El salón principal del Palacio Imperial permanecía envuelto en un ambiente elegante y solemne. La música de cuerdas y viento llenaba cada rincón, mientras nobles de todos los rincones del Imperio conversaban en grupos, intercambiaban cortesías o observaban discretamente a la Familia Imperial en su zona reservada. Más allá, los nuevos alumnos de la Academia, junto con sus compañeros, comenzaban poco a poco a sentirse menos extraños entre tanta formalidad.
Frente al trono ceremonial, Anna se detuvo y realizó una reverencia elegante y respetuosa, sin excesos pero con toda la dignidad que su posición requería.
—Su Majestad el Emperador, Su Majestad la Emperatriz. Es un gran honor estar aquí esta noche.
El Emperador Aurelian le devolvió el saludo con una sonrisa amplia y satisfecha.
—Lady Anna. Me alegra mucho verla. Se nota que trae consigo un aire nuevo, incluso en esta sala.
A su lado, Seleneia asintió con una calidez que pocas veces mostraba ante personas ajenas a su círculo más íntimo.
—Siempre es un placer recibirla. Esperamos que esta noche se sienta como en su propia casa.
Detrás de ella, Garoum y Salen dieron un paso al frente al unísono y se arrodillaron al mismo tiempo, con la espalda recta y la mirada baja en señal de respeto.
—A sus órdenes, Sus Majestades.
El gesto no pasó desapercibido para nadie. A pesar de que ambos servían directamente a Anna, mantenían intacta la lealtad y el protocolo que debían al soberano de todo el Imperio. Era una muestra de equilibrio que muchos no esperaban ver.
Mientras tanto, Adrian desvió la mirada hacia Sylwen, que permanecía atenta a un lado, y una sonrisa divertida apareció en su rostro.
—Debo decir, Sylwen, que esa armadura te queda mucho mejor de lo que imaginaba. Combina perfecta con tu porte.
La elfa parpadeó sorprendida, sin esperar un comentario así en medio de la recepción.
—¿Eh…? Gracias, Príncipe. Yo… solo trato de cumplir con mi deber.
Lysandra también se unió a la broma con una sonrisa amable.
—Es verdad. Le queda ligera y elegante, pero se nota que está hecha para proteger. Un trabajo excelente.
Las mejillas de Sylwen comenzaron a teñirse de un tono rojizo, y bajó un poco la mirada sin saber muy bien qué más responder.
Anna, por su parte, desvió la vista intentando mantener la compostura, pero sus labios temblaban levemente. Estaba haciendo un esfuerzo enorme por no soltar la risa en medio de la formalidad. Adrian no tardó en darse cuenta.
—Lady Anna… sé que quiere disimular, pero se le nota.
Ella levantó la vista de inmediato, poniendo una expresión de total inocencia que solo consiguió hacer más evidente su intención.
—¿A mí? ¿De qué habla, Príncipe?
—De que está a punto de reírse de la situación. No se aguante.
Esa pequeña provocación fue suficiente. Una risa suave y clara escapó de sus labios, una risa sincera, nada forzada ni fingida.
—Está bien, lo confieso… es solo que no me esperaba que los elogios llegaran tan rápido.
Sylwen suspiró, cruzando levemente los brazos y poniendo cara de resignación.
—Ya lo sabía… en cuanto empiezan con los cumplidos, usted termina riéndose de mí.
Anna se calmó poco a poco y explicó con naturalidad, como si estuviera hablando con familiares cercanos:
—No es nada malo. Los artesanos de la Ciudad de la Rosa Blanca insistieron mucho en esto. Decían que quienes formaran parte de la Guardia de la Rosa debían llevar algo que representara el orgullo de todo el territorio, no solo algo para luchar.
Adrian asintió con aprobación.
—Y acertaron de lleno. Se ve imponente y a la vez elegante.
Garoum bajó un poco la mirada hacia su propia armadura, moviendo los hombros con suavidad para comprobar su ajuste.
—Además, son sorprendentemente cómodas. No pesan ni estorban para nada.
—Y aguantan mucho más impacto que las anteriores —añadió Sylwen con seriedad, aunque con un tono de satisfacción.
Anna sonrió con picardía y añadió:
—Aunque debo decir que todavía falta una.
Todos dirigieron la mirada al mismo tiempo hacia donde estaban los nuevos alumnos y compañeros. Allí, entre Brynja, Durgan, Seraphina y los demás, se encontraba Lyra, vestida con su uniforme habitual, sin la armadura ceremonial que lucían los otros. Al notar que todos la miraban, la joven caballera bajó la cabeza de inmediato, sintiendo cómo se le subía el calor al rostro.
Anna, desde su lugar junto a la Familia Imperial, no perdió la oportunidad y continuó hablando con esa sonrisa traviesa que ya le era conocida.
—La armadura de Lyra todavía no estaba terminada cuando salimos. Tuvo unos pequeños ajustes finales que no pudieron acabar a tiempo.
Hubo un breve silencio, y luego añadió con tono de broma:
—Dicen que se puso bastante triste cuando le explicaron que tendría que esperar unos días más para estrenarla.
—¡L-Lady Anna! —gritó Lyra, levantando la cabeza de golpe con el rostro completamente sonrojado, mientras sus compañeros empezaban a sonreír—. ¡Yo no me puse triste ni nada por el estilo! Solo… solo pregunté cuándo estaría lista, eso es todo.
Intentaba defenderse con todas sus fuerzas, pero sus mejillas encendidas y la forma en que se removía incómoda delataban que era verdad. Las risas no tardaron en extenderse por todo el grupo cercano.
La Emperatriz Seleneia se llevó una mano a los labios para reír con elegancia, sin perder la compostura.
—Pobrecita… ya le llegará su turno, no se impaciente.
Adrian soltó una pequeña carcajada, y hasta Lysandra negó con la cabeza sonriendo, sin poder evitarlo. Incluso Garoum y Salen dejaron escapar una leve risa contenida.
Lyra cruzó los brazos con fuerza e infló las mejillas, haciendo un pequeño puchero que solo la hacía ver más joven y enérgica.
—Todos son muy malos… ¡ya verán cuando tenga mi armadura, seré la mejor de todas!
Aquella respuesta solo consiguió que las risas aumentaran un poco más. Anna, desde lejos, le guiñó un ojo con complicidad.
—Claro que lo serás. Solo ten paciencia unos días más.
El ambiente alrededor de la zona del trono se había relajado por completo. Pero lo que más sorprendía a todos los nobles que observaban desde lejos no era la broma en sí, sino quiénes participaban en ella y cómo lo hacían.
Allí estaba Anna D’Valriene, la mujer de la que durante años se habló con miedo o desprecio, la que se recordaba como arrogante, caprichosa, que solía hacer berrinches si no era el centro de atención, que trataba a los demás como si fueran inferiores… y ahora reía, bromeaba y conversaba con la Familia Imperial con una naturalidad tal que parecía una hija más o una hermana cercana.
—¿Lo ven? —susurraba un noble anciano a su compañero, con los ojos muy abiertos—. Hace cinco años, si alguien le decía algo que no le gustaba, respondía con miradas de desprecio y salía del lugar en medio de un escándalo. Ahora se ríe de sí misma y deja que se burlen de sus guardias.
—Y lo más increíble —añadió el otro— es que el Emperador y la Emperatriz la tratan con tanta confianza. Nunca se había visto a nadie fuera de la familia real con ese trato. Parece que realmente ha cambiado de arriba abajo.
—No solo parece —respondió un tercero—. Lo está demostrando con cada gesto. Ya no busca imponerse por miedo ni por riqueza, sino por respeto.
Después de unos minutos, cuando el ambiente volvió a su tono más formal, Anna hizo una nueva reverencia, esta vez un poco más breve.
—Si me disculpan, Sus Majestades. Me gustaría recorrer el salón y saludar al resto de los invitados.
—Por supuesto —respondió el Emperador con un gesto de mano—. Haga lo que crea conveniente. Esta noche es para todos.
Justo cuando Anna dio el primer paso para avanzar por el salón, un sonido seco y contundente resonó en todo el recinto: el golpe de un bastón ceremonial contra el suelo.
¡Tac!
El sonido fue tan fuerte que la música se detuvo al instante, y todas las conversaciones se apagaron como si nunca hubieran existido. Todas las cabezas giraron hacia la enorme puerta principal del salón.
El maestro de ceremonias, con la voz ampliada por magia para que llegara hasta el último rincón, levantó su pergamino y anunció con tono solemne:
—¡¡Su Majestad!! ¡¡Su Majestad Ragnar Fenris!! —pausó un instante antes de continuar, dejando que el título calara en todos los presentes—. ¡¡Primer Rey del Reino de Vargheim! ¡¡Gobernante de las Naciones Unidas del Pueblo Bestia!!
Las grandes puertas de madera y hierro comenzaron a abrirse lentamente, dejando entrar un soplo de aire fresco y, con él, la presencia de alguien que muchos solo conocían por relatos de tierras lejanas.
El soberano del reino más joven, pero también más poderoso de los últimos tiempos, acababa de llegar. Y con su entrada, todos entendieron que aquella noche no sería solo una fiesta: sería el comienzo de una nueva etapa en la historia de todo el continente.
Las enormes puertas de madera labrada se abrieron lentamente, dejando pasar una corriente de aire fresco que removió levemente las cortinas de terciopelo. El maestro de ceremonias volvió a golpear el suelo con su bastón, y su voz, ampliada por magia, resonó con fuerza en cada rincón del salón:
—¡¡Su Majestad Ragnar Fenrir, Rey de Vargheim, ¡¡Señor de las Tierras del Norte y Gobernante de los Pueblos Bestia!!—¡¡Y su Alteza, la Princesa Lyrielle Fenra, ¡¡heredera al trono de Vargheim!!
Un murmullo de sorpresa y curiosidad recorrió a todos los presentes. Era la primera vez, desde la fundación de aquel reino independiente hacía ya varias décadas, que su soberano pisaba suelo imperial para asistir a un evento oficial. Para muchos, era casi como ver aparecer a una leyenda viviente.
Primero cruzó el umbral Ragnar Fenrir: un hombre de una estatura imponente, con hombros anchos y una complexión que reflejaba la fuerza de las montañas del norte. Su cabello blanco, largo y liso, le llegaba hasta la mitad de la espalda, y en sus rasgos se notaba la herencia de su raza: ojos de un tono ámbar intenso y una presencia tan sólida que, sin quererlo, hacía que incluso los caballeros más veteranos del ejército imperial enderezaran la espalda por instinto.
A su lado, caminando con gracia y naturalidad, venía Lyrielle Fenra.
Era una joven de unos dieciocho años en apariencia, con el mismo cabello blanco que su padre, pero con un mechón distintivo de color negro que caía sobre su frente, y unas orejas felinas puntiagudas y suaves que se movían levemente al ritmo de sus pasos. Detrás de ella, una cola larga y esponjosa de pelaje blanco se balanceaba con calma, sin prisa. Vestía un traje ceremonial de colores oscuros y bordados dorados, propio de la nobleza de su tierra, pero lo que más llamaba la atención de todos los ojos que se posaban en ella era su figura: esbelta, bien proporcionada y con una curva en el pecho que destacaba de forma natural, imponente incluso entre las mujeres de cualquier raza que allí se encontraban.
Avanzaron despacio hasta detenerse frente al trono imperial. Ragnar llevó un puño cerrado al centro de su pecho en señal de respeto, una costumbre de su tierra.
—Su Majestad el Emperador Aurelian. Gracias por la invitación.
El Emperador respondió con una sonrisa abierta y sincera.
—Rey Ragnar, es un honor recibirlo. Sabía que el viaje desde el norte es largo, pero su presencia hoy hace que esta celebración sea aún más especial.
—No podía faltar —respondió el rey con voz grave pero amable—. Vengo a desearle a Su Majestad la Emperatriz una larga vida y prosperidad.
Seleneia inclinó la cabeza con elegancia.
—Se lo agradezco de corazón. Que su viaje haya sido tranquilo.
Lyrielle también se inclinó con una reverencia suave y educada, moviendo ligeramente sus orejas en señal de respeto.
—Es un gran honor conocerlos a todos.
Su voz era dulce y melodiosa, muy diferente a la imagen que muchos tenían de los pueblos bestia como seres ruidosos o salvajes.
Mientras ambos soberanos comenzaban a conversar sobre el viaje, el clima del norte y las relaciones entre sus territorios, el resto de los invitados continuaba observando con interés.
En un extremo más alejado, Anna ya se había retirado junto a su grupo: Sylwen, Lyra, Eliana, y los nuevos estudiantes de la Academia. Todos miraban con atención a los recién llegados, hasta que la mirada de Anna se detuvo completamente en la princesa Lyrielle.
Se quedó inmóvil.
No pestañeó.
No parpadeó.
Solo observaba con una atención absoluta.
Unos segundos después, volvió a mirar de arriba abajo, se detuvo en un punto concreto, bajó lentamente la vista hacia su propio pecho, luego volvió a levantarla hacia la joven felina, y repitió el movimiento una y otra vez, como si estuviera midiendo con precisión matemática.
El silencio a su alrededor se hizo casi palpable.
Finalmente, con una expresión completamente seria, grave y solemne, como si estuviera pronunciando un veredicto oficial, murmuró con voz apenas audible:
—Perdí...
Sylwen, que estaba justo a su lado, tuvo que llevarse una mano a la boca de inmediato para no soltar una carcajada.
Lyra desvió la vista hacia el techo con una cara de total inocencia, aunque sus hombros ya empezaban a temblar.
Eliana cerró los ojos y apretó los labios, aguantándose con todas sus fuerzas.
Las tres sabían perfectamente a qué se refería. No había duda, la diferencia era más que evidente: la figura de Lyrielle, en esa zona concreta, era mucho más generosa y marcada que la de Anna, que seguía manteniendo un cuerpo más delgado y juvenil.
Anna volvió a hacer el mismo recorrido visual una vez más, esta vez con un suspiro profundo.
—Definitivamente... perdí por mucho.
Esa frase fue el detonante.
Eliana ya no pudo contenerse y soltó una risa ahogada. Lyra tuvo que girar la cabeza para que no se le notara tanto, y Sylwen se dio media vuelta fingiendo que miraba otra cosa, aunque se le escapaba un sonido entrecortado:
—¡Pffft...!
—N-no... no se rían... —protestó Anna, intentando mantener la dignidad, aunque su voz ya sonaba derrotada y sin fuerza—. No tiene ninguna gracia...
Pero era demasiado tarde. Las tres terminaron soltando pequeñas risas contenidas, tapándose la boca para no llamar la atención del resto del salón.
—Lady Anna... —dijo Sylwen entre risas, volviendo a mirarla con ojos divertidos—. ¿De verdad se está comparando en eso?
Anna mantuvo la misma expresión seria y solemne, como si estuviera debatiendo un asunto de estado.
—No me estoy comparando —corrigió con firmeza, aunque sin convicción—. Solo estoy aceptando un hecho objetivo, una realidad que no se puede cambiar. Es una derrota clara y sin discusión.
—¡Jajajaja! —Eliana ya no tenía remedio, se reía con total libertad—. ¡Nunca la había visto tan seria por algo así!
Lyra se limpió una pequeña lágrima que se le había escapado de tanto aguantar.
—¡Basta, por favor! Si alguien nos escucha...
Anna suspiró de nuevo, cruzándose de brazos y bajando la mirada con aire resignado.
—Supongo que hay batallas que simplemente no se pueden ganar, por más que uno se esfuerce... esta es una de ellas.
Las tres volvieron a reír bajito, mientras Anna hacía un puchero casi imperceptible, negando con la cabeza.
A unos metros de distancia, Lyrielle, que estaba escuchando la conversación de los reyes, de repente movió una de sus orejas hacia un lado, con una expresión de curiosidad. Su sentido del oído era mucho más agudo que el de cualquier humano o elfo, y aunque no alcanzaba a escuchar las palabras exactas, sentía claramente que alguien la estaba observando fijamente.
Se giró levemente y miró hacia donde estaba el grupo de Anna, inclinando la cabeza con naturalidad, como preguntándose: “¿Por qué me miran así? ¿Pasa algo?”.
Al ver que la princesa se giraba hacia ellas, Anna se puso de inmediato en posición recta, puso la cara más seria y digna que pudo, y fingió que estaba observando con gran interés un cuadro en la pared, como si nada hubiera pasado.
Sylwen, Lyra y Eliana tuvieron que agarrarse unas a otras para no volver a reírse de nuevo.
Mientras el Rey Ragnar seguía conversando amablemente con el Emperador y la Emperatriz, en un rincón más tranquilo del salón, Demian observaba con atención a Anna. Siguió la dirección de su mirada fija y terminó posando los ojos sobre la princesa Lyrielle.
Permaneció en silencio unos segundos, comparando mentalmente lo que veía, y luego volvió a mirar a Anna. Una sonrisa traviesa y muy difícil de ocultar se dibujó en sus labios.
Selene, que estaba a su lado, también desvió la vista hacia la joven felina. Le bastó una sola mirada para entender de inmediato lo que pasaba. Tuvo que llevarse una mano a la boca con fuerza para no soltar una carcajada en medio de la sala.
Lythariel, la madre de Sylwen, notó la actitud de ambos y siguió sus miradas: primero a Lyrielle, luego a Anna, y al instante soltó un suspiro suave, lleno de diversión y ternura.
—Ay… pobre Anna —murmuró con suavidad—. A veces es tan madura y responsable, y en otras cosas… sigue siendo la misma de siempre.
Los tres intercambiaron una mirada cómplice. No hacía falta que nadie dijera una sola palabra: sabían exactamente qué estaba pasando por la cabeza de la joven D’Valriene.
Demian fue el primero en acercarse, caminando con calma hasta ponerse frente a ella. Intentó mantener una expresión totalmente seria, como si fuera a tratar un asunto de estado.
—Anna.
Ella se giró de inmediato, con una compostura impecable, fingiendo que nada fuera de lo normal había ocurrido.
—¿Sí, Demian? ¿Necesitas algo?
—Solo quería recordarte algo —respondió él, manteniendo el tono formal—: no deberías compararte con otras personas. Cada una tiene sus propias cualidades.
Anna se quedó inmóvil. Parpadeó una vez, despacio. Luego giró lentamente la cabeza hacia Selene, que no hacía más que sonreír con una expresión que lo decía todo. Después miró a Lythariel, que desvió la vista discretamente hacia los candelabros, como si de repente le parecieran muy interesantes.
Volvió a clavar sus ojos en Demian, entrecerrándolos con desconfianza.
—¿Quién les dijo? —preguntó con voz suave pero cargada de advertencia.
Selene ya no pudo aguantar más. Una pequeña risa se le escapó de los labios, y negó con la cabeza.
—No hacía falta que nadie nos contara nada.
Demian señaló con un movimiento casi imperceptible de la cabeza hacia donde estaba Lyrielle.
—Tu mirada lo decía todo. No la has quitado de encima desde que entró.
Anna abrió los ojos como platos, completamente sorprendida.
—¿Mi mirada?! ¿Acaso tengo algo escrito en la cara?
—Más claro no puede ser —añadió Lythariel con una sonrisa tranquila—. Primero miras a la princesa, luego te miras a ti misma, vuelves a mirarla y suspiras. Cualquiera lo entendería.
Anna se quedó en silencio unos segundos, y luego cruzó los brazos sobre el pecho, inflando ligeramente las mejillas en un gesto de pura frustración.
—¡Son todos muy malos! —protestó, señalándolos uno por uno—. Primero Sylwen, Lyra y Eliana se ríen de mí, y ahora ustedes también… ¡incluso tú, Lythariel! Creía que al menos tú tendrías compasión.
La elfa se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.
—Lo siento, Anna, pero es difícil no reírse cuando lo haces tan evidente.
Selene terminó soltando una pequeña carcajada, y eso fue el detonante definitivo. Demian ya no pudo mantener la compostura y terminó riéndose también.
—Está bien, está bien —dijo él, intentando calmarse—. No te molestaremos más… por ahora.
Anna levantó la barbilla con toda la dignidad que pudo reunir, aunque sus mejillas seguían un poco sonrojadas.
—He tomado una decisión —anunció con voz solemne.
Todos se quedaron en silencio, esperando.
—A partir de este momento, no volveré a hablarles. Jamás.
Giró sobre sus talones con elegancia, ajustándose el vestido como si fuera a marcharse de un lugar ofendida.
—No me busquen, no me hablen, no pregunten por mí. Para ustedes, ya no existo.
Y comenzó a alejarse con pasos tan rectos y exageradamente dignos que resultaba imposible tomarla en serio. Cada paso que daba parecía decir “estoy muy enojada”, pero en el fondo todos sabían que se le pasaría en menos de media hora.
En cuanto estuvo lo bastante lejos para no escuchar, Sylwen, Lyra y Eliana estallaron en risas contenidas.
—¡Pffft…! —Sylwen tuvo que agarrarse de la manga de Lyra para no doblarse—. ¡Es demasiado adorable cuando se pone así!
—Parece una niña pequeña que le han quitado su juguete favorito —añadió Eliana secándose una lágrima de risa.
Demian negó con la cabeza, sonriendo con cariño.
—Es imposible enfadarse con ella, por más que intente parecer seria.
Lythariel asintió con ternura, mirando cómo se alejaba.
—Por mucho que madure, que asuma responsabilidades y que lleve el peso de un territorio entero, siempre tendrá esa parte suya que nos hace quererla aún más.
A varios metros de distancia, cerca del trono, el Rey Ragnar observaba toda esa escena con curiosidad. Luego volvió la mirada hacia el Emperador.
—Entonces, esa joven es Anna D’Valriene —comentó con voz grave—. La misma de la que me hablaba en sus cartas.
El Emperador asintió con una sonrisa.
—Exacto. Es la representante del Imperio para la nueva etapa de estudios y relaciones entre razas. Quien recibirá a tu hija y a todos los estudiantes que vengan de Vargheim.
Ragnar volvió a mirar a Anna, y se quedó pensativo. Era muy distinta a la imagen seria, estricta y casi temible que se había imaginado al leer los informes. Parecía mucho más humana, más cercana… y también mucho más divertida.
En ese momento, notó que su hija no apartaba la vista de ella. Las orejas blancas de Lyrielle permanecían completamente erguidas, atentas a cualquier sonido, y su larga cola se movía lentamente de un lado a otro, como si estuviera analizando algo con mucha atención.
—¿Lyrielle? —llamó suavemente el rey.
La joven felina respondió sin dejar de mirar hacia donde estaba Anna.
—¿Sí, padre?
—¿Qué ocurre? ¿Hay algo extraño en ella?
Lyrielle aspiró suavemente el aire, con ese olfato agudo que solo los de su raza poseían, y luego respondió con total naturalidad, sin ninguna malicia:
—Es una humana, lo sé…
Hizo una pequeña pausa, como si estuviera asegurándose de lo que percibía.
—Pero… huele igual que mamá.
El silencio se apoderó de ambos.
Ragnar parpadeó, completamente sorprendido, y se inclinó un poco hacia ella para asegurarse de que había escuchado bien.
—¿Cómo dices? ¿Que huele igual que tu madre? ¿Estás segura?
Lyrielle asintió con total convicción, moviendo levemente las orejas.
—Sí. Es un olor suave, dulce y muy familiar. No me equivoco con esto.
El tiempo pareció detenerse en ese rincón del salón, aunque para el resto de los invitados todo seguía su curso normal. La música seguía sonando en el fondo, las copas chocaban y las conversaciones continuaban, pero para Ragnar el mundo se había reducido a una sola idea.
Su sonrisa desapareció por completo. Sus pupilas se contrajeron ligeramente, como si su mente acabara de recibir una información que no encajaba con nada de lo que sabía hasta entonces. Por primera vez desde que cruzó las puertas del palacio, el Rey Bestia apartó la vista del Emperador y dirigió toda su atención hacia Anna D’Valriene, observándola con una intensidad que habría hecho sentir incómoda a cualquiera que se diera cuenta.
En cambio, en el rostro de Lyrielle no había ni duda ni sorpresa. Solo una absoluta y tranquila seguridad. Su sentido del olfato era tan agudo y preciso como la vista de un halcón en pleno vuelo; desde pequeña, nunca se había equivocado al identificar un aroma, ni siquiera entre cientos de olores distintos.
Ragnar habló en un tono tan bajo que solo su hija pudo escucharlo.
—Lyrielle… ¿estás segura de lo que dices?
La joven asintió con firmeza, sin apartar la mirada de Anna.
—No me equivoco, padre. Tiene el mismo aroma que mamá. Es inconfundible. Solo que… es mucho más tenue, más suave, como si estuviera muy lejana o mezclada con otros olores que no conozco. Pero la esencia es exactamente la misma.
El Rey Bestia permaneció inmóvil, con la espalda erguida y los puños cerrados con suavidad a los lados de su cuerpo. Miles de pensamientos cruzaron su mente a toda velocidad, chocando unos con otros.
Es imposible, se repetía una y otra vez. Mi esposa nunca ha salido de Vargheim. Jamás ha puesto un pie en estas tierras del sur. No tenía motivos para venir, ni para conocer a la nobleza humana, y mucho menos a la Casa D’Valriene. ¿Cómo puede ser que una joven humana comparta ese mismo aroma único?
Volvió a mirar primero al Emperador, buscando alguna señal, alguna explicación en su rostro sereno; luego volvió a clavar la vista en Anna, que seguía caminando a lo lejos, ajena a todo, con esa expresión de dignidad ofendida; y finalmente miró de nuevo a su hija, que seguía segura de lo que había percibido.
Una sensación extraña, como un escalofrío leve pero constante, le recorrió toda la espalda. No era miedo, ni desconfianza, ni siquiera alarma. Era una curiosidad profunda, antigua, que llevaba años dormida en su interior y que acababa de despertar con una fuerza inesperada.
Quizás no sea imposible, pensó, simplemente es algo que nunca imaginé que pudiera ocurrir.
Mientras tanto, Anna seguía totalmente ajena a todo lo que acababa de pasar. Caminaba con pasos largos y elegantes, manteniendo la barbilla bien alta y una expresión de absoluta dignidad, cumpliendo a rajatabla su propia decisión: “No me hablen, no me busquen, para ustedes ya no existo”. No tenía ni la menor idea de que, en ese preciso instante, había dejado de ser solo la joven noble que había cambiado su destino, para convertirse en el centro de la atención más intensa y misteriosa de toda la noche.
Y lo que era peor: no sabía que esa curiosidad que acababa de despertar en el Rey de Vargheim no se quedaría en una simple duda, sino que estaba a punto de cambiar el rumbo de todo lo que había planeado para los próximos días.