La puerta de la habitación se cerró suavemente detrás de Anna.
Por un instante permaneció inmóvil, con la mano aún sobre la perilla, escuchando el silencio del pasillo. Era extraño. Durante los últimos días rara vez había estado sola. Garoum siempre parecía aparecer cuando menos lo esperaba, con esa mezcla de torpeza y lealtad que le resultaba reconfortante. Lyra solía llenar el ambiente con su energía inagotable. Eliana siempre encontraba alguna excusa para acompañarla. Y hasta la pequeña Lira se había convertido en una presencia constante.
Pero esa mañana todos estaban ocupados. Garoum entrenando. Lyra en sus prácticas. Eliana asistiendo a clases. Lira con sus propias obligaciones. Por primera vez desde que había regresado a la academia, Anna estaba completamente sola. Y, para su sorpresa, esa simple realidad le provocó un leve vacío en el pecho.
Ajustó la correa de su bolso y comenzó a caminar. Los pasillos de la academia se extendían frente a ella, silenciosos y solemnes, bañados por la luz de los vitrales encantados. Cada paso hacía eco en el mármol. Cada eco parecía recordarle algo. Cuánto había cambiado su vida. Cuánto había cambiado ella. O, al menos, cuánto estaba intentando hacerlo.
Doblando una esquina, distinguió dos figuras que conversaban en voz baja. Al verla, ambos guardaron silencio.
Anna se detuvo en seco. Los reconoció al instante. Clarisse Vaelmont y Kael Vernhart. El recuerdo de sus rostros seguía intacto.
Habían compartido varias clases con la antigua Anna. Y si algo recordaba Anna con dolor, era que ellos nunca habían participado activamente en sus crueldades. Pero tampoco la habían detenido… o al menos, no lo suficiente.
La memoria golpeó con fuerza, vívida y dolorosa.
Un aula. El zumbido de un cristal de práctica. Risas contenidas en un rincón. La antigua Anna sonriendo con una arrogancia helada, sus ojos fijos en Clarisse, que sostenía el cristal con manos temblorosas.
“¿No puedes siquiera sostener eso, Vaelmont? –había dicho la vieja Anna, su voz dulce como la miel, pero con un filo acerado–. Quizá la sangre de campesina de tu madre no te da la misma… fuerza que a los demás. Ten cuidado, podrías lastimarte.”
Luego, con un gesto demasiado casual, la antigua Anna había liberado un hechizo. Un proyectil arcano, brillante y peligroso. Lo había dirigido no a un objetivo de práctica, sino con una trayectoria que rozaría el rostro de Clarisse, desviándose apenas unos centímetros.
Clarisse había soltado un chillido agudo, el cristal cayendo y rompiéndose en mil pedazos en el suelo. El proyectil se estrelló contra la pared con un estruendo brutal. El silencio posterior fue absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Clarisse. El miedo en sus ojos. La humillación. Y la satisfacción fría de la antigua Anna al verla así. Ella se había encogido, tratando de protegerse con los brazos mientras Kael se interponía, protegiéndola con su propio cuerpo.
“¡Ha sido un accidente! –había exclamado la vieja Anna con un suspiro exagerado, pero sus ojos brillaban de diversión–. ¡Qué torpe soy! Pero, claro, si tuvieras más control, si fueras más… hábil, no habría pasado nada, ¿verdad, Clarisse? Quizá las becas no son para cualquiera.”
Desde entonces, Clarisse se había alejado de Anna lo más que pudo, y Kael siempre había estado allí para protegerla.
El recuerdo le revolvió el estómago a Anna. No. No había sido un accidente. Quizá en aquel momento lo había disfrazado como un "error de cálculo". Pero en el fondo había querido asustarla. Humillarla. Demostrarle su superioridad. Y lo había logrado.
Clarisse dio un pequeño paso al frente, la postura tensa, una sombra de ese miedo aún en sus ojos. Kael permanecía a su lado, tan recto como una tabla, su mirada fría y protectora clavada en Anna.
—Anna —dijo Clarisse con cautela, su voz era casi un susurro.
El hecho de escuchar ese nombre en labios de alguien de su pasado la tomó por sorpresa.
Anna.
Tragó saliva.
—Clarisse. Kael.
Hubo un breve silencio, cargado de memorias no dichas.
Kael fue el primero en hablar, su tono seco, sin una pizca de amabilidad.
—Esperábamos encontrarte.
Anna sintió que su cuerpo se tensaba. Instintivamente se preparó para una acusación. Para reproches. Para miradas cargadas de rencor.
No habría podido culparlos.
Bajó un poco la mirada.
—Si esto es por lo que les hice… tienen todo el derecho de odiarme.
Clarisse abrió los ojos con sorpresa. Kael, sin embargo, solo la miró fijamente. Su mano fue instintivamente al brazo de Clarisse, un gesto sutil, pero protector.
—No estamos aquí para eso —dijo Kael, su voz baja pero firme. El tono implicaba que, si estuvieran allí para eso, no le temblaría la mano.
Anna levantó la vista, confundida.
Clarisse respiró hondo antes de continuar, aunque sus ojos no se apartaban del rostro de Anna, como buscando una señal.
—Hemos escuchado muchas cosas sobre ti últimamente.
—Que cambiaste —añadió Kael, su mirada aún desconfiada.
—Que defendiste a otros estudiantes —dijo Clarisse.
—Que te enfrentaste a quienes antes habrías apoyado —continuó Kael, un atisbo de algo que podría ser curiosidad o escepticismo en su expresión.
Clarisse sostuvo la mirada de Anna, su voz ahora más clara, pero con una melancolía que resonaba con el recuerdo.
—Durante mucho tiempo te tuve miedo, Anna. —La sinceridad de sus palabras golpeó más fuerte que cualquier acusación, y Anna sintió el eco de esa vieja humillación—. Y no voy a fingir que lo olvidé.
Anna cerró ligeramente los puños.
—Lo entiendo.
Clarisse volvió a mirarla, y por primera vez, había algo más que cautela en sus ojos. Algo como una esperanza tenue.
—Pero también he visto lo que estás haciendo ahora.
Kael asintió, su postura protectora aún presente.
—Y queríamos saber si la persona que tenemos delante es realmente distinta —dijo Kael, con un desafío implícito en su voz.
Anna guardó silencio. Podría haber dicho que sí. Podría haber insistido en que ya no era la misma. Pero después de todo lo que había recordado… después de la Sombra, de la culpa y de sus propios temores… no pudo mentir.
Respiró hondo.
—No lo sé.
Clarisse y Kael permanecieron en silencio. Clarisse bajó la mirada un instante, luego la volvió a subir, una pequeña arruga de preocupación en su frente.
Anna continuó, con la voz baja y sincera, sin intentar ocultar la verdad.
—Estoy intentando cambiar.
—Estoy intentando reparar lo que hice.
—Pero todavía cargo con todo eso.
Sus ojos temblaron apenas, reflejando una vulnerabilidad que nunca habrían visto en la antigua Anna.
—Y a veces tengo miedo de que, en el fondo… siga siendo esa misma persona.
Durante unos segundos nadie habló. La tensión se mantuvo en el aire, pero era una tensión diferente, no de confrontación, sino de expectativa.
Finalmente, Kael dio un paso al frente, su expresión no era cálida, pero sí honesta, y esa frialdad en sus ojos no era hacia Anna, sino hacia el recuerdo de lo que ella fue.
—Entonces eso significa que aún entiendes la gravedad de lo que hiciste —dijo, y su voz no era suave, sino cargada con el peso de la verdad.
Clarisse asintió, una chispa de algo parecido al respeto en sus ojos.
—La antigua Anna jamás habría dicho eso. —Su voz era apenas un susurro, lleno de alivio.
Anna parpadeó. No esperaba esas palabras.
Clarisse juntó las manos frente a su pecho.
—No puedo decir que confío plenamente en ti. —Su mirada era directa y sin rodeos—. Todavía no.
—Pero… —continuó Kael, sus ojos grises fijos en Anna— queremos creer que la persona que está frente a nosotros es diferente.
—Y si realmente estás intentando cambiar, tendrás que demostrarlo con el tiempo —sentenció Clarisse, un atisbo de desafío en su voz.
Anna sintió que la presión en su pecho se aflojaba un poco. No era perdón. Ni amistad. Pero tampoco era rechazo.
Era una oportunidad.
Y para alguien como ella, eso ya significaba mucho.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias.
Clarisse le dedicó una pequeña sonrisa. Tímida, pero sincera.
—Nos vemos en clase, Anna.
Kael asintió en silencio, su postura aún un poco rígida, pero su mirada ya no era de pura desconfianza.
Ambos continuaron su camino, dejando a Anna sola en medio del pasillo.
Ella permaneció inmóvil durante varios segundos. El eco de aquella conversación resonaba dentro de su pecho. No la habían perdonado. No habían olvidado.
Pero habían decidido darle una oportunidad.
Anna cerró los ojos y soltó lentamente el aire. Quizá eso era lo máximo que podía esperar.
Y quizá…
Era más de lo que creía merecer.
La conversación con Clarisse Vaelmont y Kael Vernhart siguió resonando en la mente de Anna D'Valriene mientras avanzaba por los pasillos de la academia. No la habían perdonado ni olvidado, pero tampoco le habían cerrado la puerta. Y para alguien que cargaba con el peso de los pecados de otra persona —y al mismo tiempo con la responsabilidad de corregirlos—, aquello significaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Respiró hondo y continuó caminando.
Poco después llegó al aula de Fundamentos de Control Mágico. Era una clase destinada principalmente a los alumnos de primer año. Para muchos nobles, aquel curso resultaba casi innecesario, pues la mayoría había crecido con tutores privados, instructores personales y años de práctica en mansiones donde el conocimiento mágico se transmitía como parte de la educación básica. Pero para los becados y para aquellos que no pertenecían a familias influyentes, esta clase era su primera oportunidad real de aprender a controlar el poder que despertaba en su interior, la diferencia entre causar un pequeño destello o provocar una explosión.
Anna permaneció unos segundos frente a la puerta. Aunque técnicamente no correspondía a su nivel, el profesorado le había permitido asistir para reforzar sus fundamentos. Después de todo, controlar su magia se había convertido en una necesidad urgente y, quizá, también en una batalla personal.
Empujó la puerta y entró. Las conversaciones se apagaron casi al instante. Decenas de miradas se clavaron en ella: algunas curiosas, otras cautelosas, otras abiertamente desconfiadas. Anna reconoció esa expresión enseguida. No era exactamente miedo, sino duda. Muchos de los estudiantes que se encontraban allí provenían de familias humildes. Habían escuchado historias sobre la antigua Anna D’Valriene, sobre la noble arrogante que humillaba a cualquiera que considerara inferior, sobre la muchacha que disfrutaba quebrando a otros. Aunque Anna ya no fuera esa persona, para ellos seguía siendo difícil separar el presente del pasado.
Anna recorrió el aula con la mirada. Nadie apartó una silla, nadie hizo un gesto para invitarla. Sintió una punzada en el pecho. No los culpaba. Estaba a punto de dirigirse al último asiento libre del fondo cuando escuchó una voz suave.
—Anna… aquí.
Se detuvo. En la tercera fila, Marien levantó tímidamente la mano. El asiento junto a ella estaba vacío. Su sonrisa era pequeña, casi nerviosa, pero sincera.
Durante un segundo, Anna no reaccionó. No esperaba ese gesto. Marien se sonrojó levemente bajo la atención de sus compañeros, pero no retiró la invitación.
—Si quieres… puedes sentarte conmigo.
Anna sintió una calidez inesperada en el pecho. Caminó hasta el asiento y se sentó a su lado.
—Gracias —dijo en voz baja.
Marien acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—No es nada.
Anna observó las miradas de algunos estudiantes.
—Podría causarte problemas.
Marien negó con suavidad.
—No me importa. —Su voz era pequeña, pero firme. Sus ojos, aunque aún mostraban un rastro de timidez, miraban a Anna con una mezcla de respeto y una fe inquebrantable. A pesar de todo el miedo, a pesar de las historias, ella había presenciado la bondad de Anna y no dudaba de ella.
Anna desvió la mirada al frente. Marien guardó silencio unos segundos antes de hablar otra vez, casi en un susurro.
—Sé que muchos todavía desconfían.
Anna asintió levemente.
—Y lo entiendo.
Marien jugueteó con los dedos sobre el pupitre.
—Yo también tenía miedo al principio —Hizo una pausa y luego la miró a los ojos con una seriedad que sorprendió a Anna—. Pero no de usted. De lo que la otra gente decía de usted.
Anna la miró de reojo. Marien sonrió con timidez.
—Pero cuando sentí tu magia aquel día… no sentí maldad.
Anna se quedó inmóvil. Marien bajó la mirada, avergonzada por su franqueza.
—Sentí tristeza.
Esas dos palabras atravesaron a Anna con más fuerza que cualquier acusación. Tristeza. No odio. No crueldad. No arrogancia.
Tristeza.
Anna bajó la vista hacia sus manos. Por un momento, le resultó difícil encontrar la voz.
—Gracias… por verme a mí.
Marien levantó la mirada y sonrió.
—Creo que esa es la verdadera Anna D’Valriene. —Hizo una pequeña pausa, y luego, con la cabeza ligeramente inclinada, le preguntó en voz muy baja—: ¿Podría… podría seguir llamándola Señorita Anna?
Anna parpadeó, sorprendida por la petición.
—¿Señorita Anna? —preguntó, un poco nerviosa, sintiendo un rubor subir por sus mejillas—. Pero… estamos en la misma clase. Y… no es necesario.
Marien, sin embargo, negó suavemente con la cabeza, una determinación inesperada en su mirada tímida.
—Aunque estemos en la misma clase… usted es mayor que yo. Y… y lo que hizo por mí… —su voz se suavizó con gratitud— me demostró que usted siempre será una señorita. Una dama. Así sería lo correcto.
Anna intentó refutarla.
—Pero… Marien, por favor…
—Insisto, Señorita Anna —dijo Marien, con un tono que no dejaba lugar a discusión. No era insolencia, sino una profunda convicción.
Anna suspiró, una pequeña sonrisa resignada formándose en sus labios. No podía ganar esa batalla.
—De acuerdo —murmuró, sintiendo una extraña mezcla de vergüenza y ternura.
Antes de que Anna pudiera responder, la puerta del aula se abrió y el profesor ingresó. Todos se enderezaron en sus asientos. La clase estaba por comenzar.
Anna acomodó sus materiales sobre el pupitre. Y mientras el maestro iniciaba la lección, no pudo evitar notar algo. Por primera vez desde que regresó a la academia… no estaba sola.
La profesora de Fundamentos de Control Mágico se llamaba Selene Arkwright. Era una mujer de porte severo, de cabello oscuro recogido en un moño impecable y ojos grises capaces de hacer que incluso los nobles más arrogantes bajaran la mirada. No le importaban los títulos, los apellidos ni el dinero de las familias. En su clase solo existían dos categorías: quienes se esforzaban y quienes desperdiciaban su talento. Por eso el director la había elegido personalmente para supervisar a Anna D'Valriene. Si alguien podía obligarla a enfrentar sus límites, era Selene.
La clase transcurría con relativa normalidad.
—No intenten dominar su magia por la fuerza —explicó Selene mientras caminaba entre los pupitres—. La magia es como el agua. Si la aprisionan, se desborda. Si la guían, adopta la forma que ustedes desean.
Sobre la palma de su mano apareció una pequeña esfera luminosa, perfecta y estable.
—El control no depende del poder que poseen, sino de su capacidad para mantener la calma.
Los alumnos comenzaron a practicar. Anna escuchaba en silencio. Conocía aquella lección desde hacía años, aun así, ahora esas palabras tenían un significado distinto. Mientras trabajaban, Anna ayudó discretamente a Marien.
—Relaja los hombros —susurró—. No intentes empujar la magia. Déjala fluir.
Marien asintió y volvió a intentarlo. Una esfera azul apareció entre sus manos y, esta vez, se mantuvo estable. Sus ojos brillaron de emoción.
—¡Lo logré!
Anna sonrió.
—Sí. Lo lograste.
La escena no pasó desapercibida para Selene. La profesora se acercó al pupitre de Anna y cruzó los brazos.
—Señorita D’Valriene.
Anna levantó la mirada.
—Ha dedicado toda la clase a ayudar a su compañera —Selene observó sus manos vacías—. Pero usted aún no ha comenzado.
Anna bajó la vista.
—Todavía no me siento preparada para usar mi magia.
Selene arqueó una ceja.
—No se haga la desentendida. —Su voz era firme, pero no cruel—. Antes era una de las alumnas con mejor control mágico de la academia. —Su mirada se endureció—. No entiendo por qué está aquí si no piensa practicar.
Anna apretó suavemente las manos.
—Solo… necesito que esté atenta.
Por primera vez, Selene mostró una leve sorpresa.
—¿Atenta a qué?
Anna tardó unos segundos en responder.
—Por si algo sale mal.
Selene la observó con detenimiento. No comprendía del todo lo que Anna quería decir, pero la seriedad de su expresión bastó para convencerla.
—Muy bien. —La profesora asintió—. Pero no pienso detener el ejercicio a menos que sea necesario.
Anna inclinó la cabeza.
—Gracias.
Selene se alejó para corregir a otro alumno. Anna respiró hondo. Cerró los ojos. Extendió ambas manos sobre el pupitre. Lentamente comenzó a canalizar su maná.
Al principio todo salió bien. Una luz plateada y suave empezó a formarse entre sus dedos. Estable. Controlada. Anna sintió un breve alivio. Tal vez esta vez podría lograrlo.
Entonces lo escuchó. No una voz en su oído, sino en las profundidades de su propia mente. Un susurro frío y familiar, que se deslizaba como una serpiente, enrollándose en sus pensamientos.
—No finjas que no me oyes… Anna.
Su corazón dio un vuelco helado, más frío que cualquier magia de hielo. La voz se deslizó por su mente como un veneno sutil, pero potente.
—No… no ahora… —murmuró Anna, sin mover los labios, apenas un pensamiento desesperado.
—¿Ahora? —La voz rió despacio, un sonido como seda rasgándose, lleno de burla—. ¿Por qué no, Anna? Este salón… esta magia… estos niños llorones… todo te pertenece. Es tu reino. Tu dominio. Tu trono. ¿No extrañas la reverencia, el miedo que te profesaban?
Anna apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.
No eres real. No eres real. La frase se repetía como un mantra inútil en su cabeza.
—Oh, soy real. —El tono de la Sombra se volvió más íntimo, más posesivo—. Cada chispa que intentes invocar… cada filamento de poder que busques, es mío. No tuyo. Porque esta magia no es del alma del chico que ocupa este cuerpo. No. Esta esencia… este poder abrumador que ahora te devora… es mío. De lo que fui.
La magia, que apenas había empezado a estabilizarse en su mano, comenzó a vibrar con una furia contenida, reflejando el temblor de Anna.
La clase seguía sin notar nada, concentrados en sus propios y pequeños ejercicios, ajenos al infierno privado que Anna estaba viviendo.
—Vamos, Anna. —La voz se volvió más íntima, casi cariñosa, un matiz nauseabundo que la hizo sentir una ola de repulsión—. Usa un poquito más de poder. Solo un poco. Déjame ver si aún sabes cómo se siente… la autoridad. El control absoluto. ¿Recuerdas esa dulce sensación de suplicio en los ojos de los otros?
—C… cállate… —susurró ella, su voz temblaba, intentando conjurar una barrera inútil.
—¿Qué dijo, señorita Anna? —preguntó el profesor Arkwright, sin levantar la mirada de sus notas, ajeno a la batalla.
—N-nada. —El sudor helado le corría por la nuca, pero no por el esfuerzo, sino por el pánico.
La magia comenzó a concentrarse en la punta de sus dedos, obedeciendo a la Sombra más que a ella misma. Un ligero brillo rojo emanó del interior… luego un parpadeo oscuro, púrpura, como si otro poder respondiera al llamado, uno más profundo y corrupto. El mismo color que usaba la Sombra.
—Eso es… así lo hacías antes… ¿lo recuerdas? Cuando los demás se arrodillaban a tus pies, implorando. Cuando el miedo era tu corona. Cuando eras la reina… y ellos, tus pequeños súbditos.
Anna sintió el mundo estrecharse, el aire volviéndose denso y pesado. Su respiración se volvió errática, cada bocanada le quemaba los pulmones. El pulso martilleaba en sus sienes.
—Basta… basta… por favor… —dijo, audible esta vez, la desesperación filtrándose en cada sílaba.
Varias miradas se volvieron hacia ella, alarmadas por su súplica.
—¡Señorita Anna, concéntrese! —ordenó la profesora, su voz, esta vez, con un filo de advertencia.
Pero no podía. La Sombra no se lo permitía. El brillo del centro se intensificó de manera irregular, los colores caóticos parpadeando entre el rojo y el púrpura oscuro. Un temblor recorrió el círculo mágico en el pupitre. Los papeles cercanos se levantaron por una ráfaga de viento arcano que no era de este mundo.
—Déjalo salir… —La voz sonaba como si estuviera pegada a su oído, como si la Sombra no solo respirara sobre su cuello, sino que se estuviera fusionando con su propia piel, susurrando directamente en su alma—. Cada hechizo que uses me da forma. Cada vez que recurres a este poder, me recuerdas. Me alimentas. Me haces más nítida. Más real. Tú crees que me usas, pequeña Anna, pero la verdad es que yo te uso a ti. Y lo haré hasta que no quede nada más que mi eco en lo que una vez fuiste.
La energía en sus manos comenzó a agitarse violentamente, hirviendo, distorsionándose. La esfera luminosa se contorsionaba, el plateado puro luchando contra las voraces manchas negras que la devoraban. Pero entonces, por encima de la burla de la Sombra, Anna sintió algo más. Algo que no era la voz, ni el aura de arrogancia o ira. Una presencia inmensa. Silenciosa. Más allá de la comprensión. Antigua. Y profundamente maligna.
La Sombra, con toda su crueldad, era solo la superficie. Detrás de ella había otra cosa. Una inmensidad de vacío que no transmitía orgullo, ira, ni siquiera resentimiento personal. Solo un hambre abisal, cósmica. Una inanición fría e inhumana que parecía querer succionar toda la luz y la vida del aula, del mundo. Era el silencio antes de un grito, el frío antes de la muerte definitiva.
Anna sintió que el corazón se le detenía, congelado en su pecho, no por el miedo a la Sombra, sino por el terror absoluto a esta otra entidad.
—¿Qué… eres…? —jadeó Anna, su voz estrangulada, un mero suspiro de horror ante lo inconcebible.
La presencia no respondió. No necesitaba hacerlo. Su sola existencia era suficiente para helarle la sangre hasta las venas, para consumir su valor y su cordura. Era la amenaza encarnada, el abismo manifestado.
La esfera en sus manos, ya completamente corrompida, dejó de ser una forma reconocible. Era una masa palpitante de oscuridad, crepitando con una energía inestable, creciendo, expandiéndose. Un vórtice de maná caótico.
—¡Profesora! —gritó Marien, su voz un hilo de terror que apenas logró atravesar el creciente rugido de la energía.
En el mismo instante, la masa oscura explotó. No fue un estallido simple, sino una liberación violenta de maná puro y corrosivo. Una onda de choque fría y tangible se propagó desde Anna, cargada con la promesa de destrucción.
Pero Selene Arkwright reaccionó con la velocidad del rayo. Sus ojos grises, antes fríos, ahora brillaban con una determinación feroz y una alerta instintiva.
—¡Barrera de Contención! —rugió, sus manos se movieron en una danza compleja, dibujando símbolos mágicos en el aire a una velocidad asombrosa.
Múltiples círculos de runas arcanas surgieron en el espacio, girando con una velocidad vertiginosa, entrelazándose para formar una cúpula protectora y resplandeciente alrededor de Anna. La explosión impactó contra la barrera con un estruendo ensordecedor que sacudió los cimientos del aula. La cúpula parpadeó, tembló, sus luces arcanas distorsionándose bajo la presión. Los pupitres cercanos se deslizaron violentamente, arrastrándose y crujiendo por la fuerza de la deflagración. Varios alumnos gritaron, algunos se cubrieron la cabeza, otros cayeron de sus sillas en un caos de miedo. El aire se llenó de chispas negras que zumbaban con electricidad estática, el olor acre a ozono, azufre y a magia quemada, un hedor a podredumbre que quemaba las fosas nasales.
Dentro de la barrera, Anna cayó de rodillas, temblando incontrolablemente, sus músculos agarrotados, su mente aún reverberando con el horror de lo que había sentido.
La oscuridad se disipó poco a poco, dejando una neblina densa y opresiva. Selene mantuvo el hechizo unos segundos más, observando la disolución de los últimos residuos de maná caótico, antes de deshacer la cúpula. El salón quedó en un silencio absoluto, solo roto por la respiración agitada de Anna y los murmullos asustados de los estudiantes, que miraban a Anna como si acabaran de ver un fantasma.
Anna respiraba con dificultad, cada aliento una punzada en su pecho. Sus manos seguían temblando de forma incontrolable.
Selene la observó fijamente. La severidad habitual de su rostro había desaparecido por completo, reemplazada por una profunda preocupación.
Y algo más.
Temor.
Un temor que no era el susto de un momento, sino una comprensión fría y escalofriante. Porque en el instante en que aquella energía se desató, la profesora también sintió esa presencia. Y supo, con una certeza que le heló el alma, que aquello no era simplemente un problema de control mágico. No era solo la Sombra. Había algo dentro de Anna D’Valriene. Algo antiguo. Algo monstruoso. Algo que jamás debería existir en el interior de un ser humano.
La barrera mágica de la profesora Selene Arkwright se desvaneció en partículas doradas que flotaron unos segundos antes de desaparecer.
Durante un instante, nadie se movió. El aula entera permaneció en silencio. Los alumnos observaban a Anna D'Valriene con una mezcla de miedo y desconcierto palpable en sus rostros.
Selene reaccionó de inmediato, su voz cortante como el hielo.
—Todos fuera del salón. Ahora.
Su tono no admitía discusión. Los estudiantes tardaron apenas unos segundos en obedecer. Sillas arrastrándose, pasos apresurados y murmullos nerviosos llenaron el espacio por un momento.
—¿Qué fue eso?
—¿Lo viste?
—Esa magia no era normal…
En menos de un minuto, el aula quedó casi vacía. Solo permanecieron cuatro personas. Anna, arrodillada en el suelo. Marien, a su lado. Selene, de pie frente a ellas, con una expresión pétrea. Y el eco frío de aquella presencia que todavía parecía flotar pesado en el ambiente, como un sudario invisible.
Marien se arrodilló junto a Anna y le tomó una mano con cuidado, su propio rostro pálido, pero sus ojos llenos de una preocupación genuina.
—Anna… mírame.
Pero Anna no reaccionó. Sus ojos, vidriosos y distantes, estaban fijos en sus propias manos. Temblaban. No por la explosión. No por el esfuerzo físico. Sino por el recuerdo de lo que había sentido.
Aquella presencia.
No era la Sombra. La Sombra era cruel, arrogante, dolorosa, sí. Pero seguía siendo comprensible en su maldad, una extensión pervertida de sí misma. Lo que acababa de percibir estaba en otro nivel, una dimensión distinta del horror. Una maldad tan absoluta que ni siquiera parecía humana, una fuerza elemental del vacío y la aniquilación.
Y por un instante… lo había visto. Una silueta oscura, sí. Parecida a la Sombra que la acosaba y que se había manifestado en sus recuerdos. Pero infinitamente más grande. Más densa. Más antigua. No irradiaba rabia ni orgullo ni resentimiento. Solo una sensación insoportable de vacío y un hambre cósmica, que prometía consumir todo sin dejar rastro.
Anna sintió un escalofrío al recordarlo, una helada que caló hasta sus huesos. ¿Qué era eso…? ¿Qué había dentro de ella?
Selene se agachó frente a Anna, su voz, normalmente severa y controlada, sonó ahora más suave, teñida de una urgencia contenida.
—Anna, ¿me escuchas?
No obtuvo respuesta. Anna seguía observando sus manos como si temiera que, en cualquier momento, estas pudieran dejar de pertenecerle.
Marien, sin soltar su mano, la apretó suavemente.
—Anna… por favor.
Nada. Anna permanecía inmóvil, perdida en las profundidades de su propio horror.
Selene intercambió una mirada con Marien. La profesora estaba a punto de intentar otra vez cuando la puerta del aula se abrió bruscamente, casi de una patada, resonando con fuerza en el silencio tenso.
—¡Anna!
La voz era inconfundible. Lyra entró casi corriendo, su rostro estaba pálido, sus ojos grandes y llenos de alarma. Había sentido la perturbación mágica, la oleada oscura que había emanado del aula, desde otro sector de la academia y no había perdido ni un segundo en llegar. Se arrodilló frente a Anna, apartando con delicadeza las manos de Marien —que, a pesar de su miedo, se aferraba con lealtad—, y la sujetó firmemente por los hombros.
—Anna, mírame. —La sacudió apenas, lo suficiente para intentar traerla de vuelta de las profundidades de su conmoción—. ¿Qué pasó aquí? ¿Estás bien?
Los ojos de Anna parpadearon. Su respiración se quebró, un sollozo ahogado escapó de su garganta. Poco a poco, la imagen viva y preocupada de Lyra reemplazó aquella oscuridad incomprensible que todavía parecía aferrarse a su mente. Volvió al presente, pero la carga de lo que había experimentado era demasiado pesada, demasiado terrible para verbalizar.
Sus labios temblaron, buscando las palabras, pero ninguna parecía adecuada para describir el horror. ¿Cómo explicar aquello? ¿Cómo poner en palabras una maldad tan antigua y vacía? ¿Cómo admitir que lo que había dentro de ella era mucho más que la Sombra?
Así que solo guardó silencio, tragándose la verdad. Finalmente, después de un largo momento, su voz apenas fue un susurro, una mentira piadosa para protegerse a sí misma y a los demás de la verdad inabarcable.
—Nada. Solo… mi magia se descontroló un poco.
El aula de Fundamentos de Control Mágico había quedado en un silencio sepulcral después de la explosión. Lyra había sacado a Anna de allí, con la ayuda de Marien, que se había negado a dejarla sola. Selene, con el rostro serio y pálido, se había encargado de dispersar a los alumnos con una orden imperiosa, mientras el olor a ozono y a magia quemada aún flotaba en el aire. Oficialmente, lo ocurrido había sido archivado como un simple agotamiento mágico. Oficiosamente, el incidente había sido mucho más profundo.
Minutos después, el despacho del director Cassian Auremont permanecía envuelto en un silencio tenso.
La puerta estaba cerrada y sellada con una discreta barrera insonora, un hábito que Cassian solo utilizaba cuando el tema que iba a tratar no debía salir de esas cuatro paredes.
Frente a su escritorio se encontraban dos personas.
La profesora Selene Arkwright.
Y Garoum.
Anna no estaba presente. Después del incidente, Lyra la había llevado a descansar a la enfermería bajo el pretexto de que solo había sufrido un agotamiento mágico. Oficialmente, eso era todo lo que había ocurrido.
Pero los tres presentes sabían que no era tan simple.
Cassian permanecía sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas y la mirada fija en Selene.
—El informe oficial ya fue archivado como un accidente por descontrol mágico —dijo el director con voz serena—. Ahora quiero escuchar lo que realmente ocurrió.
Selene respiró hondo. A pesar de su carácter severo, había una tensión poco habitual en sus ojos, una sombra de algo que la había perturbado profundamente.
—Lo que sucedió no fue un simple exceso de maná.
Garoum cruzó los brazos, su rostro sombrío.
—Eso ya lo imaginé.
Selene continuó, su voz bajando a un tono casi confidencial.
—Cuando la magia de Anna se desestabilizó, sentí una presencia.
Cassian no mostró reacción visible, pero su mirada se endureció ligeramente, una señal casi imperceptible para cualquiera que no lo conociera bien.
—Descríbala.
La profesora tardó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas, como si tratara de capturar una pesadilla.
—Maldad pura. —El silencio se hizo más pesado, cargado con el peso de esa afirmación—. No era ira. No era miedo. No era el descontrol típico de alguien bajo estrés.
Sus dedos se cerraron con fuerza sobre sus antebrazos.
—Era una sensación de vacío absoluto. Como si algo… ajeno a todo lo humano, y a todo lo mágico que conocemos, estuviera observándonos.
Garoum frunció el ceño, su intuición guerrera tensa.
Selene continuó con voz grave, una sombra de viejo horror en sus ojos.
—La única vez que sentí algo parecido fue hace años, cuando lo acompañé a eliminar aquella bestia de rango Calamidad en las ruinas de Aethel.
Cassian entrecerró los ojos, la memoria de aquella misión peligrosa visible en su expresión.
Garoum alzó la vista, su postura se volvió más rígida. Sabía perfectamente lo que implicaba esa comparación, el tipo de amenaza que representaba.
—No tenía la misma intensidad —aclaró Selene, su honestidad brutal—, pero la esencia era la misma. La misma oscuridad abismal, la misma hambre.
Cassian guardó silencio unos instantes antes de hablar, su voz tensa.
—¿Crees que esa presencia provenía de Anna?
Selene dudó. Y eso, viniendo de alguien tan segura de sí misma y de su juicio como ella, resultaba profundamente inquietante.
—No puedo afirmarlo con certeza.
—¿Pero?
—Pero apareció en el momento exacto en que su magia se descontroló. Y se sentía… unida a ella.
Garoum apretó la mandíbula, sus nudillos blanquecinos.
—¿Representa un peligro?
Selene lo miró directamente, sin rodeos.
—Potencialmente, sí. No solo para ella, sino para la academia. Para todos.
Cassian apoyó los codos sobre el escritorio, sus ojos fijos en el horizonte distante.
—¿Anna percibió algo?
Selene asintió.
—Su reacción fue de terror genuino. No de confusión, sino de puro horror.
Garoum cerró los ojos un instante. Si Anna había tenido esa expresión, esa mirada perdida de puro miedo, significaba que ella tampoco comprendía lo ocurrido. Que era una víctima, no el origen consciente.
Cassian habló con voz firme, sopesando las implicaciones.
—¿Debemos decírselo?
Garoum respondió de inmediato, sin una pizca de duda.
—No.
Selene asintió.
—Estoy de acuerdo.
Cassian arqueó una ceja, esperando la justificación.
Garoum explicó, su voz teñida de una urgencia protectora:
—Anna ya está luchando contra demasiadas cosas. Si le decimos que podría haber algo así ligado a su magia, solo conseguiremos que se hunda más. Es una carga que no puede soportar ahora.
Selene añadió, su lógica implacable.
—Y aún no tenemos ninguna certeza. Solo una percepción. Una conjetura basada en una sensación, por muy fuerte que sea. Necesitamos más información antes de cargarla con eso.
Cassian permaneció en silencio unos segundos, procesando la información, evaluando los riesgos. Finalmente asintió, una decisión difícil tomada.
—Entonces este asunto queda entre nosotros tres. Absoluta discreción.
Los dos asintieron, comprendiendo la gravedad del pacto.
—Oficialmente —continuó Cassian, su voz volviéndose más severa y oficial—, lo ocurrido fue un accidente producto del estrés y de la presión por volver a usar magia.
Su voz se volvió más grave, mirando a Selene.
—Extraoficialmente, investigaremos con la mayor discreción posible. Y usted, profesora, ¿puede manejar esto?
Selene cruzó los brazos, una determinación férrea en sus ojos.
—Supervisaré personalmente su entrenamiento. No la dejaré sola con esto.
Cassian asintió, su mirada luego se dirigió a Garoum.
—Y tú.
Garoum sostuvo su mirada, el desafío en sus ojos.
—No la dejes sola.
La respuesta fue inmediata, inquebrantable.
—No pensaba hacerlo. Nunca.
Cassian se reclinó ligeramente en su silla, el peso de la situación presionándolo. Por primera vez, su expresión mostró una preocupación difícil de ocultar, una inquietud que rara vez permitía verse.
—Anna D’Valriene ha demostrado que desea cambiar.
Sus ojos se posaron en ambos, el mensaje claro.
—Y si realmente hay algo peligroso relacionado con su magia, necesitaremos que siga siendo la persona que es ahora. La persona que lucha por el bien.
Garoum asintió con firmeza, un juramento silencioso.
—Lo será.
Cassian observó el cielo oscureciéndose tras la ventana de su despacho. Había enfrentado criaturas capaces de destruir ciudades enteras, plagas mágicas que aniquilaban reinos. Pero lo que acababa de escuchar le producía una inquietud distinta, más profunda y personal.
Porque una calamidad externa podía ser combatida con espadas y hechizos. Lo verdaderamente aterrador era aquello que podía despertar en el interior de una persona. Aquello que corrompía desde adentro.
—Pueden retirarse.
Selene inclinó la cabeza, su figura severa abandonando el despacho.
Garoum fue tras ella, pero antes de cruzar la puerta se detuvo un instante. Sin volverse, su voz resonó con una convicción absoluta que llenó el espacio.
—Sea lo que sea lo que esté ocurriendo… no permitiré que le haga daño.
La puerta se cerró con un suave clic, el sonido amplificado por el silencio.
Cassian quedó solo. Y por primera vez en muchos años, el director sintió la desagradable certeza de que algo antiguo y peligroso acababa de mover una pieza en silencio, y la partida apenas había comenzado.