Está aclarando el alba cuando vuelvo a casa.
Entro tratando de no hacer ruido y entonces lo veo. El abuelo camina hacia el fondo, de trancos cortos, con esos pasos suyos que los años fueron haciendo lentos, como si ya no tuviera ningún apuro por llegar a ninguna parte.
Al fondo de la casa tenemos un lugar con arboleda. Hay pinos, jacarandás, algarrobos y paraísos, entre otros. Algunos están ahí desde antes de que yo naciera. Otros los vi crecer sin prestarles demasiada atención.
El abuelo va hacia ellos.
Me quedo observándolo.
Él no me ve.
El alba empieza a largar sus primeros rayos y apenas alcanza para distinguir su figura entre los árboles. Camina despacio y lleva una pala en la mano derecha afirmandola en cada paso como si fuera un bastón.
No sé por qué, pero no lo llamo.
Me quedo quieto, mirándolo como quien observa una obra de arte.
Vengo del boliche con unas copas encima. No estoy borracho. O por lo menos no tanto como para no comprender lo que estoy viendo. Quizás sea justamente el alcohol, o el cansancio de toda la noche, lo que hace que aquella escena tan sencilla me parezca extraña.
El abuelo elige un lugar. Clava la pala. Empieza a cavar.
Es un pozo pequeño. Nada importante. Una palada, después otra. Se detiene de vez en cuando, corre la tierra con el pie y vuelve a hundir la pala.
Yo sigo ahí.
Fijo. Anonadado. No sé por qué.
Entonces recuerdo que es domingo. Domingo a la mañana. Y, como si una cosa llamara a la otra, me llega a la boca ese gusto que uno reconoce antes de probarlo; una memoria hecha sabor, un deseo que se despierta solo. El mate todavía no está ahí, pero ya puedo sentirlo. Y me entran unas ganas tremendas de cebar uno.
El abuelo termina de acomodar el pozo y mete una mano en el bolsillo.
Saca algo.
—¡Abuelo!
Se da vuelta.
Entrecierra los ojos buscando de dónde vino la voz y, cuando me reconoce, sonríe.
—Hola, hijo. ¿Volviste bien? No estás borracho, ¿no?
—No, abuelo. Estoy bien.
Miro la pala. Después miro el pozo.
—¿Querés un mate?
—Bueno, dale.
—¿Qué estás por hacer?
El abuelo mira hacia el suelo, como si la respuesta estuviera allí.
—Estoy por plantar estas semillas de fresno, que no tenemos en casa.
No digo nada. Entro a la casa.
Pongo agua en la pava y la dejo calentando. Busco el mate, echo la yerba y mientras hago todo eso sigo pensando en la imagen del viejo allá afuera, con la pala en la mano y un pequeño pozo abierto en la tierra.
Tiene ochenta y cinco años.
Ochenta y cinco.
Miro la pava, esperando que el agua se caliente más rápido, como si bastara con desearlo. Tanto en tanto, miro por la ventana y dejo que la mañana avance despacio.
Mientras algo cambia.
Una inquietud, pequeña al principio, comienza a crecerme adentro. Siento que estoy perdiendo tiempo. No sé por qué, pero de pronto tengo apuro.
El abuelo sigue ahí.
Y entonces aparece, otra vez, aquella pregunta que no consigo apartar de mi cabeza.
Quiero saber por qué.
Quiero saber por qué una persona de ochenta y cinco años todavía tiene ganas de plantar un árbol que no verá crecer.
Miro la pava.
Todavía falta.
Que lento se calienta el agua.
QUE LENTO SE CALIENTA EL AGUA
Está aclarando el alba cuando vuelvo a casa. Entro tratando de no hacer ruido y entonces lo veo. El abuelo camina hacia el fondo, de trancos cortos, con esos pasos suyos que los años fueron haciendo…
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PermalinkUn nieto que vuelve de la noche y, en vez de irse a dormir, pone la pava mientras el abuelo planta un fresno porque en casa no había ninguno. Apuesto a que la pregunta del final ya tiene media respuesta en lo que hace el propio nieto: cebarle un mate a alguien también es plantar algo pequeño. Gracias por subirlo, Tux!
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PermalinkMi abuela también plantaba cosas que sabía que no iba a ver, un aguacate en el patio que ahora da más de lo que comemos. Ella decía que no era para ella, y ya.
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