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Capítulo 34: El peso de una sola vida

DNavarrete
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Anna seguía inmóvil frente al viejo espejo apoyado junto a la carpa. Su silueta recortada contra la noche parecía parte de la penumbra, un fantasma más entre tantos otros.

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Anna seguía inmóvil frente al viejo espejo apoyado junto a la carpa. Su silueta recortada contra la noche parecía parte de la penumbra, un fantasma más entre tantos otros.

 

La noche había caído hacía rato sobre el campamento, densa y pesada, pero aun así el humo de las hogueras seguía elevándose hacia el cielo como una herida abierta que se negaba a cerrar, manchando las estrellas con su rastro oscuro. El reflejo del fuego danzaba sobre el cristal sucio y rayado, deformando las figuras, haciendo que todo pareciera irreal, distorsionado, como si ella estuviera mirando a través de una lágrima que nunca caía.

 

Y ahí estaba.

 

Ahí estaba ella.

 

La otra Anna.

 

De pie, justo detrás de su propio reflejo, ocupando el mismo espacio, fundiéndose con su sombra real. Sonreía. Pero no era una sonrisa de alegría, ni siquiera de diversión. Sonreía como alguien que se sienta cómodo viendo a otra persona romperse poco a poco, disfrutando de cada grieta que aparecía en su alma.

 

—Mírate… —murmuró la sombra con una voz suave, venenosa, casi dulce, arrastrando las palabras como una caricia traicionera—. Cansada. Sucia. Agotada. Rodeada de cadáveres por todas partes.

 

Anna bajó un poco más la cabeza, la barbilla tocando casi su pecho, evitando encontrarse con esos ojos idénticos a los suyos, pero tan llenos de crueldad. Sus dedos seguían apretando la botella de agua con tanta fuerza, con tanta desesperación, que el cuero crujía y parecía que en cualquier momento iba a estallar entre sus manos.

 

—Si hubiese sido yo la que estuviera al mando… —continuó la sombra mientras caminaba lentamente alrededor de ella dentro del reflejo, un movimiento perezoso, hipnótico— …ya estarías en una cama caliente. Lejos de este lugar maldito. Lejos de esta peste que se lleva a todos. Lejos de toda esta gente miserable que solo sabe enfermarse y morir.

 

Anna cerró los ojos apenas un segundo, intentando bloquear la voz, intentando bloquear la verdad que se escondía tras ella. Pero la sombra sonrió más, sabiendo que había tocado una fibra sensible.

 

—Porque eso era lo correcto. Porque esto nunca fue problema nuestro. Nunca debió importarnos.

 

La otra Anna se detuvo justo frente a ella, ocupando todo el cristal, llenando su visión.

 

—Pero mírate ahora. Aquí estás. De pie. Entre muertos. Entre sangre seca. Entre humo que te quema los pulmones. Llorando por gente que ni siquiera tiene apellido, que no tiene tierras, que no tiene nada… y que al final, de nada te sirvió salvar.

 

Anna apretó la mandíbula hasta dolerle, sus dientes rechinando en el silencio.

 

—Cállate... —susurró.

 

Su voz salió baja. Débil. Quebradiza. No sonó como una orden. Sonó como una súplica.

 

La sombra lo notó de inmediato. Y eso solo hizo que su sonrisa se ensanchara más, triunfante.

 

—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto? —preguntó inclinando un poco la cabeza, observando el sufrimiento de Anna con fascinación—. Que Demian realmente creyó que podía deshacerse de mí simplemente enviándote lejos.

 

Anna no levantó la mirada. Seguía clavada en el suelo, en el barro que cubría sus botas.

 

—Creyó que desterrarte, quitarte el poder, encerrarte en esa mansión fría y solitaria bastaría para hacer desaparecer todo esto. Creyó que, si te quitaba la responsabilidad, también te quitaría lo que eras.

 

La sombra abrió lentamente los brazos dentro del reflejo, abarcando todo lo que las rodeaba.

 

—Pero sigo aquí. Estoy en cada decisión que tomas. En cada dolor que sientes. En cada culpa que cargas.

 

Su sonrisa se volvió más cruel, más afilada.

 

—Y Selene… Selene tampoco hizo nada para evitarlo. ¿Verdad?

 

Anna apretó la botella con más fuerza todavía, sus nudillos blancos bajo el cuero de los guantes.

 

—Ella se quedó mirando. Igual que siempre. Con esa frialdad suya. Se quedó viendo cómo me quitaban lo que era mío. Lo que merecía por derecho de nacimiento, por inteligencia, por fuerza.

 

El reflejo dio un paso más cerca, su rostro casi tocando el cristal sucio.

 

—Porque yo era superior a todos ellos. Y tú lo sabes.

 

—Cállate… —repitió Anna.

 

Pero otra vez no sonó convencida. Otra vez sonó cansada. Vacía. Y la sombra lo sintió. Lo saboreó en el aire denso. Y por eso siguió hundiendo la daga más profunda, retorciéndola dentro de la herida abierta.

 

—No. No quieres que me calle porque sabes, muy en el fondo, que una parte de ti piensa exactamente igual. Que piensa que todo esto es una estupidez.

 

Anna abrió los ojos de golpe, negando con la cabeza.

 

—No.

 

—¿No? —la sombra arqueó una ceja, divertida—. Entonces dime… ¿por qué duele tanto?

 

Silencio. Un silencio pesado, cargado de culpa.

 

—¿Por qué duele más la muerte de ese muchacho, de ese plebeyo, que la de todos los demás que han muerto antes? ¿Por qué él?

 

Anna sintió que el aire le faltaba, que el pecho se le cerraba como si una mano gigante le estuviera aplastando el corazón.

 

La sombra se acercó todavía más, su voz convertida en un susurro helado que resonaba en la mente de Anna.

 

—Porque él sí importaba para ti. Porque él te hizo sentir cosas que yo te prohibí sentir.

 

Anna bajó lentamente la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la mirada de su propio reflejo.

 

—Y aun así murió. No pudiste evitarlo. No sirvió de nada que te hubieras vuelto débil y sentimental.

 

El reflejo ladeó un poco la cabeza, imitando su dolor con burla.

 

—¿Recuerdas cómo terminó todo? ¿Recuerdas el fuego?

 

Y el recuerdo volvió de golpe, arrastrándola violentamente lejos del espejo, devolviéndola al infierno que acababa de vivir.

 

Las hogueras. El humo negro ascendiendo hacia la noche. El olor del fuego mezclándose con el olor dulzón y repugnante de la carne quemada, impregnado en la tierra húmeda, pegado a su piel.

 

Anna acababa de lanzar la antorcha.

 

Las llamas, voraces y brillantes, comenzaban a envolver lentamente la pira, trepando por la madera seca, devorando el aceite, acercándose a lo único que quedaba de él.

 

Detrás de ella seguían escuchándose sollozos ahogados, llanto contenido y plegarias murmuradas al viento. Pero Anna no podía oír nada con claridad. Era como si el mundo entero se hubiera convertido en un murmullo lejano, como si una capa de algodón la separara de la realidad. Solo existía el fuego. Solo existía el dolor.

 

Garoum fue el primero en acercarse. Sus pasos pesados rompieron el silencio. Su mano se apoyó con firmeza sobre uno de sus hombros, intentando darle calor, intentando sostenerla antes de que se cayera.

 

—Anna… vamos. Ya se hizo lo que había que hacer.

 

Ella no reaccionó. Seguía mirando el fuego, sus ojos fijos, vidriosos, sin parpadear, grabando cada movimiento de las llamas en su memoria.

 

Daeron llegó un segundo después. Su rostro estaba pálido, demacrado, con profundas ojeras que hablaban de días sin descanso. Pero aun así intentó mantener la compostura, aunque su voz sonaba ronca y apagada.

 

—Necesitas descansar. Llevas de pie demasiado tiempo. No puedes seguir así.

 

Anna no respondió. El calor de las llamas seguía golpeándole el rostro, secando las pocas lágrimas que habían escapado. Podía sentirlo en la piel, podía ver cómo todo se consumía… y aun así, por dentro, seguía sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos, un frío que el fuego nunca podría apagar.

 

Garoum la sostuvo un poco más fuerte, sintiendo cómo su cuerpo temblaba levemente bajo sus dedos.

 

—Vamos. Te llevamos a la carpa. Te prepararemos algo caliente.

 

Entonces Anna finalmente habló. Pero su voz salió tan baja, tan rota, que casi se perdió entre el crepitar furioso de la madera.

 

—No.

 

Daeron frunció el ceño, dio un paso al frente, preocupado.

 

—Anna... no seas terca.

 

Ella dio un paso adelante. Lejos de ellos. Lejos del fuego. Lejos de todos. Se giró lentamente, dándoles la espalda a la pira, dándoles la espalda a sus amigos, a la única compañía que le quedaba.

 

—Quiero estar sola.

 

Garoum apretó un poco la mandíbula, miró a Daeron con impotencia. Sabían que era una mala idea. Sabían que dejarla sola era dejarla con sus peores demonios

.

—No deberías —dijo él, su voice cargada de advertencia y tristeza.

 

Anna cerró los ojos. Y por primera vez desde que había empezado todo aquello, desde que la enfermedad llegó, desde que la muerte se instaló entre ellos, su voz sonó completamente destrozada, sin máscaras, sin orgullo, sin fuerza.

 

—Por favor... —suplicó.

 

Eso bastó.

 

Porque tanto Garoum como Daeron entendieron que insistir, obligarla, hablarle de razón… solo haría que el dolor se rompiera de golpe y ella desapareciera bajo él. Entendieron que ese "por favor" era todo lo que le quedaba de ella.

 

Así que, en silencio, con el corazón pesado, la dejaron ir. La vieron alejarse sola entre las sombras y las carpas, una figura pequeña y rota que se perdía en la noche, llevando consigo el peso del mundo y el recuerdo de un muchacho que ya no estaba.

 

Y el recuerdo desapareció de golpe, arrancado de su mente como una venda rasgada de una herida abierta.

 

Anna volvió a estar frente al espejo. Frente a la sombra. Frente a esa otra versión de sí misma que ya no solo sonreía, sino que brillaba con una sed de poder que se sentía en el aire denso de la noche.

 

—¿Lo ves? —susurró la otra Anna, pero ya no era un susurro suave; era un siseo afilado, cargado de burla y triunfo—. Nadie te siguió. Nadie pudo soportar ver lo que eres en realidad.

 

Anna permaneció inmóvil, la cabeza baja, las lágrimas recién nacidas quemándole los ojos.

 

—Porque siempre estarás sola —escupió la sombra, dando un paso violento hacia el cristal—. Así es como funciona el mundo, y tú, con tu debilidad, solo te has asegurado de estarlo mucho más.

 

La otra Anna la observó con una calma peligrosa, con una superioridad que dolía solo de verla.

 

—La única diferencia real entre tú y yo… es que a ti sí te duele. Todo te duele. Cada paso, cada muerte, cada error.

 

La sombra apoyó una mano sobre el espejo, sus dedos se abrieron sobre el reflejo de la cara de Anna, como si quisiera aplastarla contra el vidrio.

 

—Y a mí no. A mí nada me toca. A mí nada me rompe. Y por eso soy mejor que tú.

 

Anna sintió que el pecho le dolía con una punzada aguda, como si un cuchillo se le estuviera clavando lentamente en el centro. Sintió la garganta arder, llena de palabras que no salían, de rabia, de frustración, de culpa.

 

Quiso responder. Quiso gritarle que estaba equivocada, que lo que hacía tenía sentido, que su dolor era prueba de que era humana. Pero no pudo. Porque en el fondo… muy en el fondo, una parte de ella temía, aterrorizada, que tuviera toda la razón.

 

Anna quiso aguantar. De verdad quiso hacerlo. Quiso seguir de pie, firme, como la líder que intentaba ser. Quiso seguir respirando como si nada estuviera pasando, como si las palabras de esa sombra no fueran apuñalándola una a una. Quiso fingir, aunque fuera unos minutos más, que todavía podía cargar con todo ese peso sin romperse en mil pedazos.

 

Pero no pudo.

 

La primera lágrima cayó lenta, pesada, silenciosa. Rodó por su mejilla sucia, siguiendo el rastro del polvo y el cansancio, hasta perderse en la comisura de sus labios. Luego vino otra. Y otra más. Hasta que empezaron a caer sin control, una tras otra, incesantes, un llanto que ya no podía ser contenido.

 

Anna seguía inmóvil frente al espejo, pero sus hombros comenzaron a tensarse poco a poco, sacudidos por espasmos de dolor. Sus dedos seguían apretando la botella de agua con fuerza desesperada, aunque ya casi no sentía la mano, aunque el dolor físico se había convertido en algo lejano comparado con lo que sentía por dentro.

 

Sus piernas temblaban. Le costaba mantenerse de pie. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que se dejara caer.

 

Y la sombra lo veía. Lo disfrutaba. Se alimentaba de ello. Porque sabía que estaba ganando, que la muralla se estaba derrumbando.

 

—Eso es… —susurró la otra Anna, y ahora su voz sonaba más áspera, más exigente, casi una orden—. Ya no puedes más. Lo sabía. Sabía que no durarías.

 

Anna bajó un poco más la cabeza, el cabello le cayó sobre el rostro ocultando las lágrimas, pero no la vergüenza. Su respiración era inestable, rota, una serie de jadeos cortos y dolorosos.

 

—Déjame... —suplicó, aunque ni ella misma sabía si le estaba hablando a la sombra… o al dolor que la estaba consumiendo viva.

 

La otra Anna se acercó mucho más dentro del reflejo. Ya no caminaba despacio; avanzaba con determinación, ocupando todo el espacio, invadiéndola. Sus ojos brillaban con una ferocidad nueva, agresiva, hambrienta.

 

—¡Basta de juegos! —soltó con brusquedad, golpeando el cristal con la palma de la mano, haciendo que el espejo vibrara—. ¡Devuélveme mi cuerpo! ¡Ya!

 

Anna abrió apenas los ojos, confundida, asustada por la intensidad de aquella voz.

 

La sombra seguía sonriendo, pero era una sonrisa feroz, despiadada.

 

—Yo soy la que debería tenerlo. ¡Yo soy la que nació para tenerlo! —gritó contra el cristal—. ¡Tú eres solo un error! Una versión patética y ablandada por la compasión. ¡Yo soy la verdadera Anna! ¡La que debería estar aquí!

 

El reflejo extendió una mano hacia ella, atravesando casi la barrera del vidrio, sus dedos curvados como garras dispuestas a arrebatarle la vida.

 

—Tú no tienes la fuerza para esto. Nunca la tuviste.

 

—No tienes la voluntad de sobrevivir, solo tienes debilidad.

 

—No tienes el carácter para gobernar, para mandar, para dejar morir a quien debe morir.

 

La otra Anna ladeó apenas la cabeza, mirándola con un desprecio absoluto, mordiendo cada palabra con agresividad.

 

—¡Mírate! ¡Estás llorando por un plebeyo! ¡Por nadie! ¡Y te estás destruyendo por él!

 

Anna sintió que las piernas le fallaban un poco más, que el suelo se movía bajo sus pies. Su respiración se volvió más pesada, más lenta, más dolorosa, como si el aire fuera demasiado denso para entrar en sus pulmones.

 

—Yo no habría terminado así —continuó la sombra, cada vez más furiosa, más exigente, al ver que Anna todavía resistía, aunque fuera un poco—. Yo no habría dudado ni un segundo. Yo no habría cargado cadáveres sucios como si fueran oro. Yo no habría dejado que todo esto, que esta basura de mundo, me destruyera a mí. ¡Yo los habría dejado morir a todos y me habría salvado!

 

Anna cerró los ojos con fuerza, queriendo bloquear aquellas palabras, pero estas resonaban dentro de su cabeza, retumbando en sus huesos. Las lágrimas seguían cayendo sin parar, mojando sus guantes, mojando la tierra. Su cuerpo se sentía pesado, plomo. Vacío. Cansado hasta el límite de la existencia.

 

La sombra sonrió todavía más, acercando su rostro hasta casi tocar el de Anna a través del cristal, sus ojos brillando con una victoria cruel y segura. Porque podía verlo. Podía sentirlo. Podía saborearlo: Anna estaba empezando a rendirse. La lucha se acababa.

 

—¡Ya es hora! —rugió la sombra, con una agresividad que heló la sangre de Anna—. ¡Ya es hora de que vuelvas a desaparecer de donde nunca debiste salir! —susurró luego, bajando el tono a una amenaza mortal—. Déjame volver. Déjame tomar el control otra vez. Es lo que merezco. Es lo que te sobra.

 

Anna no respondió.

 

Porque después de tanto dolor…Después de tantos muertos que pesaban sobre su conciencia…Después de tantas noches sin dormir, sin comer, sin descansar…

 

Una parte de ella empezó a preguntarse, en silencio, en la oscuridad de su mente, si tal vez sería más fácil dejarse caer. Dejarse llevar. Dejar que todo terminara.

 

Porque estaba cansada. Demasiado cansada para pelear contra el mundo. Demasiado cansada para pelear contra sí misma.

 

Y quizá…Quizá descansar por fin, dejar que la otra Anna tomara el mando y dejara de doler… no sonaba tan mal.

 

La otra Anna ya sonreía ampliamente. Ya podía saborear la victoria. Ya sentía cómo las defensas de su otra mitad se desmoronaban, cómo el control se deslizaba de las manos débiles de Anna hacia las suyas, firmes y crueles.

 

—Muy bien… —murmuró la sombra, acariciando el reflejo de la cara de Anna con una ternura falsa y aterradora—. Por fin. Vuelvo a casa.

 

Pero entonces…

 

Unos brazos rodearon a Anna por detrás. Eran brazos fuertes, cálidos, pero que también temblaban. Un abrazo que no pedía nada, que solo daba.

 

Anna abrió apenas los ojos, la visión borrosa por las lágrimas y el agotamiento. Y en ese instante, la sombra, la otra Anna, la versión cruel y fría de sí misma que la había atormentado, desapareció del reflejo como si nunca hubiera estado ahí. Se desvaneció en la oscuridad del cristal sucio, vencida no por la fuerza, sino por el amor.

 

Eliana estaba ahí. De pie, justo detrás de ella. La había encontrado. Quizá llevaba rato buscándola por todo el campamento, recorriendo los rincones oscuros y fríos. Quizá la había visto desde lejos, parada frente al espejo, hablando sola, luchando contra fantasmas que solo ella podía ver. O quizá, simplemente, había entendido de inmediato lo que estaba pasando sin necesidad de palabras.

 

Porque no dijo nada. No preguntó nada. No intentó obligarla a hablar, ni a explicar, ni a ser fuerte.

 

Simplemente la abrazó. Sus brazos rodearon a Anna con una fuerza desesperada, como si temiera que su amiga se rompiera en mil pedazos si la soltaba, aunque fuera un segundo.

 

Y Anna…Anna ya no pudo seguir fingiendo. Ya no pudo levantar esos muros que la protegían de todo y a la vez la encerraban.

 

La botella de agua cayó de su mano, golpeando el suelo con un sonido sordo y seco que se perdió en el silencio de la noche. Su cuerpo entero tembló, sacudido por un espasmo violento que venía desde lo más profundo de sus huesos.

 

Y por fin dejó salir todo.

 

Las lágrimas que había contenido durante semanas. El dolor de cada vida perdida. La culpa por no haber sido suficiente. La rabia contra el mundo, contra la enfermedad, contra sí misma. El vacío inmenso que había dejado Liam al irse.

 

Todo.

 

Se giró apenas entre los brazos de Eliana, escondiendo el rostro contra su hombro, hundiendo los dedos en la tela de su ropa, aferrándose a ella con desesperación, como si fuera lo único sólido, lo único real, lo único que la mantenía unida a la tierra y no la dejaba caer al abismo.

 

Eliana la sostuvo sin moverse. Permaneció inmóvil bajo el peso de ese dolor ajeno, con una mano apoyada firme en la espalda de Anna, recorriéndola con caricias lentas y rítmicas, y la otra detrás de su cabeza, protegiéndola, acunándola como a una niña pequeña.

 

Y aunque sus propios ojos también estaban llenos de lágrimas, aunque ella también había perdido a alguien, aunque su propio corazón también estaba destrozado… no se apartó. No dejó caer a Anna.

 

Porque sabía.

 

Sabía que Anna no necesitaba discursos. No ahora.

 

No necesitaba que le dijeran "todo estará bien" o "era inevitable".

 

Solo necesitaba a alguien que la sostuviera cuando ya no pudiera sostenerse a sí misma. A alguien que le recordara que todavía estaba ahí. Que todavía no estaba sola.

 

Y mientras Anna lloraba, desconsolada, rota, entre sus brazos, Eliana la sostuvo con toda la fuerza que tenía, con toda la fuerza que le quedaba.

 

Era la misma chica que alguna vez había sufrido por culpa de Anna. La misma chica que había visto sus peores épocas, su frialdad, su orgullo. La misma chica que aun así decidió quedarse, a su lado, cuando todos los demás se fueron o la abandonaron. Y ahora, era lo único que mantenía a Anna cuerda en ese mundo que se desmoronaba.

 

A unos metros de distancia, entre las sombras de las carpas, Garoum y Daeron finalmente llegaron. Los dos la habían estado buscando desde el mismo instante en que ella se alejó de la zona de las hogueras. Porque aunque la habían dejado ir sola cuando ella se lo pidió, respetando su dolor, ninguno de los dos había podido quedarse quieto, ni volver a sus tiendas, ni descansar. Ambos sabían que Anna necesitaba espacio, sí, pero también sabían que dejarla completamente sola después de todo lo ocurrido era demasiado peligroso, demasiado doloroso.

 

Por eso habían recorrido el campamento de punta a punta, revisando cada rincón apartado, cada carpa vacía, cada pequeño espacio donde una persona rota pudiera intentar esconderse del mundo y de sí misma.

 

Y al final la encontraron.

 

Pero no se acercaron de inmediato.

 

Se quedaron quietos. Parados en la oscuridad.

 

Observando desde la distancia, sin hacer ruido, sin interrumpir.

 

La vieron: Anna seguía aferrada a Eliana con fuerza, escondiendo el rostro contra su pecho, mientras el llanto seguía sacudiendo todo su cuerpo, dejando al descubierto a la mujer frágil y herida que se ocultaba bajo la armadura de líder. Y Eliana, de pie, erguida, la sostenía como si fuera lo más frágil y valioso del mundo, sin decir nada, sin apartarse, simplemente estando ahí.

 

Garoum desvió un poco la mirada, incapaz de ver más sin sentir que el pecho se le partía. Sus manos estaban cerradas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, aferradas a la nada, deseando poder quitarle ese dolor.

 

Daeron tragó saliva con dificultad. Por un momento dio un paso adelante, instintivo, queriendo acercarse, decir algo, hacer algo, lo que fuera, para ayudar.

 

Pero se detuvo.

 

Porque los dos entendían exactamente lo mismo.

 

Ninguno de ellos podía darle a Anna lo que Eliana le estaba dando en ese momento.

 

Garoum podía protegerla con su vida. Daeron podía aconsejarla y apoyarla

 

hasta el final. Ambos podían luchar a su lado, trabajar sin descanso, darlo todo por ella.

 

Pero eso…Eso que estaba pasando allí, entre la oscuridad y el llanto… eso era diferente.

 

Eso era algo que solo Eliana podía hacer. Porque solo ella conocía a Anna de esa forma tan íntima, tan antigua. Solo ella sabía cómo sostenerla sin hacerla sentir débil o fracasada. Cómo acompañarla sin obligarla a hablar o a explicar. Cómo quedarse a su lado incluso cuando Anna sentía que ya no valía la pena quedarse con nadie.

 

Garoum soltó lentamente el aire por la nariz, un suspiro pesado cargado de impotencia y cariño. Daeron bajó un poco la mirada hacia el suelo, respetando ese momento sagrado. Y ninguno de los dos se movió. No porque no les importara. Sino porque entendían que interrumpir ese momento, romper ese silencio, sería un error. Sería quitarle el único

consuelo que le quedaba.

Unos segundos después, otros pasos suaves se escucharon detrás de ellos.

 

Lyra.

 

Ella también había estado buscándola, caminando rápido, con la respiración algo agitada y los ojos recorriendo cada sombra con profunda preocupación… hasta que finalmente la vio.

 

Y entonces se detuvo en seco. Su mirada pasó de Anna, llorando y rota, a Eliana sosteniéndola, después a Garoum y Daeron que vigilaban en silencio. Y entendió de inmediato lo que estaba ocurriendo.

 

Durante unos segundos se quedó quieta, igual que ellos. Sin saber si debía acercarse. Sin saber si debía hablar. Sin saber si su presencia estorbaría.

 

Pero al final tomó una decisión.

 

Avanzó despacio, con pasos lentos y silenciosos, como si caminara sobre cristales rotos. Sin hacer ruido. Sin romper la burbuja de protección que los rodeaba.

 

Caminó hasta quedar justo al lado de ellas, lo suficientemente cerca para estar presente, lo suficientemente lejos para no invadir. Entonces, se arrodilló suavemente al lado de Anna, a su altura, en el barro y la tierra fría.

 

No dijo nada.

 

No intentó consolarla con palabras vacías ni frases hechas.

 

Simplemente levantó una mano y la apoyó con suavidad, con infinita ternura, sobre la espalda de Anna, justo al lado de donde la mano de Eliana la protegía.

 

Un gesto pequeño.

 

Simple.

 

Silencioso.

 

Pero lleno de todo lo que sentían.

 

Era su forma de decirle que ella también estaba ahí. Que no iba a dejarla sola. Que aunque no pudiera quitarle el dolor, ni devolverle la vida a los que se fueron, ni arreglar el mundo destrozado… iba a quedarse ahí, arrodillada en el barro, hasta que fuera un poco más fácil cargarlo.

 

Y por primera vez desde que todo había comenzado, desde que la peste llegó, desde que la muerte se instaló en sus vidas… Anna no estaba completamente sola con su dolor.

 

Estaba rodeada, sostenida, amada.

 

Y aunque el llanto seguía saliendo de su pecho, y aunque el vacío seguía ahí, al menos ahora, ya no tenía que cargarlo ella sola.

 

—Zona alquímica, lugar principal—

 

Mientras tanto, muy lejos del llanto y el dolor de las hogueras, en el corazón del campamento donde se libraba otra guerra, nadie estaba durmiendo. Nadie se atrevía a hacerlo.

 

El laboratorio improvisado, instalado en la carpa más grande y resistente, seguía iluminado hasta el último rincón. Lámparas de aceite humeantes, braseros de carbón rojo vivo y cristales de luz mágica que ya estaban perdiendo intensidad —después de más de una semana funcionando sin descanso— luchaban contra las sombras de la noche. El calor allí dentro era sofocante, casi irrespirable; se mezclaba el aire viciado con el olor fuerte de las hierbas quemadas, los ácidos y la enfermedad misma.

 

Las largas mesas de madera estaban cubiertas hasta el borde de papeles arrugados, viales de cristal de todos los tamaños, raíces trituradas, polvos de colores extraños, instrumentos manchados y montones de anotaciones escritas con una letra cada vez más torcida, más temblorosa, más agotada.

 

Pero nadie se detenía.

 

No después de ver a Anna caminar sola hacia la pira con el cuerpo de Liam entre sus brazos.

 

No después de sentir en sus propios huesos que la muerte seguía caminando entre ellos, llevándose a los mejores, a los más fuertes, a los que más ayudaban.

 

No podían parar. No hasta que hubiera una respuesta.

 

Entre todas aquellas mesas llenas de caos y trabajo frenético, había dos personas que seguían de pie y trabajando incluso cuando sus propios cuerpos ya no querían responderles: el maestro alquimista Iros y una joven herbolaria aprendiz llamada Freina.

 

Iros era un hombre mayor, encorvado por los años y por el peso de lo que buscaba. Tenía la barba desordenada, llena de manchas de polvos y hierbas, y unas manos grandes y ásperas que ahora temblaban constantemente, delatando el agotamiento absoluto. Llevaba más de una semana sin dormir más de dos o tres horas seguidas, y eso ya comenzaba a verse en cada parte de su ser. Tenía los ojos inyectados en sangre, hundidos en cuencas oscuras; la espalda curvada como si cargara una montaña; y unas ojeras tan marcadas y profundas que parecía llevarlas grabadas en la piel desde hacía años.

 

Freina estaba algo mejor, pero no por mucho. Era joven, de movimientos rápidos y nerviosos, pero su cabello castaño estaba recogido de cualquier forma, con mechones sucios cayéndole sobre la cara; tenía restos de hierbas secas pegados en las mangas de su túnica y sus dedos estaban teñidos de verde, morado y negro por tantas mezclas probadas, fallidas y vueltas a intentar.

 

En ese momento, Iros estaba inclinado sobre una mesa lateral, observando una muestra de sangre infectada a través del lente de bronce del microscopio alquímico. Su respiración era pesada, lenta, y sus párpados, pesados como plomo, comenzaban a cerrarse por sí solos.

 

Freina lo miró de reojo desde la mesa contigua, donde mezclaba un polvo grisáceo con aceite de espliego.

 

—Maestro… —murmuró con advertencia.

 

Iros levantó una mano temblorosa sin apartar la vista del instrumento.

 

—No digas nada… estoy bien…

 

Dos segundos después, se escuchó un golpe seco y fuerte.

 

El hombre se había dado una bofetada a sí mismo, con fuerza, justo en la mejilla.

Freina parpadeó, pero no se sobresaltó.

 

Al principio, días atrás, aquella costumbre la había dejado completamente desconcertada, incluso asustada. Ahora ya no. Porque llevaba viéndolo hacer eso desde hacía horas. Cada vez que sentía que el sueño lo vencía, que la mente se le nublaba, se golpeaba, se pellizcaba o se mojaba la cara con agua helada, solo para mantenerse despierto. Solo para seguir buscando.

 

Iros volvió a inclinarse sobre el microscopio, como si nada hubiera pasado, aunque su mejilla ya empezaba a enrojecerse.

 

—Todavía no… todavía no cambia… sigue comiéndose el tejido…

 

Freina suspiró pesadamente y volvió a revisar el contenido de otro vial, anotando algo rápido en su cuaderno.

 

El silencio volvió a llenar la carpa, roto solo por respiraciones cansadas, el sonido constante del agua hirviendo en los calderos, el burbujeo rítmico de algunas mezclas y el raspar frenético de plumas sobre el papel. Era un silencio cargado de tensión, de desesperación contenida.

 

Hasta que ocurrió.

 

Freina estaba observando detenidamente una de las muestras más avanzadas de la infección, la que habían tomado esa misma mañana de un hombre que ya apenas respiraba, cuando algo cambió ante sus ojos.

 

Parpadeó, creyendo que era el cansancio jugándole una mala pasada. Volvió a acercar más la cara al cristal, ajustando el lente con dedos que empezaron a ponerse rígidos.

 

Y entonces lo vio con total claridad.

 

Las células contaminadas, oscuras, deformes y voraces, seguían ahí, sí… pero algo estaba pasando.

 

Ya no avanzaban como una plaga descontrolada.

 

Se estaban deteniendo.

 

Retrocedían.

 

Se encogían.

 

Y las células sanas, las que antes parecían solo esperar a ser devoradas, comenzaban a reaccionar de otra manera.

 

Se agrupaban.

 

Se defendían.

 

Respondían.

 

Freina abrió lentamente los ojos, desmesuradamente grandes. Sintió que el corazón se le saltaba un latido

 

.—No… —susurró, casi sin voz.

Volvió a mirar, revisó los bordes, el centro, todo el campo de visión. Y esta vez ya no tuvo dudas.

 

No era un error.

 

No era sueño.

 

—¡Maestro! —gritó, con una voz aguda y quebrada que cortó el silencio de golpe.

 

Iros no respondió.

 

Porque en algún momento entre un segundo y otro, agotado al límite, se había quedado dormido sentado en la silla, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos todavía apoyadas en la mesa.

 

—¡Maestro Iros! ¡Despierte! —

 

Freina corrió hacia él y lo sacudió con tanta fuerza que el hombre estuvo a punto de caerse al suelo.

 

El alquimista se levantó de golpe, desorientado, con los brazos en el aire.

 

—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Se incendió algo? ¿Quién murió? —preguntó con pánico, creyendo que la llamaba por otra pérdida.

 

—¡Mire! ¡Mire esto!

 

—Freina señaló frenéticamente hacia el microscopio, apartándolo todo para dejarle paso.

 

Iros frunció el ceño, todavía medio dormido, con la mente llena de bruma y dolor de cabeza, pero obedeció. Dio unos pasos pesados, se inclinó y miró una vez. Y después otra, más detenidamente, limpiándose los ojos con la manga.

 

Su respiración se detuvo por un instante. Se quedó inmóvil, rígido como una estatua.

 

Porque ahí estaba.

 

La infección seguía existiendo, sí… pero ya no avanzaba. Ya no dominaba todo. Las células sanas comenzaban a recuperar terreno, a rodear la infección, a aislarla. El compuesto que habían mezclado, esa combinación que Anna había anotado a medias y que ellos habían estado ajustando durante días, estaba funcionando.

 

Iros abrió los ojos por completo, y todo el sueño, todo el dolor, todo el agotamiento desaparecieron de golpe, quemados por una llama repentina y brillante.

 

—No puede ser… —murmuró, con la voz temblando de una forma totalmente nueva.

 

Freina tenía las manos entrelazadas contra el pecho, temblando sin control, con lágrimas brotando en sus ojos.

 

—Está funcionando, maestro… ¡por todos los dioses, está funcionando!

 

Iros se giró de golpe, tomó el cuaderno más cercano, hojeó las páginas a toda velocidad hasta encontrar las proporciones exactas de la última mezcla, revisó los ingredientes, las cantidades, los tiempos de cocción.

 

—La proporción de raíz de lumbre… redujimos la dosis… y agregamos el extracto de corteza de sauce blanco… —iba diciendo en voz alta, comprendiendo al fin el secreto.

 

Algunos otros alquimistas y sanadores que trabajaban en las mesas cercanas comenzaron a acercarse, atraídos por la energía repentina.

 

—¿Qué ocurre?

 

—¿Qué pasó?

 

—¿Explotó algo? ¿Hubo un accidente?

 

Iros levantó la vista.

 

Y por primera vez en muchos, muchos días, había algo distinto brillando en sus ojos hundidos. Algo que casi habían olvidado cómo se veía.

 

Esperanza.

 

—Traigan una muestra fresca. De un paciente grave. De los que están al borde —ordenó con una autoridad y una fuerza que no parecían pertenecer a un hombre tan cansado.

 

Toda la carpa se movió de golpe.

 

Uno de los sanadores salió corriendo hacia la zona de enfermos, sin importarle la hora ni la oscuridad. Los demás se agruparon alrededor de la mesa principal, en silencio, conteniendo la respiración.

 

Freina seguía temblando, incapaz de apartar la vista de los viales.

 

Iros preparó rápidamente una nueva dosis, pesando cada gramo, midiendo cada gota, ajustando cantidades y verificando cada detalle dos, tres, cuatro veces. No podían equivocarse ahora. No ahora que lo tenían casi en las manos.

 

Nadie respiraba.

 

Nadie hablaba.

 

El tiempo pareció detenerse.

 

Y cuando finalmente trajeron la muestra de sangre de uno de los pacientes más graves, un niño que ya no abría los ojos, Iros tomó el compuesto recién preparado y lo aplicó sobre el portaobjetos, justo al lado de la sangre infectada.

 

Los segundos parecieron eternos. Minutos. Horas.

 

Todos se apretujaron para ver a través de los lentes o esperaron el veredicto.

 

Al principio, nada.Las células infectadas seguían moviéndose, oscuras y peligrosas.

 

Pero entonces…

 

Se detuvieron.

 

Bruscamente.

 

Y comenzaron a retroceder, a descomponerse, a perder su forma.

 

Las células sanas reaccionaron con más fuerza.

 

Más rápido.

 

Más agresivamente.

 

Como si por primera vez desde el inicio de la enfermedad, el cuerpo humano pudiera defenderse por sí mismo. Como si alguien acabara de darle las armas para luchar.

 

Freina se llevó ambas manos a la boca, ahogando un grito de alegría y llanto. Uno de los alquimistas, un joven aprendiz, dejó caer un frasco de vidrio al suelo que se hizo añicos, pero a nadie le importó. Otro mayor comenzó a llorar en silencio, dejando caer su rostro entre las manos.

 

Iros dio un paso atrás, alejándose del microscopio.

 

Sus piernas, que habían aguantado de pie durante tantos días, finalmente le fallaron. Su cuerpo entero tembló, sacudido por una emoción demasiado grande para contenerla.

 

Y luego se dejó caer de rodillas sobre el suelo de tierra de la carpa.

 

No por debilidad.

 

No por cansancio.

 

Sino porque después de tantos días de horror…Después de tantos muertos que pesaban en sus conciencias…Después de tantas noches sin dormir, de tantos fracasos, de tanto miedo…

 

Por fin lo habían logrado.

 

La cura.

 

La habían encontrado.

 

Estaba ahí.

 

Iros levantó la cabeza de golpe, con los ojos llenos de lágrimas y de fuego, y gritó con todas sus fuerzas, para que todo el campamento lo oyera:

 

—¡Llamen a Anna! ¡Traedme a Anna ahora mismo!

Thoughts

  • LauraLetras

    Todo el pedazo del espejo me tuvo con el estómago apretado, sobre todo cuando la otra Anna le pregunta por qué le duele más la muerte de un plebeyo que la de todos los demás. Ahí entendí que la sombra usa la verdad para empujarla, y eso da más miedo que cualquier villana de fuera. Me dejó pensando en lo difícil que es discutir con una voz que te conoce tan bien. Y que la saque Eliana sin decir una palabra, solo con un abrazo, me pareció justo lo que Anna necesitaba.

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  • Ovid

    Iros dándose bofetadas para no dormirse frente al microscopio, en medio de tanta tragedia, me sacó una sonrisa. Apuesto a que cuando Anna entre a esa carpa la cura le va a pesar distinto, porque llega la misma noche en que despidió a Liam y ya no va a poder celebrarla del todo. Qué alegría que la serie siga creciendo :)

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