Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 47: Rivales de antaño

DNavarrete
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 4 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La enfermería de la Academia estaba envuelta en una calma reconfortante. La luz dorada del mediodía se filtraba por los grandes ventanales, bañando el blanco impecable de las paredes y difundiendo…

En series

In groups

Contenido de la publicación

La enfermería de la Academia estaba envuelta en una calma reconfortante. La luz dorada del mediodía se filtraba por los grandes ventanales, bañando el blanco impecable de las paredes y difundiendo en el ambiente el aroma suave y herbal de las pociones curativas. Era un refugio de paz, muy lejos del caos y la oscuridad que habían sacudido el aula horas atrás.

 

Anna permanecía sentada al borde de una de las camas, con las manos extendidas frente a ella. Ambas estaban cubiertas por vendas limpias y ajustadas; no eran heridas graves, apenas quemaduras superficiales provocadas por el descontrol brutal de su propia magia, pero eran suficientes para recordarle, con cada ligero movimiento, lo cerca que había estado de perderlo todo.

 

Frente a ella, Eliana terminaba de acomodar el último vendaje con movimientos precisos y firmes. La curandera mantenía el ceño fruncido, aunque sus manos eran suaves.

 

—De verdad, Anna… —murmuró con tono de reproche, aunque sus palabras estaban cargadas de preocupación—. ¿Podrías intentar no destruirte a ti misma cada vez que practicas magia?

 

Anna bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa en el pecho.

 

—Lo siento…

 

Eliana suspiró y le dio un suave golpecito en la frente, una caricia disfrazada de regaño.

 

—No te digo esto porque esté molesta —sus ojos verdes se suavizaron de inmediato—. Lo hago porque me asustas. Y mucho.

 

Anna sonrió con ternura, agradecida por esa sinceridad.

 

—Lo sé. Gracias.

 

A un costado de la cama, Marien observaba en silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Su rostro pálido aún conservaba los rastros del miedo vivido en el aula, pero no se había apartado de su lado ni un instante. Más lejos, sentada en una silla demasiado alta para su estatura, Lira balanceaba sus piernas cortas, mirando a Anna con unos ojos grandes y brillantes que reflejaban toda su inocencia.

 

—Hermana Anna… —la voz de la pequeña fue un susurro cargado de sentimiento— no vuelvas a asustarnos así. Por favor.

 

La sinceridad absoluta de esas palabras atravesó a Anna como una flecha.

 

—Lo intentaré, te lo prometo.

 

Lira infló levemente las mejillas, poco convencida, y alargó una mano pequeña para tocar la de Anna, sobre las vendas.

 

—Tienes que decirlo de verdad. Prometido.

 

Anna soltó una risa suave y levantó ambas manos vendadas, como si rindiera homenaje.

 

—Está bien. Prometido.

 

Desde el marco de la puerta, Lyra observaba la escena en silencio, apoyada contra la madera, con una expresión tranquila pero vigilante. A su lado permanecía Garoum, de pie, con los brazos cruzados y el semblante serio, como siempre, aunque la tensión de sus hombros había disminuido ligeramente al verla más tranquila.

 

El ambiente parecía por fin haberse relajado, lejos de las miradas de los demás alumnos y de la presión de la academia. Fue entonces cuando Garoum habló, rompiendo el silencio suave.

 

—Me encontré con alguien hace un rato. Alguien que ha insistido mucho en verte.

 

Anna alzó la vista, curiosa.

 

—¿Alguien?

 

Garum asintió, y por primera vez se dibujó una leve sonrisa en sus labios.

 

—Alguien que cree que puede ayudarte a poner orden en ese caos de magia que llevas dentro.

 

Anna parpadeó, confundida, a punto de preguntar a quién se refería, pero no tuvo tiempo. La puerta de la enfermería se abrió más, dejando ver la figura que se recortaba en el pasillo, y una voz conocida, llena de confianza y arrogancia, resonó en el interior.

 

—Escuché que estabas teniendo pequeños problemas para controlar el poder, D’Valriene.

 

Anna giró la cabeza y sonrió al instante, una sonrisa genuina que hacía tiempo no aparecía en su rostro.

 

—Daeron.

 

El joven entró con la naturalidad de quien se siente cómodo en cualquier lugar, sin pedir permiso ni detenerse. Alto, elegante y con esa eterna sonrisa desenvuelta que parecía no abandonarlo jamás, Daeron caminó hasta la cama con las manos metidas en los bolsillos de su túnica. Sus ojos grises recorrieron las vendas que cubrían las manos de Anna, y soltó un silbido lento, mezcla de admiración y sorpresa.

 

—Aunque, siendo honestos, no esperaba que tus "problemas" incluyeran la capacidad de hacerte daño a ti misma con tanta… eficiencia.

 

Anna hizo un pequeño puchero, molesta, pero sin perder la sonrisa.

 

—No quiero escuchar sarcasmo viniendo de ti. Ya tengo suficiente con Eliana regañándome.

 

Daeron soltó una carcajada clara, que llenó la habitación.

 

—Sabía que dirías eso. Nunca cambias.

 

Lyra sonrió desde la entrada; incluso Eliana dejó escapar una pequeña risa, negando con la cabeza. Había algo en la presencia de Daeron que rompía la tensión al instante.

 

El joven se cruzó de brazos y su expresión se volvió un poco más seria, aunque sin perder esa ligereza que lo caracterizaba.

 

—Garum me contó lo que ocurrió. Todo lo que está pasando.

 

Anna suspiró y dejó caer los hombros, vencida.

 

—Entonces ya sabes que soy un desastre andante. Que mi magia es un peligro…

 

Daeron negó con la cabeza, interrumpiéndola.

 

—No. —Su tono, aunque suave, contenía una sinceridad absoluta—. Sé que estás atravesando algo complicado. Sé que hay cosas que no entiendes y poder que se te escapa. Pero eso no te hace un desastre.

 

Hizo una pausa, se acomodó el cuello de la túnica y adoptó una pose exageradamente orgullosa, elevando la barbilla.

 

—Y como soy el mejor maestro de magia de toda la academia… y el usuario con más dominio que existe, claro está…

 

Garum soltó un resoplido de diversión. Lyra puso los ojos en blanco, divertida. Anna levantó una ceja, desafiante.

 

—Eso es muy discutible, Daeron.

 

Él ignoró la interrupción con una elegancia digna de la realeza.

 

—…He decidido, por pura generosidad y sentido del deber, tomar a mi antigua rival como discípula.

 

Anna soltó una pequeña risa, incrédula.

 

—¿Discípula? ¿Yo?

 

Daeron se señaló a sí mismo con el pulgar, muy seguro.

 

—Exacto. Tú y yo llevamos años compitiendo, tratando de demostrar quién tenía el mejor control, la técnica más depurada, la mayor precisión. —Su expresión se suavizó, volviéndose casi íntima—. Y me niego a aceptar que te rindas o que pierdas esa capacidad solo porque algo intenta meterse en medio. Me niego a perder a mi rival tan pronto.

 

Esas palabras, dichas con esa sencillez y esa confianza, golpearon a Anna con más fuerza de lo que él podía imaginar.

 

Rival.

 

No monstruo. No amenaza. No carga.

 

Rival. Una igual. Una persona digna de ser desafiada, de ser entrenada, de ser considerada capaz.

 

Los ojos de Anna brillaron levemente, amenazando con llenarse de lágrimas. Daeron lo notó, y su sonrisa se hizo más cálida, más amable.

 

—Así que, a partir de hoy, te entrenaré personalmente. Nadie conoce tus límites y tus habilidades mejor que yo. Y nadie es mejor que yo para enseñarte a dominarlo todo.

 

Anna se pasó el dorso de la mano por los ojos, secándose rápidamente antes de que las lágrimas pudieran resbalar, y trató de recuperar su tono habitual.

 

—No recuerdo haberte pedido ayuda. Ni que necesitara un maestro.

 

Daeron alzó el mentón con una arrogancia fingida, insoportable y encantadora a la vez.

 

—No me la pediste. Pero la necesitas. Y yo acepto el reto.

 

Anna dejó escapar una risa entrecortada, mezcla de emoción y alivio.

 

—Sigues siendo igual de insoportable como recuerdo.

 

—Y tú sigues siendo demasiado dramática —respondió él al instante.

 

Eso provocó una pequeña oleada de risas en toda la habitación. Incluso Garoum terminó por sonreír, relajando por completo su postura.

 

Daeron extendió entonces una mano hacia ella, abierta, invitándola a tomarla.

 

—¿Qué dices, Anna D’Valriene? —su sonrisa se volvió sincera, desafiante y esperanzadora a la vez—. ¿Volvemos a competir? ¿Una vez más?

 

Anna observó su mano durante unos segundos. Miró a su alrededor: a Eliana, que asentía con aprobación; a Lyra, que le guiñó un ojo; a Marien, que la miraba con admiración; a Lira, que ya agitaba los puños emocionada; a Garoum, que la observaba con orgullo silencioso.

 

Luego miró a Daeron, la única persona que en todo este tiempo no la había visto como la "antigua Anna" ni como la "chica con un monstruo dentro", sino simplemente como ella misma.

 

Sonrió. Fue una sonrisa genuina, amplia, una de las más brillantes que había mostrado en mucho tiempo. Y tomó su mano con firmeza, a pesar de las vendas.

 

—Solo si aceptas que esta vez voy a ganarte.

 

Daeron soltó una carcajada sonora, llena de energía.

 

—¡Eso es lo que quiero escuchar! Eso quiero verlo.

 

Garum observó la escena en silencio, sintiendo cómo gran parte del peso que llevaba en el pecho se aligeraba de golpe. Había luz allí, al fin.

 

Lira, desde su silla, levantó los puños al aire, entusiasmada.

 

—¡Hermana Anna va a ganar! ¡Ya verás!

 

La habitación se llenó de risas y un calor que despejó cualquier rastro de la frialdad anterior. Por primera vez desde el incidente en el aula, el miedo retrocedía, ocultándose ante la certeza de que no estaba sola.

 

Anna miró a todos los que la rodeaban: Garoum, Lyra, Eliana, Lira, Marien… y ahora Daeron. Gente que no veía en ella a la noble cruel del pasado. Personas que no huían ante lo desconocido o lo aterrador de su magia. Personas que permanecían a su lado, sin importar qué.

 

Y en ese instante comprendió algo importante, algo que le dio fuerzas renovadas.

 

Quizá el pasado jamás desaparecería del todo. Quizá las sombras dentro de ella seguirían acechando, esperando su momento. Quizá el camino que le quedaba por delante sería mucho más difícil y oscuro de lo que podía imaginar.

 

Pero ya no tenía que recorrerlo sola.

 

Y eso… eso era suficiente para seguir adelante.

 

Mientras Anna se encontraba en el patio central de la academia bajo la estricta supervisión de Daeron, la enfermería había recuperado esa calma serena que siempre la caracterizaba. A través de una de las grandes ventanas de cristal, se podía ver a lo lejos la peculiar escena que se desarrollaba al aire libre, como si se tratara de una pintura observada desde la distancia.

 

Allá afuera, lejos de las paredes blancas y el olor a hierbas, Anna mantenía ambas manos extendidas frente a sí, los dedos ligeramente curvados, completamente concentrada en formar una pequeña esfera de maná plateado que brillaba con luz propia. Y justo a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión tan severa que podría haber rivalizado con la del propio director, Daeron caminaba de un lado a otro, vigilando cada movimiento como un instructor militar implacable.

 

—Más estable —ordenó él, con la voz cortante que llegaba amortiguada hasta donde estaban ellas.

 

La esfera plateada tembló apenas, oscilando de un lado a otro.

 

—Dije estable, no «a punto de explotar en cualquier momento» —corrigió Daeron, con ese tono que mezclaba la exigencia con la arrogancia de quien sabe que tiene razón.

 

Anna frunció el ceño con fuerza, mordiéndose el labio por la concentración.

 

—Lo estoy haciendo bien —se defendió ella, aunque sin apartar la vista de su creación.

 

—Podrías hacerlo mejor. Y lo sabes.

 

—Eres insoportable, Daeron.

 

—Y tú te distraes demasiado con cosas que no importan.

 

La esfera se tambaleó nuevamente, perdiendo nitidez.

 

—¡Concéntrate, Anna! Si esa cosa se me escapa, te haré repetir el ejercicio hasta que anochezca.

 

Anna dejó escapar un bufido exasperado que se escuchó incluso desde la ventana. Era una imagen extraña, verla allí: tan lejos de todo lo que representaba su pasado, y, sin embargo, tan ella misma.

 

Desde el alféizar, Lira, sentada con las piernas colgando, soltó una risita traviesa.

 

—Daeron da más miedo que la señorita Eliana cuando le falta una de sus vendas.

 

—Te escuché, pequeña traidora —murmuró Eliana sin apartar la vista de los frascos que ordenaba sobre una mesa, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios.

 

Marien, sentada en una silla cercana, observaba todo el entrenamiento con una mezcla de fascinación y una ternura profunda que le llenaba el pecho. Ver a Anna allí afuera, discutiendo con su nuevo maestro, intentando una y otra vez, la hacía verla diferente. Seguía viéndose vulnerable, sí, pero al mismo tiempo… mucho más viva. Era como si, rodeada de personas que la sostenían, pudiera respirar con una libertad que no tenía en los pasillos, bajo las miradas de los demás alumnos.

 

La joven bajó la mirada hacia sus propias manos, entrelazándolas con nerviosismo. Llevaba mucho tiempo queriendo hacer una pregunta, una que le daba vueltas en la cabeza desde el día en que la había conocido. Reunió todo su valor, respiró hondo y rompió el silencio.

 

—Señorita Eliana…

 

Eliana detuvo lo que hacía y alzó la vista, encontrándose con los ojos oscuros y tímidos de la joven.

 

—Dime, Marien.

 

La muchacha dudó unos segundos, buscando las palabras adecuadas para no sonar impertinente.

 

—Quería preguntarle algo… sobre la señorita Anna. Algo que no me deja de dar vueltas.

 

Eliana asintió lentamente, dejando a un lado los frascos y girando completamente hacia ella, dándole toda su atención.

 

—Te escucho.

 

Marien jugueteó nerviosamente con el borde de su falda, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de un leve rubor.

 

—Yo… había escuchado muchas cosas sobre ella antes incluso de poner un pie dentro de la academia. Mi hermana mayor estudió aquí hace años, y siempre me hablaba mucho de Anna D’Valriene. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Me contó cosas horribles. Me dijo que era cruel, que disfrutaba haciendo daño, que no tenía corazón ni piedad por nadie. Que la llamaban la tirana, la reina de hielo… cosas así.

 

No hacía falta aclarar que aquellas historias no habían sido amables. Marien miró hacia la ventana, donde Anna acababa de perder la concentración y la esfera se desvaneció en un destello, recibiendo inmediatamente un nuevo regaño teatral por parte de Daeron.

 

—Cuando supe que la «tirana de la academia» había regresado… pensé que yo sería una de sus primeras víctimas. Alguien de familia humilde, una becada… pensé que ni siquiera me miraría, o que lo haría solo para destruirme. —Sus ojos se suavizaron al recordar su primer encuentro—. Pero cuando la conocí… no fue así. Lo primero que recibí de ella fue un abrazo. Fue ella quien me defendió. Quien me dio protección. Me trató con una dulzura que jamás habría imaginado.

 

Volvió a mirar a Eliana, buscando respuestas en la mirada verde de la curandera.

 

—¿Cómo es posible? ¿Cómo puede haber tanta diferencia entre lo que dicen las historias y la persona que tengo delante?

 

Eliana guardó silencio unos segundos. Sus ojos se perdieron en el paisaje exterior, observando la figura de Anna alejada, pequeña y lejana, luchando contra su propia magia bajo la supervisión del joven. Suspiró profundamente, y por un instante, Marien creyó ver una sombra antigua cruzar su mirada.

 

—Marien… lo que has escuchado… esas historias, esos rumores… —Eliana habló con voz baja, medida, cargada de un peso que Marien no había percibido antes—. Te aseguro que lo que sabes no llega ni al veinte por ciento de lo que Anna D’Valriene llegó a ser realmente.

 

La joven abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿Qué… qué quiere decir?

 

—Quiero decir —continuó Eliana, volviendo a clavar su mirada en ella, seria y sin rodeos—, que la persona que era antes no solo era mala, ni cruel, ni arrogante. Era horrible. Era fría hasta la médula, calculadora, y disfrutaba genuinamente de ver a los demás caer. —La curandera apretó los dedos sobre sus rodillas, un reflejo inconsciente de un recuerdo doloroso—. Yo no solo lo escuché, ni lo vi de lejos. Yo lo viví en carne propia. Fui uno de sus objetivos favoritos, por mucho tiempo. Sé exactamente de lo que era capaz. Y créeme… lo que la gente cuenta se queda corto ante la realidad.

 

Marien se quedó muda, helada ante la revelación. La imagen de la chica amable que la ayudaba chocaba violentamente con la descripción de la mujer que tenía delante Eliana.

 

—Entonces… —la voz de Marien salió apenas un susurro— ¿por qué? ¿Por qué está usted a su lado? ¿Por qué le ayuda? ¿Por qué confía en ella si sabe de lo que es capaz?

 

Eliana desvió la mirada de nuevo hacia la ventana. Vio cómo Daeron corregía la postura de Anna, acercándose mucho a ella, con esa confianza que solo tienen quienes se conocen desde siempre. Vio cómo Anna se quejaba, pero obedecía, esforzándose al límite.

 

—Al principio… —empezó Eliana, midiendo cada palabra, dejando ver por primera vez la verdad detrás de su actitud protectora— al principio no fue por bondad, ni por fe, ni por creer en segundas oportunidades. —Hizo una pausa larga, como si confesara un secreto que llevaba años guardando—. Al principio, creo que me quedé cerca de ella porque… quería ver con mis propios ojos. Quería comprobar si ese cambio repentino, esa humildad, esa amabilidad… era real, o si solo era otra farsa más.

 

—¿Una farsa? —repitió Marien, confundida.

 

—Sí. —Eliana asintió con pesadez—. Pensé: «Va a fingir ser buena, va a ganarse la confianza de todos, nos va a hacer creer que ha cambiado… y entonces, cuando todos estemos bajando la guardia, cuando nos hayamos olvidado de quién era… volverá a ser la misma. Y disfrutará mucho más viendo cómo caemos, viendo nuestra frustración al darnos cuenta de que nos engañó». Eso es lo que esperaba ver en cualquier momento. Esperaba que en cualquier instante esa máscara se cayera y volviera a aparecer la Anna que yo conocía.

 

Marien sintió un escalofrío al escucharla.

 

—¿Y ya no lo cree? ¿Ya no tiene miedo de que eso pase?

 

Eliana se quedó callada. La duda que siempre llevaba consigo se reflejó claramente en sus ojos verdes.

 

—¿Que si lo dudo? —repitió en voz baja— Marien… la verdad es que esa duda sigue ahí. No te voy a mentir. A veces, cuando la veo luchar, cuando la veo sufrir o cuando su magia se descontrola… todavía siento ese miedo antiguo. El miedo de que esa «otra Anna», la que todos temíamos, la que rompía todo a su paso, esté ahí dentro, esperando el momento justo para regresar y destruir todo lo que hemos construido en este tiempo. Para romper la ilusión en la que todos parecemos vivir ahora.

 

La curandera miró a la joven, con una sinceridad desgarradora.

 

—Ese miedo nunca se va del todo. Pero… —su voz se suavizó, encontrando la respuesta definitiva—, aunque ese miedo esté ahí, aunque la duda me visite a veces… no me arrepiento de haberle dado esa última oportunidad. Ni de haber estado aquí para verlo. Porque no tuve que escuchar de otros que ella había cambiado. Yo lo viví. Yo lo vi con mis propios ojos. Vi cómo, a pesar de todo lo que fue, decidió levantarse y caminar en dirección contraria. Vi que el cambio no es una máscara, sino una lucha diaria, dolorosa y agotadora. Y eso… eso no lo hace una farsa. Eso la hace valiente.

 

Marien escuchaba cada palabra con el corazón acelerado, entendiendo por fin la complejidad de todo lo que rodeaba a su ídolo.

 

—Si tú quieres sacar tus propias conclusiones, Marien —continuó Eliana, apoyando una mano suave sobre el hombro de la chica—, lo mejor que puedes hacer es lo que ya estás haciendo: quédate a su lado. Observa, escucha, y sobre todo… mira lo que hace, no solo lo que dice. Y entonces sabrás por qué, a pesar de todo lo que fue, ahora todos estamos aquí, dispuestos a defenderla.

 

Un grito de triunfo amortiguado rompió el momento de intimidad. Ambas volvieron la vista hacia afuera.

 

En el patio, Anna había logrado finalmente estabilizar la esfera de maná. La luz plateada flotaba perfecta, inmóvil, brillando con una pureza impresionante. Daeron, que hasta ese momento había sido todo severidad, guardó silencio unos segundos, analizando el resultado con la mirada de un experto.

 

Anna sonrió, llena de satisfacción, con los ojos brillantes.

 

—¿Y bien? —preguntó con un deje de desafío, esperando el elogio que merecía.

 

Daeron mantuvo la calma, asintiendo con una solemnidad exagerada, antes de responder con esa sonrisa burlona que siempre tenía lista.

 

—Aceptable.

 

Anna abrió la boca, indignada, con la esfera temblando de nuevo por su propia sorpresa.

 

—¡¿Aceptable?! ¡Eso fue perfecto! ¡Lo has dicho tú misma con tus ojos!

 

Desde la ventana, Lira estalló en carcajadas, golpeando el alféizar con las manos. Marien y Eliana también rieron, liberando la tensión acumulada de la conversación anterior.

 

Y mientras la risa llenaba la enfermería, Marien sintió que comprendía todo un poco mejor. Comprendía por qué Eliana tenía ese miedo y esa ternura al mismo tiempo. Comprendía por qué Daeron la trataba como a una igual, y por qué Garoum siempre estaba cerca.

 

Anna D’Valriene no era, ni había sido nunca, un simple personaje de cuento. No era solo la tirana que describían los rumores, ni la santa que a veces parecía ser ahora.

 

Era una muchacha herida, cargada de un pasado oscuro.

 

Era una muchacha bondadosa que intentaba reparar lo irreparable.

 

Y, quizá, era una de las personas más fuertes que Marien había conocido jamás. Porque luchaba contra sí misma todos los días, con el miedo constante de volver a caer, y aun así… seguía eligiendo caminar hacia la luz.

 

A cierta distancia del patio de entrenamiento, ocultos entre la espesura de los jardines, dos figuras observaban la escena en absoluto silencio.

 

Bajo la sombra protectora de un antiguo roble encantado, cuyas ramas retorcidas parecían haber visto pasar siglos de historia en la academia, permanecían de pie Lucien Ardent y Clarisse Vaelmont. Ambos mantenían la vista fija en el grupo reunido en el centro del campo de práctica, donde la luz del sol iluminaba con crudeza cada movimiento.

 

Desde aquella distancia privilegiada, podían ver con total claridad a Daeron Ardent, que caminaba en círculos alrededor de Anna D’Valriene con las manos entrelazadas a la espalda y una expresión tan severa que pocos se atreverían a contradecir. Actuaba como un instructor militar implacable, vigilando hasta el más mínimo temblor en la magia de ella.

 

—No, no, no —repitió Daeron por tercera vez, negando con la cabeza en un gesto de teatral exasperación—. Eso que tienes en las manos es una esfera de maná, Anna, no una bomba arcana con forma de esfera. Y te recuerdo que mi objetivo es que aprendas, no que volvamos a reconstruir el pavimento.

 

Anna apretó los dientes, esforzándose por mantener el brillo plateado estable entre sus palmas. El sudor brillaba en su frente, pero su mirada era fija.

 

—Está estable —aseguró ella, con la voz tensa por la concentración.

 

—Está temblando.

 

—Yo también estoy temblando y sigo funcionando, ¿no? —replicó ella al instante, sin apartar la vista de su creación.

 

Lucien, apoyado contra el tronco del árbol, soltó una breve risa nasal, sorprendido por la respuesta. Era el tipo de ocurrencias que, en otra época, habrían desatado una discusión feroz.

 

Clarisse, en cambio, permanecía extrañamente seria. Sus ojos grises no se apartaban de la figura de Daeron, estudiando cada uno de sus gestos, buscando alguna señal, alguna máscara que pudiera caer en cualquier momento.

 

—Todavía me cuesta creer lo que estoy viendo —murmuró ella, casi para sí misma.

 

Lucien asintió lentamente, cruzándose de brazos.

 

—A mí tampoco deja de sorprenderme.

 

Hubo un breve silencio entre ambos, cargado de todo lo que sabían, de todo lo que habían escuchado y de todo lo que se guardaba en las sombras de la historia de la nobleza.

 

Ambos conocían la verdad. O, al menos, conocían la versión que circulaba entre aquellos lo suficientemente cercanos a Daeron como para comprender el origen de aquel odio profundo que había marcado sus años de juventud.

 

Oficialmente, la historia era sencilla y trágica: Seris Ardent, la hermana menor de Daeron, había sido secuestrada años atrás durante un viaje diplomático junto a su padre. Sus captores la habían vendido como esclava en un reino lejano y hostil, donde terminó muriendo antes de que la familia Ardent pudiera reunir el dinero suficiente para negociar su rescate. Esa era la historia que todos aprendían en las clases de historia o en las cenas de sociedad.

 

Pero en los pasillos más antiguos de la academia y en los círculos más discretos de la nobleza, existía otra versión. Una mucho más oscura, peligrosa y dolorosa.

 

Se decía que la antigua Anna, consumida por unos celos enfermizos y una rivalidad que rayaba en la obsesión hacia Seris —una joven amable, brillante, con un carisma natural y que siempre había sido la persona más cercana y querida por Daeron—, había movido todos los hilos necesarios en las sombras para provocar aquel secuestro.

 

Nunca hubo pruebas. Nunca se pudo demostrar nada ante un tribunal. Nunca se encontraron los registros ni las órdenes. Pero tampoco existió jamás una explicación convincente para la repentina desaparición de Seris, ocurrida apenas unas semanas después de que ella y Anna protagonizaran uno de sus enfrentamientos más violentos y públicos.

 

Daeron nunca pudo acusarla abiertamente. No tenía evidencia física. Solo tenía sospechas. Y un dolor tan grande y afilado que parecía haberse convertido en parte de su propia alma.

 

Lucien observó a su primo con una mezcla de admiración y desconcierto.

 

—Durante años —dijo con voz baja— pensé que el día en que Daeron volviera a acercarse a ella, acabaría matándola. O peor. Que la destruiría poco a poco, tal como él creía que ella había destruido a su familia.

 

Clarisse bajó la mirada hacia sus propias manos, recordando demasiado bien aquellos tiempos.

 

—Muchos lo pensamos. Era lo único lógico.

 

Recordaba los enfrentamientos entre ambos. Los duelos verbales que cortaban el aire como cuchillas afiladas. Las competencias mágicas donde no existía la piedad. La rivalidad feroz, despiadada, por demostrar quién poseía el mejor control de maná, la mayor fuerza, la superioridad absoluta. Era una guerra fría, constante, que había durado años.

 

Pero ahora…

 

Ahora Daeron estaba allí. Corrigiendo su postura. Burlándose de ella con esa ligereza que solo usaba con quienes consideraba sus iguales. Enseñándole trucos que nadie más conocía. Protegiéndola, incluso, de su propio poder desbocado.

 

Clarisse apretó suavemente los puños a los costados de su falda.

 

—Si alguien en este mundo tenía razones, motivos y el derecho moral de odiarla hasta el final de los tiempos… era él.

 

Lucien suspiró, viendo cómo Daeron daba una vuelta alrededor de Anna, inspeccionando la esfera como un joyero inspecciona una piedra preciosa.

 

—Y, sin embargo, aquí está. Ayudándola.

 

En ese preciso instante, Anna logró finalmente estabilizar la esfera de maná. La luz plateada se mantuvo flotando entre sus manos, sólida, perfecta, durante varios segundos seguidos. Un logro considerable, teniendo en cuenta lo poco que había tardado en llegar a ello.

 

Daeron la observó con gesto crítico, entrecerrando los ojos como si buscara el más mínimo defecto.

 

—Mediocre —sentenció al fin, con voz inapelable.

 

Anna lo miró con los ojos muy abiertos, mezcla de indignación y sorpresa.

 

—¡Mentiroso! ¡Estaba perfecta!

 

—Aceptable, entonces —cedió él, sin cambiar su expresión seria ni un milímetro.

 

—¡Eso tampoco fue un cumplido, Daeron!

 

Por un segundo, la máscara de severidad se desmoronó. La sonrisa que apareció en el rostro de Daeron fue breve, pero brillante y, sobre todo, sincera. No había rencor en ella. No había rastro de aquel odio antiguo.

 

Clarisse lo notó. Y en ese instante comprendió algo fundamental.

 

Daeron Ardent no era el tipo de persona que olvidaba. No era de los que perdonaban fácilmente, ni de los que dejaban ir el dolor tan solo porque sí. Si había decidido ponerse del lado de Anna, si había decidido ayudarla y entrenarla… no era porque hubiera borrado el pasado de su memoria. Era porque, por alguna razón que solo él conocía, había llegado a creer firmemente que la joven que tenía frente a él ya no era la misma persona que había causado toda esa desgracia. Que la Anna que existía ahora era una persona distinta. Una que merecía otra oportunidad.

 

Lucien dejó escapar un suspiro profundo, sacudiendo la cabeza con una media sonrisa.

 

—Si él, que tiene tantas razones para querer verla arder, ha sido capaz de dejar todo eso atrás para ver quién es ella ahora… —miró a Clarisse con seriedad— quizá nosotros también debamos intentarlo.

 

Clarisse volvió la mirada hacia el patio. Observó a Anna: vendas en sus manos, rastros de agotamiento marcados en su rostro, frustrada y a veces asustada, pero que seguía esforzándose con una determinación casi desesperada cada vez que Daeron le ordenaba intentarlo de nuevo.

 

Era la misma joven que, meses atrás, representaba todo lo que Clarisse temía. La chica de la que había huido durante años. Pero también era la joven que la había mirado a los ojos en el pasillo y había admitido, sin excusas, sin orgullo y con una culpa inmensa, que ella misma tenía miedo de seguir siendo la persona que una vez fue.

 

Clarisse sonrió levemente, una sonrisa pequeña, tímida, pero mucho más tranquila que antes.

 

—Creo que ya empecé a hacerlo —respondió suavemente.

 

En el patio, justo en ese momento, Anna perdió la concentración. La esfera de maná explotó en una lluvia inofensiva de chispas plateadas que se dispersaron por el aire.

 

Daeron se llevó una mano a la cara, fingiendo una desesperación absoluta.

 

—Increíble. ¡Cinco segundos de progreso real y decides celebrar lanzando fuegos artificiales! ¿Es que te gusta hacer que me pregunte por qué sigo a tu lado?

 

Anna infló las mejillas, poniendo el gesto más infantil y enojado que pudo.

 

—¡Te odio!

 

Daeron soltó una carcajada, retomando su paso alrededor de ella.

 

—No, no me odias. Solo estás profundamente agradecida de tener a un maestro tan brillante y paciente como yo, aunque te cueste admitirlo.

 

Lucien no pudo contenerse más y soltó una carcajada que el viento se llevó. Clarisse, al ver la naturalidad con la que interactuaban, también terminó por reír, sintiendo cómo la última carga de tensión se desprendía de sus hombros.

 

Y mientras observaban aquella escena, ambos sintieron con claridad que la imagen de Anna D’Valriene seguía transformándose frente a sus ojos. No lo hacía mediante grandes discursos o promesas vacías. Lo hacía con algo mucho más difícil, mucho más valioso y mucho más creíble.

 

Lo hacía con acciones. Con un esfuerzo agotador y constante. Y con personas que, pese a conocer lo peor de su pasado, pese a haber sufrido por lo que ella fue, habían decidido quedarse a su lado y caminar hacia adelante.

 

En la torre más alta de la Academia Auremont, muy por encima del ruido de las aulas, los pasillos y los patios de entrenamiento, se encontraba la Sala del Consejo Estudiantil. Era un recinto de techos altos y paredes revestidas de madera oscura y cristales mágicos, un lugar reservado únicamente para aquellos estudiantes en quienes el director depositaba su absoluta confianza y capacidad de juicio. Allí, lejos de las miradas curiosas, se reunía el órgano más influyente y respetado del alumnado: el Triunvirato Arcano.

 

En el centro de la sala, sobre una mesa tallada en obsidiana negra que reflejaba la luz de las lámparas flotantes, se sentaba el presidente del consejo.

 

Adrien Valtheris.

 

Hijo del emperador. Heredero directo del trono imperial. Su sola presencia bastaba para imponer silencio y respeto. No necesitaba alzar la voz, ni usar títulos pomposos, ni recurrir a gestos grandilocuentes para demostrar su autoridad; todo en él, desde la postura impecable de su espalda hasta la calma absoluta de su mirada, reflejaba precisión, control y el peso de una educación destinada al mando.

 

A su derecha, con la elegancia natural de quien lleva la nobleza en la sangre, estaba la vicepresidenta.

 

Seraphina Liorweiss.

 

Descendiente directa de la antigua Casa Liorweiss, una de las familias mágicas más antiguas y poderosas de todo el Imperio. Sus cabellos plateados y sus ojos de un violeta intenso y profundo la hacían inolvidable, pero era su inteligencia lo que realmente imponía respeto. Cuando Seraphina observaba a alguien, daba la impresión de que podía diseccionar cada gesto, descifrar cada palabra no dicha y leer cada pensamiento oculto tras la fachada de una persona.

 

A la izquierda de Adrien, en una posición más discreta pero igual de importante, se encontraba el secretario.

 

Tavian Merrow.

 

De aspecto modesto y casi anónimo, con modales tranquilos y una poca y ágil entre los dedos en todo momento. Siempre tomaba notas. Siempre escuchaba. Siempre observaba desde las sombras. Los rumores en la academia aseguraban que Tavian conocía más secretos, rencores, alianzas y debilidades que la mayoría de los profesores o incluso algunos miembros del consejo académico. Y la verdad era que casi nadie dudaba de ello.

 

Sobre la mesa descansaban varios informes perfectamente organizados: reportes disciplinarios, comentarios detallados de los maestros, testimonios firmados por otros estudiantes y registros de incidentes mágicos. Y justo en la parte superior del montón, resaltado con una caligrafía elegante y firme, un nombre: Anna D’Valriene.

 

Durante las semanas previas a su reingreso, los tres habían compartido plenamente la preocupación del director Cassian Auremont. La antigua Anna D’Valriene había sido, sin lugar a dudas, una fuente constante de conflictos, tensiones y sufrimiento. Cruel, arrogante, despiadada y dotada de un poder inmenso, su regreso amenazaba con reabrir viejas heridas y sembrar nuevamente el caos en la paz frágil de la academia.

 

Pero lo ocurrido desde su retorno no coincidía con ninguna de las proyecciones, ni con sus peores temores, ni siquiera con sus expectativas más optimistas.

 

Tavian cerró uno de los gruesos expedientes con un suave golpe seco y fue el primero en romper el silencio reflexivo.

 

—He revisado todos los reportes y anotaciones de las últimas semanas, día por día, hora por hora —dijo con voz serena, dejando la pluma sobre la mesa—. Y debo admitir que la mayoría de lo que he leído es… sorprendente. Incluso para alguien que, como yo, intenta no aferrarse a las primeras impresiones.

 

Seraphina arqueó una ceja fina, sus ojos violetas brillando con curiosidad analítica.

 

—¿Sorprendente en qué sentido, Tavian? ¿Para bien o para mal?

 

—Para todo lo contrario a lo que esperábamos —respondió él, consultando rápidamente unas notas mentales—. Hay registros de que ha defendido activamente a estudiantes de cursos inferiores que estaban siendo acosados. Ha intervenido para evitar conflictos en al menos tres ocasiones distintas, usando la diplomacia cuando antes habría usado su estatus o su poder para humillar. Se disculpó públicamente y con humildad ante dos alumnas a quienes, años atrás, sometió a tratos verdaderamente crueles. Y lo más llamativo: ha establecido vínculos cercanos y leales con personas que, en otras circunstancias, habrían sido sus primeras víctimas o simplemente invisibles para ella.

 

Seraphina entrelazó los dedos bajo su barbilla, meditando sus palabras con cautela.

 

—Todo eso podría ser una estrategia muy bien calculada —señaló con frialdad, sin dejar espacio a la ingenuidad—. Una forma inteligente de reconstruir su imagen, ganarse la simpatía de los maestros y bajar la guardia de todos nosotros antes de mostrar su verdadera cara otra vez. Conociéndola, nadie podría descartar una actuación tan elaborada.

 

Fue entonces cuando Adrien, que había permanecido en silencio absoluto desde el inicio, miró por primera vez con fijeza y respondió con calma.

 

—No lo creo.

 

Ambos se volvieron hacia él, sorprendidos por la rotundidad de su afirmación. El heredero imperial apoyó la mirada en el gran ventanal que daba hacia los terrenos de la academia, como si pudiera ver más allá de las paredes.

 

—La conocí personalmente, en una conversación privada —explicó lentamente, recordando cada matiz de aquel encuentro—. Estuve frente a ella, la observé hablar, moverse y callar. Y te aseguro, Seraphina, que no vi en ella rastro de esa arrogancia calculadora, ni del orgullo desmedido que definían a la Anna que todos temimos. —Hizo una pausa, el recuerdo vívido de la expresión de ella llenando su mente—. Lo que vi fue incomodidad. Inseguridad. Y sobre todo… una culpa tan pesada que parecía cargarla a cuestas a cada paso que daba.

 

—¿Culpa? —repitió Seraphina, interesada ahora más que nunca.

 

—Y miedo —corrigió Adrien con suavidad.

 

—¿Miedo a qué? —preguntó ella, entrecerrando los ojos, intentando encajar esa palabra en la imagen de la joven poderosa que había destruido tantas vidas.

 

Adrien tardó unos segundos en responder, buscando la definición exacta para lo que había percibido en lo más profundo de la mirada plateada de Anna.

 

—Miedo a sí misma. Miedo a su propio poder. Miedo a convertirse de nuevo en esa persona que fue, y que detesta ahora. Una persona que parece odiar tanto su propio pasado que está dispuesta a hacer cualquier cosa para no volver a ser ella.

 

El comentario dejó un breve silencio en la sala, pesado y reflexivo. Tavian asintió lentamente, como si esa explicación conectara muchas piezas dispersas que él mismo había anotado.

 

—Su círculo cercano también es revelador, y apunta en la misma dirección —intervino el secretario, abriendo otra página de su cuaderno—. Sabemos quiénes son los que permanecen a su lado sin reservas: Garoum, su guardián, que nunca la abandonó; Lyra, que siempre vio algo más en ella; Eliana, que tiene motivos sobrados para odiarla y sin embargo es quien más se preocupa por su bienestar; la pequeña Lira; Marien… y ahora, Daeron Ardent.

 

Seraphina se enderezó ligeramente en su silla, su expresión volviéndose seria y penetrante.

 

—Eso es, precisamente, lo más difícil de entender y lo que cambia todo el panorama —admitió ella, con un tono más grave—. Si Daeron está dispuesto a acercarse, a enseñarle, a ayudarla y a tratarla como a una igual… eso significa que él, que la conoce mejor que nadie y que tiene más razones que cualquier ser humano en este mundo para odiarla, ha llegado a creer que el cambio es real.

 

Adrien asintió con gravedad. Todos en la academia conocían la historia entre Daeron y Anna. O, al menos, conocían el dolor y la rivalidad que los separaban desde la desaparición de Seris. Si incluso Daeron Ardent, cargado de un pasado tan doloroso, había decidido tenderle una mano, aquello tenía un peso moral imposible de ignorar.

 

Seraphina bajó la mirada hacia el expediente, su dureza inicial suavizándose casi imperceptiblemente.

 

—He observado a Anna en varias ocasiones —confesó, rompiendo su propia postura defensiva—. No como vicepresidenta del consejo, sino simplemente… mirando desde lejos. Especialmente cuando cree que nadie la mira, cuando piensa que no hay ojos atentos sobre ella.

 

Tavian alzó una ceja, curioso por la conclusión de la mujer más perspicaz que conocía.

 

—¿Y qué ha visto la gran observadora?

 

Seraphina guardó silencio unos segundos, buscando las palabras exactas para describir algo tan intangible.

 

—He visto a alguien que camina con cuidado, como si temiera romper algo con solo tocarlo. Alguien que se disculpa demasiado, que intenta complacer demasiado, que se esfuerza hasta el agotamiento por hacer las cosas bien… —sus ojos violetas brillaron con comprensión—. Parece alguien que está intentando desesperadamente no romperse a sí misma, y no romper todo lo que está construyendo con tanta dificultad.

 

Adrien cerró los ojos por un instante. Era la definición más exacta y perfecta que se podía dar de ella.

 

—Eso coincide con uno de los testimonios más interesantes que he recogido —dijo Tavian, permitiéndose una leve sonrisa—. La estudiante Marien, la chica que ella protegió el primer día, escribió algo curioso en una de las encuestas de convivencia. Dice textualmente: «La magia de la señorita Anna ya no se siente aterradora o destructiva. Ahora… se siente triste. Como si llorara sin sonido».

 

Seraphina levantó la vista, sorprendida.

 

—Una descripción extraña… pero terriblemente precisa. Es exactamente lo que uno percibe si se acerca lo suficiente.

 

Adrien entrelazó nuevamente las manos sobre la mesa, cerrando el círculo de sus análisis.

 

—Entonces, basándonos en todo esto… ¿cuál es su conclusión?

 

Tavian fue el primero en responder, rotundo y profesional.

 

—Desde mi punto de vista objetivo: la Anna D’Valriene actual no coincide con el perfil psicológico, conductual ni moral de la estudiante que fue expulsada años atrás. Es una persona distinta, que reacciona, piensa y actúa de forma diferente.

 

Seraphina asintió lentamente, sopesando cada palabra antes de hablar.

 

—Yo… —hizo una pausa, admitiendo su propia evolución— sigo manteniendo reservas. No olvido lo que fue, ni el daño que causó. Sé que una vida de crueldad no se borra en unos pocos meses. Pero… —su voz perdió toda agresividad— creo que su cambio es auténtico. Que está sufriendo para ser diferente, y que sus acciones demuestran que lo está logrando día a día.

 

Finalmente, ambos volvieron la mirada hacia Adrien. Como líder del Triunvirato, su palabra era la que definía el curso a seguir.

 

El heredero imperial observó por última vez el expediente con el nombre de Anna escrito en la portada, como si estuviera firmando una sentencia o concediendo un perdón. Luego levantó la vista, y en sus ojos oscuros ya no había juicio, sino una sabiduría que iba más allá de las normas de la academia.

 

—No podemos juzgarla únicamente por lo que fue —dictó con serenidad y firmeza—. El pasado es importante para entender de dónde viene, pero no puede ser lo único que defina quién es ahora. Debemos observar, sobre todo, lo que decide ser desde este momento en adelante.

 

El silencio que siguió no fue de duda, sino de acuerdo absoluto.

 

Tavian tomó su pluma y, con trazo firme, escribió la resolución final en el registro oficial:

 

 

    “Anna D’Valriene permanecerá bajo observación continua. Evaluación actual: cambio genuino, comportamiento consistentemente positivo y evolución notable. Sin riesgo inmediato para la comunidad académica.”

 

Seraphina esbozó una pequeña sonrisa, dejando atrás cualquier rastro de suspicacia.

 

—Supongo que, al final, la tirana de la academia terminó convirtiéndose en una de las estudiantes más interesantes, complejas y dignas de estudio que hemos tenido en años.

 

Tavian añadió, cerrando el cuaderno con una sonrisa apenas visible:

 

—Y probablemente, en la más impredecible de todas.

 

Adrien permitió que una leve sonrisa, casi imperceptible, iluminara su rostro serio. Sus ojos se dirigieron nuevamente hacia el patio, donde a lo lejos, distinguía las figuras pequeñas de Anna y Daeron entrenando bajo el sol.

 

—No —corrigió suavemente—. Lo verdaderamente impredecible… y lo verdaderamente hermoso de ver… es cuánto puede llegar a cambiar una persona, y cuánto bien puede llegar a hacer, cuando alguien decide creer en ella y le da una segunda oportunidad.

 

Related posts

  • Capítulo 48: El peso del nombre

    El despacho del Triunvirato Arcano se alzaba en la torre central de la Academia, un recinto imponente al que muy pocos estudiantes eran convocados… y casi ninguno lograba entrar sin sentir que…

  • Capítulo 46: Lo que Fui y lo que Soy

    La puerta de la habitación se cerró suavemente detrás de Anna.

  • Capítulo 45: Lo que Temo ser

    El patio reservado para la nobleza, que hacía apenas unos minutos había sido escenario de tensión, orgullos heridos y enfrentamientos, se había transformado en un lugar sorprendentemente animado,…

  • Capítulo 44: El Jardín donde Renace las Lagrimas

    El patio central reservado para la nobleza era uno de los lugares más elegantes de toda la Academia Arcana de Astravia.

  • Capítulo 43: Residuos de un Nombre Maldito

    El amanecer bañaba los altos torreones de la Academia Arcana de Astravia con un resplandor dorado. La brisa fresca de la mañana recorría los patios y corredores de mármol, arrastrando consigo el…

  • Capítulo 42: Ecos en los pasillos de mármol

    La Academia Arcana de Astravia despertó aquella mañana como lo hacía cada inicio de ciclo, pero bajo una atmósfera pesada, cargada de tensión y una expectación casi dolorosa que se respiraba en el…

  • Capítulo 41: El asiento prohibido

    La mañana en el despacho de Demian había comenzado tranquila.

  • Capítulo 40: De regreso a casa

    El carruaje avanzaba lentamente por el camino de piedra, el sonido rítmico de las ruedas sobre el suelo irregular acompañando cada paso. A ambos lados se extendían los campos, todavía marcados por…