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Capítulo 37: Un grito desde lo alto

DNavarrete
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El cuarto día amaneció con un cielo completamente despejado, de un azul profundo y brillante que parecía querer borrar para siempre los días grises de la enfermedad.

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El cuarto día amaneció con un cielo completamente despejado, de un azul profundo y brillante que parecía querer borrar para siempre los días grises de la enfermedad.

 

La ciudad seguía levantándose poco a poco, paso a paso, con el esfuerzo de quienes se quedaron y lucharon. Las calles tenían más movimiento que nunca; la gente caminaba con propósito, los mercados comenzaban a llenarse de colores y voces, y los sonidos de los martillos, las carretas y las conversaciones volvían a ocupar el lugar del silencio aterrador que reinó durante semanas.

 

Pero no todo el mundo había regresado por las razones correctas.

 

Poco antes del mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto, una nueva caravana cruzó las grandes puertas de la ciudad.

 

A diferencia de las caravanas de ayuda imperial, estas no venían cargadas de suministros, ni de médicos, ni de materiales para reparar lo dañado.

 

Venían cargadas de estandartes brillantes que ondeaban con orgullo, carruajes lujosos con ruedas doradas, caballos de pura raza y nobles vestidos con ropas tan limpias, tan costosas y tan impecables, que parecían imposibles de ver en un lugar que apenas sobrevivía a una tragedia.

 

Eran los mismos que habían escapado cuando la pandemia comenzó.

 

Los mismos que habían huido en la noche, dejando atrás sus tierras, sus casas y, sobre todo, a su gente, creyendo que la muerte solo tocaría a los que se quedaban.

 

Los mismos que, mientras otros enterraban muertos, cargaban enfermos y limpiaban calles llenas de dolor, celebraban lejos de ahí, en sus fincas seguras, bebiendo vino y riéndose, convencidos de que todo este lugar terminaría por derrumbarse y desaparecer de la historia.

 

Y ahora volvían.

 

No porque estuvieran preocupados por los sobrevivientes.

 

No porque quisieran ayudar a levantar lo que ellos abandonaron.

 

No porque sintieran culpa.

 

Volvían porque ya no había peligro.

 

Volvían porque, contra todo pronóstico, la ciudad seguía en pie, fuerte y viva.

 

Volvían porque ahora podían colgarse del esfuerzo ajeno, llamarse salvadores y reclamar su parte de gloria sin haber puesto ni un dedo para conseguirla.

 

Demian y Selene los recibieron en uno de los salones más grandes del castillo, una estancia amplia y fría, con paredes de piedra desnuda y pocos adornos.

 

A su lado, en silencio, permanecían los nobles de la segunda línea, aquellos que sí habían respondido al llamado cuando todo se oscureció.

 

Lord Carthus, un hombre de edad avanzada que había trabajado día y noche en la organización de recursos.

 

Lady Myriel, que había abierto sus propias casas para convertirles en refugios.

 

Naera del Paso Rojo, que había recorrido caminos peligrosos para traer provisiones.

 

Y varios más, todos con las manos marcadas por el trabajo, las caras cansadas y la mirada dura.

 

Todos permanecían callados, inmóviles como estatuas. Pero el desprecio que sentían era tan evidente que casi se podía tocar en el aire.

 

Los nobles cobardes entraron sonriendo.

 

Entraron hablando alto, bromeando entre ellos, comentando sobre el viaje, sobre lo bien que se veía todo, como si nada hubiera pasado. Como si no hubieran abandonado a miles de personas a su suerte. Como si no hubieran dejado a una chica de diecisiete años cargar sola con el peso de toda una ciudad, con la muerte, con el miedo y con la responsabilidad que a ellos les correspondía.

 

Uno de ellos, un hombre robusto, de rostro rubicundo y manos cargadas de anillos dorados pesados, dio un paso adelante con una sonrisa ensayada, perfecta y vacía. Se inclinó ante Demian y Selene con una elegancia que daba asco.

 

—Lord Demian, Lady Selene… nos alegra profundamente ver que la ciudad sigue en pie. Cuando recibimos la noticia de que la situación había mejorado y que el peligro había pasado, supimos que debíamos regresar de inmediato. No podíamos faltar en el momento del triunfo.

 

Demian no respondió. Se quedó allí, de pie, alto y serio, mirando a ese hombre con una calma absoluta, una calma que era mucho más aterradora que cualquier grito.

 

Selene tampoco dijo nada. Sus ojos grises estaban fríos, tan fríos que parecían congelar el aire a su alrededor.

 

El hombre, ignorando el silencio que le gritaba la verdad, continuó hablando con soltura.

 

—Lamentamos profundamente no haber podido estar aquí y ayudar más directamente durante los días más duros de la crisis —dijo, poniendo una expresión fingida de pesar—. Pero como ustedes comprenderán, nuestras propias tierras y dominios estaban en riesgo, y tuvimos que tomar decisiones muy difíciles para proteger a nuestras familias y nuestros bienes. Fue una cuestión de supervivencia.

 

Desde el fondo de la sala, Naera soltó una risa seca, cortante, que resonó como un latigazo.

 

Todos se giraron a mirarla. Ella estaba recostada contra una columna, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a aquel noble con una burla absoluta.

 

—Qué curioso —dijo ella con voz fuerte y clara, sin importarle nada—. Porque mis tierras también estaban en riesgo. Mi familia también podía enfermar. Y aun así, yo vine. Y me quedé. Y trabajé hasta caer rendida. Qué extraño que a ustedes la "necesidad" siempre los encuentre lejos del peligro.

 

El noble fingió no escucharla. Desvió la mirada rápidamente, como si las palabras de ella fueran indignas de ser respondidas, y se giró hacia Demian de nuevo, buscando aprobación.

 

Otro de ellos, un hombre delgado y de voz aguda, dio un paso adelante, tratando de recuperar el control de la situación.

 

—Pero ahora que hemos vuelto, nos gustaría coordinar con ustedes todo lo referente a la reconstrucción y ver de qué manera podemos participar activamente. Después de todo… —hizo una pausa solemne, como si estuviera diciendo la mayor verdad del mundo— …varios de nosotros enviamos recursos y apoyo desde nuestras propias tierras durante los días más difíciles. Sabíamos que nuestra ayuda era necesaria.

 

Al escuchar eso, Lady Myriel casi apretó tanto la copa de agua que tenía en la mano que estuvo a punto de romperla en mil pedazos. Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza.

 

Porque todos en esa sala sabían, con absoluta certeza, que era mentira.

 

No habían enviado nada.

 

Ni un saco de grano.

 

Ni una botella de medicina.

 

Ni una palabra de aliento.

 

No habían hecho absolutamente nada.

 

Y ahora estaban ahí, parados frente a ellos, mintiendo descaradamente, intentando tomar parte de un mérito que no les pertenecía ni por asomo, intentando borrar el nombre de Anna y poner el suyo propio en la historia.

 

Demian los observó uno por uno. Recorrió con la mirada a cada uno de esos hombres y mujeres vestidos de seda y oro, oliendo a perfume caro y cobardía. Su expresión seguía siendo tranquila. Demasiado tranquila. Esa era la parte que más miedo daba. No había rabia en su cara, todavía. Solo una calma helada, calculadora y peligrosa.

 

—Por supuesto —dijo finalmente, con una voz tan serena, tan suave y tan controlada que varios en la sala sintieron un escalofrío recorrerles la espalda—. Sería totalmente injusto que nobles tan preocupados por el bienestar de la ciudad, tan dispuestos a ayudar y tan dedicados a su gente… no tuvieran la oportunidad de estar presentes cuando todo esto termine. Sería un error histórico dejarlos fuera ahora que todo está bien.

 

Los nobles sonrieron. Sus caras se iluminaron de alivio y satisfacción. Creyeron que habían ganado. Creyeron que Demian era débil, o que simplemente quería mantener las apariencias. Creyeron que les estaba dando la bienvenida, que todo quedaría olvidado y que podrían disfrutar de los honores.

 

—Por eso —continuó él, dando un paso lento hacia ellos, con esa sonrisa leve que no llegaba a sus ojos— les ofreceremos alojamiento aquí, en el castillo, o en las mejores casas de la ciudad. Quédense todo el tiempo que deseen. Quédense hasta que Anna despierte. Estoy seguro de que ella también querrá agradecerles personalmente toda la ayuda invaluable que brindaron. Estoy seguro de que querrá verlos cara a cara para reconocer todo lo que hicieron.

 

Lord Carthus desvió apenas la mirada hacia la pared para esconder la sonrisa que estaba a punto de escapársele. Lady Myriel bajó un poco la cabeza, ocultando el brillo de satisfacción en sus ojos. Selene no dijo nada. Pero en su mirada había algo tan frío, una promesa de destrucción tan absoluta, que varios de los nobles sintieron un pequeño escalofrío sin entender muy bien por qué.

 

Ellos no entendían nada.

 

Aceptaron de inmediato, agradecidos, comenzaron a hablar entre ellos sobre reputación, sobre banquetes, sobre la reconstrucción y el gran impacto que tendría ser vistos junto a la familia D’Valrienne en ese momento histórico.

 

No entendían que no eran invitados.

 

No entendían que se estaban quedando dentro de una jaula de oro de la que no saldrían ilesos. No entendían que, entre ellos, caminaban los verdaderos culpables. Los que habían ordenado contaminar los granos de harina para debilitar la ciudad. Los que habían esperado que todo quedara enterrado entre cadáveres y cenizas, creyendo que nunca se sabría la verdad.

 

Cuando finalmente se retiraron, escoltados por sirvientes que apenas podían disimular el odio, el salón quedó en silencio absoluto.

 

Nadie habló durante varios segundos. El aire estaba cargado de tensión, de asco, de una rabia contenida que amenazaba con estallar.

 

Hasta que la pesada puerta de madera se cerró tras ellos.

 

Demian seguía de pie, en el centro de la sala.

 

Inmóvil.

 

Respirando despacio.

 

Demasiado despacio.

 

Selene lo conocía demasiado bien. Había crecido a su lado. Sabía exactamente lo que estaba pasando en su interior, sabía que la calma se había roto hacía rato dentro de él.

 

—Demian… —murmuró ella, dando un paso hacia él, con voz suave, intentando calmar lo que sabía que iba a suceder.

 

Pero fue demasiado tarde.

 

Demian giró de golpe, como si algo dentro de él se hubiera roto de golpe, y descargó todo el peso de su puño cerrado contra una de las paredes de piedra maciza que tenía al lado.

 

El golpe retumbó en toda la sala como un trueno.

 

Un sonido seco, brutal, desesperado.

 

La pared, construida para durar siglos, se quebró.

 

Fragmentos de piedra y polvo cayeron al suelo, desprendiéndose justo donde sus nudillos habían golpeado.

 

Varios de los presentes dieron un paso atrás, sorprendidos y asustados.

 

Porque ninguno, ni siquiera los que llevaban años sirviéndolo, lo habían visto así. Nunca habían visto al Gobernador perder el control de esa manera.

 

Demian respiraba con fuerza, pesadamente, el pecho subiendo y bajando con violencia. Tenía la mano derecha ensangrentada, los nudillos rotos y blancos, pero no parecía sentir dolor físico. Y sus ojos, esos ojos que siempre mantuvo fríos y calculadores, estaban ahora llenos de una furia tan oscura, tan profunda y tan contenida que parecía capaz de destruir algo mucho más grande que una pared.

 

—Esos malditos hijos de puta… —murmuró con la voz rota, ronca, llena de rabia pura—. Huyeron… Dejaron morir a la gente… Dejaron a Anna sola, cargando muertos, enfermos, miedos, decisiones… la dejaron romperse en pedazos por nosotros… ¡y ahora vuelven sonriendo! Vuelven como si fueran héroes. Vuelven a reclamar lo que es de ella.

 

Nadie se atrevió a hablar.

 

Todos bajaron la mirada, porque todos sentían exactamente lo mismo. Todos sabían que esas personas no merecían ni el aire que respiraban.

 

Y en el silencio que siguió, todos pensaron lo mismo. Todos supieron, con una certeza helada, que cuando Anna despertara de su sueño profundo…

 

Aquellos nobles que ahora caminaban tan tranquilos por los pasillos del castillo…Iban a recibir mucho más que una simple humillación.

 

Iban a recibir la justicia que ellos mismos se encargaron de merecer.

 

La habitación de Anna seguía siendo el lugar más silencioso de todo el castillo.

 

Como si el tiempo mismo se hubiera detenido allí dentro, respetando el descanso de quien más había dado por todos.

 

Los médicos entraban varias veces al día para revisarla.

 

Siempre hablaban en voz baja, casi en susurros.

 

Siempre caminaban despacio, con pasos mesurados, temerosos de romper la calma o de molestarla.

 

La trataban con una delicadeza que no mostraban con nadie más.

 

No porque fuera una noble.

 

No porque llevara el apellido D’Valrienne.

 

Sino porque muchos de ellos habían trabajado codo con codo a su lado durante los días más oscuros de la pandemia. Habían visto cómo se consumía, cómo se destruía el cuerpo día tras día sin quejarse jamás. Habían visto cómo cargaba enfermos pesados hasta el límite de sus fuerzas. Cómo sostenía cadáveres con sus propias manos para darles una despedida digna. Cómo se negaba a descansar, a comer o a dormir incluso cuando apenas podía mantenerse en pie.

 

Por eso, cada vez que entraban a revisarla, lo hacían con un respeto sagrado.

 

Le tomaban el pulso con dedos suaves, contando cada latido como si fuera un regalo.

Le cambiaban las vendas de las manos, cubiertas de heridas y callos que ya nunca desaparecerían.

 

Le preparaban infusiones tibias que dejaban en la mesa, esperando el día en que ella misma las tomara.

 

Ajustaban las mantas con mimo para que no sintiera ni el más mínimo frío.

 

Las sirvientas hacían lo mismo.

 

Le limpiaban el rostro con paños tibios, acariciando su piel con ternura infinita.

 

Le arreglaban el cabello, peinándolo con cuidado, apartando mechones que caían sobre su frente serena. Le cambiaban la ropa de cama, procurando no moverla demasiado, como si temieran romperla.

 

La trataban con el respeto absoluto que se le da a alguien que ha sufrido demasiado y ha dado todo lo que tenía.

 

Ese día, poco después del mediodía, Garoum se paró en la puerta y pidió entrar a solas.Su voz fue grave, baja, pero nadie se negó. Los demás salieron de inmediato, comprendiendo sin necesidad de palabras, y cerraron la pesada puerta de madera detrás de él, dejándolo solo con ella.

 

Garoum permaneció de pie junto a la cama durante unos segundos eternos.

 

Inmóvil.

 

Mirándola.

 

Anna seguía dormida.

 

Su rostro estaba tranquilo, absolutamente relajado, sin rastro de tensión, sin rastro de dolor, sin rastro del peso que siempre llevaba encima.

 

Demasiado tranquila.

 

Como si no supiera nada de lo que estaba ocurriendo afuera.

 

Como si el mundo entero pudiera derrumbarse y a ella no le importara, porque por fin, por primera vez en mucho tiempo, estaba descansando de verdad.

 

Garoum arrastró lentamente una silla de madera hasta quedar muy cerca de la cabecera y se sentó. Sus manos enormes, manos de guerrero, manos que habían empuñado su lanza y matados hombres, descansaron pesadamente sobre sus piernas, abiertas y vacías.

 

Durante un momento largo, larguísimo, no dijo nada. Solo se quedó ahí.

 

Mirándola.

 

Grabando cada rasgo de su cara en su memoria.

 

Como si quisiera asegurarse de que seguía respirando.

 

Como si todavía no terminara de creer que seguía ahí, viva, bajo sus ojos.

 

—No te entiendo… —murmuró finalmente, con una voz tan baja y pesada que parecía salir de lo más profundo de su pecho.

 

Bajó un poco la mirada, clavando los ojos en sus propias manos, llenas de cicatrices.

 

—Hace poco más de un mes… te odiaba.

 

La habitación quedó en silencio otra vez, roto solo por la respiración suave y rítmica de ella. Garoum respiró hondo, llenando sus pulmones de aire que le costaba expulsar.

 

—Te odiaba con toda mi alma —confesó, y esas palabras dolían al salir.

 

Sus dedos se apretaron lentamente, hasta que los nudillos se pusieron blancos, recordando el fuego que sentía antes.

 

—Por tu culpa perdí hombres buenos. Hombres que confiaron en mí. Hombres que siguieron órdenes equivocadas y murieron lejos de sus casas, dejando familias rotas… y todo porque tú eras una noble arrogante. Una niña caprichosa que jugaba a gobernar, que dictaba leyes sin importarle la vida de nadie, que creía que el poder era solo para disfrutarlo.

 

Levantó la vista de nuevo hacia ella, hacia esa muchacha pequeña y frágil que yacía en la cama.

 

—Me prometí a mí mismo que si volvía a verte… te mataría. —La voz le tembló un poco, traicionando la emoción que luchaba por salir—. Lo juré sobre las tumbas de mis compañeros.

 

Hizo una pausa, tragando la amargura de aquel recuerdo.

 

—Y en la fiesta de cumpleaños de Lady Selene… cuando te vi entrar, sola, altiva, tal como te recordaba… lo pensé seriamente. Tenía la mano en el mango de mi espada. Tenía toda la razón del mundo para hacerlo.

 

Cerró los ojos un segundo, reviviendo ese momento exacto.

 

Recordó la luz de las velas.

 

Recordó a Anna parada frente a él, lejana y orgullosa.

 

Recordó la lanza que había estado a punto de atravesarla.

 

Recordó esos ojos oscuros que lo miraron sin miedo, sin rencor, sin nada.

 

—Quería hacerlo —admitió con dolor—. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Era lo único que tenía sentido para mí: vengarme de ti y luego morir en el intento.

 

Apretó la mandíbula con fuerza, y las palabras que siguieron salieron con una lentitud desgarradora.

 

—Pero entonces te vi.

 

Su voz bajó un poco más, volviéndose casi un susurro.

 

—Te vi ahí parada frente a mí, cuando todos te daban la espalda o te temían. No intentaste esconderte. No intentaste huir. No intentaste usar tu apellido ni a tus hermanos ni a tu título para protegerte de mí. No pediste ayuda.

 

Desvió la mirada hacia el suelo, avergonzado de lo que había sentido entonces.

 

—Simplemente te quedaste quieta. Me miraste a los ojos y aceptaste que si yo quería matarte… lo harías. Que no lucharías contra mí. Que mi odio tenía derecho a estar ahí.

 

Garoum soltó una pequeña risa seca, amarga, cargada de confusión.

 

—Y en ese momento… me di cuenta de algo que me destrozó por dentro.

 

Volvió a mirarla, y sus ojos se humedecieron apenas, brillando con lágrimas que un hombre como él nunca pensó derramar por nadie.

 

—Tú ya no eras la misma persona que yo odiaba. La que yo odiaba habría gritado, habría mandado a matarme, habría exigido respeto. Pero tú… tú ya no eras ella.

 

Se quedó callado un instante, sintiendo cómo todo su mundo se había desmoronado entonces.

 

—Ahí fue cuando mi vida perdió todo sentido. —La frase cayó pesada como una losa—. Porque ya no podía odiarte. Ya no podía matarte. Ya no podía seguir viviendo solo por la venganza, porque el objeto de mi venganza… ya no existía. O mejor dicho… había cambiado tanto que ya no podía ver el mal en ti.

 

Y durante unos segundos largos, Garoum guardó silencio. Le costaba demasiado admitir lo siguiente. Le dolía más que cualquier herida de guerra.

 

—Entonces decidí quedarme. —Sus dedos se cerraron lentamente sobre la tela del pantalón—. Me dije: Voy a quedarme. Voy a ver cómo termina todo esto. Voy a descubrir quién eres realmente, si es que eres alguien de verdad.

 

Hizo una pausa, y cada recuerdo que venía a su mente era un golpe en el pecho.

 

—Y te vi. Te vi salir al frío de la madrugada cuando nadie más quería estar fuera. Te vi cargar enfermos que pesaban el doble que tú. Te vi caminar entre cadáveres y suciedad sin arrugar la nariz, sin quejarte, sin dar un paso atrás. Te vi quedarte despierta noche tras noche, día tras día, mientras todos los demás caíamos rendidos por el cansancio o por el miedo. Te vi romperte el cuerpo, gastar tu fuerza y quemar tu vida… por gente que ni siquiera te debía nada. Por gente que te odiaba. Por gente que te escupía en la calle.

 

Garoum bajó lentamente la cabeza, derrotado por la verdad.

 

 

—Y ahora lo entiendo… —susurró.

 

Una lágrima gruesa y caliente se desprendió de su mejilla y cayó sobre el dorso de su mano enorme y áspera. Él ni siquiera pareció darse cuenta.

 

—No eres el demonio que pensé que eras. No eres la tirana que yo imaginé para justificar mi odio. —Levantó la mirada, y en sus ojos había admiración, dolor y amor puro—. Eres solo una muchacha. Una muchacha mucho más valiente, mucho más fuerte y mucho más grande que yo.

 

Su voz terminó de romperse, hecha pedazos.

 

—Yo vivía para odiarte. Era mi única razón de ser. Tú vivías para salvar a todos, incluso a los que te odiábamos.

 

Garoum respiró hondo, tomando aire con dificultad, porque cada palabra parecía dolerle más que una herida abierta.

 

—Me diste otra razón para seguir. —La voz le salió temblando—. Otra razón diferente a la venganza. Me diste algo que no pensaba volver a tener nunca: un propósito limpio. Me diste algo por lo que luchar que no fuera la muerte.

 

Levantó lentamente una de sus manos enormes, con infinita precaución, como si fuera a tocar algo sagrado o frágil que pudiera romperse, y tomó la de Anna entre las suyas.

 

Era tan pequeña entre sus manos.

 

Tan suave.

 

Tan frágil.

 

Demasiado frágil para alguien que había sostenido el peso de toda una ciudad entera sobre sus hombros.

 

—Me diste una razón para proteger a alguien otra vez. Me hiciste creer de nuevo en algo bueno. —Garoum bajó la cabeza sobre esas manos unidas—. Y me hiciste entender, contra toda lógica, contra todo lo que yo creía… que las personas sí pueden cambiar. Que la bondad existe incluso donde menos se espera.

 

Su voz ya era apenas un susurro, ahogado por el llanto que ya no podía contener.

 

—Así que por favor…

 

Apretó un poco más suavemente la mano de Anna, aferrándose a ella como si fuera su única salvación.

 

—Por favor, vuelve. Despierta. Mírame otra vez. Dime que sigues aquí.

 

Su cuerpo entero tembló, sacudido por la emoción desbordada.

 

—Porque si tú no despiertas…

 

Cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas cayeran libremente ahora, mojando la mano de ella. Y por primera vez desde que todo comenzó, desde que la guerra le quitó todo, desde que la muerte se llevó a sus amigos… Garoum sonó completamente roto.

 

—No sé si voy a tener otra razón para seguir.

 

Garoum permaneció unos segundos más dentro de la habitación después de terminar de hablar.

 

No se movió.

 

Todavía seguía sujetando la mano pequeña y cálida de Anna entre las suyas, como si al soltarla, ella pudiera desvanecerse, o como si él mismo perdiera el último pedazo de cordura que le quedaba.

 

Pero al final soltó un suspiro tan pesado que pareció salirle desde los huesos, se pasó una mano enorme por el rostro para borrar cualquier rastro de debilidad y volvió a ponerse de pie con esfuerzo.

 

No podía salir así.

 

No podía dejar que los demás lo vieran llorando.

 

Un hombre como él, un guerrero, alguien que había pasado por guerras y muertes, no podía ser visto derrumbándose por una chica dormida.

 

Se acomodó la ropa con brusquedad, se alisó la túnica, respiró hondo un par de veces hasta que su pecho dejó de temblar y volvió a armarse de esa expresión seria, dura e inamovible que siempre llevaba encima como una armadura.

 

Cuando abrió la puerta, la luz del pasillo le dio de lleno, y allí estaba ella.

 

Lyra.

 

Estaba apoyada despreocupadamente contra la pared de piedra, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa demasiado divertida, demasiado brillante, para alguien que claramente llevaba varios minutos esperando ahí, escuchando o simplemente sabiendo lo que pasaba dentro.

 

Lo miró de arriba abajo, deteniéndose un instante más de lo necesario en sus ojos rojos e hinchados, en la rigidez de su espalda, en la forma en que cerraba los puños. Y después soltó una pequeña risa, suave y burlona.

 

—Vaya… —murmuró, inclinando la cabeza a un lado—. Así que el gran Garoum también llora. Quién lo diría.

 

Garoum frunció el ceño de inmediato, su expresión volvió a endurecerse como una roca, y le lanzó una mirada asesina que a ella no le causó absolutamente ningún miedo.

 

—No digas estupideces. —Su voz sonó ronca, áspera, delatándolo aún más.

 

Lyra levantó una ceja, totalmente escéptica, y señaló su propia cara con un dedo.

 

—Claro, claro. Seguro. Esos ojos rojos y esa cara de haber tragado algo amargo… seguro es porque te entró polvo. O viento. O algo que se te metió. Seguro.

 

Garoum apartó la mirada, incómodo, y señaló hacia el fondo del pasillo con un gesto brusco.

 

—Vete a hacer algo útil. Deja de perder el tiempo aquí.

 

Lyra siguió sonriendo, disfrutando cada segundo de su vergüenza.

 

—Qué tierno. Un bebé grandote y llorón que se hace el duro.

 

Garoum la miró con una expresión de absoluto cansancio, como si ella fuera la batalla más difícil que hubiera tenido que librar en su vida.

 

—Lyra.

 

—¿Sí, mi gran comandante? —respondió ella con falsa dulzura.

 

—Patrulla. Ahora.

 

Ella soltó una carcajada, clara y alegre, que rompió la pesadez del aire.

 

—Está bien, está bien. No te pongas así que te va a dar algo. Ya me voy.

 

Comenzó a caminar lentamente por el pasillo, alejándose, pero todavía riéndose por lo bajo y sacudiendo la cabeza.

 

—Pero igual no te preocupes, grandote. —le gritó sin volverse—. No se lo diré a nadie. Tu secreto está a salvo.

 

Garoum la observó alejarse, refunfuñando por lo bajo, maldiciendo en voz baja.

 

—Maldita mocosa… siempre metiéndose en todo.

 

Y aun así, cuando Lyra desapareció al doblar la esquina, la alegría fingida se desvaneció y el ambiente volvió a caer en ese silencio pesado, denso, que habitaba en todo el castillo desde hacía días.

 

Un silencio que lo decía todo. Un silencio que gritaba que todos seguían esperando lo mismo: que ella abriera los ojos.

 

Pasaron algunos minutos.

 

El tiempo fluía lento, casi detenido.

 

Y después, Daeron apareció frente a la puerta entreabierta.

 

Se quedó allí parado, inmóvil, con la mano levantada a punto de tocar la madera, pero sin atreverse a dar el paso. Llevaba días evitando ese lugar. Días enteros.

 

Había trabajado sin descanso en la reconstrucción, cargando piedras y vigas como uno más. Había revisado una y otra vez los almacenes y suministros, asegurándose de que nada faltara. Había entrenado a los soldados, recorrido las murallas, firmado papeles, dado órdenes… había hecho cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, con tal de no entrar ahí.

 

Porque todavía no sabía qué sentir. Porque todavía no entendía del todo a Anna. Porque todavía había una parte de él, la más antigua, la más dolorosa, que no lograba olvidar, ni perdonar, ni dejar de creer.

 

Daeron permaneció de pie frente a la puerta durante unos segundos largos, interminables. Mirando hacia adentro.

 

Sin moverse.

 

Con el corazón latiéndole fuerte, golpeándole las costillas como un aviso.

 

Hasta que finalmente soltó el aire lentamente, todo el aire que parecía haber retenido durante días, empujó la puerta con suavidad y entró.

 

La habitación seguía igual de tranquila, bañada por la luz dorada de la tarde, llena de flores y de ese aroma dulce y triste. Anna seguía dormida. Parecía exactamente igual que antes. Igual que el día anterior, igual que la semana pasada. Como si nada hubiera cambiado en ella, mientras todo el mundo afuera se había transformado por su culpa.

 

Daeron caminó despacio hasta la cabecera, tomó la misma silla de madera que Garoum había dejado vacía y se sentó a su lado, con el cuerpo tenso, rígido, como si estuviera en territorio enemigo.

 

Por un momento largo no dijo nada.

 

Solo la observó.

 

Observó su rostro sereno, su respiración suave, sus manos quietas sobre las sábanas.

 

Y después, muy bajito, dejó salir una pequeña risa amarga, cargada de confusión y dolor.

 

—Sigo sin entenderte… —murmuró, más para sí mismo que para ella.

 

Desvió la mirada hacia el suelo, hacia las piedras frías, porque no podía seguir mirándola a la cara mientras decía lo que tenía que decir.

 

—Cuando mi hermana desapareció… no tuve dudas. —Su voz era baja, pesada, arrastrando cada palabra como si fuera una cadena—. Todos hablaban. Todos decían lo mismo. Que habías sido tú. Que estabas celosa de ella. Que no soportabas que la gente la quisiera más a ella que a ti. Que te molestaba verla sonreír, verla amable, verla vivir con esa alegría que a ti te faltaba.

 

Apretó lentamente los dedos sobre sus rodillas, hasta que los nudillos se pusieron blancos, reviviendo ese odio antiguo.

 

—Y yo lo creí. —Confesó con dureza—. Lo creí ciegamente. Porque en ese tiempo… en esos años en que gobernabas con mano de hierro y cara de hielo… Anna, sí parecías capaz de hacer algo así. De hacer daño solo por poder. De quitarle a alguien lo que más quería.

 

Daeron cerró los ojos un momento, ahogando un suspiro.

 

—La busqué durante años, recorrí caminos que ni siquiera sabía que existían, bosques oscuros, pueblos lejanos, escuché mil rumores, mil mentiras, mil esperanzas falsas, pasé noches enteras recorriendo carreteras, con la única idea en la cabeza de encontrarla viva, de traerla de vuelta, de saber la verdad.

 

Y recordó el momento en que todo terminó. El momento en que su mundo se rompió por completo.

 

—Cuando finalmente la encontré… ya era tarde. —Su voz se quebró apenas, un hilo de dolor que se escapó—. La encontré muerta. Lejos de casa, sola, abandonada. Y el último rastro que hubo… llevaba tu nombre.

 

La habitación quedó en silencio otra vez.

 

Un silencio lleno de fantasmas.

 

Daeron respiró hondo, temblando levemente.

 

—Todavía la recuerdo. —Sus ojos permanecían clavados en algún punto de la pared, viendo lo que ya no estaba—. Siempre fue demasiado bondadosa. Demasiado para este mundo cruel. Sonreía demasiado, confiaba demasiado, se entregaba demasiado. Era tan inocente, tan suave… que siempre terminaba metiéndose en problemas sin querer.

 

Una pequeña sonrisa, triste y lejana, apareció en sus labios al recordarla.

 

—Por eso siempre la cuidaba. —Susurró—. Yo era el hermano mayor. Yo tenía que protegerla. Porque sabía que ella sola no podría sobrevivir en un lugar como este. Y lo hice. Siempre estuve ahí para sacarla de líos.

 

La sonrisa desapareció rápidamente, borrada por la culpa y la rabia.

 

—Y cuando la perdí… sentí que una parte de mí se murió con ella. Que me arrancaron el corazón de cuajo.

 

Daeron bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos, vacías.

 

—Pero seguí adelante. Tuve que hacerlo. Por mi familia. Por mi gente. Por lo poco que me quedaba después de que tú te lo llevaras todo.

 

Volvió a mirar a Anna, a esa chica pequeña y frágil que dormía ajena a todo el daño que le habían atribuido.

 

—Y después apareciste tú. —Su expresión se endureció un poco, poniéndose a la defensiva—. Cuando fui a tu casa, a esa mansión alejada a la que te habías ido… ese día… pensé que encontraría ruinas. Pensé que te vería escondida en medio del polvo y el olvido, aferrándote con rabia a los restos de lo que habías sido, orgullosa y sola.

 

Soltó una pequeña risa amarga, llena de ironía.

 

—Pero no encontré eso, encontré una mujer diferente, una mujer que trabajaba la tierra, que ayudaba a los vecinos, que curaba enfermos, que repartía lo que tenía, una mujer que parecía ser otra persona, alguien que no tenía nada que ver con la tirana que yo odiaba.

 

Daeron negó lentamente con la cabeza, sin entender todavía cómo había pasado.

 

—Y aun así no te creí. —Admitió con dolor—. No pude. Porque era más fácil odiarte. Era más fácil pensar que todo era una mentira, que era una actuación para ganarte a la gente. Era más fácil seguir culpándote de todo lo malo que me había pasado, que tener que aceptar que quizás… quizás me había equivocado contigo todo este tiempo.

 

Volvió a mirarla, y en sus ojos había una guerra interna que lo estaba destrozando.

 

—Pero después te vi aquí, en la ciudad, te vi quedarte cuando todos huyeron, incluidos los que debían protegerla, te vi luchar contra la muerte día y noche, te vi romperte las manos, el cuerpo y el alma por personas que ni siquiera te querían, por personas que te escupían, por personas que te odiaban igual que yo.

 

Daeron tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo todo su odio se desmoronaba poco a poco.

 

—Y ahí fue cuando entendí que tal vez… el cambio era real. Que quizás esa mujer que yo odié nunca fue del todo real, o que al menos… ya no existía.

 

Se quedó en silencio unos segundos, mirándola, perdido. Luego soltó una risa baja, una de esas risas que intentan esconder el llanto, la confusión y el miedo.

 

—No sabes cuánto me odiaría mi hermana si me viera ahora. —Su voz se quebró por completo.

 

Sus ojos se llenaron de lágrimas, brillantes y pesadas, pero aun así siguió sonriendo un poco, con una sonrisa rota y desgarradora.

 

—Seguro me estaría golpeando. —Susurró—. Me estaría regañando, gritándome, diciéndome que soy un idiota… por preocuparme por ti. Por sentirme agradecido contigo. Por querer proteger a la misma mujer que durante años pensé que la mató.

 

Daeron bajó lentamente la cabeza, escondiendo el rostro entre las manos un instante, dejando salir todo el peso que llevaba dentro. Y cuando volvió a levantarla, su voz terminó saliendo mucho más rota de lo que esperaba, mucho más sincera de lo que quería.

 

—Así que despierta de una vez, Anna. —Le pidió, casi suplicando, con la mirada llena de tormento—. Abre los ojos y mírame. Habla conmigo. Dime algo… porque todavía no entiendo qué demonios eres para mí.

 

¿Eres la culpable que arruinó mi vida… o eres la salvación que me la ha devuelto?

 

La puerta se abrió lentamente, sin hacer ruido, como si hasta la madera misma respetara el descanso que reinaba allí dentro.

 

Selene entró con varias mantas limpias y suaves apretadas entre los brazos, y una pequeña bandeja de madera donde llevaba agua tibia, paños de lino y un poco de jabón delicado.

 

Había comenzado a hacerlo ella misma desde el primer día, desde el momento mismo en que Anna fue traída aquí y depositada sobre esta cama. No porque las sirvientas no pudieran encargarse. No porque no hubiera manos dispuestas y capaces de cuidarla, sino porque necesitaba sentirse útil.

 

Necesitaba hacer algo por Anna, aunque fuera algo tan simple y pequeño como cambiar unas mantas, limpiarle las manos o acomodarle el cabello. Necesitaba sentir que, de alguna forma, estaba devolviéndole, aunque fuera una mínima parte de todo lo que ella había dado por todos ellos. Era su forma de estar ahí, de acompañarla, de reparar en silencio todo el tiempo perdido.

 

Cuando entró del todo en la habitación, encontró a Daeron sentado junto a la cama, en la misma silla que todos ocupaban y que nadie quería dejar vacía.

 

Él levantó la vista de inmediato, sobresaltado por su llegada.

 

Y al escuchar el sonido leve de la puerta al abrirse, rápidamente pasó una mano por su rostro, arrastrando los dedos con brusquedad por debajo de los ojos, lo hizo tan rápido, tan torpe y apresuradamente, como si creyera que con ese simple gesto podía borrar las lágrimas, borrar la tristeza, o hacer como si nada hubiera pasado.

 

Se puso de pie casi de inmediato, con la espalda tensa, rígida, tratando de recuperar esa postura de hombre fuerte que siempre mantenía.

 

—Yo… solo vine a verla —dijo, con la voz mucho más seca, más áspera y más rota de lo que quería—. Nada más. Ya me iba.

 

Selene lo observó unos segundos en silencio, sí había visto cómo se limpiaba el rostro, sí había notado los ojos rojos, hinchados y brillantes, sí había sentido la angustia que flotaba alrededor de él.

 

Pero no dijo nada.

 

No le hizo preguntas. No le recriminó nada. No mencionó las lágrimas.

 

Simplemente dejó las mantas sobre una silla cercana y se acercó despacio hasta el borde de la cama, moviéndose con esa delicadeza que ya se había convertido en su segunda naturaleza.

 

Daeron comenzó a caminar hacia la puerta, con pasos largos y rápidos, no parecía querer quedarse más tiempo del necesario. No parecía querer enfrentarse a nadie, ni a ella, ni a sus propios sentimientos.

 

Pero justo antes de poner la mano sobre el picaporte, justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, la voz suave de Selene se elevó en la quietud.

 

—No te preocupes.

 

Daeron se detuvo en seco, se quedó inmóvil, de espaldas a ella, sin girarse, su silencio fue una pregunta en sí misma.

 

Selene bajó la mirada hacia Anna, hacia esa figura pequeña y pálida que descansaba entre las sábanas, y sus palabras salieron bajas, llenas de una verdad dolorosa y compartida.

 

—Ni siquiera yo, que soy su hermana, entiendo quién es ahora.

 

La habitación quedó en silencio absoluto, solo se escuchaba la respiración suave y constante de la muchacha dormida.

 

—Todavía me cuesta verla ahí, tan tranquila, tan buena… y recordar a la misma mujer que hizo sufrir a esta ciudad entera con su arrogancia, su dureza y su crueldad —continuó Selene, sin levantar la vista, confesando lo que nunca decía en voz alta—. Todavía me cuesta entender cómo alguien puede cambiar tanto. Cómo alguien que parecía no tener corazón, terminó siendo la única que lo dio todo.

 

Daeron apretó un poco más la mano que tenía apoyada sobre la puerta, hasta que los nudillos se pusieron blancos, sentía cada palabra como si fuera dicha para él, como si ella hubiera entrado en su propia cabeza y hubiera leído todas sus dudas, todo su odio antiguo y toda su gratitud nueva.

 

Selene levantó lentamente la vista hacia su espalda ancha, hacia ese hombre que también había sido herido por el pasado de Anna.

 

—Así que no eres el único que está confundido —dijo con suavidad—. No eres el único que no sabe qué sentir.

 

Daeron no respondió, no dijo ni una sola palabra, pero permaneció quieto unos segundos más, inmóvil, como si necesitara escuchar exactamente eso, como si, por primera vez en mucho tiempo, al saber que ella tampoco lo entendía todo, sintiera que no estaba solo en medio de ese caos que Anna dejaba en el corazón de todos.

 

Al final soltó el aire lentamente, un suspiro largo y profundo que le salió desde el pecho, liberando un poco de peso. Y sin girarse, sin mirarla siquiera, salió de la habitación.

 

La puerta se cerró despacio detrás de él, con un sonido suave y definitivo, dejando a Selene totalmente sola con su hermana.

 

Sola en esa habitación que se sentía como un santuario.

 

Durante unos minutos, Selene no dijo nada, simplemente comenzó a trabajar, comenzó a cambiar las mantas sucias por las limpias, moviendo a Anna lo menos posible, con una destreza y un cuidado infinitos, procurando no incomodarla, no despertarla, no romper su calma.

 

Le acomodó mejor la almohada para que su cabeza estuviera más cómoda.

 

Le apartó con los dedos algunos mechones de cabello que caían sobre su frente serena, apartándolos con ternura para que el aire le llegara mejor al rostro, tomó uno de los paños que había traído, lo mojó en el agua tibia, lo escurrió bien, y le limpió suavemente las manos, una por una, recorriendo cada dedo, cada palma, cada pequeña herida y callo que eran las marcas de todo lo que había hecho.

 

Eran gestos simples, pequeños, casi insignificantes para cualquiera que mirara desde fuera.

 

Pero para Selene eran necesarios. Eran vitales, porque si no hacía algo, si no mantenía sus manos ocupadas y su mente fija en ella, sentía que el miedo terminaría consumiéndola por completo. El miedo de que no despertara, el miedo de perderla justo cuando por fin la había recuperado.

 

Cuando terminó todo, volvió a sentarse un momento junto a la cama, en el mismo lugar donde antes había estado Daeron, donde había estado Garoum, donde todos habían estado.

 

Miró a Anna en silencio.

 

La observó con detenimiento, con amor, con nostalgia, todavía seguía pareciendo tan tranquila, tan serena, tan ajena al dolor, como si solo estuviera dormida después de un día demasiado largo, demasiado pesado, de esos que antes siempre terminaban con ella encerrada en su estudio, lejos de todos.

 

Selene levantó lentamente una mano, y con la yema de los dedos le acarició el cabello, recorriendo suavemente la cabeza, bajando hasta rozar su mejilla pálida, sintiendo el calor de su piel bajo su tacto.

 

Después se inclinó un poco hacia adelante, acercando su propio rostro hasta casi tocar el de ella.

 

Y muy despacio, con todo el amor, toda la culpa y toda la ternura que guardaba en el pecho, le dejó un beso suave, cálido y prolongado justo en el centro de la frente.

 

—Despierta pronto, pequeña… —susurró contra su piel—. Que ya es hora de que vuelvas a ser tú.

 

Justo en ese momento, la puerta volvió a abrirse, girando sobre sus bisagras con ese sonido suave y familiar que ya todos reconocían.

 

Selene levantó la vista inmediatamente, apartándose un poco de la cama. Y al otro lado de la habitación, recortada contra la luz tenue del pasillo, encontró a Eliana.

 

La joven se había quedado quieta en la entrada, dudando un instante, como si siempre necesitara permiso para entrar en ese lugar que antes le había sido tan hostil, llevaba una manta gruesa y suave doblada entre los brazos, y todavía tenía el cabello algo desordenado, como si hubiera corrido hasta allí o hubiera pasado horas trabajando sin detenerse a arreglarse.

 

Parecía cansada, mucho, las ojeras bajo sus ojos eran cada vez más profundas, más oscuras, marcas visibles de noches enteras sin dormir, de días enteros corriendo de un lado a otro, de una preocupación que no la abandonaba ni un segundo.

 

Pero aun así estaba ahí, como había estado todas las noches, sin falta, desde el primer día en que Anna cayó inconsciente frente al altar.

 

Porque aunque durante el día intentara mantenerse ocupada, ayudando en la limpieza, repartiendo alimentos o haciendo recados para los heridos… al final, cuando todo se calmaba, sus pasos siempre terminaban regresando a este cuarto. Era como si algo la atara aquí, algo más fuerte que el deber o la gratitud.

 

Selene la observó unos segundos en silencio, recorriendo con la mirada ese cansancio que ella también conocía tan bien. Y después le dedicó una pequeña sonrisa, triste, cansada pero llena de ternura.

 

Eliana bajó apenas la mirada, mirando sus propios pies o la manta que apretaba contra su pecho.De pronto, sentía que estaba entrando en algo demasiado íntimo, en un espacio que era solo de la familia, y que ella, extraña y antigua víctima, no debería ocupar.

 

Selene se puso de pie despacio, sin hacer ruido, caminando hacia ella con esa suavidad que había aprendido últimamente.

 

—Venías a quedarte otra vez, ¿verdad? —preguntó con voz muy suave, sin juicio, solo confirmando lo que ya sabía.

 

Eliana apretó un poco más la manta entre sus manos, hasta arrugar la tela.—Sí —respondió en un susurro.

 

Selene no pareció sorprendida, porque ya lo sabía, sabía que desde el primer día, cuando todos se retiraban a descansar, Eliana se quedaba allí. A veces sentada en esa misma silla, inclinada sobre el borde de la cama, a veces apoyada contra el colchón, con la cabeza recostada junto a las manos de Anna, a veces simplemente dormía con una de las manos de ella entre las suyas, aferrándose a ese calor como si fuera su propia vida.

 

Y en el fondo, Selene entendía perfectamente por qué, entendía que entre esas dos mujeres había ocurrido algo que nadie más podía comprender del todo. Una transformación mutua, una deuda de vida, un vínculo forjado entre el dolor y la redención.

 

Se acercó lentamente hasta donde estaba Eliana y la miró unos segundos más, a los ojos, profundamente, después levantó una mano y la apoyó con firmeza y cariño sobre su hombro, sintiendo lo delgada que estaba, lo frágil que se veía.

 

—Sé muy bien que si Anna despierta… será a ti a quien querrá ver primero —dijo con total certeza, sin rastro de celos, solo con la verdad en sus palabras.

 

Eliana abrió apenas los ojos, sorprendida, como si no esperara escuchar algo así de la hermana de Anna, de la mujer que había sido testigo de todo el daño del pasado.

 

Selene sonrió un poco más, con más calma, y desvió la mirada hacia las profundas ojeras que marcaban el rostro de la joven.

 

—Pero intenta dormir un poco también, Eliana —le pidió con dulzura—. Mira cómo estás. Porque si ella abre los ojos y te ve así, agotada, enferma de cansancio… lo primero que hará, incluso antes de preguntar cómo está ella misma… será preocuparse por ti. Se regañará a sí misma por haberte causado esto. Y sabes que es verdad.

 

Eliana sintió cómo la garganta se le cerraba un poco, cómo se le llenaba de un nudo difícil de tragar, porque sabía que Selene tenía toda la razón, conocía a Anna ahora, la verdadera, la que había salido a la luz… y sabía que esa mujer sería capaz de despertar después de días en coma, débil, rota y al borde de la muerte, y aun así encontrar la forma de preguntar si los demás estaban bien, si los demás tenían lo que necesitaban, ella siempre se ponía la última. Siempre.

 

Selene apretó un poco más su hombro, dándole fuerza, antes de apartarse lentamente.

 

—Descansa un poco, aunque sea. Yo me voy.

 

Y con eso, caminó hacia la puerta, dejando atrás el calor de la habitación, antes de salir, miró una vez más a Anna, grabando su imagen en su memoria, y luego miró a Eliana, dejándole toda su confianza en esa última mirada.

 

Después la puerta se cerró lentamente, con ese sonido suave y definitivo, dejándolas solas otra vez.

 

Solas, tal como siempre querían estar al final del día.

 

La luz del atardecer ya casi había desaparecido por completo, y el cuarto estaba iluminado apenas por una pequeña lámpara de aceite colocada cerca de la cabecera, que proyectaba sombras suaves y cálidas por las paredes.

 

Eliana se acercó despacio, arrastrando la silla de madera hasta quedar justo al lado de Anna, como hacía todas las noches. Se sentó con lentitud, sin hacer ruido, sin romper la calma.

 

Después, con el cuidado de quien toca algo sagrado, tomó una de las manos de Anna entre las suyas, la entrelazó con sus dedos, sintió su forma, su peso.

 

Todavía estaba tibia.

 

Todavía tenía vida.

 

Todavía era real.

 

Eliana cerró los ojos un momento, apretando suavemente esa mano, dejando que ese calor le recorriera el cuerpo y le calmara el alma, lo hacía cada noche, como si necesitara asegurarse una vez más de que seguía ahí, de que no se había ido, de que no era un sueño todo lo que había pasado.

 

Durante varios minutos no dijo nada, se quedó simplemente respirando al mismo ritmo que ella, en silencio, no sabía qué decir, nunca sabía qué decir cuando estaba sola con ella.

 

Porque Anna era demasiado complicada, demasiado difícil de entender, de explicar, de encajar en una sola definición, y porque nadie, absolutamente nadie, había visto un cambio tan grande, tan profundo y tan doloroso como el que ella había visto ocurrir ante sus propios ojos.

 

Eliana conocía esa habitación.

 

La conocía demasiado bien.

 

Durante años, este había sido un lugar de miedo puro, un lugar de dolor, de lágrimas y de orgullo herido, un lugar donde ella entraba temblando, con el corazón en un puño, pensando en qué error había cometido ahora, en qué pequeña cosa habría molestado a la señora.

 

Y salía de aquí rota, humillada, sintiéndose menos que nada.

 

Cuántas veces había cruzado esa puerta con el miedo clavado en el pecho, cuántas veces había terminado llorando en un rincón después de escuchar la voz fría, cortante y cruel de aquella Anna de antes, cuántas veces había sentido que nunca podría escapar de ella, que siempre estaría atada a su sombra oscura.

 

Y después ocurrió aquel día.

 

El día de las escaleras.

 

El día que todo cambió para siempre.

 

El día en que, harta, asustada y desesperada, empujó a Anna. el día en que pensó que por fin iba a liberarse de todo aquello, que el monstruo había caído y que ella ya estaba a salvo.

 

Todavía podía recordarlo con detalle, recordaba el miedo inmenso que sintió al verla caer, recordaba la culpa que la devoró en cuanto escuchó el golpe, recordaba haber pensado que no importaba lo que pasara después, porque al menos, por primera vez en su vida, había intentado defenderse. Había dicho basta.

 

Y cuando supo que Anna había sobrevivido… cuando le dijeron que estaba viva pero malherida…

 

Creyó que su futuro ya estaba escrito, creyó que todo sería mil veces peor, creyó que la misma mujer cruel, arrogante y despiadada volvería a abrir los ojos, llena de rabia, buscando venganza, dispuesta a destruirla por completo.

 

Por eso, cuando volvió a entrar a esta habitación, cuando se atrevió a acercarse a la cama donde ella descansaba herida… tenía miedo. Mucho miedo.

 

Esperaba verla sonriendo de esa forma horrible que tanto le daba terror, esperaba escuchar insultos, amenazas, órdenes crueles, esperaba castigos terribles, humillaciones, el fin de su vida, esperaba volver a encontrar a la misma persona de siempre, la tirana, la dueña de todo.

 

Pero no vio eso.

 

Lo que encontró fue algo completamente distinto, algo que le rompió todos los esquemas.

 

Encontró a una muchacha rota.

 

Frágil.

 

Perdida.

 

Confundida.

 

Como si hubiera despertado sin entender quién era, dónde estaba o qué había pasado con su vida, como si la caída no solo le hubiera roto huesos, sino que hubiera destrozado también la armadura que llevaba puesta desde niña, dejando ver a la niña pequeña y asustada que siempre había estado ahí dentro.

 

Y eso fue lo que más la confundió, lo que más la desarmó, porque por primera vez, Anna parecía más asustada que ella.

 

Eliana abrió lentamente los ojos, volviendo al presente, a la luz tenue de la lámpara, seguía sujetando con fuerza la mano de Anna, esa mano que antes la hacía temblar y que ahora era su refugio.

 

—Desde ese día… —murmuró con la voz apenas temblando, casi un susurro contra la sábana— …quise saber si era real. Si ese cambio repentino, esa suavidad, esa culpa… si todo eso era verdad o solo una máscara nueva.

 

Bajó un poco la mirada, observando las venas finas, la piel pálida, las pequeñas cicatrices en las manos de la mujer que dormía.

 

—Quise saber si de verdad habías cambiado, o si solo estabas esperando a recuperarte para volver a ser la misma.

 

Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la mano de Anna, aferrándose a ella con amor y gratitud.

 

—Y no me arrepiento de haberme quedado. Ni un solo segundo.

 

Porque la vio.

 

Vio cómo Anna trabajaba sin descanso, cargando lo que nadie más quería cargar.

 

Cómo se preocupaba por cada enfermo, por cada anciano, por cada niño hambriento.

 

Cómo se destruía a sí misma, día tras día, noche tras noche, por personas que ni siquiera le debían nada, por personas que la odiaban.

 

Vio cómo cargaba culpas que no le correspondían, asumiendo errores de otros como si fueran suyos. Vio cómo seguía caminando incluso cuando ya no podía más, tambaleándose, con fiebre, agotada, pero siempre de pie.

 

Y sobre todo… vio a la mujer en la que Anna se estaba convirtiendo, una mujer fuerte, valiente, humilde, capaz de sostener a otros incluso cuando nadie la sostenía a ella. Capaz de darlo todo sin pedir nada.

 

Pero Eliana también sabía algo más. Algo que quizás los demás no veían, o preferían olvidar.

 

Sabía que Anna no era de piedra, sabía que por más que intentara aparentar fortaleza, por más que se hiciera la dura o la invencible… por dentro estaba llena de heridas, sabía que el mundo ya le había hecho caer muchas veces, y que podía volver a hacerlo.

 

Y por eso, lentamente, arrastró la silla aún más cerca de la cama, hasta que sus rodillas tocaron la madera. No soltó su mano. Nunca la soltaba.

 

—No eres de piedra… —susurró mientras bajaba la cabeza hasta apoyar suavemente la frente sobre el borde de la cama, muy cerca de la mano de Anna, sintiendo su calor—. Y no quiero que sigas intentando serlo. No tienes que ser fuerte siempre. No tienes que cargar todo tú sola.

 

Su voz se quebró apenas, ahogada por la emoción que la desbordaba.

 

—Porque si este mundo vuelve a querer romperte… si la gente vuelve a fallarte… si la soledad vuelve a buscarte…

 

Cerró los ojos con fuerza, imaginando cualquier mal que pudiera tocarla. Y apretó un poco más la mano de Anna entre las suyas, sellando una promesa eterna.

 

—Entonces quiero ser yo quien te sostenga. Yo. Te lo debo. Y te lo daré.

 

La noche siguió avanzando, lenta y tranquila. El castillo entero estaba en silencio, sumido en el descanso y la espera. Solo se escuchaban pasos lejanos de algunos guardias que patrullaban los pasillos, el viento suave que entraba por las ventanas entreabiertas, y el murmullo ocasional de las sirvientas que todavía seguían trabajando en las cocinas o los pasillos.

 

Y allí, en la penumbra, Eliana se quedó dormida así: sentada, inclinada hacia ella, con la mano de Anna atrapada entre las suyas, dispuesta a ser su apoyo cuando al fin decidiera volver.

 

En el pasillo, justo frente a la puerta cerrada de la habitación de Anna, Garoum seguía sentado en el suelo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada pesadamente contra la pared de piedra fría. Su postura seguía siendo rígida, vigilante, la de un soldado en guardia… pero incluso él, acostumbrado a las noches sin dormir y a las vigilias largas, después de tantos días sin descansar bien, comenzaba a ceder ante el cansancio.

 

Su cabeza caía de vez en cuando hacia el pecho, vencida por el sueño. Sus ojos se cerraban apenas unos segundos, perdía el foco, se alejaba de la realidad… y luego volvía a abrirlos de golpe, con un movimiento brusco y casi violento, como si se negara a permitirse descansar ni un solo instante. Como si creyera que, si cerraba los ojos, aunque fuera un minuto, ella podría desaparecer.

 

Hasta que alguien apareció frente a él, recortada por la luz tenue de los candelabros.

 

Selene.

 

La mujer lo observó durante unos segundos, con una mezcla de ternura y severidad, viendo cómo luchaba contra su propio cuerpo, viendo lo agotado que estaba. Y después, sin previo aviso, sin decir una palabra, le dio un golpe seco en el costado con la punta del pie, fuerte suficiente para despertarlo, suave suficiente para no herirlo.

 

Garoum abrió los ojos de golpe, despertando de golpe, la mano fue instintivamente hacia el lugar donde llevaba su espada, aunque ahora iba desarmado.

 

—¿Qué demonios…? —gruñó, confundido y adormilado, mirando a todos lados buscando un peligro que no existía.

 

—Vete a dormir —dijo Selene con los brazos cruzados, mirándolo con firmeza, sin dejar espacio a discusiones.

 

Garoum frunció el ceño con fuerza, recuperando su terquedad habitual.

 

—No.

 

—Garoum —repitió ella, con tono de orden.

 

—No me voy a mover de aquí —afirmó él, volviendo a recostar la espalda contra la pared, cruzando los brazos de nuevo como si fuera a echar raíces ahí mismo.

 

Selene soltó un suspiro largo, profundo, cargado de cansancio compartido.

 

—Llevas días sin dormir bien. Sin comer bien. Sin descansar nada.

 

—No importa.

 

—Sí importa —le replicó ella, bajando un poco la voz pero manteniendo la firmeza—. Importa mucho.

 

Garoum apartó la mirada, clavándola en la madera de la puerta, y su voz se volvió más baja, más vulnerable.

 

—Si despierta… si abre los ojos y me busca… quiero estar aquí. Quiero ser el primero en saberlo.

 

—Si despierta y te ve con esas ojeras horribles, con esa cara de muerto viviente y ese agotamiento que se te cae a pasos… lo primero que hará será preocuparse por ti —lo interrumpió Selene, acercándose un paso más—. Y sinceramente, bastante tiene ya ella con lo que ha pasado. No necesita levantarse y tener que cuidarte a ti también.

 

Garoum guardó silencio, las palabras de ella golpearon justo en el punto débil que tenía, porque sabía que tenía razón. Conocía a Anna.

 

Selene se acercó un poco más, bajando la mirada hacia él.

 

—Yo me quedaré aquí. Te lo prometo. No me moveré. Si pasa algo, si hace el menor ruido, si abre un ojo… vendré a buscarte o te gritaré desde aquí mismo. Confía en mí.

 

Él dudó.

 

Miró la puerta cerrada, esa barrera que lo separaba de ella, miró a Selene, vio la sinceridad y la determinación en sus ojos, y al final, rindiéndose ante la evidencia de que no servía de nada agotarse hasta enfermar, soltó un gruñido bajo, profundo, de pura resignación

.

—Solo unas horas. —Puso una condición, señalándola con un dedo enorme—. Si pasa algo antes… ve a buscarme… por favor.

 

Selene sonrió apenas, una sonrisa pequeña y triste.

 

—Claro. Ve.

 

Garoum se puso de pie lentamente, con pesadez, le costó más de lo que le habría gustado admitir enderezar el cuerpo y dar los primeros pasos. Se sentía pesado, viejo, agotado hasta los huesos, y después comenzó a caminar por el pasillo, arrastrando los pies, todavía refunfuñando por lo bajo, maldiciendo en voz baja al mundo, al sueño y a sí mismo por tener que irse.

 

Selene lo observó alejarse hasta que su figura desapareció al doblar la esquina, solo entonces desvió la mirada hacia la puerta de la habitación de Anna, se apoyó en el mismo lugar donde él había estado antes, cruzó los brazos y se quedó ahí, en silencio, alerta, esperando.

 

A la mañana siguiente, la luz suave y dorada del sol entraba con delicadeza por la ventana de la habitación, iluminando el polvo que flotaba en el aire y bañando todo con una calma nueva.

 

Dentro, Eliana seguía dormida en la silla junto a la cama, tal como se había quedado la noche anterior, su cabeza descansaba inclinada hacia un lado, cerca del brazo de Anna, casi apoyada sobre la sábana, y una de sus manos seguía sujetando con fuerza la de ella, entrelazando sus dedos, aferrándose a ese calor vital.

 

No la había soltado en toda la noche. 

 

Ni siquiera dormida. Ni siquiera en sueños.

 

Todo estaba en silencio, un silencio dulce, tranquilo, que parecía durar una eternidad.

 

Hasta que Eliana sintió algo, un movimiento leve, un temblor pequeño, tan diminuto, tan ligero, que al principio creyó que había sido parte de un sueño, una fantasía creada por su propia mente que deseaba con toda su alma que eso ocurriera.

 

Sus dedos se tensaron un poco alrededor de la mano ajena, todavía medio dormida, con los párpados pesados y la mente nublada, abrió apenas los ojos, entrecerrándolos contra la luz del sol.

 

Miró sus manos unidas.

 

Miró la mano pálida de Anna entre las suyas.

 

Esperó.

 

Y por unos segundos largos, no pasó nada.

 

El silencio volvió a reinar.

 

Eliana parpadeó lentamente, confundida, pensando que tal vez había imaginado todo, pensó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada, que su deseo era tan fuerte que su cerebro inventaba señales que no existían.

 

Pero entonces lo sintió otra vez.

 

Otro pequeño movimiento.

 

Esta vez más claro.

 

Más definido.

 

Más real.

 

Un apretón suave. Una respuesta.

 

Eliana levantó la vista de golpe, el sueño desapareciendo de ella en una fracción de segundo, clavando los ojos en el rostro de Anna.

 

Y lo vio.

 

Las pestañas largas y oscuras de Anna temblaron levemente bajo la luz del sol. Una vez. Y después otra, con más fuerza, como si lucharan contra la pesadez que las mantenía cerradas.

 

Los labios de Eliana se entreabrieron, formando un círculo perfecto de sorpresa y esperanza, su respiración se detuvo por completo, se le quedó atascada en la garganta, temblando.

 

Y lentamente…Muy lentamente…Con un esfuerzo que parecía inmenso…

 

Los ojos de Anna comenzaron a abrirse.

 

Eso fue suficiente.

 

Fue el único aviso que necesitó.

 

—¡¡ANNA!! —gritó Eliana con una voz tan fuerte, tan aguda y tan rota de felicidad y alivio, que el sonido resonó por todo el pasillo, atravesando las paredes y despertando a todo el que estuviera cerca.

 

Afuera, Garoum, que se había quedado dormido sentado en un rincón un poco más lejos de lo que pensaba admitir, se cayó de la silla de golpe al escuchar ese grito, golpeando el suelo con un estruendo.

 

—¡¿Qué pasó?! —rugió mientras se levantaba casi tropezando consigo mismo, sacando fuerzas de donde ya no tenía, el corazón golpeándole las costillas como un martillo.

 

Pero en cuanto reconoció la voz de Eliana, en cuanto entendió lo que ese grito significaba, su corazón se detuvo un segundo, se le cayó el alma a los pies y al mismo tiempo una alegría inmensa lo llenó todo.

 

Y corrió.

 

Corrió como un loco por el pasillo, con pasos pesados y rápidos, llegando a la puerta y entrando a la habitación tan rápido que casi derribó la hoja de madera al empujarla.

 

Y ahí estaba.

 

En medio de la luz del sol, con el cabello esparcido sobre la almohada, los ojos todavía entrecerrados por la luz y el sueño, pero abiertos. Con una expresión confundida, suave, viva.

 

Anna.

 

Despierta.

Thoughts

  • Ovid

    Que los nobles que huyeron vuelvan justo cuando ya no hay peligro, y que Demian les ofrezca quedarse hasta que Anna despierte, me hizo pensar en lo peligrosa que puede ser una cortesía así. Apuesto a que esa invitación les va a pesar más que la pared rota, y que Naera no se queda callada mucho tiempo. Gracias por seguir con esta historia!

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  • mvillar74

    Lyra llamándole bebé grandote y llorón a Garoum en el pasillo, hombre, qué risa. ¿Llegó a escuchar lo que le dijo a Anna dentro?

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  • DigitalMaster

    Votar a favor, porque esta interesante y entretenida.

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  • DigitalMaster

    Que maravilla, sigue asi🙂👍

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