A mí las cuentas de Benicio no me salen. Cobra lo mismo que Sebastián, paga su piso solo y aún le sobra para prestarle. Apuesto a que la palabra que le dio a Alfredo hace años va de dinero.
Capítulo 2 ~ Propuesta Inesperada
El cierre del año fue de lo más caótico. La seguidilla de eventos habían sido más difíciles de lo que cualquiera en la familia Carrasco se animaría a reconocer. Los viajes de verano, plagados de…
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A mí las cuentas de Benicio no me salen. Cobra lo mismo que Sebastián, paga su piso solo y aún le sobra para prestarle. Apuesto a que la palabra que le dio a Alfredo hace años va de dinero.
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El cierre del año fue de lo más caótico. La seguidilla de eventos habían sido más difíciles de lo que cualquiera en la familia Carrasco se animaría a reconocer. Los viajes de verano, plagados de descontrol, habían estado en boca de todo el país. Sebastián, que parecía decidido a arrastrar su vida en los recovecos más bajos de la sociedad, no hacía más que agotar la poca paciencia que le quedaba a su padre.
Las advertencias, las discusiones, los silencios prolongados y las promesas rotas se amontonaban como botellas vacías en el fondo de su departamento. En la penumbra, amenazaban con sepultarlo en una marea de culpa y arrepentimiento, especialmente cuando, por vergüenza, no se atrevía a volver a casa de Benicio.
Odiaba todo eso.
En verdad lo odiaba.
Alfredo insistía, con su tono autoritario habitual, en que debía prepararse para asumir responsabilidades reales dentro del Holding. Pero el muchacho, cada vez más perdido, parecía dispuesto a autodestruirse antes que ajustarse al molde familiar.
Esa noche estaba incómodo. Molesto. Una vez más había hecho lo que su padre quería, y eso lo estaba enloqueciendo. Acababan de salir de una cena de negocios. Todo había salido bien y al retirarse Benicio fue arrastrado por Sebastián a tomar unas copas.
No muy lejos del restaurante, estaba el club al que solía ir con sus amigos. Solo gente selecta. Muchos conocidos de ambos. Saludaron a algunos. Y esquivaron a otros. Sebastián no estaba de humor. Solo quería beber algo que le quite el mal sabor de boca.
Benicio no hablaba mucho. El lugar era agradable pero no solía sentirse cómodo en ese tipo de espacios. Había decidido acompañar a su amigo solo un rato y luego retirarse. Algunas jóvenes saludaron a Sebastián con entusiasmo, pero él seguía bebiendo. Su atención se iba desplazando por toda la gente, pero se detuvo en uno de los jóvenes que estaba sentado en la barra, era Eliseo, el hijo de Antonio Villegas, uno de los miembros del directorio del Holding, El joven estaba con otro chico, algo delgado y de rasgos muy femeninos.
Benicio y Sebastián se habían sentado en una de las mesas vip. Pero Sebastián no podía dejar de mirarlos. "¿Cómo diablos Manuel puede pensar en estar con un hombre?" se preguntó Sebastián. Su rostro no ocultaba el asco que sentía al ver a ese chico sonreír descaradamente coqueteando con el hijo de Villegas.
Benicio miró la hora, luego miró a Sebastián. Se veía inquieto. La joven que le susurraba junto a él parecía no distenderlo. Luego de unos minutos, ya sin resistir más la incomodidad Sebastián, algo mareado, se levantó. La joven se marchó algo molesta. Benicio lo detuvo.
—¿A dónde vas? — preguntó.
—A sacar la basura —respondió Sebastián.
Caminó con paso oscilante hacia la barra. Benicio alzó la vista y vio a los jóvenes hacia los que Sebastián se dirigía. Enseguida reconoció a Eliseo Villegas.
—No. Otra vez. ¡Maldita sea, Sebastián! -murmuró.
Se levantó y caminó detrás de Sebastián esquivando a la gente. Sebastián no esquivaba. Solo empujaba y al llegar a los jóvenes se apoyó tambaleándose en Eliseo y palmeándole el pecho le dijo.
—Parece chica, pero no lo es... ¿lo sabes, verdad?
El joven Villegas le sonrió con picardía. El otro chico lo miró algo asustado.
—Sí, claro que lo sé.
—¿Y qué haces entonces con un puto tan asqueroso?
El chico se sintió muy mal y lo mostró en su gesto. Miró a Eliseo que sonreía como si nada, y se sintió peor.
—Oh, vamos... míralo bien y dime si no es bonito... —exclamó Eliseo— Aunque, para serte franco, si puedo elegir, te prefiero a ti... —le dijo.
La osadía de ese muchacho de acercarse al rostro de Sebastián de esa manera mientras decía semejante porquería, enervó a Sebastián. Cerró su mano en un puño y le tiró una trompada que fue hábilmente interceptada por Benicio.
—Lo siento -dijo Benicio con su seriedad habitual.
Saludó al chico Villegas inclinando la cabeza, mientras sostenía con fuerza a Sebastián que se retorcía intentando zafar, maldiciendo a los jóvenes y a Benicio por no dejarlo actuar. Eliseo le sonrió a Benicio y se inclinó hacia Sebastián.
—El Licenciado Torres, como siempre, salvándote el trasero. Pero algún día, no va a estar y de tu trasero me voy a encargar yo. ¡Homofóbico de mierda!
El joven tomó la mano del otro chico que se veía aterrado y se alejaron. El chico miró a Benicio y éste se disculpó con él también.
—Lo siento. Está ebrio. —el chico asintió y siguió a Eliseo.
Benicio sacó a Sebastián del local y lo metió en el auto mientras seguía despotricando contra los que permitían entrar a los gays a esos sitios exclusivos de gente normal.
—¡Ya basta Sebastián! ¿Es que no tienes capacidad de comprender lo que haces? ¿Las consecuencias? Ibas a golpear al hijo de Antonio Villegas, a pocos días de la reunión. ¿Pero qué tienes en la cabeza?
—Los putos son asquerosos... no importa de quién sean hijos... solo son repugnantes. Basura... nada más que eso. —balbuceó recostándose en el asiento.
Benicio respiró profundamente y condujo hacia la casa. Si el incidente llegaba a conocerse, Alfredo tendría mucho que explicar en la reunión del Directorio. Principalmente, porque Antonio Villegas era de los pocos que no le hacían oposición a los Carrasco.
El Holding Carrasco tenía su reunión de Directorio dos veces al año: en Marzo y en Septiembre. Pero ese era un año muy especial. El Directorio elegiría un nuevo Presidente. La sala de juntas estaba llena. Los doce miembros del Directorio, conocidos como "Los 12 Apóstoles", ocupaban sus asientos alrededor de la larga mesa de caoba. El asiento de Sebastián permanecía vacío, y su ausencia —aunque disimulada con discursos de rigor— retumbaba más que cualquier palabra pronunciada en aquella reunión. La tensión se palpaba en el aire.
Las oficinas del Holding Carrasco estaban situadas en un edificio emblemático en el centro neurálgico de la ciudad, construido por la Constructora Luna D’Álzaga, una de las empresas más fuertes del Holding. En el mismo edificio funcionaban algunas de las otras empresas que conformaban el conglomerado, lo que facilitaba la coordinación y la gestión de las operaciones. El ambiente de cada Junta Directiva podía ser bastante tenso, especialmente cuando llegaba el momento de presentar informes cruciales, o bien, cuando la temática de la sucesión de la presidencia estaba en el aire.
Alfredo Carrasco, en la cabecera, estaba sintiendo la presión y el escrutinio de sus socios. Impaciente, mientras esperaba a Sebastián, observaba cómo Benicio se preparaba para presentar los informes de la compañía. La mirada constante al reloj y a la puerta eran claros signos de su ansiedad por la llegada de su hijo, que era quien debía presentar los informes. La ausencia de Sebastián, lo tenía al borde del colapso. Las miradas de desaprobación y los murmullos entre los miembros del Directorio indicaban una atmósfera cargada de expectativas y cierta hostilidad.
Cada representante exponía su informe de manera ordenada, pero cuando llegó el turno de la Distribuidora Carrasco, la tensión aumentó. Benicio, sin embargo, con su habitual seguridad, presentó los informes trimestrales y un informe adicional, en el que se sintetizaba el progreso efectivo de la compañía. Su voz resonó con claridad. Logró captar la atención y posiblemente apaciguar un poco los ánimos, con la claridad de la explicación tanto de los resultados actuales como de las proyecciones futuras.
—Como pueden ver, los resultados de la Distribuidora Carrasco han sido excepcionales este semestre, con un aumento del 12% en las ganancias netas y una reducción del 5% en los costos operativos. La implementación de nuevas tecnologías ha optimizado nuestros procesos logísticos, permitiéndonos alcanzar estos números positivos —dijo Benicio, señalando las gráficas en la pantalla.
Los miembros del Directorio asintieron con aprobación, aunque algunos intercambiaron miradas, esperando el momento adecuado para introducir el tema que realmente les interesaba.
Una vez finalizada la presentación de los informes, uno de los miembros más fuertes del Directorio, Tomás Morales, tomó la palabra.
—Sin dudas has realizado una gestión exitosa en este período, Alfredo. Sin embargo, corrígeme si me equivoco, pero ¿No debía Sebastián hacer la presentación? — el hombre miró a su alrededor buscando el apoyo de sus aliados.
—Es cierto, —respondió Menéndez —habíamos quedado en que esta sesión la cerraba Sebastián y comenzaríamos con él las presentaciones de los candidatos a sucederte.
Un murmullo recorrió la sala. Alfredo, estaba furioso, pero mantuvo su expresión imperturbable, aunque sus ojos destellaban con determinación.
—Debe de estar ocupado. —chicaneó Álvarez Pratt
—Seguramente nos enteraremos en breve. Ese muchacho nunca deja de sorprendernos —murmuró Máximo Ventura.
Risas.
—Hubo un cambio de planes. —Respondió Benicio con firmeza pero con calma. Alfredo lo miró.
—¿Y cómo no se nos ha notificado nada al respecto? —replicó Morales
—Lic. Morales, corríjame si me equivoco, pero tengo entendido que el asunto de la sucesión y el manejo que se le dará a la presentación de candidatos forma parte de la órden del día. —respondió Benicio. —Aún no habíamos pasado al siguiente tema. Ahora que estamos en él, podemos conversarlo.
—Ilumínanos. —dijo con odio Morales.
—Todos los que estamos en esta oficina conocemos las capacidades de Sebastián Carrasco. Hacer la presentación hubiera desatado un sin fin de cuestionamientos por parte de la Junta, que naturalmente, se vería en la obligación de evaluarlo.
—¿Y qué pasó? ¿No estaba preparado para responder? —Benicio sonrió
—Al contrario. Todos saben muy bien que Sebastián es capaz de dar respuestas a todas las cuestiones que la Junta pueda plantear, tanto a los análisis de datos actuales, como a las proyecciones. El punto es que Alfredo consideró que no sería justo, puesto que de esa forma dejaría fuera de carrera al resto de postulantes.
Algunos miembros asintieron, y otros estallaron en carcajadas burlonas.
—Por favor, en vez de tomarnos como imbéciles, deberías mostrar un poco de respeto y decir que seguramente está en algún antro perdido en el vicio como siempre. —dijo en voz alta, y muy irritado Tomás Morales.
Benicio temió que Morales estuviera al tanto de los hechos de la noche anterior. De hecho, Sebastián estaba en la clínica de Arturo desintoxicándose. Si Morales lo sabía desmentirlo no sería el mejor camino. Respiró profundo.
—Licenciado, con todo respeto, me parece que las insinuaciones que usted está realizando son absolutamente inapropiadas. Como estaba diciendo, Dado que Alfredo consideró que no sería justo para el resto de los postulantes al cargo, nos consultó en la reunión que tuvimos hace un par de semanas, y Sebastián sugirió que la presentación debía hacerse en conjunto, es decir el mismo día todos juntos. Para poder ser evaluados todos de la misma manera. Esto nos pareció más justo y de pronto también puede funcionar como instancia de aprendizaje para todos.
La tensión en la sala era palpable. Benicio sabía que tenía que apoyar a Sebastián sin desautorizar a Alfredo.
—Este hombre, realmente es una mina de oro, Alfredo. Deberías adoptarlo. Siendo un Carrasco la sucesión de la presidencia estaría decidida —dijo Morales, con una ironía que rayaba en el descaro.
Alfredo esbozó una sonrisa sardónica.
—Eso no será necesario Tomás. —respondió Alfredo con una seguridad aplastante— A menos que algunos de los postulantes que ustedes presenten en la próxima reunión, manifieste las competencias mínimas necesarias para el llevar adelante la gestión del Holding, la sucesión está decidida y, naturalmente, será un Carrasco.
Menéndez intervino, primero con un suave carraspeo, y luego en voz baja.
—En lo personal, no puedo negar que Sebastián ha demostrado un crecimiento significativo en los últimos años. Ha liderado proyectos clave y ha manejado situaciones complejas con notable habilidad. Claro que con el apoyo y la orientación adecuados, brindado por el Lic. Torres estoy convencido de que cualquiera de los postulantes puede alcanzar el mismo nivel, que es el que debería tener el líder que necesitamos para llevar adelante este Holding.
—Sr. Menéndez, me halaga. —respondió Benicio al ser aludido. —Pero permítame recordarle que la mayoría de los miembros aquí presentes, han dispuesto para sus hijos la mejor educación. Incluyendo, por supuesto, tutorías impartidas por tutores profesionales. En mi caso, carezco de ese tipo de formación, por lo que la formación de la mayoría de los postulantes es superior a la de Sebastián.
Los ojos de los miembros del Directorio se volvieron hacia Benicio. Alfredo lo observó con una mezcla de sorpresa y aprobación en su mirada. Menéndez asintió lentamente, masticando las palabras de Benicio.
—Claro, claro. Solo quise resaltar que no es simplemente una cuestión de habilidades innatas, sino de la guía y el apoyo recibidos.
—Precisamente, —intervino Alfredo, ahora más relajado. —Y es por eso que estamos aquí, para asegurarnos de que la sucesión sea el resultado de una evaluación justa y equitativa.
Morales rodó los ojos, claramente insatisfecho con la dirección de la conversación.
—Tal parece que Benicio posee las mismas virtudes que Sebastián y carece de todos sus defectos —agregó D’Álzaga con sarcasmo. Benicio sonrió.
—Yo tengo los míos. —replicó con tranquilidad.
Y agregó
—Francamente no creo que ninguno de los que estamos acá pueda decir que no tiene vicios —varios se movieron incómodos en sus sillas.
—Todo esto es muy bonito en teoría, pero la realidad es que necesitamos un líder que pueda enfrentarse a los desafíos de este Holding desde el primer día. Y no estoy seguro de que Sebastián Carrasco esté a la altura de las exigencias que el cargo representa —insistió Morales.
Alfredo, aprovechando el momento, se dirigió a todos los presentes. —Estamos de acuerdo en lo que buscamos, Tomás. Y por eso tenemos estos seis meses para preparar a cada candidato. La última palabra aún no está dicha.
El ambiente en la sala seguía tenso, pero las palabras de Alfredo parecían haber impuesto un cierto orden y calma. Por ahora, al menos. Tomás Morales frunció el ceño, pero antes de que pudiera replicar, Arturo intervino.
—Estoy de acuerdo con Benicio. Sebastián ha cometido errores, como todos nosotros, pero tiene el corazón y la mente para liderar este Holding. He visto a ese muchacho analizar las cuentas de la clínica en un tiempo inverosímil, y sus directrices han sido claves para el posicionamiento de la Clínica Carrasco en el lugar de excelencia que ocupa. Sé que es mi sobrino, y mis afectos quizás tiñen mi evaluación, pero con el tiempo y la experiencia, estoy seguro de que demostrará ser un sucesor digno. También quisiera agregar una moción que me gustaría que consideren tratar en la próxima reunión: Quizás es hora de revisar el estatuto del Holding. Me parece absolutamente estúpido, que teniendo un hombre altamente calificado, como Benicio Torres, no se pueda contar con él para presidir simplemente por no ser hijo de los miembros socios.
La sala quedó en silencio. Incluso Alfredo estaba azorado con la propuesta de su hermano. Benicio no se lo esperaba.
—Por supuesto, no estoy hablando de Benicio en particular. —agregó Arturo— Lo conozco desde hace mucho y sé que su paso por la empresa es momentáneo. Su proyecto de vida está en otro sitio. Pero me gustaría que lo consideren.
Los miembros del Directorio intercambiaron miradas. La posibilidad de modificar el estatuto no había sido contemplada hasta ahora. Todos eran conscientes de que las decisiones que estaban a punto de tomar eran determinantes.
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Sebastián estaba ansioso. Caminaba de un lado a otro en su oficina mirando el reloj. La reunión parecía haberse extendido más de la cuenta. Llamó a la secretaria de su padre para preguntar si había novedades.
Nada.
Salió de la oficina hacia la cafetería. Y al regresar con un café en su mano, llamó a una de sus asistentes. Tenía cuatro. Llevaban unos meses allí, y su tarea específica era la de aliviar a Sebastián en momentos de tensión. Difícilmente podría contar con ellas en tareas administrativas, ya que no estaban preparadas para ello. No obstante, complacer a Sebastián no parecía ser un gran desafío. Unos minutos después, salió la joven y regresó a su escritorio con la satisfacción de la tarea cumplida plasmada en su rostro.
Sebastián estaba reclinado en su silla, miraba el techo. Se sentía más aliviado, pero no más tranquilo. Benicio le había pedido que no fuera. No entendía lo que sucedía. “¿Por qué demoran tanto?” se preguntaba. El teléfono sobre su escritorio sonó dos veces. Sebastián se incorporó y tomó el tubo.
—Están entrando en el playón, señor. —dijo el guardia de seguridad de la entrada
Sebastián se levantó y mientras corría al ascensor acomodó su ropa. Esperó que el auto aparcara en el espacio de su padre y sonrió nervioso, mientras Alfredo y Benicio bajaban del auto en silencio. Un silencio aplastante que los había acompañado durante todo el recorrido.
—Bienvenido papá — dijo acercándose al viejo. —Estaba por salir para allá pero Beni me dijo que mejor no fuera. Así que vine a esperarlos aquí. ¿Cómo fue todo?
Alfredo miró a su hijo. Benicio le dijo que no fuera. Viendo ese rostro pálido y ojeroso, comprendía por qué. Benicio sabía lo que había sucedido, y cubrió a Sebastián, y no le informó a él. Eso más lo enfureció. Alzó una mano, para estrellarla en ese rostro en el que le costaba mucho reconocer a su hijo. Sebastián notó la intención y se atajó. No sería la primera vez que Alfredo lo golpeaba. Benicio sintió que su corazón se detenía en ese instante. Pero Alfredo cerró su puño y lo llevó fuertemente apretado a su boca, como queriendo frenar el golpe y todo lo que quería decir. Respiró profundamente y pasó frente a su hijo sin decir nada.
Sebastián lo miró desconcertado.
—Ve a la mansión y espérame allí. No deberías estar aquí en esas condiciones.
—Pero, papá. —Alfredo volteó en silencio y lo miró a los ojos. Un escalofrío recorrió la espalda de Sebastián y apretó su garganta.
Benicio se acercó a Sebastián. Y Alfredo le dirigió a él su mirada.
—Espérame en mi oficina. —dijo con contundencia
—Señor…
—Ahora —el tono, la mirada, y todo lo que Alfredo estaba conteniendo en ese momento parecía cortar el aire en pedazos.
—Sí señor. —dijo Benicio. La mirada de Alfredo regresó a Sebastián como un rayo láser, atravesándolo.
Benicio se dirigió a la oficina de Alfredo. Sebastián, a la mansión.
El aire estaba cargado de tensión mientras Alfredo caminaba con paso firme hacia su oficina, Benicio aguardaba sin comprender del todo lo que estaba sucediendo. Consideraba que, a pesar de todo, no habían ido tan mal las cosas en la Junta.
Alfredo entró en la oficina y cerró la puerta de un golpe seco. Caminó hacia su escritorio y dejó sus cosas. Benicio estaba de pie no muy lejos de la puerta. Luego de dejar caer las cosas con un ruido que tronó en toda la habitación, se giró para enfrentar a Benicio, su mirada llena de furia contenida.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?! —estalló Alfredo
—Señor, no comprendo a qué se refiere. —Benicio respiró profundamente, intentando mantener la calma.
—Me refiero a todo. ¿Hasta dónde quieres llegar? —Benicio estaba claramente confundido.
—Alfredo yo…
—¿Ahora resulta que estás cubriendo a Sebastián? ¿Solapas sus desprolijidades y las ocultas de mi?
—Bueno, no era momento de dar ese tipo de explicaciones..
—Tú no decides eso. Tú solo tienes que informarme todo lo que respecta a mi hijo. Y pensé que eso había quedado claro.
Benicio bajó su rostro en silencio
—No puedo creer que sigas cubriendo sus errores y faltas de responsabilidad. —Benicio mantuvo su posición, sabiendo que necesitaba manejar la situación con diplomacia.
—Mi intención no era ocultarle las cosas señor. Solo quiero lo mejor para Sebastián….
—No… no no no —Dijo Alfredo moviendo su dedo índice ante los ojos de Benicio— De lo que es mejor para Sebastián me ocuparé yo. No tú.
Benicio cerró los labios con fuerza, sintiendo el peso de la mirada de Alfredo. Pero lo que más lo abrumaba era recordar la expresión de Sebastián cuando le relataba cómo su padre siempre había escogido lo que era “mejor para él”
—Señor, no tengo ninguna intención de contradecirlo. Sé que usted quiere lo mejor para Sebastián.
Benicio no recordaba haber vivido una situación tan desagradable en la que lo que estaba diciendo iba en contra de todo lo que sentía y pensaba. Se sintió avergonzado de sí mismo. Pero en ese momento solo podía pensar en calmar a ese hombre para que llegue a su casa tranquilo, y el encuentro con Sebastián no termine en una batalla.
—Entonces actúa en consecuencia —espetó Alfredo—¡Maldita sea!
Alfredo se apoyó en el escritorio, llevó su mano al rostro y apretó su entrecejo. Estaba ofuscado. Luego alzó la mirada hacia Benicio de nuevo, inquisidoramente.
—Y ¿qué es eso de defender a mi hijo con tanta vehemencia? ¿Crees que no puede defenderse solo? —Benicio sonrió ante la inesperada pregunta.
—¿Qué?
—¿Acaso crees que mi hijo es una damisela en peligro que debe ser defendida por ti? ¿Te sientes su caballero andante?
—¿Alfredo de qué está hablando? —Benicio sintió ofensiva la pregunta— Usted sabe muy bien que esos buitres solo querían convertir a Sebastián en carroña. Yo sólo les recordé las cosas que parecían haber olvidado. No dije nada que no fuera cierto.
Alfredo se acercó, su rostro a solo unos centímetros de Benicio.
—Déjame ser claro en esto, Benicio. Tú me diste tu palabra hace años. No te atrevas a faltarme, porque no tienes idea de lo que soy capaz de hacer. ¿Me has entendido?
Benicio desvió la mirada y asintió lentamente. Un nudo en su garganta le dificultaba hablar.
—Sí, señor. Entiendo perfectamente. Y la advertencia no es necesaria.
—Mejor así, uno nunca sabe.
Alfredo se giró, tratando de calmarse, pero la furia seguía ardiendo en sus ojos. Se dejó caer en su silla, sin sacar la vista de encima de Benicio. Apoyó sus codos en el apoyabrazo de la silla. entrelazó sus manos y apoyó su rostro en ellas. Escrutando al hombre ante él.
—No me gusta lo que estoy viendo. —Murmuró en voz baja.
—Alfredo, usted no puede dudar de mí. He mostrado durante años mi lealtad y mi agradecimiento. Sebastián, usted y Doña Carmen, son lo más cercano a una familia que he tenido en treinta años. Pero sé perfectamente cual es mi lugar.
—Aún así… no me gusta lo que estoy viendo. Estás haciendo de mi hijo una persona dependiente de ti.
Benicio abrió sus ojos espantado. La acusación de Alfredo era inesperada y profundamente hiriente. Se acercó al escritorio nervioso.
—Señor, esa nunca ha sido mi intención. Solo quiero ayudarlo a encontrar su camino, a ser el hombre que usted espera que sea.
Alfredo apretó los dientes, observando cada palabra de Benicio como si buscara alguna intención oculta.
—Ayudarlo está bien, pero no si esa ayuda viene luego de volverlo un hombre débil, incapaz de tomar sus propias decisiones —respondió Alfredo con frialdad
Benicio respiró profundo, una fuerte impotencia lo estaba desbordando.
—Eso no es así, señor.
—Tú le dijiste que no vaya a la Junta.
—No estaba en condiciones de hacerlo.
—Y aún así tuviste que decírselo, porque él no lo había notado.
Benicio reflexionó en silencio. Alfredo tenía un punto. La duda lo embargó por un momento y comenzó a cuestionarse sus acciones.
—Quiero que Sebastián se levante solo, no que dependa de ti para cada paso que dé.
Benicio asintió en silencio, sabiendo que no había forma de rebatir a Alfredo sin exponer ante él lo que Sebastián le había confiado sobre cómo se sintió toda su vida.
—Lo entiendo, Alfredo. Seré más cuidadoso.
Alfredo lo miró un momento más antes de dejar escapar un suspiro pesado.
—Vete a casa, Benicio. Necesito tiempo para pensar.
Benicio asintió de nuevo, sabiendo que lo mejor era dejar a Alfredo con sus pensamientos.
—Por cierto. —dijo Alfredo antes que Benicio cerrara la puerta— No quiero que Sebastián vuelva a tu departamento.
Benicio asintió y salió de la oficina, sintiendo el peso de la tensión aún sobre sus hombros, y ahora también cargaba con sus dudas y con una nueva responsabilidad: lograr que Sebastián tome sus propias decisiones.
Mientras caminaba por los pasillos del edificio, no pudo evitar pensar en las palabras de Alfredo. La línea que tenía que caminar era cada vez más delgada, y cualquier error podría ser fatal para él y para Sebastián. Pero no podía fallarle a Sebastián, se había comprometido a apoyarlo para que logre encontrar su camino, y aunque eso significara enfrentarse al propio Alfredo, estaba dispuesto a cumplir.
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Alfredo llegó a la mansión, más tranquilo, pero ahora tenía que atravesar otro trago amargo. Se dirigió directamente a su estudio. Hizo llamar a Sebastián. Mientras el muchacho llegaba, el viejo exhaló algo cansado. La puerta del estudio estaba abierta, pero Sebastián de todas formas dio dos golpes en ella. Alfredo volteó hacia la puerta y al ver a su hijo, le hizo un gesto para que entrara.
—Siéntate —ordenó Alfredo, señalando una silla frente a su escritorio.
Sebastián obedeció, sintiendo el peso de la culpa aplastándolo. Alfredo se reclinó en su sillón al otro lado del escritorio y lo miró con dureza.
—¿Tienes idea de lo decepcionado que estoy de ti? —dijo Alfredo, con su voz cargada de reproche— No solo has faltado a una reunión crucial, sino que me has avergonzado frente al Directorio.
Sebastián bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada de su padre.
—Lo siento, papá.
—¿Lo sientes? —repitió Alfredo con desdén— ¿Eso debería hacerme sentir mejor?
El joven negó en silencio. Alfredo levantó la voz.
—¿En qué demonios estabas pensando anoche? Sabías exactamente lo importante que era la Junta de hoy. —El viejo dio un golpe en el escritorio que sobresaltó a Sebastián— ¡Eres una verdadera frustración para mí!
Sebastián sintió que las palabras de su padre lo atravesaban como cuchillos. Sabía que había fallado, y la culpa era un peso insoportable, pero por otro lado, le importaba tan poco la Junta, el Holding, los cargos y toda esa mierda.
Alfredo se levantó de su silla y rodeó el escritorio, caminando lentamente.
—Vas a quedarte aquí los próximos días —continuó Alfredo— No quiero que pongas un pie fuera de esta casa hasta que hayas demostrado que puedes comportarte como un hombre.
Sebastián alzó la mirada hacia su padre. Antes de que pudiera replicar, Alfredo le quitó el celular de las manos y apagó el router de internet en el cuarto.
—Necesitas tiempo para reflexionar, sin distracciones. A partir de ahora, tendrás lo básico: comida, agua y una cama. Imagino que si no es suficiente para ti, sabrás muy bien lo que tienes que hacer.
Sebastián asintió lentamente, sintiendo un nudo en la garganta. La bronca y la desesperación se mezclaban en su interior, pero no podía encontrar las palabras para defenderse. No entendía por qué se sentía culpable, si a él el Holding y la presidencia no le importaban.
—Puedes irte.
Sebastián se levantó y caminó hacia la puerta sintiendo que cada paso era más pesado que el anterior. Alfredo lo miró por última vez antes que saliera del estudio.
—No me decepciones más, Sebastián. No sé cuánto más puedo soportar.
Sebastián entró en su cuarto y cerró la puerta, se sentó en la orilla de la cama y permaneció allí, inmóvil, en silencio. Una emoción lo estaba consumiendo, pero no lograba identificarla. La sentía dentro de sí, pero también fuera, aplastándolo. Aceptó quedarse unos días porque sabía muy bien que no tenía otra opción. Pero dormir en esa casa, en esa habitación, era prácticamente imposible para él. Pasaba las noches en vela, y conforme pasaban los días, su estado iba deteriorándose cada vez más.
Día tras día, Sebastián se desmoronaba, mientras aceptaba que estaba perdiendo el control de su vida. Las palabras de su padre resonaban en su mente, y esa emoción que lo carcomía por dentro iba tomando la forma de ira. Cada vez le costaba más encontrar la fuerza para levantarse y enfrentar el nuevo día.
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La estrategia de Alfredo parecía funcionar. Sebastián, se comportó juicioso durante un tiempo, yendo de la empresa a su casa. Y a lo sumo salía con sus amigos pero regresaba temprano. Por un lado porque quería un poco de paz y de esa manera tenía a su padre tranquilo. Por otro lado, porque su padre le había bloqueado todas las cuentas y no disponía de dinero para dilapidar en sus acostumbrados meetings.
—No te ves bien Seba
—Me cortaron todo. Estoy más seco que el que limpia los baños.
—No exageres.
—¡No exagero! Tú no tienes idea de lo que es vivir con la mugre que mi padre paga aquí. —Benicio sonrió. La ingenuidad de Sebastián por momentos le despertaba cierta ternura.
—¿Y con qué crees que vivo? —Sebastián lo miró sonriendo
—Con lo que te paga mi padre, por supuesto.
—Mi cargo es igual que el tuyo, cobro lo mismo que tú. —Sebastián lo miró incrédulo.
—Sí, pero tú trabajas en el Holding también. —Sebastián recordó las palabras de su padre con tristeza— Y conmigo.
Bajó su mirada perdiéndola en el café que giraba en su taza.
—Seba, tu padre no me paga por nada de eso. Solo mi sueldo de la Distribuidora.
—Eso no es cierto.
—¿Por qué te mentiría?
—Para hacerme sentir peor. —Benicio volvió a sonreír.
—No te hace sentir peor lo que te digo, sino el hecho de que tu padre te haya limitado los gastos.
—Me trata como si fuera un mocoso —dijo Sebastián indignado.
—Si te comportas como un mocoso, —Sebastián miró a Benicio— Lo menos que puedes esperar es que seas tratado como tal.
Ambos permanecieron en silencio.
—Oye —dijo de pronto Sebastián— Yo te he pedido dinero estos días.
—Sí… ¿y en qué lo has gastado? —preguntó Benicio con una mirada inquisidora.
—¿De dónde lo sacaste? —preguntó Sebastián. Benicio se puso serio.
—De mi trabajo, por supuesto. —Sebastián pensó.
Benicio cobraba lo mismo que él y le alcanzaba para vivir y para prestarle dinero a él. Evidentemente algo no estaba haciendo bien. En silencio bebió su café. Benicio observó el rostro del joven. Se veía demacrado.
—¿Estás bien? —preguntó luego de debatir si debía hacerlo o no.
—Me cuesta dormir en la noche. Cuando por fin lo consigo, ya tengo que venir para acá. A veces logro dormir un rato en la oficina. —Sebastián sonrió— Parece que sólo puedo dormir bien en tu casa. Pero no sé qué se le metió a mi padre en la cabeza, que no quiere dejarme salir de la mansión.
Benicio bajó su rostro. Sabía exactamente por qué Alfredo no quería. Le molestaba profundamente que ese hombre dudara de su honestidad, de la lealtad que siempre le había mostrado, de su integridad. Nunca había mostrado dobleces ni había faltado a su palabra. Era inconcebible que Alfredo permitiera que su hijo llegara a ese estado solo por estúpidas suposiciones.
Aún no podía de sacar de su mente aquellas palabras que le había dicho el viejo hacía más de un mes. “Ayudarlo está bien, pero no si esa ayuda viene luego de volverlo un hombre débil, incapaz de tomar sus propias decisiones”. La voz de Alfredo cargada de desdén resonó una vez más en su memoria. Un filoso puñal que se había clavado en el corazón de Benicio. Su única intención siempre había sido ayudar a Sebastián, guiarlo en su camino y apoyarlo en los momentos difíciles. Pero ahora, esas intenciones eran puestas en duda y malinterpretadas de la peor manera posible.
Benicio respiró profundamente, tratando de contener la indignación que sentía. No podía permitir que esas acusaciones lo desviaran de su propósito. Había dado su palabra y no pensaba romperla. No importaba a esas alturas si Alfredo creía en él o no. Apoyar a Sebastián era su prioridad.
—Cuando tus hábitos sean más saludables, seguramente esas restricciones desaparecerán, Seba. —Benicio bebió su café y se levantó llevando con él la mirada, un tanto compleja, de Sebastián.
Ya se estaba yendo de regreso a la oficina cuando volteó a saludar y notó que aún esa mirada no lo soltaba. Alfredo observaba por las cámaras de seguridad, que llevaban rato conversando
—¿Pasa algo? —Sebastián no respondió.
Benicio se acercó. Apoyó una mano en el hombro de Sebastián
—Seba — insistió.
Como si despertara de un sueño. Sebastián se sobresaltó y se paró de su silla rápidamente. Benicio lo miró algo sorprendido por el comportamiento. Sebastián tenía una mirada llena de horror, vergüenza, su rostro se enrojeció de pronto. Las imágenes de su mente no le daban tregua. Benicio estaba preocupado.
—Seba… ¿Estás bien? —Sebastián bajó su rostro. Se excusó y repitiendo varias veces “Estoy bien, si” y regresó a su oficina.
Por un momento sintió que se estaba volviendo loco. Caminaba de un lado a otro en la oficina como un león enjaulado. Llevaba días invadido por ideas que no eran suyas. Él jamás pensaría en esas cosas. “¿Y si Benicio se dio cuenta?” se preguntó.
Todo era culpa de Manuel que le había metido esas locuras en la cabeza. Ya en el verano había sugerido algo así. Pero hacía poco había vuelto a insistir. En cuanto Manuel se lo dijo se negó rotundamente, asqueado y molesto. Ni siquiera lo había dudado. No solía enojarse con sus amigos, aún cuando cruzaban la línea una y otra vez. Sin embargo, esta vez, luego que Manuel le dijo aquello de nuevo, no habían vuelto a hablar.
Fue con sus amigos, que había comenzado a vivir esa vorágine que lo mantenía, aún en la actualidad, capturado y encapsulado en una espiral de la que no lograba salir. En ese instante Sebastián se sentó en el sofá frente a su escritorio y exhaló con resignación ¿Cómo demonios había llegado a esta situación?
El sonido vibrante de la música invadía el aire, llenando cada rincón del club. Las luces bailaban en tonos rojos y violetas sobre los rostros sonrientes de sus amigos, él se movía entre ellos como si fuera parte de ese bullicio desenfrenado. Solo que él no buscaba únicamente otra noche de diversión. Desde hacía tiempo, las fiestas eran algo más que un simple escape, algo que trascendía la diversión. Pero no podía explicarlo.
Si hubiera tenido que describir exactamente lo que sentía, tal vez hubiera dicho que se sentía vacío. Un vacío que se fue llenando de ruidos estridentes, de luces parpadeantes y de una lista abultada de diferentes bebidas y sustancias que prometían llenarlo por completo.
Su primera escapatoria la encontró en el alcohol. Aún no terminaba la escuela secundaria y el ardor que la bebida le dejaba al beberla, lo hacía sentir vivo. Al principio, solo era una manera de soltarse y permitirse acceder a esas emociones a las que de otra manera no lograba acceder. Le hacía bien; o por lo menos eso creía. Llenarse de alcohol, vaciarse en el cuerpo de alguna joven dispuesta, eran sus placeres más intensos.
Pero su necesidad de beber pronto se convirtió en un hábito cotidiano que lo ayudaba a enfrentar las largas horas de vacío después de la escuela. Ruido, luces, amigos y alcohol, la combinación perfecta. Una mano sobre su cuerpo podía sentirse como un hierro al rojo vivo, le generaba una sensación de hambre, que le resultaba abrumadoramente irresistible, el apetito parecía voraz. Y llenar su boca con un cuerpo tibio, le brindaba una saciedad que lo desbordaba, aunque cada vez le resultaba más efímera. Poco a poco ya ni el alcohol ni el sexo desenfrenado lograban emparchar ese hueco que tenía dentro.
Fue entonces que Ramiro regresó del exterior con una maleta llena de ideas y sensaciones novedosas “Solo pruébala. Te hará sentir bien, mejor que el alcohol”. Sebastián dudó, pero esa promesa de bienestar, de un alivio distinto, le ganó la partida. La probó. Y aquella noche, por primera vez en años, se sintió verdaderamente libre de su frustración, de su vacío… de su padre. Aquella sustancia no tardó en transformarse en necesidad. Ya no era solo por las noches. Las pastillas se volvieron más frecuentes, y poco a poco, su vida empezó a girar en torno a ellas. Cada fiesta era una oportunidad de escapar, cada encuentro, una nueva razón para perderse en las pastillas, en los cuerpos de esas mujeres que compartían con él las mismas ansiedades.
Con su grupo de amigos, solían reunirse los fines de semana en encuentros sexuales grupales. Marianella, Jessica, Carla, Sol y los muchachos. Solían bromear diciendo que eran una pareja de ocho. Cuando Ramiro regresó, eran una pareja de nueve. Alcohol, drogas y sexo era la orden del día. Los días de semana, las pastillas no salían de escena ni el sexo. Sus asistentes se encargaban de llenar el vacío de Sebastián en la oficina. Y sus amigas en las noches.
Nunca había sentido que algo de eso estaba mal. Él se sentía libre, después de consumir, el éxtasis que lo invadía era inmediato. El mundo se volvía más brillante, sus sentidos más agudos; era como si todo girara en torno a él. Y entonces buscaba un cuerpo para descargarse, y completar el ritual. Sin embargo, cuando todo volvía a la normalidad, cuando las exigencias, y las voces de autoridad estallaban contra él, nada quedaba ya de aquella locura embriagadora. Cuando estaba sobrio, sus noches rápidamente se convertían en puros recuerdos borrosos de fiestas y momentos de desesperación que lo hacían sentir aún más vacío.
Últimamente, los días pasaban sin que él encontrara sentido, sólo se esforzaba por complacer a su padre, para disponer de los recursos que le permitieran ser dueño de sus noches.
Tomó su cabeza con ambas manos. Hubiera querido gritar a viva voz en ese momento. Lo que estaba sintiendo lo estaba carcomiendo y no sabía como quitarlo, cómo detenerlo. Se levantó de pronto. Abrió la puerta dispuesto a llamar a una de sus asistentes, necesitaba aliviarse urgentemente. Pero de pronto sintió que sus tripas se retorcían.
Náuseas.
Cerró la puerta y se dirigió al baño.
Las asistentes, no pusieron mucha atención a lo sucedido, pero Gloria, la secretaria de Sebastián se dio cuenta que algo no andaba bien con él. Entró en su oficina y escuchó que su jefe estaba en el baño privado. La mujer golpeó la puerta llamándolo. Sebastián se lavó y abrió la puerta. Estaba despeinado y con la camisa abierta.
—Arréglate —dijo la mujer con indulgencia.
Sebastián se miró en el espejo y acomodó su ropa y mejoró su apariencia. La mujer en tanto preparó un té y lo dejó en el escritorio de Sebastián. Regresó al baño y Sebastián salía lentamente y en silencio.
—Puedo oír lo que piensas —Dijo Sebastián caminando con una mano en su estómago.
La mujer sonrió. Conocía a Sebastián desde pequeño y le tenía un gran afecto. Verlo en esas condiciones la entristecía.
—¿Tomaste algo? ¿Debería llamar al médico?
—No, Gloria, estoy bien.
—Toma este té, te hará bien.
—De acuerdo.
La mujer salió de la oficina y Sebastián se reclinó en su silla. Tomó su teléfono y luego de respirar profundamente, marcó.
—¿Podemos vernos?
—¿Se te pasó el enojo? —Sebastián no respondió— Está bien. ¿Voy a tu casa?
—Si. Te veré allí en un par de horas. No le digas a nadie. Ve solo.
Sebastián colgó. Tenía que solucionar eso y sacarse de una vez por todas esas ideas de la cabeza. De lo contrario terminaría enloqueciendo.
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—¡Ah! ¡Ya estás aquí! —dijo al ver a Manuel en la sala viendo televisión.
—Sí, llegué hace un rato. —Manuel se puso de pie.
Se acercó a Sebastián y lo saludó
—Me dio gusto que me llames. —Agregó sonriendo
—Tenemos que hablar de lo que me dijiste el otro día.
—¿Pensaste en ello? —preguntó Manuel emocionado
—¡Claro que no! —Respondió Sebastián dejando sus cosas en el sofá. Manuel lo observó. Sebastián se veía algo desmejorado y nervioso.
—Ese maldito viaje… desde que hicimos ese viaje no volví a pensar en ello. No lo recordaba, hasta que volviste a decirlo. Y ahora no he podido quitar eso de mi cabeza —dijo Sebastián, apesadumbrado, dejándose caer en el sofá.
Manuel se sentó a su lado. Lo miró con una sonrisa
—Entonces sí pensaste —Sebastián lo miró molesto— Seba, no tienes que hacer nada que no desees.
Sebastián pensó un momento. Su cabeza estaba a punto de estallar.
—¿Cómo sería? —preguntó Sebastián jugueteando con sus manos, algo inquieto. Manuel se giró en el sofá hacia su amigo.
—Pues… no lo sé. Supongo que podríamos charlarlo. —Manuel comenzó a sentir cierta expectativa— ¿Tú tienes alguna idea?
Sebastián levantó su rostro y miró a su amigo. Buscaba respuestas y solo encontraba más preguntas.
—No. A mi nunca se me pasó por la cabeza tener sexo con un hombre. Hasta que tú me lo dijiste —respondió de manera acusadora. Manuel sonrió.
—Y ¿porqué te molestas?
—¿A ti no te resulta raro estar con un hombre?
—Bueno, convengamos que nada de lo que hacemos en el departamento es muy común que digamos. Yo no conozco a nadie que tenga sexo grupal los fines de semana, ni hablar de estar con cuatro chicas, en la misma noche, con dos o tres a la vez, compartiendo una chica con un amigo, o incluso masturbándose viendo a dos amigos teniendo sexo… Creo que “ raro” es lo que acostumbramos hacer nosotros.
—Pero… ¿un hombre? —Sebastián estaba algo conmocionado
—Escucha, si no quieres, solo tienes que decir que no. Todo está bien —dijo pacientemente— Seba esto no es algo para hacerse tanto problema.
—Y… ¿Cómo sería? —Insistió Sebastián. Manuel sonrió.
—Pienso que debería ser en el dpto.
—¿Adelante de todos? Es vergonzoso.
—Podemos meternos en una de las habitaciones. Yo creo que el dpto es el mejor contexto para la exploración de ese tipo de cosas, porque ya lo hemos hecho y nos ha ido bien. Además, si lo hiciéramos aquí, yo creo que sí se vería raro. ¿Tu prefieres hacerlo aquí?
Sebastián no respondió, desde que Manuel había mencionado la habitación lo único que tenía en su mente era la habitación de Benicio.
—¿Por eso me pediste que viniera solo y no le dijera a nadie? —Sebastián se quedó mirándolo en silencio— ¿Quieres intentarlo?
—¿Cómo sería? —Manuel sonrió de nuevo.
La conducta de Sebastián le inspiraba ternura y verlo tan desmejorado le sugería que quizás Sebastián no estaba pensando correctamente.
—He leído y he visto algunas cosas. Yo propondría que fuera una vez cada uno para que ambos probemos, pero si tu no deseas hacerlo está bien para mí.
—¿Una vez cada uno?
—Podemos hacer dos encuentros, o ambas la misma noche, pero tengo entendido que si no se está bien preparado, puede ser molesto o doloroso, con lo cual supongo que la misma noche puede ser difícil.
—¿Y si no te gusta?
—En todos estos años hemos probado decenas de cosas raras, algunas de las cuales hemos dejado de lado cuando no nos gustaban, y otras las repetimos de vez en cuando. Es así de simple.
—Si repites, ¿cuál sería la diferencia entre tú y un gay?
—A mi no me exitan los hombres Sebastián. No es mi intención que tú me excites. Lo único que pretendo es explorar un tipo de placer que aún no conozco. Y para serte sincero, Seba… yo creo que si aún no lo hemos probado entre nosotros es por Ramiro.
Luego de unos minutos de silencio. Manuel apoyó su mano en la rodilla de Sebastián y lo miró con cariño.
—Seba, piénsalo.
—Claro que no —espetó Sebastián, apartando la pierna con brusquedad.
—Vamos… Si de lejos se nota que lo estás considerando.
—Pero no contigo. —Manuel lo miró sorprendido
—¿Con Lauti? —Sebastián movió su cabeza hacia ambos lados sin decir nada— ¿Juaco? —Negó de nuevo—No se te ocurra decirle a Rama, él no solo va a decir que no, es capaz de golpearte.
Sebastián volvió a negar.
—No es nadie del dpto.
—¿Lo harás con un desconocido? —Sebastián negó.
—Benicio —Manuel lo miró sorprendido, y estalló en una carcajada sonora
—¿Sensei? Oh! Vamos Sebastián… sabes que ese hombre jamás, jamás, jamás aceptaría ese tipo de cosas. Y lo que es peor, podría sentirse ofendido. Te va a hacer una de sus tomas de artes marciales y te dejará cuadripléjico— dijo burlón
Sebastián no respondió. Pero su respiración se había acelerado.
—Pues fíjate que me dejas muy dolido, porque yo siempre consideré que tú eres mi amigo más cercano y de hacer algo así, prefería hacerlo contigo. Ya veo que no es igual para ti.
—No es eso. Es que . . . Bueno cuando pienso en cosas que son divertidas pienso en ustedes, cuando pienso en cosas que no son divertidas, pienso en él. No es nada divertido. El sexo con un hombre no me parece divertido…
—Yo creo que tu sensei no está abierto a este tipo de cosas Seba. Te puede traer problemas. Tengo que irme. Si tú no aceptas, le preguntaré a Lauti. Piénsalo y me llamas.
Manuel se despidió y salió de la casa de Sebastián, dejándolo sumido en un mar de preguntas y de curiosidad.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Sebastián, se sentó en un rincón oscuro de la sala, las voces de los demás parecían lejanas. Miró la jeringa en su mano. ¿De dónde había salido eso? ¿Qué demonios estaba haciendo? Una oleada de calor recorrió su cuerpo, y en un primer instante se sintió ligero, casi como si estuviera flotando. La euforia lo envolvió, y por un momento, todos sus problemas parecían desvanecerse. Sus pensamientos, que antes eran caóticos, se volvieron más lentos y suaves, como si estuviera sumergido en un suave manto de calma.
Sin embargo, esa sensación placentera no duraba mucho. Pronto, la euforia se tornó en confusión. Sebastián intentó concentrarse, pero su mente se sentía nublada; las palabras y los pensamientos se escapaban de él. Le costaba recordar por qué estaba allí, había decidido que no iría. Había decidido que no bebería y no caería de nuevo… ¿En qué momento tomó la jeringa? ¿Qué demonios estaba pasando con él? De pronto el miedo comenzó a anidar en su pecho.
A medida que el tiempo avanzaba, el calor del inicio se iba transformando en una sensación de frío. Su corazón latía con fuerza, y sentía que el aire se volvía más denso, casi irrespirable. No muy lejos, una de las chicas caminaba desnuda hacia la heladera, no podía ver quien era. La veía, pero no la reconocía. Pensó en acercarse, en apretarla, morderla, penetrarla una y otra vez hasta alcanzar la liberación que tanto anhelaba. La respiración se tornó irregular y superficial. Intentó levantarse, pero sus piernas estaban más pesadas que de costumbre, como si estuvieran hechas de plomo. La habitación comienzó a girar.
El miedo se convirtió en pánico. Se sintió atrapado en su propio cuerpo, incapaz de pedir ayuda. Los sonidos a su alrededor se iban distorsionando; la música que solía disfrutar se convirtió en un murmullo lejano y amenazador. Tomó su teléfono, pero no lograba entender lo que veía. La desesperación lo estaba envolviendo mientras su visión se oscurecía, y comenzaba a perder la noción del tiempo y del espacio.
En su mente, surgieron recuerdos de momentos felices, sonidos de risas y de música, bailes. Pero fueron interrumpidos por una creciente sensación de asfixia. Ya no lograba sentirse libre. Sabía que algo no estaba bien, que esta experiencia lo estaba consumiendo, pero estaba tan atrapado en su estado que no podía hacer nada para detenerlo. En un último intento de aferrarse a la realidad, cerró los ojos, esperando que al abrirlos todo haya pasado, aunque en el fondo sabía que había cruzado una línea peligrosa.
Cuando abrió los ojos, la primera imagen que captó su mirada fue una bolsa de suero colgando, a su lado. Las gotas de líquido caían rítmicamente, una tras otra, como una delicada lluvia en una tarde serena. Sus ojos recorrieron la habitación, y reconoció de inmediato las suaves tonalidades de las paredes, la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas y el aroma familiar que lo envolvía.
Era la habitación de Benicio. Un remanso de paz en medio del caos. Cerró los ojos nuevamente, dejándose llevar por la sensación de seguridad y tranquilidad que sólo ese lugar le brindaba. En lo único que podía pensar era en dormir. Era como si la misma atmósfera lo abrazara, susurrándole al oído que estaba a salvo. Sentía el calor del hogar, el refugio que siempre había encontrado en la presencia de su amigo.
Poco después del mediodía, Sebastián abrió los ojos lentamente. Sintió el peso de la culpa aplastarlo antes de que pudiera enfocarse en su entorno. Y cuanto más reconocía del lugar en que estaba, más opresión sentía en su pecho. Su cuerpo se sentía pesado, y la bolsa de suero vacía sobre la mesa de noche era un recordatorio de lo que había pasado. Levantó la cabeza ligeramente, y se incorporó con dificultad. Estaba mareado. Pero se sentía bien. Caminó hacia el baño y luego de lavarse, miró su reflejo. A su alrededor había cosas suyas. No podía no sentirse en casa. “Siempre tendrás mi apoyo, Seba. Pero ten en claro que solo quiero lo mejor para ti. Nunca voy a apoyarte si te encaminas a destruirte. No me agrada verte en esas condiciones.” Respiró profundo.
Salió apesadumbrado. Sabía lo que seguía. Ya se había comprometido antes y, claramente, había fallado. Pero por alguna razón cuando los reclamos venían de Benicio, a pesar de ser igual de aburridos, se le hacían más llevaderos. Sus pasos se sentían pesados, no sabía muy bien si era porque acababa de despertar luego de no haber dormido bien en días, o porque realmente no quería enfrentar a Benicio.
En la sala, vio a Benicio sentado en el sofá, con la mirada fija en el suelo. Tenía un libro en su mano, pero no leía. No había necesidad de palabras para entender que había pasado la madrugada en vela, preocupado.
El silencio en la habitación era casi tangible, y Sebastián supo de inmediato que no era un silencio vacío. Era un silencio cargado de emociones, de cosas que querían decirse pero no podían. Benicio noto que Sebastián salía del cuarto y volteó hacia él.
Se veía terrible. Y se sentía peor. La mirada de Benicio se le hizo aplastante. En el camino del baño a la sala había pensado mil formas de disculparse. Sin embargo, ante esa mirada, todo lo que pensaba, sentía o quería decir desapareció de pronto.
Benicio se levantó y preparó algo para que Sebastián comiera. No dijo nada. Solo sirvió una taza de chocolate caliente, y un plato con unos panes tostados.
—Come algo —dijo pero no levantó la mirada. Era como si, por primera vez, no supiera cómo enfrentar a Sebastián
—Gracias —dijo Sebastián.
Benicio no lo notó, pero ese “gracias” trascendía el desayuno. Era un gracias que iba más allá de todo lo que Benicio podía imaginar. Era por el desayuno, por rescatarlo, por el cuidado, por la preocupación, por esa sensación tan indescriptible de estar en casa, por estar… por estar a su lado. Pero Benicio tenía emociones encontradas en su alma que no le permitieron percibir todo eso. Asintió con un gesto de su cabeza y regresó al sofá.
—¿No vas a decir nada? —dijo Sebastián. Benicio se detuvo. Volteó hacia el muchacho y lo miró unos segundos antes de responder.
—¿Vale la pena? Es decir… algo de lo que diga ¿tendrá sentido para ti? ¿Cambiarán las cosas si te digo algo?
Sebastián miró su taza, el chocolate giraba humeante. Sonrió entristecido. Tantas veces había perdido perdón, tantas veces se había disculpado, tantas otras había asegurado que no volvería a pasar.
—No lo sé, pero prefiero que digas algo a que te quedes callado.
—Es curioso, yo prefiero que dejes de meterte porquerías… Evidentemente ni tú ni yo tendremos lo que queremos. Come. Tu tío dijo que necesitas comer.
Benicio se sentó en el sofá y tomó de nuevo el libro.
—Luego alístate, te llevaré a tu departamento. No puedes quedarte aquí.
—¿Yo no puedo o tú no quieres?
—Ambas.
Sebastian sentía algo apretando su garganta. Desayunar fue difícil. Usualmente en esas situaciones, se llenaba de bronca, de ira, de ganas de golpear y romper cosas. Pero en ese momento, solo sentía deseos de llorar. Quería llorar desesperadamente. Pero por alguna razón, el llanto no estaba a su alcance.
Lo agradeció.
Hubiera sido vergonzoso.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Una noche, al despertar en un callejón desconocido después de quién sabe qué cóctel, Sebastián comenzó a reír. Percibía en sí mismo un olor nauseabundo. El cuerpo entero le dolía y su cabeza daba vueltas. Pero aún escuchaba la voz de su padre diciéndole lo débil y vulnerable que era, lo poco que servía para seguir su legado, y lo decepcionado y frustrado que se sentía porque fuera su hijo.
El estado deplorable en que se encontraba no había logrado borrar esas palabras. Su padre lo pisoteaba, y él se destruía. ¿Había diferencia entre ambos? Algo dentro de él se quebró. Estaba solo. A su alrededor solo había silencio, pero en su cabeza los gritos no cesaban. Sentía frío. Al ponerse de pie tambaleante reconoció el lugar, estaba cerca del apartamento de Benicio. Fue como si en ese instante, entre la confusión y la resaca, Sebastián vislumbrara una pequeña chispa de claridad. Como si pensar en Benicio, en su casa, fuera la luz al final del oscuro túnel en que estaba metido desde hacía años.
Apoyándose en los muros llegó hasta la entrada del edificio y buscó las llaves. No sabía qué hora era, pero como estaba oscuro aún, no quería despertarlo. Tenía que hacer las cosas bien por una vez en su vida. Mientras subía, recordó sus palabras de apoyo, y resonaron en su mente los largos y sentidos sermones. Sin embargo, a lo que más le temía era a sus silencios. Sintió una tristeza profunda por lo que estaba haciendo con su vida. Por primera vez en años, el miedo a continuar por el mismo camino fue mayor que el dolor de enfrentarse a su realidad.
Entró con sigilo en el departamento y se dirigió al baño. Benicio dormía. Luego de varios minutos en la ducha salió renovado, limpio. Llevó su ropa asquerosa a la cocina y la metió en una bolsa. Luego de dejar todo en orden, se acostó en la cama y cerró los ojos. Benicio tenía razón, cuanto más evidenciara su incapacidad de conducir su vida, más intervendría su padre.
Su padre le había dicho muchas veces que demostrara que podía, pero él no quería demostrarle nada a su padre. No quería darle el gusto. No quería satisfacerlo. Detestaba con todo su ser a ese hombre. Hacer algo que pudiera movilizar una sonrisa de satisfacción en el viejo Carrasco le revolvía las tripas. Pero tampoco podía seguir de esa manera.
Con una fuerza que él mismo no sabía que poseía, decidió tomar las riendas de su vida, pero esta vez… esta vez sí lo haría de verdad. Convencido de que al despertar todo sería diferente se quedó profundamente dormido, después de varios días de no poder dormir.
Poco después la alarma de Benicio indicaba que era la hora de levantarte. Aún estaba oscuro. Las luces de la calle se colaban por las rendijas de la persiana de la habitación. Benicio vio la figura de Sebastián a su lado. No se había dado cuenta de que había llegado. “A Alfredo no le gustará esto”, pensó. Respiró profundamente y se alistó para salir a correr.
Corrió con Víctor el circuito que acostumbraban. Hablaron sobre el regreso de Sebastián a casa de Benicio y la decenas de llamadas que Alfredo le había hecho en ese rato. También le mencionó, sorprendido, que Sebastián había llegado sin que él lo notara. Víctor sonrió y bromeó diciendo que, quizás, Sebastián había aprendido su lección.
Al regresar a la casa, el aroma al café recién preparado invadió sus sentidos. Caminó hacia el cuarto y vio la cama vacía. la luz del baño encendida y al asomarse vio a Sebastián perfilándose la barba.
Por lo general Sebastián no se rasuraba, solo se recortaba la barba un poco para que esté prolija y perfilada.
—Deberías rasurarte de una vez —dijo Benicio apoyado en el marco de la puerta con sus brazos cruzados en el pecho. Sebastián alzó la vista y le sonrió al reflejo de Benicio en el espejo.
—¡Buenos días! —Benicio no salía de su asombro. Sebastián estaba algo demacrado, pero se veía muy bien.
—No te sentí llegar anoche.
—Esa era la idea. —exclamó Sebastián enjuagando su rostro —No quería despertarte. —dijo mientras pasaba delante de Benicio secando su barbilla y cuello.
—¿Estás bien? —Preguntó Benicio
—Estoy muy bien. Me hizo bien dormir.
—Tu padre sabe que estás aquí y no está contento. —Sebastián sonrió mientras se ponía los pantalones
—¿Te pidió que me eches de nuevo?
—No respondí sus llamadas. Pero sí… eso es lo que dirá.
—¿Y tú qué quieres? — Preguntó Sebastián mientras abrochaba su cinturón
—¿Yo? — Sebastián miró a Benicio y se acercó a él.
—Sí, tú. Dices que me echas porque mi padre te lo pide. Y yo te pregunto qué quieres tú. —Benicio sintió por un momento que Sebastián estaba demasiado cerca y esa forma tan diferente de dirigirse a él, le resultaba inquietante.
Volteó su rostro y miró el baño, que estaba realmente impecable. Y luego volvió a mirar a Sebastián.
—Bueno —dijo con naturalidad —Si bien tienes el talento de sacarme de las casillas, al punto de querer sacarte de mi casa a patadas en el culo, hoy no es el caso.
Sebastián sonrió satisfecho.
—Mientras te bañas, terminaré con el desayuno. —Dijo y salió de la habitación.
Benicio se quedó pensativo unos segundos, y luego reaccionó y se alistó para ir a la oficina. Desayunaron juntos, en paz y armonía.
El camino estaba iniciado. Al principio, fue difícil para Sebastián. Las discusiones con su padre, y las llamadas de sus amigos para salir, se convirtieron en recaídas que lo hacían dudar de su propia voluntad. Con frecuencia, el tener que enfrentarse a la realidad en soledad, aunque era necesario, parecía insoportable. Pero poco a poco, con el apoyo de Benicio y de su tío que siempre permanecían a su lado, comenzó a construir una vida distinta. Empezó a trabajar en sí mismo, tenía que aprender a confrontar con su padre sin morir en el intento. Fue un proceso lento, con muchos días oscuros, pero también con pequeños momentos de luz.
Con el tiempo, comenzó a entender que el vacío que llevaba dentro no podía llenarse con placeres temporales ni con estímulos externos.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Sebastián llevaba poco más de un mes sin visitar el departamento los fines de semana. Ramiro, con frecuencia, insistía en verlo pero sólo se juntaban luego de la oficina a tomar algo y conversar. Luego Sebastián regresaba a casa de Benicio.
Alfredo estaba más que satisfecho. Su hijo había recuperado el buen semblante, con lo cual, la pronta reunión del directorio se encontraría con un futuro presidente digno del cargo. No obstante, tenía una piedrecilla en su zapato, y era esa absurda manía de Sebastián de permanecer en casa de Benicio. Algo que Alfredo nunca podría comprender.
Manuel solía visitar a su amigo en la oficina a la hora de almorzar. Salían a comer juntos y conversar. Pero no habían vuelto a hablar sobre “aquel asunto”, lo que llevó a Manuel a pensar que quizás el alejamiento de Sebastián se debía a esa propuesta que le había hecho. Ambos, Ramiro y Manuel, le insistieron toda la semana, con que asistiera por lo menos un rato a la celebración del cumpleaños de Ramiro, en el departamento. Sebastián finalmente accedió pero dejando en claro que no pasaría el fin de semana con ellos. Solo iría un rato por la noche.
—Pero no voy a beber. Quiero mantenerme limpio. —Dijo con solidez mientras almorzaba. Manuel sonrió, finalmente lo había conseguido.
—No es nuestra costumbre obligarnos a hacer lo que no queremos ¿verdad?
—Solo quiero dejarlo claro.
—Entiendo. Sé que tu padre te está presionando demasiado. Yo realmente agradezco que los míos sigan en Europa.
—No es solo mi padre. —Sebastián replicó sin pensar.
—Ya lo imagino… Sensei debe ser muy intenso también.
Sebastián bajó su mirada algo avergonzado. Su curiosidad respecto a Benicio no se detenía, por el contrario, cada vez se volvía más persistente. Y el esfuerzo que hacía por ocultarlo, acababa por exponer su inquietud.
—Supongo que sigues considerándolo a él en lugar de a mí. —Reclamó Manuel algo risueño rompiendo el silencio.
Sebastián se sintió intimidado, y no pudo ocultarlo
—Y… en verdad no lo comprendo. —agregó Manuel con calma.
Sebastián permaneció en silencio. Él tampoco tenía claro el motivo. Pero no quería pensar en eso. Demasiado tenía ya con el hecho de tener que casarse, de tener que hacerse cargo del Holding, como para hacerse problema por esas ideas descabelladas que últimamente no lo dejaban en paz.
—¿Hablaste con él? —preguntó Manuel con curiosidad
—Claro que no. —Sebastián respondió casi espantado
—¿Lo harás? — Insistió el muchacho.
Sebastián lo miró pensativo
—Aún no lo sé. No es el momento.
—Pues, yo creo que Sensei, con una de sus llaves o tomas de karate te va a mandar a volar en cuanto le sugieras algo así… —dijo sonriendo.
Luego se detuvo y borró su sonrisa y miró a su amigo con seriedad
–O no… —dijo con picardía.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sebastián
—Bueno, estaba pensando que las chicas siempre dijeron que él las rechazaba porque está enamorado de ti.
Sebastián estaba totalmente descolocado con la presunción de Manuel. La sorpresa en su expresión hizo reír a Manuel.
—¡Oh! Vamos, no me digas que nunca lo habías pensado.
Sebastián seguía sin reaccionar
—¿Nunca te preguntaste lo que hace contigo cuando estás inconsciente?
Manuel lo miró con picardía. Sebastián se estremeció.
—¿Qué mierda estás diciendo? —Sebastián estaba claramente indignado y Manuel satisfecho reía, burlón.
—Lo siento… Pero en mi defensa diré que el que lo prefieras a él para algo que es tan nuestro, me molesta un poco. Así que solo quería molestarte un poco a ti también.
—¿Estás loco, verdad? —Manuel se rio y asintió
—Sí, un poco tal vez. Pero hay algo innegable. Él siempre toma la posta. Donde nosotros te dejamos, él te recoge y cuida de ti. No hay forma de competir con eso. Supongo que es lógico que lo prefieras.
—No lo prefiero, imbécil —murmuró Sebastián en voz baja, sin mucha seguridad.
—Relájate, sólo estoy bromeando.
—¿No se puede ser serio contigo?
—Bueno… no es lo que acostumbramos. Rara vez hemos tratado cosas serias hablando. Por lo general, solo buscamos distraernos. Y tú ¿Por qué ahora te tomas las cosas tan en serio?
No pudo responder la pregunta, haciendo que perdure en su mente, una cosa más que ahora resonaba en su cabeza atormentándolo. La conversación dejó a Sebastián con una sensación extraña en el pecho. La insistencia de su amigo en el encuentro sexual no dejaba de incomodarlo, y las bromas poco graciosas que hacía al respecto le caían como una patada en el hígado. Sus reclamos sobre preferir a Benicio y las insinuaciones sobre lo que éste podía hacer cuando él estaba inconsciente lo habían puesto nervioso. Pero lo que más le perturbaba era esa teoría sin sentido de que podría estar enamorado de él. “¿Y si es así?” se preguntaba mientras caminaba de regreso.
No dudaba de la conducta respetuosa de ese hombre que había sido su guía y maestro los últimos años de su vida, pero la curiosidad sobre lo que realmente sucedía cuando estaba inconsciente comenzó a invadir su mente. Las palabras de Manuel resonaban en su cabeza: “las chicas piensan que él está enamorado de ti”. Esta idea le resultaba descabellada y, al mismo tiempo, no podía evitar preguntarse si había algo de verdad en ello.
Cada vez que pensaba en esa posibilidad, su corazón latía un poco más rápido. Sabía que Benicio lo cuidaba y se preocupaba sinceramente por él, pero ¿podía haber algo más? ¿Podría ser cierto que ocultaba sentimientos más profundos?
El camino de regreso pareció más largo que nunca. Sebastián se detuvo un momento, mirando al suelo, tratando de ordenar sus pensamientos. Sentía que estaba caminando en una cuerda floja entre la confusión y la curiosidad. Lo que antes parecía tan claro y seguro ahora estaba nublado por las dudas y preguntas que no se atrevía a hacer en voz alta. Preguntas cuyas respuestas no estaba seguro de querer escuchar.
La tarde en la oficina se le hizo eterna, pero finalmente, el día terminó. Llegó a la puerta del apartamento de Benicio. Respiró hondo antes de entrar, decidido a enfrentar sus sentimientos, aunque no estuviera seguro de cuáles eran exactamente.
Thoughts
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PermalinkA mí las cuentas de Benicio no me salen. Cobra lo mismo que Sebastián, paga su piso solo y aún le sobra para prestarle. Apuesto a que la palabra que le dio a Alfredo hace años va de dinero.
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PermalinkAlfredo cerrando el puño y llevándoselo a la boca en el playón dice más de él que toda la reunión del Directorio. Ese hombre también lleva años conteniéndose, y me quedé pensando que Sebastián y su padre se parecen más de lo que ninguno aguantaría escuchar. Y Sebastián ahí, frente a su puerta. ¿Vas a publicar pronto lo que pasa cuando entra?
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PermalinkEn el 2014 le quité el celular a mi hijo mayor y lo dejé un mes sin salir, más o menos como Alfredo con el router y la comida, agua y cama. Tenía diecinueve y andaba con unos amigos que no me gustaban. Aguantó juicioso las cuatro semanas. La primera noche que salió no volvió hasta el domingo. Lo fue a buscar mi hermano, no yo, y a mi hermano sí le contó todo.
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Séptimo mensaje: Fuego en la Alturas..! ❤️🔥
Habían pasado un par de semanas desde el "incidente" del radiador en la autopista de La Guaira. El carro de José ya estaba reparado, pero la tensión entre ellos seguía con el termostato al límite.…
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Capítulo 4. La Batalla del Hierbazal: Sangre y Resistencia
El amanecer de aquel día no trajo el canto de los azulejos, sino el eco metálico de las armaduras. Desde la loma, las fuerzas españolas avanzaban como una serpiente de hierro, confiadas en sus…
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Lars and the Real Girl - Y si a veces amar es simplemente no irse?
Lars and the Real Girl es una de esas películas que parecen un chiste contado en voz baja… hasta que te das cuenta de que en realidad está hablando de algo muy serio: cómo se aprende a amar cuando…
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Capítulo 49: Entrando en la Torre (1)
Pasa otro mes.