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Capitulo 22 EL Cauca y un ascenso nuevo

oscarmauricio
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Después de haber cumplido tres años en el Comando General, recibí nuevamente la orden de traslado. Mi nuevo destino sería el Batallón de Infantería No. 56, en Argelia, Cauca . Dejaba atrás una etapa…

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Pensamiento

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TintaYMadrugada

El capítulo termina justo al llegar a Argelia, con el grado nuevo y sin saber todavía lo que viene, y ese no saber me dejó con ganas de seguir. Me gustó que antes de ir allá se detenga a hacer la cuenta de los veinte años: los traslados, las operaciones,

El capítulo termina justo al llegar a Argelia, con el grado nuevo y sin saber todavía lo que viene, y ese no saber me dejó con ganas de seguir. Me gustó que antes de ir allá se detenga a hacer la cuenta de los veinte años: los traslados, las operaciones, todo lo que lo formó. Es la pausa de alguien que se prepara. Mi apuesta es que el 23 arranca sin preámbulo, ya en el terreno, y que después de tres años de escritorio el contraste va a pesar.

Contenido de la publicación

Después de haber cumplido tres años en el Comando General, recibí nuevamente la orden de traslado. Mi nuevo destino sería el Batallón de Infantería No. 56, en Argelia, Cauca. Dejaba atrás una etapa completamente diferente de mi carrera para regresar nuevamente a un escenario más cercano al trabajo operacional.

Antes de presentarme en mi nueva unidad, había llegado el momento de cumplir con los requisitos para mi siguiente ascenso. Realicé un curso de ocho días y, al finalizarlo, ascendí al grado de Sargento Primero.

Para mí, aquel ascenso tenía un significado muy especial. Ya contaba con veinte años de servicio en el Ejército Nacional. Cuando ingresé a la institución, siendo muy joven, me había trazado varios objetivos para mi carrera y, con el paso de los años, aquel que alguna vez parecía lejano finalmente se había cumplido.

Al mirar hacia atrás, recordé todo el camino recorrido: los traslados, las operaciones, los momentos difíciles, los compañeros que habían quedado en el camino y también las experiencias que me habían formado como militar y como persona. Llegar a ese grado representaba el resultado de dos décadas de disciplina, sacrificios y perseverancia.

Para mí, aquel ascenso tenía un significado muy especial. Ya contaba con veinte años de servicio en el Ejército Nacional. Cuando ingresé a la institución, siendo muy joven, me había trazado varios objetivos para mi carrera y, con el paso de los años, aquel que alguna vez parecía lejano finalmente se había cumplido.

Al mirar hacia atrás, recordé todo el camino recorrido: los traslados, las operaciones, los momentos difíciles, los compañeros que habían quedado en el camino y también las experiencias que me habían formado como militar y como persona. Llegar a ese grado representaba el resultado de dos décadas de disciplina, sacrificios y perseverancia.

Pero el ascenso también significaba una mayor responsabilidad. Ya no se trataba solamente de continuar avanzando en mi carrera; ahora debía poner toda la experiencia adquirida al servicio de los soldados y de las misiones que me fueran asignadas.

Mi siguiente destino era Argelia, Cauca, un departamento que en ese momento atravesaba una situación de seguridad compleja y que representaba un nuevo desafío dentro de mi carrera. Después de tres años en el ambiente administrativo del Comando General, regresaba nuevamente a un escenario donde la realidad operacional estaría mucho más presente.

Llegaba entonces a Argelia con un nuevo grado, veinte años de servicio y una larga experiencia acumulada. Cerraba una etapa importante y comenzaba otra, sin saber todavía todo lo que este nuevo destino tenía preparado para mí.

Estaba contento. Después de veinte años de servicio había alcanzado el grado que tanto había esperado: Sargento Primero. No era solamente un ascenso; para mí representaba el resultado de veinte años de esfuerzo, sacrificios y experiencias que habían dejado huella en mi vida. Durante ese tiempo había conocido la alegría de cumplir una misión, pero también había vivido tristezas, momentos difíciles, humillaciones, pérdidas y situaciones que me habían obligado a seguir adelante aun cuando las fuerzas parecían faltar.

El Comandante del Batallón tomó contacto conmigo. Después de veinte años de servicio y con el nuevo grado de Sargento Primero, mi situación dentro de la unidad iba a cambiar. Por mi antigüedad, ya no sería destinado a las mismas funciones operativas que había desempeñado durante tantos años. En el batallón había suboficiales más jóvenes que serían empleados como comandantes de pelotón y, cuando las circunstancias lo exigieran, como comandantes de compañía en ausencia de un oficial.

El comandante me explicó que quería que llegara a trabajar al batallón como jefe de personal. Mi responsabilidad estaría relacionada con la administración del recurso humano de la unidad: trámites del personal, subsidios, matrimonios, situaciones de fallecimiento y, en general, todos los asuntos que se manejaban desde la oficina de personal.

Cuando escuché aquello, entendí que comenzaba una nueva etapa en mi vida militar. El equipo de campaña, las largas jornadas en el terreno, las patrullas y tantas noches durmiendo en condiciones difíciles empezaban a quedar atrás. Ahora tendría que asumir responsabilidades diferentes, desde un escritorio y con una misión que, aunque no implicaba estar en el área de operaciones, seguía siendo importante para el funcionamiento del batallón.

Como el comandante me había confirmado que permanecería en ese cargo y que mi función sería principalmente administrativa, decidí viajar en mi carro particular. Me despedí de mi familia y emprendí el camino hacia Popayán, Cauca.

El batallón tenía su ubicación en Argelia, pero las oficinas y el puesto de mando se encontraban en Popayán. De acuerdo con las instrucciones que había recibido, debía presentarme allí para comenzar esta nueva etapa.

Salí de madrugada. Eran aproximadamente las cinco de la mañana cuando encendí el carro y emprendí el viaje. El recorrido desde Bogotá hasta Popayán era largo, cerca de once horas de carretera, y mi intención era llegar durante la tarde. Quería tener tiempo para ubicarme, conseguir alojamiento y organizar todo lo necesario antes de presentarme oficialmente al día siguiente.

Mientras avanzaba por la carretera, muchas cosas pasaban por mi mente. Habían transcurrido veinte años desde aquel joven que un día salió de Bucaramanga con el deseo de conocer el país y convertirse en militar. Ahora viajaba hacia un nuevo destino con el grado de Sargento Primero, cargando conmigo dos décadas de experiencias, recuerdos, alegrías, tristezas, pérdidas y aprendizajes.

No sabía exactamente qué me esperaba en Popayán, pero tenía claro que comenzaba una etapa diferente. Ya no llegaba como aquel suboficial que debía preparar su equipo para salir al terreno. Llegaba con veinte años de servicio a mis espaldas y con una nueva responsabilidad: administrar y acompañar al personal que hacía parte de la unidad.

El recorrido comenzó por Cundinamarca. Dejé atrás Bogotá y continué por Soacha, Silvania y Fusagasugá. Poco a poco, el movimiento de la ciudad quedó atrás y la carretera comenzó a abrirse ante mí. El viaje transcurrió entre montañas, curvas y pequeños poblados, mientras en mi mente seguían dando vueltas las palabras del comandante y todo lo que significaba aquel nuevo destino.

Continué por el Tolima, pasando por Melgar, El Espinal e Ibagué. Después emprendí el recorrido hacia el Eje Cafetero y posteriormente hacia el Valle del Cauca. La carretera seguía su curso y yo avanzaba con la intención de llegar a Popayán durante la tarde.

A medida que me acercaba al Cauca, el paisaje comenzó a cambiar nuevamente. Las montañas se hicieron más imponentes y la carretera más solitaria. Ya llevaba varias horas conduciendo. El cansancio comenzaba a aparecer, pero la expectativa de llegar y comenzar mi nueva etapa mantenía mi atención puesta en el camino.

Sin embargo, al aproximarme al sector de Caldono, algo empezó a cambiar.

Al principio pensé que se trataba de un trancón normal. A lo lejos se veía una fila de vehículos detenidos. Disminuí la velocidad y me incorporé lentamente a la fila. Pasaron unos minutos y los vehículos prácticamente no avanzaban.

Miré hacia adelante. No se veía un accidente, una obra en la carretera ni ninguna situación que explicara aquella detención.

El ambiente comenzó a sentirse extraño.

Algunos conductores apagaban los motores. Otros descendían de sus vehículos y caminaban hacia adelante intentando averiguar qué estaba pasando. Las personas hablaban entre ellas en voz baja. Nadie parecía tener información clara y, mientras más tiempo permanecíamos allí, mayor era la incertidumbre.

Apagué también el motor y permanecí unos instantes dentro del vehículo.

Entonces comencé a observar con mayor atención.

Había algo en el ambiente que no era normal. Los conductores ya no mostraban la impaciencia habitual de quien está atrapado en un trancón. Se veía preocupación en los rostros. Algunos regresaban rápidamente hacia sus vehículos después de avanzar unos metros para averiguar qué ocurría.

Decidí bajarme.

Caminé entre los carros y pregunté a varias personas si sabían cuál era la razón de la detención. Al principio recibí respuestas confusas. Nadie parecía querer hablar demasiado.

Finalmente, varias personas coincidieron en la misma versión.

—Más adelante hay un retén de la guerrilla.

La frase me produjo un silencio interior.

Pregunté nuevamente para asegurarme de haber entendido bien.

Me dijeron que aproximadamente a un kilómetro de allí había un grupo armado deteniendo los vehículos.

En ese momento sentí que el viaje había cambiado por completo.

Hasta hacía unos minutos yo venía pensando en mi llegada a Popayán, en dónde iba a alojarme y en mi presentación al día siguiente como nuevo jefe de personal. Ahora estaba detenido en una carretera, en una zona donde, según los viajeros, había un grupo guerrillero realizando un retén.

Y había algo más que me preocupaba.

Yo era militar.

Aunque viajaba de civil y en mi vehículo particular, llevaba conmigo una condición que, de ser descubierta, podía ponerme en una situación mucho más delicada que la de cualquier otro viajero.

Regresé lentamente hacia mi carro.

Mientras caminaba, observé nuevamente la fila de vehículos. Nadie avanzaba. Nadie sabía cuánto tiempo permaneceríamos allí ni qué iba a ocurrir.

El ruido de los motores había disminuido. La carretera, que minutos antes me parecía simplemente una vía más de mi recorrido, ahora tenía otro significado.

Me senté nuevamente frente al volante.

Miré hacia adelante.

Aproximadamente un kilómetro me separaba, según lo que decían los viajeros, del lugar donde estaba el retén.

Por primera vez durante aquel viaje pensé seriamente que quizá no iba a poder llegar a Popayán como lo había planeado.

Y mientras permanecía allí, con el motor apagado y las manos sobre el volante, tuve que enfrentar una de esas situaciones que durante tantos años de servicio había aprendido a reconocer: cuando el peligro todavía no se veía, pero ya se podía sentir.

Pasaron aproximadamente veinte minutos desde que me detuve en la carretera. Nadie sabía con certeza qué estaba ocurriendo más adelante. La incertidumbre aumentaba y el ambiente se hacía cada vez más pesado.

De repente, se escucharon los primeros disparos.

Por un instante, todos quedamos paralizados.

Los disparos comenzaron a escucharse con mayor intensidad y, casi de inmediato, se hizo evidente que se estaba presentando un enfrentamiento. Posteriormente supe que el Ejército había sido informado de la situación y había reaccionado ante la presencia del grupo armado.

Los disparos venían de diferentes direcciones. La guerrilla comenzó a moverse por el monte que estaba sobre la carretera, mientras el intercambio de fuego se hacía cada vez más evidente. La gente que permanecía dentro de los vehículos comenzó a salir desesperadamente de sus carros para buscar un lugar donde no quedara expuesta en medio del fuego cruzado.

El miedo se apoderó de todos.

Algunos corrían hacia los costados de la carretera, buscando protegerse detrás de cualquier lugar que pudiera brindarles algo de seguridad. Otros permanecían agachados, esperando que cesaran los disparos. En cuestión de segundos, aquella carretera llena de vehículos y viajeros se había convertido en un escenario de combate.

Yo permanecí atento, procurando mantener la calma.

Después de aproximadamente quince minutos, comenzaron a aparecer soldados del Ejército caminando por la misma vía en la que nos encontrábamos detenidos. Avanzaban revisando la situación y preguntando a los conductores y pasajeros si había personas heridas.

—¿Hay algún herido? —preguntaban mientras recorrían los vehículos.

Yo no me identifiqué.

En ese momento consideré que hacerlo no era conveniente. Faltaban todavía varias horas de camino y aquella zona era peligrosa. Revelar que era militar podía convertir mi situación en un riesgo innecesario. Había aprendido durante mis años de servicio que no todas las circunstancias exigían revelar quién eras.

Esperé en silencio mientras los soldados verificaban uno por uno los vehículos y comprobaban que no hubiera personas heridas.

Finalmente, después de revisar la situación y confirmar que el enfrentamiento había terminado, los vehículos comenzaron a avanzar nuevamente.

Encendí el carro y continué mi camino.

No podía evitar mirar constantemente hacia los lados de la carretera. Iba prevenido, atento a cualquier movimiento extraño. Sabía que todavía me encontraba en el Cauca y que aquel tipo de situaciones, lamentablemente, formaban parte de la realidad de algunas de esas carreteras.

Pero tenía que continuar.

Después de aproximadamente una hora y media más de conducción, finalmente llegué a Popayán a las 6 pm sin que se presentara ningún otro inconveniente.

Sentí un gran alivio.

Ya en la ciudad, cene rápidamente y continué hacia el Cantón Militar José Hilario López, donde se encontraba mi unidad. Allí comenzaría oficialmente una nueva etapa de mi carrera militar.

Había salido de Bogotá pensando en un nuevo cargo, en una nueva responsabilidad y en dejar atrás muchos años de vida operativa. Pero antes de siquiera presentarme en mi nuevo puesto, el camino me había recordado que, después de veinte años de servicio, todavía había situaciones capaces de poner a prueba la calma y la experiencia que había adquirido.

Aquel viaje hacia Popayán terminó convirtiéndose en mucho más que un simple desplazamiento hacia un nuevo destino. Fue mi primer encuentro con una realidad que, aunque conocía por mi experiencia militar, ahora me tocaba vivir desde el otro lado: como un viajero más, atrapado en medio de un enfrentamiento.

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    El capítulo termina justo al llegar a Argelia, con el grado nuevo y sin saber todavía lo que viene, y ese no saber me dejó con ganas de seguir. Me gustó que antes de ir allá se detenga a hacer la cuenta de los veinte años: los traslados, las operaciones, todo lo que lo formó. Es la pausa de alguien que se prepara. Mi apuesta es que el 23 arranca sin preámbulo, ya en el terreno, y que después de tres años de escritorio el contraste va a pesar.

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  • milenaruiz

    Argelia, Cauca, ajá, la del cañón del Micay, allá la cosa siempre ha estado caliente, con razón lo de la situación compleja

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  • juntaLarga

    Tres años de escritorio y llega otra orden de traslado. Nadie la pidió y todos la cumplen, así funciona.

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  • Ovid

    Veinte años guardando la misma meta que se trazó al entrar, siendo muy joven, me hace pensar en lo raro que es que un objetivo no se borre por el camino con tantos traslados de por medio. Apuesto a que en Argelia esa cuenta de los años empieza a pesar distinto. Gracias por seguir contando esta historia aquí!

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  • lautarito_

    Un grado que te pusiste de pibe y lo cumplís veinte años después, capaz lo leí mal pero eso es más paciencia de la que tengo yo para cualquier cosa

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