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La Cacería

Hermes

Contenido de la publicación

Capítulo 15

Eran  las nueve y veintitrés, todavía tenía tiempo, la cita era a las diez y le gustaba ser puntual. No permitía que lo esperaran, no admitía esperar. Tomo por Lavalle y entro al bar, confortable y viejo, como a le gustaban. Se sentó de espaldas a la pared, mirando hacia la puerta y las ventanas, como era su costumbre de años. Pidió un café al  mozo y encendió un cigarrillo. Saco un papel del bolsillo y leyó “Magdalena Sörensen – Secretaria del Dr. Niels Runneberg -  Miembro de la Academia Sueca –  Montevideo 645 - Piso 6”

La imagino desgarbada, eficiente y amable, vestida de gris, anteojos grandes y rodete entrecano. Pero enseguida recompuso la imagen en su cerebro, se trataba en definitiva de una secretaria, no de una institutriz inglesa. Tal vez fuera una mezcla de oficial prusiano e inspector de policía. Pero en todo caso no importaba, solo interesaba que fuera suave y no preguntara de más.

Volvió a mirar el reloj, repaso la dirección, dejo el dinero sobre la mesa y salió a la calle acomodándose el nudo de la corbata. Camino despacio por Lavalle hasta Montevideo. Al llegar, miro el viejo edificio y su pesada puerta de hierro verde vidriada. Toco el portero eléctrico y una voz de mujer pregunto:

-       Quién es?

-       Federico Menéndez Paz. La señorita Sörensen me espera.

-       Adelante por favor

La puerta se abrió y Federico camino hasta el ascensor por una gastada y estrecha alfombra roja. Apretó el botón, piso sexto, y miro el techo mientras ascendía.

La puerta “A” se adornaba con una placa de bronce: “Legación Academia Sueca de Artes y Ciencias”. Llamo, nuevamente una cerradura eléctrica, presiono la puerta y entro a una amplia habitación suavemente iluminada. Cuadros y diplomas en las paredes. Pisos de madera oscura. Tres sillones de cuero rojo. Una mesa pequeña. Dos mujeres hablando.

Miro a la pareja y se detuvo en una de ellas, enfundada en un corto y ajustado vestido negro, y una masa de pelos ondeados que caían como al descuido sobre sus hombros. Era alta y delgada. Hablaba con la otra mujer, también alta, blanca, rubia y de ojos de un celeste muy claro tras grandes anteojos. Llevaba un rodete, pollera gris, y blusa con una puntilla en el cuello. Definitivamente la señorita Sörensen, pensó Federico. Quien será la otra?

La institutriz dio media vuelta terminando la conversación y se dirigió había la puerta del final de la habitación. La melena ondulada giro y Federico vio dos esmeradas descomunales y una gran sonrisa que le hablaba.

-       Que desea? – pregunto cortes y amablemente

Federico tardo en responder, sin poder salir de su impresión

-       Soy Juan Federico Manuel Menéndez Paz -  dijo, mientras pensaba “miembro de una ilustre y rica familia argentina” – Busco a la señora…señorita Magdalena Sörensen.

-       Para qué?

-       Tengo una entrevista con ella, de parte del señor Barraza – no podía salir de su asombre. Parecía estar pidiendo perdón por algo. Se enojó consigo mismo.

 -       Ah, sí, Barraza. Bueno, encantada, yo soy Magdalena Sörensen, Pasemos a mi oficina.

 Un nudo de incredulidad creció en la garganta de Federico. No puede ser, pensó, semejante mujer la secretaria de un vejete ratón de biblioteca. Imprevistamente sintió celos y odio a Runneberg, a quien no conocía

-       Viene…? – dijo ella dando media vuelta

-       Si, voy… - balbuceo Federico saliendo de la nube de perfume

Entraron a la oficina. Había rosas sobre el escritorio y carpetas prolijamente apiladas. Sobre una mesita, un intercomunicador y un teléfono. Frente a ella, dos sillas tapizadas de rojo haciendo juego con las alfombras. En un costado, un ventanal lucia unas cortinas de color marfil. Ella se sentó en un amplio sillón de cuero natural. Respondiendo a su gesto, Federico ocupo una silla reparando en una foto que, sobre la biblioteca, mostraba a un hombre con dos niños.

-       Bien, señor…Menéndez Paz. No es así?

-       Si, es así…

-       El señor Barraza me hablo mucho de usted. Supongo que también le habrá explicado la índole del trabajo.

-       Si, la seguridad del concurso.

-       En efecto, Ud. Sabrá que la Academia decidió, en homenaje a Borges y en su desagravio por no haberle entregado en vida el premio Nobel, organizar un concurso de novela, genero que, paradójicamente, jamás abordo el escritor, y premiar al ganador con una suma de dinero que, en total, asciende a la suma de quinientos mil dólares. Para ello encargo al Dr. Runneberg, miembro destacado de la Academia, y a un conjunto de autores de habla inglesa e hispana que oficien de jurado. El evento, que contara con lo mejor de las letras mundiales, culminara con una gran ceremonia en la que se hará entrega del premio. Premio que, según se ha decidido por razones de orden interno, se entregara en un maletín en efectivo y no mediante transferencia como habitualmente se hace. Usted, específicamente, deberá supervisar toda la estructura de vigilancia para que nada suceda. Dos empresas se encargaran del tema. Por un lado la que traerá el dinero desde el banco, y por otro, la encargada de la custodia del mismo hotel y del salón de actos. Usted, respondiendo directamente a nosotros, deberá coordinar y supervisar todo el sistema de seguridad. En estas carpetas – dijo girando hacia la pila prolijamente acomodada – están todos los datos que va a necesitar. Fichas del personal, propuestas de dispositivo de seguridad, planos, horarios, invitados, etc. Léalas. Cualquier cosa me consulta, Alguna duda?

Federico, serio, trataba de penetrar el verde Magdalena. Como siguiendo una costumbre dijo: ”el pago”

-       Como, no le dijo Barraza? Son diez mil dólares. Está bien?

-       Muy bien… - dijo Federico mirándola fijamente a los ojos.

Magdalena se reclino hacia atrás y arreglo su pelo con un tintinear de pulseras. Había hablado larga y eficientemente, pero no podía apartar esos ojos oscuros de los suyos. Se había sentido traspasada y en cierto modo halagada, y sintió una mezcla de indignación y placer. Ese hombre la inquietaba.

 Federico simulo que hojeaba las carpetas mientras le miraba las piernas. Estaba obsesionado, pero él no era así. Se disgusto consigo mismo y decidió marcharse. Se paro súbitamente y para lastimarse dijo: “lindos chicos…” señalando la foto. “Son tuyos?”

-       No, no – se apresuro a decir Magdalena – es mi padre, mi hermano y yo. Murieron en un accidente – añadió con tristeza bajando la vista.

Federico asintió con la cabeza y le extendió la mano. Se sentía sofocado y la peor basura del mundo por haber sentido miedo de ellos y haber provocado gratuitamente la tristeza en ese rostro que comenzaba a quedarse en algún rincón suyo.

Salió rápidamente, casi corriendo, contra su costumbre, pensando que todo lo vivido había sido terriblemente cursi, como de telenovela, como había sido.

Thoughts

  • LauraLetras

    Federico se sienta de espaldas a la pared mirando la puerta, por costumbre de años, y al final sale casi corriendo contra esa misma costumbre. En el medio lo desarma una foto de una familia que ya no está. Apuesto a que el maletín con los quinientos mil en efectivo es justo lo que él y los otros vienen persiguiendo, y que Magdalena va a ser el problema que no estaba en ninguna carpeta. ¿Lo del premio en homenaje a Borges se te ocurrió por algo que leíste?

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