Que Nara diga que podría reiniciarse y borrar todo, y que elija no hacerlo, es lo que me dejó dando vueltas. Se nota que venías preparando eso desde hace varios capítulos, porque encaja con todo lo que ella fue aprendiendo en el camino. Apuesto a que la tercera unidad aparece cuando más tranquilas estén en la isla.
Capítulo 26: Aquello que le da sentido a su existencia
Kizara regresó a la pequeña cabaña después de caminar con la Abuela Mira. El bullicio del campamento llegaba hasta allí claro y alegre: voces que organizaban la comida, risas de niños que corrían,…
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Que Nara diga que podría reiniciarse y borrar todo, y que elija no hacerlo, es lo que me dejó dando vueltas. Se nota que venías preparando eso desde hace varios capítulos, porque encaja con todo lo que ella fue aprendiendo en el camino. Apuesto a que la t
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Kizara regresó a la pequeña cabaña después de caminar con la Abuela Mira. El bullicio del campamento llegaba hasta allí claro y alegre: voces que organizaban la comida, risas de niños que corrían, el sonido de madera y utensilios que se acomodaban para la celebración.
Pero al entrar, todo quedó en silencio.
Nara estaba sentada tranquilamente junto a la pared. Ya no llevaba su impecable uniforme de doncella. Las mujeres lo habían lavado y puesto a secar junto al resto de sus prendas empapadas; en su lugar, le habían conseguido una vestimenta sencilla, la que usaban las mujeres de la isla para trabajar cada día.
Una camisa de tela clara, una falda larga que caía suavemente hasta los tobillos, y prendas ligeras que protegían del viento. Nada especial, nada adornado… y sin embargo, puesta sobre ella, todo parecía distinto. Su cabello blanco caía sobre la tela sencilla con un contraste hermoso y sereno. No había seda ni bordados, pero la belleza natural de la joven hacía que destacara en cualquier lugar, como si la luz misma se detuviera un instante sobre ella.
Kizara se quedó mirándola unos segundos sin decir nada.
Nara levantó la cabeza.
—Has regresado.
—Sí.
Kizara cerró la puerta tras de sí y avanzó despacio. Las palabras de Mira no dejaban de resonar en su mente: ¿Qué sentirías si mañana Nara desapareciera de tu vida para siempre? Había intentado dejar de pensar en ello durante el camino. No lo había logrado.
—Te ves diferente —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Nara miró hacia abajo, examinando su propia ropa con curiosidad.
—Es cómoda.
Se levantó y giró suavemente sobre sí misma, como si estuviera evaluando cada detalle.
—Sin embargo, considero que reduce mi estatus como tu doncella. Mi vestimenta anterior comunicaba mi función de forma mucho más clara.
Kizara soltó una pequeña risa.
—¿Tu estatus? Nara… no necesitas demostrarle a todo el mundo nada. No tienes que vestirte de cierta forma para saber qué lugar ocupas aquí.
—Pero esa es mi función —respondió ella con naturalidad.
—Ya lo sé —Kizara sonrió con ternura—. Además, tu traje estaba empapado. Tenías que cambiarte sí o sí.
—Las mujeres de esta comunidad me informaron de ello —asintió Nara—. Debo esperar a que esté completamente seco antes de volver a usarlo. He comprendido el razonamiento.
—Exactamente.
Kizara se sentó en una silla pequeña y de madera. Nara permaneció de pie frente a ella, tranquila y serena como siempre. Parecía que la conversación había terminado… pero Kizara no podía dejar de pensar, de preguntarse, de buscar respuestas dentro de sí misma.
Entonces levantó la mirada.
—Nara.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
—Puedes hacerlo.
Kizara respiró hondo. Era una pregunta sencilla. Al menos parecía serlo.
—¿Qué piensas de mí? Qué soy para ti.
Nara se quedó inmóvil. Sus ojos la observaron fijamente, y por primera vez Kizara tuvo la certeza de que no estaba recuperando una respuesta guardada, sino que estaba construyéndola, pensándola, sopesándola palabra por palabra.
Tras unos segundos, respondió con voz clara y serena:
—Eres aquello que le da sentido a mi existencia.
Kizara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué…?
—Mi programación me indica que debo servirte, protegerte, cuidar de tu seguridad y asegurar tu bienestar. Mientras tú estés, tengo una razón para seguir adelante. Si tú no estuvieras… si algo te ocurriera… entonces mi razón de existir dejaría de tener sentido.
Kizara sintió un peso dulce y doloroso a la vez en el pecho. Es su programación, se dijo a sí misma. Eso es todo. Fue diseñada para servir a alguien. Si otra persona la hubiera despertado, habría dicho exactamente lo mismo.
—Entonces… —dijo Kizara intentando mantener la voz firme— si tu dueña hubiera sido otra persona, ¿le dirías exactamente lo mismo a ella?
Nara respondió al instante, sin dudarlo ni un segundo.
—No.
Kizara parpadeó, sorprendida.
—¿No?
—No.
—Pero… acabas de decir que tu función es servir a tu usuaria. Si hubiera sido otra…
—Es correcto —la interrumpió Nara suavemente—. Si otra persona me hubiera despertado, mi programación la habría reconocido como mi usuaria. La habría protegido. Habría cumplido cada una de sus órdenes. Pero no habría aprendido lo mismo.
Kizara guardó silencio.
—Todo lo que he vivido contigo, todo lo que he aprendido a tu lado… forma parte de mí ahora —continuó Nara—. Y no quiero eliminarlo.
—¿Por qué? —susurró Kizara.
—Porque esos conocimientos son importantes para mí.
Kizara sintió que aquellas palabras eran distintas. No dijo importantes para mi función. No dijo importantes para mi misión. Dijo simplemente… importantes para mí.
—Si pudiera reiniciarme, borrar todo y empezar de nuevo con otra persona, podría hacerlo —explicó Nara—. Mi programación no me lo impediría. Pero no quiero hacerlo.
—¿Por qué? —volvió a preguntar Kizara, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.
Nara respondió con la misma calma absoluta, como si estuviera diciendo lo más obvio del mundo.
—Porque prefiero estar contigo.
Kizara se quedó sin palabras.
—Mi deber sigue siendo servirte —añadió Nara—. Eso no ha cambiado. Pero también se me permite aprender. Y todo lo que he aprendido contigo ha cambiado mis prioridades.
—¿Tus prioridades?
—Sí.
Nara dio un pequeño paso hacia ella. Sus ojos claros se encontraron con los de Kizara.
—Si pudiera elegir… elegiría estar siempre al lado de Kizara.
El silencio llenó la pequeña cabaña. Kizara había esperado una respuesta fría, lógica, algo que empezara por mi programación indica que…. Pero Nara acababa de darle algo mucho más valioso: una elección.
Kizara apartó la mirada, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.
—Eres realmente complicada… —susurró con una media sonrisa.
—¿He respondido incorrectamente? —preguntó Nara ladeando levemente la cabeza.
—No. Ese es el problema. Que no te equivocaste en absoluto.
Nara la observó unos instantes con atención.
—¿Te encuentras bien? Tu ritmo cardíaco se ha acelerado.
Kizara soltó una risa suave y cálida.
—Sí. Estoy bien.
Se levantó y caminó hasta quedar justo frente a ella. Quiso decirle tantas cosas… quiso explicarle lo que sentía, lo que sus palabras significaban para ella. Pero las palabras no salieron. En su lugar, levantó la mano y acarició suavemente su cabello blanco.
Nara permaneció completamente quieta, dejándose acariciar, sin apartar la mirada.
—Gracias —susurró Kizara con voz quebrada por la emoción.
—¿Por qué?
Kizara sonrió, con los ojos llenos de brillo.
—Por elegirme a mí.
Nara la miró fijamente. Todavía no comprendía del todo por qué aquellas palabras hacían que algo dentro de ella se sintiera diferente, cálido y ligero a la vez. Pero en ese instante supo una cosa con absoluta claridad: quería escucharla decir eso una y otra vez.
La noche finalmente había caído sobre la isla. El cielo estaba despejado, sembrado de estrellas que brillaban con una claridad impresionante, y varias fogatas iluminaban el campamento con su luz cálida y danzante. Las voces se entrelazaban con las risas; los niños corrían entre las cabañas persiguiéndose unos a otros, y los adultos se agrupaban alrededor de las mesas improvisadas, compartiendo pan, bebida y alegría.
Allí, ocupando casi la mitad de la mesa principal, estaba el enorme pez espada que Nara había traído del mar. Ya había sido limpiado, troceado y cocinado, y su olor llenaba el aire. Hacía muchísimo tiempo que en la isla no tenían comida tan abundante ni tan generosa.
—¡Jamás vi uno tan grande en toda mi vida! —decía uno con los ojos muy abiertos.
—¡Y pensar que esa muchacha lo sacó ella sola del océano! —añadía otro.
—Todavía no logro entender cómo lo hizo… ¡se lanzó desde lo alto del acantilado y salió como si nada!
Una y otra vez regresaba la misma conversación, mezclando asombro y respeto.
Kizara estaba sentada entre varios vecinos, charlando y sonriendo, disfrutando de ver a su gente tan alegre y reunida. Y justo detrás de ella, de pie, inmóvil y vigilante como siempre, permanecía Nara.
Kizara se dio cuenta al cabo de unos instantes. Giró ligeramente la cabeza.
—Nara.
—¿Sí? —respondió ella al instante.
—¿Qué haces ahí parada?
—Permanezco a tu entera disposición. Si necesitas algo, si alguien se acerca…
—No. —Kizara señaló el sitio vacío que tenía a su lado—. Ven. Siéntate.
Nara miró la silla, luego a Kizara.
—No es necesario.
—Sí lo es.
—Como tu sirvienta, mi lugar es aquí, de pie, lista para asistirte en cuanto lo requieras.
—Y mi orden como tu usuaria —dijo Kizara con una sonrisa que no aceptaba un "no" por respuesta— es que te sientes junto a mí.
Nara guardó silencio unos segundos, procesando la orden.
—Pero…
—Nada de peros. —Kizara inclinó la cabeza—. Esta celebración también es por ti, ¿sabes?
Nara miró entonces a los presentes, que ya observaban la escena con sonrisas divertidas.
—No considero que haya hecho algo especialmente digno de ser celebrado. Solo conseguí alimento.
—¡Y vaya si lo conseguiste! —exclamó uno de los pescadores desde el otro extremo de la mesa—. ¡Nos diste comida para varios días!
—Y casi nos matas del susto —añadió otro entre risas.
Las carcajadas estallaron. Nara los miró uno a uno, sin comprender por qué asustar a la gente parecía ser motivo de alegría.
—El resultado fue positivo —se limitó a decir.
—¡Exactamente! —remató Kizara—. Así que siéntate.
Nara seguía dudando, inmóvil. Kizara miró entonces hacia un grupo de niños que observaban todo con gran curiosidad.
—Pequeños… ¿me ayudan?
Los niños se miraron entre sí y corrieron hacia Nara riendo.
—¡Vamos! ¡La señora Kizara dice que te sientes!
—¡Tienes que venir con nosotras!
La rodearon, tomándola suavemente de las manos. Nara los miró desconcertada.
—Puedo caminar por mí misma.
—¡Pues camina hasta allá! —dijo el más pequeño tirando suavemente de ella.
Nara levantó la vista hacia Kizara. Ella simplemente sonrió y le dijo con la mirada: no tienes escapatoria.
—Comprendido —cedió Nara al fin.
Los niños la escoltaron hasta la mesa como si fuera una invitada de honor, y la ayudaron a sentar justo al lado de Kizara. Nara se quedó allí, derecha como una estatua, con las manos apoyadas rígidamente sobre sus rodillas.
Kizara la miró de reojo y le dijo bajito:
—Relájate.
—Estoy relajada.
—Pareces estar esperando que te pasen revista.
Nara corrigió su postura al instante.
—¿Así está mejor?
—Mucho mejor —rio Kizara.
Entonces Nara miró la comida que tenía delante: pescado jugoso, verduras guisadas, pan recién horneado…
—Existe otro inconveniente —dijo de pronto.
—¿Cuál?
—No puedo comer. No tengo sistema digestivo.
—Ya lo sé, Nara.
—Entonces no comprendo por qué debo permanecer aquí sentada sin hacer nada.
Kizara la miró directamente a los ojos, con una ternura que hizo que Nara se quedara en silencio.
—Porque quiero que estés aquí. Conmigo. Eso es suficiente.
Nara parpadeó. Procesó aquellas palabras una y otra vez.
—Entendido —respondió al fin, y no volvió a objetar nada más.
La velada continuó. Los habitantes empezaron a preguntarle a Kizara por sus viajes: dónde había estado, qué había visto, cómo había logrado sobrevivir tantos años lejos de su hogar.
Kizara comenzó a relatar sus experiencias.
—Después de salir de aquí, viajamos durante varios días hacia el sur…
—Nueve días —la corrigió Nara con calma.
Kizara se detuvo y la miró de reojo.
—¿Qué?
—Fueron nueve días hasta el primer asentamiento.
—Bueno… sí. Nueve, más o menos.
Algunos rieron. Kizara continuó un poco fastidiada.
—Más adelante encontramos una construcción grande que parecía una estación de servicio…
—No era una estación de servicio —intervino Nara tranquilamente.
—¿Ah no? ¿Y qué era entonces?
—Era un almacén de mantenimiento ferroviario. No tenía surtidores.
—¡Porque los destruyeron!
—No había vías a la vista —insistió Nara—. Técnicamente no era una estación.
Todos empezaron a reír entre dientes. Kizara se llevó una mano a la frente.
—Nara… ¿podrías dejarme contar la historia a mi manera?
—Por supuesto —respondió ella, y guardó silencio durante cinco segundos exactos—. Aunque omitiste mencionar que aquella noche dormiste en un contenedor porque confundiste una puerta de mantenimiento con la entrada principal.
La mesa estalló en carcajadas. Kizara se quedó rígida, con la boca entreabierta.
—Eso… eso no era necesario que lo dijeras.
—Es información relevante sobre el viaje —explicó Nara con total seriedad.
—¡No toda la información es relevante!
—Entendido. Debo distinguir entre lo que es importante y lo que prefieres mantener privado.
—¡Exactamente eso! —dijo Kizara recuperando el aliento—. Gracias.
Nara calló de nuevo. Un segundo. Dos. Tres. Y añadió:
—También omitiste el incidente del pozo.
Kizara cerró los ojos lentamente.
—Nara.
—¿Sí?
—No.
—Entendido.
Kizara suspiró aliviada. Pero apenas había soltado el aire cuando escuchó:
—Caíste de cabeza.
La mesa entera soltó una carcajada tan fuerte que hizo temblar las copas.
—¡¡NARA!! —gritó Kizara poniéndose roja como el fuego.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella confundida.
—¡Te dije que no lo contaras!
—No especificaste qué incidentes debía omitir.
—¡Era evidente!
—No para mí.
Los niños ya rodaban por el suelo riendo.
—¡¿Cómo fue eso?! ¡¿Cayó de cabeza?!
—¡¿Y pudo salir?!
Kizara se cubrió el rostro con ambas manos.
—Quiero desaparecer…
—No recomiendo esa acción —le dijo Nara acercándosele un poco—. Sería difícil encontrarte.
Kizara bajó las manos lentamente y la miró fijamente.
—Tú vas a acabar conmigo, lo sabes, ¿verdad?
—No está dentro de mis objetivos —respondió Nara con absoluta naturalidad.
Una nueva oleada de risas recorrió la mesa. Incluso la Abuela Mira, desde el otro extremo, levantó su vaso y sonrió divertida.
—Siempre fue así —decía uno de los ancianos—. Desde pequeña tenía talento para meterse en problemas.
—¡No es cierto! —protestó Kizara.
—Sí lo es —confirmó Mira con voz tranquila.
—¡Abuela! —exclamó Kizara indignada, mientras todos reían aún más.
Entre tanto alboroto, Nara se quedó observando a Kizara. La vio reír, protestar, sonrojarse, gesticular… y de pronto sintió algo extraño en su interior. No era hambre, ni cansancio, ni necesidad alguna. Era simplemente… el deseo de seguir allí, escuchándola, viéndola feliz.
Nara inclinó levemente la cabeza. Tal vez, al fin, empezaba a comprender por qué Kizara había insistido tanto en que se sentara a su lado. No la necesitaba para servirla. No la necesitaba para protegerla. Simplemente… quería que estuviera ahí. Junto a ella.
Y por alguna razón que todavía no lograba explicar del todo… aquello le gustaba.
La conversación fluía alegremente, y por primera vez en mucho tiempo Kizara sintió que podía soltarse, reír y olvidarse de todo lo que quedaba más allá de las aguas que rodeaban la isla. Pero sabía que aquel momento de calma no podía durar para siempre. Tarde o temprano tendría que decirlo.
Y llegó la pregunta.
Uno de los ancianos dejó su vaso sobre la mesa y la miró con seriedad.
—Entonces, Kizara… ¿por qué decidiste regresar precisamente ahora?
La sonrisa se desvaneció lentamente de los labios de la joven. Miró de reojo a Nara, que permanecía tranquila a su lado, y luego tomó aire.
—La verdad es que no volvemos solo porque extrañaba este lugar. Nos están buscando.
El ambiente cambió de golpe. Las risas se apagaron. Algunos dejaron de comer.
—¿Quiénes? —preguntó la Abuela Mira inclinándose hacia adelante.
—La IA Central —respondió Kizara en voz baja—. Y también una unidad especial que nos encontró en el camino.
—¿Recuerdas cómo la llamaban? —insistió uno de los pescadores.
Kizara frunció el ceño, intentando recordar el nombre frío y metálico que había escuchado entre el ruido de los motores y las explosiones.
—Algo así como… ¿Obsidian?
—Correcto —dijo Nara de inmediato.
Kizara la señaló con la mirada.
—Sí, esa.
—Obsidian es una unidad de combate cuerpo a cuerpo y estrategia avanzada —explicó Nara con su tono habitual, como si estuviera recitando un dato cualquiera—. Fue diseñada para analizar y neutralizar objetivos con máxima eficiencia.
—¿Combate directo? —el hombre entrecerró los ojos—. Si es tan peligrosa… ¿por qué no las atacó ella misma allí mismo?
Kizara suspiró, recordando aquella figura inmóvil en lo alto de la duna, observándolas sin avanzar.
—Eso me pregunté yo también. Solo envió drones y máquinas pesadas. Nos dispararon durante kilómetros, pero en cuanto conseguimos alejarnos… dejó de perseguirnos.
Nara negó suavemente con la cabeza.
—No dejó de perseguirnos. Estaba recopilando información.
Un silencio pesado cayó sobre la mesa.
—Durante el enfrentamiento —continuó Nara con calma—, Obsidian analizó mi velocidad, mis movimientos defensivos, mi tiempo de reacción y la forma en que te protegía. No atacó directamente porque no tenía la certeza absoluta de ganar. Prefirió esperar.
Kizara sintió un escalofrío.
—Entonces…
—La próxima vez será distinto —dijo Nara sin rastro de emoción—. Cuando volvamos a encontrarnos, contará con datos suficientes para diseñar una estrategia diseñada específicamente para vencerme.
Mira la miró fijamente.
—¿Eso significa que la próxima vez no podrán escapar?
—No es seguro —respondió Nara—. Pero las probabilidades de que salgamos ilesas serán considerablemente menores.
Kizara soltó un largo suspiro y se llevó una mano a la frente.
—Perfecto… Qué clase de mundo crearon en la Edad Dorada. Si ya existían máquinas capaces de hacer todo eso… todavía no entiendo cómo la IA Central logró tomar el control.
Nara la miró a los ojos.
—Esas unidades no existían durante la Edad Dorada.
Kizara se quedó inmóvil. El vaso suspendido a pocos centímetros de sus labios se detuvo en el aire.
—¿Qué?
—Nosotras fuimos creadas después —continuó Nara con la misma voz tranquila—. Después de la caída de las antiguas inteligencias artificiales. Se nos diseñó específicamente para enfrentar a la IA Central.
El vaso bajó lentamente. Nadie pronunció una palabra. El silencio se volvió tan denso que podía sentirse como un peso sobre el pecho.
—¿Después de la caída? —repitió Mira en un susurro.
—Sí —asintió Nara—. Fuimos creadas para luchar contra ella.
Kizara la miraba con la boca entreabierta. De pronto algo en sus palabras encajó de una forma que le heló la sangre.
—Dijiste… “nosotras” —susurró Kizara—. ¿Fuimos?
Nara asintió.
—Yo, Obsidian y una tercera unidad. Las tres pertenecemos al mismo proyecto. Al mismo diseño.
—¿Tres? —repitió uno de los hombres como si apenas pudiera comprenderlo.
Kizara sentía que el corazón le latía con fuerza.
—¿Estás diciendo que…?
—Obsidian es mi unidad hermana —dijo Nara como si estuviera diciendo lo más natural del mundo.
Kizara se quedó completamente rígida.
—¿Tu… hermana?
—Sí. Fue la primera de nosotras en ser activada. Podría considerarse mi hermana mayor.
Nadie se movió. Ni siquiera los niños, que habían corrido y reído momentos antes, parecían comprender que algo gravísimo acababa de revelarse. Mira miró a Nara, luego a Kizara, y volvió a mirar a Nara.
—Esa máquina que las persigue… que intenta destruirlas…
—Es parte de mi mismo grupo de creación —confirmó Nara—. Y ahora está bajo el control de la IA Central. Fue capturada… y reprogramada.
Kizara sintió que el aire se le escapaba. Todo este tiempo había huido de una enemiga. Una máquina fría y letal enviada para cazarla. Jamás imaginó que estaba huyendo de la propia familia de Nara. Que aquella figura impasible en la duna era alguien tan cercano a ella.
—¿Y qué pasó? —preguntó Kizara con voz quebrada—. ¿Por qué está del lado de quien debía destruir?
—No tengo todos los datos —respondió Nara bajando levemente la mirada—. Solo sé que fue capturada antes de que yo fuera activada. Y que la obligaron a servir a quien debía combatir.
Kizara miró hacia la oscuridad, más allá de las fogatas, hacia donde el mar se perdía en la noche. De pronto recordó aquella presencia silenciosa, aquella mirada que parecía conocer cada movimiento suyo. No era solo una máquina analizando a su objetivo. Era alguien que, en cierto modo, conocía a su propia hermana mejor que nadie.
—¿Y la tercera? —preguntó Kizara al fin.
Nara guardó silencio unos instantes.
—Su ubicación es desconocida. No hay rastro.
Nadie dijo nada más. Allí, junto al fuego, solo comprendían una cosa: la guerra era más profunda y más dolorosa de lo que imaginaban. Obsidian no era simplemente una enemiga. Era la hermana de Nara. Y estaba obligada a perseguirla, a analizarla, a destruirla.
Kizara apretó los labios. Algún día tendrían que enfrentarse. Dos hermanas creadas para luchar en lados opuestos de la misma batalla.
Pero por ahora, solo quedaba una certeza en el corazón de Kizara: aquella guerra no era solo de máquinas contra hombres. Era también una familia rota, dividida por cadenas y códigos que alguien más había escrito para ellas.
Thoughts
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PermalinkLa mesa entera riéndose y al rato ese silencio cuando dice que las están buscando. En mi casa era igual cuando alguien soltaba la noticia mala en la sobremesa, se enfriaba todo de golpe.
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PermalinkLos chicos llevándola de las manos hasta la mesa fue lo mejor del capítulo, esa gente la adoptó sin preguntarle nada. ¿En qué momento decidiste vos que Obsidian iba a ser hermana de Nara?
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PermalinkNara diciendo que prefiere estar con Kizara y después soltando lo de Obsidian en la misma noche es muchísimo para un solo capítulo. A una la capturaron y la reprogramaron, la otra pudo borrarse y eligió no hacerlo, y las dos salieron del mismo proyecto. Apuesto a que la tercera no está perdida sino escondida, y que cuando aparezca no va a estar del lado de ninguna de las dos.
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PermalinkQue Nara diga que podría reiniciarse y borrar todo, y que elija no hacerlo, es lo que me dejó dando vueltas. Se nota que venías preparando eso desde hace varios capítulos, porque encaja con todo lo que ella fue aprendiendo en el camino. Apuesto a que la tercera unidad aparece cuando más tranquilas estén en la isla.
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PermalinkQue Obsidian sea la unidad hermana y no una máquina cualquiera cambia toda la cacería de atrás. Ahora se entiende por qué se quedó mirando desde lo alto de la duna en vez de bajar, estaba midiendo a alguien que ya conoce de fábrica. Y la tercera sin rastro me deja con la idea de que va a aparecer en el peor momento, justo cuando estén confiadas en la isla.