La mañana en el despacho de Demian había comenzado tranquila.
Demasiado tranquila, de esa calma pesada que a veces antecede a cualquier cosa importante, como si el aire mismo estuviera esperando algo.
Selene estaba sentada junto a la ventana, revisando varios informes gruesos relacionados con la reconstrucción de la ciudad: cálculos de materiales, listas de familias que necesitaban ayuda, planos de calles que debían ser reabiertas. Mientras tanto, Demian permanecía tras su escritorio de madera oscura, terminando de leer y firmar las cuentas de suministros y rutas comerciales, muchas de las cuales todavía seguían parcialmente dañadas o bloqueadas semanas después de haber pasado la epidemia.
El único sonido en la habitación era el rasgueo suave de la pluma sobre el papel y el viento que movía apenas las cortinas.
Hasta que unos golpes secos y rápidos sonaron en la puerta.
Ambos levantaron la vista al mismo tiempo. Antes de que alguno de los dos dijera "adelante", la puerta ya se abría.
Pocos segundos después, Lyra entró en la habitación.
Llevaba ropa de viaje, gruesa y práctica, con algo de polvo fino acumulado sobre la capa y las botas, y una expresión de absoluto fastidio que parecía indicar claramente que llevaba demasiadas horas sobre un carruaje incómodo y que no había sido un viaje agradable.
—Vine solo porque me obligaron —dijo apenas cruzó el umbral, sin saludar, caminando directo hacia el centro de la habitación—. Si vuelvo a escuchar a Anna decir que "no quiere molestar", que "es poca cosa" o que "no necesita ayuda", voy a lanzarla al río más cercano y dejaré que Garoum la rescate si le da la gana.
Selene soltó una pequeña sonrisa, negando con la cabeza. Demian dejó la pluma a un lado, recostándose en el respaldo de su silla con las manos entrelazadas sobre el pecho.
—Me alegra verte también, Lyra. Qué amable recibimiento.
Lyra rodó los ojos con dramatismo y sacó de entre su ropa un sobre grueso, de papel de buena calidad, doblado con cuidado para que no se arrugara.
—Lady manipuladora mandó esto. Dijo que era "importante y urgente", aunque yo creo que solo quería asegurarse de que no me perdiera en el camino.
Selene reconoció de inmediato la letra de Anna, ordenada y elegante, en la cabecera del sobre. Lo tomó casi demasiado rápido, con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Demian se acercó por detrás de ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla, mientras Selene rompía el sello de lacre y desplegaba las hojas.
Por unos segundos ambos guardaron silencio mientras leían, recorriendo las líneas con la mirada.
Y poco a poco, las expresiones serias y tensas que llevaban marcadas en el rostro desde hacía semanas comenzaron a relajarse, a suavizarse.
Anna estaba bien.
Eso era lo primero que dejaba claro, escrito casi al principio, como si fuera lo único que realmente importaba.
Contaba que la mansión estaba mejorando más rápido de lo que nadie había esperado. Que las reparaciones seguían avanzando con ayuda de gente que llegaba por voluntad propia desde la ciudad. Que los jardines, antes descuidados y tristes, ahora estaban llenos de vida. Que Garlan ya había comenzado a trabajar con las nuevas semillas que ella había traído, plantando hierbas medicinales, hortalizas y flores por todas partes. Y con una nota pequeña y alegre al margen, decía que las rosas blancas y rojas que había plantado junto a él meses atrás comenzaban finalmente a abrirse, llenando todo de color y perfume.
También hablaba de todos ellos: de Lady Altheria, que ahora pasaba las tardes leyendo y conversando animadamente; de Lira, que ya era parte de la casa y ayudaba en todo lo que podía; de Eliana, que estaba siempre a su lado, tranquila y firme; y de Garoum, que seguía siendo el mismo muro inamovible, aunque confesaba entre líneas que ahora sonreía más seguido.
Decía que la mansión volvía a sentirse viva poco a poco. Que ya no era un lugar frío ni solitario.
Selene sonrió apenas al leer aquella parte. Era extraño, casi increíble. Porque hacía meses, aquel lugar enorme y silencioso parecía una tumba de lujo, el refugio de una mujer a la que todos odiaban o temían. Y ahora Anna hablaba de él como si fuera el hogar más cálido y perfecto del mundo.
Pero la sonrisa de Selene duró poco.
Porque más abajo, entre explicaciones y detalles, Anna mencionaba con mucha calma y educación que se había quedado corta de materiales para terminar las reparaciones más importantes.
Madera de buena calidad para los marcos de las ventanas.
Vidrios claros y gruesos.
Algunas herramientas que se habían roto o perdido.
Muebles sencillos para las habitaciones de invitados y el personal.
Pinturas y barnices para proteger las paredes y la madera.
Y por supuesto, en un párrafo aparte y muy marcado, Anna aclaraba que llevaba la cuenta de todo, que les devolvería cada moneda gastada apenas pudiera vender algunas cosechas o resolver ciertos asuntos antiguos, y que no quería que pensaran que abusaba de su ayuda.
Demian soltó una risa seca y corta apenas terminó de leer esa parte, sacudiendo la cabeza.
—Claro que iba a decir eso. No podía ser de otra forma.
Selene también negó un poco con la cabeza, con una mezcla de ternura y exasperación.
—Después de haber salvado una ciudad entera, de haber puesto en riesgo su vida y su salud por todos nosotros… todavía cree que vamos a cobrarle unas tablas de madera o un poco de pintura.
Lyra, que se había quedado de pie observando, cruzó los brazos sobre el pecho y puso los ojos en blanco otra vez.
—De hecho, me hizo repetir tres veces, antes de dejarme venir, que les dijera exactamente eso. Que lo anotaran, que ella pagaría, que no era un favor gratuito… ya me tenían harta con el tema.
Demian tomó la carta de las manos de Selene y siguió leyendo hacia el final, buscando algo más, algo que le dijera más allá de los materiales y las reparaciones.
Entonces encontró la parte importante.
Su expresión cambió apenas un poco, volviéndose más seria, más atenta.
—Así que ya se lo dijeron… —murmuró bajito.
Selene lo miró, alerta de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Hay algo malo?
Demian levantó la carta, señalando un párrafo largo al final de todo.
—La Academia Imperial.
Selene abrió un poco los ojos, sorprendida.
Anna les contaba allí, con sus propias palabras, todo lo que había ocurrido: que había llegado el mensajero desde la capital, que le habían entregado la carta oficial, que su expulsión había sido anulada por orden directa del Consejo y del Emperador, que su matrícula y su beca habían sido restauradas al máximo nivel. Y que dentro de exactamente un mes, debía presentarse nuevamente en la Academia de Alta Magia de la Capital, para retomar sus estudios donde los había dejado años atrás.
El despacho quedó en silencio unos segundos. Un silencio cargado de pensamientos, de recuerdos, de todo lo que significaba ese lugar para Anna.
Lyra fue la primera en hablar, rompiendo el momento.
—Bueno… ahora entiendo por qué me mandó primero aquí y después me dijo que tenía que ir al Imperio con la respuesta. Quería avisarles antes de que se enteraran por otros lados.
Demian soltó un suspiro largo y pesado mientras volvía a leer aquella parte, como si quisiera asegurarse de que era real.
—El Emperador se adelantó. Y lo hizo con mucho cuidado.
Selene lo miró de reojo, con esa inteligencia aguda que siempre tenía, y entendió de inmediato a qué se refería.
Anna se había convertido en alguien demasiado importante.
Su nombre estaba comenzando a sonar por todo el continente, cruzando fronteras.
Había comerciantes que contaban su historia en cada puerto y cada mercado.
Había soldados que llevaban su símbolo bordado en sus capas.
Había nobles que querían acercarse, conocerla, ofrecerle alianzas o simplemente colgarse de su fama y su prestigio.
Y tarde o temprano, muchos habrían comenzado a visitar la mansión, buscando favores, protección o simplemente usándola en su propio beneficio.
Pero si Anna volvía a la Academia…Entonces el Emperador podía mantenerla cerca.
Bajo su vista y su protección directa.
Bajo el control de la Capital y de las leyes imperiales.
Y también, lejos de todos esos nobles y señores locales que seguramente intentarían aprovecharse de ella o de su influencia.
Selene apoyó una mano firme sobre la mesa, pensativa.
—Eso también significa que volverá a estar en medio de todo. De nuevo. Rodeada de intrigas, de reglas, de gente que no le tiene cariño.
Demian soltó una pequeña risa cansada, amarga.
—Como si el mundo la dejara descansar alguna vez. Apenas logra estar tranquila, apenas logra ser feliz en paz… y ya la llaman de nuevo para que sea algo más, para que esté en el ojo del huracán.
Lyra se dejó caer pesadamente sobre una de las sillas libres, estirando las piernas con cansancio acumulado.
—Ella no quiere volver —dijo de repente, bajando la voz.
Ambos la miraron.
Lyra se encogió de hombros, mirando hacia la ventana.
—No porque tenga miedo. Bueno… sí tiene miedo, eso es verdad. Pero no es solo eso. Simplemente… estaba cómoda en la mansión. Por primera vez en su vida tenía algo parecido a una vida tranquila. Tenía un lugar donde nadie la juzgaba por lo que fue antes, donde todos la querían por lo que es ahora. Tenía su jardín, sus libros, a la gente que ama… y ahora todo eso se va a interrumpir.
Demian bajó un poco la mirada hacia la carta que todavía sostenía entre sus dedos.
Y por un momento sintió algo extraño, mezcla de sentimientos opuestos.
Orgullo, porque su hermana —esa hermana que antes creía perdida para siempre— se había convertido en alguien así, tan valiosa, tan fuerte, tan buena.
Pero también una preocupación profunda, que le apretaba el pecho.
Porque conocía demasiado bien la Academia Imperial.
Sabía lo dura que podía ser.
Sabía lo crueles y despiadados que podían ser los hijos de los grandes nobles allí reunidos.
Sabía que muchos de ellos recordarían perfectamente quién fue Anna antes: arrogante, cruel, poderosa y sin escrúpulos.
Sabía que muchos la odiaban entonces y que la odiarían ahora, por haber cambiado, por haber tenido éxito, por ser admirada cuando antes era despreciada.
Y también sabía que esta vez no estarían ahí, ni él ni Selene, para protegerla de cerca, para interceder o para defenderla si alguien intentaba hacerle daño.
Selene, en cambio, sonrió apenas, una sonrisa fría, decidida, esa expresión que ponía cuando comenzaba a planear algo que nadie más se atrevería a imaginar.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que llegue preparada. De que llegue fuerte. Y de que, si alguien se atreve a molestarla, se arrepienta de haber nacido.
Demian levantó la vista hacia ella, comprendiendo inmediatamente su plan.
—¿Qué tienes en mente?
—Le enviaremos todo lo que necesita para terminar la mansión —dijo ella, contando con los dedos—. Todo lo que pidió y más: la mejor madera, los mejores vidrios, herramientas de primera calidad, todo pagado por nosotros, y que no se atreva a mencionar de nuevo que lo devolverá. Y además… ropa nueva, de la mejor calidad, adecuada para la Academia y para la Capital. Materiales de estudio, libros que le faltan, dinero suficiente para cualquier cosa que necesite, escoltas adicionales si los quiere… todo lo necesario para que no le falte absolutamente nada.
Demian sonrió apenas, siguiéndole el juego, aunque con cierta malicia.
—Y una carta adjunta. Una carta oficial, firmada por nosotros dos, donde le recordemos que todavía le debemos un castigo por todas las locuras que ha hecho, y que, si no se cuida bien y no regresa sana y salva, se la cobraremos con intereses.
Lyra soltó una carcajada fuerte, apoyando los codos en las rodillas.
—¡Eso sí se lo voy a entregar con gusto! Se la pondré en las mismas manos y le diré que es lo más importante de todo el envío.
Selene ya estaba tomando papel y pluma, lista para empezar a redactar las órdenes y las cartas. Demian volvió a sentarse tras su escritorio, pero ahora con una determinación nueva.
Porque, aunque Anna ya no era la niña que necesitaba protección… seguía siendo su hermana.
Y nadie, absolutamente nadie, iba a permitir que volviera a sufrir o a ser tratada mal.
Ni en la mansión, ni en la ciudad, ni en la Academia Imperial.
El mes que siguió a la llegada de la carta imperial pasó volando, pero fue un tiempo lleno de cambios, de ruidos nuevos y de una transformación que nadie hubiera imaginado hace solo unos meses. Lo que antes era una finca grande, solitaria y temida, aislada del mundo, ahora se había convertido en el centro de todo, y cada día traía consigo algo nuevo.
Los comerciantes y la protección silenciosa
Antes, ningún comerciante se acercaba por allí si no era obligado. Todos conocían la reputación de la "Lady Cruel", y preferían dar un rodeo de varios kilómetros antes de arriesgarse a cruzar esos portones de hierro. Ahora, en cambio, el camino de entrada siempre estaba lleno de carros y mercancías. Llegaban desde la ciudad y desde pueblos lejanos, todos ansiosos por ofrecer sus mejores productos: telas finas, especias, herramientas, semillas, muebles… todo lo que pudieran necesitar.
Pero no todos venían con buenas intenciones. Al principio, algunos intentaban aprovecharse, pensando que una noble que había vivido aislada no entendería de precios ni de negocios, y trataban de cobrar el doble o vender cosas de mala calidad. Sin embargo, esa idea se les borraba de la cabeza en cuanto pasaban el patio principal.
Porque allí, siempre cerca de la entrada o de la zona de intercambio, estaba Garoum.
Impasible, inmenso, una mole de músculos y cicatrices que parecía tallada en piedra. No decía nada. No amenazaba. Ni siquiera tenía que moverse. Solo se quedaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa mirada pesada, oscura y profunda que atravesaba a cualquiera. Y esa mirada lo decía todo: «Más te vale decir la verdad. Más te vale cobrar lo justo. Más te vale respetar a mi señora, o te vas a arrepentir de haber nacido».
Bastaba un segundo bajo esa mirada para que los comerciantes enderezaran la espalda, bajaran la voz y de repente se volvieran las personas más honestas y serviciales del mundo. Nunca hizo falta que interviniera, su sola presencia era la mejor garantía de justicia que Anna podía tener.
Y luego estaba Lady Altheria, siempre al lado de Anna, vigilando cada transacción, revisando cada objeto y controlando cada moneda que salía de la caja.
—¡Anna D’Valrienne! —la regañaba casi todos los días, con las manos en la cintura y fingiendo mucha severidad—. ¿Se puede saber por qué quieres comprar tres cajas de cerámica pintada? ¡Si ya tenemos suficientes platos para alimentar a un ejército! ¡Estás gastando el dinero en cosas que no son necesarias!
Anna bajaba la cabeza, se mordía el labio y miraba a la señora con esa sonrisita inocente que usaba para salir de problemas.
—Pero… es que eran muy bonitas, Lady Altheria… y el hombre dijo que venían de muy lejos…
—¡Bonitas! ¡Lo que tú digas! —respondía ella, pero después de unos minutos de regaños, siempre terminaba suspirando, negando con la cabeza y cediendo—. Está bien… cómpralas. Pero solo porque son realmente hermosas, ¿entendido? Y la próxima vez te las arreglas tú sola con las cuentas.
Y Anna sonreía triunfante, sabiendo perfectamente que, aunque la regañara, en el fondo Lady Altheria le daba gusto en todo.
Lira: la hermana pequeña que nadie esperaba
El cambio más bonito y entrañable fue sin duda el de Lira. Ya no era esa niña tímida que caminaba de puntillas y pedía permiso hasta para respirar. Ahora, en la mansión, era una más, y se había ganado un lugar tan grande que nadie recordaba cómo era la vida sin ella.
Dejó de ser solo una pequeña ayudante o una niña rescatada; se convirtió, sin que nadie lo dijera en voz alta, en la hermana pequeña que Anna y Eliana nunca tuvieron. Y como tal, se dedicaba a hacer lo que mejor sabía hacer: molestar, reñir y meterse en todo.
Su guerra diaria, que nunca tenía malas intenciones, era por el lugar al lado de Anna.
—¡Yo me siento aquí! —decía Lira plantándose delante del sofá o del caballo o del asiento del carruaje, con los brazos cruzados y la cara muy seria—. ¡Yo voy primero! ¡Yo soy su familia primero!
Eliana soltaba una carcajada y la apartaba suavemente con un dedo.
—Lo siento, pequeña. Pero yo llegué antes. Y además, tengo permiso exclusivo. Vete a sentar al otro lado.
—¡¡No, no y no!! —gritaba Lira, indignada, poniéndose de puntitas para mirar a Eliana a los ojos—. ¡Tú siempre te quedas con ella! ¡Ahora me toca a mí!
Entonces empezaba una discusión llena de risas, empujoncitos suaves y carreras por los pasillos, mientras Anna se quedaba en medio, negando con la cabeza, fingiendo estar cansada, pero con el corazón lleno de alegría.
—¡Ya basta las dos! —decía, aunque nadie le hacía caso—. ¡Se pueden sentar las dos, hay espacio para todos!
Pero ninguna quería entender eso. Para ellas, ese lugar al lado de Anna era el tesoro más grande del mundo, y pelear por él se había convertido en su juego favorito.
La relación con el resto de la casa
El trato con el resto del personal también había cambiado completamente. Antes, todos se movían con miedo, en silencio, evitando cruzarla, saludando con reverencias rígidas y distantes. Ahora, la distancia se había acortado, aunque el respeto seguía intacto, incluso más fuerte que antes.
Los sirvientes, cocineros, jardineros y ayudantes la saludaban con una reverencia corta y educada, pero luego se quedaban a hablar un momento, a contarle algo del jardín, a pedirle su opinión sobre algún cambio o simplemente a desearle un buen día. Ya no le tenían miedo, le tenían cariño. La llamaban "Lady Anna", pero cuando hablaban de ella entre sí, siempre decían «nuestra señora».
Si ella pasaba, sonreían. Si necesitaba algo, corrían a ayudarlo. Y si la veían pensativa o seria, alguno siempre se acercaba con alguna excusa para hacerla reír o para distraerla. La mansión ya no era una fortaleza dividida por jerarquías, era un hogar donde todos se sentían parte de algo bueno.
El nacimiento de una nueva ciudad
Y el cambio más grande de todos llegó justo cuando se cumplía la mitad de ese mes de espera.
Una mañana, desde lo alto de la torre de vigilancia, Garlan avisó que una caravana enorme se acercaba por el camino. No eran comerciantes sueltos, ni viajeros, ni soldados. Era una caravana errante, de esas comunidades que viajan de un lado a otro llevando consigo sus casas, sus familias, sus animales y sus oficios, buscando un lugar donde quedarse.
Cuando llegaron a la entrada, se vio que eran muchos: familias enteras, artesanos, ganaderos, constructores, curanderos… y lo más sorprendente: había gente de todas las razas. Humanos, por supuesto, pero también hombres y mujeres de piel grisácea y gran fuerza física, provenientes de las montañas; otros de orejas afiladas y mirada sabia, que conocían los secretos de las plantas; personas de estatura pequeña y manos muy hábiles, expertos en trabajos finos… todos mezclados, todos viajando juntos, todos buscando refugio.
Su líder, un hombre mayor de piel oscura y rostro marcado por el sol, se acercó a la puerta principal con mucha prudencia y mucho respeto. Garoum lo acompañó hasta donde estaba Anna, que salió a recibirlos con curiosidad.
—Lady Anna D’Valrienne —dijo el hombre inclinándose profundamente—. Hemos recorrido medio continente y hemos escuchado su nombre en cada pueblo, en cada ciudad. Sabemos lo que hizo allá abajo. Sabemos que esta tierra ahora es segura. Sabemos que usted no juzga a nadie por cómo se ve o de dónde viene.
Hizo una pausa y señaló hacia los terrenos vacíos que rodeaban la finca, tierras que antes estaban abandonadas y llenas de maleza.
—Venimos a pedirle permiso. No queremos invadir su casa, ni quitarle nada. Solo queremos que nos permita establecernos aquí, fuera de sus muros. Construiremos nuestras propias casas, nuestras tiendas, nuestros talleres. Pagaremos nuestros impuestos, protegeremos estas tierras como si fueran nuestras, y pondremos todo lo que sabemos hacer a su disposición.
Miró a su gente, que esperaba con ansiedad detrás de él, y volvió a mirarla a ella.
—Queremos formar un pueblo, una pequeña ciudad aquí, a la sombra de su mansión. Porque sabemos que estar bajo su protección es lo más seguro y lo mejor que nos puede pasar.
Anna se quedó en silencio, mirando a todas esas personas que la miraban con esperanza. Garlan estaba a su lado asintiendo, Garoum estaba de acuerdo, y Lady Altheria sonrió suavemente detrás de ella.
Lo que antes era solo una finca solitaria, un lugar de paso o de miedo, ahora estaba a punto de convertirse en el corazón de una comunidad entera. De una ciudad nueva, nacida de la confianza que ella había logrado ganar sin siquiera proponérselo.
Anna levantó la vista, miró los campos vacíos que pronto se llenarían de vida, de calles, de luces y de gente de todas partes. Y sonrió, esa sonrisa que ya no tenía nada que ver con la joven que llegó allí desterrada y llena de odio.
—Bienvenidos —dijo ella con voz clara y firme, para que todos la escucharan—. Esta tierra es grande y tiene lugar para todos. Establezcan sus casas, trabajen, vivan en paz. Y recuerden solo una cosa: aquí nadie es más que nadie. Y todos nos cuidamos entre todos.
Ese día, mientras empezaban a desmontar las carretas y a marcar los primeros terrenos, Anna entendió por fin el cambio completo.
La mansión que fue su prisión, ahora era el refugio de muchos.
La mujer que fue odiada, ahora era la protectora de todos.
Y su nombre, que antes significaba miedo, ahora significaba hogar.
Anna apenas podía contenerse. Desde que la caravana apareció en el camino, sus ojos brillaban con una emoción y una curiosidad que nadie le había visto jamás, parecía literalmente una niña pequeña en su día de reyes.
Porque Anna venía de nuestro mundo, el mundo común, el mundo donde solo existen humanos, donde todo lo demás son solo historias, fantasías, películas o libros. Allá, los hombres de piedra, los elfos, los enanos y todas esas razas maravillosas eran solo leyendas que nadie creía reales, cosas que decían: "esto es pura fantasía, esto nunca pasó, esto no existe". Y de repente, ahí estaba ella, en su otra vida, viendo llegar a gente que creía que solo vivía en los cuentos.
Además, aquí en este nuevo mundo, la reputación de su familia —y la que ella misma se ganó en sus tiempos de arrogancia— había hecho que seres de otras razas casi nunca se acercaran por estas tierras. Sus padres, y la propia Anna cuando era la "noble cruel", habían tratado siempre a cualquiera que fuera diferente como seres inferiores, como cosas, como mercancía. Era muy raro verlos por la ciudad, y cuando lo hacían, siempre era obligados, como sirvientes, esclavos o prisioneros, sin derecho a hablar ni a ser tratados como personas.
Por eso, verlos llegar libremente, con sus familias, con sus pertenencias, pidiendo permiso para vivir aquí, y verlos caminar, hablar, reír y existir de verdad… ¡era para Anna como ver caminar un dragón o un hada en persona!
Apenas dio la bienvenida oficial, se olvidó por completo de que era la señora de aquellas tierras, de su elegancia, de las normas y de todo lo demás. Empezó a caminar entre ellos, acercándose a todos con una sonrisa inmensa, casi corriendo de un grupo a otro, mirando todo con una admiración que desconcertaba a todos.
Se detuvo primero ante los de piel grisácea, cuerpos grandes y fuertes, rasgos duros y mirada tranquila, los que en los libros llamaban hijos de la montaña.
—¡No puede ser! ¡De verdad existen! —exclamó ella, casi dando saltitos de la emoción, señalándolos con respeto, pero con una alegría inmensa—. Dicen que son tan fuertes que pueden levantar una roca enorme como si fuera una pluma, que su piel es dura como piedra, y que saben trabajar los metales mejor que nadie. ¿Es verdad? ¿De verdad pueden estar bajo la lluvia o el frío más fuerte y ni siquiera sentirlo? ¡Es increíble! ¡Es real!
Los hombres de piel gris se miraron entre sí, totalmente desconcertados. Ellos venían con miedo, preparados para el desprecio, para que los miraran por encima del hombro o peor. Habían escuchado mil veces que Lady Anna odiaba a todo lo que fuera distinto, que era cruel y arrogante… y ahora tenían a esa mujer noble, joven y poderosa frente a ellos, mirándolos como si fueran las criaturas más maravillosas del universo, haciéndoles preguntas con los ojos brillantes de emoción.
—Es… es verdad, mi señora —respondió uno de ellos, muy confundido—. Tenemos mucha resistencia y fuerza.
—¡Qué maravilla! —aplaudió Anna suavemente—. ¡Tienen que enseñarme todo lo que sepan! Aquí nos hacen falta manos fuertes y maestros como ustedes.
Siguió caminando y se acercó a un grupo más pequeño, de orejas afiladas, movimientos elegantes, piel suave y ropas que parecían tejidas con luz. Los guardianes del bosque, los que en su mundo eran solo personajes de historias antiguas.
—¡Y ustedes! ¡Los que viven en los bosques antiguos! —dijo ella, inclinándose un poco hacia ellos con reverencia, como si estuviera ante grandes celebridades—. dicen que hablan con la naturaleza, que entienden lo que dicen los árboles y las flores, que viven cientos de años y que su magia es parte de todo lo que los rodea. ¿Es verdad que pueden saber si va a llover solo mirando el color de las hojas? ¿De verdad curan enfermedades que para nosotros son mortales? ¡No me lo creo, los estoy viendo y es increíble!
Una mujer de cabello largo y oscuro la miró con la boca ligeramente abierta. Ella había viajado por muchos reinos, y en todos lados, cuando veían sus orejas o su aspecto, recibía miedo, rechazo, insultos o desprecio. Nunca, jamás en toda su vida, nadie le había hablado con esa admiración pura, ni le había preguntado cosas sobre su gente como si fuera lo más interesante del mundo.
—Es cierto, mi señora —respondió ella con voz suave y todavía confundida—. Conocemos los secretos de la tierra.
—¡Es fascinante! —decía Anna, y ya estaba señalando hacia los jardines—. ¡Tienen que conocer a Garlan, nuestro jardinero! Él ama las plantas con locura, seguro que ustedes dos se entienden solo con mirarse.
Más adelante se encontró con los de estatura baja, cuerpos fuertes, manos pequeñas pero ágiles, grandes constructores y artesanos. Los que en su mundo eran solo figuras de cuentos antiguos. Anna se arrodilló en el suelo para quedar a su altura, algo que ningún noble había hecho jamás con ellos.
—¡Y los maestros de la creación! —dijo ella, sonriendo de oreja a oreja—. Dicen que no hay nadie más hábil que ustedes, que pueden construir cosas que parecen imposibles, que recuerdan cada diseño que han visto y que nunca se les olvida cómo se hace nada. ¿Es verdad que pueden tallar una estatua tan fina que parece de vidrio, pero que es tan dura como el acero? ¡Yo pensaba que eso era solo fantasía!
—¡Claro que es verdad, mi señora! —respondió uno de ellos, que ya había perdido todo el miedo ante tanta amabilidad y emoción—. ¡Hacemos cosas que nadie más se atreve a hacer!
—¡Qué talento más maravilloso! —repetía Anna una y otra vez, pasando de un grupo a otro, sin cansarse nunca, escuchando cada respuesta con atención absoluta, anotando todo en su cabeza, feliz como nunca lo había sido.
Para todos ellos, esto era totalmente desconcertante.
Las historias que habían escuchado sobre ella decían que era la peor enemiga de las razas distintas. Que, si caías en sus manos, sufrías mucho. Que los D’Valrienne veían a todos los que no fueran humanos corrientes como basura.
Y ahora, aquí estaba ella: joven, hermosa, poderosa, y actuando como si ellos fueran los tesoros más grandes que jamás hubiera visto. Les hablaba de igual a igual, les preguntaba por sus vidas, sus tierras, sus costumbres, sus dones… y lo hacía con una emoción tan genuina, con un respeto tan grande, que no podían entender qué estaba pasando.
—¿Seguro que esta es la misma mujer? —susurró uno de los hombres de piel gris a otro, mientras veían a Anna alegrarse con un grupo nuevo—. Esto no coincide con nada de lo que nos contaron.
—No lo sé… —respondió el otro, mirándola con asombro—. Pero si es así… que nunca cambie. Por primera vez en mi vida, alguien me mira y no ve una "raza distinta". Ve a una persona. Ve lo que sé hacer. Ve lo que soy.
Mientras tanto, a lo lejos, Eliana, Lady Altheria y Garoum observaban todo con una sonrisa.
—Parece que le acabamos de regalar el mundo entero —dijo Eliana divertida, cruzándose de brazos—. Nunca la había visto así de feliz. Se le olvidó hasta respirar de la emoción.
Lady Altheria asintió, con los ojos llenos de ternura.
—Para ella, todo esto es magia de verdad. Y ahora, por fin, está viviendo en persona, solo dejen que se desahogue
Garoum miraba en silencio, pero había un brillo especial en sus ojos.
—Ellos esperaban encontrar un monstruo —murmuró con su voz grave—. Y se han encontrado con la única persona capaz de hacer que todas esas razas, que siempre fueron perseguidas o despreciadas, se sientan por fin en casa.
Anna seguía allá afuera, corriendo de un lado a otro, preguntando, escuchando, sonriendo. Y todos los que venían con miedo, poco a poco entendieron la verdad: la "noble cruel" que temían, solo existía en el pasado. La Anna de ahora, era la única capaz de ver belleza y valor en todo lo que era diferente.
—un mes después—
El mes pasó demasiado rápido para el gusto de Anna.
Tanto, que en más de una ocasión sintió que apenas había comenzado a acostumbrarse de nuevo a la mansión cuando ya tenía que volver a marcharse.
Las reparaciones avanzaron mucho gracias a todo lo que enviaron Demian y Selene desde la ciudad.
La madera nueva llegó.
Los muebles dañados fueron reemplazados.
Las habitaciones vacías volvieron a llenarse.
Los jardines siguieron creciendo con más fuerza que nunca.
Y las rosas… las rosas terminaron por convertir gran parte del patio y los senderos en un mar de colores rojos, blancos y rosados que perfumaban todo el aire.
Pero incluso con todo eso, incluso con la vida nueva que crecía en cada rincón, el tiempo no se detuvo.
Y el día de partir finalmente llegó.
Afuera de la mansión esperaba un carruaje mucho más elegante de lo habitual, pintado de azul oscuro con detalles dorados, tirado por cuatro caballos de raza fina. Había sido enviado directamente desde la capital imperial para recoger a los hijos de familias nobles que debían regresar a la academia.
Los caballos estaban listos y relinchaban suavemente.
Los guardias imperiales permanecían de pie, erguidos y silenciosos, junto a la entrada.
Y las maletas de Anna ya habían sido acomodadas en la parte trasera: no solo ropa, sino libros, materiales, regalos que le habían hecho y hasta un pequeño cofre con tierra de sus jardines, por si la nostalgia apretaba demasiado.
Lyra no estaba allí.
Ella había partido antes, justo como Anna se lo había pedido. Llevaba ya casi tres semanas en la capital preparando todo para la llegada del grupo: buscando las mejores habitaciones, investigando rumores, enterándose de quién estaba allí y asegurándose de que nadie intentara aprovecharse demasiado rápido de la situación de Anna. Porque si alguien sabía cómo moverse entre gente peligrosa y bocas demasiado abiertas, esa era Lyra.
Con Anna viajarían Eliana y Lira.
Las reglas de la academia permitían que los nobles llevaran hasta dos sirvientes o acompañantes personales.
Eliana iría oficialmente como sirvienta principal. Aunque sinceramente todos sabían que terminaría actuando más como guardaespaldas, consejera y la encargada de evitar que Anna hiciera estupideces o se dejara engañar.
Lira, por otro lado, llevaba días completamente emocionada, casi sin dormir. Había preparado sus cosas con más energía que nadie, cargando una bolsa que era casi más grande que ella misma. No dejaba de repetir que quería ser útil para “la señorita Anna”, que cuidaría de ella y que no se separaría de su lado. Y aunque intentaba comportarse de manera más madura y seria para parecer mayor, era obvio que en el fondo seguía siendo una niña emocionada por ver la capital por primera vez.
Garoum, por supuesto, también iría.
Y sinceramente, su sola presencia ya era suficiente para tranquilizar un poco a todos. Su rostro de piedra, sus cicatrices y su tamaño eran conocidos en toda la capital. Muchos nobles lo reconocían de tiempos pasados. Muchos soldados también sabían de lo que era capaz. Y nadie en su sano juicio intentaría hacerle daño a Anna teniendo a Garoum a dos pasos de distancia.
Cuando todo estuvo listo, los sirvientes de la mansión comenzaron a reunirse frente a la entrada principal.
Pero esta vez el ambiente era diferente. Muy diferente.
No era como cuando Anna se marchó hacia la ciudad durante la pandemia.
No había miedo.
No había tensión.
No había incertidumbre.
Ahora había cariño. Mucho cariño.
Las sirvientas se acercaban una a una para despedirse, dándole pequeños paquetes con comida para el camino o pañuelos bordados a mano.
Los guardias inclinaban la cabeza con respeto absoluto, prometiendo que cuidarían la finca como si fuera su propia vida.
Incluso varios trabajadores y campesinos de los alrededores se habían acercado solo para verla partir y desearle buen viaje.
Anna no estaba acostumbrada a algo así. Nunca lo había estado. Y sinceramente no sabía muy bien cómo reaccionar, más allá de sonreír con los ojos llenos de lágrimas y agradecer a cada uno.
Garlan fue probablemente el que peor llevaba todo aquello.
Había pasado demasiado tiempo con ella, trabajando hombro a hombro en los jardines, hablando de plantas, de la vida, de todo lo que habían cambiado.
La había visto romperse en mil pedazos.
La había visto volver a levantarse con más fuerza.
Y poco a poco, sin darse cuenta, terminó tratándola casi como a una hija.
Por eso, cuando se acercó a despedirse, tardó demasiado en hablar, con la voz atascada en la garganta.
—Coma bien —dijo al final, intentando mantener la compostura y no temblar—. Duerma cuando corresponda. No se salte comidas, aunque tenga mucho que estudiar. Y… no deje que esos nobles arrogantes la molesten demasiado. Si le dicen algo… respóndales con esa firmeza que ahora tiene.
Anna soltó una pequeña sonrisa, triste pero dulce.
—Haré lo posible, se lo prometo.
Garlan bajó un poco la mirada, mirándose las manos llenas de tierra y cicatrices.
—Y vuelva de vez en cuando. No se olvide de este lugar… ni de nosotros.
Esa última parte salió mucho más débil, casi como un susurro.
Anna no dijo nada. Simplemente dio un paso adelante y lo abrazó con fuerza, como nunca lo había hecho antes. Y eso fue suficiente para terminar de romper al viejo jardinero, que tuvo que darse la vuelta rápidamente para que nadie viera que sus ojos se habían llenado de agua.
Lady Altheria, en cambio, se acercó con mucha más calma. Como siempre. Elegante, tranquila, con ese aire de mujer que parecía entender más de lo que decía y sentir más de lo que demostraba.
Se detuvo frente a Anna, le acomodó un poco el cuello de la capa y le alisó un pliegue de la ropa con dedos suaves.
Y luego suspiró suavemente.
—Recuerda lo que te dije aquella noche —murmuró solo para ella.
Anna la miró en silencio, asintiendo.
Lady Altheria sonrió apenas, con esa sonrisa sabia y cálida.
—No importa lo que piensen de ti, ni lo que digan, ni las historias que cuenten. Lo importante no es quién fuiste antes… ni quién quieren que seas ahora. Lo importante es quién quieres ser tú cuando estés ahí, y mantenerlo intacto pase lo que pase.
Anna bajó un poco la mirada, asimilando cada palabra.
Lady Altheria levantó una mano y acarició suavemente su mejilla, como si fuera una niña pequeña.
—Y también recuerda algo más, muy importante.
Anna volvió a mirarla, con los ojos brillantes.
—Si las cosas se ponen difíciles, si el mundo pesa demasiado o si solo necesitas volver… esta seguirá siendo tu casa. Siempre. Las puertas estarán abiertas, y nosotros te estaremos esperando.
Por un momento, Anna sintió un pequeño nudo muy fuerte en el pecho, de esos que cuestan mucho tragar.
Porque hacía no mucho tiempo, jamás habría pensado que alguien pudiera decirle algo así.
Que pudiera llamar hogar a un lugar que antes fue su prisión.
Que pudiera tener personas que la quisieran, que la cuidaran y que esperaran su regreso.
Y justo cuando pensaba que ya se habían despedido de todos, vio que más allá de la entrada, delante de los terrenos donde antes solo había tierra vacía y maleza, había mucha más gente reunida.
Eran ellos.
La caravana errante. Las razas que habían llegado hace unas semanas, buscando refugio y libertad. Y ahora ya no eran solo viajeros: ya habían empezado a construir.
Se veían los cimientos marcados en el suelo, las primeras paredes de piedra y madera levantándose, las estructuras de lo que pronto serían casas, talleres, calles y plazas. Lo que cuando Anna volviera, sin duda sería ya una pequeña ciudad completa, próspera y llena de vida.
Y todos habían venido a despedirla.
Los hijos de la montaña, altos, fuertes, de piel grisácea y mirada leal, estaban allí de pie, con los brazos cruzados o con las herramientas todavía en la mano, inclinando la cabeza con un respeto profundo, mucho mayor que el que le daban a cualquier rey.
Los guardianes del bosque, de orejas afiladas y movimientos elegantes, formaban un grupo aparte, algunos sosteniendo ramos de las flores más hermosas y raras que Anna jamás había visto, otros susurrando bendiciones en un idioma antiguo y melodioso.
Los artesanos pequeños, de manos ágiles y sonrisas grandes, estaban en primera fila, y uno de ellos corrió hasta ella para darle un pequeño regalo: una cajita de madera tallada con formas de animales y plantas, tan fina que parecía imposible que fuera hecha a mano.
También había otros: gente de piel oscura y cabellos trenzados, expertos en el fuego y los metales; personas delgadas y rápidas, que conocían los secretos del viento; y muchos más, de todas las formas y colores, todos juntos, todos allí.
—¡Buen viaje, Señora Anna! —gritó uno de los hombres de la montaña con su voz potente.
—¡Que la tierra te proteja y te guíe de regreso a nosotros! —añadió una de las mujeres del bosque.
—¡Aquí te esperamos, donde sea que vayas! —exclamó uno de los artesanos, y todos asintieron al mismo tiempo.
Anna se quedó mirándolos, conmovida hasta lo más profundo.
Ellos habían llegado huyendo, con miedo, pensando que solo encontrarían desprecio o esclavitud, tal como pasaba en todo el reino y tal como ella misma había provocado en el pasado. Y ahora, la trataban como a su protectora, como a su reina, como a la única persona que les había dado un lugar donde ser libres.
Les devolvió la reverencia, bajando la cabeza con el mismo respeto que ellos le tenían a ella, algo que ningún otro noble habría hecho jamás.
—Volveré —les dijo con voz clara, para que todos la escucharan—. Y cuando lo haga… espero ver esta ciudad llena de luz, de risas y de todo lo que son capaces de crear. Cuiden de este lugar, y cuídense entre ustedes.
Eliana le tocó suavemente el brazo, indicándole que ya era hora.
Anna subió al carruaje, ayudada por Garoum.
Lira se sentó a su lado, agarrada fuerte de su mano, con la nariz un poco roja de haber llorado un poquito.
Eliana se acomodó en el asiento opuesto.
Garoum montó a caballo al lado del vehículo, imponente y vigilante como siempre.
Las puertas se cerraron.
El cochero hizo sonar el látigo suavemente.
Los caballos empezaron a caminar.
Mientras el carruaje se alejaba por el camino de entrada, Anna miró por la ventanilla trasera.
Vio a Garlan secándose los ojos.
Vio a Lady Altheria de pie, erguida y serena, despidiéndola con la mano.
Vio la mansión, que ya no parecía una prisión, sino un hogar grande y hermoso.
Y vio, al fondo, a toda esa gente de razas distintas, saludando y quedándose allí, protegiendo el lugar, construyendo su futuro y esperando el suyo.
Y en ese momento, aunque tenía miedo de lo que le esperaba en la academia, sintió algo nuevo: seguridad.
Porque ahora sabía que no iba hacia la nada.
Iba a enfrentar su pasado, sí. Pero también sabía que, dondequiera que estuviera, tenía un hogar al cual volver.
Y tenía a toda esta gente, que la quería tal como era ahora, esperando su regreso.
El viaje hasta la capital duró exactamente siete días enteros. Y para Anna, cada uno de esos días fue una tortura total, aunque por razones muy distintas a las que nadie imaginaría.
No fue por los caminos llenos de baches, ni por el polvo que entraba por las ventanillas, ni por el cansancio de viajar desde el amanecer hasta la tarde. Tampoco fue por el frío de las noches ni por las comidas sencillas de las posadas.
El problema no era el vehículo ni la escolta. El carruaje era elegante, sí, pero igual al de cualquier otra familia noble importante. Nadie reconocía el escudo, nadie sabía cómo era su cara, nadie podía señalarla con el dedo al pasar.
Lo que la mataba por dentro, lo que la ponía nerviosa, ansiosa y al borde del colapso, eran las conversaciones.
Porque su nombre… su nombre sí que era conocido.
En cada pueblo, en cada posta, en cada posada donde se detenían a comer o a descansar, bastaba con sentarse un rato a escuchar a la gente. En todas partes hablaban de ella.
«¿Has oído hablar de Lady Anna D’Valrienne?» —decían unos.
«Claro, la que salvó a toda esa ciudad de la peste. Dicen que es una santa… o una hechicera poderosa.»
«Dicen que ha cambiado sus tierras, que ahora acoge a cualquiera, incluso a las razas que antes perseguían…»
«Dic que es la mujer más noble y valiente que existe.»
Y Anna, sentada allí mismo, con la capucha un poco bajada o escondida en un rincón, escuchaba todo eso con el corazón a mil por hora. Se ponía rígida, sudaba frío, miraba a todos lados con miedo de que alguien levantara la vista y dijera:
«¡Oye, tú te pareces a ella!».
El peso de su nombre, de la fama, de las expectativas que la gente tenía puestas en una mujer que ni siquiera conocían… eso era lo que la asfixiaba. Ella no quería ser esa leyenda. Solo quería viajar tranquila, sin que su nombre estuviera en cada conversación, sin sentirse observada, aunque nadie supiera quién era ella.
Fue entonces, la tercera noche, cuando se detuvieron a descansar en una posada grande a mitad de camino, cuando reunió a todos en el patio trasero, lejos de oídos ajenos. Estaba alterada, caminando de un lado a otro, con las manos apretadas y la voz un poco más alta de lo normal. Allí estaban Garoum, Eliana, Lira y los cuatro soldados imperiales que les habían asignado como escolta.
—¡Escuchen bien todos! —les dijo, casi sin saludar, desesperada por encontrar paz—. A partir de este momento, y hasta que pongamos un pie dentro de la academia, nadie… y repito, nadie, me llamará por mi nombre real. Ni por mi apellido, ni por mi título. ¡Nada de lo que tenga que ver conmigo! Quiero pasar desapercibida. Quiero que cuando alguien pregunte, seamos gente cualquiera. ¡Necesito paz, por favor!
Lo dijo tan seria, tan urgente y con tantas ganas de tranquilidad, que todos asintieron de inmediato. Anna respiró aliviada, convencida de que había resuelto el problema.
Ese fue su gran error.
Porque apenas dio esa orden, apenas les dio carta blanca para inventar, todos comenzaron a divertirse demasiado con la situación. Y muy pronto, Anna descubrió que el silencio y la paz que tanto deseaba se habían convertido en algo mucho, mucho peor.
La primera vez ocurrió al día siguiente, en una ciudad pequeña donde pararon a comer. El dueño de la posada, curioso por ver un grupo de viajeros distinguidos, se acercó amablemente a preguntar quién era la joven dama que viajaba con ellos.
Antes de que Anna pudiera abrir la boca para decir "solo una viajera más", Eliana se adelantó, sonriendo con la mayor inocencia del mundo.
—Es Lady Rosabella de las Colinas del Norte.
Anna casi se atragantó con su propia saliva. Se giró hacia ella con los ojos muy abiertos.
—¿Lady qué? —susurró entre dientes.
Eliana la miró con calma, como si la respuesta fuera lo más obvia del universo.
—Rosabella. Suena elegante, misteriosa y muy noble. Perfecto para pasar desapercibida.
—¡Eso ni siquiera es un nombre real! ¡Y mucho menos existe ningún lugar así!
—Pues ahora sí lo es. Y tú eres ella.
Lira, por supuesto, no tardó ni cinco minutos en unirse al juego con toda la energía de su edad.
En la siguiente ciudad, cuando les pidieron los nombres para registrarse, la niña se puso de puntitas ante el encargado y dijo muy seria, tratando de imitar a las damas de la corte:
—Lady Seraphina del Valle Dorado.
Después de eso, fue una tras otra, sin descanso:
—Lady Clarisse de la Casa del Sol.
—Lady Aurelia de la Llanura Serena.
—Lady Rosalyn…
Para el cuarto día, incluso los propios soldados, que al principio se habían mantenido serios y respetuosos, ya habían perdido todo el respeto y empezaron a inventar nombres también, compitiendo entre ellos por ver cuál sonaba más "imponente y misterioso".
Uno la presentó como «Lady Estrella Plateada»
.Otro juró que era «Lady Flor de Luna».
Y uno, que claramente tenía mucha imaginación, se atrevió con «Lady Rosa Eterna».
Garoum fue el único que intentó mantenerse al margen.
Lo intentó de verdad.
Durante casi dos días completos, se limitó a señalar hacia donde estaba Anna o a decir simplemente «la señorita», sin añadir nada más. Pero la curiosidad de la gente era mucha, y finalmente, en otra posada más grande, un hombre mayor se acercó directamente a él, mirando su tamaño y sus armas con respeto, y le preguntó:
—Disculpe, señor… pero ¿cómo se llama la dama que viaja con ustedes? Tiene un aire muy distinguido, aunque no la conozco.
Garoum se quedó callado unos segundos. Se quedó pensativo. Miró a Anna, que estaba sentada lejos, intentando pasar desapercibida detrás de una columna tapándose la cara con un abanico. Miró a Eliana, que le hacía gestos cómplices desde el otro lado. Y luego, con esa cara de piedra que nunca cambiaba, respondió con total tranquilidad y firmeza.
—Es Lady Tempestad Escarlata.
El silencio cayó sobre el grupo entero.
Anna lo miró completamente horrorizada. Sintió que algo dentro de su cabeza acababa de romperse en mil pedazos.
Eliana y Lira, que estaban cerca, estallaron en una risa tan fuerte y sonora que varios viajeros de las mesas cercanas se giraron a verlas, intrigados por saber qué gracia tendría esa dama de aspecto tan serio.
—¡¿Tempestad Escarlata?! —repitió Anna, acercándose a él con paso rápido, casi desesperada—. ¡¿De dónde sacaste eso?! ¡Suena más llamativo que mi propio nombre!
Garoum mantuvo la mirada fija al frente, imperturbable.
—Me pareció apropiado. Dijiste que no querías usar tu nombre, no que querías uno aburrido.
—¡No tiene nada de apropiado! ¡Suena a nombre de personaje de una historia ridícula o de una guerrera loca!
—Podría haber sido peor —respondió él, sin inmutarse lo más mínimo.
—¡¿Peor cómo?! —exclamó Anna, llevándose las manos a la cabeza.
Garoum pareció pensarlo un momento, arrugando apenas la frente como si realmente estuviera considerando opciones terribles.
—Podría haber dicho… Lady Rosa Sangrienta.
Anna sintió ganas de salir corriendo, subirse al primer caballo que viera y desaparecer en el bosque para siempre.
Pero por supuesto, nadie la ayudó. Al contrario. Eliana tomó ese nombre, el de Tempestad Escarlata, y decidió que era su favorito. A partir de ese momento, ya no hubo marcha atrás.
—¿Quiere más té, Lady Tempestad Escarlata? —decía Eliana con voz dulce y fingida, sirviéndole la bebida con mucha ceremonia.
—Aquí tiene su manta, Lady Tempestad Escarlata.
—¡Lira! —gritaba a la niña de vez en cuando—. ¡Devuélvele las galletas a Lady Tempestad Escarlata, que son suyas!
Lira casi lloraba de la risa cada vez que escuchaba esas palabras, y repetía el nombre una y otra vez hasta que no podía más. Y lo peor de todo: los soldados también lo adoptaron. Ahora, cuando le abrían la puerta del carruaje o le entregaban algo, lo hacían inclinando la cabeza y diciendo con voz solemne: «A sus órdenes, Lady Tempestad».
Para el sexto día, Anna ya había perdido toda esperanza de que esto terminara alguna vez.
Iba sentada dentro del carruaje, encogida en un rincón, con una manta cubriéndole la cabeza hasta la nariz, mientras Eliana y Lira seguían riéndose y inventando nuevas historias sobre la "leyenda de la Tempestad Escarlata", asegurando que pronto su nuevo nombre sería tan famoso como el antiguo.
—No entiendo por qué te molesta tanto —dijo Eliana entre risas, dándole un golpecito amable con el dedo—. Suena imponente. Suena a alguien que nadie se atreve a molestar. Al fin y al cabo, es verdad. Y además… nadie sabe que eres tú. ¿No era eso lo que querías?
—Suena como el nombre de una villana ridícula de mala calidad —murmuró Anna desde debajo de la tela, resignada—. Y ahora, gracias a ustedes, cada vez que alguien lo diga, me voy a acordar de esto.
—Eso te queda bastante bien, si lo piensas —respondió Eliana, sonriendo con malicia.
Anna la miró con una expresión completamente vacía, sin vida, agotada mentalmente.
—Te odio.
Eliana sonrió más satisfecha que nunca.
—No más de lo que yo te quiero, mi querida Tempestad.
Y sinceramente, después de tantos días de viaje, Anna ya no sabía qué era peor: si la idea de volver a la academia, enfrentarse a su pasado y a toda la gente que la odiaba… o seguir soportando a todos ellos un día más.
Porque al final, la paz que tanto pidió… se había convertido en la peor tortura de todas.
Al séptimo día, finalmente pudieron ver la capital imperial a lo lejos.
Incluso desde la distancia, la ciudad imponía.
Las murallas eran enormes, altas y sólidas, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, como una barrera inexpugnable hecha de piedra gris.
Las torres blancas se elevaban por encima del resto de los edificios como lanzas afiladas apuntando directamente al cielo azul.
Los estandartes imperiales ondeaban en lo alto de las fortalezas, movidos por el viento con una majestuosidad silenciosa que hacía sentir lo pequeño que era todo lo demás.
Y, más allá de todo aquello, dominando la ciudad desde la colina central, se alzaba el gran palacio imperial: vasto, brillante e imponente, latiendo como el corazón mismo de todo el imperio.
Normalmente, aquella vista habría impresionado a cualquiera. A cualquiera menos a ella.
Pero Anna ya no tenía energía para impresionarse. Ni para sorprenderse. Ni para nada.
Estaba sentada dentro del carruaje con una expresión completamente vacía, fija en un punto imaginario del aire.
Tenía la manta sobre los hombros, aunque no tenía frío.
Los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho.
Y esa mirada lejana, pesada y oscura, de alguien que llevaba siete días enteros imaginando distintas formas creativas y dolorosas de asesinato.
Frente a ella, Eliana estaba mordiéndose el labio con tanta fuerza que casi se lo arrancaba, luchando contra sí misma para no estallar.
Lira tenía la cara completamente roja, los hombros le temblaban incontrolablemente y sus ojos brillaban conteniendo la risa a gritos.
Y Garoum, que seguía guiando el carruaje desde el exterior, con esa cara de piedra que parecía tallada en una sola pieza, ya no sabía cuánto más podría mantener su habitual compostura solemne.
Porque apenas la silueta de la capital apareció frente a ellos, uno de los soldados de escolta, el mismo que había participado en la invención de nombres, se acercó ligeramente a la ventanilla, inclinó la cabeza con absoluta, exagerada y ridícula solemnidad, y dijo con voz fuerte y clara:
—Lady Tempestad Escarlata —anunció, como si estuviera proclamando la llegada de una emperatriz—. Hemos llegado a la capital imperial.
Eliana soltó un sonido extraño, ahogado, una mezcla entre tos, jadeo y carcajada que tuvo que taparse con ambas manos.
Lira se cubrió la boca con las manos apretadas, pero el ruido se le escapaba por la nariz.
Garoum dejó escapar un resoplido grave y profundo desde el pescante, que sonó sospechosamente como una risa de gigante disfrazada.
Anna permaneció inmóvil.
Completamente inmóvil.
Tan quieta que el silencio dentro del carruaje se volvió casi inquietante.
Luego, muy despacio, levantó la cabeza.
Sus ojos, oscuros y fijos, recorrieron uno por uno a todos los presentes.
Miró a Eliana.
A Lira.
Al soldado que seguía allí esperando una respuesta.
Y finalmente miró a Garoum, visible a través de la ventanilla.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa amable.
Ni tranquilizadora.
Ni educada.
Era la clase de sonrisa que hacía que cualquiera con un mínimo de sentido común reconsiderara seriamente todas las decisiones que lo habían llevado hasta ese momento. Una sonrisa fría, perfecta y peligrosa.
Su voz salió suave, pausada y con una dulzura que helaba la sangre.
—Cuando bajemos de este carruaje…
Hizo una pausa.
Eliana tragó saliva.
Lira dejó de respirar por un segundo.
El soldado se puso rígido como una estatua de sal.
Anna mantuvo aquella sonrisa impecable, sin cambiar ni un solo rasgo de la cara.
—Los voy a matar a todos. Y voy a hacer que dure mucho, mucho tiempo.
Hubo un instante de silencio absoluto. Un segundo eterno donde hasta los caballos parecieron reducir el paso.
Y luego Lira explotó.
—¡Lady Tempestad Escarlata ha pronunciado su sentencia de muerte! —gritó entre carcajadas que resonaban por todo el camino—. ¡Cuidado, que llega la tormenta!
Eliana ya no pudo contenerse más y terminó doblándose sobre sí misma de la risa, con lágrimas asomando en los ojos y el cuerpo sacudido por el ataque de alegría.
—Perdón… perdóname, por favor… —alcanzó a decir entre jadeos y respiros—. Pero tienes que admitir que te queda demasiado bien. ¡Es perfecto! Eres imponente, te enfadas rápido, y cuando te pones así… ¡pareces una tempestad de verdad!
Desde el exterior, Garoum habló con su tono grave, profundo y perfectamente neutral, como si estuviera comentando el clima.
—La amenaza de muerte confirma que el título es apropiado. Define exactamente su personalidad actual.
Eso fue suficiente para que incluso los otros soldados, que hasta ahora se habían mantenido algo más serios, rompieran finalmente la compostura y soltaran risas abiertas, mirándose entre ellos y asintiendo como si fuera la verdad más grande del mundo.
Anna dejó caer la cabeza pesadamente contra el respaldo del asiento, cerró los ojos y soltó un gemido largo, profundo y de derrota absoluta.
—No puedo creer que haya viajado siete días enteros con un grupo de traidores. Debería dejarlos aquí y seguir sola. Se acabó, los desheredo.
Eliana se inclinó hacia ella, apartándole un mechón de pelo de la cara, y depositó un beso rápido, suave y cariñoso en su mejilla.
—No somos traidores, mi señora. Solo somos gente que te quiere y que se divierte contigo.
Lira se abrazó fuerte a su brazo, se acomodó contra ella y la miró con una sonrisa radiante y llena de luz.
—Somos tus traidores. Y nos gusta serlo.
Anna cerró los ojos con fuerza.
Intentó mantener su expresión indignada, seria y ofendida.
De verdad lo intentó.
Pero al final, inevitablemente, una pequeña sonrisa, traviesa y cálida, apareció en la comisura de sus labios.
Porque, por más que la avergonzaran.
Por más que se burlaran de ella sin piedad en cada paso que daba.
Por más insoportables, locos y molestos que pudieran llegar a ser.
Eran su gente.
Su familia.
La única que tenía y la única que necesitaba.
Y si tenía que enfrentarse a la inmensa capital imperial, a la Academia donde todos la odiaban, a los nobles que la recordaban como un monstruo y a todos los fantasmas de su propio pasado…
No podía imaginar compañeros mejores para hacerlo.
—Está bien —murmuró al fin, abriendo los ojos y mirando hacia las murallas que ya tenían muy cerca—. Pero si alguno de ustedes me llama así delante de alguien más… recuerden que ya les avisé: los voy a matar.
—¡Entendido, Lady Tempestad! —respondieron todos al unísono, antes de volver a estallar en risas.
Eso fue suficiente. El límite se había cruzado definitivamente.
Dentro del carruaje se escuchó un golpe seco y fuerte.
Anna acababa de lanzar uno de los cojines grandes contra la puerta, con toda la fuerza que le quedaba acumulada después de siete días de tortura. El cojín rebotó y cayó al suelo sin hacer daño a nadie, pero el mensaje estaba claro.
Afuera, varios soldados tuvieron que bajar la cabeza bruscamente para que no se les notara la sonrisa.
Garoum incluso carraspeó un par de veces, muy sonoramente, solo para ocultar que una pequeña curva se le había formado en las comisuras de los labios.
Pero ya era imposible disimular nada.
Durante toda esa semana, todos habían convertido aquello en una especie de juego colectivo, una broma que crecía día a día, hora a hora, minuto a minuto. Y lo peor de todo, lo que realmente los hacía reír, era que cuanto más se enfadaba Anna, cuanto más amenazaba y más sufría, más les parecía que el nombre le quedaba perfecto.
Eliana finalmente no pudo aguantar más y soltó una carcajada sonora, abierta y sincera que llenó todo el espacio. Se inclinó hacia adelante y le puso una mano en el hombro, acariciándolo con fingida compasión.
—Ya, ya… se terminó. Lo prometemos. Se acabó el juego.
Anna la miró con ojos entrecerrados, llena de sospecha.
—No se terminó.
—Sí se terminó. Palabra de honor —aseguró Eliana, poniéndose una mano sobre el pecho, aunque todavía se le escapaban risitas.
—No —insistió Anna, negando lentamente con la cabeza, con ese tono fatalista de quien ya ve su destino escrito—. No se acaba porque Lyra sigue viva. Y si ustedes, alguno de ustedes, le cuenta esto… si le dicen cómo me han llamado… voy a tener que abandonar el continente entero. Me iré a vivir a las montañas, me convertiré en ermitaña y nadie volverá a saber de mí.
Lira, que todavía tenía las manos en la cara, bajó una para mirarla e intentó poner la expresión más seria, más inocente y más leal que pudo.
—Yo jamás haría algo así. Se lo juro. Soy su guardiana más fiel.
Anna la miró en silencio.
La miró fijamente, directo a los ojos, sin parpadear.
Lira aguantó exactamente dos segundos.
Dos segundos de silencio absoluto.
Y luego, incapaz de sostener la mentira, desvió la vista rápidamente hacia un rincón del techo, tosió y añadió con voz diminuta:
—Bueno… tal vez… un poquito. Solo lo necesario para que se entere bien, nada más.
Anna soltó un suspiro tan largo y profundo que pareció que se le iba a escapar el alma. Dejó caer la cabeza pesadamente contra la pared de madera del carruaje, cerró los ojos y se entregó a su desgracia.
Porque sabía perfectamente cómo era Lyra.
Conocía a su asistente mejor que a nadie.
Sabía que en el momento en que esa mujer escuchara las palabras “Lady Tempestad Escarlata”, se iluminaría la cara de alegría, se lo repetiría cada mañana, cada tarde y cada noche, se lo diría a todo el mundo y convertiría eso en su nueva identidad oficial para siempre.
Y sinceramente… esa idea, la sola posibilidad de tener que cargar con ese ridículo nombre por el resto de su vida, le daba mucho más miedo que tener que volver a entrar en la Academia Imperial, enfrentarse a todos sus enemigos de antaño y desenterrar todos los fantasmas de su pasado.
—Academia Imperial—
La Academia Imperial se levantaba orgullosa en lo alto de una colina, en el corazón mismo de la capital, separada del ruido y el bullicio de la ciudad por enormes muros de piedra blanca, jardines simétricos impecablemente cuidados y caminos de losas pulidas que brillaban bajo el sol.
Aquel lugar siempre había sido considerado la cúspide, el punto más alto al que podía aspirar cualquier joven noble del continente. Era donde se formaban los herederos de las grandes familias, donde estudiaban los magos más prometedores, donde se entrenaban los futuros generales y donde se educaban los próximos consejeros del imperio.
Pero también era el lugar donde Anna D’Valrienne había dejado una marca tan profunda que, años después, nadie había logrado borrarla ni olvidarla.
La mayoría de los estudiantes ya había llegado uno o dos días antes del inicio oficial de clases. Los pasillos volvían a llenarse de ecos, risas y pasos apresurados. Las habitaciones de los dormitorios, vacías durante meses, comenzaban a ocuparse de nuevo. En los patios amplios, grupos de jóvenes se reunían presumiendo ropa nueva, escudos familiares, joyas y regalos costosos enviados desde sus territorios.
Y entre todos esos murmullos, conversaciones y chismes, había un nombre que se repetía más que cualquier otro, un tema que dominaba todas las charlas: Anna.
Su regreso.
La noticia había volado más rápido que un pájaro mensajero, extendiéndose por toda la academia antes incluso de que ella hubiera cruzado las puertas de la capital.
En una de las aulas principales, espaciosa, con altos ventanales y estanterías llenas de libros antiguos, varios estudiantes de las familias más influyentes ya debatían sobre ello, con voces cargadas de desconfianza, rencor y curiosidad.
—Dicen que la expulsión fue anulada por orden directa del propio emperador —comentó una joven de cabello rubio recogido con elegancia, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho con una expresión de puro desdén.
Era alta, de movimientos refinados y demasiado orgullosa para siquiera intentar ocultarlo. Se llamaba Clarisse Vaelmont, hija menor de la casa Vaelmont, una familia poderosa y rica, conocida por controlar gran parte del comercio imperial.
A su lado, recostado contra el marco de la ventana, estaba un muchacho de cabello oscuro, brillante y perfectamente peinado hacia atrás. Lucien Ardent, heredero de una familia militar menor, pero uno de los estudiantes más arrogantes y difíciles de su generación. Tenía la mandíbula tensa y una sonrisa burlona que no llegaba a sus ojos.
Lucien soltó una risa seca, cortante.
—Es ridículo. Una persona como ella jamás debió volver a poner un pie aquí. Debería haberse quedado en ese rincón olvidado donde la mandaron, lejos de todos nosotros.
Sentado sobre el borde de una mesa cercana, con las piernas colgando y la mirada perdida en el paisaje que se veía abajo, estaba Kael Vernhart, hijo de una antigua familia noble del norte. Era más tranquilo, más reservado, pero su mirada era mucho más fría y analítica que la de los otros dos.
—No entiendo por qué tanto alboroto —dijo él con voz pausada, sin volverse hacia ellos—. Si vuelve, simplemente la ignoramos. No vale la pena gastar energía en alguien que ya no importa.
Clarisse lo miró de inmediato, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Eso lo dices porque nunca tuviste que compartir clases con ella, Kael. Nunca fuiste el objetivo de sus caprichos.
Lucien asintió con fuerza, recordando con rabia.
—¿Recuerdas aquella vez en el patio, cuando hizo llorar a esa chica de primer año solo porque la pobre se sentó accidentalmente demasiado cerca de ella? Le gritó como si fuera basura.
—¿O cuando mandó a los guardias a castigar a tres estudiantes solo porque no se inclinaron lo suficientemente rápido cuando ella pasaba? —agregó Clarisse, apretando los puños al recordarlo—. Les hizo limpiar los establos durante una semana entera. Solo por orgullo.
Kael no respondió de inmediato.
Porque, por más que quisiera mantenerse al margen, incluso él recordaba demasiado bien lo que era Anna D’Valrienne antes.
No había nadie en esa academia que no la recordara.
La noble arrogante.
Cruel.
Orgullosa hasta el límite de la insensatez.
La chica que caminaba por los pasillos con la cabeza bien alta, mirando a todos por encima del hombro, como si fuera la dueña del mundo y todos los demás solo existieran para servirla o estorbarla.
La que humillaba a cualquiera que no fuera de una familia rica.
La que trataba a sus sirvientes como si fueran objetos.
La que se creía por encima de cualquier regla o ley.
Y precisamente por eso, todos los presentes terminaron girando la cabeza al mismo tiempo, mirando hacia el fondo del aula.
Hacia un rincón apartado, junto a una de las ventanas más grandes.
Allí había un pupitre y una silla.
Estaban vacíos.
Y siempre lo habían estado, desde el día en que Anna fue expulsada de la academia.
Nadie se había vuelto a sentar ahí.
Nunca se habló de ello directamente.
Nadie dio una orden ni se impuso una regla. Simplemente ocurrió.
Hubo un estudiante que lo intentó, apenas unos meses después de que ella se fuera. Pero al final de ese mismo día, sus libros habían desaparecido, su capa estaba rota y un grupo de chicos mayores le dijo, entre risas y amenazas, que “se había atrevido demasiado”.
Con el tiempo, comenzaron a decir que el asiento estaba maldito.
Que quien se sentara allí terminaría teniendo mala suerte, o peor, terminaría siendo odiado por todos.
Y poco a poco, todos dejaron de acercarse. Se convirtió en un espacio prohibido, un recordatorio silencioso de la mujer que una vez lo ocupó todo.
Ahora, el asiento seguía allí, limpio pero solitario, esperando.
Clarisse lo miró con el ceño fruncido, sintiendo un escalofrío desagradable recorrerle la espalda.
—No puedo creer que vuelva a sentarse ahí como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera dejado este lugar hecho un desastre.
Lucien cruzó los brazos, con la rabia creciendo de nuevo en su pecho.
—Peor todavía. ¿No escuchas lo que dicen en la ciudad? Ahora todos afuera hablan de ella como si fuera una especie de heroína. Dicen que salvó una ciudad entera de la peste, que cambió sus tierras, que da refugio a cualquiera… ¡incluso a esas razas que ni siquiera deberían existir! La alaban como si fuera una santa.
—Salvó una ciudad —dijo Kael finalmente, rompiendo el silencio que se había hecho—. Eso es lo que dicen los informes oficiales del imperio. Y lo dicen personas que no suelen mentir.
Lucien lo miró de inmediato, casi ofendido.
—¿Y tú te crees esa historia? ¿Crees que la misma mujer que nos hacía la vida imposible aquí adentro, que trataba a todos como basura, de repente se convirtió en una buena persona? ¡Es imposible! Es una farsa. Seguro tiene algún plan. Siempre lo tiene.
Kael no respondió enseguida. Su mirada seguía fija en aquel pupitre vacío, en la madera pulida que había soportado las manos de la antigua Anna.
—No lo sé —dijo al final, muy despacio—. No sé qué creer. Pero… si aunque sea la mitad de lo que cuentan es cierto… si realmente cambió todo lo que tocó allá abajo… entonces no volverá siendo la misma persona que salió de aquí hace años.
El aula quedó en silencio unos segundos. Un silencio pesado, cargado de dudas.
Porque esa era la parte que nadie sabía responder.
Todos recordaban a la Anna de antes: cruel, orgullosa, peligrosa y arrogante.
Pero nadie sabía realmente quién era la persona que estaba a punto de cruzar esas puertas.
Si era la misma pesadilla de siempre… o si era algo nuevo, algo desconocido.
Y sinceramente, para muchos de ellos… eso daba mucho más miedo que la antigua Anna.
Entrada principal del imperio
El carruaje avanzaba por las amplias calles de la capital imperial, entre edificios altos, fuentes de mármol y ciudadanos que se detenían para ver pasar la comitiva. Todo debía ser solemne, digno, impecable… tal como correspondía a la llegada de una noble de la Casa D’Valrienne.
Pero la realidad era muy distinta, y cualquiera que mirara con atención no podía evitar hacer un esfuerzo inmenso por no soltar una carcajada.
Allí afuera, en el pescante y caminando junto a las ruedas, iba toda la escolta. Todos y cada uno de ellos llevaban sobre la cabeza unas grandes orejas de burro, hechas de tela rígida, que se levantaban tiesas y ridículas contra el cielo despejado.
Eliana y Lira, que habían decidido salir a sentarse junto al cochero para tomar el aire, ahora permanecían allí con la mirada fija al frente, las mejillas ardiendo de vergüenza y el orgullo por los suelos. Lira intentaba esconder la cara tras los mechones de su cabello, pero las orejas sobresalían de todos modos. Eliana, con la cabeza muy alta fingiendo dignidad, tenía la punta de las orejas tan rojas como su propia capa.
Detrás de ellos, los cuatro soldados imperiales, acostumbrados a marchar con orgullo y porte militar, caminaban ahora rígidos como estatuas, mirando al frente sin atreverse a girar la cabeza ni un milímetro, conscientes de que toda la ciudad los estaba mirando. Y al lado del carruaje, montado en su enorme caballo negro, iba Garoum. El hombre más temido, respetado e imponente de todo el imperio, aquel que había hecho temblar a ejércitos enteros… llevaba unas orejas de burro que casi le doblaban el tamaño de la cabeza, y colgada de su cuello, con una cadena de la que parecía muy orgullosa, había una placa de madera grande, visible para todo el mundo, con letras negras y claras que decían:
NO MOLESTARÉ A MI SEÑORA NUEVAMENTE
No había excepciones.
Todos estaban castigados.
Todos habían pagado por haber bautizado a su señora con el ridículo título de Lady Tempestad Escarlata.
Y lo peor de todo para ellos: la gente los señalaba, susurraba, se tapaba la boca con la mano y algunos niños incluso corrían detrás del carruaje riéndose y señalando las orejas. La vergüenza era absoluta, profunda y eterna.
Mientras tanto, dentro del carruaje, el ambiente era totalmente distinto.
Anna iba recostada cómodamente en el asiento de terciopelo, con la espalda apoyada y una expresión de absoluta paz, satisfacción y serenidad. Sostenía con delicadeza una pequeña taza de porcelana fina, de la que salía un humo aromático y suave. Daba un sorbo lento, saboreando el té caliente, y de vez en cuando sus ojos se desviaban hacia la ventanilla, observando el espectáculo patético que daban los suyos allá afuera.
No había rastro de la desesperación, ni de las amenazas, ni del agotamiento de los días anteriores. Ahora ella tenía el control total. Y disfrutaba de ello con una calma solemne, casi majestuosa.
Levantó la taza como si estuviera brindando en silencio, esbozando una sonrisa pequeña, dulce y terriblemente vengativa.
—Aprendan —murmuró para sí misma, bajando la taza lentamente—. Quien se ríe último… se ríe mejor.
Y mientras el carruaje seguía su camino hacia la Academia Imperial, pasando por las calles principales de la capital, Anna disfrutaba de cada segundo, sabiendo que durante mucho, mucho tiempo… ninguno de ellos volvería a atreverse a pronunciar ni una sola palabra que no fuera su nombre real.
La llegada había sido, sin duda, la más solemne de todas.
Al menos… para ella.