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Capítulo 58: El enemigo más peligroso del Imperio

DNavarrete

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Sylwen temblaba.

 

Literalmente temblaba de pies a cabeza.

 

Y no era la única.

 

A su lado, Maelys se aferraba a su brazo con tanta fuerza que casi le dejaba marcas en la piel, como si estuvieran frente a una bestia antigua salida de las leyendas más oscuras del continente.

 

Las dos observaban la plaza central en un silencio absoluto, lleno de tensión.

 

O más exactamente…

 

Observaban a Anna.

 

Y eso era lo que las hacía sentir más heladas que cualquier tormenta de invierno.

 

—¿Está… está bien…? —susurró Maelys con la voz quebrada, sin atreverse ni a respirar hondo.

 

—No lo sé… —respondió Sylwen tragando saliva con dificultad—. Pero si alguien fue el responsable de esto, va a desear nunca haber nacido.

 

Las dos se apretaron una contra la otra, buscando cualquier atisbo de seguridad en medio de la inminente tormenta.

 

A pocos metros de ellas, Garoum soltó un suspiro tan largo y profundo que parecía que le salía hasta del alma.

 

Lyra hizo exactamente lo mismo, y se pasó una mano por el rostro como si ya estuviera contando los daños que iban a venir.

 

—Sabía que esto iba a pasar —murmuró la caballera.

 

—Yo también —añadió Garoum, mirando al cielo como si pidiera paciencia a los dioses.

 

Eliana, por su parte, luchaba con todas sus fuerzas por mantener una expresión seria y digna, pero sus hombros se movían en espasmos que delataban lo que realmente sentía.

 

La pequeña Lira tuvo que girarse de golpe, taparse la boca con ambas manos y agacharse un poco para que Anna no viera la sonrisa inmensa que se le dibujaba en la cara.

 

Incluso los guardias imperiales enviados por el propio Emperador parecían estar a punto de estallar en carcajadas, aunque mantenían una compostura rígida y desviaban la mirada hacia cualquier cosa que no fuera el centro de la plaza.

 

Porque todos, sin excepción, entendían perfectamente lo que estaba ocurriendo.

 

Todos.

 

Menos las dos recién llegadas.

 

El origen de aquel desastre estaba justo en medio de la plaza: una estatua gigantesca de mármol blanco, pulida hasta brillar bajo el sol. Majestuosa, imponente, esculpida con una precisión exquisita. Representaba a Anna con los ojos cerrados, una expresión de serenidad absoluta, las manos juntas sosteniendo una rosa entre los dedos, como si estuviera rezando por la prosperidad eterna de la ciudad.

 

A sus pies, grabadas en letras doradas que relucían con orgullo, se leían las palabras:

 

    “A Lady Anna D’Valrienne, salvadora de nuestra ciudad y esperanza de nuestro futuro.”

 

Silencio.

 

Un silencio tan pesado que parecía llenar todo el espacio.

 

Anna permanecía inmóvil frente al monumento. No se movía ni un milímetro, no pestañeaba, no cambiaba de postura. Su rostro mantenía una calma tan absoluta que parecía más fría que el mismo mármol.

 

Pero esa calma era solo una máscara.

 

Y todos lo sabían.

 

Porque a su alrededor, poco a poco, comenzó a extenderse una presión invisible, densa y sofocante. El aire se volvió pesado, como si estuviera lleno de agua, y cualquier cosa viva sintió la necesidad de huir: los pájaros dejaron de cantar y salieron volando despavoridos, los perros se escondieron temblando bajo los puestos, y un vendedor de frutas decidió en cuestión de segundos que era el mejor momento para trasladar su negocio a la otra punta de la ciudad.

 

Y lo más espectacular de todo: detrás de ella, sin que ella misma lo notara, su propia furia contenida comenzó a tomar forma. Una sombra oscura y ardiente, hecha de pura aura, se alzó en el aire y se fue moldeando hasta convertirse en una enorme y amenazante cara demoníaca, con ojos llameantes, fauces abiertas y colmillos afilados, que parecía rugir en silencio por encima de su cabeza.

 

—¿Por qué nadie hace nada? —preguntó Maelys, mirando aquella sombra con ojos muy abiertos.

 

—Porque queremos seguir vivos —respondió Garoum al instante, sin apartar la vista de la figura demoníaca.

 

—Y mucho —añadió Lyra, asintiendo con toda la seriedad del mundo.

 

Anna seguía mirando la estatua. La vena que latía con fuerza en su frente rompía por completo cualquier ilusión de tranquilidad.

 

—¿Quién…? —preguntó con una voz suave, casi susurrada, pero que sonó más peligrosa que cualquier grito.

 

Eliana tuvo que girarse completamente y apoyar una mano en la pared más cercana para no estallar a reír en voz alta.

 

—¿Quién… fue el responsable de esto?

 

Nadie respondió.

 

Nadie tenía el valor. O la estupidez.

 

Anna volvió a alzar la vista hacia la estatua. Aquella versión gigante de sí misma parecía contemplarla desde arriba con una calma perfecta, casi burlona, que le ponía los nervios de punta.

 

—¿Por qué estoy rezando? —preguntó, apretando los dientes.

 

Silencio.

 

—¿Por qué llevo una rosa en la mano?

 

Más silencio. La cara demoníaca detrás de ella abrió más las fauces, como si estuviera a punto de lanzar un rugido que sacudiría los cimientos de la ciudad.

 

—¿Y por qué soy veinte centímetros más alta de lo que soy?

 

Lira soltó un sonido ahogado, entrecortado, que sonó exactamente como una carcajada que se ahogaba en la garganta.

 

—Y lo más importante…

 

Anna apretó los puños con tanta fuerza que las piedras del suelo a sus pies se agrietaron levemente. La sombra demoníaca detrás de ella creció de tamaño, llameando con furia contenida.

 

—¿QUIÉN EN SU JUICIO PENSÓ QUE ESTO ERA UNA BUENA IDEA?

 

El grito retumbó por toda la plaza y rebotó en las paredes de los edificios. La cara de sombra rugió al mismo tiempo, lanzando una onda de aire que hizo que las hojas de los árboles se desprendieran de golpe.

 

Maelys pegó un salto del susto y se agarró con más fuerza a Sylwen.

 

Sylwen cerró los ojos y se preparó para lo peor.

 

Los guardias imperiales miraron al cielo con expresiones totalmente inocentes, como si no supieran absolutamente nada de nada.

 

Y en un rincón lejano, el alcalde de la ciudad, que había tenido la “brillante” idea de encargar la obra, decidió que tal vez era el momento perfecto para irse de viaje… por un tiempo indefinido.

 

Demian D’Valrienne estaba de un humor inmejorable.

 

Sentado en un amplio salón del ala principal del castillo, con paredes de mármol pulido y grandes ventanales que enmarcaban toda la extensión de la ciudad bajo la luz dorada de la tarde, apoyaba el mentón en una mano y sonreía con esa satisfacción tranquila de quien ya tiene el espectáculo asegurado. El aire allí era fresco, perfumado por las flores de los jardines que trepaban por las columnas, y el ambiente respiraba calma y estabilidad.

 

—Hoy regresa Anna —dijo, con un tono que mezclaba expectativa y diversión—. Tengo que admitir que llevo todo el día esperando ver su reacción.

 

Frente a él, Selene no apartó la vista de las páginas del grueso tratado de leyes que tenía entre las manos, pero alzó una ceja con total claridad. No necesitaba más explicaciones. Conocía a su hermano demasiado bien.

 

—¿Te refieres a la estatua? —preguntó con calma, sin levantar la voz.

 

—Exactamente a la estatua —respondió Demian, y su sonrisa se ensanchó hasta mostrar los dientes—. ¿No quedó magnífica? Tallada en mármol blanco de primera calidad, detalles de oro en los bordes, una inscripción que honra su labor… ¡es una obra de arte!

 

Selene cerró el libro lentamente, con un movimiento suave y controlado, y apoyó la espalda en el respaldo de su sillón. Sus ojos grises se clavaron en los de su hermano con una paciencia infinita.

 

—Sabes perfectamente que Anna va a enfadarse. Y mucho.

 

—Exageras como siempre —se burló Demian, agitando una mano con despreocupación—. Siempre ves problemas donde no los hay.

 

—No exagero.

 

—Sí lo haces.

 

—No.

 

—Sí.

 

—No.

 

Demian soltó una pequeña risa, divertido por la costumbre de ambos de terminar así cada discusión.

 

—Anna ya no es una niña, Selene. Ha madurado muchísimo durante estos años. Tiene más paciencia, más serenidad…

 

Selene lo observó en silencio durante unos segundos, dejando que sus palabras flotaran en el aire. Luego volvió a abrir el libro y bajó la vista hacia las páginas, con una calma que parecía preparada para lo peor.

 

—Claro.

 

—Ha cambiado de verdad.

 

—Por supuesto.

 

—Ya no se enfada por tonterías.

 

—Sin duda.

 

Demian asintió satisfecho, convencido de que tenía razón.

 

—¿Ves? Sabía que al final me darías la razón.

 

Selene pasó una página con mucho cuidado.

 

—Demian…

 

—¿Sí?

 

—Anna está detrás de ti.

 

El silencio cayó sobre el salón de golpe, tan denso que parecía apagar incluso el sonido del viento fuera.

 

Demian parpadeó.

 

Una vez.

 

Dos veces.

 

Tres.

 

Su sonrisa se congeló en sus labios.

 

Y entonces sintió cómo una mano se apoyaba sobre su hombro. No con fuerza, no con brusquedad, sino con una suavidad tan absoluta que le heló la sangre en las venas.

 

En el mismo instante, una presión invisible y pesada como una montaña se extendió por toda la habitación. El aire se volvió espeso, difícil de respirar, como si estuviera sumergido bajo el agua. Las cortinas de seda que colgaban de los ventanales dejaron de moverse de golpe, inmóviles como si el tiempo se hubiera detenido. La temperatura bajó de repente, lo suficiente para que se formara un ligero vaho con cada respiración.

 

Y por primera vez en años, Demian D’Valrienne, el gobernante de la ciudad, el hombre que había enfrentado intrigas y amenazas sin pestañear, sintió un miedo auténtico, profundo y helado en la base de su estómago.

 

Giró la cabeza muy despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco fuera a desencadenar una catástrofe.

 

Y allí estaba ella.

 

Anna.

 

De pie a su lado, con la espalda recta y la mirada tranquila. Su rostro mostraba una sonrisa perfecta, amable, casi dulce, como si estuviera a punto de darle un abrazo fraternal.

 

Pero esa sonrisa era lo más aterrador que había visto en mucho tiempo.

 

—Hola, hermanito querido —dijo con una voz suave, cálida y absolutamente peligrosa.

 

Demian tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo se le secaba la garganta.

 

—A-Anna… qué sorpresa… no te esperábamos tan pronto…

 

—Qué alegría volver a verte —continuó ella, sin dejar de sonreír ni un segundo.

 

—Y-yo también… muchísimo…

 

—Me alegra escuchar eso de verdad.

 

Detrás de ella, sin embargo, la calma se desvanecía por completo.

 

Desde su espalda, surgiendo de la misma energía contenida que irradiaba su cuerpo, se formó una masa oscura y ardiente que creció hasta alcanzar el tamaño de un hombre. Poco a poco, tomó forma: una gigantesca cabeza demoníaca hecha de humo negro y maná puro, con ojos como brasas encendidas que brillaban con una furia silenciosa, colmillos afilados y curvados capaces de atravesar acero, y fosas nasales de las que escapaban pequeñas columnas de humo que se elevaban hacia el techo.

 

La criatura no rugía, no se movía de forma violenta, pero su sola presencia llenaba el salón de una tensión que hacía que las lámparas de cristal temblaran levemente. Sus ojos se clavaron directamente en Demian, como si estuvieran revisando cada error, cada decisión y cada idea estúpida que había tenido en su vida.

 

—Hermanito —llamó Anna de nuevo, con esa misma voz dulce.

 

—¿S-Sí? —respondió él, sintiendo que su corazón latía con tanta fuerza que parecía que le iba a salir por la boca.

 

—Tengo una pregunta muy sencilla.

 

—Claro… lo que quieras…

 

—¿Fuiste tú quien autorizó la construcción de esa estatua en la plaza?

 

Demian sintió que estaba caminando sobre una cuerda delgada, suspendida sobre el cráter de un volcán en erupción.

 

Podía mentir, pero mentirle a Anna en ese estado equivalía a firmar su propia sentencia de muerte.

 

Podía echarle la culpa al alcalde, pero sabía que ella averiguaría la verdad en menos de cinco minutos, y entonces sería mucho peor.

 

Podía intentar correr hacia la puerta, pero con aquella sombra demoníaca vigilándolo… no parecía la estrategia más inteligente.

 

Así que tomó la única opción que le quedaba: ser sincero y esperar a que la misericordia de su hermana fuera mayor que su furia.

 

—Técnicamente… —empezó con voz temblorosa.

 

Anna sonrió un poco más.

 

En ese momento, Demian supo que ya estaba perdido.

 

—Verás… —balbuceó— la gente de la ciudad quería darte las gracias por todo lo que has hecho… el alcalde propuso hacer un monumento en tu honor… todos estaban muy emocionados… y yo pensé que sería bueno para la moral y el orgullo de todos… y…

 

—¿Y? —lo animó ella con amabilidad.

 

—Y firmé la autorización.

 

Silencio.

 

Un silencio absoluto, pesado, donde solo se escuchaba el latido acelerado del corazón de Demian.

 

Selene, que había seguido todo el intercambio con la calma de quien ya lo había visto venir, cerró el libro de golpe, lo dejó sobre la mesa con suavidad y se recostó en el sillón cruzando los brazos, lista para presenciar el desenlace.

 

—Fue bueno conocerte, Demian —dijo ella con tono serio, como si estuviera despidiéndose de un difunto.

 

—¿Qué? —preguntó él, alarmado.

 

Anna soltó una pequeña risa suave.

 

—Gracias por tu sinceridad, hermanito. Eso es lo más importante.

 

—Anna, espera un momento, podemos hablarlo, seguro que lo entendemos… —intentó razonar él, levantando las manos en señal de paz.

 

—Te quiero mucho, Demian —añadió ella, sin dejar de sonreír.

 

—¡ANNA, ESPERA UN MOMENT—!

 

El grito se cortó en seco.

 

La ventana más grande del salón, con su marco de madera labrada y cristales gruesos, explotó de golpe, no por un golpe externo, sino por la fuerza de la energía que se liberó. Los cristales volaron en mil pedazos y el aire entró con fuerza, agitando las cortinas.

 

Un segundo después, los guardias que patrullaban los jardines de abajo levantaron la vista justo a tiempo para ver una figura humana atravesar el aire como un proyectil, saliendo disparada por la abertura de la ventana y dibujando una curva perfecta hacia el otro extremo de los terrenos del castillo.

 

Uno de los guardias miró a su compañero con total serenidad.

 

—¿Ese era el Gobernador Demian?

 

—Sí.

 

—¿Lo han lanzado por la ventana?

 

—Sí.

 

—¿Significa que Lady Anna ya ha regresado?

 

—Exacto.

 

—Ah.

 

Ambos asintieron con total normalidad, como si ver al señor de la ciudad volar por los aires fuera algo absolutamente cotidiano.

 

—Todo está en orden, entonces —murmuró el primero, ajustando su casco.

 

—Sí —respondió el otro—. Lady Anna ya ha vuelto a casa.

 

Y en el salón, Selene suspiró, se levantó de su asiento y empezó a recoger sus cosas, preparándose para ir a buscar a su hermano antes de que se le quedara pegado en la copa de un árbol.

 

Abajo, en los amplios jardines del castillo, el grupo esperaba tranquilamente.

Bueno…

 

La mayoría.

 

Porque había tres personas que claramente no estaban preparadas para lo que acababan de presenciar.

 

—¡¿LO LANZÓ POR LA VENTANA?! —gritó Maelys señalando hacia el cielo con los ojos desorbitados.

 

—¡¡LO LANZÓ POR LA VENTANA!! —repitió Marien con el mismo tono de absoluto horror, como si acabara de ver un crimen imperdonable.

 

—¡¡ES EL GOBERNADOR DE LA CIUDAD!! —añadió Sylwen, con la voz quebrada y el arco a punto de descolgarse de su hombro.

 

Las tres observaron cómo la figura humana seguía describiendo una curva en el aire, luego volvieron la vista hacia la ventana destrozada, de nuevo hacia la figura que caía, y otra vez hacia la ventana. Sus cerebros parecían haberse quedado en blanco, incapaces de procesar lo que estaban viendo.

 

Mientras tanto, el resto del grupo reaccionaba con una calma que rayaba en la indiferencia:

 

Garoum simplemente bostezó, cubriéndose la boca con una mano.

 

Lyra se cruzó de brazos y apoyó una pierna en el borde de una fuente, como si estuviera viendo una lluvia aburrida.

 

Eliana sonreía con cierta diversión contenida.

 

Y Lira estaba sentada cómodamente en un banco de piedra, mordiendo una manzana con toda la tranquilidad del mundo.

 

—¿Eso pasa seguido? —preguntó Maelys, volviéndose hacia ellos buscando una explicación que le devolviera la cordura.

 

—Más de lo que debería —respondió Eliana, asintiendo con naturalidad.

 

—Mucho más —añadió Lyra, sin cambiar de postura.

 

—¡¿Y NADIE HACE NADA AL RESPECTO?! —exclamó Marien, sin poder creer que nadie fuera a intervenir.

 

Garoum levantó una ceja con aire de confusión.

 

—¿Qué quieres que hagamos exactamente?

 

—¡¡DETENERLA!! —dijo Maelys de inmediato, convencida de que era la respuesta obvia.

 

Todos se quedaron mirándola en silencio.

 

La joven demonio tragó saliva de golpe. Por alguna razón, sintió que acababa de decir algo extremadamente estúpido.

 

—¿Tú te ofreces a detenerla? —preguntó Lyra con una media sonrisa.

 

—Bueno… no —balbuceó ella.

 

—Yo tampoco —dijo Garoum negando con la cabeza.

 

—Yo menos —añadió Eliana.

 

—Y yo aprecio demasiado mi vida —remató Lira, dando otro mordisco a su fruta.

 

Sylwen seguía mirando hacia donde Demian había desaparecido entre los árboles.

 

—¿Está muerto? —preguntó con cautela.

 

—No —respondió Lyra con seguridad.

 

—¿Estás segura?

 

—Totalmente.

 

—¿Y cómo puedes estar tan segura?

 

Lyra suspiró profundamente, como si tuviera que explicar algo muy básico.

 

—Porque es la tercera vez en lo que va de año.

 

Se hizo un silencio absoluto.

 

Las tres recién llegadas se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos.

 

—¿La tercera qué? —preguntó Marien, temiendo la respuesta.

 

—La tercera vez que Lady Anna lo lanza por una ventana —aclaró Eliana con tono de quien comenta el clima.

 

—…

—…

—…

 

Marien fue la primera en recuperar la voz, casi en un grito ahogado:

 

—¡¿LA TERCERA VEZ?!

 

—Sería la cuarta si contamos el incidente de la escalera del salón del trono —añadió Eliana distraídamente.

 

—¡¡ELIANA!! —la regañó Lyra entre risas.

 

—¿Qué? Técnicamente también salió volando por los aires, así que cuenta.

 

Maelys sentía que estaba descubriendo una faceta de Anna que no encajaba en absoluto con la imagen que tenía. Aquella era la misma mujer que había salvado regiones enteras, que había detenido plagas mortales, que había construido una ciudad donde humanos, elfos y demonios convivían en paz… y al mismo tiempo era capaz de convertir al gobernador en un proyectil humano con la misma facilidad que alguien aparta una silla.

 

—Pensaba que Lady Anna era mucho más… elegante —murmuró, confundida.

 

Lira soltó una carcajada alegre.

 

—Y lo es.

 

—¡Eso no fue nada elegante! —protestó Sylwen.

 

—No, pero fue totalmente merecido —respondió la pequeña, y todos los demás asintieron al unísono, sin dudarlo ni un segundo.

 

Sylwen miró a su alrededor con una creciente confusión.

 

—Entonces… ¿nadie piensa en castigarla o hacerle ver que no puede actuar así?

 

Ahora fue Garoum quien se echó a reír a carcajadas, sacudiendo la cabeza.

 

—¿Castigar a Anna?

 

—Sí, claro —respondió la elfa, sin entender la risa.

 

—¿Y quién exactamente se atrevería a hacerlo? —preguntó él con calma.

 

Sylwen abrió la boca para responder… y la volvió a cerrar de golpe. Porque, al pensarlo bien, no había ninguna respuesta lógica:

 

¿El gobernador? Era el que acababa de salir disparado por la ventana.

 

¿Los guardias del castillo? Ya se había visto que lo tomaban como algo habitual.

 

¿El propio Emperador? Según todos los rumores, probablemente se reiría en lugar de regañarla.

 

—Ah… ya veo —murmuró al final, comprendiendo la situación.

 

—Exacto —dijo Eliana con una sonrisa de complicidad.

 

En ese momento, una puerta lateral del castillo se abrió con un ligero chirrido.

 

Demian apareció caminando despacio, cubierto de polvo y hojas secas, con una rama pequeña enganchada en el cabello y la ropa arrugada. Su porte imponente y su dignidad de gobernante estaban claramente heridos, pero al menos seguía de pie.

 

—Sigo vivo —anunció con voz cansada, levantando una mano en señal de supervivencia.

 

—Qué buena noticia —dijo Lyra sin emoción.

 

—Nos alegramos mucho —añadió Garoum, burlón.

 

—Te lo merecías por haber tenido esa idea —remató Eliana.

 

—Gracias por todo el apoyo emocional que me brindan —respondió Demian con tono irónico, suspirando hondo.

 

Luego alzó la vista hacia la ventana destrozada.

 

Y justo en ese instante, una segunda figura apareció en el hueco.

 

Era Anna.

 

Estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolo fijamente desde arriba con esa sonrisa dulce, amable y terriblemente peligrosa. Detrás de ella, flotando en el aire, seguía la gigantesca cara demoníaca formada por humo negro y energía contenida, con los ojos llameantes que no perdían detalle de cada movimiento de Demian.

 

La sonrisa cansada del gobernador desapareció de golpe.

 

—Oh no —susurró.

 

—Oh sí —respondió Anna desde arriba, con una voz que parecía dulce pero que helaba la sangre.

 

Demian no esperó ni un segundo más. Giró sobre sus talones con agilidad inesperada para alguien de su tamaño y empezó a correr hacia el otro extremo del jardín, alejándose lo más rápido posible.

 

Había aprendido una lección muy importante a lo largo de toda su vida: cuando Anna D’Valrienne te mira y te sonríe de esa forma… lo más inteligente que puedes hacer es empezar a correr antes de que termine de pronunciar la primera palabra.

 

En el interior del despacho principal del castillo, el ambiente ya no olía a tensión furiosa, sino a una frustración profunda y muy contenida.

 

Anna estaba de pie junto a la ventana rota, resoplando con fuerza por la nariz, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Todavía sentía el calor de la furia correrle por las venas, y las ganas de agarrar a alguien por el cuello no se le habían pasado del todo.

 

—Lo voy a matar —masculló por tercera vez en menos de un minuto.

 

En el otro extremo de la habitación, Selene permanecía sentada con toda la calma del mundo, pasando una página de su libro como si estuvieran hablando del clima.

 

—No lo harás.

 

—Lo voy a matar —repitió Anna, con más convicción.

 

—No.

 

—Sí.

 

—No.

 

—Sí.

 

Selene levantó finalmente la vista, con una expresión de paciencia infinita.

 

—Anna.

 

—¿Qué? —respondió ella, volviéndose bruscamente.

 

—Llevas diciendo lo mismo las últimas cuarenta veces. Y cada vez con las mismas ganas.

 

Anna abrió la boca para protestar… y la cerró de golpe. Por desgracia, tenía toda la razón.

 

Soltó un gruñido ahogado y se dejó caer pesadamente en uno de los sillones de cuero cercanos, hundiendo la cabeza entre los hombros.

 

—Sigo sin entender por qué permitió algo así —murmuró, con la voz cargada de frustración.

 

—Porque la gente quería hacerlo —respondió Selene con naturalidad.

 

—¡Podían regalarme flores! —exclamó Anna, levantando las manos.

 

—Ya lo hicieron. Tienes dos arreglos enormes en la entrada.

 

—¡O escribirme una carta!

 

—Recibiste cientos, todas llenas de agradecimientos.

 

—¡O poner una placa pequeña y discreta en algún rincón!

 

—También la pusieron. Está en la entrada del hospital que reconstruiste.

 

Anna se cubrió el rostro con ambas manos, sintiendo que le faltaba explicación.

 

—¿Pero por qué una estatua? ¿Tan grande? ¿Con esa pose ridícula?

 

Selene la observó en silencio durante unos segundos. Y por primera vez desde que empezó toda aquella situación, la sonrisa divertida y burlona desapareció de sus labios, dando paso a una mirada seria, suave y llena de comprensión.

 

—Porque los salvaste —dijo con voz tranquila pero firme.

 

Anna se quedó inmóvil.

 

—Selene…

 

—No, escúchame bien por una vez —la interrumpió suavemente, cerrando el libro y apoyándolo sobre la mesa con cuidado—. Escúchame como hermana mayor.

 

Anna bajó lentamente las manos, dejando ver su rostro confundido y tenso.

 

—La gente no levantó esa estatua porque seas noble —continuó Selene, sin apartar la vista de sus ojos—. Ni porque lleves el apellido D’Valrienne. Ni siquiera porque Demian haya firmado el permiso.

 

—Entonces…

 

—La levantaron porque, en el momento en que todos creyeron que iban a morir, cuando la enfermedad se extendía y nadie se atrevía a acercarse, tú apareciste.

 

El silencio volvió a llenar la habitación, denso y lleno de significado.

 

—Tú lo ves como algo que hiciste por deber, o para enmendar errores —siguió explicando—. Tú ves una enfermedad que había que detener. Pero ellos vieron a alguien que se quedó cuando todos los demás huían.

 

Anna bajó la mirada hacia sus propias manos, sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta.

 

—Tú recuerdas cada error que cometiste en el pasado, cada daño que causaste —añadió Selene con ternura—. Pero ellos solo recuerdan quién sostuvo las manos de sus familiares cuando estaban muriendo, quién les dio esperanza cuando ya no tenían nada.

 

—Yo no soy una heroína —susurró Anna, negando con la cabeza.

 

—Lo sé.

 

—Ni una santa.

 

—También lo sé muy bien.

 

—Entonces… —su voz se apagó, saliendo más baja y quebrada de lo que quería— ¿por qué me tratan como si lo fuera?

 

Selene guardó silencio unos instantes, el tiempo suficiente para que sus palabras calaran en el pecho de su hermana. Luego, lentamente, dibujó una sonrisa suave, cálida y llena de afecto: esa sonrisa que solo una hermana mayor puede dar, sin juicios ni condiciones.

 

—Porque tú sigues viendo a la persona que fuiste hace años —le dijo con dulzura—. Pero ellos solo conocen a la persona que los salvó.

 

Anna sintió algo extraño expandirse en su pecho: una mezcla confusa de culpa por lo que había hecho, tristeza por lo que no podía borrar, y algo más cálido, más difícil de nombrar, que le apretaba la garganta.

 

—Pero no quiero que olviden lo que hice —dijo de pronto, levantando la vista con firmeza—. No quiero que piensen que soy perfecta, ni que mi pasado nunca existió.

 

Selene asintió con total seriedad.

 

—Y no lo harán.

 

Aquella respuesta la tomó por sorpresa. Parpadeó, confundida.

 

—¿Qué?

 

—El pasado no desaparece solo porque alguien haga algo bueno —explicó con calma—. Y tampoco debería desaparecer. Debe quedar ahí para recordarnos lo que no queremos volver a ser.

 

Anna la miró en silencio, esperando a que terminara.

 

—Pero tampoco es justo que una persona quede atrapada para siempre en su peor momento —añadió con suavidad—. Que se le niegue la oportunidad de cambiar, de mejorar, de ser alguien diferente.

 

Las palabras flotaron en el aire, asentándose despacio, como si quisieran calar hasta lo más hondo.

 

—Esa estatua no existe porque hayan olvidado quién eras antes —continuó Selene, señalando con la mirada hacia la ventana—. Existe porque vieron quién decidiste ser después.

 

Anna se quedó inmóvil, sin responder, sin discutir, sin buscar ninguna excusa. Por primera vez desde que había regresado a la ciudad, no tenía una respuesta lista, ni una queja, ni una forma de contradecirlo. Solo sentía que, por un momento, todo parecía tener un poco más de sentido.

 

Selene guardó silencio un segundo más, antes de que esa sonrisa traviesa volviera a aparecer en sus labios.

 

—Aunque debo confesarte algo —dijo con tono confidencial.

 

—¿Qué? —preguntó Anna, alzando una ceja.

 

—La idea de poner la rosa en las manos fue exclusivamente de Demian.

 

Anna entrecerró los ojos de inmediato.

 

—Ya lo sabía.

 

—Y esa pose de estar rezando también fue idea suya.

 

—Lo sabía.

 

—Y además fue él quien insistió en que te hicieran veinte centímetros más alta para que “impusieras más respeto”.

 

—¡YA LO SABÍA! —gritó Anna, volviendo a ponerse de pie de un salto.

 

Selene soltó una pequeña carcajada, alegre y sincera. Y para sorpresa de ella misma, después de unos segundos, Anna también soltó una risa ahogada, que empezó suave y terminó por sacudirle los hombros. No era una risa fuerte, pero sí suficiente para que toda la tensión acumulada en su pecho se disolviera poco a poco.

 

Al menos por el momento.

 

Porque apenas dejó de reír, su mente volvió a recordar quién había sido el autor de todo aquello, y una chispa de furia volvió a brillar en sus ojos.

 

—Bueno… —murmuró, enderezándose y acomodándose la ropa—. Ahora solo me falta encontrar dónde se escondió ese idiota.

 

Selene negó con la cabeza, todavía sonriendo.

 

—Como toda buena hermana, supongo.

 

—Exacto —respondió Anna con una sonrisa peligrosa—. Es mi deber familiar darle su merecido.

 

Y con esa resolución, salió del despacho decidida a cumplir su palabra.

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