Stefan dejando la cantimplora en el suelo para no romper la tregua. Ese molinero es lo más decente de toda esa cueva, cachai.
Capítulo 16: tregua y conflictos
Pensamiento
Stefan dejando la cantimplora en el suelo para no romper la tregua. Ese molinero es lo más decente de toda esa cueva, cachai.
Contenido de la publicación
Los dedos fríos de la Luna no quemaron.
Sin embargo, pesaron.
Le pesaron tanto a Amaya que no pudo respirar.
Pero se repitió una y otra vez las palabras de la Luna.
«Tus impulsos no son tus demonios, Amaya»
El mundo se redujo a ese punto entre los ojos, a aquella presión que no dolía, pero desarmaba.
«Ellos están aquí.»
Detrás de ella, los lobos jóvenes no se movieron.
Esperaban.
Como siempre esperaban a la orden de la Luna.
Varko no entendía.
Lo había visto todo con horror. Todo había ocurrido demasiado rápido y delante de sus propios ojos.
El miedo se le había asentado en la boca, abierta por el terror que le recorría el cuerpo.
Había sido un estúpido. Sus compañeros se lo habían advertido. Pero él no había escuchado razones.
Una última gota de valor se asomó por sus labios.
—Vuelve acá —escupió—. Esto no terminó.
La Luna ni siquiera lo miró, mas estubo de acuerdo:
—No. No terminó. Pero ya no depende de ti.
Dejó a Amaya y el aire volvió a sus pulmones.
Amaya dio un paso atrás, con las manos temblando y los ojos clavados en Varko.
Quería grabarlo en la memoria.
No para atacarlo.
Sino para no fallar la próxima vez. Y, al mismo tiempo, quería evitarlo.
Porque sabía que si volvía a verlo, una parte de ella volvería a querer ser lo que había sido.
Lo que siempre fue.
La Luna giró, muy lentamente. Su vestido negro no hizo ruido sobre la piedra húmeda.
A pocos pasos se detuvo.
Mas exactamente, dos pasos la separaban de Varko.
Los lobos cerraron el círculo sin que ella tuviera que decir una palabra.
Colmillos a la altura de las rodillas. Respiraciones calientes sobre la piel.
—Aún deseas saber quién soy —dijo la Luna.
No fue una pregunta, ni por asomo.
Fue una afirmación.
—Te voy a responder.
Levantó la mano.
No con la intención de golpearlo…
Solo lo señalo.
El techo de la caverna pareció hundirse una pulgada.
El goteo del deshielo se detuvo.
El frío se volvió denso y antiguo.
—Yo soy la que te vio cada noche, incluso a tu aldea antes de que tuviera nombre.
Uno de los lobos avanzó, obligando a Varko a retroceder un paso.
—Soy la que cuenta a cada uno de tus muertos cuando el Drao ordena y tú solo obedeces por miedo.
Otros dos lobos lo cercaron con gruñidos hasta hacerlo chocar contra una pared de roca.
Varko no sabía si mantener los ojos en los lobos o en la mujer que tenía delante, quien también había avanzado para cerrar otra de sus posibles salidas.
—Soy la que te dejó salir con vida la última vez de las garras de tu propia sangre.
Los gritos y golpes de su padre regresaron como hierro contra sus huesos.
En su cráneo revivieron los lamentos.
Los llantos de un niño pidiendo perdón al cielo.
Varko intentó retroceder un paso más. Pero ya no había espacio a dónde huir.
Miró hacia abajo
Su cuerpo se sacudía. Su voz se negaba a salir. Y, cuando finalmente lo hizo, solo fue un quejido.
—Mm-men-tira.
La palabra salió rota.
Deformada por el frío que se metía entre sus huesos.
—No —respondió la Luna—. Todo está en la memoria.
Chasqueó los dedos.
La oscuridad de los bordes de la caverna se movió.
No eran sombras o espectros.
Eran recuerdos.
Un niño de ocho años apareció entre ellas.
Tenía el pelo sucio, varios golpes en el cuerpo y lágrimas escurriéndole por las mejillas mientras guardaba silencio para evitar otra ronda de maltratos.
Los ojos de Varko se abrieron de par en par.
Se recordó a sí mismo escondido bajo una mesa mientras afuera el mundo ardía.
Un hombre mayor, con la voz temblorosa, preguntaba:
«¿Por qué?»
«¿Cuándo?»
Y segundos después caía al suelo, herido de muerte.
El niño sostenía una daga entre sus pequeñas manos ensangrentadas.
Varko llevaba treinta años sin recordar aquello.
Sangre en el suelo. Adultos gritándose entre ellos. Todos buscando un culpable, a pesar de haberlo visto aquella noche sin luna.
Todos intentando apagar el incendio al que habían decidido no mirar durante demasiado tiempo.
Ya era tarde para eso.
Varko cayó de rodillas sin darse cuenta.
—No... ¡No fue mi culpa! ¡Yo era solo un niño!
—Lo sé —dijo la Luna—. Por eso sigues con vida.
Sin que ella pronunciara una sola orden, los lobos retrocedieron, concediéndole espacio al intruso.
—Los niños no son juzgados por lo que hacen los hombres.
Hizo una pausa. Pero no dio tiempo a qué Varko se recupere.
—Los hombres sí.
Amaya lo entendió.
Por eso la Luna no había dejado que atacara.
No era piedad.
Era orden…
Su forma práctica de enseñarle, que los hijos de la Luna no se convierten en verdugos por impulso.
Zaira exhaló por primera vez desde que habían entrado. Stefan no bajó la mano del cuchillo, pero aflojó los dedos. Los trece lobos no gruñían.
Solo observaban.
La Luna se agachó hasta quedar a la altura de Varko.
—Tienes dos opciones, hijo del miedo.
Levantó un dedo.
—Una: sales de aquí ahora. Dejas las armas. No vuelves. Y vives con lo que viste.
Los lobos regresaron junto a Amaya, que permanecía atenta a la elección de Varko.
La Luna levantó un segundo dedo.
—Dos: te quedas y descubres qué ocurre cuando dejo de esperar a que lo entiendan todo.
Varko temblaba.
Miró a Amaya.
Luego, a los lobos.
Y, por último, a la Luna.
Por primera vez vio que no había odio en aquellos ojos sin pupila.
Solo cansancio.
El cansancio de cientos de siglos.
—Ella... ella me va a matar —susurró, señalando a Amaya.
Amaya no respondió.
No sabía si podía prometer que no. Era difícil no tentarse. No ceder a aquello que siempre había creído ser.
La Luna se puso de pie.
—Eso depende de ella y también de ti... Pero yo ya di mi respuesta.
Se giró sin más.
El resplandor pálido de su piel era lo único que iluminaba la caverna ahora que la linterna había muerto por completo.
—Amaya… Ven.
Amaya dudó medio segundo.
Miró a Varko.
A los lobos.
Incluso a Zaira.
Luego siguió a la Luna.
Los lobos se abrieron para dejarla pasar. La Luna no volvió a mirar atrás. Pero su voz quedó suspendida en la piedra, baja y definitiva:
—La próxima vez que vengas con hierro, Varko... no estaré yo para detenerla.
El silencio cayó. Y en la oscuridad, los lobos se sentaron a esperar una vez más.
Stefan fue el primero en moverse.
No corrió hacia la salida, sino que se inclinó en el suelo.
El olor a sangre, orina y pólvora quemada le subió por la nariz en cuanto se acercó a los cuerpos.
Cuatro de los siete hombres aún respiraban con dificultad contra la piedra.
Uno tenía el antebrazo doblado en un ángulo imposible.
Otro se sujetaba el muslo, intentando contener con las manos lo que se escapaba entre sus dedos.
Zaira se quedó quieta.
Los lobos no la miraban. Pero podía sentirlos.
Si daba un paso en falso, lo pagarían ellos.
—Stefan —dijo en voz baja—. No.
Él no le hizo caso.
Se arrodilló junto a uno de los más jovenes. Coró, si no mal recordaba.
El muchacho de veinte años que había llorado pidiendo que pararan.
Tenía la cara pálida y los labios temblando.
Ya no lloraba.
Sus lágrimas se habían acabado.
—Déjalo —insistió Zaira, esta vez con más firmeza—. Si los tocamos, ellos atacarán.
Señaló a los lobos.
—Lo viste.
Stefan puso una mano sobre la frente del muchacho.
Sudaba frío.
—Son humanos, Zaira.
—¿Y nosotros no? Nos estaban cazando —respondió ella.
No hubo crueldad en su voz.
Sin embargo, era un hecho.
Una ley que ninguno de los dos podía permitirse olvidar.
Coró abrió los ojos.
Primero vio a Zaira. Y se encogió inconscientemente.
Luego miró a Stefan.
Algo cambió en su expresión.
Miedo, sí.
Pero también algo que no esperaba.
Gratitud.
—Agua —susurró.
Stefan miró a Zaira buscando un permiso que sabía que ella no iba a darle.
La Luna no se había ido lejos.
Su voz llegó desde la boca de la caverna, sin necesidad de elevarse:
—Déjalos, molinero.
Fue una orden.
Un recordatorio, de que si tocaban a los hombres de Varko, romperían la tregua momentánea con los lobos.
Y los lobos no distinguirían entre ayuda y agresión.
Stefan apretó la mandíbula. Se quitó la cantimplora y la dejó en el suelo junto a Coró.
Se levantó sin tocarlo.
—Si puedes alcanzarla, es tuya.
Coró no respondió. Pero sus ojos no se apartaron de la cantimplora.
Zaira exhaló.
No sabía si de alivio o culpa.
—Vámonos —dijo—. Antes de que cambien de opinión.
Los lobos se abrieron.
Ninguno atacó.
Stefan caminó último.
No miró atrás.
Pero cuando salió, dejó la mano cerca del cuchillo por si Varko decidía que la tregua había terminado.
Afuera, la noche seguía igual de fría.
Pero, al menos, ya no mordía.
Thoughts
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PermalinkLo que hace la Luna con la memoria de Varko tiene eco en Capítulo 5, donde Erika reconstruye su propio entierro mientras Haniel le esconde respuestas. Otra novela de este grupo.
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PermalinkStefan dejando la cantimplora en el suelo para no romper la tregua. Ese molinero es lo más decente de toda esa cueva, cachai.
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PermalinkLa Luna casi no le habla a Varko por él. Todo lo que le dice, el niño bajo la mesa, la daga, que a los hombres sí se los juzga, le está llegando a Amaya, que es la que tiene que decidir si mata por impulso. Por eso deja la amenaza abierta al salir, con eso de que la próxima vez no va a estar ella para frenarla. Varko ya sabe quién es, Amaya todavía no, y apuesto a que la que se quiebra primero es ella.
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