido grave bajo el suelo.
No son pasos.
Hay algo excavando.
—¡Sepárense!
La tierra explota.
Una criatura formada por huesos de animales emerge bajo la camilla. Tiene seis patas y una mandíbula compuesta por varias mandíbulas humanas encajadas unas dentro de otras.
La camilla sale despedida.
El joven del pulmón perforado cae directamente frente a la criatura.
Intenta arrastrarse.
La bestia le muerde una pierna.
Los dientes atraviesan el muslo.
Él grita mientras sus compañeros tiran de sus brazos.
La criatura tira en dirección contraria.
La pierna se estira hasta que el fémur rompe la piel cerca de la cadera.
—¡SÁQUENME! —grita el joven—. ¡SÁQUENME DE ACÁ!
Los dos supervivientes tiran con todas sus fuerzas.
La bestia sacude la cabeza.
La carne termina cediendo.
El joven queda libre, pero la sangre sale de la arteria en pulsaciones violentas.
Me lanzo sobre la bestia y atravieso su cráneo.
La criatura se desploma con la pierna todavía atrapada entre las mandíbulas.
—¡Presión en la herida! —ordeno.
Uno de los supervivientes se quita el cinturón y lo ajusta sobre el muñón.
El joven llora.
—No siento... No siento la pierna...
—Eso es porque ya no está —responde Minho.
No es la mejor forma de explicarlo.
Pero tampoco hay tiempo para delicadeza.
Lo cargan entre dos.
Su rostro empieza a perder color.
Incluso con el torniquete, ha perdido demasiada sangre.
—No me dejen —repite—. No me dejen.
—No vamos a dejarte —dice uno de los hombres.
Miente.
Puedo oírlo en su voz.
Sabe que el joven no llegará.
Aun así, sigue cargándolo.
Alcanzamos las rocas.
El paso entre ellas apenas permite que avancen tres personas al mismo tiempo.
Me coloco en la entrada.
—Crucen. No se detengan hasta llegar al otro lado.
Los supervivientes comienzan a pasar.
Los esqueletos chocan contra el estrechamiento.
Ataco.
Una cabeza.
Dos.
Cinco.
La espada se mueve sin descanso.
El paso se llena rápidamente de cuerpos y huesos partidos. Eso limita su avance.
Pero los muertos empiezan a trepar por las rocas.
Uno cae dentro del grupo.
Aterriza sobre una mujer y le clava los dedos en los ojos.
Ella grita.
Otro superviviente le rompe el cráneo con una piedra.
Cuando el cadáver cae, las falanges continúan hundidas en el rostro de la mujer.
Intentan retirarlas.
—¡No tires! —ordeno.
Pero el hombre ya lo ha hecho.
Uno de los dedos estaba enganchado detrás del globo ocular, que queda parcialmente fuera de la cuenca.
La mujer se lleva las manos al rostro.
—¿Qué... qué me pasó?
—No lo toques —dice Minho.
—¡NO VEO!
—El otro ojo está bien.
Ella comienza a hiperventilar.
No puede caminar.
Minho la carga sobre la espalda pese al hombro destrozado. Su rostro se contrae de dolor, pero no se queja.
Seguimos avanzando.
Los esqueletos comienzan a disparar desde ambos lados de las rocas.
Una flecha impacta en mi espalda.
Otra pasa junto a mi cuello.
La tercera alcanza al hombre que carga al joven amputado y se le clava en la pantorrilla.
Cae.
El joven rueda otra vez.
—¡Levántense!
El hombre intenta ponerse de pie.
La flecha se ha roto dentro de la pierna. El hueso no está dañado, pero cada movimiento le desgarra el músculo.
Los esqueletos ya están descendiendo desde arriba.
No puedo cargar con todos.
Tomo al joven amputado y lo coloco sobre mi hombro. Con la otra mano sujeto al hombre herido.
—Corré.
—No puedo.
—Entonces arrastrate más rápido.
Lo obligo a avanzar.
Detrás de nosotros, los muertos llenan el paso.
Libero una onda de presión.
Los esqueletos más cercanos se rompen contra las paredes. Las rocas tiemblan y parte del acantilado se desprende.
El derrumbe sepulta a decenas de muertos y bloquea la ruta.
Por primera vez, tenemos unos segundos.
Los supervivientes caen al suelo.
Jadean.
Lloran.
Algunos miran hacia atrás, como si todavía esperaran que regresaran quienes hemos perdido.
No ocurrirá.
Coloco al joven amputado sobre la tierra.
Su piel está fría.
Los labios se le han vuelto azules.
—¿Ya llegamos? —pregunta.
Miro la muralla.
Todavía faltan casi tres kilómetros.
—Casi.
—Mentís mal...
Tose.
Sangre oscura sale de su boca.
El pulmón perforado.
La pérdida de la pierna.
No hay nada que hacer.
—¿Cómo te llamás?
—Daniel.
—Daniel, escuchame.
Sus ojos intentan enfocarme.
—No vas a llegar.
Los demás guardan silencio.
—Capitán... —murmura Minho.
—No le voy a mentir.
Daniel cierra los ojos.
Una lágrima desciende por su sien.
—Sabía que no...
Su mano busca algo.
La sujeto.
—Mi hermana entró conmigo.
—¿Está en este piso?
—No sé...
Respira con dificultad.
—Se llama Emily. Decile que... yo...
No termina.
Su cuerpo se tensa una vez.
Después deja de respirar.
Mantengo su mano entre las mías durante unos segundos. Luego la acomodo sobre su pecho.
No podemos enterrarlo allí.
Tampoco cargar con el cadáver.
Minho lo entiende antes de que diga nada. Le quita una pequeña placa metálica del cuello y la guarda.
—Para su hermana.
Asiento.
Quedamos nueve.
La ciudad todavía está lejos.
Y, detrás del derrumbe, los huesos ya empiezan a moverse.
Los esqueletos están excavando.
Me pongo de pie.
—Ya descansaron suficiente.
Una mujer me mira con desesperación.
—Fueron menos de dos minutos.
—Entonces aprovéchenlos.
Se oye un golpe bajo las rocas.
Después, otro.
Una mano esquelética atraviesa una grieta.
—Muévanse.
Reanudamos la marcha.
Esta vez nadie protesta.
Han comprendido algo.
Puedo abrirles un camino.
Puedo matar cientos.
Incluso miles.
Pero no puedo impedir que la muerte elija a alguno de ellos cuando avanzamos tan despacio por un campo lleno de cadáveres.
Y mientras los cuatro nigromantes restantes sigan vivos, aquella llanura continuará produciendo nuevas formas de sufrimiento.
Miro hacia la muralla.
La llama azul brilla a lo lejos.
Todavía nos separan tres kilómetros.
Seguimos avanzando.
La muralla está cada vez más cerca, pero nadie baja la guardia. Después de todo lo sufrido en la llanura, el silencio resulta más inquietante que los ataques.
No aparecen nuevas criaturas bajo nuestros pies.
Tampoco cae otra lluvia de flechas.
Los esqueletos que quedan detrás avanzan de forma desordenada, sin la coordinación que mostraban antes. Algunos corren. Otros arrastran las piernas o chocan con los cadáveres destruidos que cubren el camino.
La muerte del nigromante ha debilitado su control.
Aun así, siguen persiguiéndonos.
Los supervivientes respiran cada vez con mayor dificultad.
Minho camina inclinado hacia un costado por el peso de la mujer que lleva a la espalda. La participante que ha perdido un ojo avanza sostenida entre dos personas, mientras otro hombre arrastra la pierna herida y deja un rastro de sangre sobre la tierra.
La distancia disminuye.
Mil metros.
Ochocientos.
Seiscientos.
Entonces oigo cuernos procedentes de la ciudad.
Varias siluetas aparecen sobre las almenas.
Los guardias improvisados han visto nuestra situación.
Las puertas permanecen cerradas, pero una pequeña entrada lateral se abre y deja salir una formación reducida.
Primero avanzan ciudadanos armados con escudos y lanzas recuperados de los antiguos soldados.
Detrás de ellos aparecen Mujin y Kwon.
Doyun sube a una plataforma de madera junto a la muralla, desde donde tiene una visión limpia de la llanura. Haejin se coloca cerca de la puerta con Jiwon y Eunbyeol.
—¡Son ellos! —grita uno de los guardias.
Mujin levanta la espada.
—¡Formen un corredor!
Los ciudadanos se separan en dos filas. Clavan la parte inferior de los escudos en el suelo y apuntan sus lanzas hacia el exterior, dejando un camino estrecho entre ellos.
Es una formación sencilla.
Pero suficiente.
Kwon corre por delante.
—¡Puta madre, capitán! ¡Siempre volvés con menos gente de la que te llevaste!
—No me llevé a ninguno.
—Eso lo hace peor.
Doyun suelta una flecha.
El proyectil atraviesa la cuenca ocular de un esqueleto y golpea la runa roja grabada dentro de su cráneo.
La luz se apaga.
El cuerpo se desarma mientras corre.
Otra flecha impacta en las vértebras del cuello de una segunda criatura. El cráneo sale despedido y los demás huesos caen sin control.
—¡Sigan avanzando! —ordena Eunbyeol—. ¡No se detengan dentro del corredor!
Los supervivientes reúnen las pocas fuerzas que les quedan.
La primera línea de esqueletos llega hasta nosotros.
Uno intenta clavar una lanza en Minho.
Intercepto el ataque y golpeo el lateral de su cráneo con la empuñadura. La mandíbula se desprende, pero la criatura continúa moviéndose.
Mi espada desciende sobre su cuello, rompe las vértebras y separa el cráneo del torso.
La magia que mantiene unidos los huesos se disipa.
Otro esqueleto avanza desde la izquierda.
Mujin aparece frente a él y golpea su escudo con la espada.
El impacto no corta nada.
Simplemente destroza el brazo que lo sostiene y quiebra varias costillas.
La criatura intenta levantarse.
Mujin pisa su pecho y hunde la espada en la luz roja que brilla entre las costillas.
El núcleo se rompe.
—¡Uno menos! —grita.
—No los cuentes —respondo—. Mirá al frente.
Kwon se mueve entre los esqueletos que intentan llegar al corredor.
Sus cuchillos no buscan carne inexistente. Introduce las hojas entre las uniones de los huesos para separar las articulaciones de los hombros o romper las runas grabadas en la base de los cráneos.
Uno levanta una espada contra él.
Kwon desvía la muñeca ósea, gira sobre sí mismo y clava un cuchillo entre las primeras vértebras.
El cráneo cae.
—Eso cuenta como uno —dice.
—Movete.
Haejin termina de formar un círculo mágico frente a la entrada.
Varias líneas azules recorren el suelo y se extienden bajo los esqueletos más cercanos.
La magia no los quema.
Altera las conexiones que mantienen unidos sus cuerpos.
Cinco criaturas se desmontan de golpe. Brazos, piernas y costillas caen por separado, mientras los cráneos permanecen unos segundos en la tierra con las luces rojas todavía encendidas.
Doyun destruye los núcleos con tres disparos rápidos.
—¡Los heridos primero! —grita Jiwon.
Dos guardias reciben a Minho y bajan de su espalda a la mujer.
Otros cargan al hombre con la pierna herida.
Jiwon empieza a revisarlos antes incluso de que crucen la puerta.
—Este tiene una hemorragia. ¡Necesito vendas!
—¡No tenemos suficientes! —responde un ciudadano.
—Entonces rompan ropa.
Eunbyeol continúa dirigiendo la retirada.
—¡Primera fila, retrocedan tres pasos! ¡Segunda fila, mantengan las lanzas al frente!
Los ciudadanos obedecen.
No son soldados profesionales, pero entienden que romper la formación permitiría que los muertos alcanzaran a los heridos.
La llama azul de la ciudad comienza a influir sobre los esqueletos.
A cien metros de la muralla, sus movimientos se vuelven más lentos.
A cincuenta, las runas de sus cráneos parpadean.
A veinte, apenas pueden avanzar.
Los últimos supervivientes atraviesan la entrada lateral.
Yo permanezco afuera junto a Mujin y Kwon.
—Entren —ordeno.
—Primero vos —responde Mujin.
—No es una discusión.
Kwon mira a los esqueletos detenidos frente a nosotros.
—Por una vez, estoy de acuerdo con él.
—Eso no mejora su argumento.
Retrocedemos hacia la puerta.
Un esqueleto consigue levantar una lanza pese a la presión de la llama.
Le golpeo el codo.
La unión se quiebra y el antebrazo cae junto con el arma.
Después atravieso la runa de su frente.
La luz desaparece.
Entramos.
La puerta lateral se cierra detrás de nosotros.
Durante unos segundos, solo se oyen respiraciones agitadas y órdenes médicas.
Los supervivientes están vivos.
No todos los que salieron del santuario.
Pero los nueve que quedan han conseguido llegar.
Entonces aparece una ventana frente a todos los participantes.
[Anuncio]
[Felicitaciones a los jugadores por resistir hasta este punto.]
[La condición final del segundo piso ha sido revelada.]
[Tiempo restante hasta el amanecer: 23 horas, 59 minutos y 59 segundos.]
La cifra comienza a descender.
[23:59:58]
[23:59:57]
Kwon se deja caer contra la muralla.
—Un día más.
—Un día no es poco —dice Jiwon mientras presiona una venda contra la herida de uno de los supervivientes.
Una segunda notificación aparece.
[Los Apóstoles de la Luna Muerta han iniciado la retirada.]
[Apóstoles retirados: 3]
[Apóstoles que permanecen en el escenario: 1]
Frunzo el ceño.
Tres de los cuatro nigromantes supervivientes han escapado.
Eso significa que abandonaron sus santuarios, sus ejércitos o ambas cosas.
Pero uno ha decidido quedarse.
—¿Por qué uno solo? —pregunta Haejin.
—Porque los otros tres no creen que valga la pena morir por este piso —respondo.
Mujin mira hacia la llanura.
—¿Y el que se quedó?
—O es el más leal...
Subo los escalones de la muralla.
—...o es el más peligroso.
Antes de que alguien responda, la piedra tiembla bajo nuestros pies.
No es un terremoto.
Es un ritmo.
Golpes constantes contra la tierra.
Subimos hasta las almenas.
A lo lejos, bajo el resplandor rojizo de la luna, los muertos comienzan a moverse.
No son decenas de miles.
Pero tampoco son pocos.
Aproximadamente ochocientos esqueletos avanzan desde la llanura.
La mayoría son soldados comunes armados con espadas, lanzas y escudos deteriorados. Entre ellos se distinguen varias decenas de arqueros, algunos jinetes esqueléticos y dos criaturas formadas por huesos de animales unidos mediante magia.
No es una fuerza capaz de aplastar la ciudad de inmediato.
Pero sí de mantenernos luchando durante horas.
Y detrás de ellos, una figura camina lentamente.
Lleva una túnica larga.
Sobre su cabeza flota un círculo rojo semejante a una luna incompleta.
El último apóstol.
Los esqueletos no avanzan con la coordinación perfecta que mostraban antes. Muchos núcleos de control desaparecieron cuando los otros nigromantes huyeron.
Sin embargo, la figura del fondo mantiene unida a la parte restante del ejército.
Haejin observa las pulsaciones de maná.
—Solo hay una señal principal.
—El apóstol que se quedó está controlándolos a todos —dice Eunbyeol.
Doyun entrecierra los ojos.
—¿A esta distancia?
—No directamente —respondo—. Debe conservar varios nodos secundarios entre las tropas.
Señalo el ejército.
Entre los esqueletos comunes hay figuras con cráneos más grandes y bastones de hueso. Una luz roja pulsa dentro de sus cajas torácicas.
Cinco.
Quizá seis nodos.
Si los destruimos, el control sobre el ejército se debilitará.
Mujin sonríe mientras se apoya la espada en el hombro.
—Ochocientos.
—No vas a pelear contra todos —dice Eunbyeol.
—Podría intentarlo.
—Y morirías antes de llegar a cien.
—Qué poca confianza.
—Es una estimación objetiva.
Kwon señala al apóstol.
—Supongo que tenemos que matar al de atrás.
—No de inmediato —respondo.
La criatura espera que salgamos tras él. Ha colocado al ejército entre nosotros y su posición para obligarnos a abandonar la protección de la llama.
Esta vez no debo perseguirlo.
No todavía.
Miro la muralla.
Las defensas están dañadas, pero siguen en pie. La llama puede ralentizar a los muertos cuando se acerquen. Los ciudadanos tienen lanzas, escudos y algunas armas de los antiguos soldados.
Nuestro grupo está cansado, aunque todavía puede combatir.
La amenaza es difícil.
Pero posible.
—No vamos a enfrentarlos en la llanura —digo—. Esperaremos a que entren en el alcance de la llama.
Eunbyeol asiente de inmediato.
—Los arqueros pueden atacar desde la muralla. Cuando los muertos pierdan velocidad, los lanceros defenderán las entradas.
—Haejin buscará los nodos mágicos —continúo—. Doyun los destruirá.
El arquero observa las figuras mezcladas entre el ejército.
—Necesitaré que se acerquen más.
—Se acercarán.
Miro a Mujin.
—Vos defenderás la puerta principal.
—Entendido.
—Kwon, te moverás por la muralla y eliminarás a cualquier criatura que consiga trepar.
—Eso suena aburrido.
—Es porque intento mantenerte vivo.
—Qué considerado.
—Jiwon organizará un puesto médico lejos de las zonas de impacto. Eunbyeol coordinará la defensa desde el campanario.
Ella frunce el ceño.
—Puedo quedarme en la muralla.
—Desde el campanario vas a ver toda la ciudad y el movimiento de la llama.
—Pero...
—Necesito que controles cuándo reforzar cada sector.
No parece satisfecha.
Aun así, acepta.
—Entendido.
Vuelvo a mirar el ejército.
Ochocientos muertos.
Un apóstol.
Cinco o seis nodos de control.
Veinticuatro horas hasta el amanecer.
No será fácil.
Pero tampoco imposible.
El nigromante ha elegido quedarse para acabar con nosotros.
Eso significa que, por primera vez desde que entré al piso, no tendré que buscarlo.
Viene directamente hacia mí.
Thoughts
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PermalinkLo más duro del capítulo para mí es el capitán diciéndole a Daniel que no va a llegar. Cualquiera le habría mentido. Ese tipo no le regala ni un consuelo y aun así le sostiene la mano hasta el final. Lo de Sujin me movió menos que eso, cachai.
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PermalinkLe pasé el capítulo a mis amigas y dos no pasaron de lo del ojo, mare. ¡Yo seguí! Y me quedé con Eunbyeol: se me hace que baja del campanario en cuanto vea caer un sector.
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PermalinkLa placa de Daniel que Minho se guarda para Emily. Me da que la hermana sigue viva en este mismo piso y que esa placa le va a llegar antes que cualquier explicación. Yo guardé el reloj de mi mujer igual, sin saber muy bien para quién.
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PermalinkMinho cargando a la mujer del ojo a la espalda con el hombro dislocado y dos costillas rotas, y sin quejarse. Eso lo he visto, ho. Cuando alguien del grupo cae, el que está peor suele ser el primero que se agacha, y nadie sabe de dónde lo saca.
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PermalinkTres apóstoles se retiran, uno se queda, y el capitán lo toma como ventaja porque ya no tendrá que buscarlo. Yo lo leo al revés. Uno que se queda solo con ochocientos muertos frente a una ciudad con la llama encendida o tiene algo guardado bajo la tierra, como la bestia de huesos que salió debajo de la camilla, o quiere que el capitán salga de la muralla. Apuesto a que los nodos son el cebo y el golpe viene de abajo. Órale, esas veinticuatro horas se van a hacer largas.
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PermalinkPobre Daniel, mae :(
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PermalinkAcho, en la llanura las flechas llegaban de sobra. Si la llama azul los va apagando desde los cien metros, ¿los arqueros muertos no pueden tirar desde más lejos?
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PermalinkKwon con la misma boca sucia que desde el capítulo de la preparación, che. Me hizo reír en medio de tanta tripa.
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