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Capítulo 38: El eco de una hazaña

DNavarrete
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El sonido de las campanas rompió el silencio de la mañana de una forma que nadie esperaba, pero que todos reconocieron al instante.

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El sonido de las campanas rompió el silencio de la mañana de una forma que nadie esperaba, pero que todos reconocieron al instante.

 

Una vez.

 

Y después otra.

 

Profundas.

 

Pesadas.

 

Fuertes.

 

Vibrantes como un latido gigante del corazón del castillo, el eco descendió desde las torres más altas, atravesó los muros de piedra, se deslizó por los tejados y recorrió cada calle, cada callejón, cada rincón de la ciudad como una ola imparable, llegando a oídos de ricos y pobres, de sanos y enfermos, de quienes habían luchado y de quienes solo habían esperado.

 

Durante unos segundos eternos, todo quedó inmóvil.

 

Los comerciantes detuvieron sus manos en el aire, con la mercancía a medio colocar, los herreros congelaron sus martillos justo a mitad del golpe, el metal levantado y listo para caer, los soldados que patrullaban las murallas y las calles giraron la cabeza al mismo tiempo, todos hacia las alturas del castillo, con la respiración contenida.

 

Las mujeres que barrían frente a sus casas se quedaron quietas, escobas en mano, el polvo suspendido alrededor de ellas, los niños dejaron de correr, dejaron de gritar, se quedaron mirando hacia arriba sin entender del todo, pero sintiendo que algo grande había pasado, hasta los caballos parecieron agitarse menos, levantando las orejas, atentos al sonido grave y potente.

 

Porque todos conocían ese sonido, todos habían sido informados, todos sabían lo que significaba.

 

La orden había sido clara, dada desde el primer día en que Anna cayó:

 

Si Anna despertaba… las campanas sonarían sin cesar.

 

En el despacho principal del castillo, la sala grande y solemne donde se tomaban las decisiones más importantes, Selene estaba de pie junto a Demian. A su alrededor había oficiales del ejército, nobles menores, representantes de los barrios más afectados y personas que trabajaban día y noche en la reconstrucción. Todos estaban inclinados sobre una mesa llena de mapas, listas y documentos, planeando los siguientes pasos.

 

El sonido atravesó las ventanas de golpe, entrando como un rayo de luz.

 

Nadie habló.

 

Nadie se movió.

 

Nadie siguió leyendo.

 

Demian levantó lentamente la cabeza, sus ojos oscuros fijos en el cristal, como si pudiera ver a través de él hasta la torre, Selene abrió apenas los ojos, sintiendo cómo el aire se le escapaba del pecho, y por un momento, ambos parecieron olvidar incluso cómo respirar.

 

Uno de los nobles menores, el mismo que días antes había estado a punto de romper la copa de rabia, dejó caer unos papeles al suelo sin darse cuenta. El susurro de las hojas al caer fue lo único que se escuchó aparte del tañido lejano, otro soldado, uno de los que había estado en las calles ayudando a cargar enfermos, sonrió sin darse cuenta, una sonrisa enorme, brillante y llena de lágrimas.

 

Selene fue la primera en reaccionar, las lágrimas llenaron sus ojos antes incluso de que pudiera decir nada, desbordándose por sus mejillas, recorriendo el cansancio de los últimos días.

 

—Despertó… —murmuró apenas, con una voz tan rota y tan llena de alivio que apenas se entendió—. Despertó.

 

Demian no respondió.

 

No pudo.

 

Porque sentía la garganta cerrada, apretada por una emoción que no podía controlar, porque durante días enteros había intentado mantenerse firme, mantenerse fuerte, ser el pilar de todos, fingir que no estaba aterrado, que todo iba a salir bien, que ella volvería, y aun así, al escuchar esas campanas, sintió que todo el peso, toda la tensión y todo el miedo que había llevado encima comenzaba a romperse en pedazos, dejando paso a una alegría inmensa, dolorosa y liberadora.

 

En la cocina grande del castillo, donde siempre había ruido, vapor y movimiento, todo se detuvo en seco, las sirvientas y cocineras levantaron la vista de golpe, dejando lo que tenían en las manos.

 

Una dejó caer una cuchara de madera que retumbó contra el suelo de piedra, otra se tapó la boca con ambas manos, ahogando un grito, la cocinera jefa, una mujer dura que pocas veces demostraba sentimientos, se llevó el delantal a la cara y comenzó a llorar en silencio.

 

En los pasillos, en las enfermerías, en los almacenes, guardias, médicos, sirvientes y trabajadores comenzaron a mirarse entre ellos.

 

Primero con duda.

 

Después con comprensión.

 

Y poco a poco, las sonrisas aparecieron.

 

Sonrisas cansadas.

 

Sonrisas rotas.

 

Pero sonrisas reales, brillantes, llenas de vida.

 

Porque la mujer que había sostenido a toda la ciudad durante la tragedia, la que había trabajado hasta el límite, la que se había roto para que otros estuvieran bien… seguía ahí.

 

En lo alto de la torre principal, bajo el cielo despejado y azul, Lyra y la pequeña Lira tiraban con todas sus fuerzas de las enormes cuerdas de cáñamo que colgaban de las campanas.

 

Sus manos les dolían, enrojecidas y con pequeñas heridas de tanto jalar , sus ojos les ardían por las lágrimas que no dejaban de correr, sus brazos temblaban por el esfuerzo físico, pero ninguna de las dos quería detenerse. Ni un segundo.

 

Lira, la niña que Anna había sacado de la calle, que había alimentado y cuidado, tenía el rostro completamente mojado. Su pequeña nariz estaba roja y hinchada, y seguía secándose las lágrimas con la manga de su vestido una y otra vez, sin importarle nada más.

 

—¡Despertó! —decía entre sollozos y risas al mismo tiempo, tirando de la cuerda con una fuerza que no parecía posible en su cuerpo—. ¡Lady Anna despertó! ¡Ya está bien!

 

Lyra tampoco podía dejar de llorar. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se perdían en su cuello. Pero aun así seguía sonriendo, más brillante que nunca. Y volvió a tirar de la cuerda con todas sus fuerzas, haciendo que el metal gigante golpeara una vez más.

 

Otra vez.

 

Y otra.

 

Y otra.

 

Anunciándoselo a todos.

 

Anunciándoselo a cada persona que había esperado en silencio, a cada persona que había rezado por ella, a cada persona que había temido perderla y quedarse solos en medio de las ruinas.

 

En la ciudad abajo, el viejo mercader, el mismo que había abierto su puesto antes que nadie el segundo día después de la tormenta, el que había repartido pan cuando faltaba todo, levantó lentamente la cabeza hacia las torres del castillo.

 

Escuchó el sonido grave, potente, llenador.

 

Lo reconoció.

 

Y por un momento se quedó inmóvil, con las manos temblando sobre su mostrador de madera.

 

Después, su rostro se rompió. Se rompió en una sonrisa enorme, desbordada, temblorosa y vieja. Una sonrisa que borró años de su cara.

 

Y levantó ambos brazos al cielo, hacia el castillo, hacia Dios, hacia todo lo que existía.

 

—¡¡DESPERTÓ!! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, con una voz que se quebraba por la emoción, tan fuerte que se escuchó en toda la plaza—. ¡¡LADY ANNA DESPERTÓ!!

 

Ese grito fue suficiente.

 

Fue la chispa cayendo sobre un bosque seco.

 

La ciudad explotó.

 

La gente comenzó a llorar abrazada a las paredes.

 

A reír a carcajadas sin saber por qué.

 

A abrazarse entre desconocidos, estrechándose fuerte, compartiendo ese alivio.

 

Los comerciantes golpeaban las mesas, las puertas, los barriles, haciendo ruido, celebrando, los soldados alzaban las armas al cielo, gritando de alegría, los niños corrían por las calles gritando el nombre de Anna, repitiéndolo como un canto sagrado, las mujeres se cubrían la boca con las manos mientras las lágrimas les caían sin parar, aliviadas de que la pesadilla terminara, algunos ancianos simplemente bajaban la cabeza, cerraban los ojos y daban gracias al cielo, a la vida, a ella.

 

Porque la ciudad había resistido.

 

Porque los muertos podían descansar tranquilos sabiendo que su sacrificio no había sido en vano.

 

Porque la pesadilla, el miedo y la oscuridad por fin parecían terminar.

 

Y porque la mujer que había cargado sobre sus hombros el peso de todos, que había sido la fuerza de los débiles y la voz de los que sufrían… por fin había abierto los ojos.

 

Selene se había encargado personalmente de acomodarle las almohadas detrás de la espalda, apilándolas con cuidado para que estuviera cómoda, y volvió a cubrirla hasta el pecho con las mantas más suaves que habían encontrado, ignorando por completo las débiles protestas de Anna cada vez que intentaba incorporarse demasiado rápido o quitarse algo de encima.

 

—No me estoy muriendo —murmuró Anna, con la voz arrastrada por el cansancio, entreabriendo los ojos con esfuerzo.

 

—No te atrevas a volver a usar esas palabras en mi presencia —respondió Selene de inmediato, con una mezcla de orden y ternura, mientras estiraba la tela de la manta sobre sus piernas para que no entrara ni una pizca de frío.

 

Anna soltó una pequeña sonrisa cansada, casi infantil.

 

Todavía le costaba mantener los ojos abiertos demasiado tiempo, todavía sentía el cuerpo pesado, como si cada miembro estuviera lleno de plomo, y le dolían los huesos por el esfuerzo de simplemente estar despierta, pero al menos podía respirar tranquila. Al menos sabía que estaba ahí, y que todos los que quería también lo estaban.

 

Después de unos segundos de silencio, en los que solo se escuchó su respiración suave, levantó un poco la vista hacia los rostros que la rodeaban: Selene, Demian, Eliana, Garoum, Daeron… todos allí, todos esperando.

 

—¿Cómo está la ciudad…? —preguntó en un susurro.

 

Esa simple pregunta hizo que varios en la habitación se quedaran quietos un momento, sorprendidos, aunque en el fondo nadie esperaba otra cosa.

 

Eliana fue la primera en reaccionar. Y no tardó en poner una cara de falsa indignación, arqueando las cejas y apretando los labios como si estuviera muy ofendida.

 

—Mírala —dijo mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y movía la cabeza de un lado a otro—. Lleva menos de una hora despierta, apenas puede mantener los ojos abiertos, ya le estamos dando de comer como a un bebé… ¡y ya está preguntando por la ciudad! Ni un minuto de descanso para sí misma.

 

Anna giró apenas la cabeza hacia ella, con esa sonrisita cansada que no se le borraba.

 

—¿Y qué quieres que pregunte? —murmuró con la voz todavía débil y rasposa—. ¿Si Garoum lloró mucho cuando me vio?

 

Garoum, que estaba de pie cerca de la puerta con esa postura rígida y seria que siempre usaba, casi se atragantó con el aire que estaba respirando. Se puso rojo de golpe, desde el cuello hasta las orejas.

 

—¡¿Qué?! —bramó, dando un paso adelante, totalmente sorprendido y avergonzado—. ¡Yo no… yo no lloré! ¡Eso es mentira!

 

Eliana abrió los ojos de golpe, fingiendo inocencia, y luego soltó una carcajada clara y sonora que llenó la habitación. Incluso Selene terminó riéndose un poco, tapándose la boca con la mano para que no se notara tanto.

 

Y Garoum apartó la mirada, refunfuñando por lo bajo y murmurando cosas sobre "mocosas" y "mentiras", mientras Daeron, apoyado en un rincón, intentaba con todas sus fuerzas esconder una sonrisa que ya se le escapaba por las comisuras.

 

Anna cerró apenas los ojos un momento, disfrutando de ese ruido, de esa vida.

 

Era poco, sí.

 

Era solo una broma, unas risas y regaños.

 

Pero por primera vez en mucho tiempo, la habitación sonaba viva.

 

Eliana volvió a mirarla, y poco a poco su expresión de alegría se suavizó hasta volverse tierna y seria. Suspiró, se acercó un poco más a la cama y habló con voz mucho más suave, casi un susurro.

 

—La ciudad está bien, Anna. Te lo prometo. La reconstrucción comenzó hace días, en cuanto pasó lo peor. La gente volvió a abrir sus negocios, las calles tienen vida otra vez, la gente camina, habla, compra, vende… y la ayuda del imperio llegó justo a tiempo para aliviar todo lo que nos faltaba. Tenemos comida, materiales, médicos… todo.

 

Anna la escuchó en silencio, bebiendo cada palabra, relajándose poco a poco al saber que todo estaba en orden.

 

Eliana continuó, queriendo que estuviera tranquila del todo.

 

—La limpieza sigue avanzando, sí, pero ya casi está lista. Las casas que se contaminaron fueron revisadas una por una, desinfectadas y cerradas o reparadas. Toda esa harina mala que trajeron la quemamos en una hoguera grande en las afueras, no queda ni un gramo. Los médicos siguen trabajando, curando a los que todavía necesitan ayuda, pero ya no hay peligro. La enfermedad se fue.

 

Demian dio un paso hacia adelante, con las manos juntas detrás de la espalda, con esa calma firme que siempre lo caracterizaba.

 

—Los soldados mantienen el orden en cada esquina, no ha habido ni un solo problema ni un robo ni una pelea. Los nobles menores que decidieron quedarse y ayudarnos siguen aquí, trabajando codo a codo con la gente. Y el Emperador… envió suficientes recursos, oro y provisiones para sostener a toda la ciudad durante meses mientras termina de levantarse y recuperarse del todo. No nos faltará nada.

 

Daeron asintió apenas desde un lado, confirmando todo lo dicho.

 

—Los campos ya comenzaron a trabajar otra vez. Los campesinos volvieron a la tierra, arreglaron los surcos perdidos y ya están sembrando de nuevo. Las rutas comerciales están seguras y vigiladas, y las aldeas cercanas también mandaron ayuda, alimentos y gente para colaborar. Todos están trabajando juntos.

 

Anna escuchó todo eso con mucha atención, grabándose cada detalle en la mente, y lentamente, muy lentamente, soltó un pequeño suspiro, uno que salió desde muy dentro de ella.

 

Uno de alivio verdadero.

 

Uno cansado, sí, pero al fin libre de la carga que había llevado.

 

—No pensé… que se levantarían tan rápido… —susurró.

 

Bajó un poco la mirada hacia las mantas, sintiéndose pequeña y agradecida.

 

—Ustedes hicieron un buen trabajo. —Miró a Selene y a Demian con ojos brillantes—. Organizaron todo bien. Se encargaron de todo. Gracias.

 

Hubo un pequeño silencio en la habitación.

 

Un silencio extraño.

 

Cargado de significado.

 

Porque todos ahí entendieron algo al mismo tiempo, con una claridad dolorosa y hermosa: Anna de verdad no se daba cuenta.

 

No se daba cuenta de que la ciudad se había levantado tan rápido, con tanta fuerza y tanta unidad… por ella.

 

No se daba cuenta de que la gente seguía trabajando de sol a sol, sin descansar, sin quejarse, poniendo todo de sí… porque querían que al despertar, ella viera algo por lo que valiera la pena volver.

 

No se daba cuenta de que medio reino estaba conteniendo la respiración, que mensajeros salían y entraban a cada rato, que todos querían saber su estado… esperando verla abrir los ojos.

 

Garoum soltó un pequeño suspiro pesado, mirando al techo, incapaz de decirle la verdad, Daeron desvió la mirada hacia la ventana, con una sonrisa triste, Eliana apretó los labios con fuerza para no soltar una carcajada mezclada con llanto. Incluso Selene tuvo que cubrirse un poco la boca con la mano para no dejar ver cuánto le dolía esa inocencia suya.

 

Anna frunció apenas el ceño, confundida por esas reacciones.

 

—¿Qué…? ¿Qué pasa ahora? —preguntó, mirando de uno a otro.

 

Nadie respondió de inmediato.

 

Porque ninguno quería decírselo tal cual era, porque sabían que si Anna descubría el tamaño real de todo lo que había provocado, de todo lo que significaba para ellos, de todo el amor y la gratitud que sentían…O se pondría muy triste de sentirse tan importante, o… su ego sería insoportable durante semanas.

 

Eliana fue la primera en hablar, acercándosele y acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja con infinita ternura.

 

—Nada —dijo, intentando sonar seria y despreocupada—. No pasa nada. Solo que deberías seguir descansando y dejar de pensar tanto. Ya nos encargamos nosotros de todo, ¿recuerdas? Tú solo tienes que dormir y comer.

 

Anna siguió mirándolos con desconfianza, todavía confundida, porque claramente algo estaba pasando, algo grande que la rodeaba, y no entendía por qué todos parecían tan extraños de repente, como si compartieran un secreto que ella no podía ver.

 

La ciudad había esperado cinco días.

 

Cinco días enteros viviendo al límite, entre la esperanza y el miedo.

 

Cinco días donde nadie se permitía celebrar demasiado, donde ninguna comida era alegre, donde ninguna risa sonaba completa.

 

Cinco días donde incluso los momentos de paz se sentían incompletos porque todavía había una persona dormida dentro del castillo, luchando entre la vida y la muerte.

 

Pero ahora era diferente, ahora las campanas habían sonado, ahora Anna había despertado. Y la ciudad, por primera vez desde que comenzó la tragedia, se permitió respirar de verdad.

 

Las calles estaban llenas de gente, más que nunca, las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando entrar el sol y el aire fresco, los puestos del mercado trabajaban más rápido que nunca, con los vendedores gritando con más fuerza, con los compradores regateando con más ganas.

 

Había gente caminando de un lado a otro cargando cajas, reparando fachadas, levantando toldos rotos y arreglando techos dañados por la tormenta y la enfermedad, pero ahora lo hacían diferente. Lo hacían con una sonrisa, con conversaciones animadas, con vida real fluyendo entre ellos.

 

Todavía existía el dolor, claro, todavía había casas donde faltaban personas, mesas con sillas vacías, niños que preguntaban por sus padres y ancianos que lloraban en silencio, todavía había miradas que se desviaban un momento hacia las zonas donde antes estuvieron las carpas de enfermos, hacia los cementerios nuevos que se hicieron a las afueras, todavía había familias enteras que seguían de luto, con el corazón roto por lo que habían perdido.

 

Pero incluso ellos, incluso los que más habían sufrido, podían sentirlo.

 

Lo sentían en el aire, en el sol, en el sonido de las campanas que todavía resonaba lejano.

 

La ciudad había sobrevivido. Y ella había sobrevivido con ellos.

 

Y en medio de todo ese movimiento, de toda esa reconstrucción y esa alegría, algo más grande estaba ocurriendo: el nombre de Anna comenzaba a cambiar.

 

Porque todos recordaban.

 

Todos recordaban a la noble cruel y distante.

 

A la muchacha arrogante que alguna vez había despreciado a los demás, que pasaba entre ellos sin mirar, sin ver, sin importarle nada más que ella misma.

 

A la heredera que gobernó desde el miedo, que impuso leyes duras y que se escondía tras muros altos y fríos.

 

Ese recuerdo todavía existía.

 

Todavía dolía a algunos.

 

Todavía había quienes no podían olvidar lo que había sido, lo que había hecho, lo que había permitido que pasara.

 

Pero ahora… ese recuerdo ya no era el único. Ya no era el más fuerte.

 

Porque poco a poco, día tras día, noche tras noche, ese viejo recuerdo comenzaba a ser cubierto, borrado y sustituido por otro.

 

Por la imagen de una joven con el cabello desordenado, el vestido sucio y las manos llenas de sangre seca y heridas, por la muchacha que caminó entre cadáveres sin arrugar la nariz, por la noble que se sentaba en el suelo para sostener niños enfermos en brazos y cantarles para que no tuvieran miedo, por la mujer que se negó a dormir, que lloró en silencio por cada muerto, que dio su propia comida, su propia ropa y su propia salud para salvarlos.

 

Y era esa imagen nueva, esa imagen de entrega absoluta y bondad inmensa, la que comenzaba a quedarse grabada a fuego en el corazón de todos.

 

La que ya nadie podría borrar.

 

En las tabernas de la ciudad, las jarras de madera y metal chocaban unas contra otras con un estruendo alegre y constante. El vino corría libremente, compartido entre extraños que ahora parecían viejos amigos, los hombres reían a carcajadas, contándose anécdotas de los días difíciles, exagerando un poco sus propias hazañas solo para volver a hablar de ella. Las mujeres cantaban canciones antiguas, pero con letras nuevas que iban inventando sobre la marcha, historias de valentía y entrega.

 

Y más de uno, al levantar su copa para beber, decía en voz alta, para que todos escucharan:

 

—¡Por la joven señora! ¡Por Anna! Que fue más valiente, más fuerte y más noble que todos los títulos y todas las riquezas del mundo juntos.

 

En el gran edificio del gremio de aventureros, mercenarios y exploradores, el ambiente también había cambiado por completo. Antes, las mesas estaban llenas de silencio, de miradas preocupadas y de misiones canceladas. Nadie quería salir, nadie quería entrar, todos esperaban a ver cómo terminaba la tragedia. Pero ahora, el movimiento había vuelto con fuerza.

 

Los carteles con las órdenes de trabajo volvían a ser repartidos.

 

Los mapas se desplegaban sobre las mesas manchadas de tinta y vino.

 

Las espadas se afilaban en los rincones, las armaduras se pulían y los caballos se preparaban.

 

Y entre bromas y carcajadas, más de uno discutía en voz alta quién había sido el más inútil, el que más se había escondido o el que más había temblado de miedo durante los días de cuarentena.

 

—¡Tú no saliste ni a buscar agua! —le gritaba uno a otro.

 

—¡Y tú te desmayaste solo de ver a un enfermo! —respondía el otro entre risas. Era una forma de sanar, de convertir el miedo pasado en algo de lo que podían reírse ahora que estaban a salvo.

 

Los soldados que vigilaban las puertas y las esquinas también parecían hombres diferentes, seguían estando firmes, seguían vigilando con atención, seguían patrullando cada rincón como debían hacerlo. Pero ahora había sonrisas relajadas entre ellos, uno golpeaba el hombro de otro con fuerza, en señal de compañerismo, otro soltaba alguna broma baja sobre quién había llorado más fuerte al escuchar las campanas de la torre anunciando que ella había despertado.

 

Y aunque intentaban recuperar su expresión seria y severa cuando algún ciudadano pasaba cerca, todos tenían el mismo brillo en los ojos, un brillo de orgullo profundo. Porque ellos habían estado ahí, habían defendido la ciudad muro a muro, habían visto con sus propios ojos a Anna caminar entre el barro y la muerte, trabajar hasta caer de cansancio y levantarse de nuevo. Y sabían que, pasara lo que pasara en el futuro, nunca olvidarían eso.

 

En las calles empedradas, los músicos que habían desaparecido durante la enfermedad volvieron a aparecer de repente, saliendo de sus casas y rincones. Los viejos instrumentos, guardados por miedo a que se rompieran o por falta de ánimo, sonaban otra vez con fuerza, flautas dulces que imitaban el viento, laúdes con cuerdas que vibraban de alegría, tambores que marcaban el ritmo del corazón de la ciudad.

 

Y poco a poco, mientras tocaban, comenzaron a cantar.

 

No eran canciones de guerra, de reyes o de conquistas.

 

No eran canciones tristes de luto o despedidas.

 

Eran canciones nuevas.

 

Sencillas.

 

Llenas de sentimiento.

 

Canciones sobre la esperanza que no se rindió, sobre una muchacha que cayó muy bajo, que perdió todo, y que sin embargo encontró la fuerza para volver a levantarse y sostener a los demás, sobre una noble que dejó de mirar a la gente desde arriba, desde su caballo o sus ventanas altas, para caminar a su lado, tocar sus manos sucias, cargar sus dolores y vivir sus mismas penas.

 

Y mientras la música llenaba cada callejón, cada plaza y cada rincón de la ciudad, la gente sonreía al escucharla. Porque después de tanta oscuridad, de tanta muerte y tanto miedo…Por fin sentían que el sol volvía a salir de verdad.

 

La noticia viajó más rápido que cualquier caravana de mercaderes, más rápido que cualquier carta enviada por mensajero real, más rápido incluso que los rumores de guerra que solían correr por los caminos.

 

Porque la historia era única e increíble: una ciudad entera había sobrevivido a una enfermedad mortal que amenazó con borrarla del mapa. Y quien la había salvado no fue un gran ejército llegado desde lejos, no fue un héroe veterano cubierto de medallas, no fue un sabio anciano que trajo la cura en un frasco.

 

Fue una muchacha.

 

Una noble que había caído en desgracia.

 

Una exiliada de su propia familia y su propio nombre.

 

Anna D’Valrienne.

 

En los caminos de tierra y piedra, los viajeros que pasaban de un reino a otro repetían su nombre como una oración. En las tabernas de pueblos lejanos, los mercaderes se sentaban horas enteras discutiendo los detalles de la historia entre jarras de cerveza. En los puertos, los marineros hablaban de ella mientras descargaban mercancías, jurando que pronto su nombre sería conocido en todo el mundo, y en las plazas de todas partes, los músicos errantes comenzaban a transformar su vida en canciones que todos querían aprender.

 

En una ciudad costera del sur, famosa por sus puertos y su comercio, un viejo comerciante golpeaba con fuerza su mano sobre una mesa de madera mientras hablaba con varios clientes que lo escuchaban boquiabiertos.

 

—¡Os lo juro! ¡La vi con mis propios ojos! —decía, con el rostro rojo por el vino y la emoción—. Caminaba entre los enfermos y los moribundos como si no le importara morir en cuanto. Tenía las manos y el vestido manchados de sangre y de suciedad, y aun así seguía cargando niños en brazos, dándoles agua, hablándoles para que no tuvieran miedo.

 

—Eso es imposible —dijo otro hombre, sentado al otro lado de la sala, moviendo la cabeza con incredulidad—. Una noble… una dama de su posición… no hace eso. Huyen. Se encierran. Dejan que otros mueran por ellos.

 

—¡Pues esta no! ¡Esa muchacha no durmió ni una noche entera durante días y días! —insistió el viejo—. Mi sobrino estaba ahí, ayudando en la limpieza. Dice que la vio desplomarse al suelo del cansancio, casi sin fuerzas… y aun así, en cuanto recuperaba el aliento, volvía a levantarse. Decía que mientras ella estuviera de pie, nadie se rendiría.

 

En otra mesa, una mujer que había perdido a su esposo y a su hijo por una enfermedad similar años atrás, bajó lentamente la mirada hacia su copa, con los ojos llenos de lágrimas que no caían.

 

—Ojalá alguien hubiera hecho eso por nuestra ciudad… —susurró con dolor—. Ojalá alguien hubiera tenido ese valor.

 

En una villa minera al oeste, donde la gente vivía del trabajo duro y solía desconfiar de los ricos, varios obreros descansaban alrededor de una fogata improvisada al aire libre, después de una larga jornada bajo tierra.

 

Uno de ellos soltó una risa escéptica mientras bebía tragos cortos de una botella común.

 

—¿Una noble ayudando a plebeyos? ¿Cuidando enfermos? Hace unos meses, hace unos años incluso, me habría burlado y escupido al suelo si alguien me hubiera dicho eso. Los de su casta solo saben mirarnos por encima del hombro.

 

—Pues esta vez pasó —respondió otro, más serio, rascándose la barba llena de polvo de piedra—. Dicen que no solo ayudó. Dicen que incluso lloró. Que se le vieron lágrimas por los muertos. Que sufrió con ellos.

 

El grupo quedó en silencio un momento, mirando las llamas que bailaban en la noche, porque para muchos de ellos, gente acostumbrada a ser ignorada y despreciada por los poderosos, eso era lo más difícil de creer, no que una noble hubiera trabajado, no que hubiera dado comida o dinero. Sino que hubiera sufrido junto a ellos. Que hubiera sentido su dolor como propio.

 

En las aldeas más alejadas, donde las noticias tardaban semanas en llegar y la imaginación corría más rápido que la verdad, la historia se deformaba un poco más con cada repetición, volviéndose más grande, más mágica, más heroica.

 

Algunos decían que Anna había encontrado la cura ella sola, mezclando hierbas secretas que nadie más conocía. Otros aseguraban que caminó entre cientos de cadáveres apilados sin mostrar ni un segundo de miedo ni asco, más de uno juraba con la mano en el pecho que había sostenido a cada enfermo grave de la ciudad con sus propias manos, uno por uno. Y otros, con la emoción creciendo cada vez más en sus palabras, comenzaban a decir que había luchado contra la enfermedad como si hubiera sido un monstruo oscuro e invisible al que había derrotado a fuerza de voluntad y corazón.

 

Los músicos errantes, esos que viajaban de pueblo en pueblo llevando historias y canciones, aprovecharon aquello de inmediato. En plazas, caminos y tabernas de todo el reino comenzaron a aparecer canciones nuevas, escritas con sentimiento y destinadas a ser cantadas por todos.

 

Canciones sobre “la dama de las cenizas”, sobre “la noble que no huyó”, sobre “la joven que cargó la muerte sobre sus hombros para que otros pudieran vivir”.

 

En una plaza pequeña al norte, bajo la luz de las estrellas, un hombre con un laúd viejo y desgastado cantaba frente a una pequeña multitud que se había reunido para escuchar. Su voz era clara y profunda, y las palabras salían de su boca como verdades grabadas en piedra:

 

 

    «Mientras los nobles cerraban sus puertas con llave y rejas, ella abrió las manos y dio cuanto tenía. Mientras otros miraban al cielo pidiendo ayuda, ella se agachó y sostuvo a los que caían. Y cuando el mundo le pidió que huyera y se salvara, ella, en silencio y firme, respondió quedándose.»

 

La gente escuchaba en silencio absoluto, con el aliento contenido, algunos sonreían con orgullo ajeno, otros se emocionaban recordando sus propios dolores y la suerte de la ciudad que ahora celebraba. Y más de uno terminaba secándose los ojos con la manga, conmovido por la historia de esa muchacha que, sin quererlo, se había convertido en leyenda.

 

Pero no todos reaccionaban con el mismo entusiasmo ni con la misma alegría.

 

En las grandes mansiones, en las casas de los nobles ricos y poderosos, en los salones donde siempre se hablaba de honor y deber, el nombre de Anna comenzaba a convertirse en una molestia insoportable.

 

Porque cada vez que alguien pronunciaba en voz alta “Anna D’Valrienne”, con respeto o admiración, también estaba recordando sin querer quiénes habían huido. Quiénes habían cerrado sus puertas con llave y rejas. Quiénes habían cargado sus carromatos con lo mejor que tenían y habían abandonado la ciudad a su suerte en cuanto el peligro apareció. Quiénes se habían escondido en propiedades lejanas, seguros y cómodos, mientras la gente común moría en las calles.

 

Y eso… eso era algo que ninguno de ellos quería escuchar.

 

En una residencia noble del oeste, alejada de todo problema, un hombre de mediana edad, rico y orgulloso, golpeó una copa de cristal contra el suelo con tanta rabia que se hizo añicos.

 

—¡Estoy harto! —rugió, caminando de un lado a otro de la sala—. ¡Estoy harto de escuchar ese nombre en todas partes! ¡Parece que esa muchacha fuera la única noble, la única valiente y la única persona decente de todo el continente! ¡Es ridículo!

 

Su esposa, sentada junto a la ventana y observando el jardín impecable que tenían, habló con voz tranquila, aunque cargada de una verdad que dolía decir.

 

—No es la única, mi señor —respondió sin volverse—. Solo es la única que se quedó.

 

El noble se quedó callado de golpe.

 

Se le cortó la rabia, se le atascó la respuesta en la garganta.

 

Porque no tenía cómo contradecirla.

 

Porque sabía que era verdad.

 

En otra mansión, esta vez en el centro de una ciudad segura, una familia entera cenaba en silencio, con platos finos y comida abundante, mientras el hijo menor, el joven heredero, hablaba con los ojos brillantes de emoción.

 

—Tengo que ir —decía, jugando con el tenedor—. Quiero conocerla.

 

Su padre, un hombre influyente y severo, levantó la vista del plato de inmediato, frunciendo el ceño.

 

—¿Qué has dicho?

 

—A Anna D’Valrienne —repitió el muchacho, con la valentía de la juventud—. Quiero verla con mis propios ojos. Quiero saber cómo es. Si realmente cambió tanto, como cuentan… quiero entender cómo alguien puede cambiar así de la noche a la mañana. Cómo alguien que era tan odiado termina siendo lo que ella es ahora.

 

Su madre bajó lentamente la copa de vino hasta apoyarla en la mesa.

 

Miró a su hijo con una mezcla de lástima y advertencia.

 

—Ten cuidado, hijo. Porque muy pocas personas cambian de verdad. Y las historias, cuanto más viajan, más se exageran. Quizás no sea tan maravillosa como dicen.

 

En las academias menores, donde los hijos de la nobleza estudiaban historia, leyes y cómo gobernar, los alumnos también hablaban de ella entre clase y clase.

 

Algunos no la creían en absoluto, se reían y decían que eran solo cuentos para niños, otros pensaban que era imposible que una persona cambiara tanto, y que seguramente había algún truco, algún interés oculto detrás de todo lo que había hecho, y muchos… sobre todo los más jóvenes, los que todavía tenían la mente abierta y el corazón intacto… comenzaban a verla como algo mucho más grande que una simple mujer o una simple noble.

 

Como una figura, como un símbolo vivo, como alguien que había demostrado con hechos que incluso la persona más odiada, la más despreciada, la que todo el mundo daba por perdida… podía levantarse, cambiar y convertirse en algo grandioso.

 

Y mientras el nombre de Anna seguía extendiéndose por caminos, castillos, puertos y ciudades, cruzando fronteras y llegando a oídos de reyes y campesinos…Poco a poco, ella misma comenzaba a dejar de ser solo una mujer. Y empezaba a convertirse en una historia que nadie podría borrar.

 

En el gran Palacio Imperial, el ambiente había sido pesado, tenso y oscuro durante semanas enteras.

 

Las noticias que llegaban desde el territorio D’Valrienne siempre eran iguales, siempre terribles:

 

Muertos por doquier.

 

Falta de suministros y comida.

 

Nobles que abandonaban sus tierras.

 

Caravanas de ayuda interceptadas y robadas.

 

Más enfermos cada día.

 

Más humo saliendo de las ciudades.

 

Más desesperación.

 

Por eso, cuando un águila mensajera de la realeza descendió finalmente sobre el balcón principal del salón de guerra, todos los presentes levantaron la vista al mismo tiempo.

 

Era un ave grande, de plumas oscuras y fuertes, que solo se usaba para mensajes urgentes y muy importantes.

 

Uno de los guardias se acercó con cuidado, tomó el pequeño tubo de cuero atado a su pata y se apresuró a entregarlo al Emperador.

 

En la sala estaban presentes Aurelian Valtheris I, el gobernante de todo el imperio; la Emperatriz Seleneia Vhaloren; y la heredera al trono, la princesa Lyssandra Valtheris, una joven de mirada aguda y porte elegante.

 

También estaban allí varios ministros, consejeros y generales, todos con rostros serios y preocupados. Entre ellos, el hombre más cercano y de mayor confianza del Emperador, Malken Arvannis, un hombre de edad madura, cabello gris y mente brillante.

 

El salón quedó en silencio absoluto mientras Aurelian rompía el sello de lacre rojo que cerraba la carta. El sonido de la cera al partirse se escuchó claramente en el aire quieto.

 

Sus ojos recorrieron rápidamente las líneas escritas con tinta negra.

 

Una vez.

 

Y después otra, para asegurarse de que no se equivocaba al leer.

 

La rigidez de su rostro, esa máscara de piedra que siempre usaba para gobernar, comenzó a desaparecer poco a poco, las líneas de preocupación en su frente se suavizaron, la tensión de sus hombros se aflojó.

 

Hasta que finalmente soltó el aire lentamente por la boca. Un aire largo, profundo, que parecía haber estado reteniendo dentro de él durante demasiado tiempo.

 

—La ciudad sigue en pie —dijo finalmente.

 

Nadie habló.

 

Nadie se movió.

 

Todos esperaban.

 

Porque necesitaban escucharlo completo.

 

Aurelian levantó lentamente la vista hacia su gente. Y por primera vez en semanas, había una pequeña sonrisa, genuina y cansada, en su rostro.

 

—La pandemia fue detenida por completo. La cura fue preparada y distribuida a todos los rincones. Las muertes han cesado. La gente está a salvo.

 

Un murmullo de alivio recorrió toda la sala, como una brisa fresca, más de un consejero bajó la cabeza, danto gracias en silencio, un general cerró los ojos unos segundos, liberando el peso que sentía en el pecho, incluso varios sirvientes que permanecían en los bordes de la habitación, inmóviles e invisibles, parecieron relajarse y respirar más tranquilos.

 

La Emperatriz Seleneia apoyó lentamente una mano sobre su propio pecho, sintiendo cómo el corazón le latía con menos fuerza.

 

—Entonces… lo lograron —susurró, casi sin creérselo.

 

Aurelian asintió con firmeza.

 

—Lo lograron.

 

Lyssandra, que había permanecido callada y atenta todo ese tiempo, dio un paso adelante, rompiendo la distancia protocolaria. Sus ojos oscuros estaban fijos en la carta que su padre todavía sostenía.

 

—¿Y Anna? —preguntó con voz clara, sin rodeos—. ¿Qué pasó con ella?

 

El Emperador volvió a mirar el texto, buscando la parte final.

 

—Sigue viva.

 

Esa respuesta bastó para que la tensión restante terminara de romperse en pedazos, la Emperatriz cerró los ojos un momento, aliviada. Lyssandra dejó escapar el aire lentamente, con una sonrisa apenas esbozada.

 

Porque todos ahí sabían que la ciudad podía haber sobrevivido de todos modos, con ayuda exterior, con tiempo, con suerte…Pero también sabían que, sin Anna, aquella victoria habría tenido otro sabor. Habría sido una victoria de soldados y médicos, pero lo que habían logrado, lo que la gente sentía y contaba… eso solo había sido posible gracias a ella.

 

Malken Arvannis se acercó un poco más a la mesa principal, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.

 

—Majestad… si esta noticia ya llegó hasta nosotros, entonces seguramente el resto del continente también lo sabe desde hace días.

 

Aurelian levantó apenas la mirada, observando las hojas que cubrían su mesa.

 

—Ya lo saben, Malken. Ya lo saben todos.

 

Sobre la mesa había otras cartas, informes y notas apiladas unas sobre otras, informes de comerciantes que pasaban por los puertos, mensajes de nobles de reinos vecinos. Rumores recopilados por los espías imperiales en cada rincón del mapa.

 

Todos decían lo mismo.

 

El nombre de Anna D’Valrienne comenzaba a extenderse como fuego sobre hierba seca.

 

—La llaman la dama de las cenizas —murmuró uno de los ministros mientras leía uno de los informes con los datos más recientes.

 

—En las ciudades del norte hablan de ella como si fuera una santa o una leyenda antigua —añadió otro con cierta incredulidad, moviendo la cabeza.

 

Un noble mayor, de los más conservadores y estrictos, frunció el ceño con desagrado.

 

—La gente exagera demasiado rápido. En cuanto ocurre algo fuera de lo común, ya le ponen nombres y mitos. No es para tanto.

 

Pero fue Lyssandra quien respondió, con una calma que impuso silencio.

 

—Tal vez exageren los detalles —admitió la princesa, levantando uno de los informes entre sus dedos—. Pero incluso exagerada, incluso con adornos y fantasías… la historia sigue siendo impresionante.

 

Recorrió con la mirada a todos los presentes.

 

—Una noble que fue desterrada, que era odiada por todos, que tenía el nombre más manchado del reino… y que aun así decidió quedarse y arriesgarlo todo mientras otros, con nombres limpios y títulos grandes, huían y se escondían… eso no es algo que la gente olvide fácilmente. Ni ahora, ni nunca.

 

La Emperatriz observó la carta original en silencio, con la mirada perdida en el recuerdo.

 

—Es extraño —dijo bajito.

 

Todos la miraron. Seleneia bajó un poco la mirada, como si estuviera viendo el pasado.

 

—Recuerdo a esa niña cuando venía al palacio junto a sus padres, hace ya tantos años. Siempre estaba seria, muy callada. Siempre parecía observarlo todo desde lejos, como si nadie fuera lo bastante bueno para hablar con ella. Como si estuviera sola aunque estuviera rodeada de gente.

 

Aurelian asintió lentamente, siguiendo el mismo hilo de pensamiento.

 

—Yo recuerdo algo más —dijo con voz grave.

 

La sala quedó en silencio, porque el Emperador rara vez hablaba de cosas personales, de recuerdos privados.

 

—Una vez la vi, antes de que se convirtiera en lo que todos conocimos después. Antes de que la amargura y el orgullo la cambiaran.

 

Sus ojos se perdieron un momento en algún recuerdo lejano, suave y claro.

 

—Era pequeña. Tendría unos ocho años, quizás nueve. Hubo un gran banquete aquí, en el palacio. Había muchos niños nobles, hijos de duques y condes. Todos debían aprender a bailar, a hablar, a comportarse… pero Anna no estaba entre ellos.

 

Hizo una pequeña pausa, y por un momento pareció casi divertido.

 

—La encontré escondida debajo de una mesa grande, entre las cortinas y las patas de madera, porque no quería salir a practicar baile con los otros niños.

 

Lyssandra abrió apenas los ojos, sorprendida. Y hasta la Emperatriz sonrió un poco, imaginándose la escena.

 

—¿Anna hizo eso? —preguntó ella, incrédula.

 

Aurelian soltó una pequeña risa cansada, melancólica.

 

—Se negaba a salir. Me dijo, muy seria y muy segura de sí misma, que no quería estar con gente falsa que solo sonreía para conseguir cosas. Que prefería estar sola que mal acompañada.

 

La pequeña sonrisa desapareció poco a poco de su rostro, dejando paso a la seriedad.

 

—Después crecí viendo otra versión de ella. La arrogante. La cruel. La que despreciaba a todos. La que terminó expulsada de la Academia Imperial por su mal comportamiento y su orgullo desmedido.

 

La sala volvió a quedarse en silencio, porque todos recordaban a esa Anna.

 

La muchacha orgullosa que nadie podía soportar, la noble que despreciaba a todos por debajo de ella. La heredera que fue sacada del poder por su propia familia porque la estaban destruyendo a sí misma y a todo lo que tocaba.

 

Lyssandra apretó un poco los dedos alrededor del informe que tenía en la mano.

 

—Y ahora… esa misma persona salvó una ciudad entera.

 

Aurelian asintió lentamente.

 

—Sí. Esa misma.

 

Malken dio un paso adelante, volviendo a traerlos al presente y a la realidad política.

 

—Majestad… eso nos lleva al segundo problema. El que realmente importa ahora.

 

Todos lo miraron.

 

El consejero sostuvo otra de las cartas, esta vez enviada directamente por Demian, el administrador de Anna.

 

—Su nombre ya no puede ser ignorado. Ya no es un asunto local.

 

El Emperador permaneció en silencio, mirando un punto fijo en la mesa. Porque sabía exactamente a qué se refería Malken.

 

Anna ya no era solo una noble caída, una desterrada o un apellido manchado, ahora era una figura política, un símbolo poderoso que inspiraba a la gente. Y eso significaba que tarde o temprano, habría que decidir qué hacer con ella.

 

Uno de los ministros fue el primero en hablar, rompiendo el silencio con preocupación.

 

—Con todo respeto, Majestad… ¿de verdad se considerará permitirle volver a la Academia Imperial?

 

Otro noble, de los más estrictos, frunció el ceño con fuerza.

 

—La Academia la expulsó públicamente hace años. Los registros oficiales siguen marcándola como una vergüenza para la nobleza y un ejemplo de lo que no debe ser. No podemos cambiar las reglas solo porque ahora nos conviene.

 

Lyssandra levantó la vista de inmediato, con una dureza que pocos esperaban de ella.

 

—Y también fue una vergüenza para la nobleza que cientos de nobles ricos y poderosos huyeran mientras ella, la "vergüenza", se quedó y salvó a la gente —replicó con voz firme—. Así que cuidado con lo que llaman vergüenza y lo que llaman honor.

 

El ministro guardó silencio, bajando la cabeza ante la verdad de sus palabras.

 

La Emperatriz apoyó ambas manos sobre la mesa, mirando a su esposo y luego a los consejeros.

 

—No se trata de olvidar lo que hizo en el pasado —dijo con claridad—. No se trata de borrar quién fue. Se trata de aceptar y reconocer lo que es ahora.

 

Aurelian cerró lentamente la carta de Demian, doblando el papel con cuidado y precisión.

 

Su decisión estaba tomada.

 

—Anna D’Valrienne ganó el derecho a una segunda oportunidad —anunció con voz potente que resonó en todo el salón.

 

Las palabras pesaron sobre todos, claras e irrevocables, el Emperador continuó, mirando a cada uno de los presentes.

 

—No porque su pasado desaparezca, no porque vayamos a fingir que nunca existió esa muchacha dura y orgullosa, sino porque demostró algo que muy pocas personas logran en toda su vida.

 

El silencio siguió reinando en la sala, espeso y pesado, como si el aire mismo se hubiera vuelto denso tras las palabras del Emperador sobre la segunda oportunidad de Anna. Todos estaban absortos en las implicaciones de lo que acababa de decidirse, en el cambio histórico que suponía rehabilitar un nombre que durante años había sido sinónimo de deshonra.

 

Pero Malken Arvannis permanecía de pie junto a la mesa, con la espalda recta y el rostro impasible. Sus manos, que habían permanecido entrelazadas hasta ese momento, se separaron lentamente. Se inclinó hacia el montón de papeles, cartas e informes, y tomó el último de todos.

 

Era un documento grueso, sellado con lacre oscuro y atado con una cuerda de cuero sencillo, sin adornos. Pesaba más que todos los demás, no por su tamaño, sino por lo que contenía.

 

—Majestad… —dijo con voz medida y grave, cortando cualquier conversación o pensamiento que pudiera haber surgido— …queda una petición más. La más importante de todas. La que cierra este asunto.

 

Aurelian extendió la mano sin decir palabra, tomando el documento entre sus dedos, no tardó demasiado en reconocer el sello ni la letra. Era la firma y la escritura de Demian. Clara, firme, sin adornos, igual que el hombre.

 

El Emperador rompió el sello y comenzó a leer.

 

Era la solicitud formal, detallada y fría, que explicaba todo lo ocurrido, relataba cómo habían sido enviados los suministros, cómo ciertos nobles, movidos por la codicia y el desprecio hacia la gente común, habían intercambiado la harina de buena calidad por otra vieja, envenenada y contaminada, solo para obtener más ganancias y ahorrar costos. Cómo habían condenado a cientos de inocentes a una muerte lenta y dolorosa, cómo habían huido, se habían escondido y habían intentado borrar sus huellas mientras la ciudad se desangraba. Y al final, la petición explícita:

 

 permiso para juzgarlos.

 

Para juzgar personalmente a cada uno de los responsables, para juzgar a los nobles traidores, para juzgar a los hombres que, con su avaricia, habían provocado toda esa tragedia.

 

Aurelian leyó la carta completa, línea por línea, sin saltarse un solo detalle, a medida que avanzaba, su rostro, que hacía unos momentos se había suavizado al hablar de Anna, comenzó a endurecerse hasta volverse una máscara de piedra. Sus ojos oscuros se hicieron más profundos, fríos como el acero, la línea de su mandíbula se tensó bajo la piel.

 

Y cuando terminó, levantó lentamente la vista hacia sus consejeros, hacia su familia, hacia todos los presentes.

 

—Demian solicita autoridad absoluta —dijo, y su voz resonó baja y peligrosa en la sala.

 

Nadie habló.

 

Nadie se movió.

 

Porque todos entendían perfectamente lo que significaban esas palabras.

 

Esa clase de autoridad solo se entregaba en casos extremos.

 

Solo cuando el crimen era tan grande que las leyes ordinarias se quedaban cortas.

 

Solo cuando el castigo debía ser ejemplar.

 

Aurielle bajó la mirada hacia sus propias manos, entrelazadas sobre su regazo. Sabía lo que eso implicaba. Sabía lo que Demian haría si se le daba ese poder. Y aunque su corazón compasivo se estremecía, su mente comprendía que no había otra forma de limpiar tanta sangre derramada.

 

La Emperatriz Seleneia cerró los ojos un momento, inspirando profundamente, aceptando el peso de lo que venía. Ella, que siempre abogaba por la misericordia, esta vez no dijo nada. Porque incluso ella sabía que no existía perdón para lo que habían hecho.

 

El silencio se alargó, largo y doloroso, hasta que finalmente, el Emperador apoyó la carta sobre la mesa, golpeando suavemente la madera con el papel, como un martillazo de sentencia.

 

—Concedida.

 

Su voz fue firme.

 

Fría.

 

Absolutamente pesada.

 

—Que Demian D’Valrienne juzgue a los culpables como crea conveniente —decretó, mirando a todos los presentes uno por uno, asegurándose de que cada palabra quedara grabada en sus mentes—. Que investigue, que interrogue y que sentencie. Que no haya privilegios por títulos, ni protección por apellidos, ni refugio por riquezas.

 

Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con la furia justa de quien gobierna un imperio y ve cómo sus súbditos son traicionados por quienes debían protegerlos.

 

—Después de lo que hicieron… —continuó con dureza— …después de haber jugado con la vida de cientos de personas, de haber sembrado muerte y dolor solo por codicia… ya no merecen misericordia. Ni la mía, ni la de la ley, ni la de los hombres. Que reciban lo que ellos mismos sembraron.

 

Y con esa sentencia, selló el destino de todos aquellos que habían huido, porque ahora, Demian tenía permiso para actuar. Y todos sabían que cuando Demian D’Valrienne tomaba las riendas de la justicia… esta era implacable.

 

Thoughts

  • TeoSanabria

    Con ese permiso firmado, Demian no va a dejar ni a uno de los de la harina sin juicio. Apuesto a que Anna se entera cuando ya está todo decidido y se enoja porque nadie le preguntó.

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  • LauraLetras

    Todo el capítulo es una ola que sale de la torre con las campanas y termina en el salón del Emperador, y yo fui detrás de ella sin soltarme. Me quedé mucho rato con la esposa del noble, sentada junto a la ventana, cortándole la rabia con una sola frase sobre quién se quedó. Esa mujer sabe que su marido también cargó el carromato y huyó, y aun así se lo dice sin girarse. Hay verdades que solo se pueden decir mirando el jardín.

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