El patio central reservado para la nobleza era uno de los lugares más elegantes de toda la Academia Arcana de Astravia.
Altos setos perfectamente recortados rodeaban senderos de piedra blanca. Fuentes de mármol esculpido dejaban caer hilos de agua cristalina que reflejaban la luz del mediodía, mientras rosales cuidadosamente mantenidos llenaban el aire con un aroma suave y relajante.
Aquel lugar había sido, en otra época, el escenario perfecto para la antigua Anna D’Valrienne.
Allí había humillado a compañeros, dictado órdenes con arrogancia y disfrutado del temor que provocaba su sola presencia.
Y ahora…
Anna estaba sentada en una banca de piedra, con los hombros tensos y una expresión de agotamiento evidente.
—No pensé que recibir tantas miradas pudiera cansar tanto… —murmuró, cerrando los ojos.
Detrás de ella, Eliana masajeaba con delicadeza sus hombros. Sus dedos trabajaban con práctica y cariño, presionando los puntos exactos donde la tensión se acumulaba.
—Se lo dije, señorita Anna —comentó con suavidad—. Cuando se esfuerza por aparentar tranquilidad, sus músculos se endurecen enseguida.
A un lado, subida en la banca y concentrada como si estuviera realizando una tarea de la mayor importancia del mundo, la pequeña Lira presionaba uno de los hombros de Anna con sus diminutas manos.
—¡Lira también ayuda! —anunció con orgullo.
Anna abrió un ojo y sonrió.
—Sí… y debo admitir que tu ayuda es muy efectiva.
La niña infló el pecho con orgullo.
—¡Lira es una experta!
Sentada frente a ellas, con los brazos cruzados y una media sonrisa divertida, Lyra soltó un largo suspiro.
—Debe de ser muy duro ser tan popular.
Anna abrió ambos ojos y le dirigió una mirada cansada.
—Agradezco tu infinita compasión.
Lyra sonrió con descaro.
—Siempre estoy dispuesta a apoyar a mi señora en sus momentos más difíciles.
—Tu concepto de apoyo es bastante cuestionable.
—Y, sin embargo, aquí sigo.
Eliana soltó una pequeña risa.
Lira, que no quería quedarse fuera de la conversación, asintió con energía.
—¡La señorita Lyra molesta mucho!
—¿Ves? —dijo Anna, alzando una ceja.
—Traición —murmuró Lyra, llevándose una mano al pecho.
Por un breve instante, el ambiente fue ligero y cálido.
Anna se permitió cerrar los ojos otra vez.
Era extraño.
Años atrás, habría dado cualquier cosa por estar rodeada de gente.
Y ahora, cuando por fin lo estaba, se sentía más en paz que nunca.
Pero esa tranquilidad no duró.
Una sombra se proyectó sobre el grupo.
Anna abrió los ojos.
Frente a ella se encontraba una joven noble de porte refinado, cabello castaño oscuro recogido con esmero y una expresión cargada de desdén apenas contenido. Vestía túnicas de un azul profundo con bordados dorados, distintivos de la casa Duvall, una familia de gran prestigio y antiguo linaje.
Anna la reconoció al instante.
Valeria Duvall.
Y detrás de ella había otras cuatro jóvenes nobles. Rostros conocidos. No habían sido tan crueles como Anna en el pasado, pero sí la habían seguido con entusiasmo, riendo cada humillación y participando cuando les convenía.
Antiguas aliadas.
Antiguas admiradoras.
Antiguos ecos de la persona que Anna había sido.
Anna dejó escapar un suspiro lento.
—Sabía que este momento llegaría.
Lyra se incorporó de inmediato, con la mano descansando cerca de la empuñadura de su espada.
Eliana detuvo el masaje, observando con cautela.
Lira abrazó el brazo de Anna, percibiendo el cambio en el ambiente.
Valeria dio un paso al frente. Sus ojos se desviaron con evidente disgusto hacia Eliana, luego hacia Lyra y finalmente hacia la niña. Cuando volvió a mirar a Anna, su decepción era palpable.
—Así que era cierto.
Anna sostuvo su mirada con serenidad.
—Depende de lo que hayas oído.
Valeria cruzó los brazos sobre su pecho, adoptando esa postura altiva que tantas veces habían compartido en el pasado.
—Que te has rodeado de plebeyos. Que permites que tu sirvienta se siente a tu lado en clase. Que te dejas tocar por ellos como si fueran tus iguales. Que actúas como si hubieras olvidado quién eres y lo que significa llevar un apellido como el tuyo.
Las otras nobles murmuraron entre sí, claramente incómodas y de acuerdo con las palabras de su líder.
Anna guardó silencio, escuchando con paciencia.
Valeria frunció el ceño, impaciente ante esa calma que no reconocía.
—Necesito entenderlo, Anna. ¿Qué es esto? ¿Una estrategia ridícula? ¿Un juego nuevo para llamar la atención? ¿O de verdad te has vuelto… débil?
Eliana tensó los labios, conteniendo la respuesta que quería dar.
Lyra entrecerró los ojos, con el pulgar ya rozando el metal de su espada.
Pero Anna levantó una mano, indicándoles con un gesto suave pero firme que permanecieran tranquilas.
Luego se puso de pie con calma.
Su porte seguía siendo tan imponente como siempre. No necesitaba alzar la voz. No necesitaba imponer su presencia con gritos. Simplemente estaba allí. Y eso bastaba.
Anna observó a Valeria y al resto de las jóvenes nobles. Durante un momento, vio reflejado en ellas el pasado. El mismo orgullo ciego. La misma arrogancia vacía. La misma certeza equivocada de que llevar sangre noble era sinónimo de superioridad como ser humano.
Finalmente habló. Su voz fue suave, pero cada palabra cayó como una sentencia clara y pesada.
—No me he vuelto débil.
Hizo una pausa, mirándolas una a una.
—Por primera vez en mi vida, he comprendido lo que significa ser fuerte de verdad.
Valeria frunció el ceño, confundida y molesta.
—¿Y tratar a sirvientes como amigos, y a extraños como familia, es tu idea de fortaleza? Eso es indigno de nosotras. Eso es rebajarse.
Anna giró ligeramente el rostro hacia Eliana, Lyra y Lira. La expresión en sus ojos se suavizó de inmediato, llenándose de un brillo cálido y profundo que Valeria no reconoció.
—Confiar en alguien no me hace menos noble —dijo con firmeza.
Volvió a mirar a Valeria, y esta vez su mirada era penetrante.
—Y respetar a quienes me rodean, sin importar su cuna o su pasado… no disminuye mi valor.
Dio un paso al frente, acortando la distancia.
—Lo único que demuestra es lo equivocada que estaba antes. Lo equivocada que estabais todas al creer que el poder está en menospreciar a los demás.
Las jóvenes nobles quedaron en silencio, inmóviles. Las palabras de Anna no eran ataques, eran verdades que golpeaban fuerte.
Valeria apretó los puños a los costados de su falda, visiblemente alterada porque no encontraba cómo contradecirla.
—La Anna que admirábamos jamás habría dicho algo así —escupió con amargura.
Anna sonrió. Fue una sonrisa triste, sí, pero también llena de alivio y paz.
—Entonces quizá sea bueno que esa Anna haya desaparecido.
El patio quedó completamente en silencio.
Incluso el sonido del agua cayendo en la fuente pareció apagarse por un instante.
Valeria observó a la mujer que tenía delante.
Mismo apellido.
Mismo rostro.
Misma presencia magnética.
Pero un corazón, una mente y un alma completamente distintos.
Y por primera vez en mucho tiempo, la orgullosa Valeria Duvall no supo qué responder, ni qué ataque lanzar. Porque frente a esa nueva Anna, sus antiguas armas —el desprecio, la burla, la altivez— ya no servían de nada.
Valeria Duvall soltó una risa corta, afilada y cargada de un veneno frío, ese desprecio aristocrático que Anna conocía demasiado bien. Era una risa que había escuchado incontables veces, de labios de su propia familia, de sus maestros… y, sobre todo, era una risa que ella misma había provocado y compartido en otra vida.
La joven noble dio un paso al frente, alzando el mentón hasta casi quedar mirando desde arriba, con una expresión de asco absoluto, como si el simple aire que respiraba Anna fuera algo impuro y indigno de ella.
—¿De verdad esperas que creamos esa historia tan patética y ridícula? —preguntó con un tono meloso, pero tan cargado de burla que dolía—. Por favor, Anna. ¿Crees que somos ciegas? ¿Crees que somos tan estúpidas como para tragarte ese cuento de "la heroína salvadora"?
Anna no respondió. Se limitó a sostenerle la mirada, pero ese silencio solo pareció alimentar el repudio de Valeria, que se paseó lentamente frente a ella, mirándola de arriba abajo como si inspeccionara algo sucio que debía apartarse del camino.
—Qué tristeza da verte —dijo con desdén, arrastrando las palabras—. Mírate… vestida como una cualquiera, rodeada de gente que ni siquiera debería tener permitido caminar por los mismos pasillos que nosotras. Sirvientas que se creen tus amigas, plebeyos que se creen tus guardaespaldas, una niña callejera que te agarra de la mano como si fueras su madre. —Hizo una mueca de repulsión absoluta—. Has rebajado el nombre D’Valrienne al lodo, Anna. Lo has ensuciado hasta lo más profundo con esta farsa de "buena persona".
Se llevó una mano al pecho, fingiendo lástima, aunque sus ojos brillaban con malicia pura.
—Todos sabemos la verdad. Demian y Selene estuvieron allí. Dos de los magos más brillantes, más poderosos, más dignos de nuestra estirpe. —Dijo los nombres con adoración, como si fueran dioses, y luego miró a Anna con lástima profunda—. Es obvio que fueron ellos. Ellos organizaron todo, ellos pusieron el dinero, ellos tuvieron la inteligencia y la capacidad para salvar esa ciudad. Y tú… —soltó una risita desdeñosa— tú simplemente te quedaste ahí, pegada a sus faldas, aprovechando lo que ellos hicieron para intentar lavar tu reputación manchada. Para intentar parecer algo que jamás podrás ser.
Varias de las jóvenes que la acompañaban asintieron con fuerza, mirando a Anna con esa misma mezcla de lástima y asco que sentía su líder. Valeria cruzó los brazos sobre su pecho, erguida, perfecta, intocable, disfrutando cada segundo.
—Porque seamos sinceras, querida… —su voz se convirtió en un susurro cortante— tú sola jamás habrías sido capaz de atar dos cabos, ni de mover un dedo por nadie que no fueras tú misma. Tú eras la niña que se quejaba si el suelo estaba demasiado frío. La que hacía llorar a los demás por aburrimiento. ¿Y ahora quieres que crea que salvaste vidas? Por favor… eso es más ridículo que ver a una sirvienta sentarse a tu mesa.
Las palabras cayeron como piedras pesadas, una tras otra, golpeando con saña.
Anna sintió cómo su mandíbula se tensaba. No por orgullo herido, ni por rabia, sino porque, por un instante, aquellas palabras tocaron una de sus inseguridades más profundas, esa voz que tantas veces había susurrado en su interior: ¿Y si realmente no fue suficiente? ¿Y si todo lo que lograste quedó opacado por lo que ellos son? ¿Y si al final solo soy una sombra de mi propia familia?
Pero Anna respiró hondo y enderezó la espalda. No iba a darle el gusto de verla dudar. No iba a discutir con alguien que ya había decidido, por pura arrogancia, que ella no valía nada.
Sin embargo, alguien más no estaba dispuesto a quedarse callado y a escuchar cómo manchaban todo lo que habían vivido.
—Eso no es cierto.
La voz de Eliana resonó con claridad en el patio. No era fuerte, ni era desafiante por la fuerza, pero estaba cargada de una convicción tan absoluta, tan limpia y tan real, que hizo que todas las cabezas se giraran hacia ella.
Eliana dio un paso al frente, plantándose firmemente al lado de Anna. Sus manos temblaban ligeramente por la emoción, por el recuerdo, pero sus ojos no vacilaron ni un segundo ante la mirada furiosa de la noble.
—Yo estuve allí —afirmó con claridad.
Valeria arqueó una ceja, y la expresión de desprecio en su rostro se multiplicó por diez. Miró a Eliana como si estuviera viendo un insecto asqueroso que se había atrevido a hablarle. La miró de arriba abajo, fijándose en su ropa, en sus manos, en su postura, con un asco tan evidente que casi podía tocarse.
—¿Tú? —escupió la palabra con infinito desdén—. ¿Y quién te ha dado permiso de hablar, escoria? ¿Acaso te diriges a mí?
Eliana tragó saliva, pero no retrocedió.
—Vi a la señorita Anna trabajar hasta que apenas podía mantenerse en pie —continuó, con la voz firme aunque un poco quebrada por la intensidad del recuerdo—. Vi cómo pasaba noches enteras sin dormir, cómo se le caía el pelo y se le hundían los ojos de cansancio. Vi cómo se enfrentó a nobles codiciosos, a médicos orgullosos que solo querían salvarse ellos mismos, a funcionarios que huían del peligro… —apretó los puños a los costados de su falda, con lágrimas brillando en sus ojos—. Vi cómo metía sus manos en el barro, en la enfermedad, en el dolor, para ayudar a gente que ni siquiera sabía su nombre. Vi cómo salvó a miles de personas con su propia voluntad, con su propia magia, con su propio sacrificio. Demian y Selene hicieron mucho, sí… pero lo que hizo ella… fue algo que nadie más habría podido hacer.
Levantó la cara, desafiando la ira de la noble.
—Así que no permitiré que alguien que ni siquiera estuvo allí, alguien que no tiene ni idea de lo que es sufrir o luchar, venga aquí a mentir y a minimizar todo lo que ella dio.
El silencio fue absoluto. Se podía escuchar el viento entre los árboles.
Valeria parpadeó lentamente, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Como si la realidad misma se estuviera rompiendo ante sus ojos al ver que una "inferior" se atrevía a levantar la voz contra ella.
Luego, su rostro se deformó en una expresión de indignación pura, de ultraje supremo, de algo que jamás había imaginado que ocurriera.
—¿Cómo te atreves…? —susurró primero, con voz cargada de veneno, y luego gritó con toda su altivez—. ¿Cómo te atreves, cosa insignificante? ¿Una simple sirvienta… una criada… corrigiéndome a mí? ¿A Valeria Duvall?
Dio un paso brusco hacia adelante, con los ojos inyectados de rabia y desprecio absoluto.
—¡Parece que alguien ha olvidado cuál es su lugar en el mundo! ¡Parece que esta ridícula "nueva Anna" te ha metido ideas estúpidas en la cabeza y te ha hecho creer que eres alguien! —escupió las palabras con asco—. Te voy a enseñar yo misma, pequeña rata, lo que pasa cuando la basura intenta hablar de igual a igual con la realeza…
Y, sin previo aviso, levantó la mano con fuerza, con la intención de abofetearla con tanta saña que la hiciera caer al suelo. Quería humillarla, quería romper esa actitud de valentía, quería demostrarles a todos que el orden de las cosas seguía siendo el mismo: ella arriba, los demás abajo.
Todo ocurrió en un instante.
Eliana abrió los ojos con sorpresa.
Lyra se incorporó de golpe, mano a la espada.
Lira soltó un pequeño jadeo de miedo.
Pero antes de que la mano de Valeria pudiera tocar siquiera la piel de Eliana, otra figura se interpuso entre ambas.
Anna.
Con un movimiento rápido, fluido y firme como el acero, atrapó la muñeca de Valeria en el aire, deteniendo el golpe a escasos centímetros del rostro de su amiga.
Los ojos de ambas mujeres se encontraron.
Por una fracción de segundo, el mundo pareció detenerse. Valeria intentó zafarse, retorció la muñeca, tiró, hizo fuerza… pero fue inútil. La mano de Anna era como una prensa de hierro. No dolía, pero era inquebrantable.
La mirada de Anna era fría. Muy fría. No había ira descontrolada, ni rabia ciega. Solo había una frialdad absoluta, distante, y una autoridad que hizo que Valeria se quedara helada.
—No la toques.
Su voz fue baja, tranquila… pero peligrosamente tranquila. Como la calma antes de la tormenta más destructiva.
Valeria abrió la boca para responder, para insultarla, para gritarle que la soltara, que era una indignidad que la tocara… pero no tuvo oportunidad.
¡PAF!
El sonido seco, nítido y potente de una bofetada resonó por todo el patio, rebotando en las fuentes y los setos, llegando a oídos de todos los que estaban cerca.
Valeria se tambaleó hacia un lado, casi perdiendo el equilibrio, y se llevó la mano a la mejilla que ya empezaba a enrojecerse intensamente. Sus ojos se abrieron de par en par, con una incredulidad absoluta, más por la ofensa que por el dolor. Nadie, absolutamente nadie, había puesto jamás una mano encima de Valeria Duvall.
Anna permanecía de pie, inmóvil, erguida, protegiendo con todo su cuerpo a Eliana, como un muro de acero imposible de atravesar. Majestuosa, serena y aterradora.
Detrás de ella, Eliana la observaba con los ojos húmedos y el corazón desbordado de amor y gratitud.
Lyra sonreía con abierta satisfacción, cruzando los brazos.
Y Lira, abrazada con fuerza a la falda de Anna, miraba la escena con admiración absoluta, con los ojos brillantes.
Valeria levantó lentamente la vista, aún con la mano presionando su mejilla, temblando de rabia y ultraje.
—¿Tú… me golpeaste? —susurró, con la voz rota por el horror y el desprecio llevado al límite—. ¿Tú? ¿Una que se deja arrastrar por el lodo? ¿Una que se hace llamar noble y actúa como plebeya? ¡Te has atrevido a levantarme la mano! ¡No sabes quién soy! ¡No sabes lo que esto significa!
Anna no retrocedió ni un centímetro. Su mirada seguía siendo de hielo puro, sin rastro de remordimiento, sin rastro de duda.
—Sí —respondió con total calma.
Dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Valeria, obligándola a retroceder instintivamente.
—Puedes insultarme a mí cuanto quieras —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que helaba la sangre—. Puedes escupir tu veneno, puedes dudar de mí, puedes burlarte de lo que hago o dejo de hacer. Puedes despreciarme a mí todo lo que tu orgullo vacío te permita.
Otro paso más, y Valeria tuvo que contener el aliento, acorralada contra su propia arrogancia.
—Puedes pensar que soy débil, o tonta, o indigna de mi apellido. Puedes mirarme con asco y decir que me he rebajado… —sus ojos brillaron entonces con una intensidad feroz, con un fuego que hizo que la noble se estremeciera—. Pero si vuelves a intentar ponerle una sola mano encima, o dirigirle una sola palabra de desprecio, a alguien que yo amo… a alguien que es mi familia…
Anna se detuvo justo frente a ella, y sus palabras cayeron como una sentencia eterna:
—La bofetada de hoy será lo más amable, lo más suave y lo menos doloroso que recibirás de mí.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y cargado de verdad.
Valeria temblaba entera. No por el golpe, ni siquiera por el miedo físico, sino porque, por primera vez en su vida, entendió algo fundamental, algo que destrozaba todo lo que ella creía sobre el mundo y sobre Anna:
Anna D’Valrienne había cambiado, sí. Ya no era la niña cruel y caprichosa que conocían. Pero seguía siendo alguien capaz de inspirar el terror más absoluto.
La diferencia abismal, la diferencia que a Valeria le costaba entender y odiaba con toda su alma, era que ahora… ese poder, esa fuerza y ese temor… ya no se usaban para proteger su propio ego o su orgullo.
Ahora se usaban para proteger a las personas que amaba.
Valeria apretó los dientes con tanta fuerza que sus mandíbulas crujieron. La mano que mantenía presionada sobre su mejilla temblaba visiblemente, aunque no tanto por el dolor físico, sino por la humillación absoluta que sentía arder en cada rincón de su cuerpo.
Sus ojos oscuros brillaban llenos de rabia pura, fijos en Anna como si quisiera reducirla a cenizas solo con la mirada.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía Anna D’Valrienne a abofetearla delante de todos? Delante de estudiantes, delante de gente de su misma clase… y lo que era peor, delante de plebeyos y sirvientes. Gente que ni siquiera debía tener permitido mirarla a la cara, y que ahora habían visto cómo alguien le ponía la mano encima sin pagar por ello.
Y, sobre todo…¿Cómo se atrevía a defender a una simple criada como si su vida, su honor o su seguridad tuvieran el mismo valor que el de una dama noble? Para Valeria, eso no solo era una locura: era una ofensa contra todo el orden del mundo.
La indignación fue más fuerte que cualquier rastro de prudencia que le quedara. Valeria bajó lentamente la mano de su rostro, respiró hondo para calmar el temblor de sus labios y dio un paso al frente, invadiendo el espacio de Anna con agresividad.
—Tú… —susurró con voz rota por la furia— te has vuelto completamente loca. Te has degradado hasta el punto de no tener ni idea de lo que haces.
Levantó el brazo de nuevo, con la intención clara y decidida de devolver la bofetada con el doble de fuerza, de borrar esa calma de la cara de Anna y recordarle quiénes eran y cuál era su lugar.
Pero antes de que su mano pudiera siquiera alzar el vuelo, una voz firme, profunda y cargada de autoridad resonó por todo el patio, deteniendo el tiempo mismo.
—Eso será suficiente.
El efecto fue inmediato y devastador.
Valeria se congeló en el acto, con la mano en el aire, sintiendo cómo la sangre se le helaba en las venas.
Las demás jóvenes nobles palidecieron de golpe, bajando la cabeza como si hubieran visto aparecer al mismísimo emperador.
Los estudiantes que observaban desde la distancia enderezaron la espalda de golpe, dejando de murmurar al instante.
Y Anna, Lyra y Eliana giraron al unísono hacia la fuente de aquella voz inconfundible.
Un joven de porte impecable avanzaba con paso tranquilo pero decidido por el sendero central del patio. Su uniforme, de corte elegante y sobrio, llevaba bordado en el pecho y en las mangas, con hilos de oro puro, el emblema del águila imperial, símbolo del poder más alto del reino.
Cabello oscuro y bien peinado, rasgos finos y mirada serena, pero con una intensidad que pocos podían sostener. No necesitaba alzar la voz ni hacer gestos grandilocuentes; su presencia natural imponía respeto y atención solo con estar allí.
Era el príncipe heredero en potencia.
El hijo menor del emperador, conocido por su inteligencia y su carácter justo.
El príncipe Adrian von Astravia.
A su lado caminaban varios estudiantes de las familias más influyentes del imperio, todos observando la escena con evidente interés y manteniéndose en silencio absoluto.
Valeria tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo el orgullo se le desmoronaba por completo. Bajó el brazo lentamente, como si le pesara una tonelada, e inclinó la cabeza hasta que su frente casi tocó su pecho.
—A-Alteza… —susurró, sin atreverse a levantar la vista.
Adrian se detuvo justo frente al grupo. Su expresión seguía siendo tranquila, amable incluso, pero sus ojos grises no dejaban lugar a dudas: había visto todo. Cada palabra, cada gesto, cada amenaza.
—He presenciado toda la escena, lady Duvall —dijo con voz pausada y clara.
Valeria bajó la cabeza aún más, sintiéndose pequeña, diminuta.
—Yo… puedo explicarlo. Fue… ella empezó… yo solo intentaba enseñarle…
—No es necesario —la interrumpió él con suavidad, pero con una firmeza que cortó cualquier intento de justificación. Su tono seguía siendo cortés, educado, y precisamente por eso resultaba mil veces más intimidante que un grito o un grito de furia—. La agresión la inició usted. Primero con sus palabras, luego al levantar la mano contra una persona que no podía defenderse de usted, y finalmente al intentar devolver el golpe a lady D’Valrienne después de que ella misma se defendiera y defendiera a quien está bajo su protección.
Valeria apretó los labios hasta hacerlos sangrar. La humillación ardía en cada centímetro de su piel. Ser reprendida así, delante de todos, y por el príncipe… era un castigo peor que cualquier pena. Pero enfrentarse a él, discutirle o intentar contradecirlo, era imposible y sería el fin de su familia y su reputación.
Inclinó la cabeza en una reverencia profunda, obligándose a tragarse todo su veneno.
—Mis disculpas, Alteza. Mi comportamiento fue totalmente impropio de una dama noble y de mi rango.
Adrian sostuvo su mirada unos segundos más, evaluando si el arrepentimiento era real o solo miedo. Al ver que no había más que orgullo herido, asintió con frialdad.
—Me alegra que al menos lo comprenda.
Valeria apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas, dejando marcas profundas. Luego, obligada por la situación, giró lentamente el rostro hacia Anna. Sus ojos lanzaron un último destello de odio y rencor, aunque sus labios formaban las palabras que debía decir.
—Le ofrezco mis disculpas… señorita D’Valrienne.
La formalidad seca y fría de sus palabras contrastaba brutalmente con el resentimiento que brillaba en su mirada, dejando claro que esto no terminaba ahí.
Anna asintió con calma, sin rastro de triunfo ni de burla. Solo serenidad.
—Aceptadas.
Valeria no añadió nada más. Con el orgullo destrozado y la dignidad tambaleando, giró sobre sus talones y se marchó a paso rápido, seguida por sus acompañantes, que casi corrían para alcanzarla. Ninguna de ellas se atrevió a mirar atrás.
Solo cuando las figuras desaparecieron por completo al final del sendero, Anna dejó escapar lentamente todo el aire que había estado conteniendo desde que apareció Valeria. La tensión rígida abandonó sus hombros de golpe.
Se volvió hacia Adrian y le hizo una reverencia respetuosa, sencilla y elegante.
—Gracias por intervenir, Alteza. Sin duda esto habría empeorado mucho más si no hubiera estado usted aquí.
Adrian sonrió con cordialidad, una sonrisa cálida y relajada.
—No hay nada que agradecer, señorita. Solo hice lo que cualquier persona con sentido de justicia habría hecho. Lo que estaba ocurriendo no tenía justificación.
Antes de que él pudiera añadir algo más, Anna ya se había girado por completo, dándole la espalda sin mala intención, pero poniendo su atención en lo único que realmente le importaba en ese momento.
Se acercó rápidamente a Eliana. Sus ojos, todavía teñidos por la intensidad y la tensión del momento, se llenaron de inmediato de una preocupación genuina, tierna y protectora.
—¿Estás bien? ¿Te hizo daño en algún momento? ¿Te asustó mucho? —preguntó con suavidad, mirándola de arriba abajo como si buscara cualquier señal de dolor.
Eliana parpadeó, totalmente sorprendida de que, habiendo estado frente al príncipe heredero, habiendo tenido la razón y habiendo salido victoriosa de ese enfrentamiento, su primera y única prioridad fuera ella.
Llevó una mano al pecho, conmovida, y sonrió con ternura infinita.
—Sí, Anna. Estoy perfectamente bien. No me tocó, gracias a usted.
Anna pasó su mano suavemente por su brazo, revisando, asegurándose.
—¿Segura? ¿Nada te duele? ¿Nada te molestó?
—Completamente segura —repitió Eliana con firmeza—. Gracias a usted.
Lira, que no se había separado de ella en todo el rato, se abrazó con fuerza a la cintura de Anna, escondiendo la cara en su túnica.
—¡La señorita Anna fue muy valiente! —anunció con voz pequeña pero decidida—. ¡Protegió a Eliana como un dragón protege su tesoro!
Lyra, que estaba recostada en una columna cercana con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción enorme, soltó una risita.
—Y de paso —añadió, mirando hacia donde se habían marchado las nobles— le dejó claro a cierta dama que tocar o insultar a los que son tuyos tiene consecuencias muy dolorosas.
Solo entonces, al ver que todos estaban bien y a salvo, Anna pareció relajarse de verdad, soltando un suspiro largo y tranquilo.
Adrian observaba la escena en silencio, manteniéndose a un lado, respetando ese momento que no le pertenecía.
Durante unos segundos, simplemente contempló a aquella joven de la que tanto había oído hablar, y de la que tantas cosas contradictorias se decían.
Era la noble más temida de la academia.
Era la hija problemática y arrogante de los D’Valrienne.
Era la mujer que había liderado la lucha contra la gran epidemia del sur, realizando hazañas que muchos consideraban imposibles.
Y, sin embargo, en ese momento… no estaba preocupada por su propia reputación. No estaba preocupada por haber abofeteado a una de las familias más poderosas del reino delante de decenas de testigos. No estaba preocupada por él, el príncipe, que podía decidir su futuro con una sola palabra.
Lo único que parecía importarle era saber si su sirvienta, esa chica que para el resto del mundo era "invisible", estaba bien.
Uno de los estudiantes que acompañaban al príncipe se inclinó ligeramente hacia él, con una sonrisa divertida y bajando la voz para que nadie más oyera.
—Alteza… creo que, en todo este tiempo, usted… bueno… creo que lo ignoró por completo. Como si fuera cualquiera.
Adrian soltó una pequeña risa, baja y sincera.
—Sí —admitió, sin rastro de molestia ni orgullo herido en su voz—. Absolutamente.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien lo había tratado no como al hijo del emperador, ni como al posible sucesor al trono, ni como a alguien de quien había que cuidarse o halagar. Simplemente, lo trató como a otra persona presente. Y eso, lejos de ofenderlo, le resultó extrañamente refrescante, casi reconfortante.
Esperó pacientemente, dejando que ella terminara de calmar a Lira y de hablar un momento con Lyra, sin prisa, sin exigir atención.
Cuando ella finalmente volvió a mirarlo, con esa expresión limpia y sincera, sin máscaras ni fingimientos, Adrian sonrió con una calidez que no mostraba a cualquiera.
—Debo admitir, señorita D’Valrienne… —dijo despacio, sosteniéndole la mirada con auténtico interés— que ahora entiendo perfectamente por qué mi padre habla de usted con tanto respeto. Por qué mi madre la menciona como un ejemplo a seguir. Y por qué mi hermana mayor, la princesa heredera, que suele ser muy difícil de impresionar, dice que usted es la única persona joven de esta tierra que realmente vale la pena conocer.
Anna parpadeó, totalmente sorprendida, sin saber qué responder ante esas palabras tan grandes y tan inesperadas. Sus ojos se abrieron un poco más, mostrando esa inocencia y autenticidad que tantos confundían con debilidad.
Y Adrian, observando aquella reacción genuina, sin orgullo, sin vanidad, sin fingir modestia… sintió que su curiosidad por ella no hacía más que crecer y profundizarse.
La antigua Anna D’Valrienne había sido famosa por su belleza y su crueldad. Pero esta… esta nueva Anna D’Valrienne, que defendía a los suyos, que no veía clases ni rangos, que ignoraba al príncipe para cuidar a una amiga… era, sin duda, mucho más interesante, mucho más poderosa y mucho más peligrosa que la de antes.
Y Adrian tuvo la certeza absoluta de que esto era solo el principio.
Anna pareció reaccionar de golpe, como si despertara de un sueño, al darse cuenta de que había dejado al príncipe esperando todo ese tiempo mientras revisaba a Eliana con tanto cuidado, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Sus mejillas se tiñeron de un rojo suave y encantador, delatando su vergüenza. Se incorporó con rapidez y realizó una reverencia elegante, llena de disculpas.
—Perdóneme, Alteza. No quise ser descortés ni faltarle el respeto.
Adrian levantó una mano con naturalidad, restándole toda importancia al asunto, con una sonrisa que denotaba que, lejos de molestarse, le había parecido lo más admirable del mundo.
—No se preocupe en absoluto, señorita D’Valrienne. De hecho, me alegra mucho haber presenciado algo así. Le da a uno una lección muy clara sobre qué es lo que realmente importa.
Su sonrisa se volvió un poco más divertida, casi cómplice.
—Además… para serle sincero, no era yo quien deseaba verla con tanta urgencia. Yo solo era el acompañante.
Anna parpadeó, totalmente confundida.
—¿Eh?
Adrian dio un paso a un lado, abriendo paso detrás de él.
Solo entonces, los jóvenes que lo acompañaban avanzaron con evidente entusiasmo, casi saltando de impaciencia.
Había tres chicos y dos chicas, todos de edades similares a la de Anna, vestidos con uniformes impecables y con los escudos de sus casas nobles bordados con orgullo en sus pechos. No eran de las familias más poderosas del reino, sí de esas casas antiguas, leales y respetadas que sostenían el imperio desde abajo.
Una muchacha de cabello cobrizo y ojos vivarachos fue la primera en inclinarse con energía, casi antes de detenerse.
—¡Es un honor inmenso conocerla, lady Anna! ¡Por fin!
Otro joven, alto, de porte tranquilo y ojos verdes brillantes, hizo una reverencia más contenida y educada, aunque no podía ocultar la emoción que le hacía brillar la mirada.
—Mi nombre es Cedric Valcrest. Soy sobrino de lord Aeron Valcrest. Espero que nos recuerde.
Anna abrió ligeramente los ojos, reconociendo el nombre al instante.
Antes de que pudiera responder, otra chica de rasgos delicados y voz suave dio un paso al frente.
—Y yo soy Evelyne Solhaven. Lady Mireya es mi tía. Ella no deja de hablar de usted.
—Mi padre es sir Edric Hollow —añadió un muchacho pecoso, de aspecto jovial pero muy serio al decir su nombre.
—Naera del Paso Rojo es mi prima mayor —dijo otra joven de cabello oscuro, con una sonrisa radiante que iluminaba su cara.
—Y lord Carthus de Varn es mi abuelo —concluyó el último, un chico de complexión fuerte que dijo el nombre con un orgullo inmenso.
Anna los observó uno por uno, recorriendo cada rostro, cada nombre que acababan de decirle.
Por unos segundos, simplemente se quedó en silencio, intentando procesar lo que estaba ocurriendo, mientras su corazón empezaba a latirle con fuerza.
Todos aquellos nombres le resultaban profundamente familiares, grabados a fuego en su memoria.
Eran las personas que habían acudido a ayudar sin dudar cuando la pandemia amenazaba con destruir la ciudad del sur.
Eran los nobles menores, los caballeros, las damas que habían dejado sus comodidades para trabajar a su lado, en el barro y el dolor.
Eran las personas que, en medio del caos, cuando todos huían o criticaban, habían decidido creer en ella. En la Anna de la que todo el mundo hablaba mal. En la Anna que nadie daba por buena.
La chica de cabello cobrizo dio un paso adelante, incapaz de contenerse más.
—Mi tío no deja de hablar de usted. Dice que sin usted, nadie habría sobrevivido al desorden.
—Mi tía dice que jamás había visto a alguien trabajar tanto, ni exigirse tanto a sí misma —añadió Evelyne con admiración absoluta.
—Mi padre asegura que usted logró unir a personas que normalmente ni siquiera se dirigirían la palabra, y las convirtió en un equipo —intervino el chico pecoso.
—Mi prima dice que tiene una voluntad aterradora… pero que es la mejor líder que ha existido nunca —dijo la otra joven, con los ojos brillantes.
—Y mi abuelo —concluyó el chico fuerte— dijo que, si usted no hubiera estado allí, si no hubiera sido tan terca y valiente, miles de personas habrían muerto. Y que le debe la vida.
Anna pestañeó varias veces, sintiendo un nudo en la garganta que no esperaba.
—Yo… yo solo hice lo que debía…
Pero no pudo continuar. De repente, las preguntas comenzaron a caer una tras otra, como una avalancha de curiosidad e interés genuino.
—¿Es verdad que pasó tres noches enteras sin dormir ni un momento?
—¿Realmente discutió cara a cara con un conde frente a todo el consejo porque querían abandonar a los enfermos?
—¿De verdad cargó enfermos y heridos con sus propias manos, sin importarle el riesgo?
—¿Es cierto que obligó a un grupo de nobles orgullosos a trabajar limpiando calles y recogiendo basura?
—¿Cómo lo convenció? ¿Cómo logró que Garoum, el temido Garoum, decidiera seguirla y protegerla así?
Anna retrocedió medio paso, completamente abrumada, con los ojos muy abiertos y las manos ligeramente levantadas como pidiendo tregua.
—E-esperad… por favor… una pregunta a la vez… no puedo responder a todo…
Lyra se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa enorme y divertida. Era la primera vez que veía a Anna acorralada, y no por enemigos, sino por gente que la adoraba.
Eliana observaba la escena detrás de ella, con los ojos brillantes de orgullo y lágrimas de emoción contenidas.
Lira, en cambio, parecía encantada y muy orgullosa de su "señora".
—¡Mirad! ¡La señorita Anna es famosa! ¡Y todos la quieren!
Anna giraba la cabeza de un lado a otro, sin saber a quién mirar ni a quién responder primero, totalmente desbordada por tanta atención positiva.
—Bueno, yo… no es exactamente famosa… es decir… no fue solo mi mérito… todos ayudaron…
La situación amenazaba con descontrolarse por completo, con los jóvenes acercándose un poco más y hablando todos al mismo tiempo, cuando de repente…
Una sombra gigantesca, oscura y pesada cayó sobre todo el grupo, cubriéndolos como una montaña que se hubiera puesto de pie justo detrás de ellos.
De inmediato, las voces se apagaron por completo.
Los cinco jóvenes se quedaron rígidos como estatuas, congelados en el sitio.
Detrás de Anna, inmóvil, imponente y sólido como una montaña de acero, se erguía Garoum.
Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho enorme, su postura era inflexible y su expresión era tan severa, tan seria y tan intimidante como siempre. Pero lo peor eran sus ojos… esos ojos grises que recorrían a los chicos uno por uno y decían con absoluta claridad, sin necesidad de palabras:
"Si no se calman ahora mismo… los arrojaré por la ventana más cercana. Uno a uno."
El silencio fue instantáneo y absoluto. Se podía escuchar el zumbido de los insectos en los árboles.
Anna giró la cabeza lentamente y lo miró por encima del hombro, encontrándose con esa cara de pocos amigos que conocía tan bien.
Garuom no dijo una sola palabra. No hizo falta. Su sola presencia había logrado lo que nadie más pudo: poner orden en un segundo.
Cedric tragó saliva con dificultad, palideciendo un poco.
—C-creo que… nos emocionamos un poco demasiado… —susurró.
Evelyne asintió rápidamente, bajando la cabeza.
—Sí… sí… lo sentimos mucho…
Garoum continuó observándolos durante dos largos segundos, asegurándose de que el mensaje hubiera quedado bien grabado en sus cabezas.
Finalmente, habló con su voz grave, profunda y resonante, que retumbó en el patio.
—Si quieren hablar con mi señora, háganlo con orden. Una cosa a la vez. Y permitan que respire entre pregunta y pregunta. No la acorralen.
Todos asintieron de inmediato, casi al mismo tiempo.
—¡Sí, señor! ¡Entendido!
Gaorum entrecerró los ojos un poco más, marcando autoridad.
—Y no griten. Mi señora ya tiene bastante cansancio acumulado como para soportar ruido innecesario.
—¡Sí, señor! —repitieron esta vez en un tono mucho más bajo, educado y sumiso.
Lyra no pudo contener una carcajada sonora y alegre.
—¡Increíble! —dijo, mirando a Eliana—. El grandote logra más disciplina con una sola mirada que algunos profesores con todo un semestre entero de clases.
Garoum soltó un resoplido bajo, como si fuera el esfuerzo más grande del mundo tener que intervenir, y se colocó en su lugar habitual, justo detrás del hombro derecho de Anna, convertido de nuevo en el guardián silencioso e inmóvil.
Anna lo miró unos segundos, con una mezcla de vergüenza, gratitud y esa dulce resignación que sentía con él.
Luego sonrió, una sonrisa suave y sincera.
—Gracias, Garoum.
El enorme guerrero inclinó apenas la cabeza, un gesto mínimo que para ella valía más que mil palabras.
—Siempre —respondió en voz baja, solo para ella.
Anna volvió la vista hacia los jóvenes, que ahora aguardaban con mucho más orden, formados y tranquilos, aunque la emoción y la admiración seguían brillando con fuerza en sus ojos.
Y por primera vez desde que había regresado a Astravia, desde que había vuelto a esta academia donde solo había conocido miedo o rechazo, comprendió algo que la dejó sin palabras, algo que le removió el alma entera.
No todos la observaban con miedo.
No todos la miraban con desconfianza ni rencor.
No todos veían solo a la niña caprichosa y cruel del pasado.
Algunas personas… simplemente querían conocerla a ella.
No por el apellido D’Valrienne.
No por la riqueza ni el poder de su familia.
No por sus errores antiguos ni sus antiguas crueldades.
Sino por lo que había hecho.
Por la fuerza que había demostrado.
Por la mujer en la que se había convertido.
Y esa simple realidad, esa verdad tan nueva y tan hermosa, hizo que algo cálido, suave y reconfortante se instalara en su pecho, expandiéndose por todo su cuerpo.
Era una sensación extraña.
Era nueva.
Era algo que nunca había sentido antes.
Pero, mientras miraba esas caras sonrientes, sentía la presencia firme de Garoum a su espalda, el cariño de Eliana y Lyra a su lado, y la curiosidad respetuosa del príncipe Adrian… supo que era una sensación profundamente, maravillosamente reconfortante.