Capitulo 8
La pizarra de los techos parecía ondular con los pinos prolongando la casa en formas irreconocibles, junto a montones de objetos deformes que acechaban, expectantes, esperando la invasión. Lucas estaba en un cuarto desconocido y sentía que una voz inaudible de mujer lo penetraba…el corazón percibe. Concéntrate en él y verás… Entonces Federico, nítido, irrumpió con un grupo de personas con armas largas y pisadas fuertes y casi enseguida salió en medio de gritos incomprensibles pero conjeturables. Fue muy rápido, y Lucas quedó solo, sintiendo esa soledad en cada rincón de su cuerpo mientras la luz se apagaba tras unos ventanales de formas góticas. Un piano abandonado, dejaba oír la melodía de una película que había visto muchas veces, aunque ahora no podía recordar su nombre. De pronto, varios libros comenzaron a caer de las estanterías donde se habían ocultado rozándose en la caída, reconociéndose, mostrando abiertamente su interior y tomando lentamente la forma de su contenido. Vio al rey de Dinamarca levantarse tras su sombra y avanzar beligerantemente hacia Sancho Panza, que roncaba bajo una mesa, mientras un genio ominoso blandía un pesado alfanje sobre un gaucho barbudo y sucio que con el poncho arrollado en el brazo izquierdo daba un salto hacia atrás.
No te detengas – decía la voz de mujer – Avanza con el corazón, no te dejes seducir o te perderás y te convertirás en uno de ellos, un personaje de ficción. No los escuches, recuerda a Ulises. No los escuches. Fija tu corazón y encontrarás lo que deseas. Una risa quebrada, como de viejo, retumbó. Alcanzó a oír otra frase. …hay tantas otras cosas en el mundo… antes de escuchar un estampido y sentir que algo le golpeaba la frente desgarrándoila. Se miró en un espejo y se vio intacto, sin huellas de herida ni de sangre ni de dolor. Los habitantes del cuarto habían desaparecido. Estaba solo, nuevamente solo, junto a una biblioteca de roble macizo. La voz le señaló un libro, un volumen más entre los otros. Lucas se precipitó sobre él, pero sus dedos lo atravesaron juntándose. Una carcajada inundó su cerebro. Recuerda el lugar susurró la voz. Lucas miró el mueble y memorizó el sitio donde se encontraba el libro: estantería tres, anaquel cuatro, tomo trece. Desde el espejo, el viejo ciego seguía riendo. Vamos resonó la voz en su interior la noche ya termina.
Entonces comenzó a elevarse, cruzó la ventana y la cerró suavemente, con la certeza de que ya nunca más volvería a abrirla. Miró al cielo, y una especie de ingravidez, una increíble sensación de navegar en el amanecer, sobre tantas otras mañanas, se unió a la vieja melodía que lo agitó y lo hizo dar vueltas sobre sí mismo enredándose en el aire, en los recuerdos, en las sábanas, hasta despegarse del sueño sin recordar, sin entender, sin escuchar otra cosa que la música de piano del despertador. Se sentó en la cama hundiendo la cara en sus manos. Y sin saber porqué, lloró.