La primera vez lo sentí, según recuerdo, fue una tarde de taller de ajedrez.
No me gustaba ir a casa temprano, así que me esforzaba en alargar mi lista de tareas para mantenerme en el colegio el mayor tiempo posible. Todos lo sabían, adultos que me miraban pasear en el patio, sentarme en las gradas a ver a los demás jugar en el taller de deporte, subir las escaleras como si algo me esperara en los pisos de arriba, mirar el colegio desde el tercer piso como si fuera la reina del mundo.
Recuerdo una sonrisa, arrugas en la frente y bajo los ojos, barba de un par de días sin afeitar, cabello oscuro a pesar de la edad y ropa deportiva. Manos grandes, bronceadas y lastimadas, víctimas de la profesión del deporte, moviendo piezas de ajedrez blancas, porque mis favoritas eran las negras y yo siempre jugaba con ellas.
Él sabía que me ganaría en cada partida, porque siempre hacía la misma jugada pero nunca me enseñaba como vencerla.
—Jaque pastor— decía él, encerrando a mi rey.
Yo le reclamaba, me picaba y volvía a poner las piezas en su lugar, ignorante de que al partir por las piezas blancas, él siempre tendría la ventaja.
Daban las seis de la tarde y se despedía la inspectora general, él miraba su reloj, arrugaba la frente y miraba alrededor. Sentados en el borde del patio vacío, la cancha con balones repartidos (víctimas del equipo de fútbol y vóley que no quisieron esforzarse en guardarlos porque sabían que él lo haría), los pisos ausentes y gradas en silencio, yo esperaba que moviera la pieza.
—Deberías irte ya, es tarde —decía él, comenzando a guardar las piezas en su caja, en contra de mi voluntad, sin comenzar la jugada.
—¿Por qué? —me quejaba yo, sin querer tomar mi mochila, haciendo un puchero, queriendo verme bonita y convincente. Inútilmente.
Él solo negó de un lado a otro, porque no le parecería bonita jamás una niña como yo.
A él le parecía bonita una mujer como mamá. Con cabello canoso tinturado, sonrisa pintada de labial rojo y ojos que decían que había vivido lo suficiente, porque mamá había vivido lo suficiente, igual que él. Mi pelo, muy a mi pesar, era natural, no me dejaban ponerme labial y mis ojos solo decían que jamás había vivido algo.
"Porque sería raro que un profesor se quede solo con una alumna en el colegio."
Algo así dijo, no lo recuerdo bien. Pero sé que me quedé callada y le hice caso. Siempre le hacía caso, porque me trataba bien y desde hace años lo conocía. Y si él lo decía, era por algo. Pero ese algo se sintió mal enseguida. No por peligro, porque sabía que jamás estaría en peligro ni ahí ni con él, más bien de algo oscuro bajo mis narices que yo no sabía cómo oler. Un cartel de "cuidado" en medio de la neblina, donde no se ve peligro. Querer encender la luz sin saber que estás dejando el gas encendido. No sentía el riesgo porque no conocía tal.
Me colgué la mochila al hombro y caminé a la salida. Él me siguió, caminando dos pasos más allá, diciendo que me cuidara camino a la casa, que era peligroso que me fuera del colegio tan tarde, que para la próxima me fuera más temprano. Fingiendo que no se aseguraba de que en verdad saliera del colegio y no me quedara rondando las oficinas, porque ya lo había hecho antes.
Yo me alegré porque me decía que me cuidara, que se preocupaba por mí, que habría una próxima vez y porque me acompañaba a la salida como un caballero escolta a una dama.
Me demoré mucho rato en llegar a mi casa, porque me quedé mirando desde la reja del patio, desde fuera, como guardaba las pelotas de fútbol y voley, desarmaba la red y se aseguraba de dejar cerrada la bodega del patio.
Me fui corriendo cuando lo ví caminar a la salida, comiéndome las ganas de preguntarle por qué estaba mal que me quisiera quedar con él más tiempo ahí, por qué sería raro y por qué él no me quería.