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La Cacería

Hermes

Contenido de la publicación

Capitulo 7

El Negro volvió a pensar en la novela. En su necesidad. Por impulso, por deber a sí mismo, aunque sin ganas, se sentó frente al teclado y empezó a…

…escribir, pero sobre qué. Todos los argumentos ya fueron pensados. Es un número limitado de problemas el que aqueja a los hombres desde un principio, y solo varían las formas de plantearlos, de pensarlos, de decirlos. También son los mismos miedos. Sentir que uno se cae a pedazo, con el estómago oprimido. La necesidad de escribir y no poder. Encontrar la palabra, la espléndida y vertiginosa palabra. ¿Cómo escribir con esta incapacidad?

Se recostó en el sillón. “No puedo. Cuando más necesito escribir, no puedo”

Se levantó malhumorado y salió al patio de la pensión. Galíndez tomaba mate en camiseta. A Juárez le bastó verlo para sentir frío. ¿Cómo hacen para no congelarse?

- Acercate chango, tomate unos mates que la yerba es nueva – escuchó

Nunca había hablado demasiado con sus vecinos, pero ahora necesitaba hacerlo con alguien, salir de sí, sentirse trivial, encontrarse con la vida, última y final, olvidarse de la filosofía, la política… Hasta pudiera ser que consiguiera un buen argumento de novela. Lo cotidiano, a veces, podía ser atractivo.

- ¿Qué te trae chango? – inquirió el santiagueño mientras revolvía la yerba.

- ¿Cómo?

- Sí, chango, que te trae de la cabeza, que andas mirando de reojo.

- Nada. Una novela a la que no le encuentro la vuelta – fanfarroneó, irónico, el Negro

- Estás leyendo?

- No, escribiendo

- Ah…había sido escritor el hombre – se admiró Galíndez, levantando las cejas – Tené cuidado chango, no hay que enredarse con las palabras, porque son infieles. Ya decía Nietzsche que con las lenguas, el hombre se traiciona mucho más a menudo de lo que desea. El hombre debiera preocuparse más por conseguir oyentes que por hacer discursos, porque siempre hay pocos oyentes. El hombre no hace más que charlatanear en el vacío. Bueno…estaba un poco loco el hombre, pero no tanto – estiró la mano para recibir el mate que, con asombro, le alcanzaba el Negro - ¿Qué te pasa chango?

- Nada, no creí que pudiera encontrarme en esta pensión con un filósofo – dijo, casi envidioso

- En todo caso, es tan raro como encontrarse con un novelista. Además yo soy simplemente un lector de horas perdidas, no un filósofo – replicó Galíndez con marcada naturalidad, mientras echaba agua en el mate.

- De todas formas, es extraño que un tipo… - se sintió incómodo por lo que estaba por decir – como vos, ¿porqué no?, conozca a Nietsche.

- Mirá, allá en el monte no hay mucho tiempo como para literatura. En realidad, ni para aprender a leer. La vida te corre al costado y la muerte te sopla en la nuca. Meta hacha y hambre. A los treinta tenés como cincuenta, y pasaste de muchacho a viejo. El patrón te apura y olvidate de tus derechos. Siempre estás debiendo. Un metro de leña, un tambor de agua, una semana de trabajo. No hay tiempo ni lugar para la literatura. Solo podés subsistir. Así que me rajé. Primero a La Banda, donde hice, como pude, la primaria. Después a Buenos Aires, donde me topé con la fábrica y los libros, y donde descubrí que acá también la filosofía es subsistir. Pero decime, ¿qué es lo que te tiene mal con tu novela?

- Todo, el mismo  hecho de escribir. En realidad, todavía no pude escribir nada.

- Pucha que había sido rápido el hombre. Me resultó un escritor sin argumento y sin novela – dijo sonriente.

El Negro Juárez se desconcertó. No sabía si mandarlo a la mierda porque lo estaba cargando, o callarse la boca, porque el tipo le caía bien y además tenía unos brazos como mazas. Optó por lo último.

- Sí, no encuentro el argumento. Aunque vos, por ahí, podrías ser uno de los personajes de la novela

-Claro, y la llamarías “El hacha y el sol” o algo así. No, chango, yo no soy un personaje, un eje, un argumento, no…además, y si me lo permitís, esta pequeña descripción de cómo llegué acá es todo lo que podría aportarte.

Se levantó y giró arrastrando las alpargatas sobre las baldosas gastadas. El Negro jamás lo había visto así, enorme, casi un gigante de espaldas anchas y encorvadas, cargando sobre la cruz del cuello todo el peso del mundo.

- Ahora vuelvo. Caliento el agua y vuelvo -  dijo, y se fue dejando al Negro pensando en Nietzsche, en Borges, y en un hachero santiagueño intelectual y filósofo. En el carácter de esa realidad que habita entre un mundo redondo que todos conocen y el otro, el de la incertidumbre de la existencia, el de la lucha. Galíndez retornó y en silencio, extrañamente amigos y ajenos a todo egoísmo, continuaron mateando en esa noche fría, transparente, perfecta.

Thoughts

  • Fefo

    Mate en camiseta 🥶

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  • MarianelaVidal

    Galíndez cuenta la vida entera en un párrafo, del monte a La Banda para hacer la primaria y de ahí a la fábrica en Buenos Aires, y después dice que eso es todo lo que puede aportar. Ta, a mí me pareció lo más grande del capítulo. Mi tío contaba su ida a España igual, en tres frases, y si uno preguntaba más cambiaba de tema. Me quedé con ganas de ver si el Negro se anima a meterlo en la novela aunque él diga que no es personaje, porque sin querer ya le dio el argumento.

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