El despacho principal del castillo respiraba una calma poco habitual.
No se escuchaban discusiones, ni golpes en la mesa, ni gritos de frustración. Tampoco se oía el estruendo de cristales rompiéndose o pasos apresurados huyendo por los pasillos. Aquella tarde, el ambiente era serio, concentrado y cargado de una importancia que flotaba en el aire como una promesa silenciosa.
Sobre la enorme mesa de roble oscuro, pulida hasta reflejar la luz de las lámparas de aceite, se extendía un verdadero mar de documentos: informes detallados, mapas dibujados con precisión milimétrica, registros de cuentas, sellos de autoridad y pergaminos que llevaban grabados los emblemas de las más importantes instituciones del reino.
Anna estaba de pie a un lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el mapa principal. Cuanto más tiempo pasaba observándolo, más le costaba asimilar lo que veía.
—Esto era mucho más pequeño —murmuró, como si hablara para sí misma.
Demian, sentado en el extremo opuesto y hojeando un registro, soltó una sonrisa tranquila.
—Lo era. Mucho más.
—Tan pequeño que apenas cubría lo necesario para vivir —añadió ella, señalando con el dedo una zona marcada con líneas antiguas—. Aquí estaba la casa principal. Alrededor, solo algunos campos de cultivo y un pequeño bosque para leña.
Deslizó el dedo hacia el norte.
—Esto era bosque cerrado.
Luego hacia el sur.
—Y esto también. Nadie se atrevía a entrar más allá de los límites originales.
Selene, que permanecía recostada en su sillón con un libro cerrado sobre el regazo, asintió con calma.
—Ahora ya no lo es.
Anna se quedó en silencio unos segundos, recorriendo con la vista toda la extensión dibujada sobre el pergamino. La diferencia era abismal. Donde antes había solo naturaleza salvaje o tierras abandonadas, ahora se veían trazados claros: nuevas calles, barrios enteros de viviendas, talleres de oficios, almacenes bien organizados, campos de cultivo que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, pequeñas plazas, caminos empedrados que conectaban todo el territorio y varias zonas marcadas con símbolos de construcción para los próximos años.
El crecimiento no había sido desordenado; había sido planeado, sólido y constante.
—¿En qué momento ocurrió todo esto? —preguntó finalmente, con una mezcla de sorpresa y orgullo que intentaba disimular.
—Mientras estabas ocupada recorriendo el territorio para sanar lo que otros habían roto —respondió Selene con suavidad.
—Y estudiando magia antigua, estrategia y leyes —añadió Demian.
—Y metiéndote en problemas en tres provincias distintas —completó su hermana mayor con una media sonrisa.
—No provoqué tantos problemas —se defendió Anna, frunciendo el ceño.
—Anna…
—Bueno… quizás algunos pequeños. Pero nada que no pudiera arreglar.
Selene simplemente la miró con esa expresión que decía más que mil palabras. Anna decidió ignorarla y centrar su atención en los demás papeles.
Frente a ellos había otro documento, uno que contenía información todavía más reveladora: el registro actualizado de todos los habitantes que vivían en aquellas tierras.
No eran solo humanos.
Allí figuraban comunidades enteras de enanos, que habían llegado para trabajar en la explotación responsable de los minerales y en la construcción. También elfos, que habían encontrado en los bosques renovados un lugar donde vivir en paz y compartir sus conocimientos sobre la tierra. Había grupos de ogros y otras razas que en otros lugares eran vistas con desconfianza, pero que aquí habían encontrado trabajo y respeto. Y, más recientemente, habían empezado a llegar familias de demonios, buscando un refugio donde no fueran juzgados solo por su apariencia.
Cada grupo tenía su propio representante, sus acuerdos y sus derechos bien definidos.
—Lady Altheria ha hecho un trabajo extraordinario —comentó Anna, reconociendo el esfuerzo de la administradora que había puesto al frente de los asuntos cotidianos.
—Lo ha hecho —confirmó Selene—. Aunque sigue insistiendo en que todo esto es mérito tuyo.
Anna dejó escapar un suspiro largo. Porque, en el fondo, sabía que era cierto. Lady Altheria gestionaba cada detalle, resolvía conflictos y organizaba los recursos, pero la autoridad final, la decisión de abrir las puertas, de cambiar las reglas y de ofrecer una oportunidad a todos, había partido de ella. La finca seguía siendo su propiedad, y todo lo que ocurría allí llevaba su nombre.
Por eso estaban reunidos aquella tarde.
Anna alargó la mano y tomó el documento más importante de todos, el que había estado preparando durante semanas.
—Quiero presentar la solicitud oficial —dijo con voz firme y clara.
Demian levantó la vista, arqueando una ceja con atención.
—¿Estás segura? Sabes lo que esto implica, ¿verdad?
—Completamente segura.
Selene también se inclinó hacia adelante, observando el pergamino. Ya sabía de qué se trataba: era la petición para que aquella zona dejara de ser considerada simplemente una finca privada o una extensión de las tierras del gobernador, y obtuviera el reconocimiento como ciudad independiente dentro de los dominios de la Casa D’Valrienne.
Un cambio de estatus que no era solo un trámite burocrático. Era un salto gigantesco.
Demian tomó el documento, lo desdobló con cuidado y comenzó a leerlo en silencio, recorriendo cada línea con atención. El tiempo pareció ralentizarse mientras sus ojos se movían por el texto. Cuando terminó, dejó los papeles sobre la mesa y se recostó en su silla, cruzando las manos.
—Es posible —dijo finalmente.
Anna levantó la vista rápidamente, con una mezcla de esperanza y cautela.
—¿En serio? ¿No hay impedimentos insalvables?
—No es que sea fácil —aclaró él de inmediato—, pero es posible. Primero necesitaremos la aprobación del Consejo Imperial. Luego el visto bueno del Gran Canciller, que revisará cada cifra y cada ley. Y finalmente el sello del Emperador.
Anna hizo una mueca de disgusto.
—Burocracia. Muchísima burocracia.
—Así funciona el gobierno —respondió Demian, divertido ante su reacción.
—Pues odio el gobierno.
—Anna, tú eres parte del gobierno ahora —le recordó Selene, sonriendo.
—Eso no cambia que sea lento, complicado y a veces absurdo —replicó ella, aunque sin malicia.
—Dejando eso de lado —intervino Demian para volver al asunto principal—, personalmente creo que será aprobada. Y con buenas razones.
Señaló con la mano el resto de los informes extendidos sobre la mesa.
—Mira los números: la producción agrícola es suficiente para alimentar a toda la población y tener excedentes para vender. El comercio ha crecido un treinta por ciento en menos de un año. Las infraestructuras son sólidas, los caminos seguros y los ingresos estables. Todo indica un crecimiento sano y sostenido, algo que pocas zonas nuevas pueden demostrar.
Hizo una pausa, y su voz se volvió más grave y significativa.
—Pero lo más importante, lo que realmente hará que esta solicitud destaque, es esto: la integración está funcionando.
Anna guardó silencio, entendiendo perfectamente a qué se refería.
Durante décadas, aquellas tierras habían sido evitadas por todos. La reputación de los antiguos gobernantes de la Casa D’Valrienne había sido terrible: cerrada, autoritaria y hostil con cualquiera que no fuera de su confianza. Luego llegó la época de la antigua Anna, y la situación empeoró aún más: su fama de fría, implacable y distante había hecho que nadie quisiera establecerse allí.
Pero ahora todo había cambiado.
—Si esta zona recibe el reconocimiento oficial como ciudad —continuó Demian—, dejará de ser vista como un lugar peligroso o abandonado. Se convertirá en una puerta abierta, en un ejemplo vivo de que diferentes razas pueden convivir, trabajar y prosperar juntas. Y eso es algo que todo el Imperio necesita ver.
Anna bajó la mirada hacia el mapa, recorriendo con la vista los espacios en blanco que aún quedaban, las tierras vírgenes que esperaban ser trabajadas y las rutas que aún podían abrirse.
—¿Crees que vendrán más? —preguntó en voz baja.
—Estoy seguro —respondió Selene con firmeza—. Muchos esperan solo una señal clara para saber que serán bienvenidos.
—¿Ya hay interesados?
—Más de los que imaginas —dijo Demian, señalando otro grupo de cartas apiladas en un rincón—. No eres la única que recibe informes. Hay grupos de artesanos, comunidades nómadas, familias enteras y hasta gremios de comerciantes que llevan meses preguntando cuándo podrán establecerse allí con garantías.
Anna se quedó inmóvil, sorprendida.
—¿Meses? ¿Y nadie me dijo nada?
Selene y Demian intercambiaron una mirada cómplice antes de responder al unísono:
—Estabas ocupada.
Anna abrió la boca para protestar… pero la cerró de inmediato. Sabía que tenían razón. Entre viajes, misiones, estudios y resolver problemas que aparecían en cualquier rincón del territorio, apenas tenía tiempo para revisar cada carta que llegaba.
Demian sonrió con orgullo y apoyó una mano sobre el mapa, justo sobre la zona que había sido su finca.
—Lo importante es que lo has conseguido. Has convertido unas tierras olvidadas en un lugar donde la gente quiere vivir.
—Todavía no es una ciudad oficial —le recordó ella.
—Anna —intervino Selene con voz suave pero decidida—, mira todo lo que hay aquí. Mira las casas, los campos, las familias, los talleres, las reglas que respetan y la paz que se respira. Ya es una ciudad en todo menos en el nombre. El reconocimiento oficial solo le dará el estatus legal que le falta.
Demian asintió.
—Y cuando lo obtengas, ya no será solo tu finca. Será la Ciudad de la Rosa Blanca, un territorio propio, bajo tu autoridad y bajo el amparo de nuestra casa. Será el punto de partida, el modelo que podrá inspirar a otras regiones. Será tu legado, construido con tus propias manos y con tus propias decisiones.
Por primera vez en toda la reunión, la tensión en el rostro de Anna se desvaneció por completo. Una sonrisa pequeña, tranquila y profundamente sincera se dibujó en sus labios.
Al observar todo aquello, comprendió que no se trataba solo de papeles o de títulos. Se trataba de demostrar que era posible cambiar el rumbo, que el pasado no definía para siempre el futuro y que, si se daba una oportunidad, la gente podía construir algo mejor.
Quizás, solo quizás, aquella ciudad estaba lista para convertirse en mucho más de lo que cualquiera había imaginado.
Y ella sería quien la guiara.
Finalmente, la reunión llegó a su fin. O al menos, la parte más importante y agotadora de ella.
Anna se dejó caer pesadamente sobre el respaldo de su silla, estiró los brazos por encima de la cabeza y soltó un suspiro largo y profundo que parecía sacar todo el cansancio acumulado. Su espalda crujió con un sonido leve pero audible, como si estuviera deshaciendo la rigidez de horas de estar inclinada sobre papeles y mapas.
—Por fin —murmuró, cerrando los ojos un instante—. Juro que odio más los papeleos que cualquier batalla que haya librado en mi vida.
Demian, que comenzaba a recoger algunos informes para archivarlos, soltó una pequeña risa entre dientes.
—Eso explica perfectamente por qué Lady Altheria termina haciendo la mitad del trabajo administrativo.
—La mayoría —corrigió Anna sin dudarlo.
—Anna…
—Está bien, la mayoría absoluta —admitió ella, levantando las manos en señal de rendición.
Selene ni siquiera intentó contradecirla. Todos en la habitación sabían que era la pura verdad. Anna tenía una capacidad asombrosa para enfrentarse a todo tipo de peligros: podía detener plagas, someter bestias antiguas, negociar con nobles tercos y hasta lanzar a un gobernador por la ventana sin pestañear. Pero un escritorio lleno de contratos, cuentas y registros detallados era una de las pocas cosas capaces de dejarla agotada y sin ganas de actuar.
—Deberías mirar esto con otros ojos —dijo Demian en tono suave, mientras ordenaba los documentos—. Deberías sentirte orgullosa de lo que has logrado.
Anna levantó una ceja, abriendo un ojo con desconfianza.
—¿Orgullosa? ¿De qué exactamente?
Su hermano la miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda e innecesaria del mundo. Se acercó de nuevo a la mesa, tomó el mapa principal y lo deslizó hasta dejarlo justo frente a ella. Con un dedo firme recorrió las líneas que marcaban las nuevas construcciones, los caminos y los barrios.
—Mira esto. Dime qué ves.
Anna observó el dibujo con atención.
—Veo una ciudad en crecimiento. Calles, viviendas, campos… nada fuera de lo normal.
—No —corrigió Demian con voz más grave y significativa—. No es solo una ciudad. Es tu ciudad.
El despacho quedó en silencio de inmediato. Las palabras parecieron quedar flotando en el aire, cargadas de peso.
—Cuando heredaste estas tierras, hace apenas unos años —continuó él, sin apartar la vista del pergamino—, nadie quería acercarse a menos de una jornada de distancia. Los comerciantes desviaban sus rutas para no pisar aquí. Las caravanas preferían caminos más largos y peligrosos antes que cruzar estos límites. Y las otras razas ni siquiera se planteaban la posibilidad de poner un pie en territorio D’Valrienne.
Anna bajó ligeramente la mirada, sabiendo muy bien cuál era la razón de esa desconfianza. Estaba escrita en la historia de su propia familia: los errores crueles de sus padres, el aislamiento, y luego la fama de la Anna anterior, fría, autoritaria y ajena a cualquier sufrimiento ajeno. Esa reputación seguía pesando como una losa, aunque nadie lo dijera en voz alta.
—Y ahora —prosiguió Demian, señalando con un gesto amplio todos los informes que cubrían la mesa—, mira lo que tienes. Comunidades de enanos que han encontrado aquí seguridad para trabajar y comerciar. Grupos de ogros que han dejado de ser vistos como bestias para convertirse en constructores y guardianes. Elfos que han restaurado los bosques y comparten sus conocimientos. Familias de demonios que han encontrado un refugio donde no se les juzga por sus cuernos o su magia. Y además, cientos de humanos, artesanos, agricultores y comerciantes que llegan cada mes buscando un futuro mejor.
Anna permaneció en silencio, escuchando cada palabra.
—Lo que has construido aquí no es algo pequeño ni común —concluyó él—. Es algo que nadie creía posible en estas tierras.
Por primera vez en toda la conversación, Anna no tuvo una respuesta lista, ni una broma para desviar el tema, ni un comentario para restarle importancia. En ese momento, incluso ella comenzaba a comprender la magnitud real de lo que estaba creciendo bajo su nombre.
Sin embargo, la expresión de Demian cambió de golpe. La sonrisa se borró de sus labios, sus hombros se tensaron y su mirada se volvió mucho más seria, casi preocupada. Fue un cambio tan evidente que hizo que Anna levantara la vista de inmediato, sintiendo cómo una pequeña punzada de alerta recorría su espalda.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó con cautela.
—Que esto no va a pasar desapercibido para siempre —respondió él lentamente—. Tienes que prepararte, Anna. Porque si esta ciudad sigue creciendo, si sigue prosperando y demostrando que funciona… va a llamar la atención de ciertas personas y organizaciones que prefieren que las cosas sigan siendo como siempre han sido.
Anna frunció el ceño, intentando imaginar a quién se refería.
—¿A quiénes? ¿Algún noble vecino celoso? ¿Algún gremio que se sienta amenazado?
Demian tardó unos segundos en responder, como si le costara pronunciar ese nombre en voz alta dentro de esas cuatro paredes.
—A la Iglesia de la Luminaria Eterna.
El aire en la habitación cambió de golpe. La sensación de calma y satisfacción se desvaneció, sustituida por una atmósfera más densa y fría. Anna sintió cómo parte de su buen humor desaparecía en un instante, y en su lugar aparecía una vaga, pero inconfundible sensación de inquietud.
—Ya veo —murmuró ella.
Por supuesto que conocía ese nombre. Lo conocía demasiado bien.
Durante los años en que ella había gobernado con mano dura y mirada fría, la Iglesia jamás había levantado la voz para criticarla. Al contrario, mantuvieron una relación sorprendentemente tranquila y cordial. Nunca le pidieron cuentas, nunca cuestionaron sus decisiones y nunca se interpusieron en su camino. En aquel entonces, Anna no había visto nada extraño en ello; ahora, al mirar hacia atrás, se daba cuenta de que había sido un silencio demasiado cómodo, demasiado conveniente.
—Pensé que no les importaría lo que ocurra aquí —dijo ella, con cierto tono de duda.
Demian soltó una risa breve y amarga, sin ningún rastro de alegría.
—¿Que no les importe? Nada que ocurra en un territorio tan grande y que cambie las reglas del juego les resulta indiferente.
—¿Y por qué iban a oponerse? —insistió Anna.
Esta vez fue Selene quien respondió, apoyándose en el borde de la mesa con los brazos cruzados y una expresión seria y analítica.
—Porque lo que estás construyendo contradice directamente muchas de sus enseñanzas y de sus intereses.
Anna guardó silencio mientras dejaba que la lógica encajara en su mente.
La Iglesia de la Luminaria Eterna era, sin duda, la organización más influyente de todo el continente. Sus templos se alzaban en cada ciudad importante, en cada reino humano y en casi todos los rincones donde la civilización había llegado. Oficialmente predicaban la paz, la justicia, la protección de los más débiles y la unidad bajo la luz de su diosa. Pero en la práctica, sus principios eran mucho más rígidos y excluyentes.
—Siguen enseñando que la raza humana es la elegida, la superior, la llamada a guiar a las demás —murmuró Anna, como si estuviera reconstruyendo la verdad ante sus propios ojos.
Demian asintió con gravedad.
—Exacto. Y tú estás construyendo una ciudad donde humanos, enanos, elfos, demonios y todas las razas posibles viven bajo las mismas leyes, con los mismos derechos y con las mismas oportunidades. Estás demostrando que pueden trabajar juntos, que pueden prosperar juntos.
—Y cuando esta ciudad empiece a tener éxito real —añadió Selene con voz firme—, cuando se conozca fuera de estas fronteras y otros pueblos empiecen a mirar hacia aquí como ejemplo… entonces se convertirá en una amenaza para todo lo que ellos han construido durante siglos. Porque si esto funciona, se prueba que su doctrina de supremacía no es más que una mentira para mantener el control.
Anna volvió a posar la mirada sobre el mapa, recorriendo con la vista las zonas marcadas, los nombres de las comunidades y los planes de expansión. Entendió perfectamente el problema. No se trataba de una simple disputa de tierras o de dinero. Se trataba de ideas. Si su ciudad funcionaba, cuestionaba siglos de creencias y poder.
—¿Tienen tanto poder para detenernos? —preguntó ella finalmente, midiendo cada palabra.
—No un poder político directo —aclaró Demian—. No gobiernan imperios, no nombran emperadores y no controlan ejércitos nacionales. Pero tienen algo mucho más difícil de combatir: la influencia.
Hizo una pausa, dejando que el peso de esa afirmación se asentara.
—Controlan la opinión de millones de personas. Pueden hacer que una acción parezca santa o que parezca una blasfemia con solo unas palabras. Pueden ganar apoyos o sembrar dudas en cualquier rincón del reino. Y además… cuentan con sus Héroes.
Anna sintió cómo la inquietud se transformaba en una alerta más aguda. Sabía muy bien lo que eran los Héroes. Eran hombres y mujeres elegidos por la Iglesia, reclutados entre los más talentosos y poderosos de todo el continente, bendecidos bajo el nombre de la Luz y enviados para cumplir misiones que la Iglesia consideraba justas. Eran guerreros, magos y líderes admirados por reyes, nobles y plebeyos por igual. Su sola presencia bastaba para inclinar la balanza a favor de quienes los respaldaban.
—Entiendo —susurró Anna.
Por primera vez desde que había comenzado a cambiar su destino y el de sus tierras, comprendió que el camino que tenía por delante ya no enfrentaría los mismos peligros de antes. Ya no se trataría de curar una enfermedad, de cazar monstruos o de arreglar desastres naturales.
Esta vez, el reto era mucho más grande.
El enemigo potencial no tenía forma física visible, ni fauces afiladas, ni garras. Era una organización milenaria, arraigada en las creencias de la gente, respaldada por la fe y con una capacidad inmensa para mover voluntades. Y su ciudad, su sueño de convivencia, se estaba convirtiendo en el primer obstáculo en su camino.
—esa noche, habitación de Anna—
La noche había caído por completo sobre la ciudad.
Desde el amplio ventanal de sus aposentos, Anna contemplaba el paisaje bajo la luz plateada de la luna. Era una vista que, con el paso del tiempo, se había transformado por completo: los jardines del castillo se extendían en terrazas suaves, llenos de flores de todos los colores y árboles frutales que ahora crecían fuertes y sanos, gracias al cuidado de generaciones que habían aprendido a trabajar la tierra sin agotarla. Más allá, las calles de la nueva ciudad brillaban con la luz tenue de faroles mágicos y antorchas, dibujando caminos luminosos entre las casas de piedra y madera.
El viento nocturno entraba suavemente por la ventana, moviendo las cortinas y trayendo consigo el aroma de las rosas y el césped recién cortado. Todo parecía en calma. Extrañamente en calma.
Aquella habitación había sido su dormitorio durante los años en que gobernó con mano dura, cuando todavía era la Anna que todos temían y respetaban a la fuerza. Ahora ya no era el refugio de una gobernante distante y fría, sino simplemente el lugar donde descansaba cada vez que regresaba a casa, un espacio donde podía dejar de lado las responsabilidades y ser solo ella misma.
Anna apoyó una mano sobre el marco de madera, frío por la brisa nocturna, y se quedó pensativa. Las palabras de Demian seguían dando vueltas en su mente, una y otra vez, como un aviso que no podía ignorar: la Iglesia de la Luminaria Eterna, su inmensa influencia, sus Héroes, y los problemas que podían surgir en cuanto su ciudad comenzara a brillar con fuerza propia.
Por más que le molestara admitirlo, sabía que sus hermanos tenían toda la razón. Lo que estaba construyendo ya no pasaba desapercibido. Era algo nuevo, diferente, y por eso mismo, amenazante para quienes querían que todo siguiera igual.
Pero incluso con esa preocupación en el pecho, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—No pienso detenerme —murmuró en voz baja, casi para sí misma.
No podía hacerlo. Aquella ciudad no era solo suya: existía gracias a la confianza de cientos de personas. Gracias al trabajo de Lady Altheria, que organizaba cada detalle con paciencia infinita. Gracias a Garoum y Lyra, que mantenían el orden y protegían a los habitantes. Gracias a Eliana, Marien, Sylwen y Maelys, que aportaban su esfuerzo y su lealtad. Gracias a los enanos, que habían levantado las estructuras más sólidas; a los elfos, que devolvían la vida a los bosques; a los ogros y demonios, que habían encontrado un lugar donde no se les juzgaba por su apariencia. Y gracias a todas esas familias que habían dejado sus hogares para venir aquí, buscando una oportunidad.
No podía dar marcha atrás. No quería hacerlo. Jamás lo haría.
Entonces, justo en ese instante, sintió algo.
La sonrisa desapareció de golpe.
Su cuerpo se tensó por reflejo, los músculos se pusieron en alerta y un escalofrío helado le recorrió toda la espalda, como si alguien hubiera abierto una puerta a un lugar mucho más frío y oscuro.
Era una sensación que le resultaba familiar… y al mismo tiempo profundamente distinta.
Lentamente, casi con cautela, alzó la vista hacia el cristal de la ventana, donde se reflejaba su propia silueta contra la oscuridad del exterior.
Su reflejo seguía ahí… pero ya no estaba sola.
Algo más se encontraba justo detrás de ella, tan cerca que casi parecía tocarle la espalda.
Anna sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Reconocía esa presencia. La había sentido antes, en los momentos en que su magia había perdido el control, cuando sentía que algo inmenso y antiguo la observaba desde lo más profundo de su propio poder, aguardando en silencio.
Y ahora, por primera vez, se había hecho visible.
En el reflejo, detrás de ella, había una figura con su misma apariencia: su misma estatura, su mismo cabello oscuro cayendo sobre los hombros, sus mismas facciones, su misma ropa. Pero en todo lo demás, había algo profundamente equivocado, algo que hacía que la piel se le pusiera de gallina.
Era la sonrisa.
Aquella sonrisa amplia, fija y fría, llena de una satisfacción oscura, de crueldad sin límites, de un placer que solo podía nacer de ver sufrir a otros. Era como si el dolor ajeno fuera lo más hermoso del mundo, como si el caos y la desgracia fueran solo un espectáculo divertido para contemplar.
Anna tragó saliva con dificultad. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un miedo auténtico, profundo, que le apretaba la garganta.
Porque sabía muy bien lo que no era.
No era la Tirana. Esa parte de sí misma, la que había gobernado con frialdad y arrogancia, seguía siendo ella, con sus errores y su orgullo. Pero esto… esto era diferente. Mucho más oscuro, mucho más antiguo, mucho más ajeno a lo que ella conocía.
—¿Quién eres…? —preguntó finalmente, con una voz que apenas salía, casi un susurro.
La figura amplió aún más esa sonrisa imposible, y por un instante, sus ojos brillaron con una luz tenue y rojiza que no pertenecía a este mundo. Entonces habló.
Su voz sonaba exactamente igual que la de Anna, pero vacía, sin calor, sin sentimiento, como un eco que llegaba desde el fondo de un abismo lejano.
—Soy la consecuencia de este mundo.
El aire de la habitación se volvió más frío de golpe, tanto que Anna pudo ver su propio aliento formando pequeñas nubes blancas frente a su rostro.
—¿Qué…? —alcanzó a articular, confundida y alarmada.
La figura inclinó ligeramente la cabeza, como si le explicara algo obvio.
—Soy lo que este mundo ha creado con sus miedos, sus odios y sus errores.
La sonrisa no se borró; al contrario, pareció crecer, extenderse por todo su rostro de una forma inquietante.
—Y ahora estoy aquí para recordarles a todos quiénes son realmente… y qué es lo que siempre serán.
Anna sintió que algo se retorcía en su interior, una sensación de asfixia y rechazo. No entendía esas palabras, ni sabía qué era esa entidad, ni qué quería de ella. Pero una parte de su instinto le gritaba que aquello no había aparecido por casualidad. Había estado aguardando, observando desde las sombras, esperando el momento adecuado. Y ahora, por alguna razón que aún no alcanzaba a comprender, había decidido mostrarse.
La habitación quedó sumida en un silencio pesado, sofocante, cargado de una tensión que parecía estallar en cualquier momento.
Hasta que…
Toc.
Toc.
Toc.
Tres golpes secos y firmes resonaron en la puerta de madera.
En ese mismo instante, la presencia desapareció. Se desvaneció como si nunca hubiera existido, dejando solo una sensación de frío residual en el aire.
Anna giró la cabeza bruscamente hacia la puerta, y cuando volvió a mirar el reflejo en el cristal, ya no había nadie más. Solo ella, con el rostro pálido y la respiración agitada, y el fondo oscuro de la noche.
—¿Anna? —la voz de Eliana llegó desde el otro lado, suave y tranquila—. ¿Puedo entrar?
Anna permaneció inmóvil unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de ver, intentando decidir si había sido una alucinación, un sueño o algo mucho más real y peligroso. Luego respiró hondo, llenó sus pulmones de aire y se obligó a calmarse.
—Sí —respondió, logrando que su voz sonara firme, aunque por dentro todavía temblaba.
La puerta comenzó a abrirse lentamente, dejando entrar la luz cálida del pasillo. Y por primera vez en toda aquella noche, Anna sintió un inmenso alivio al darse cuenta de que ya no estaba sola.
Algo nuevo había entrado en su vida, algo que venía de más allá de lo que conocía. Y ahora, además de las amenazas de este mundo, tendría que enfrentarse a lo que acechaba en las sombras de su propia magia.