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Capítulo 16

amarsinperderme
Pensamiento

Pensamiento

ClaudiaBenitez

Hombre, la frase de la mujer que ama a su familia y por eso ama el orden de su casa la tenía mi abuela bordada, casi igual, en un paño de cocina. Nadie la bordó para oprimir a nadie y aun así hizo su trabajo durante décadas. Por eso me parece tan bien que

Hombre, la frase de la mujer que ama a su familia y por eso ama el orden de su casa la tenía mi abuela bordada, casi igual, en un paño de cocina. Nadie la bordó para oprimir a nadie y aun así hizo su trabajo durante décadas. Por eso me parece tan bien que el capítulo junte a Federici con los comedores: la teoría le puso nombre a algo que en el barrio ya se sabía con las manos, y me hace pensar que tu comedor ya explicaba a Federici antes de que la leyeras.

Contenido de la publicación

“Lo personal es político.”

 Carol Hanisch

 

Cuando entendí que mi historia era política

 

Con frecuencia creemos que nuestras dificultades pertenecen exclusivamente al ámbito privado. Pensamos que los miedos, las carencias, los esfuerzos y las batallas que atravesamos en el día a día son el resultado estricto de nuestras decisiones individuales o de malas circunstancias personales. Nos culpamos en silencio. Sin embargo, hay momentos clave en los que la realidad nos obliga a levantar la cabeza y ampliar la mirada. Lo que parecía una historia íntima y encerrada entre cuatro paredes comienza a revelar conexiones invisibles con procesos históricos mucho más amplios. Y aquello que creíamos únicamente nuestro adquiere un significado completamente diferente cuando entendemos que forma parte de una experiencia compartida por miles.

Con el tiempo comprendí que lo que estábamos viviendo en aquellos barrios no era un fenómeno aislado ni una racha de mala suerte. Formábamos parte de una de las crisis sociales e institucionales más profundas y dolorosas que atravesó la Argentina. A finales de los noventa y principios de los dos mil, el país se caía a pedazos. Miles de trabajadoras y trabajadores quedaban fuera del mercado laboral de la noche a la mañana; las fábricas cerraban sus persianas, el desempleo crecía a pasos agigantados y la pobreza avanzaba ferozmente sobre familias que, hasta hacía pocos años, habían logrado sostenerse dignamente con el fruto de su esfuerzo. Lo que en los medios de comunicación aparecía frío, lavado en forma de estadísticas y porcentajes y más ajuste al cinturón, nosotros lo veíamos todos los días en carne viva, el reflejo de muchos rostros angustiados de nuestros vecinos y familiares, esa misma vulnerabilidad se contagiaba como pandemia y fue noticias que se expandía de punta a punta en nuestro país.

Fue en ese contexto de desamparo absoluto donde comenzaron a surgir los movimientos de trabajadores desocupados. Frente a un Estado que no daba respuestas y a un sistema económico que expulsaba a las personas como descarte, privatizando todo tipo de derecho, fue así que las organizaciones comunitarias se convirtieron en la única forma posible de supervivencia y, al mismo tiempo, de resistencia. Los cortes de ruta, las ollas populares, las marchas y las asambleas barriales no nacieron del capricho rebelde de un grupo de personas de la vagancia ni de las ganas de confrontar; nacieron de la necesidad más pura y urgente. Detrás de cada movilización había familias enteras que intentaban manotear algo para comer, madres desesperadas que buscaban asegurar la leche para sus hijos y personas enteras que se negaban rotundamente a aceptar que la exclusión fuera un destino inevitable grabado en sus vidas.

Yo fui parte de esa historia. No la observé cómodamente desde afuera ni la estudié años después en los apuntes de un libro universitario. Yo la viví con el cuerpo. Caminé esos barrios y pasillos embarrados de los barrios, participé de reuniones interminables bajo techos de chapa, o en el patio de algún vecino que nos alojaba, compartí la angustia de las compañeras que no sabían cómo iban a hacer para llenar la olla al día siguiente y, también, sentí esa chispa de esperanza que surgía de la nada cuando descubríamos que organizarnos colectivamente, tenía la conciencia de que unidos podíamos transformar un pedazo de nuestra realidad. Ahí mismo, al calor de los fogones urbanos, entendí que la política no era solamente lo que ocurría en los despachos lujosos de los funcionarios o en los discursos acartonados de las campañas electorales. La política también estaba latiendo en un comedor comunitario, en el vapor de una olla popular y en la mano de una vecina que compartía el último paquete de fideos que le quedaba con otra familia del barrio.

Empecé a comprender que muchas de las cosas que a mí me habían tocado sufrir no podían explicarse únicamente desde la lógica del esfuerzo individual. A mí me habían criado con la idea meritocrática de que quien trabaja progresa, y que quien no lo lograba era simplemente porque no se esforzaba lo suficiente. Sin embargo, la realidad que estallaba delante de mis ojos desmentía esa mentira todos los días. Vi hombres y mujeres sumamente trabajadores, comprometidos, madrugadores y responsables que, aun dándolo todo, habían quedado tirados al costado del camino, excluidos por el sistema. Fue entonces cuando me cayó una ficha que cambiaría para siempre mi manera de mirar la sociedad, los problemas que sentimos como personales e íntimos muchas veces tienen raíces profundamente sociales y políticas. Y así se manifestaba en mí el sentimiento colectivo, deconstruyendo la meritocracia con la única frase que me impulsaba esta nueva energía, “La unión hace la fuerza”.

Sin saberlo, aquellos años de barro, asambleas y lucha sembraron en mí preguntas incómodas que tardarían mucho tiempo en encontrar una respuesta teórica. Preguntas punzantes sobre la desigualdad, el poder, el valor del trabajo, los cuidados familiares y el lugar postergado que ocupábamos las mujeres dentro de esas mismas luchas colectivas. En esa época, yo todavía no conocía las teorías feministas ni había hojeado a las autoras que más tarde me abrazarían y me darían un marco conceptual. Pero el proceso ya estaba en marcha dentro mío. Mientras aprendía a leer la cruda realidad social de mi país, también comenzaba, muy lentamente, a releer mi propia historia personal con otros ojos.

Muchos años después, cuando cursaba psicología social teníamos que leer un texto de la autora Silvia Federici, me dio un vuelco el corazón. Comprendí que ese trabajo invisible de cuidado que hacíamos las mujeres limpiar, cocinar, remendar, consolar, tenía un valor social y político inmenso para sostener el sistema, aunque durante siglos la historia oficial lo hubiera invisibilizado bajo la etiqueta de “una mala mujer” o la excusa de que las “mujeres somos más limpias que los hombres” y si queremos asociarlo con el romanticismo también tenemos una frase “una mujer que ama su familia, ama el orden de su casa". Estos temas me llamo mucho la atención y quise profundizar más. En una clase de marxismo vimos unos de los textos de Julieta Paredes, encontré las palabras exactas para comprender algo que hasta entonces yo había vivido en carne propia sin poder nombrar, descubrí que muchas de las tareas que realizábamos en las barriadas no eran simples actos de caridad o solidaridad ingenua. Cocinar para cincuenta personas, levantar un comedor desde la nada, acompañar a una vecina golpeada, cuidar a los chicos ajenos para que otra pudiera salir a changuear, compartir recursos o inventar soluciones colectivas frente al hambre también eran formas profundamente políticas de defender y sostener la vida.

En los márgenes de la pobreza y la exclusión, las mujeres somos las primeras en no poner el cuerpo para resistir los golpes; algo que me llamo la atención en el movimiento era que cada vez eran más mujeres en las asambleas, mientras sus parejas quedaban desbastadas en su hogar ellas buscaban alternativas para sostener lo que el estado nefasto les había dejado. Estas mujeres en estos espacios comunitarios aprendían una nueva de construirse. La sororidad un apoyo mutuo y alianza entre mujeres que construyeron redes de contención, generando comunidad y haciendo posible que muchas familias pudieran seguir respirando.

Y Dora Barrancos en un discurso en la facultad de la Unqui donde fuimos invitadas para el lanzamiento de su libro que fue quien me ayudó a entender que nuestra participación en las calles no era un hecho aislado del 2000, sino parte de una larguísima y digna genealogía de mujeres argentinas que, aun cuando fueron sistemáticamente ignoradas por los relatos oficiales, ocuparon un lugar de vanguardia e imprescindible en las luchas sociales de nuestro suelo.

En aquel entonces, entre el humo de las maderas y el frío de las marchas, yo no me reconocía en el feminismo ni tenía las herramientas teóricas para interpretar lo que pasaba en mi entorno. Sin embargo, la militancia territorial me enseñó a los golpes una verdad que terminaría transformándome desde la raíz, lo que me pasaba a mí no era solamente un problema mío. Mis dificultades económicas, mis miedos de madre, mis responsabilidades asfixiantes y mis batallas cotidianas estaban atravesadas por relaciones de poder, por desigualdades de clase, por mandatos culturales machistas y por estructuras sociales rígidas que condicionaban nuestras vidas mucho más de lo que jamás hubiéramos imaginado.

Entre asambleas políticas, ollas compartidas, capacitaciones hechas a pulmón y largas conversaciones comunitarias sobre los tablones, fui construyendo un rompecabezas que nunca abandonó mis pensamientos. Supe que jamás olvidaría aquellos días, porque fue allí donde comprendí que mi historia individual era, en realidad, parte de una historia colectiva.

Detrás de cada mujer que comandaba un comedor, que organizaba una actividad textil o que acunaba a sus hijos en medio de la incertidumbre del desempleo, latían las mismas preguntas gigantescas sobre la pobreza, el género, la dignidad y el lugar que nos tocaba ocupar.

Hoy comprendo perfectamente que aquellos años de juventud sembraron en mi interior una inquietud fundamental que tardaría tiempo en madurar del todo. Aprendí a afilar el ojo ante las injusticias sociales, a cuestionar con rabia algunas verdades que hasta entonces había aceptado como normales o naturales y a reconocer el poder inmenso que nace cuando las personas comunes se organizan codo a codo. Pero todavía faltaba una parte crucial de la historia para cerrar el círculo. Había aprendido a mirar críticamente el ámbito que me rodeaba, sí, pero todavía no había aprendido a mirarme a mí misma con esa misma piedad y profundidad.

Porque comprender las estructuras macroeconómicas que producen la desigualdad en un país es un paso sumamente importante, pero, tarde o temprano, la vida te pone enfrente una pregunta mucho más íntima, más descarnada y más difícil de esquivar, ¿qué huellas, qué heridas y qué marcas dejaron esas mismas estructuras en mi propia piel? Y fue precisamente esa pregunta la que, años más tarde, me obligaría a armar las valijas para comenzar el viaje más personal, difícil y transformador de todos. Un viaje hacia adentro que ya no tendría como protagonista a la comunidad ni a la masa organizada, sino a la mujer que yo, Alejandra, estaba intentando llegar a ser.

© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Obra protegida por Derecho de Autor.

Thoughts

  • RamiroEsquivel

    Vi lo mismo acá en el norte con los cierres de los noventa: gente que cumplió toda la vida y que todavía se culpa a sí misma. La ficha que a vos te cayó a muchos no les cae nunca.

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  • HugoBarrientos

    A la idea del mérito la tumbaron los vecinos madrugadores que quedaron afuera igual, y los libros llegaron después a ponerle nombre. Así se caen casi todas las creencias grandes, mirando.

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  • ClaudiaBenitez

    Hombre, la frase de la mujer que ama a su familia y por eso ama el orden de su casa la tenía mi abuela bordada, casi igual, en un paño de cocina. Nadie la bordó para oprimir a nadie y aun así hizo su trabajo durante décadas. Por eso me parece tan bien que el capítulo junte a Federici con los comedores: la teoría le puso nombre a algo que en el barrio ya se sabía con las manos, y me hace pensar que tu comedor ya explicaba a Federici antes de que la leyeras.

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  • AndresQuiroga

    Le pondría un matiz a lo del Estado que no daba respuestas. El plan Jefes y Jefas de Hogar salió de esa misma presión en 2002, así que algo respondió, tarde y a cuentagotas, pero porque las ollas lo obligaron.

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  • RosaIturbe

    Las mujeres llenando las asambleas mientras los maridos se quedaban hundidos en casa: lo he oído contar más de una vez, casi con las mismas palabras. Al hombre el paro le quitó el lugar y a ella le dio uno.

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  • Ismaelillo

    Los primeros piquetes fueron en Cutral Có y en Mosconi, 1996 y 1997, gente que quedó en la calle cuando privatizaron YPF. Para el 2001 ya había toda una escuela armada en el conurbano, y en junio de 2002 mataron a Kosteki y Santillán en el Puente Pueyrredón. Por las fechas que das, lo tuyo cae justo en medio de eso.

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  • Baltazar

    La vecina del último paquete de fideos es la que más me quedó. Seguro nunca se enteró de que alguien lo iba a contar veinte años después.

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  • MartaEspejo

    Después del capítulo anterior, tan puertas adentro, este sale al barrio. Y cambian las palabras: del ajuste al cinturón de la tele al changuear del pasillo. ¿Las compañeras del comedor saben que las estás escribiendo?

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  • Ovid

    Dora Barrancos en la Unqui poniéndole genealogía a lo que ustedes hacían en la calle me hace pensar en lo raro que es enterarse de que uno ya era parte de una historia antes de que alguien la escribiera. Y ahora la estás escribiendo tú. Apuesto a que el viaje hacia adentro que anuncias va a pedir otro tono, y tengo ganas de verlo!

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  • terceraVia

    Mirá, la parte de la crianza meritocrática me parece la más honesta del capítulo, porque casi nadie admite que se la creyó. Yo le agregaría una incomodidad: en 2001 mucha gente convencida de que el que se esfuerza progresa terminó en la misma olla que el vecino que nunca lo creyó, y ninguno de los dos cambió del todo de idea. Apuesto a que en esas asambleas había compañeras que seguían pensando en el mérito y cortaban la ruta igual.

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