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Capítulo 48: El peso del nombre

DNavarrete
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El despacho del Triunvirato Arcano se alzaba en la torre central de la Academia, un recinto imponente al que muy pocos estudiantes eran convocados… y casi ninguno lograba entrar sin sentir que…

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El despacho del Triunvirato Arcano se alzaba en la torre central de la Academia, un recinto imponente al que muy pocos estudiantes eran convocados… y casi ninguno lograba entrar sin sentir que caminaba directo hacia su propio juicio.

 

Anna lo sabía bien.

 

Las enormes puertas de madera rúnica, talladas con símbolos antiguos que brillaban con una luz tenue, se abrieron lentamente ante ella. A su lado caminaba Eliana, su sirvienta y, por encima de todo, su mejor amiga. Pero al llegar al umbral, las reglas estrictas de protocolo de la academia eran innegociables: el personal de servicio no podía traspasar esas puertas a menos que fuera llamado.

 

Eliana se detuvo en seco, con la mandíbula tensa por la impotencia de tener que quedarse fuera, y le apretó con fuerza la mano, un gesto cargado de complicidad y apoyo silencioso. Sus ojos oscuros la miraron con una mezcla de miedo y orgullo.

 

—Estaré aquí esperando. Pase lo que pase —murmuró ella, con una voz que solo Anna pudo escuchar

 

Anna asintió con la cabeza, apretando brevemente los dedos de su amiga antes de soltarlos, respiró hondo y avanzó al interior.

 

El salón seguía siendo igual de imponente como lo recordaba: un espacio circular inmenso, rodeado por columnas de mármol negro y ventanales gigantescos por donde la luz grisácea del atardecer se derramaba sobre el suelo pulido. Pero esta vez, la atmósfera era distinta, más densa, más cargada. No solo estaban los tres líderes en su sitial de honor.

 

Había más personas.

 

Miembros del consejo estudiantil ocupaban los asientos dispuestos en los niveles inferiores del recinto, todos observándola en silencio. Algunos fingían indiferencia, otros una curiosidad distante, pero en muchos de los rostros que la miraron al entrar, Anna vio algo muy claro: desprecio. O, peor aún, esa clase de juicio hipócrita que solo se permite quien cree haber ocultado bien su propia historia.

 

No le costó reconocerlos.

 

La mayoría no estaba allí por méritos propios ni por su talento mágico. Estaban allí por su apellido. Herederos de las grandes casas nobles, hijos de las familias más influyentes del Imperio, jóvenes cuyo peso político y conexiones superaban con creces su verdadera capacidad o valía.

 

Y entre ellos… distinguió caras que le provocaron una punzada amarga y ardiente en el pecho.

 

Ahí estaba Alistair Vornak, por supuesto, sentado con arrogancia en la primera fila. Pero no estaba solo. A su lado, y diseminados entre los demás, estaban los herederos de las casas Riven, Kaelis y Vorian. Esos mismos que años atrás, cuando ella era la todopoderosa Anna D’Valriene, la habían rodeado, le habían reído las gracias, habían aplaudido cada uno de sus abusos y seguido cada una de sus órdenes como si fueran ley. Se habían beneficiado de su poder, habían usado su sombra para crecer, para someter a otros y para hacer lo que querían sin consecuencias.

 

Sin embargo, el día en que ella cayó, el día en que fue juzgada y expulsada, ninguno de ellos dijo una palabra. Ninguno levantó un dedo por ella. Se hicieron los desentendidos, olvidaron rápidamente las alianzas, borraron cualquier rastro de amistad y dejaron que todo el peso de sus crímenes, de sus excesos y de la responsabilidad de lo que ocurría a su alrededor, cayera única y exclusivamente sobre sus hombros. Se limpiaron las manos, cambiaron de bando y actuaron como si nunca hubieran tenido nada que ver con la "tirana".

 

Y ahora… ahí estaban. Mirándola con desdén, como si fuera algo sucio, juzgándola como si ellos hubieran sido santos todo ese tiempo.

 

Apenas Anna cruzó las puertas del salón, Alistair tensó la mandíbula involuntariamente. No fue el único. Varios de los que antaño formaban su círculo más cercano desviaron la mirada apenas un segundo, incómodos ante su presencia, antes de endurecer sus expresiones para ocultar su propia culpa. La atmósfera de todo el salón cambió drásticamente con su sola entrada, como si el aire se volviera más pesado y cargado de electricidad.

 

Anna avanzó hasta el centro de la sala sin detenerse, caminando con la cabeza erguida, aunque por dentro saboreaba la amargura de esa traición silenciosa.

 

Entonces los vio.

 

Los tres asientos elevados, construidos en cristal oscuro y metal, seguían dominando la parte más alta de la sala. Allí estaba el Triunvirato Arcano.

 

En el centro se encontraba el presidente.

Adrien Valtheris.

 

Hijo del Emperador. Cabello oscuro perfectamente ordenado, rasgos nobles y unos ojos dorados que parecían verlo todo con una calma imperturbable. Su sola presencia imponía respeto y obediencia sin necesidad de levantar la voz. No irradiaba arrogancia ni orgullo vacío; irradiaba poder. Era alguien que había sido criado desde su nacimiento sabiendo que un día el Imperio entero podría pertenecerle.

 

A su derecha estaba la vicepresidenta.

 

Seraphina Liorweiss.

 

Manteniendo aquella mirada violeta, afilada y penetrante, capaz de atravesar personas enteras y desmontar sus intenciones solo con observarlas en silencio. Su postura era elegante, pero su atención estaba totalmente puesta en Anna, analizando cada movimiento, cada parpadeo, cada pequeña señal.

 

Y a la izquierda…

 

Tavian Merrowel.

 

Secretario, seguía escribiendo tranquilamente sobre sus pergaminos, con la pluma deslizándose ágilmente, como si todo aquello fuera apenas una rutina burocrática más y no un juicio que podría definir su futuro en la academia.

 

Anna se detuvo justo frente a ellos, en el centro del espacio abierto.

 

Nadie habló de inmediato. El silencio que reinaba en el salón pesaba más que cualquier amenaza o grito. Fue Adrien quien finalmente rompió la quietud, con una voz calmada, medida… demasiado calmada para ser tranquilizadora.

 

—Anna D’Valriene.

 

El sonido de su nombre, pronunciado así, con esa seriedad absoluta, hizo que varios de los nobles de abajo se removieran en sus asientos.

 

—Has sido convocada ante el Triunvirato Arcano para esclarecer los eventos ocurridos hace tres días en el pasillo principal —continuó Adrien, sus ojos dorados fijos en ella—. Los cargos presentados incluyen uso de magia intimidatoria y agresión directa contra un miembro de una casa noble imperial.

 

—Intervención violenta, alteración grave del orden público y uso desmedido de la fuerza —añadió Tavian sin levantar demasiado la vista de sus papeles, leyendo los puntos del informe redactado por la familia Vornak.

 

Los estudiantes de los asientos inferiores comenzaron a murmurar apenas, mirando a Anna con expectación. Alistair Vornak sonreía levemente, seguro de su victoria, respaldado por los mismos que antes le besaban los pies a ella.

 

Anna permaneció inmóvil, sosteniendo todas esas miradas sin retroceder.

 

—¿Puedo hablar libremente? —preguntó con voz clara y firme.

 

Adrien la observó durante unos segundos, evaluando su postura, su expresión, la tensión que apenas se notaba en sus hombros. Y entonces respondió, con una honestidad fría.

 

—Eso dependerá de si vienes a decir la verdad. No estamos aquí para escuchar excusas, sino hechos.

 

Anna respiró hondo, llenando sus pulmones de aire, y habló con claridad para que todos la escucharan.

 

—Intervine porque Alistair Vornak estaba abusando de una estudiante de primer año.

 

Los murmullos crecieron de golpe. Alistair apretó los dientes, perdiendo esa pequeña sonrisa de suficiencia.

 

—¡Eso es una exageración y una mentira descarada! —exclamó el joven, poniéndose de pie con indignación teatral—. Simplemente le estaba enseñando su lugar a una plebeya que no sabe respetar a sus superiores. Es lo que se hace… —se detuvo en seco al darse cuenta de lo que iba a decir: Es lo que tú nos enseñaste a hacer.

 

Una sola mirada de Adrien, dirigida hacia él con una autoridad absoluta, bastó para hacerlo callar y volver a sentarse de inmediato. El silencio regresó, más pesado que antes.

 

Anna continuó sin inmutarse, y su mirada recorrió lentamente a todos aquellos nobles que la observaban con juicio.

 

—La inmovilizó usando magia de presión, dejándola inmóvil y asustada en medio del pasillo, y la humilló públicamente delante de todos los que pasaban. Nadie se atrevió a intervenir. —Su voz adquirió un tono más cortante, cargado de amargura—. Y lo hizo respaldado por personas que en el pasado aplaudieron cosas mucho peores que esas. Personas que hoy se llenan la boca con la palabra honor, pero que hace unos años disfrutaban viendo cómo yo ejercía el poder que ellos mismos me animaban a usar.

 

Varios de los nobles involucrados desviaron la vista, incómodos, enrojecidos por la vergüenza de haber sido señalados sin ser nombrados. Sabían que ella sabía. Sabían que ella recordaba quiénes eran realmente.

 

—Yo decidí detenerlo —concluyó Anna.

 

Seraphina observó a Alistair de reojo, con una ceja arqueada y una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre lo que pensaba de él y de su hipocresía.

 

—Curioso —dijo ella con suavidad, aunque con una punta de ironía cortante—. Ninguno de esos detalles sobre la inmovilización o la humillación aparecía en el informe oficial. Qué olvido tan desafortunado. Qué conveniente para ciertas personas.

 

Tavian escribió algo rápidamente sobre el papel, con una sonrisita apenas perceptible en los labios. El joven Vornak palideció visiblemente.

 

Anna mantuvo la mirada firme en el Triunvirato.

 

—Usé magia para detenerlo, sí. Eso no lo niego.

 

—¿Y consideras normal o aceptable liberar semejante cantidad de presión mágica solo para eso? —preguntó Seraphina, inclinándose ligeramente hacia adelante, sus ojos violetas brillando con intensidad—. Todo el que estaba presente ese día lo sintió. El aire se deformó, la temperatura bajó, la sensación de peligro fue tal que incluso quienes estaban lejos sintieron miedo. Un miedo primitivo, irracional, como si la muerte misma estuviera presente.

 

Ahí estaba.

 

El salón entero volvió a recordar aquel instante. La energía que Anna había desatado, involuntaria pero aterradora. Recordaban cómo incluso Garoum, acostumbrado a peligros, había sentido su instinto gritarle que retrocediera. Cómo todos habían temblado ante esa presencia.

 

Anna cerró ligeramente los dedos a los costados de su falda, luchando contra la culpa que siempre despertaba ese recuerdo, y pensó en Eliana esperando al otro lado de la puerta, en la única persona que nunca la había abandonado.

 

—No intentaba asustarlos. Solo quería separarlos y protegerla —dijo con sinceridad—. El poder se me fue de las manos. Como muchas cosas se me fueron de las manos en el pasado. Pero esta vez… no lo usé para destruir. Lo usé para frenar una injusticia.

 

—Pero lo hiciste —señaló Adrien. No había acusación ni ira en su voz. Solo la constatación de un hecho.

 

Anna guardó silencio unos segundos, aceptando esa verdad como una carga que ya conocía bien.

 

—Sí. Lo hice. Y lo lamento si causé miedo. Pero no lamento haber intervenido.

 

Los ojos dorados del hijo del Emperador permanecieron fijos en ella, escrutando cada matiz de su expresión.

 

—Los reportes que tenemos sobre ti son… contradictorios —comentó lentamente.

 

Tavian habló mientras revisaba otra pila de documentos, leyendo en voz alta puntos que parecían no tener relación con el juicio actual.

 

—Tenemos informes de la ciudad del sur. De hace unos meses. La pandemia de que asolo la ciudad dirigida por tu familia. La reorganización de recursos médicos, la distribución de suministros, la ayuda a los civiles. Hay testimonios de médicos, de soldados, de personas que sobrevivieron… y que mencionan tu nombre. Hablan de una joven que trabajó día y noche sin descanso, sin títulos, sin sirvientes, sin nada más que su propia voluntad de ayudar.

 

Seraphina la observó atentamente, midiendo el impacto de sus palabras.

 

—Y aun así… —añadió ella, bajando la voz hasta que sonó como un susurro peligroso— también eres la misma Anna D’Valriene que aterrorizó esta Academia durante años. Que gobernó por miedo, que destruyó vidas, que tuvo a todos bajo su dominio con la ayuda de muchas de las personas que están sentadas hoy aquí, y que luego fue dejada caer por esos mismos aliados en cuanto dejó de ser útil.

 

Anna sintió cómo las miradas de los nobles se clavaban en ella, llenas de rencor y vergüenza mal disimulada.

 

Otra vez el pasado. Siempre el pasado. Y esa gente que quería borrar su propia parte en esa historia.

 

Anna sostuvo aquella presión sin bajar la cabeza, sin apartar la vista de los tres líderes.

 

—No espero que lo olviden —dijo con firmeza—. Yo no lo olvido. No olvido lo que hice. No olvido quiénes me animaron a hacerlo. Y no olvido quiénes se fueron corriendo cuando todo se derrumbó, dejándome cargar con todo el peso yo sola mientras ellos seguían disfrutando de sus privilegios. —Hizo una pausa, y su voz se volvió más suave, pero más profunda—. La única persona que no me dejó caer, la única que sigue a mi lado sirviéndome no por mi apellido ni mi poder, sino por quien soy… está esperándome fuera de esa puerta. Y vale más que todos los que están aquí dentro juntos.

 

Esa afirmación provocó algo inesperado.

 

Varias miradas cambiaron en la sala. Los nobles involucrados bajaron la vista, acallados por la verdad desnuda de sus palabras. Porque la antigua Anna jamás habría dicho algo así. La antigua Anna habría mentido, habría intentado manipular, habría tratado de salvarse a costa de otros. Esta Anna… reconocía todo, incluso lo que la perjudicaba a ella misma, y defendía a quien realmente valía la pena.

 

Adrien entrelazó lentamente las manos sobre el escritorio de cristal, interesado más que nunca.

 

—Entonces dime algo, Anna D’Valriene.

 

El salón entero pareció contener la respiración. Incluso Alistair se quedó quieto, esperando la sentencia.

 

—Has sido una tirana. Has sido una amenaza. Y ahora… actúas como una defensora. ¿Cuál es la verdad? ¿Qué eres ahora, realmente?

 

Anna tardó apenas unos segundos en responder. Su voz fue clara, serena y cargada de todo lo que había aprendido, sufrido y cambiado.

 

—Alguien que ya no quiere usar el miedo para sentirse fuerte. Alguien que ha visto lo que ese poder hace a los demás… y lo que hace a uno mismo. Alguien que aprendió que la lealtad no se compra ni se exige, sino que se gana estando ahí cuando todo está mal. Y que prefiere tener solo una amiga sincera, a tener cien seguidores que solo esperen verte caer.

 

El silencio que reinó después fue absoluto. Incluso Tavian dejó de escribir por un instante, con la pluma suspendida en el aire. Seraphina entrecerró apenas los ojos, sorprendida por la contundencia de esa respuesta.

 

Y Adrien…

 

Sonrió levemente. No una sonrisa cálida, ni amistosa. Solo una pequeña curva casi imperceptible en sus labios, como alguien que acababa de confirmar algo que ya sospechaba.

 

Adrien permaneció en silencio unos segundos después de escuchar la declaración de Anna. Sus ojos dorados, serenos y analíticos, descendieron lentamente hacia los documentos dispersos sobre la mesa, como si estuviera sopesando cada palabra que acababa de escuchar y comparándola con todo lo que sabía de ella.

 

A su lado, Tavian dejó la pluma a un lado con un gesto deliberado; ya no necesitaba escribir nada más. Seraphina, por su parte, recorría con la mirada al resto del consejo, disfrutando en silencio, con una media sonrisa apenas perceptible, de cómo varios de los nobles comenzaban a removerse inquietos en sus asientos, incómodos bajo esa mirada que parecía ver a través de las mentiras.

 

Finalmente, Adrien rompió el silencio con su voz tranquila, pero cargada de autoridad.

 

—Se abrirá una nueva investigación formal sobre el incidente.

 

El salón entero quedó paralizado. Un murmullo ahogado recorrió las gradas como una ola.

 

Alistair Vornak levantó la cabeza bruscamente, con los ojos muy abiertos, incapaz de ocultar su sorpresa y pánico.

 

—¿Q-qué…? ¿Una nueva investigación? —tartamudeó, perdiendo por completo su aire arrogante.

 

Adrien ni siquiera se dignó a mirarlo. Mantuvo la vista fija en los papeles frente a él, como si el joven Vornak fuera algo insignificante.

 

—Los reportes entregados hasta ahora son incompletos, parciales y llenos de omisiones —continuó con calma absoluta—. Quiero testimonios detallados y completos de todos los involucrados, sin excepciones.

 

—presidente… —intentó intervenir uno de los nobles antiguos aliados de Anna, levantando una mano con vacilación.

 

—Así como registros mágicos del área, grabaciones de los cristales de memoria y los informes de los guardias que estaban cerca —siguió Adrien, imparable, ignorando la interrupción—. Y dependiendo de lo que arroje el informe final…

 

Levantó entonces la vista, y sus ojos dorados recorrieron lentamente todo el salón, deteniéndose un instante demasiado largo en Alistair y su círculo.

 

—Se tomarán medidas severas contra el verdadero responsable de lo ocurrido.

 

El ambiente se tensó de inmediato. Todos entendieron perfectamente lo que significaba: las cosas habían cambiado. Anna ya no era la única sospechosa, y sus antiguos amigos ahora eran quienes estaban bajo la lupa.

 

Por primera vez desde el inicio de la reunión, Alistair Vornak perdió completamente la compostura. Una gruesa gota de sudor descendió lentamente por su sien hasta perderse en su cuello. Anna lo notó. Y él, al sentir la mirada de ella, supo que ella también entendía lo que estaba pasando.

 

Adrien finalmente desvió la mirada hacia Anna, suavizando levemente su expresión.

 

—Hasta entonces, puedes retirarte.

 

Anna asintió levemente, con una mezcla de alivio y sorpresa.

 

—Entendido.

 

Las enormes puertas del salón se abrieron lentamente detrás de ella, permitiendo el paso. Apenas cruzó el umbral y las puertas se cerraron a sus espaldas, cortando la atmósfera asfixiante de juicio, sintió que podía respirar de nuevo.

 

Y allí estaba ella.

 

Eliana esperaba exactamente donde la había dejado, de pie, con las manos entrelazadas con fuerza y la mirada llena de ansiedad. Era su sirvienta, sí, pero sobre todo era su mejor amiga, la única que había estado ahí cuando todos los demás se fueron. Al verla aparecer, la chica levantó la cabeza de inmediato, escaneándola en busca de heridas o señales de que la habían reprendido.

 

—¿Y bien? —preguntó con urgencia, acercándose rápidamente.

 

Anna soltó un pequeño suspiro cansado, se pasó una mano por el cabello y esbozó una media sonrisa.

 

—Sigo viva.

 

Eliana soltó el aire que había estado conteniendo y sonrió aliviada, dándole un empujoncito suave con el hombro.

 

—Eso ya supera mis expectativas. La verdad, pensé que tendría que ir a sacarte de algún calabozo.

 

Anna soltó una pequeña risa cansada, y juntas comenzaron a caminar por los largos pasillos de la Academia, alejándose de la torre del consejo.

 

Más tarde…

 

El gimnasio mágico privado, un recinto amplio con paredes reforzadas y barreras protectoras, estaba extrañamente lleno aquella tarde. Daeron había solicitado el lugar personalmente, argumentando que necesitaban espacio y seguridad para el entrenamiento. Y, considerando quién era la alumna principal y su historial reciente de destrozos… todos estuvieron de acuerdo en que era una decisión bastante razonable.

 

Anna miró a su alrededor, sorprendida por la cantidad de gente reunida.

 

Eliana estaba sentada en una banca cercana, con una botella de agua y una toalla, lista para cualquier emergencia —o para reírse primero y ayudar después, como solía hacer—. Un poco más lejos, Lyra y la pequeña Lira discutían acaloradamente mientras intentaban formar pequeños círculos mágicos, fallando estrepitosamente y riéndose entre ellas. Marien practicaba ejercicios de concentración básica, visiblemente nerviosa pero decidida a aprender. Garoum, como siempre, observaba todo apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa calma impasible que lo caracterizaba.

 

Pero lo que realmente la sorprendió fue ver, cerca del fondo, a Cedric Valcrest y a Evelyne Solhaven observando todo con curiosidad.

 

Anna parpadeó varias veces, convencida de que se le habría perdido algo.

 

—¿Ustedes también se unen al entrenamiento?

 

Cedric se encogió de hombros con total naturalidad, ajustándose los guantes.

 

—Digamos que… si vamos a seguir estando cerca de ti y de tus estallidos emocionales y mágicos, probablemente deberíamos aprender algo de magia defensiva. Por supervivencia, básicamente.

 

—Además, parece divertido —añadió Evelyne con una sonrisa tranquila y una chispa de picardía en los ojos—. Y se rumorea que los entrenamientos de Daeron son… interesantes.

 

Daeron soltó un suspiro pesado y golpeó el suelo con su bastón para llamar la atención, cortando cualquier conversación.

 

—Bien. Basta de charla. Si siguen hablando, empiezo con ejercicios de flotación durante tres horas. Anna, ven aquí. Ahora.

 

Ella caminó hasta el centro de la sala, poniéndose frente a él, preparada para las críticas de siempre. Daeron la miró de arriba abajo con esa expresión de "no puedo creer que tenga que enseñarte esto" que usaba tan a menudo.

 

—Tu problema no es falta de poder. Eso ya lo tenemos más que claro —empezó él, señalándola con un dedo acusador.

 

—Eso ya lo notamos… y lo sufrimos —murmuró Eliana desde atrás, ganándose una mirada de reojo por parte del maestro.

 

—Tu magia no responde como debería, no porque sea rebelde o difícil —continuó Daeron, ignorando el comentario—, sino porque tú misma la rechazas.

 

Anna frunció el ceño, confundida.

 

—¿Qué se supone que significa eso? ¿Que no me cae bien o qué?

 

Daeron la observó fijamente, serio como nunca.

 

—La magia responde al alma de su usuario. Siempre lo ha hecho. Es una extensión de ti misma. Mientras más en paz estés contigo misma, mientras más conectada estés con lo que eres, más natural fluye el maná. Es como respirar.

 

El gimnasio quedó en silencio. Todos escuchaban con atención.

 

—Y ahora mismo —continuó él, bajando la voz hasta que sonó casi como un diagnóstico médico— tú sientes rechazo hacia tu propia magia. Le tienes miedo. La ves como algo sucio, monstruoso, peligroso. Algo que solo sirve para destruir o para hacer daño.

 

Anna bajó la mirada lentamente, hacia sus propias manos. No podía negarlo. Era exactamente lo que sentía. Cada vez que usaba su poder, lo hacía con tensión, con miedo a que se le fuera de las manos, miedo a convertirse de nuevo en lo que fue.

 

—Por eso no responde correctamente —explicó Daeron con paciencia—. Porque intentas usarla… mientras al mismo tiempo estás desesperada por contenerla, encerrarla y alejarla de ti. Es como intentar correr y frenar al mismo tiempo. Terminas rompiendo algo.

 

Eliana se inclinó hacia adelante desde su asiento.

 

—Entonces lo primero que debe hacer… es dejar de odiarla y aceptarla como parte de ella, ¿no?

 

Marien asintió rápidamente desde su rincón, con las mejillas sonrosadas por la timidez, pero decidida a hablar.

 

—N-no creo que tu magia sea mala, señorita Anna… ¡en absoluto! Es fuerte, sí… pero solo es un reflejo de quién la usa.

 

Lyra sonrió apenas, cruzándose de brazos.

 

—Da miedo, eso es cierto. Hasta a mí me pone los pelos de punta a veces. Pero tú también has cambiado, Anna. Y si tú cambias, tu magia también lo hará.

 

Garoum soltó una pequeña risa grave desde la pared.

 

—Si fueras realmente tan peligrosa y descontrolada como crees… ya habrías destruido medio edificio de la academia hace años. Y mira, aquí seguimos.

 

—¡No le des ideas! —protestó Lira inmediatamente, levantando las manos en gesto de protección

 

— ¡Aun no aprendo a volar, si nos vuela por los aires me voy a enojar mucho!

 

 

Incluso Cedric habló esta vez, con esa tranquilidad arrogante que lo caracterizaba.

 

—Todos aquí seguimos de pie, seguimos entrenando contigo y nos hemos puesto en riesgo a tu lado aun sabiendo lo que pasó. Eso debería decirte algo sobre lo que pensamos de ti y de tu "poder monstruoso".

 

Anna permaneció en silencio varios segundos, procesando todas esas palabras. El peso en su pecho pareció aligerarse un poco. Lentamente, levantó la cabeza y respiró hondo, soltando todo el aire cargado de culpa.

 

Daeron asintió, satisfecho.

 

—Bien. Esa es la actitud. Ahora concéntrate. No intentes dominar el maná como si fuera un enemigo al que vencer. Solo acéptalo. Siente que está ahí, que es tuyo, y déjalo fluir. Como el agua.

 

Anna cerró los ojos. Se concentró. Dejó de poner barreras.

 

El aire comenzó a vibrar levemente alrededor de ella. Una pequeña corriente luminosa, plateada y suave, apareció alrededor de sus dedos, girando con calma. Por primera vez, la magia parecía estable, tranquila… hermosa incluso.

 

Marien abrió los ojos emocionados, dando un saltito en su sitio.

 

—¡Está funcionando! ¡Miren!

 

Incluso Daeron abrió los ojos con sorpresa y esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción.

 

—Eso es… muy bien. Sigue así, déjalo crecer poco a poco…

 

Anna respiró lentamente, confiando.

 

Y entonces…

 

CRACK.

 

La luz se deformó de golpe. El aire tembló violentamente, como si todo el espacio se hubiera roto. Los ojos de Daeron se abrieron de golpe, pasando de la satisfacción al puro terror en una fracción de segundo.

 

—… Anna, NO—

 

¡BOOOOOOM!

 

Una explosión monstruosa, mucho más grande de lo que cualquiera hubiera imaginado, sacudió el gimnasio entero de punta a punta. Una nube de humo grisáceo y ceniza se expandió en un segundo, llenando todo el recinto. Las ventanas vibraron con estrépito. El suelo tembló tan fuerte que todos perdieron el equilibrio y cayeron o se tambalearon.

 

Y durante unos segundos eternos… solo hubo silencio y polvo.

 

Después, desde lo más profundo de la nube de humo, un grito desgarrador rompió la calma.

 

—¡¡AAAAAAAAH!! ¡¡ME ESTOY QUEMANDO!! ¡¡AYUDA!!

 

Entre la nube grisácea, Cedric Valcrest apareció corriendo desesperado por todo el gimnasio, dando vueltas en círculos mientras pequeñas pero persistentes llamas consumían la parte trasera de su túnica y parte de su cabello.

 

—¡¡QUIÉTENLO, QUIÉTENLO, ¡¡¡POR FAVOR!!  —gritaba mientras se sacudía como un loco.

 

—¡DEJA DE CORRER, IDIOTA! —gritó Evelyne, corriendo detrás de él con las manos cargadas de agua mágica, tratando de alcanzarlo sin éxito— ¡¡SI CORRES EL FUEGO SE ALIMENTA!!

 

—¡EL FUEGO NECESITA OXÍGENO, NO CORRAS TANTO! —gritaba también la pequeña Lira, que había salido disparada detrás de ellos con un cubo improvisado en la mano, saltando y tratando de alcanzar el hombro de Cedric— ¡¡¡QUE TE VOY A TIRAR AGUA EN LA CARA SI SIGUES ASÍ!!!

 

Finalmente, Lyra, que se había sacudido el polvo de los ojos, decidió tomar cartas en el asunto. Levantó una mano, concentró un chorro de agua mágica potente y directo… y disparó.

 

¡PSSSHHH!

 

El chorro golpeó a Cedric de lleno en la cara y en la espalda, apagando el fuego de golpe, pero mandándolo de cara contra el suelo, donde cayó de rodillas, totalmente empapado, cubierto de hollín, con el pelo pegado a la frente y la túnica hecha jirones.

 

—… —Cedric se quedó mirando al frente, aturdido— Creo que vi a mis ancestros. Y me miraron con decepción.

 

Mientras tanto, el humo comenzó a disiparse lentamente alrededor del centro del gimnasio, revelando la figura de Anna.

 

Ella seguía allí de pie.

 

Estaba totalmente cubierta de ceniza gris, de arriba abajo. Su cabello, normalmente liso y brillante, estaba totalmente chamuscado, parado en puntas hacia arriba como si hubiera metido los dedos en un enchufe gigante. Tenía la cara manchada de negro, solo se le veían los ojos y los dientes cuando parpadeaba.

 

Se quedó quieta un segundo. Parpadeó una vez. Luego se pasó una mano por el pelo, que soltó una nube de polvo, y soltó un pequeño suspiro muy tranquilo, muy sereno… muy inocente.

 

—… creo que se descontroló un poquito.

 

El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral. Todos se quedaron mirándola, con la boca abierta, cubiertos de polvo, algunos con ropa rasgada, otros empapados y otros todavía tosiendo por el humo.

 

Daeron, que estaba apoyado contra una columna con el uniforme sucio, el pelo revuelto y una expresión que mezclaba terror, indignación y cansancio infinito, la señaló con un dedo tembloroso, incapaz de encontrar palabras al principio.

 

—¿¡CREES!? —gritó finalmente, con la voz entrecortada— ¿¡CREES QUE SE DESCONTROLÓ UN POQUITO?! ¡¡CASI VOLAMOS EL TECHO DEL GIMNASIO!! ¡¡HACE UN MOMENTO YO TENÍA PELO!!

 

—¡CASI NOS HACES A TODOS CARBÓN! —gritó Eliana, que estaba sentada en el suelo, cubierta completamente de negro, pareciendo más un fantasma que una persona— ¡¡MIRAME!! ¡¡SOY GRIS, ANNA!! ¡¡YO ERA RUBIA, AHORA SOY GRIS!!

 

Marien, que estaba en una esquina con las mejillas negras como si se hubiera pintado, intentó contener la risa con todas sus fuerzas. Se tapó la boca, se puso roja… y finalmente no pudo más.

 

—¡PFFF—¡¡HAHAHAHAHAHAHA!! —estalló en carcajadas, señalando a Anna y luego a Cedric tirado en el suelo.

 

 

Garoum, que parecía ser el único casi ileso —probablemente porque su tamaño y dureza natural habían actuado de escudo humano—, soltó una carcajada grave y profunda que hizo vibrar el suelo, señalando a todos con el dedo.

 

—¡Jajajaja! ¡Mírense! ¡Parecen todos estatuas de carbón recién salidas del horno! —exclamó, mientras daba una palmada en su rodilla, divertido como nunca—. ¡Y tú, maestro Daeron, hace unos segundos tenías el pelo negro y liso, ahora parece que te lo han peinado con un rayo!

 

Daeron se pasó una mano por la cabeza, descubriendo con horror que efectivamente, su cabello estaba tieso, lleno de ceniza y con una forma muy parecida a un pájaro anidado allí. Se quedó petrificado un segundo, con la boca entreabierta por la indignación.

 

—No... no es posible... —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Mi peinado! ¡Me tomaba dos horas cada mañana arreglármelo! ¡Dos horas! ¡Y ella lo ha arruinado en un segundo! ¡Esto es daño moral, esto es para demandarla!

 

Lyra, que se sacudía el polvo de la túnica entre risas, señaló a Lira, que estaba sentada en el suelo con el cubo todavía en la mano, la cara totalmente negra y solo sus ojos brillando en medio de tanto hollín.

 

—¡Miren a Lira! ¡Parece un pequeño duende de las cenizas!

 

—¡Oye! —protestó la niña, poniéndose de pie de un salto y sacudiéndose la ropa con mucha dignidad, aunque eso solo hizo que soltara otra nube de polvo— ¡Yo salí corriendo para ayudar! ¡Si no hubiera sido por mí, el señor Cedric seguiría corriendo y gritando como una gallina sin cabeza!

 

Todos giraron la mirada hacia el pobre Cedric Valcrest, que seguía de rodillas en el suelo, empapado, con la túnica hecha jirones, el pelo pegado a la frente y una expresión de absoluto trauma en el rostro. Evelyne estaba a su lado, intentando secarlo con un pañuelo, aunque ella misma estaba tan sucia como él y no ayudaba mucho.

 

—Creo... —murmuró Cedric con voz temblorosa, señalando hacia Anna con un dedo que le pesaba una tonelada— creo que me retiro del entrenamiento de supervivencia. Creo que me iré a vivir a una cueva en la montaña. Lejos. Muy lejos. Donde el mayor peligro sea una cabra enfadada y no una bomba con patas.

 

—¡Vamos, no seas exagerado! —se burló Eliana, acercándose a él y dándole un empujoncito amistoso que le soltó más polvo encima— ¡Sigues entero! Bueno... más o menos.

 

Entonces todos volvieron la mirada hacia el centro, hacia Anna, que seguía allí parada, inmutable, con esa apariencia cómica de estatua gris con el pelo de punta, parpadeando inocentemente mientras se sacudía un poco más de ceniza del hombro.

 

—De verdad —insistió ella, con una calma impresionante para la situación— solo fue un poquito más fuerte de lo esperado. Pero... ¡esta vez no rompimos las paredes! ¿Ven? —señaló alrededor, como si aquello fuera un gran logro— Las paredes siguen ahí. Creo que fue un progreso.

 

Se hizo un silencio breve, y luego...

 

—¿¿PROGRESO?? —gritaron todos al unísono, incluso el siempre tranquilo Garoum, que se había llevado las manos a la cabeza.

 

Daeron se llevó ambas manos al rostro, resoplando con fuerza, intentando no desmayarse del estrés, y comenzó a caminar en círculos alrededor de ella, señalándola con el dedo como si fuera el desastre más bonito y terrible que había visto en su vida.

 

—¡Escúchame bien, "progreso" significa avanzar, mejorar, ir hacia adelante! —le explicó casi gritando, marcando cada sílaba— ¡Esto que acabamos de vivir no fue progreso, fue un apocalipsis en miniatura! ¡Esto fue lo que pasaría si un dragón estornudara dentro de una habitación cerrada! ¡Míranos! ¡Todos parecemos mineros recién salidos de la mina más profunda del mundo! ¡Y tú... tú pareces un rayo que decidió ponerse falda y venir a la academia!

 

Anna bajó la mirada, fingiéndose arrepentida, aunque una pequeña sonrisita se le escapaba por la comisura de los labios.

 

—Bueno... al menos... ya no le tengo miedo —dijo de repente, levantando la vista con brillo de satisfacción en los ojos.

 

Daeron se detuvo en seco. Se quedó mirándola, procesando lo que acababa de decir, y luego soltó un suspiro tan largo y profundo que pareció desinflarse por completo, dejando caer los hombros y la cabeza hacia atrás, mirando al techo como si buscara paciencia divina.

 

—¿Ah, ¿no? ¿Ya no le tienes miedo? —repitió con voz cansina y resignada— Genial. Maravilloso. Entonces mi trabajo está hecho. Me voy a casa. Me voy a tomar un té y a llorar un rato en mi habitación.

 

—¡Pero Daeron! —protestó ella, riéndose— ¡Acabas de decir que el problema era que le tenía miedo y que la rechazaba! ¡Ya no lo hago! ¡Lo logré! ¡Hice exactamente lo que me dijiste!

 

—¡Sí, pero te pasaste de la raya! —replicó él, señalando el desastre a su alrededor— ¡Te dije que la aceptaras, que la sintieras, que fluyeras con ella! ¡No que te convirtieras en el centro de una explosión mágica! ¡Es como si te dijera "come una galleta" y te comieras la despensa entera!

 

Marien, que ya se había secado las lágrimas de tanto reír, se acercó tímidamente a Anna y le dio unas palmaditas en el brazo, dejando una mancha negra sobre la ropa ya sucia.

 

—En el fondo... creo que tiene razón —dijo dulcemente—. Funcionó. Esta vez no lo hiciste con miedo. Y.… bueno, ahora sabemos qué pasa cuando te sientes demasiado cómoda con tu poder. Es útil saberlo. Supongo.

 

—¡Muy útil! —intervino Cedric desde el suelo, todavía frotándose la espalda— Útil para saber dónde NO estar cuando Anna empiece a "aceptar su magia". Quedaré anotado en mi diario: Nota mental: Si Anna sonríe y dice que ya no tiene miedo, correr hacia la salida más lejana y esconderse bajo tierra.

 

Anna soltó una risa sincera y se apoyó en ella, mirando a todos los que, a pesar del desastre, la miraban con sonrisas en lugar de miedo. Daeron, por su parte, se detuvo frente a ellos, se cruzó de brazos —aunque seguía pareciendo un pájaro hecho ceniza— y aunque intentó poner cara de malo, no pudo evitar que una pequeña sonrisa se le escapara.

 

—Está bien... —dijo finalmente, rindiéndose ante la evidencia—. Ha sido un desastre absoluto, terrible, caótico y totalmente impredecible. Pero... supongo que es mejor que estés así, feliz y descontrolada, que triste y reprimiéndote hasta enfermarte. Pero te lo advierto, Anna D’Valriene...

 

Señaló el suelo entre ellos con seriedad.

 

—La próxima vez que hagas algo así, te haré limpiar todo este gimnasio tú sola. Con un cepillo de dientes. Y sin magia. ¿Entendido?

 

Anna asintió con tanta energía que una nube de polvo salió disparada de su cabello.

 

—¡Entendido, maestro! ¡Prometo que la próxima vez será más... contenida!

 

—Me conformo con que no volemos el edificio —murmuró Daeron, girándose para irse arrastrando los pies, mientras se pasaba la mano por el pelo intentando arreglarlo inútilmente—. Ahora vámonos de aquí antes de que lleguen los guardias y nos multen por atentar contra la decoración de la academia.

 

Y así, todos comenzaron a caminar hacia la salida, formando la estampa más extraña y graciosa que se hubiera visto nunca: un grupo de jóvenes nobles y magos poderosos, todos cubiertos de negro, algunos empapados, otros con ropa rota, todos riéndose entre ellos, mientras en el centro caminaba la chica que un día fue temida por todos, ahora convertida en la fuente de desastres más querida y divertida que existía.

 

Y aunque el gimnasio quedó hecho un desastre, Anna sentía algo que hacía mucho, mucho tiempo, no sentía: que, aunque fuera a su propia y caótica manera, finalmente estaba empezando a entenderse a sí misma. Y que, pase lo que pase, estas personas no solo estaban ahí para verla caer, sino para levantarse con ella... incluso si eso significaba terminar cubiertos de ceniza.

 

El baño comunal femenino del ala noble de la Academia era, sencillamente, descomunal.

 

No se parecía en nada a lo que uno esperaría de unas instalaciones estudiantiles. Más bien tenía el lujo y la amplitud de un pequeño balneario privado reservado solo para la realeza. Columnas de mármol blanco pulido rodeaban una enorme piscina termal central, donde el agua cristalina emanaba calor y un vapor suave que flotaba en el aire, difuminando los contornos y creando una atmósfera tranquila y relajante. Varias lámparas mágicas flotaban en el techo, iluminando todo con una luz cálida y tenue, perfecta para borrar el cansancio.

 

Y después del desastre absoluto que había ocurrido en el gimnasio unas horas antes… todas lo necesitaban más que nunca.

 

Anna estaba hundida hasta los hombros en el agua caliente, recostada contra el borde de piedra, frotándose el cabello con lentitud y resignación. A pesar de los productos de belleza de la mejor calidad que usaba, todavía encontraba pequeños restos de hollín negro escondidos entre los mechones. O lo que era peor: encontraba restos de lo que quedaba de su dignidad después de haber hecho volar medio edificio y haber dejado a todos sus amigos cubiertos de ceniza.

 

A su lado, Eliana estaba recostada completamente relajada, con los ojos cerrados y una expresión de puro placer, disfrutando del silencio que, por fin, no estaba lleno de explosiones ni gritos de pánico.

 

Más al fondo, Lyra y Evelyne conversaban tranquilamente, sentadas en los escalones más profundos, dejando que el agua les llegara hasta el cuello. Cerca de ellas, Marien hacía todo lo posible por desenredar el cabello de la pequeña Lira, que parecía haber sido la que más ceniza había acumulado en toda la cabeza.

 

—Todavía no entiendo cómo seguimos vivas y enteras… —murmuró Marien, pasando el peine con delicadeza—. Sinceramente, cuando vi esa luz… pensé que era el fin del mundo.

 

—Yo sí sé por qué seguimos aquí —respondió Lyra con una sonrisa burlona, mirando de reojo a Anna—. Sencillamente porque Anna tuvo mucha suerte de no matarnos accidentalmente antes de aprender a controlar eso.

 

—¡Oye! —protestó Anna inmediatamente, saliendo del agua hasta la cintura y señalándola con indignación—. ¡Fue un progreso! ¡Daeron mismo lo dijo, de alguna forma!

 

Desde el otro extremo de la piscina, Lira levantó una mano del agua como si estuviera en una clase.

 

—Yo sigo pensando que lo mejor de todo no fue la explosión… fue ver al señor Cedric corriendo en llamas por todo el gimnasio. ¡Jajaja! ¡Parecía un trozo de leña encendida!

 

Todas soltaron pequeñas risas al recordar la escena caótica. Incluso Evelyne, que siempre mantenía la compostura, no pudo evitar sonreír con malicia.

 

—Era idéntico a una antorcha humana. Y lo peor era su cara… parecía que el fin del mundo había llegado solo para él.

 

—¡Y seguía gritando "me quemo, me quemo" mientras corría en círculos! —añadió Marien, tapándose la boca para intentar contener la risa, aunque le salían lágrimas de los ojos de tanto reír.

 

Anna soltó un gemido de vergüenza y volvió a hundirse lentamente en el agua hasta que solo quedó fuera la nariz y los ojos.

 

—Quiero desaparecer. Que la tierra me trague. O que el agua me convierta en una burbuja y me lleve lejos.

 

—Demasiado tarde para eso, querida amiga —dijo Eliana, abriendo un ojo y mirándola con una sonrisa que Anna conocía demasiado bien.

 

Una sonrisa peligrosa.

 

La sonrisa que significaba: Tengo un recuerdo vergonzoso y pienso compartirlo con todas.

 

Anna sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura del agua. Conocía esa mirada. Y efectivamente…

 

—Aunque debo decir que esta escena de hoy no supera, ni por mucho, la vez que intenté ayudarla a bañarse por primera vez, justo cuando empezó a… bueno, a cambiar su forma de ser.

 

Anna se congeló en el acto. El agua a su alrededor pareció enfriarse diez grados de golpe.

 

—… Eliana. Ni se te ocurra.

 

Lyra levantó una ceja, interesada de inmediato, acercándose un poco más.

 

—¿Oh? ¿Qué pasó ahí? Suena prometedor.

 

Marien abrió los ojos enormes, brillando de emoción.

 

—¡Cuéntanos, por favor! ¡No me dejes con la duda!

 

Anna apuntó inmediatamente con el dedo índice hacia su sirvienta y mejor amiga, con una expresión de pánico absoluto.

 

—¡Eso no es necesario contarlo! ¡Es información clasificada y prohibida al público!

 

Pero ya era tarde. Eliana ya había decidido que esa historia debía ser contada. Se acomodó mejor en el borde, apoyó el rostro sobre una mano y soltó una risita traviesa.

 

—Llevaba días sin querer bañarse. Literalmente días. Yo no entendía nada. Antes le encantaba estar arreglada y limpia, pero de repente se encerró en su habitación y ni siquiera me dejaba entrar para ayudarla.

 

—¡ELIANA, TE LO PROHÍBO! —gritó Anna, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.

 

—Y cuando finalmente logré entrar y convencida de que debía lavarse… —continuó Eliana, ignorándola por completo, disfrutando cada segundo— intenté ayudarla a desvestirse y meterse en el agua. Y… ¡sorpresa! Anna se puso completamente roja, del color de una manzana madura, me empujó suavemente y casi me echa de la habitación a gritos.

 

Las demás chicas comenzaron a reírse de inmediato.

 

—¿Eh? —Marien parpadeó, sorprendida—. ¿Anna D’Valrienne… avergonzada por bañarse? ¿Cómo es posible eso?

 

—Yo tampoco lo creía posible —añadió Evelyne, divertida—. La antigua Anna se paseaba por ahí como si fuera la diosa de la belleza misma, nada le daba vergüenza.

 

Lyra se llevó una mano al pecho, haciendo un gesto dramático.

 

—¡Increíble! La gran, poderosa y temida Anna D’Valrienne… derrotada por un baño y su propia timidez.

 

Lira flotaba en el agua, daba vueltas y se reía sin contenerse, señalándola.

 

—¡JAJAJA! ¡Quiero imaginarme su cara! ¡Seguro parecía un tomate a punto de explotar!

 

Anna terminó hundiéndose lentamente, muy despacio, hasta que solo la punta de su nariz quedaba fuera del agua, deseando con toda su alma que el agua se la tragara para siempre.

 

Porque claro…

 

Eliana jamás podría entender la verdadera razón. Nadie podía.

 

En aquel entonces, cuando todo empezó a cambiar, cuando la personalidad de la "antigua Anna" se desvaneció y su propia conciencia despertó… ella todavía no aceptaba ese cuerpo.

 

Porque la persona que habitaba dentro de esa piel, dentro de esos rasgos finos, dentro de esa cabellera hermosa, seguía siendo, en el fondo, el alma de un chico de otro mundo. De una vida anterior, lejana y muy distinta.

 

Ver aquel cuerpo en el espejo. Tocarlo. Mirarse desnuda. Sentir las curvas, la suavidad, todo lo que era tan femenino y ajeno a lo que alguna vez fue… todo se sentía extraño. Incorrecto. Como si estuviera viviendo dentro de la vida de otra persona, usando un disfraz que le quedaba grande y pesado. Sentía que estaba invadiendo el espacio de alguien más. Y por eso reaccionó así aquel día: no era vergüenza, era confusión, era rechazo, era miedo a verse y no reconocerse.

 

Pero ahora…

 

Ahora todo era diferente.

 

Con el paso del tiempo, con las experiencias vividas, con el dolor y con la alegría compartida, dejó de sentirse ajena a sí misma. Entendió que ya no había vuelta atrás. Que ese cuerpo ya no era "el de alguien más", ni un disfraz, ni algo ajeno.

 

Era suyo.

 

Era su nueva vida. Su realidad. Y, poco a poco, lo había aceptado. Se había aceptado a sí misma, con todo lo que eso implicaba.

 

Aunque claro… una cosa era aceptarlo, y otra muy distinta era que su mejor amiga la siguiera molestando por ello. Y, sobre todo, no podía explicar esa razón en voz alta. ¿Cómo decirles: "Es que antes yo era un chico"? Simplemente era imposible.

 

Y Eliana, completamente ignorante de aquella guerra interna que Anna había librado en silencio, seguía atacando sin piedad, rematando la historia.

 

—Incluso llegó a gritarme, con esa voz que le salía tan aguda por los nervios: "¡Puedo hacerlo sola! ¡Déjame en paz!".

 

Marien ya estaba riéndose sin control, agarrándose el estómago.

 

—¡No puedo imaginar a la señorita Anna diciendo eso! ¡Es demasiado gracioso!

 

—Yo sí puedo —dijo Lyra, secándose las lágrimas que le provocaba la risa—. Y te aseguro que estaba toda roja, sin saber dónde esconderse.

 

Anna emergió apenas del agua, mirándolas a todas con derrota absoluta, sintiéndose la persona más acosada del universo.

 

—Las odio a todas. De verdad. Con toda mi alma.

 

—Mentira —respondió Eliana inmediatamente, con esa seguridad absoluta que solo tienen quienes te conocen desde siempre.

 

Se acercó un poco más, rompiendo la distancia, y con mucho cuidado y suavidad, le acomodó un mechón húmedo detrás de la oreja, limpiándole una pequeña mancha de ceniza que todavía quedaba en su mejilla.

 

—Si realmente nos odiaras, o si realmente te molestáramos… no estarías aquí, relajándote, riéndote con nosotras y dejando que te molestemos así.

 

El ambiente se calmó un poco después de esas palabras. Las risas se suavizaron y la tranquilidad volvió a llenar la sala.

 

Anna desvió ligeramente la mirada, hacia el vapor que se elevaba suavemente.

 

Odiarlas… era imposible.

 

Por primera vez desde que su conciencia despertó en este mundo, desde que abrió los ojos en este cuerpo extraño y sintió que todo estaba mal… sentía que pertenecía a algún lugar.

 

Aunque fuera un grupo de chicas que se burlaban de ella sin piedad. Aunque estuvieran todas cubiertas de restos de una explosión mágica. Aunque casi hubieran volado la academia entera unas horas antes.

 

Estaban ahí. Con ella. Y ella estaba ahí con ellas.

 

Y en ese momento, flotando en agua caliente, rodeada de risas y amistad, Anna comprendió que, a pesar de todo lo extraño, difícil y confuso que había sido su camino… al final, todo lo que realmente necesitaba lo había encontrado aquí.

 

Al otro lado de la Academia, el ambiente era completamente distinto.

 

El baño masculino no tenía la elegancia exagerada ni las columnas de mármol del femenino, pero seguía siendo absurdamente lujoso para cualquier estándar normal. Grandes piscinas termales ocupaban el centro del recinto, con aguas cristalinas y vapor caliente que llenaba el aire de una humedad agradable.

 

Sin embargo, para Cedric Valcrest, nada podía borrar la sensación que llevaba pegada a la piel.

 

Permanecía sentado dentro del agua, con la mirada perdida en la nada y una expresión de profundo trauma, como si todavía pudiera sentir el calor de las llamas en su ropa.

 

—Todavía huelo a humo… —murmuró, frotándose el brazo con desgana—. Creo que me voy a bañar con agua bendita por una semana entera.

 

Daeron soltó una pequeña risa mientras se lavaba restos de hollín del brazo bajo el chorro de agua de un grifo de piedra.

 

—Eso te pasa por correr como un loco mientras te estabas incendiando. Si te hubieras quedado quieto, solo estarías un poco chamuscado, no una antorcha ambulante.

 

—¡ESTABA EN LLAMAS, DAERON! ¡ERA UNA CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA! —replicó Cedric, indignado.

 

Garoum soltó una carcajada grave y profunda desde el otro extremo de la piscina, haciendo eco en las paredes de piedra.

 

—Tu cara cuando el agua te golpeó fue lo mejor que he visto en años. Gracias por el espectáculo.

 

—Traidores… todos unos traidores… —se quejó Cedric, volviendo a hundirse un poco más en el agua hasta que solo quedaron fuera sus ojos y su nariz, murmurando cosas incomprensibles sobre seguridad y seguro de vida.

 

El silencio se mantuvo durante unos minutos, roto solo por el sonido del agua corriendo y el vapor moviéndose en el aire.

 

Pero la tranquilidad no duró mucho.

 

Cedric llevaba ya un buen rato observando a Daeron en silencio, con la mirada fija y seria, dejando que sus pensamientos dieran vueltas y vueltas en su cabeza. Finalmente, soltó un suspiro pesado, salió del agua y se acercó hasta donde estaba el maestro, decidido. Era hora de hablar de lo importante, de lo que realmente le carcomía la duda.

 

—Voy a preguntarlo sin rodeos —dijo de repente.

 

Daeron alzó apenas una ceja mientras se secaba el rostro con una toalla.

 

—Eso nunca trae nada bueno viniendo de ti.

 

—Probablemente no —admitió Cedric sin vacilar. Dio un paso más y lo miró directamente a los ojos, sin permitir que se desviara—. ¿Por qué demonios la ayudas?

 

El ambiente cambió de golpe. La ligereza del momento anterior desapareció, reemplazada por una tensión densa y pesada. Garoum dejó de moverse; ya sabía hacia dónde iba aquello. Cedric le había hecho prácticamente la misma pregunta días atrás, pero la respuesta no le había bastado. Ahora quería escuchar la verdad de boca de Daeron.

 

—Y no me respondas con bromas esta vez —advirtió Cedric, bajando el tono de voz hasta volverse serio y grave—. Hablo en serio, Daeron. Más que nunca. —Hizo una pausa, buscando las palabras exactas—. Después de lo que pasó con tu hermana… después de todo el dolor que ella te causó… no entiendo cómo puedes estar ahí, a su lado, enseñándole magia, protegiéndola, como si nada hubiera pasado. Es imposible que ya lo hayas olvidado.

 

El agua siguió cayendo lentamente del grifo, goteando sobre la piedra, marcando cada segundo de silencio.

 

Daeron no respondió de inmediato. Sus dedos se quedaron quietos bajo el chorro de agua unos segundos antes de cerrarlo lentamente, con movimientos pausados, casi mecánicos.

 

El silencio que siguió fue pesado, cargado de recuerdos amargos y cicatrices que nunca habían cerrado del todo. Cuando habló, su voz había perdido casi toda la arrogancia habitual. Sonaba cansado, viejo… y terriblemente sincero.

 

—No pasa un solo día en que no piense en Seris —dijo en un susurro que pareció cortar el aire.

 

Cedric guardó silencio. Garoum tampoco habló. Ambos sabían que aquello no era una frase hecha. Era la pura verdad.

 

Daeron observó su reflejo en el espejo de piedra, sus ojos grises oscureciéndose.

 

—Ni uno solo. Durante años, Anna D’Valriene fue para mí la encarnación de todo lo malo que existe en este mundo. La odié más de lo que he odiado a cualquier persona, a cualquier enemigo, a cualquier cosa en mi vida. —Apretó los dientes solo de recordarlo—. Cada vez que veía su cara… recordaba a mi hermana. Cada vez que escuchaba su nombre… recordaba que nunca pudimos traer a Seris de vuelta. Que ella se fue, y Anna seguía ahí, intocable, arrogante, destruyendo vidas como si nada.

 

Cedric bajó apenas la mirada, comprendiendo el peso de ese odio.

 

—Y sí… —continuó Daeron, con amargura— durante mucho tiempo estuve convencido de que ella tuvo algo que ver. Directa o indirectamente, pensé que su crueldad, su indiferencia, su forma de gobernar este lugar con miedo, habían matado a mi hermana igual que mató la alegría de muchos otros. Quería culparla. Necesitaba culparla. Porque si la culpa era suya, entonces el dolor tenía un sentido.

 

Se apoyó en el borde del lavabo, mirando al vacío.

 

—Pero entonces… llegó la pandemia. Hace unos meses, en la ciudad del sur, territorio de la familia D´Valriene.

 

Cedric levantó ligeramente la vista. Garoum también lo observó con mucha atención, porque sabían que ahí había ocurrido algo que marcó un antes y un después en él.

 

Daeron soltó aire lentamente, como si solo recordarlo le costara esfuerzo.

 

—Ahí fue cuando todo empezó a sentirse… mal. Extraño. Confuso. —Sacudió la cabeza, incapaz de entenderlo del todo todavía—. La Anna que conocíamos, la que aterrorizaba esta academia… desapareció casi de golpe. Cuando la crisis estalló, cuando la enfermedad se llevó a la gente y todos empezamos a tener miedo… ella no huyó. No se encerró en su torre. No dio órdenes desde lejos como habría hecho la antigua Anna.

 

Hizo una pausa, y su mirada se volvió distante, viajando de vuelta a esos días oscuros.

 

—La vi llegar al campo de refugiados con las manos vacías y la cabeza erguida. Ya no buscaba peleas. Ya no humillaba a la gente porque sí. Ya no caminaba como si todos fueran basura bajo sus zapatos. —Su voz se volvió más suave, cargada de asombro—. Esa Anna… era valiente. Tenía una determinación que cortaba el aire, una fuerza de voluntad que nunca había visto en nadie… pero la usaba para organizar suministros, para dirigir equipos, para decidir quién necesitaba ayuda primero sin importarle si eran nobles o plebeyos. Era decidida, sí… pero también era amable, Cedric… —dijo mirando a Cedric a los ojos—. Era bondadosa. Pasaba noches enteras despierta curando, repartiendo comida, cargando enfermos, limpiando, ordenando… haciendo cosas que ni el sirviente más fiel haría por desconocidos.

 

Cedric frunció el ceño, procesando aquella imagen imposible.

 

—¿Y eso fue lo que te cambió? ¿Verla ayudar?

 

Daeron soltó una risa amarga y negó con la cabeza.

 

—Al principio pensé que era una actuación. Otra manipulación. Pensé: "¿Qué está tramando ahora? ¿Qué gana con esto?". Estaba convencido de que simplemente estaba aburrida o que esperaba el momento correcto para volver a hacer daño. —Se pasó una mano por el cabello, reviviendo su propia lucha interna—. Pero cuanto más la observaba… menos sentido tenía todo. La veía arriesgarse. La veía cansarse hasta el límite. La veía llorar en silencio cuando alguien moría, cosas que la antigua Anna jamás habría permitido ni sentir.

 

Se quedó callado un instante, porque llegaba al punto exacto, al momento que lo había roto por dentro.

 

—Pero el verdadero punto de quiebre… fue el día del funeral.

 

Cedric y Garoum se quedaron inmóviles.

 

—Fue el día en que hicimos la despedida oficial de todos los que habíamos perdido. Cientos de personas. El dolor era insoportable, todos estábamos rotos, agotados, llenos de rabia y tristeza. —La voz de Daeron se quebró un poco—. Y ahí estaba ella. Frente a todos. La gente la miraba, algunos con odio, otros con esperanza, otros sin saber qué pensar. Ella no dio discursos bonitos. No prometió cosas imposibles. No se puso medallas. Solo… dio un paso al frente, se quitó la capa que la cubría y se inclinó.

 

Daeron cerró los ojos, viéndolo claramente.

 

—Fue una reverencia. Una reverencia profunda, silenciosa, larga… una disculpa. Una disculpa sincera y dolorosa por cada vida que no pudo salvar. Por cada persona que murió mientras ella intentaba hacer lo imposible. —Abrió los ojos, y había confusión y dolor en ellos—. Ahí fue cuando lo vi todo. Tenía la misma fortaleza de siempre. Esa fuerza interior que nunca la haría caer, esa que admiraba y odiaba a la vez… pero esta vez, la usaba para sostener a los demás, no para dominarlos.

 

Hizo una pausa pesada.

 

—Y entonces… pasó. Mantuvo esa postura firme, rígida, aguantando todo el peso del mundo sobre sus hombros… y de repente… cayó. No se desmayó por debilidad. No se rindió. Simplemente… su cuerpo dijo basta. Cayó, delante de todos. Se había dado a sí misma por completo, hasta la última gota de energía, hasta que no quedó nada. Había trabajado sin comer, sin dormir, sin descansar, día y noche, por gente que ni siquiera conocía. Y su cuerpo simplemente no pudo más.

 

Daeron se llevó una mano al pecho, como si todavía sintiera el miedo de ese momento.

 

—Ese día, cuando corrí hacia ella y la vi tirada en el suelo, pálida, fría, sin reaccionar… pensé que la perdía también. Igual que perdí a Seris. Pensé que la muerte me arrebataba a otra persona frente a mis ojos. Y en ese momento… me di cuenta de algo aterrador: ya no la veía como a el monstruo que destruyó a mi familia. La veía como a una chica que se estaba matando para salvar a otros. Y no entendía nada. No entendía cómo alguien podía cambiar tanto… o cómo yo podía empezar a dudar de todo lo que creía saber.

 

Cedric escuchaba en silencio absoluto, impresionado por la profundidad de aquello que nunca habría imaginado.

 

—Incluso después de eso —continuó Daeron—, seguí buscando la trampa. Esperaba que al despertar volviera a ser la de antes, que me mostrara que todo había sido mentira. Pero no. Volvió aquí, a la Academia, y seguía tratando de hacer lo correcto. Se disculpaba. Pedía perdón. Intentaba arreglar cosas que ella ni siquiera había roto directamente. Y cuanto más tiempo pasaba… más difícil era verla como la misma persona.

 

Cedric cruzó lentamente los brazos, pensativo.

 

—Aun así… después de todo lo que pasó con tu hermana… ¿no sigues dudando? ¿No sientes que estás traicionando su memoria al estar del lado de Anna?

 

Daeron quedó en silencio unos segundos. Luego soltó una risa baja, cargada de amargura y honestidad.

 

—Claro que sí. Todos los días. Hay días donde todavía quiero odiarla con toda mi alma. Días donde recuerdo a Seris y una parte de mí piensa que jamás debería acercarme a Anna otra vez, que debería dejar que todo le salga mal. —Sus ojos se endurecieron apenas—. Pero entonces la veo ahora. La veo entrenando hasta lastimarse las manos. La veo con miedo, con un miedo genuino, aterrada de convertirse otra vez en la persona que fue. La veo desesperada cada vez que siente que puede lastimar a alguien.

 

Miró a sus amigos fijamente.

 

—La antigua Anna jamás habría tenido miedo de sí misma. La antigua Anna habría disfrutado del poder. La que conozco ahora… solo quiere controlarlo para no hacer daño.

 

El silencio se volvió pesado, pero diferente. Era un silencio de comprensión.

 

Daeron se apartó del lavamanos y se cruzó de brazos.

 

—No sé qué demonios ocurrió realmente con ella. No entiendo cómo alguien puede cambiar tanto en tan poco tiempo. No sé si es magia, si es un milagro, o si simplemente siempre hubo algo más ahí dentro que nadie vio. —Su voz bajó apenas, haciéndose más íntima—. Pero sé reconocer cuándo alguien está fingiendo… y cuándo alguien está luchando desesperadamente contra sí mismo para ser mejor de lo que fue. Y Anna lleva mucho tiempo luchando esa guerra en silencio.

 

Garoum finalmente habló, rompiendo la quietud con su voz grave y tranquila.

 

—Y perdió a todos sus aliados en el proceso. Se quedó sola porque decidió cambiar. Eso no lo hace nadie que esté fingiendo, Daeron.

 

Daeron asintió lentamente.

 

—Sí. Exacto. Supongo que en algún momento dejé de observarla esperando ver caer una máscara… y empecé a preocuparme de verdad por si iba a romperse en mil pedazos antes de lograr salvarse.

 

Cedric soltó un pequeño suspiro, bajando la mirada, entendiendo por fin todo el conflicto que su amigo había cargado en secreto.

 

—Entonces… —dijo con suavidad— ¿la perdonaste? ¿Por fin pudiste perdonarla por lo que pasó?

 

Daeron quedó completamente quieto. La pregunta permaneció flotando en el aire durante varios segundos, pesada e importante.

 

Finalmente, negó lentamente con la cabeza.

 

—No.

 

Cedric parpadeó sorprendido.

 

Daeron lo miró directamente, con una claridad absoluta.

 

—Perdonar no significa olvidar. Y el dolor por Seris nunca va a desaparecer. Hay cosas que dejan una marca demasiado profunda como para borrarse. —Su mirada se suavizó apenas, volviéndose compleja, mezcla de dolor y esperanza—. Pero darle una oportunidad… eso sí puedo hacerlo. Darle la oportunidad de demostrar que esa chica que conocí en la pandemia, la que daba todo por los demás, la que cargaba a los muertos, la que tiene miedo de sí misma… esa es la verdadera Anna ahora. Que su vida sea más que solo el daño que hizo en el pasado.

 

El silencio posterior ya no fue incómodo. Fue tranquilo. Maduro.

 

Cedric entendió finalmente algo muy importante: nadie alrededor de Anna estaba olvidando lo que hizo. Nadie perdonaba ciegamente. Simplemente estaban viendo cuánto sufría ella misma por no volver a convertirse en eso jamás otra vez. Y estaban decidiendo que, tal vez, el arrepentimiento y el esfuerzo valían más que el odio eterno.

 

Daeron recuperó entonces parte de su arrogancia habitual, esa máscara que usaba para protegerse, y golpeó suavemente el hombro de Cedric al pasar junto a él hacia la salida.

 

—Además… seamos sinceros. Alguien tiene que evitar que destruya media academia mientras aprende control mágico. Y claramente, yo soy el único capaz de aguantarla y enseñarle algo. Ustedes dos solo sirven para correr o reírse.

 

Garoum soltó un pequeño resoplido divertido.

 

Cedric terminó riéndose apenas, negando con la cabeza.

 

—Sí… eso suena más a ti. Por un momento me asusté y pensé que te habías vuelto sentimental.

 

Daeron abrió la puerta del baño y antes de

 

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