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Capítulo 57: Sentencia y Lealtad

DNavarrete

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Faltaban exactamente dos días para que Anna retomara su camino hacia el corazón del Imperio. Tenía planeado hacer una parada importante antes de llegar a la capital: pasaría por la ciudad ancestral de su familia, el hogar de los D'Valrienne, para hablar con sus hermanos. Su objetivo era claro: solicitar su apoyo y su respaldo oficial para poner en marcha el comercio de los minerales y las piedras mágicas que pronto empezarían a extraerse de la montaña al norte. Era un proyecto demasiado grande para manejarlo solos, y el nombre de su familia abriría puertas que de otro modo permanecerían cerradas.

 

La comitiva que la acompañaría estaba decidida: sus compañeros más fieles y cercanos, que nunca la abandonaban. Irían Eliana, siempre atenta y firme; Lyra, la guerrera valiente y leal que siempre permanecía a su lado junto a Garoum; Garum, con su sabiduría antigua y su mirada que lo veía todo; y Lira, la pequeña niña que, aunque empezó como sirvienta, se había convertido para Anna en una hermana pequeña, a la que protegía y quería con toda su alma. También irían los mismos guardias imperiales que la habían escoltado hasta aquí y que, por orden expresa del Emperador, se habían quedado estos días en la finca esperando su regreso, asegurando que nada le ocurriera. Todo estaba organizado, todo listo... pero hoy, hoy era un día mucho más importante que cualquier preparativo de viaje.

 

Hoy se tomaría la decisión que todos estaban esperando, con el aliento contenido y el corazón en un puño.

 

En la gran sala de conferencias, el silencio era absoluto. Era una habitación amplia, con paredes de piedra y madera oscura, donde habitualmente se discutían los asuntos más importantes del asentamiento. Allí, sentados en los grandes sillones dispuestos en círculo, estaban Lady Altheria y todos los representantes de las razas que vivían bajo su protección: Gromm por los ogros, Krundin por los enanos, Rakhan por los hombres lobo, Miri por las hadas, Zara por los demonios y muchos otros líderes más. Todos estaban presentes, con sus rostros serios, conscientes de que lo que se decidiera hoy marcaría el futuro de la convivencia en estas tierras.

 

Frente a ellos, de pie, separadas del resto, estaban las dos figuras centrales de este encuentro.

 

Por un lado, Maelys. La joven demonio permanecía con la cabeza alta, aunque sus manos entrelazadas delataban su nerviosismo. Habían pasado días desde que su padre, Varzek, había hablado con Anna y con Lady Altheria. La anciana había dedicado mucho tiempo a hablar con ella, a escuchar sus miedos, a explicarle con paciencia y dulzura lo que significaba la Academia, lo que podía encontrar allí y lo que significaba para su gente. Y finalmente, había logrado convencerla. Maelys aceptaba ir. Aún sentía ese miedo profundo, ese temor a ser juzgada, rechazada o ignorada por ser quien era... pero saber que iría acompañada, saber que Anna estaría allí, caminando a su lado y protegiéndola de cualquier injusticia, hacía que ese miedo fuera soportable. De alguna manera extraña, la sola presencia de Anna le daba seguridad.

 

Y al lado de ella, en el lugar más pesado y difícil de todos, estaban Sylwen y su madre.

 

Ambas elfas mantenían la cabeza baja, con la postura rígida y el rostro pálido. Durante estos días, les habían explicado claramente que el incidente de la noche anterior no tendría consecuencias para todo su pueblo: los elfos no serían expulsados, ni castigados en masa, ni obligados a abandonar el refugio que habían encontrado aquí. Pero también les habían recordado, con toda la claridad del mundo, cómo funcionaban las leyes. Y ellas, que conocían las normas y las jerarquías mejor que muchos, sabían perfectamente lo que eso significaba. Si el grupo no pagaba por el error, entonces el culpable debía asumir todo el peso del castigo.

 

Sylwen esperaba lo peor. Lo tenía asumido. Estaba preparada para ello. Ella había cometido el acto, ella había alzado la mano contra su señora, contra la dueña de estas tierras, contra la mujer que les había dado refugio cuando todos los demás les dieron la espalda. Y por mucho que su corazón estuviera lleno de rencor, dolor y recuerdos amargos, sabía que, ante la ley, eso no importaba. La ley era clara: atacar a un noble, a un gobernante, era traición. Y la traición tenía castigos terribles.

 

Esperaba el destierro. Era lo que su madre le había dicho que pasaría. La expulsarían de estas tierras, la obligarían a marcharse sola, sin nada, sin nadie, y nunca más podría volver. Era una sentencia dura, cruel, pero al menos le permitía vivir. Y Sylwen estaba dispuesta a aceptarlo, porque sabía que se había ganado algo mucho peor.

 

Fue Lady Altheria quien rompió el silencio primero. Se levantó lentamente de su asiento, apoyándose en su bastón, y recorrió con la mirada a todos los presentes.

 

—Hemos reunido a todos los líderes de este lugar —dijo con voz clara y firme, que resonó por toda la sala— para anunciar dos decisiones importantes, que marcarán el camino que tomaremos de ahora en adelante.

 

Hizo una pausa y señaló con la mano hacia donde estaba Maelys.

 

—Primero: todos saben que la Academia Mágica Imperial ha enviado una invitación oficial a una de nuestras jóvenes con más talento. Maelys, hija de Varzek, ha sido elegida por su capacidad y su magia. Y hoy, ante todos nosotros, anuncio que ella aceptará esa invitación.

 

Un murmullo suave de aprobación recorrió la sala. Zara sonrió con orgullo hacia el joven demonio, y Varzek, que estaba entre los representantes, asintió con la cabeza, con los ojos brillantes de emoción y alivio.

 

—Ella viajará hasta la Academia —continuó Lady Altheria— y no irá sola. Lady Anna D'Valrienne la acompañará, se asegurará de que sea recibida con el respeto que merece y velará por que su estancia allí sea segura y fructífera. Maelys ha comprendido que este no es un regalo, sino una oportunidad para demostrar lo que su gente es capaz de hacer. Y estoy segura de que nos dará grandes alegrías.

 

Maelys dio un paso adelante, hizo una reverencia profunda y volvió a su lugar, con el rostro un poco más tranquilo, aunque todavía con la tensión de quien sabe que lo más difícil viene ahora.

 

Entonces, el ambiente cambió por completo. El aire se volvió pesado, frío y cargado de expectación. Todos sabían que esto solo había sido el comienzo. Lady Altheria giró la cabeza lentamente hacia Sylwen y su madre, y su expresión se volvió seria, dura y solemne.

 

—Ahora... pasemos al asunto que todos esperan. El incidente de hace dos noches.

 

Sylwen sintió que el corazón se le detenía. Dio un paso al frente, separándose de su madre, y sin que nadie tuviera que ordenárselo, se arrodilló sobre el suelo de piedra. Bajó la cabeza hasta tocar el pecho, adoptando la postura de sumisión absoluta que se debía ante una autoridad. Sus manos temblaban ligeramente, pero se obligó a mantenerse firme. Sabía lo que venía. Esperaba oír la palabra "destierro" en cualquier momento. O algo peor.

 

Lady Altheria miró a Anna, que hasta ese momento había permanecido en silencio, observando todo con una expresión difícil de descifrar. Le hizo una señal leve con la cabeza. Era su decisión. Siempre lo había sido.

 

Anna caminó despacio hacia el centro de la sala. Sus pasos eran lentos, firmes, y cada sonido de sus zapatos contra el suelo parecía retumbar en los oídos de todos. Se detuvo justo frente a la joven elfa arrodillada. La miró desde arriba, con esos ojos grises que tantas veces habían sido fríos y duros, pero que ahora tenían una profundidad que nadie más entendía.

 

—Sylwen —dijo Anna, y su voz fue clara, sin rencor, pero innegociable—. Todos aquí presentes conocen lo que ocurrió. Todos saben lo que intentaste hacer.

 

Hizo una pausa y miró a los representantes, uno por uno, antes de volver a fijar su atención en la chica.

 

—Según las leyes de este Imperio, según las normas que rigen estas tierras y según los acuerdos que nos permiten vivir en paz... lo que hiciste se considera un acto de traición. Atacaste a la señora que te dio refugio, que te dio protección, que te dio un hogar cuando no tenías nada. Y por tanto... debes ser castigada.

 

El silencio que siguió fue casi doloroso. La madre de Sylwen cerró los ojos, conteniendo el llanto. Los representantes intercambiaron miradas serias. Todos esperaban la sentencia. Todos pensaban lo mismo: destierro. O muerte. Eran las únicas opciones para un crimen así.

 

Anna se inclinó un poco hacia adelante, acercándose más a la elfa arrodillada, y habló directamente para ella, como si los demás ya no estuvieran allí.

 

—Por este crimen, Sylwen... tienes dos opciones.

 

Sylwen levantó apenas un poco la cabeza, sorprendida. ¿Dos opciones? Nunca había oído hablar de opciones para la traición.

 

—La primera opción —dijo Anna, y sus palabras cayeron como un golpe seco en la sala— es la que todos esperan. Serás desterrada de estas tierras para siempre. Se te dará provisiones para el viaje, pero deberás marcharte hoy mismo. Y nunca más podrás poner un pie en este valle, ni hablar con nadie de tu pueblo que viva aquí. Vivirás el resto de tu vida lejos de los tuyos, lejos de todo lo que conoces.

 

Muchos de los presentes contuvieron el aliento. Era un castigo terrible, una condena a la soledad y al olvido. Pero todos sabían... todos sabían que la otra opción, la que faltaba por decir, debía ser mucho peor. La muerte. Seguro que la otra opción era la muerte.

 

Sylwen apretó los puños contra sus rodillas. Estaba lista. Aceptaría el destierro. Era injusto, sí, pero era mejor que morir.

 

Pero entonces, Anna habló de nuevo, y lo que dijo hizo que todos levantaran la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos, incrédulos.

 

—La segunda opción... es esta: te convertirás en una de mis guardianas.

 

Sylwen abrió la boca, sin poder creer lo que escuchaba. Su madre soltó un pequeño grito ahogado que se apresuró a taparse con la mano. Los representantes, incluso los más serios y estrictos como Gromm o Zara, se enderezaron en sus asientos, sorprendidos más que nunca.

 

Anna continuó, su voz firme y clara, marcando cada palabra:

 

—Aceptarás oficialmente que soy tu señora, tu autoridad y a quien debes obediencia absoluta. Me entregarás tu lealtad, tu fuerza y tu vida, si hace falta, hasta el día en que yo decida que ya no te lo exijo. Hasta que yo sea quien te libere de esta responsabilidad. No serás una prisionera, ni una esclava... serás una guardiana. Vivirás aquí, con los tuyos, trabajarás aquí, aprenderás aquí... pero cada paso que des, cada decisión que tomes, cada acción que hagas, estará ligada a mí. Serás responsable de protegerme, tal como intentaste destruirme. Y así, vivirás con la consecuencia de lo que hiciste, cada día, hasta que tú misma, o yo, entendamos que la deuda está saldada.

 

Un murmullo enorme, confundido y sorprendido, estalló en la sala. Nadie esperaba esto. Nadie imaginaba que la sentencia sería convertirse en su guardiana, en su mano derecha, en alguien cercano a ella. Era un castigo extraño, duro, porque la obligaba a estar cerca de la persona que más odiaba, pero también era una oportunidad que nadie habría soñado.

 

Sylwen seguía arrodillada, mirando a Anna con los ojos llenos de lágrimas, confusión, incredulidad y un sentimiento que no sabía nombrar. Había esperado ser expulsada, o ejecutada... y ahora le ofrecían quedarse. Le ofrecían formar parte de su círculo más cercano. Le ofrecían vivir, pero vivir bajo una lealtad que ella misma había roto.

 

Anna esperó en silencio, dejando que las palabras se asentaran en el corazón de la elfa.

 

—Tienes hasta mañana para decidir —dijo finalmente, enderezándose de nuevo—. Pero recuerda esto, Sylwen: la primera opción te aleja de todo lo que conoces. La segunda... la segunda te da la oportunidad de quedarte, de proteger a los tuyos y de descubrir si lo que sientes es más fuerte que lo que puedes llegar a ser.

 

Anna dio un paso atrás, miró a todos los presentes y luego a Lady Altheria, que la observaba con una sonrisa apenas esbozada, sabia y comprensiva.

 

—Esto está decidido —anunció Anna, con la autoridad de su nombre y su cargo—. Mañana conoceremos tu respuesta. Y pasado mañana... partiremos hacia el Imperio.

 

Sylwen bajó de nuevo la cabeza, pero esta vez, su corazón ya no latía de miedo. Ahora latía de algo mucho más complicado: duda, esperanza, confusión... y la certeza de que su vida, tal como la conocía, acababa de cambiar para siempre.

 

Las puertas dobles de madera maciza se cerraron suavemente tras ellas, dejando atrás el sonido leve de los pasos de Anna y el ritmo pausado del bastón de Lady Altheria. Ambas se habían retirado sin añadir una palabra más, dejando la sentencia flotando en el aire, pesada y definitiva.

 

Y entonces, el silencio cayó sobre la sala como una manta espesa y cálida.

 

Duró varios segundos. Quizás más. Nadie se atrevía a moverse, ni a respirar con fuerza. Todos los representantes, líderes de cada raza, guardaban absoluto silencio, con la mirada fija en la joven elfa que seguía arrodillada en el centro, con la cabeza baja y el cuerpo rígido como una estatua.

 

Sylwen seguía allí, inmóvil, con la mente en blanco, sin saber qué pensar, qué sentir ni qué decir. Había esperado el destierro. Había preparado su corazón para el desprecio, para la expulsión, para ser borrada de la memoria de este lugar. Pero lo que había escuchado... lo que le habían ofrecido... era algo que no cabía en su entendimiento. ¿Convertirse en su guardiana? ¿Estar a su lado? ¿Protegerla? Era algo que no tenía sentido, algo que desafiaba todo lo que ella sentía, todo lo que sabía y todo el odio que había alimentado en su pecho durante años.

 

Su madre, Lythariel, estaba de pie a unos pasos, con el rostro pálido y las manos entrelazadas con fuerza contra su pecho, temblando ligeramente de alivio y de confusión.

 

Fue entonces cuando una voz suave, profunda y serena rompió aquel silencio abrumador

.

—Levántate, niña. No tienes por qué seguir arrodillada ahora.

 

Era Zara, la representante de los demonios. Se había inclinado hacia adelante en su asiento, apoyando los codos sobre sus rodillas, y la observaba con esa mirada sabia y profunda que parecía capaz de ver hasta el fondo del alma.

 

Sylwen levantó lentamente la cabeza y se puso de pie con dificultad, sintiendo las piernas entumecidas, pero sin apartar la vista de la mujer demonio.

 

—Veo en tus ojos que no entiendes nada de lo que ha pasado aquí hoy —dijo Zara con suavidad, pero con firmeza, hablando lo suficientemente alto para que todos los presentes la escucharan—. Veo confusión, veo desconfianza... y veo ese odio que llevas grabado a fuego en el corazón.

 

Hizo una pausa y recorrió con la mirada a todos los líderes allí reunidos, antes de volver a fijarla en la joven elfa.

 

—Déjame decirte algo, para que no te hagas ideas equivocadas y para que no pienses ni por un segundo que esto que ha decidido Lady Anna es una forma de compensarte, de pagarte o de pedir perdón por lo que ocurrió en el pasado.

 

Sylwen abrió los ojos un poco más, sorprendida por la claridad con la que hablaba.

 

—Anna sabe muy bien lo que sientes —continuó Zara, sin rodeos, con una verdad cruda y directa—. Sabe que la odias. Sabe cuánto dolor hay en ti. Y sabe también que, por más que haga, por más que construya, por más que ayude o por más que cambie... hay cosas que no se pueden borrar. Sabe perfectamente que, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, tú jamás la perdonarás.

 

Un murmullo muy leve recorrió la sala. Era la verdad que todos conocían, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta.

 

—Y no se lo reprocha —añadió Zara—. Al contrario. Lo entiende. Y lo respeta. Pero... —la demonio se inclinó un poco más hacia ella, marcando bien sus palabras— lo que te ha ofrecido hoy, esta oportunidad de acompañarla, de estar a su lado, de ser su guardiana... no es una forma de pedir perdón. Es su forma de mostrarte quién es ella ahora.

 

Sylwen frunció el ceño, sin comprender del todo.

 

—¿Mostrarme... quién es? —susurró.

 

—Exactamente —asintió Zara—. Quiere que estés ahí. Quiere que estés cerca. Quiere que seas testigo de todo lo que va a construir de ahora en adelante. Quiere que veas con tus propios ojos qué clase de mujer se ha convertido, qué clase de líder es ahora, y qué clase de mundo está intentando crear para todos nosotros. No te pide que olvides el pasado. No te pide que perdones lo que hizo. Solo te pide que mires el presente y el futuro con tus propios ojos, sin prejuicios, sin rumores, sin historias antiguas.

 

La mujer demonio señaló con la mano hacia el lugar donde había estado el asiento de Anna.

 

—Te está diciendo: "ven, quédate a mi lado, mira lo que hago, juzga tú misma quién soy ahora". Y más adelante... cuando hayas visto todo, cuando hayas caminado a su lado y hayas visto la verdad... entonces será tú quien decida qué hacer con ese odio que llevas dentro. Será tú quien decida si sigue teniendo razón de ser, o si el tiempo y los hechos han cambiado las cosas. Pero la decisión final te la deja a ti.

 

En ese momento, incluso Lythariel, la madre de Sylwen, que había permanecido en silencio y con el corazón en un puño, comprendió perfectamente el sentido de todo aquello. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y miró a Zara con una mezcla de gratitud y entendimiento. Todos en la sala lo habían captado al instante: no era un castigo, ni una recompensa, ni una limosna. Era un reto. Era una invitación a conocer la verdad.

 

—Ella sabe que no puede cambiar lo que te hizo —concluyó Zara, recostándose de nuevo en su sillón—. Pero sí puede hacer que tú veas, de primera mano, todo lo que está haciendo para arreglarlo. Y eso... eso es mucho más valioso que cualquier destierro o cualquier perdón forzado.

 

Sylwen se quedó en silencio, asimilando cada palabra, sintiendo cómo el peso de la sentencia cambiaba por completo. Ya no se trataba de obediencia obligada, ni de deudas impuestas. Se trataba de estar allí, de ver, de saber, y de decidir al final.

 

Miró a su madre, y en la mirada de Lythariel vio algo que no esperaba: aprobación. Su madre también lo había entendido. Su madre también sabía que, aunque el dolor seguía ahí, esta era la única oportunidad que tendrían para entender realmente qué estaba pasando en el corazón de la mujer que un día lo destruyó todo... y que ahora estaba construyendo un mundo nuevo.

 

El silencio volvió a llenar la sala, pero ya no era un silencio de miedo o de condena. Ahora era un silencio cargado de significado, de promesas y de un futuro que, aunque incierto, ya no estaba escrito con sangre, sino con decisiones.

 

Pasaron esos dos días en un abrir y cerrar de ojos.

 

Pero llegó el día de la partida. Todo estaba listo.

 

En el gran patio delantero de la casa principal, el movimiento era constante y animado. Garum, el veterano de guerras pasadas, hombre de armas y experiencia, revisaba personalmente cada carruaje, cada amarre y cada arma que llevaban. No era un sabio de libros, sino un soldado que había sobrevivido a mil batallas, y su ojo experto no dejaba pasar ni el más mínimo detalle que pudiera significar un peligro en el camino. A su lado, Lyra, la guerrera valiente y fuerte que siempre permanecía junto a él y a Anna, ayudaba a cargar y a ordenar todo con la disciplina de quien ha sido entrenada para proteger y luchar.

 

Entre las provisiones, ropas y objetos personales, habían reservado un lugar especial y muy bien protegido: cajas de madera forradas de terciopelo que contenían las primeras muestras de los minerales extraídos y, sobre todo, las piedras mágicas encontradas en la montaña. Eran el tesoro principal, la carta de presentación que llevarían ante Demian y Selene para convencerlos de iniciar el gran comercio que haría crecer y enriquecer a todo el asentamiento.

 

Un poco más lejos, Eliana y la pequeña Lira estaban subiendo los últimos paquetes al carruaje más grande. La niña, que aunque empezó como sirvienta se había convertido en la hermana pequeña de Anna, hablaba sin parar con la guardiana, y ambas se miraban de vez en cuando hacia Anna con una sonrisa traviesa y cómplice que presagiaba problemas.

 

—Te lo digo yo, Eliana —decía Lira con voz inocente, pero con una malicia divertida en sus ojos—, esta vez no se nos escapa. Se lo debemos desde hace semanas. Se le olvidó completamente el castigo que tenía pendiente con nosotras.

 

—Tienes toda la razón, pequeña —respondió Eliana, cruzándose de brazos y mirando a Anna con fingida severidad—. Y en cuanto tengamos un momento tranquilo en el camino... le recordaremos muy bien cuál era el trato. ¡Se va a acordar de nosotras por mucho tiempo!

 

Anna, que estaba despidiéndose cerca de la entrada principal, sintió de repente un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo, sin ninguna razón aparente. Miró a su alrededor, confundida, sin entender por qué de pronto sentía que algo —o alguien— estaba tramando algo contra ella. Sacudió la cabeza, pensando que eran solo nervios por el viaje, y volvió su atención a quienes tenía enfrente.

 

Allí estaban Lady Altheria y todos los representantes de las razas: Gromm, Krundin, Rakhan, Miri, Zara y los demás. Todos habían venido a darle la despedida y a desearle un buen viaje.

 

—Ten cuidado con tu hermano —le decía Lady Altheria, tomándole las manos entre las suyas con cariño y seriedad—. Demian es justo, pero es estricto y orgulloso. Y Selene... Selene ve más allá de lo que dice la gente y lee las intenciones mejor que nadie. Ten cuidado con tus palabras, pero, sobre todo, ten cuidado con tu corazón.

 

—Lo haré —prometió Anna, apretando sus manos—. Y les traeré buenas noticias, se lo aseguro. Esto será el comienzo de algo grande para todos.

 

Se despidió uno a uno de cada líder, recibiendo bendiciones, consejos y promesas de que todo seguiría funcionando perfectamente aquí mientras ella no estuviera. Sin embargo, mientras lo hacía, sus ojos iban una y otra vez hacia el camino, hacia la entrada del recinto, buscando una figura que no veía.

 

Sylwen y su madre no estaban allí.

 

Anna había esperado verlas. Había esperado saber cuál había sido su decisión final. Pero al no verlas, un peso pequeño pero constante se instaló en su pecho. Habrá elegido el destierro, pensó con tristeza, o simplemente no quiso venir. Es comprensible, después de todo lo que pasó.

 

—Es hora, mi señora —avisó Garum, acercándose con las riendas de su caballo en la mano y con la autoridad de un veterano que sabe muy bien los tiempos de un viaje—. Si queremos llegar antes de que caiga la noche a la primera parada, debemos partir ya. El camino es largo y no debemos confiarnos.

 

Anna asintió lentamente, dando una última mirada alrededor. Los guardias imperiales, montados en sus caballos oscuros y con sus armaduras brillantes, ya estaban formados listos para escoltarlos. Maelys, un poco nerviosa, pero con la cabeza alta y decidida, ya estaba subiendo al carruaje, acompañada por su propia gente.

 

—Está bien —dijo Anna, poniéndose erguida y ocultando su decepción—. ¡Partamos!

 

Pero justo cuando daba el primer paso hacia su montura, justo cuando el silencio se hizo para iniciar la marcha, una figura apareció caminando decidida desde la puerta de la casa, viniendo hacia ellos con paso firme.

 

Todos se detuvieron al instante.

 

Era Sylwen.

 

Llevaba puesta su armadura de cuero y metal, pulida, ajustada y preparada para un viaje largo y para cualquier peligro que pudiera surgir, demostrando que estaba lista para la guerra o para la protección. Sobre su hombro llevaba una pequeña pero pesada maleta de viaje, con lo justo y necesario. Caminaba con la mirada al frente, aunque su rostro seguía siendo una máscara de confusión y seriedad.

 

Se notaba claramente que nada había cambiado en su interior. No miraba a Anna a los ojos. No había perdón en su mirada. No había cariño. Pero sí había una decisión firme y dolorosa a la vez.

 

Se detuvo frente a Anna, manteniendo la distancia, con la mandíbula tensa y las manos cerradas en puños a los costados.

 

Anna la miró, y de repente, esa sensación de pesadez y tristeza que había sentido antes desapareció por completo. Sintió un alivio inmenso, una tranquilidad que no esperaba. Sylwen había venido. Había elegido quedarse. Había elegido el camino difícil, el camino de estar cerca de quien odiaba, antes que alejarse de todo lo que amaba y de su gente.

 

—Has decidido —dijo Anna suavemente, en voz baja para que solo ella la escuchara.

 

Sylwen asintió apenas, con voz fría y cortante, sin ocultar en absoluto lo que sentía.

 

—No lo hago por ti —respondió con firmeza—. Que quede claro desde el principio. No lo hago por ti. Lo hago por mi gente. Por mi madre. No quiero separarme de ellos, y sé que mi lugar está aquí, con los míos. Y... —hizo una pausa, tragando con fuerza y recordando las palabras de Zara— acepto tu condición. Quiero ver con mis propios ojos qué es lo que estás construyendo. Quiero ser testigo de todo. Y al final... cuando haya visto la verdad, seré yo quien decida qué hacer con todo este odio que llevo dentro.

 

Era una respuesta dura, lejana y desafiante, pero era exactamente lo que Anna esperaba. Era honesto. Y era suficiente.

 

—Entonces sube —le dijo Anna con una sonrisa ligera y sincera, respetando totalmente su postura—. El viaje es largo, y te necesito a mi lado. Como mi guardiana. Ese es tu lugar ahora.

 

Sylwen no dijo nada más. Solo asintió de nuevo, dio media vuelta y caminó hacia donde Lyra le indicaba un lugar para montar, justo cerca de la cabecera de la comitiva, en el puesto donde debía ir alguien encargado de proteger.

 

Anna miró hacia la entrada de la casa una última vez, y allí, entre las sombras del porche, vio a Lythariel, la madre de Sylwen. La elfa mayor le hizo una reverencia profunda, llena de gratitud y respeto, y Anna le devolvió el gesto con la cabeza, entendiendo todo lo que no se decían.

 

—¡En marcha! —gritó el capitán de los guardias imperiales, con la voz potente resonando en todo el patio.

 

Las ruedas de los carruajes comenzaron a girar, los cascos de los caballos golpearon el suelo al mismo tiempo, y la comitiva se puso en movimiento.

 

Atrás quedaba el asentamiento, la ciudad que crecía bajo la montaña, la mina llena de riquezas y la escuela que pronto abriría sus puertas. La gente salía a las calles, se agrupaba a los lados del camino, agitando las manos, gritando despedidas, bendiciones y nombres de ánimo. Rakhan, Miri, Gromm, Krundin, Zara... todos se quedaron en la colina, observando cómo se alejaban, hasta que la comitiva se convirtió en pequeños puntos en el camino.

 

Y mientras avanzaban, dejando el valle atrás y adentrándose en el camino que llevaba hacia las tierras ancestrales de los D'Valrienne, Anna miró hacia adelante. Vio a Garum guiando con la experiencia de un veterano, vio a Lyra vigilando los alrededores con el arma lista, vio a Eliana y a Lira que ya planeaban sus travesuras, vio a Maelys descubriendo el mundo y vio a Sylwen, seria, alerta y silenciosa, cabalgando muy cerca de ella, con la mano siempre cerca de la empuñadura de su espada.

 

Sabía que el camino que tenía por delante no sería fácil. Sabía que Demian y Selene no eran personas fáciles de tratar. Sabía que el odio de Sylwen seguía ahí, latente y vivo. Pero también sabía que llevaba consigo la esperanza de todo un pueblo.

 

Y con esa certeza en el corazón, Anna D'Valrienne se enderezó en su montura, dispuesta a enfrentarse a su familia, a su pasado y a su futuro, bajo el mismo cielo que ahora pertenecía a todos.

Thoughts

  • brechaCambiaria

    Mirá, lo que me hizo ruido fue Zara. Anna dicta una sentencia rarísima, se va con Altheria, y es otra la que se queda explicándole a Sylwen qué quiso decir. En criollo: la decisión la firma Anna y el discurso lo pone la representante de los demonios. Me suena a jugada armada de antes, y no me molesta, pero en el lugar de Sylwen yo querría escucharlo de la boca de Anna y no de una vocera.

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