Gael regresó al aula unos minutos después. Apenas cruzó la puerta, varias compañeras levantaron la vista al mismo tiempo.
—¡Ya volvió!
—¿Qué quería la profesora Selene?
Gael tomó asiento junto a Elara.
—Nada importante. Solo quería hablar conmigo un rato.
Antes de que alguien pudiera seguir preguntando, la campana resonó con fuerza por todo el edificio.
¡Dooong!
Elara sonrió de inmediato.
—Es la hora del almuerzo.
Gael levantó el cabeza sorprendido.
—¿Ya tan rápido?
—Sí.
Varias alumnas comenzaron a recoger sus cosas y ponerse de pie. Gael también se levantó y, casi sin darse cuenta, sonrió con ganas.
—Perfecto. Ya tengo hambre de verdad. La verdad es que tenía muchas ganas de probar la comida de esta academia.
Elara lo miró con curiosidad.
—¿Nunca has visto el comedor? ¿No has ido todavía?
Gael se quedó quieto un instante, pensando.
—Ahora que lo dices… desde que llegué solo he estado en mi habitación, la biblioteca o entrenando. Siempre me traía la comida Lin.
Las chicas se miraron entre sí y empezaron a sonreír con complicidad.
—Entonces… te vas a llevar una sorpresa enorme.
Gael arqueó una ceja.
—¿Eh? ¿Tan bueno es?
—El comedor de Saint Aurora no se parece a nada que hayas visto —dijo una—. Cuando lo veas lo entenderás.
Nadie le dio más explicaciones; simplemente empezaron a empujarlo suavemente hacia la puerta.
—¡Vamos, vamos!
—¡Date prisa antes de que se llene todo!
—¡Oigan, no me empujen tanto!
Entre risas prácticamente lo arrastraron por los pasillos, recorriendo corredores amplios y bajando una escalinata de piedra muy ancha, hasta llegar frente a unas puertas dobles de madera y bronce que parecían más grandes que las de la entrada principal.
Al abrirse lentamente, Gael dio un paso hacia adentro… y se quedó completamente inmóvil.
Parpadeó una vez.
Dos veces.
Y hasta se frotó los ojos con los dedos, como si quisiera asegurarse de que no estaba soñando.
—Esto… no puede ser un comedor —murmuró.
Ante él se extendía un salón inmenso, digno de los salones reales que había visto en los libros. Columnas altísimas de mármol blanco sostenían un techo cubierto de vitrales de colores, por donde caía la luz del mediodía bañando todo de tonos dorados y azules. Lámparas de cristal colgaban a gran altura, y largas mesas de madera oscura, impecablemente ordenadas, ocupaban casi todo el espacio. Al fondo, unos ventanales enormes dejaban ver los jardines verdes y brillantes bajo el sol. Todo brillaba con una elegancia que le hacía sentir fuera de lugar.
Gael volvió a mirar de un extremo a otro, luego se frotó los ojos otra vez.
—¿Seguro que no nos equivocamos y entramos al castillo de algún rey?
Las chicas estallaron en risas. Elara le miró con una sonrisa divertida.
—¿Qué te parece?
Gael tardó unos segundos en responder, todavía atónito.
—Sinceramente… creo que prefiero comer en el patio. Allí seguro que no hay tanto lujo.
Dio media vuelta dispuesto a salir, pero no llegó a dar ni un paso: varias manos lo sujetaron del brazo y del hombro al mismo tiempo.
—¡Ni se te ocurra!
—¡Después de venir hasta aquí no vas a escapar!
—¡Oigan, suéltenme!
Fue inútil. Entre todas lo acompañaron hasta una de las mesas más amplias y lo sentaron con suavidad. Gael soltó un largo suspiro mientras se acomodaba.
—Aquí nadie respeta la opinión de nadie…
—No —respondieron varias al mismo tiempo, y volvieron a reír.
Elara colocó frente a él una carpeta elegante con el menú.
—Mira, pide lo que quieras.
Gael lo abrió despacio. Leyó la primera página. Luego la segunda. Después la tercera. Y cada vez su expresión se volvía más confundida.
—¿Qué nombres son estos? —preguntó señalando con el dedo—. ¿“Filete de wyvern con reducción de hierbas alpinas”? ¿“Risotto de hongos lunares”? ¿“Estofado de jabalí escarlata”?
Cerró el menú lentamente y lo dejó sobre la mesa.
—No entendí absolutamente nada. Nunca he escuchado ninguno de esos nombres.
—¿Entonces qué vas a hacer? —preguntó una chica con una sonrisa.
Gael miró a Elara directamente a los ojos.
—No me voy a complicar. Elara, tú pídeme algo que creas que me va a gustar.
Ella parpadeó sorprendida.
—¿Confías en mí así de fácil?
—Claro —respondió él con total naturalidad—. Hasta ahora no me has dicho ni hecho nada malo. Así que confío en tu criterio.
Elara sonrió con una mezcla de alegría y satisfacción.
—Está bien. Déjamelo todo a mí.
Mientras las demás empezaban a pedir sus platos, Gael levantó la vista despacio y recién entonces se dio cuenta de algo: el comedor no estaba en silencio, pero todas las miradas… absolutamente todas, iban dirigidas hacia él. Alumnas de primero, segundo y tercer año; incluso algunas profesoras que pasaban cerca miraban con curiosidad. Algunas hablaban en voz baja señalándolo, otras fingían mirar a otro lado pero no dejaban de observarlo de reojo.
Una gota de sudor le recorrió la frente. Se inclinó un poco hacia Elara y le habló casi susurrando:
—Creo que… me están mirando demasiado.
Elara siguió con lo suyo con total tranquilidad.
—Sí, lo hacen.
—¿Y así lo dices tan tranquila?
Ella levantó la vista y sonrió.
—¿Qué esperabas? Eres el primer y único alumno varón en toda la historia de Saint Aurora. Era obvio que serías el centro de atención.
Gael dejó caer la cara sobre la mesa con un golpe suave.
—Ya quiero volver a la biblioteca… allí nadie me mira.
Las chicas que estaban a su lado no pudieron aguantarse más y soltaron una risa cariñosa. Y en ese momento, Gael comprendió del todo: quisiera o no, había dejado de ser un chico cualquiera para convertirse en la mayor curiosidad de toda la academia.
Akane y Anastasia caminaban tranquilamente por los pasillos rumbo al comedor.
—Tengo hambre... —murmuró Anastasia mientras estiraba los brazos con pereza.
—Después de toda la mañana de clases, yo también —respondió Akane con una sonrisa.
Al llegar a las enormes puertas dobles del comedor, ambas entraron con total naturalidad. Sin embargo, apenas dieron dos pasos dentro... las dos se quedaron completamente inmóviles, con la mirada fija en el centro del salón.
—¿Eh...? —susurró Akane, sin dar crédito a lo que veía.
—...No puede ser... —añadió Anastasia entre dientes.
Justo en medio del comedor, colgando del techo y sujeto boca abajo por ambos tobillos, estaba Gael.
—¡¡Bájenmeeeee!! —gritaba, balanceándose lentamente de un lado a otro como un péndulo humano.
A su lado permanecía de pie Lin, la sirvienta personal de Akane, sosteniendo una delgada cuerda entre las manos con absoluta tranquilidad. Al notar la llegada de su señora, realizó una elegante reverencia sin soltar la cuerda.
—Señorita Akane.
Akane respondió casi por inercia.
—Hola, Lin... —pero inmediatamente volvió a mirar hacia arriba—. ...¿Qué está pasando aquí?
Lin levantó la vista hacia el muchacho suspendido en el aire, luego volvió a mirar a Akane y sonrió. Era una sonrisa amable, educada y perfecta... pero había algo en ella que hacía erizar la piel: la sonrisa contenida de alguien que está furiosa, y que toda esa ira iba dirigida a una sola persona.
Gael tragó saliva al verla sonreír así.
—Akane... ayúdame... por favor...
—¿Por qué lo tienes así? —preguntó Akane, recuperando el habla.
Lin respondió con calma inalterable.
—Oh, no es nada importante. Simplemente... se lo merece.
—¡No es verdad! —gritó él desde arriba.
—Sí lo es.
—¡Fue sin querer!
—Eso no cambia el resultado.
Akane y Anastasia intercambiaron una mirada totalmente confundida.
—¿Qué ocurrió exactamente?
Antes de que Lin pudiera añadir algo, una voz muy bajita sonó junto a ellas.
—Yo lo vi todo...
Ambas giraron la cabeza: era Elara, que se había acercado discretamente.
—¿Qué pasó?
Elara suspiró y comenzó a contar.
—Bueno... todo empezó mientras estábamos almorzando...
[UNOS MINUTOS ANTES]
Gael comía con un entusiasmo contagioso, disfrutando cada bocado como si fuera el mejor manjar del mundo.
—¡Está delicioso! —decía con la boca llena.
Sus compañeras sonreían al verlo tan contento, pero poco a poco empezaron a notar detalles: la forma en que agarraba los cubiertos, su postura en la silla, la manera en que tomaba los alimentos. Todas se miraron entre sí con duda.
—¿Se lo decimos?
—No... qué vergüenza...
—Pero está haciendo todo al revés...
—Pobre... no sabe ni la mitad.
Nadie quiso interrumpirlo, y Gael seguía ajeno a todo... hasta que el ambiente se volvió extraño. Elara levantó la vista y sintió un escalofrío: justo detrás de él había aparecido una figura silenciosa e inmóvil. Era Lin, observándolo fijamente con una sonrisa que daba mucho miedo.
Gael dio un salto cuando su voz sonó a sus espaldas.
—...Señor Gael.
—¿Eh? —giró despacio.
Lin lo miró unos segundos.
—¿Podría explicarme qué está haciendo?
Gael miró su plato, luego sus manos y volvió a verla con total naturalidad.
—Comiendo.
Lin cerró los ojos y respiró hondo.
—No. Lo que usted está haciendo es un atentado contra toda norma de etiqueta en la mesa.
El comedor entero quedó en silencio.
—¿Etiqueta? —preguntó él, confundido.
—Aquí se enseña mucho más que magia —explicó ella con severidad—. También modales, comportamiento, educación y protocolo. Hasta ahora no lo había notado porque solo le llevaba la comida a su habitación y me retiraba... pero hoy lo he visto comer.
Gael se sintió incómodo.
—Bueno... yo siempre he comido así.
—Precisamente —sonrió Lin—. Por eso, a partir de hoy, yo misma me encargaré de enseñarle.
—No hace falta, en serio... —alzó las manos él.
—Sí hace falta.
—De verdad que no...
—No acepto negativas.
Gael comprendió al instante que esa discusión estaba perdida. Lin hizo una pequeña reverencia.
—Permítame retirarme. Prepararé un plan de estudios adecuado para usted.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse. Gael soltó un suspiro de alivio sin pensar en lo que decía:
—Uf... qué susto... aunque... si sonriera más seguido... sería mucho más hermosa.
...
Silencio absoluto.
...
Gael parpadeó una, dos veces, dándose cuenta demasiado tarde de lo que acababa de soltar. Muy despacio, Lin se detuvo, giró solo la cabeza y preguntó con voz que parecía cortar el aire:
—...¿Qué... acaba... de decir?
Un escalofrío helado recorrió todo el cuerpo de Gael.
—Ah... no... eso no debía decirlo...
Lin ya había sacado una espada corta y elegante de entre sus ropas. Su sonrisa seguía ahí... pero ahora era infinitamente más aterradora.
—Repítalo.
—Mejor no... —empezó a retroceder él.
—Repítalo.
—Fue un error...
—¡Repítalo!
—¡¡Perdón!!
Al segundo siguiente, Gael salió corriendo por todo el salón.
—¡¡Auxiliooooo!!
Lin lo perseguía con una elegancia mortalmente tranquila.
—¡No huya! ¡Solo quiero hablar!
—¡¡Con una espada en la mano no parece una conversación normal!!
Las alumnas miraban fascinadas cómo él esquivaba mesas y columnas sin que ella lograra tocarlo, hasta que finalmente... el resultado fue el que todos veían ahora.
[PRESENTE]
Elara terminó de contar. Anastasia miró hacia arriba, luego a Lin y finalmente de nuevo a Gael, suspirando con resignación.
—...Te lo buscaste.
Akane se llevó una mano a la frente.
—Gael... ¿de verdad le dijiste eso?
—¡Fue sin pensar! —se defendió él, todavía colgado—. ¡Solo dije lo que pensé en ese momento!
Lin acomodó sus guantes de seda con calma.
—Precisamente. Ese es el problema.
Gael dejó caer los hombros.
—...Creo que esta vez sí fue culpa mía.
Todo el comedor estalló en carcajadas. Y por alguna razón que él mismo no alcanzaba a entender, esa ya era la tercera vez desde que llegó a Saint Aurora que terminaba suspendido en el aire... o muy cerca de lograrlo.
Las carcajadas tardaron unos segundos en apagarse por completo. Gael seguía colgado boca abajo, balanceando levemente los brazos con resignación.
—¿Ya se divirtieron suficiente...?
Akane recuperó la compostura y miró a su sirvienta.
—Lin.
—¿Sí, señorita Akane?
—Ya es suficiente. Bájalo.
—Como ordene.
Lin aflojó la cuerda con un movimiento rápido y preciso.
—¡¡E-E-E-ESPERA!!
Gael cayó de golpe sobre el suelo de piedra.
—¡Ay! —se quedó unos instantes boca abajo antes de incorporarse lentamente, sobándose la cabeza y la espalda—. Eso dolió...
Lin hizo una reverencia perfecta.
—Considérelo parte de la lección.
Gael la miró con la boca abierta, indignado, pero Akane intervino cruzándose de brazos:
—Eso sí: puedes ser todo lo estricta que consideres necesario durante las clases de etiqueta.
Anastasia asintió con firmeza.
—Creo que realmente las necesitas.
Lin sonrió con elegancia.
—Será un honor enseñarle.
—¡¿Cómo que un honor?! —exclamó Gael señalándose a sí mismo—. ¡Ya tengo las clases normales! ¡Y entreno con Selene-sensei hasta quedar agotado! ¡Y encima ahora esto! —suspiró dramáticamente—. ¡No me quedará tiempo ni para respirar!
Las tres lo miraron en silencio un instante, y respondieron al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado:
—Te lo mereces.
Gael se quedó petrificado. Miró a una, luego a otra, y finalmente a Lin. Ninguna bromeaba. Sus hombros cayeron derrotados, infló las mejillas con un enorme puchero y dijo con voz entrecortada:
—Las odio...
Se dio media vuelta y salió corriendo del comedor.
—¡No quiero ver a ninguna!
Desapareció por la puerta igual que un cachorro regañado que huye con la cola entre las patas.
El silencio volvió al salón. Anastasia fue la primera en romperlo:
—Creo que esta vez sí logramos que se sintiera mal.
Akane suspiró largamente mirando la puerta vacía.
—No quería molestarlo... pero es que no conoce nada de este mundo. Si nadie le enseña ahora, más adelante podría meterse en problemas de los que no podrá salir tan fácilmente.
Lin seguía observando hacia donde se había ido. Su expresión seguía impecable y serena... pero por un brevísimo instante bajó la mirada.
“Tal vez... fui demasiado dura con él...”
No dijo nada en voz alta, pero Akane, que la conocía desde niña, leyó ese gesto a la perfección. Le dedicó una sonrisa suave.
—No te preocupes. Mañana se le pasará.
Lin asintió, aunque en el fondo esperaba sinceramente que su señora tuviera razón.
Más tarde, cuando la tarde empezaba a dar paso al atardecer, el viento soplaba suavemente sobre los tejados de la academia. En la torre más alta de todas, Gael estaba sentado en el borde del techo, abrazando sus rodillas contra el pecho y apoyando la barbilla sobre ellas. Miraba el agua tranquila del gran lago que rodeaba el edificio.
Refunfuñaba bajito para sí mismo:
—Siempre terminan regañándome... —soltó un suspiro pesado—. Aunque... supongo que tienen razón.
Miró el reflejo dorado del sol sobre la superficie del agua.
—Yo solo quería estudiar tranquilo... conocer este lugar... y con suerte, recuperar algo de lo que olvidé.
Escondió el rostro entre sus brazos cerrados, y sin darse cuenta, su mente se llenó de un recuerdo nítido y cálido:
—¡Ay!
Un golpe suave con el bastón le dio justo en la coronilla.
—Concéntrate, Gael.
El chico de doce años se sobaba la cabeza con una mueca. Frente a él, el anciano que le había dado un hogar sostenía un libro abierto.
—Vuelve a leer esa línea despacio.
Gael miró las letras con esfuerzo.
—Lo intento... pero cuesta mucho. No sé nada de nada...
El anciano soltó una risita tranquila.
—Claro que cuesta. Aprender nunca es fácil, y menos cuando empiezas de cero.
Se apoyó mejor en su bastón y lo miró con ternura.
—Y precisamente por eso quiero enseñarte. Ya soy muy viejo... y no creo que me quede mucho tiempo aquí.
Las manos del chico apretaron el libro contra su pecho.
—Hace meses que dejaste de ser un desconocido para mí —continuó el anciano—. Ahora eres mi familia. Y quiero asegurarme de que, cuando yo ya no esté, sepas cuidarte solo.
—Lo sé —susurró él—. De verdad lo intento, pero a veces me siento torpe.
El anciano le acarició el cabello con la mano libre.
—También debes aprender esto: las personas que realmente te quieren son las que más te exigen. No por hacerte daño, sino porque quieren que aprendas todo lo que te falta. Si a nadie le importaras... simplemente te dejarían hacer lo que quisieras y no te dirían nada.
Gael se quedó pensativo unos segundos y luego levantó la mirada:
—Lo entiendo... pero... ¿podrías pegarme un poquito menos con el bastón?
El anciano levantó el bastón con una sonrisa traviesa.
—¿Ah, sí? ¿Entonces prefieres otro golpe para que se te quiten las quejas?
—¡¡No, por favor!! —gritó cubriéndose la cabeza con los brazos, y al ver al abuelo reír, él también terminó riéndose a carcajadas.
El recuerdo se desvaneció lentamente. Gael abrió los ojos de nuevo, miró el horizonte donde el sol comenzaba a ocultarse y una pequeña sonrisa triste pero sincera se dibujó en sus labios.
—Te extraño muchísimo... abuelo —susurró tan bajito que solo el viento pudo llevarse sus palabras.