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Capítulo 32: los ojos que no duermen

DNavarrete
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Lejos del ruido, lejos del humo oscuro que se elevaba como una maldición sobre las murallas, lejos de los gritos ahogados y de la tos que resonaba en cada callejón, la vida continuaba igual que…

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Lejos del ruido, lejos del humo oscuro que se elevaba como una maldición sobre las murallas, lejos de los gritos ahogados y de la tos que resonaba en cada callejón, la vida continuaba igual que siempre para unos pocos. Mientras la ciudad se consumía, había nobles que dormían con la tranquilidad de quienes creen que el dolor ajeno nunca podrá tocarlos.

 

En una mansión rodeada de jardines impecables y fuentes cuya agua brillaba limpia y cristalina, la noche transcurría entre copas, risas y acordes suaves que flotaban en el aire. Las ventanas permanecían abiertas, dejando entrar una brisa fresca que en la ciudad ya era imposible respirar sin sentir asco. Criadas silenciosas caminaban entre las mesas, sirviendo platos rebosantes de carne asada, pan recién horneado y vinos traídos de tierras lejanas, lejos de la desgracia.

 

Alrededor de una gran mesa redonda, un grupo de nobles disfrutaba de la velada. No había rastro de preocupación en sus rostros. Ninguna sombra de culpa. Solo la comodidad absoluta de quienes tienen todo asegurado.

 

—Debimos marcharnos mucho antes —dijo un hombre de barba corta y voice arrastrada, alzando su copa con gesto lento—. Aguantamos demasiado tiempo en esa ciudad podrida. Cuanto antes nos alejamos, mejor.

 

Una mujer vestida de azul intenso soltó una risa ligera y se abanicó sin prisa, como si el recuerdo le resultara casi divertido.

 

—Todavía puedo sentir ese olor pegado a la ropa. Era insoportable, un hedor a enfermedad y suciedad que se te metía en la piel.

 

—¿Y qué esperaban? —intervino uno de los hombres más ancianos, cortando un trozo de carne con movimientos precisos y fríos—. Cuando se amontona a demasiada gente sin nada, sin educación ni dignidad, solo se consigue eso: vivir como animales, enfermarse como animales y morir como animales.

 

Varios rieron, un sonido ligero y cruel que resonó por el salón.

 

Una joven noble, sentada un poco apartada, acercó la copa a sus labios sin perder la compostura, aunque sus ojos se oscurecieron levemente.

 

—Escuché que ya han empezado a quemar los cuerpos en las afueras. Dicen que el humo es tan espeso que tapa el sol.

 

—Es verdad —respondió otro hombre, sin dejar de comer ni cambiar el tono de voz, como si hablara de un asunto trivial—. Mi administrador me envió un mensaje esta mañana. Ya no hay sitio para enterrarlos, ni tiempo ni gente para hacerlo. Solo queda prender fuego y esperar que el viento se lleve las cenizas.

 

La joven hizo una mueca de repulsión, apartando la vista.

 

—Qué horror. No puedo ni imaginarlo.

 

—¿Horror? —repitió el hombre de barba corta, soltando una carcajada fuerte y seca—. Horror habría sido quedarnos allí, respirando el mismo aire, compartiendo la misma suerte. Lo que pasa allá no es nuestro problema. Nosotros estamos a salvo.

 

Otro noble, de complexión robusta y rostro rubicundo, dejó su copa sobre la mesa con un golpe suave pero firme.

 

—Por eso yo saqué a mi familia apenas corrieron los primeros rumores. Ni un día más. No iba a quedarme mirando cómo esos campesinos enfermos tosían sangre frente a mis hijos. Ellos no merecen ver eso.

 

Una mujer de mirada aguda asintió con entusiasmo.

 

—Hicimos lo mismo. Antes de irnos, vendimos parte de nuestras reservas de harina y grano. Los precios se habían disparado por el miedo, y ganamos una suma considerable.

 

—¿De verdad? Qué buena jugada.

 

—El miedo hace maravillas con el comercio, querida. La gente paga cualquier cosa cuando cree que va a morir mañana.

 

Nuevas risas recorrieron la mesa, cálidas y satisfechas.

 

Una de las jóvenes presentes, la más inexperta y de mirada más dulce, dudó unos segundos antes de hablar, con voz baja pero decidida.

 

—Pero… ¿no creen que alguien debería hacer algo para ayudar? Digo… siguen siendo personas, ¿no? No podemos simplemente ignorarlos.

 

El silencio cayó sobre el grupo como una losa, apenas por un instante.

 

Luego, el anciano soltó una carcajada tan fuerte que casi derrama el vino de su copa. Se inclinó hacia adelante, mirándola con lástima burlona.

 

—¿Ayudar?

 

Volvió a reír, sacudiendo la cabeza.

 

—Qué ternura. Cuánta inocencia… o estupidez.

 

La muchacha bajó la vista hacia su plato, con las mejillas encendidas, pero intentó defender sus palabras.

 

—Solo digo que…

 

—No digas tonterías —la interrumpió la mujer de rostro afilado, con voz cortante y fría como el hielo—. Esas personas siempre vuelven. Mueren unos, nacen otros, y todo sigue igual. Es su naturaleza.

 

Tomó un sorbo de vino, saboreándolo antes de añadir:

 

—Mientras la nobleza sobreviva, mientras nosotros estemos bien, todo lo demás se puede reconstruir, reemplazar o ignorar. Esa es la verdadera fuerza.

 

—Exactamente —apoyó el hombre robusto—. Los pobres se reproducen como conejos. Si se pierden estos, ya vendrán otros en unos años.

 

—Y si no hay suficientes, se traen de otras regiones. Se hace como después de la hambruna del este, ¿recuerdan?

 

—Claro que lo recuerdo. Y funcionó a la perfección. Nadie se quejó, nadie se acordó de los que murieron. La vida siguió para los que importaban.

 

Una de las criadas que servía vino cerca de ellos apretó la botella con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos se oscurecieron, y un rencor silencioso le ardía en el pecho, pero mantuvo la cabeza baja y no pronunció ni una sola palabra. No podía. Ningún sirviente podía permitirse el lujo de tener voz.

 

—¿Y qué hay de esa Anna D'Valrienne? —preguntó uno de los hombres más jóvenes, con una sonrisa torcida y burlona—. Dicen que sigue allá metida, en medio de todo.

 

—Sí —respondió otro, limpiándose la boca con el pañuelo—. No se ha movido. Duerme entre enfermos y cadáveres, atiende a los moribundos como si fuera una de ellos.

 

—Qué absurdo. Siempre fue extraña.

 

—No solo extraña —intervino el hombre robusto entre risas—. Es ridícula. Imaginen cómo debe estar ahora. Su ropa fina hecha jirones, llena de hollín y manchas oscuras, oliendo a muerte y podredumbre.

 

Algunos soltaron risas incómodas, otras más crueles y largas.

 

—Y pensar que hace poco todos querían casarse con ella —comentó una mujer con desdén.

 

—Yo preferiría tomar por esposa a una campesina sucia antes que tocar a alguien que ha pasado semanas rodeada de enfermedades y muerte —aseguró uno, y las carcajadas estallaron de nuevo, más fuertes, más afiladas, como cuchillos invisibles.

 

La joven que había hablado antes bajó la cabeza y se quedó callada para siempre esa noche. Comprendió que sus palabras no tenían sitio allí.

 

Muy lejos de esa mansión, en otra residencia noble, mucho más grande y fría, las conversaciones eran de otro tipo. Aquí no había música ni risas ligeras. Solo el murmullo bajo de voces calculadoras y sombras que se alargaban por las paredes.

 

Sobre una mesa inmensa se extendían mapas detallados de la ciudad y sus alrededores, salpicados de copas vacías y piezas de madera que representaban fuerzas, territorios y vidas. Los hombres reunidos observaban todo como si se tratara de una partida de ajedrez en la que el ganador se llevaba todo, y el perdedor desaparecía sin dejar rastro.

 

Un noble de cabello gris y mirada penetrante sonrió levemente mientras movía una pieza con dedos lentos y seguros.

 

—Si la situación se mantiene así solo una semana más, la casa D'Valrienne perderá todo su prestigio y gran parte de su poder. Nadie los respetará nunca más.

 

Otro hombre, vestido con una túnica de terciopelo rojo oscuro, cruzó los brazos y asintió con frialdad.

 

—La ciudad se volverá contra ellos. Cuando la gente sufre, siempre busca culpables, y la culpa recaerá sobre quien gobierna.

 

—Y con razón —añadió una mujer de rostro severo y voz firme—. No importa cuánto se esfuerce esa niña por salvarlos. La enfermedad llegó y se extendió bajo el mando de su familia. Ese es un hecho que nadie podrá borrar.

 

Uno de los jóvenes nobles presentes sonrió con malicia.

 

—Y el Emperador no tendrá más opción que intervenir para poner orden. Nadie querrá confiar en los D'Valrienne nunca más.

 

El hombre de cabello gris asintió despacio, disfrutando de la perspectiva.

 

—Cuando eso ocurra… habrá muchos lugares vacíos que ocupar. Territorios que redistribuir.

 

—Tierras fértiles.

 

—Rutas comerciales clave.

 

—Autoridad absoluta sobre la región.

 

Uno de ellos levantó su copa en un brindis silencioso.

 

—Y una nueva administración para la ciudad. Alguien capaz, alguien que entienda cómo funcionan las cosas.

 

La mujer sonrió apenas, un gesto corto y peligroso.

 

—Alguien fuerte —corrigió—. Alguien que no pierda recursos ni tiempo tratando de salvar a gente que no vale la pena.

 

Un hombre soltó una risa suave y burlona.

 

—A veces me pregunto qué pasa por la cabeza de Anna D'Valrienne. Se supone que es de nuestra sangre, y sin embargo se desvive por salvar a pobres y enfermos como si fueran su propia familia.

 

—Siempre fue débil de carácter —dijo alguien más.

 

—No es debilidad —corrigió el hombre de cabello gris—. Es sentimentalismo. Y eso, en nuestro mundo, es mucho peor que ser débil. Es un defecto fatal.

 

Las risas recorrieron el grupo, bajas y cómplices.

 

Entonces, un hombre de cabello negro y mirada intensa, que había permanecido en silencio hasta ese momento, levantó la vista y formuló una pregunta que heló el ambiente:

 

—¿Y si logra salvarla? ¿Y si la ciudad sobrevive y ella sale triunfante?

 

El silencio cayó de nuevo, pero esta vez fue pesado, denso.

 

Tras unos segundos, el noble de cabello gris sonrió con una frialdad escalofriante.

 

—Entonces será aún mejor para nosotros.

 

Todos lo miraron con curiosidad.

 

—Porque si eso ocurre —explicó, girando la copa entre sus dedos—, habrá cargado sobre sus hombros cada muerto, cada error, cada momento de sufrimiento. La gente le agradecerá al principio, sí… pero cuando pase el tiempo, cuando el dolor se desvanezca, solo quedará una verdad: todo eso ocurrió bajo el gobierno de su familia. Todo lo malo que pasó será su responsabilidad.

 

Tomó un sorbo de vino y sus ojos brillaron con una luz peligrosa.

 

—Y cuando llegue el momento oportuno… romper a alguien que ha cargado con tanto peso será terriblemente fácil. Nadie se levanta igual después de haber sostenido el mundo después de una catástrofe.

 

El silencio que siguió fue mucho peor que las risas crueles de antes. Ninguno de los presentes discutió esas palabras. Nadie pareció sentir compasión ni remordimiento. Para ellos, la tragedia que asolaba la ciudad no era una desgracia humana, ni siquiera un problema… era solo una oportunidad. Una oportunidad para ascender, para arrebatar poder y para destruir a quienes se interponían en su camino.

 

Ciudad central, capital imperial

 

El despacho imperial permanecía en un silencio absoluto, cargado de gravedad, cuando el aviso de la llegada resonó en la estancia.

 

El águila mensajera descendió sobre la baranda de piedra de la terraza exterior como si apenas pudiera sostener las alas un instante más. Tenía las plumas empapadas por la humedad del camino, el pecho subía y bajaba con violencia y sus ojos, normalmente brillantes y agudos, mostraban el cansancio extremo de haber volado durante días sin descanso. Uno de los sirvientes más antiguos y de mayor confianza del emperador se acercó despacio, tomó al ave con cuidado, retiró el pequeño cilindro de metal sellado sujeto a una de sus patas y se dirigió con paso rápido y silencioso hacia el interior del despacho.

 

Dentro, se hallaba reunido el círculo más íntimo y poderoso del Imperio: quienes tomaban las decisiones que podían cambiar el destino de millones de personas.

 

El emperador Aurelian Valtheris I permanecía de pie ante una inmensa mesa cubierta de mapas detallados, informes sellados y pequeñas piezas de metal que representaban ejércitos, fortalezas, rutas comerciales y ciudades enteras. Su postura era recta, inamovible, pero su mirada recorría los papeles con una atención que revelaba la inmensa responsabilidad que llevaba sobre los hombros. A su lado, la emperatriz Seleneia Vhaloren revisaba balances y cifras económicas con gesto serio y una sombra de fatiga en el rostro, consciente de que cualquier desequilibrio en el Imperio podía tener consecuencias devastadoras. Un poco más apartada, cerca de uno de los grandes ventanales que daban al jardín interior, la princesa heredera Lyssandra Valtheris observaba en silencio, escuchando las conversaciones en voz baja de generales y asesores, guardando cada palabra en su memoria.

 

La puerta se abrió con suavidad.

 

El sirviente entró, se inclinó con una reverencia profunda y permaneció inmóvil unos instantes.

 

—Majestad —dijo con voz contenida—. Ha llegado un mensaje urgente desde los territorios de la Casa D'Valrienne.

 

Aurelian levantó la vista de inmediato, y ese solo gesto bastó para que todo el salón quedara sumido en un silencio tenso.

 

Todos sabían lo que estaba ocurriendo allá. Las noticias habían ido llegando poco a poco durante los últimos días, como manchas oscuras que se extienden sobre el papel: una enfermedad extraña y letal que se propagaba sin control, cuerpos que se acumulaban, distritos enteros convertidos en zonas prohibidas, mercados que cerraban sus puertas y un miedo creciente que ya empezaba a tocar regiones vecinas. Nadie tenía claro qué pasaba realmente, pero todos intuían que la situación era mucho peor de lo que se decía.

 

El emperador tomó el cilindro, reconoció al instante el sello personal de Demian D'Valrienne y lo abrió con dedos firmes y rápidos.

 

El silencio se hizo aún más profundo. Solo se escuchaba el suave crepitar del fuego en la chimenea y el leve susurro del viento contra los cristales, mientras Aurelian leía página tras página sin detenerse.

 

Su expresión fue cambiando poco a poco, como si cada palabra que leía fuera tallada en su rostro.

 

Al principio fue tensión, una rigidez en los rasgos que todos conocían bien: la tensión de quien entiende que algo grave está sucediendo.

 

Después vino la rabia, fría y contenida, la clase de ira que no se grita, sino que se guarda y se deja crecer hasta volverse peligrosa.

 

Y finalmente, una frialdad absoluta, una mirada dura y distante que hizo que varios de los presentes sintieran un escalofrío.

 

Seleneia fue la primera en notar la gravedad del asunto. Dejó el papel que tenía en la mano y preguntó con voz baja:

 

—¿Qué ha ocurrido?

 

El emperador no respondió de inmediato. Terminó de leer la última hoja, la dobló con cuidado y la dejó sobre la mesa con lentitud, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo inmenso.

 

—Demian cree… que la enfermedad no apareció por casualidad. Cree que fue provocada.

 

Lyssandra se giró bruscamente hacia él, con los ojos muy abiertos.

 

—¿¿Provocada?? —repitió, incrédula.

 

Uno de los generales frunció el ceño y dio un paso al frente.

 

—¿Está completamente seguro? Eso sería…

 

—Lo está —lo interrumpió Aurelian con voz firme. Tomó una de las hojas y la extendió sobre la mesa para que todos pudieran verla—. Han interceptado varias caravanas que transportaban grandes cantidades de harina mezclada con sustancias venenosas o infecciosas. Los hombres que las guiaban llevaban marcas grabadas en la piel, unos símbolos que se conocen como sellos de muerte.

 

El canciller imperial levantó la vista de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la alarma.

 

—¿Sellos de muerte? Esos solo los usan quienes aceptan morir si son capturados, para no poder ser obligados a hablar.

 

—Exacto —respondió el emperador con calma helada—. Estaban preparados para no decir nada, pase lo que pase. Pero uno de ellos logró sobrevivir lo suficiente antes de que el veneno hiciera efecto y pudo contar lo necesario para confirmar las sospechas.

 

Seleneia entrelazó los dedos sobre la mesa, con el rostro pálido por la indignación.

 

—Esto no es obra de un simple comerciante o un grupo de ladrones —aseguró con voz segura—. Se necesitan recursos, contactos y mucha planificación para hacer algo así a esa escala.

 

—No —coincidió Aurelian—. No es algo improvisado. Y lo peor… es que el hombre que habló dio nombres. Tres casas nobles son las responsables de todo esto.

 

Un silencio pesado cayó sobre la estancia. Todos se miraron entre sí, sabiendo lo que aquello significaba: no era solo un crimen, era una traición al Imperio, una conspiración de gran alcance.

 

El emperador leyó en voz alta, pronunciando cada nombre con una claridad que pareció cortar el aire:

 

—La Casa Reinhardt. La Casa Voss. La Casa Ethelmoor.

 

Uno de los generales soltó una maldición entre dientes, furioso. El jefe de los servicios de inteligencia apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

 

—Ninguna de ellas es pequeña ni insignificante —murmuró este último, con voz cargada de rabia—. Tienen poder, dinero, tierras y gente dispuesta a obedecer. Podrían haber ocultado esto durante años si nadie hubiera descubierto nada.

 

—Lo han estado haciendo durante meses —confirmó Aurelian—. Planeado todo con tiempo, paso a paso.

 

Seleneia cruzó los brazos y miró fijamente al emperador.

 

—¿Pero, cuál es el objetivo? ¿Qué ganan ellos con matar a miles de personas y sumir a una región entera en el caos?

 

—La caída definitiva de la Casa D'Valrienne —respondió uno de los generales antes de que nadie más pudiera hablar—. Todo apunta a eso. Si el territorio colapsa, si la gente muere o huye y la autoridad desaparece, alguien tendrá que hacerse cargo. Y esos tres nombres son los primeros en la lista para tomar el control.

 

—Es lo mismo que opina Demian —asintió Aurelian lentamente.

 

Lyssandra miró los papeles sobre la mesa con una mezcla de horror y comprensión.

 

—Entonces no fue una desgracia ni una tragedia inevitable… fue un ataque calculado para destruir a una familia y apoderarse de su lugar.

 

—Un ataque cruel, frío y meticulosamente preparado —agregó el emperador.

 

El ambiente se volvió todavía más denso y pesado. Todos sentían la magnitud de lo ocurrido: estaban ante una traición que podía poner en riesgo la estabilidad de todo el Imperio.

 

Pero entonces Aurelian tomó otra hoja de entre las que había sobre la mesa, la leyó en silencio durante unos segundos y su expresión se suavizó ligeramente, aunque la tensión seguía ahí.

 

Seleneia lo observó con atención.

 

—¿Qué más dice? —preguntó en voz baja.

 

El emperador levantó apenas la vista, recorriendo con la mirada a todos los presentes antes de responder.

 

—Anna sigue allí. Todavía está en la ciudad, en medio de todo.

 

Se produjo un silencio breve, pero muy intenso. Uno de los generales soltó una risa seca y sin rastro de humor.

 

—Supongo que incluso alguien como ella tiene demasiado orgullo para huir y dejar que otros tomen el control de lo que considera suyo —comentó con cierto desdén.

 

Pero Aurelian no respondió. Simplemente le pasó la hoja a la emperatriz, y ella comenzó a leer. Poco después se la pasó a Lyssandra, y uno tras otro, todos fueron leyendo los informes detallados que Demian había enviado sobre las acciones de su hermana.

 

Poco a poco, las expresiones fueron cambiando. La sorpresa fue reemplazando al escepticismo, y luego la incredulidad.

 

Leían cosas que parecían imposibles:

 

Anna organizando campamentos para atender enfermos y distribuir alimentos.

 

Anna entrando en las zonas más peligrosas y contaminadas sin protección excesiva, supervisando personalmente cada medida.

 

Anna trabajando codo con codo con médicos, curanderos y alquimistas, aprendiendo, ordenando, coordinando.

 

Anna dando la orden de quemar cuerpos y ropas infectadas, tomando decisiones duras y necesarias sin titubear.

 

Anna durmiendo apenas dos o tres horas por noche, durante días y días seguidos.

 

Anna sentándose junto a los moribundos, sosteniéndoles la mano y hablándoles hasta el último instante, para que no murieran solos.

 

Lyssandra parpadeó varias veces, como si no pudiera creer lo que estaba leyendo. Levantó la vista hacia su padre, confundida.

 

—¿Es esto… es esto realmente cierto? ¿No será una exageración?

 

—Lo es —respondió Aurelian con firmeza—. Lo escribió Demian, que la conoce mejor que nadie. Y Selene también lo confirma en otra carta que llegó ayer. Ambos coinciden punto por punto.

 

La emperatriz leyó en voz baja una frase del informe:

 

    «Los soldados acatan sus órdenes sin dudar ni un segundo. La gente del pueblo ha vuelto a llamarla Lady Anna, como en los tiempos antiguos. Incluso los nobles menores que llegaron de otras regiones han aceptado voluntariamente ponerse bajo su mando y seguir sus instrucciones».

 

Seleneia bajó el papel despacio y negó con la cabeza, maravillada.

 

—Es como si fuera otra persona —murmuró—. No reconozco a la joven que conocimos en estas líneas.

 

—No puede ser la misma mujer —aseguró uno de los generales, moviendo la cabeza negativamente.

 

El canciller, que conocía bien la historia, habló con voz grave y reflexiva:

 

—Yo la vi cuando asumió el poder tras la muerte de sus padres. Era arrogante, caprichosa y extremadamente cruel. Le importaba muy poco la vida de los demás, y no dudaba en castigar con dureza a quien se le opusiera. Apenas soportaba tocar nada que considerara sucio o indigno de ella, ni siquiera para ordenar que lo hicieran otros.

 

—Es verdad —apoyó otro de los asesores—. Recuerdo que incluso sus propios sirvientes le tenían un miedo terrible. Se decía que nunca sonreía y que siempre miraba a todos como si fueran menos que ella.

 

Lyssandra volvió a mirar el informe, con una sensación extraña en el pecho.

 

—Aquí dice que estuvo tres horas sentada en el suelo, abrazando a una niña pequeña enferma, hasta que murió en sus brazos —susurró, y levantó la vista hacia los demás—. Eso no encaja en absoluto con lo que sabíamos de ella.

 

Nadie respondió de inmediato. Porque todos tenían en mente la imagen que se había construido de Anna durante años:

 

La noble despiadada.

 

La heredera fría y calculadora.

 

La joven que había heredado lo peor de su familia y que parecía decidida a destruir todo a su paso.

 

La mujer que el propio pueblo había acabado rechazando y apartando del poder, convencido de que su gobierno solo traería ruina y sufrimiento.

 

El emperador caminó lentamente hasta la ventana más grande y se quedó mirando hacia la oscuridad del jardín, donde las luces de las antorchas brillaban débiles entre los árboles. Su voz sonó suave, casi nostálgica, cuando habló:

 

—Yo sí la conocí antes de que todo eso pasara. Antes de convertirse en lo que fue.

 

Todos volvieron a mirarlo con sorpresa. Ninguno sabía aquello.

 

—Solo una vez —añadió él, sin apartar la vista de la ventana—. Fue cuando fui de visita a sus tierras hace muchos años. Demian y Selene ya eran adolescentes, casi adultos. Ella no tendría más de ocho años.

 

Seleneia lo observó en silencio, esperando.

 

Aurelian dejó escapar una sonrisa pequeña, triste y cansada.

 

—Recuerdo que apenas salía de detrás de Selene. Se escondía detrás de su hermana mayor cada vez que alguien intentaba dirigirle la palabra. Hablaba bajito, casi en susurros, y tenía una mirada asustada, como si el mundo entero fuera demasiado grande y peligroso para ella.

 

Lyssandra abrió mucho los ojos, incapaz de imaginarlo.

 

—¿¿Anna?? ¿Nuestra Anna, asustada y tímida?

 

—Sí —confirmó el emperador—. Estuvo casi toda la visita pegada a Selene, sin soltarle la mano. Pero al cabo de un rato, poco a poco, se fue soltando… y terminó siguiéndome a todos lados.

 

La emperatriz sonrió levemente, intrigada.

 

—¿Por qué? —preguntó.

 

—Porque vio mi espada —respondió él, y una pequeña risa escapó de su garganta, una risa auténtica y cálida que hacía mucho no se escuchaba en ese salón—. Se quedó mirándola fijamente y no pudo contenerse. Me hizo preguntas durante horas. Quería saber cómo se usaba, cómo se hacían las armaduras, qué se sentía al mandar soldados, cómo funcionaban las rutas de correo, incluso sobre mi águila mensajera. Quería saberlo todo, entenderlo todo. Era curiosa, inteligente y muy dulce.

 

Lyssandra escuchaba fascinada. Era difícil, casi imposible, imaginar a la Anna cruel y orgullosa como una niña pequeña, tímida, curiosa y llena de vida.

 

El emperador bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos, y su expresión se endureció de nuevo, volviendo a la realidad.

 

—No estuve mucho tiempo con ella. Solo esa tarde —murmuró—. Pero años después volví a verla, cuando ya gobernaba. Y os aseguro… que no quedaba nada de aquella niña dulce y curiosa.

 

Seleneia cerró los ojos unos instantes, comprendiendo perfectamente a qué se refería. Ella también conocía esa historia, la historia de lo que le pasó a Anna:

 

La muerte repentina y violenta de sus padres.

 

La responsabilidad inmensa que cayó sobre ella cuando apenas era una adolescente.

 

La presión constante, las intrigas, las amenazas y las expectativas de todos.

 

El miedo constante a ser débil, a ser vulnerable, a ser destruida por otros.

 

Ese miedo que poco a poco se transformó en rabia, en desconfianza y en crueldad, como una coraza para protegerse del mundo.

 

La joven que, intentando sobrevivir, terminó convirtiéndose en algo que nunca quiso ser: alguien a quien todos temían y nadie querían.

 

Y finalmente, el levantamiento de su propio pueblo, liderado por sus hermanos, para apartarla del poder antes de que destruyera todo lo que debía proteger.

 

Lyssandra miró nuevamente el informe que tenía en la mano, con una mezcla de emociones que no sabía definir bien.

 

—Entonces… ¿qué le pasó realmente? —preguntó en voz baja, como si se lo preguntara a sí misma—. ¿Qué está pasando ahora?

 

Nadie respondió de inmediato. Porque ninguno tenía una respuesta clara. Nadie podía entender

 

Aurelian volvió a tomar la hoja donde estaban escritos los nombres de las tres casas nobles. La sostuvo entre los dedos como si el papel le quemara, leyéndolos una vez más, despacio, grabándoselos en la memoria. Poco a poco, la suavidad que había aparecido antes en su mirada se fue desvaneciendo, y su expresión se endureció hasta volverse piedra.

 

—Quiero que se abra una investigación inmediata sobre la Casa Reinhardt, la Casa Voss y la Casa Ethelmoor —ordenó, y aunque su voz no sonó gritada, todos sintieron la fuerza de sus palabras.

 

Los generales se enderezaron al instante, con el pecho erguido y la mano sobre la empuñadura de la espada, listos para actuar.

 

—Como ordene, Majestad.

 

—Quiero saber todo lo que hacen —continuó él, sin soltar el papel—. Vigilen cada una de sus rutas comerciales, controlen cada moneda que entre o salga de sus arcas, y no dejen pasar a nadie —nadie— que cruce las fronteras de sus territorios sin ser interrogado. Quiero saber con quién hablan, a quién reciben, qué compran y qué venden. Todo.

El jefe de inteligencia inclinó la cabeza en señal de obediencia, pero preguntó con voz seria:

—¿Y si encontramos pruebas irrefutables de su culpabilidad? ¿Qué debemos hacer entonces?

Aurelian se quedó mirando los nombres escritos sobre la mesa unos segundos más. Pensó en la gente muriendo en las calles, en el humo que cubría el cielo, en el miedo que recorría el territorio… y en que todo aquello no había sido un desastre natural, sino una decisión fría y calculada de personas que solo buscaban poder. Cuando habló, su voz no tuvo ni rastro de ira explosiva, pero sí de una frialdad que helaba la sangre:

 

—Entonces aprenderán bien la lección. Que intentar destruir una ciudad del Imperio, y matar a miles de personas inocentes para conseguirlo… tiene un precio muy alto. Y yo me encargaré personalmente de que lo paguen hasta el último centavo.

 

En algún punto del camino entre el corazón del Imperio y los territorios de la Casa D'Valrienne

 

La caravana avanzaba por la calzada tan rápido como le permitían las cargas que transportaba. El ruido era constante y profundo: el golpe rítmico de cientos de ruedas de madera contra las piedras, el trote pesado de los caballos, el tintineo metálico de las armaduras y las voces de los conductores que animaban a los animales. Era una columna inmensa, tan larga que el principio y el final apenas se veían entre la polvareda, imposible de ocultar, imposible de ignorar.

 

Las carretas iban repletas hasta el borde: sacos de grano y harina, barriles de agua potable limpia, cajas de medicinas y hierbas curativas, rollos de telas para hacer vendas o reparar viviendas, herramientas de todo tipo, madera seca, carbón y todo el material que un grupo de médicos y sanadores podía necesitar para trabajar. Todo ello viajaba bajo la protección firme y visible de soldados imperiales, hombres de confianza entrenados para la guerra, pero que esta vez marchaban con una misión muy distinta.

 

No podían ir más rápido. Lo sabían todos. Las carretas pesaban toneladas, algunas se atascaban en los baches, otras necesitaban ser reparadas de vez en cuando. Pero, aun así, solo se detenían lo mínimo indispensable para comer, descansar y dar agua a los animales, y enseguida volvían a ponerse en marcha. Nadie quería perder ni un minuto.

 

Al frente de todos cabalgaba el hombre encargado de liderar aquella expedición: el comandante general Darius Vaelmont.

 

Su nombre era conocido en todo el Imperio. Era un veterano de mil batallas, un hombre que había dirigido ejércitos enteros, sofocado revueltas sangrientas y defendido las fronteras durante décadas. Tenía el cuerpo fuerte y curtido por los años de servicio, el cabello oscuro salpicado ya de canas en las sienes y una mirada serena pero intensa, que parecía verlo todo. Llevaba puesta su armadura de batalla, pesada y resistente, con el águila imperial grabada en el centro del pecho, y aunque debía de ser incómoda de llevar durante tantas horas de viaje, ni siquiera se había desabrochado las correas.

 

Su caballo negro, grande y fuerte, avanzaba unos metros por delante del resto, marcando el ritmo de todos. A su lado iban varios capitanes y oficiales, revisando mapas, midiendo distancias y calculando cuánto tiempo les faltaba para llegar.

 

—¿Cuánto estimas que nos queda todavía? —preguntó Darius, sin dejar de mirar el camino que se abría ante ellos, polvoriento y monótono.

 

Uno de los oficiales extendió el mapa sobre la silla, lo miró con atención y respondió:

 

—Si seguimos a este ritmo, sin retrasos graves… unos tres días, mi general.

 

Darius frunció el ceño y apretó un poco las riendas.

 

—Es demasiado tiempo. siete días pueden ser una eternidad allá abajo.

 

—Lo sé —reconoció el oficial—, pero las carretas cargadas con suministros pesados nos frenan mucho. No podemos hacer milagros con el terreno que tenemos.

 

—Lo sé también —dijo él con firmeza—, pero prefiero llegar tarde y con todo lo necesario, que llegar antes y haber tenido que dejar atrás comida, medicinas o herramientas por ir más rápido. No vamos a dejar nada. Todo lo que llevamos es vital.

 

El oficial asintió en silencio. Sabía que tenía razón, y sabían también que esta misión era diferente a cualquier otra que hubieran hecho antes. No iban a luchar contra un ejército enemigo, ni a conquistar tierras, ni a castigar rebeldes. Iban a socorrer a una ciudad herida, a ayudar a una población que estaba sufriendo lo indecible, y eso hacía que cada carga que llevaban fuera mucho más valiosa que cualquier tesoro.

 

A lo largo de la columna se veía gente de todo tipo, personas que habían decidido dejar sus casas y su vida cómoda para venir a ayudar. Había médicos imperiales, acostumbrados a tratar a nobles y soldados, que ahora revisaban cuidadosamente sus cajas de vendas y frascos de remedios. Había alquimistas que mezclaban sustancias básicas en pequeños recipientes mientras viajaban, aprovechando cada momento para preparar lo que hiciera falta. Sacerdotes de diferentes órdenes y curanderos populares iban sentados sobre los barriles, descansando un poco o hablando entre ellos en voz baja. Incluso habían enviado artesanos, carpinteros y herreros, hombres que sabían construir y reparar, porque sabían que cuando la enfermedad pasara, habría mucho que reconstruir.

 

Todos eran conscientes de algo que nadie decía en voz alta, pero que flotaba en el aire como una sombra: probablemente llegaban demasiado tarde para salvar a muchos. Las noticias que habían llegado al palacio eran terribles y claras: la enfermedad ya se había extendido, había matado a decenas si no a cientos y seguía su curso implacable. Quizás cuando ellos llegaran, lo peor ya hubiera pasado… o quizás no. Pero, aun así, nadie había dudado en venir. Nadie se había quedado atrás poniendo excusas.

 

Porque si no podían devolver la vida a los que ya se habían ido, al menos podían intentar salvar a los que quedaban. Podían evitar que murieran de hambre, o de sed, o simplemente porque no tenían quien los cuidara.

 

Uno de los médicos más jóvenes, un muchacho que apenas llevaba unos años ejerciendo y que tenía la cara llena de pecas y una expresión entre decidida y asustada, espoleó su caballo gris y se acercó hasta donde estaba el general.

 

—¿Mi general? —llamó con respeto.

 

Darius giró la cabeza lentamente hacia él.

 

—Dime, muchacho.

 

—He hablado con algunos de los voluntarios… y nos preguntábamos —empezó a decir el joven, un poco inseguro—, si realmente vale la pena que nos apresuremos tanto. Quiero decir… si lo peor ya ha pasado, si la enfermedad ya ha hecho su daño y ahora solo quedan las secuelas… ¿no sería mejor ir con más calma, descansar mejor por el camino y llegar en mejores condiciones?

 

El general se quedó en silencio unos instantes, sopesando sus palabras. No se enfadó, ni le recriminó nada. Sabía que la duda era natural, que era humano preguntarse si tanto esfuerzo tenía sentido. Pero luego miró al joven médico a los ojos y le respondió con voz grave y pausada:

 

—Escúchame bien, porque esto es algo que he aprendido tras muchos años de guerras y desastres: cuando una ciudad cae por una tragedia, lo peor no termina cuando dejan de morir personas por la causa inicial. Lo peor… empieza justo después.

 

El joven escuchaba con atención, sin apartar la mirada.

 

—Empieza cuando se acaba la comida y la gente tiene hambre —continuó Darius, señalando el camino vacío y polvoriento que tenían delante—. Cuando no hay agua limpia y la sed se vuelve insoportable. Cuando la gente pierde sus casas y se queda en la calle bajo la lluvia o el sol. Cuando desaparecen las autoridades y los que quedan fuertes empiezan a aprovecharse de los débiles, y empiezan los robos, las peleas y el caos. Cuando los supervivientes están tan agotados, tan tristes y tan solos, que ya ni siquiera tienen fuerzas para levantarse por la mañana y seguir viviendo.

 

El joven médico bajó un poco la cabeza, comprendiendo de pronto la magnitud de la situación.

 

—Entiendo —murmuró—. No vamos solo a curar enfermos.

 

—Exacto —asintió el general—. Vamos a impedir que una ciudad que ya está rota… termine de derrumbarse del todo y se pierda para siempre. Vamos a darles una razón para seguir luchando.

 

El viento sopló fuerte entonces, levantando polvo y haciendo ondear las banderas del Imperio que iban atadas a varias carretas, con su tela pesada y sus colores brillantes. Durante unos segundos nadie dijo nada; todos parecieron entender, de una forma u otra, la importancia de lo que hacían.

 

De pronto, uno de los exploradores que iban por delante regresó al galope, llegando casi al límite de sus fuerzas. Su caballo venía cubierto de polvo, con el pelo pegado al sudor y las costillas marcadas por el esfuerzo.

 

—¡General! —gritó el hombre antes incluso de detener el animal.

 

Darius levantó la vista y se irguió sobre la silla.

 

—Habla. ¿Qué has visto?

 

—Hemos encontrado otra caravana abandonada a unos pocos kilómetros de aquí —informó el explorador, con la respiración agitada—. Parece que intentaban huir de la ciudad hace varios días. Las carretas están medio vacías, con cosas tiradas por todas partes.

 

El rostro de Darius se mantuvo impasible, pero sus ojos se oscurecieron un poco más.

 

—¿Hay supervivientes? —preguntó, aunque ya temía la respuesta.

 

El hombre bajó levemente la cabeza, con expresión apenada.

 

—Nadie, mi general. Todos murieron. Algunos parecen haber muerto de la enfermedad, otros simplemente se quedaron en el camino, sin fuerzas para seguir.

 

Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Todos imaginaron la escena: gente desesperada, huyendo de la muerte que acechaba en su hogar, caminando día tras día esperando encontrar salvación… para acabar cayendo en medio de la nada, solos y olvidados.

 

Darius miró hacia el horizonte, hacia la dirección donde se encontraba la ciudad a la que iban. Pensó en todas esas personas que habían muerto intentando escapar, y en todas las que todavía seguían allí, esperando ayuda.

 

Luego tomó las riendas de su caballo con firmeza y dio la orden:

 

—Que se detenga un pequeño grupo solo el tiempo necesario para darles sepultura. Nadie merece quedarse tirado en el camino como si fueran basura. Que los entierren con respeto.

 

El explorador dudó un segundo ante de preguntar:

 

—¿Entonces nos detenemos todos? ¿Descansamos ahí un rato?

 

—No —respondió Darius enseguida, con voz firme y decidida—. El resto de la caravana sigue avanzando sin parar.

 

Volvió a mirar hacia adelante, hacia el camino que aún les quedaba por recorrer, y repitió, más para sí mismo que para los demás:

 

—Seguimos avanzando. Porque cada hora que perdemos aquí… es una hora más que alguien allá adentro puede no tener. Cada minuto cuenta. Y nosotros no vamos a ser los que les hagamos esperar más de lo necesario.

 

Espoleó su caballo, y la columna entera volvió a ponerse en movimiento, más rápido, con más determinación que antes. Ya no se trataba solo de cumplir una orden. Se trataba de llegar a tiempo.

 

— Zona de alquimistas. Campamento central —

 

El campamento no se detenía nunca.

 

Ya no era ese caos aterrador de los primeros días, cuando todo eran gritos desesperados, gente corriendo sin saber qué hacer y la sensación constante de que cada hora que pasaba se llevaba a diez personas más. Ahora había orden, rutina, normas claras… pero seguía siendo un lugar agotador, donde nadie descansaba lo suficiente y el cansancio se notaba en cada rostro.

 

Las carpas blancas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, ordenadas por secciones: aquí los que empezaban a enfermar, más allá los casos graves, y al fondo los que ya se recuperaban. Entre ellas, médicos cargaban cubetas de agua caliente, voluntarios movían montones de mantas limpias, guardias controlaban el paso para que no se mezclaran las zonas y alquimistas entraban y salían sin parar, con las manos manchadas y bandejas llenas de frascos tintineando entre sus dedos.

 

Y justo en medio de todo ese movimiento, estaba Anna.

 

Desde que Eliana, Garoum y Liam habían conseguido obligarla a dormir unas horas, incluso si fue casi por la fuerza, se notaba un cambio. Seguía teniendo ojeras profundas, el pelo revuelto y la ropa llena de manchas de suciedad y hierbas, y se movía con esa lentitud propia de quien lleva días sin descansar de verdad… pero ya no tenía ese aspecto de cristal a punto de romperse, de cuerpo que se caería al suelo en cualquier segundo. Sus ojos seguían brillando con fuerza, claros y decididos, y su voz seguía sonando firme cuando daba órdenes o explicaba algo.

 

En la zona de los alquimistas habían unido varias mesas largas para formar una especie de laboratorio improvisado, cubiertas de papeles, recipientes de barro y cristal, cuchillos afilados y morteros de piedra. De cuerdas tensadas entre los postes colgaban racimos de plantas secándose, y en varios fogones pequeños hervían líquidos de colores extraños, despidiendo olores fuertes, a veces dulces, a veces amargos o picantes.

 

Anna estaba inclinada sobre una de las mesas, mirando una mezcla que burbujeaba despacio en una olla de cobre.

 

—La raíz de arbusto rojo se echa después de apagar el fuego —dijo, señalando el recipiente con un dedo manchado de verde—. Si la hierves junto con el resto, pierde la mayor parte de sus propiedades y no sirve de nada. Hay que dejar que se enfríe un poco antes de mezclarla.

 

Uno de los alquimistas más ancianos asintió enseguida y anotó las palabras con letra rápida y segura, sin hacer preguntas. Hacía tiempo que había aprendido que cuando ella hablaba, valía la pena escuchar.

 

Otro hombre, más joven, levantó la mano con cuidado.

 

—¿Y para los niños? ¿Se prepara igual?

 

Anna tomó una hoja de papel donde tenía anotadas varias proporciones y respondió sin dudar:

 

—Para ellos reducimos la cantidad de savia oscura a la mitad y aumentamos las hojas amargas. Hará que la medicina sepa aún peor —añadió con una media sonrisa triste—, pero ayuda a que sus cuerpos, que son más débiles, no colapsen tan rápido ante la fiebre y el dolor.

 

Una mujer mayor, de manos ásperas y brazos cubiertos de polvo de hierbas secas, la observaba en silencio desde hacía un rato. Finalmente, no pudo contenerse y preguntó con voz suave, pero llena de curiosidad:

 

—¿Cómo sabes todo esto, niña? Hay cosas aquí que ni los maestros más antiguos conocen con tanta exactitud… ¿Dónde aprendiste a mezclar, a medir, a saber, ¿qué pasa en cada cuerpo?

 

Anna bajó un poco la mirada hacia el líquido oscuro que removía lentamente. No contestó de inmediato, porque la verdad era demasiado dolorosa, demasiado oscura y terrible para contarla allí, entre el humo y el ruido.

 

Sabía exactamente cómo actuaba el veneno en el cuerpo de un niño pequeño.

 

Sabía cómo afectaba a un anciano, débil y enfermo de antes.

 

Sabía qué pasaba con las personas que ya tenían la salud dañada.

 

Lo sabía porque la antigua Anna, la que ella había sido años atrás, lo había estudiado todo con frialdad. Lo sabía porque muchas personas habían sufrido y muerto para que esos datos quedaran registrados en papeles que ella había leído y memorizado. Conocía esos efectos porque eran el resultado de crueldad y experimentos terribles, hechos por manos que ella misma había ordenado mover.

 

Por un segundo sintió ganas de contarlo todo, de gritar que no era sabiduría buena, que era un conocimiento maldito ganado con sangre y dolor. Pero respiró hondo, levantó la vista y respondió con voz serena, aunque con un peso enorme en el pecho:

 

—No importa cómo lo sé. Lo único que importa ahora es que funciona. Que sirve para salvar vidas.

 

La mujer mayor asintió, comprendiendo que no quería hablar de ello, y volvió a su trabajo. Ninguno de los otros alquimistas insistió tampoco. Ya nadie dudaba de ella, ni de lo que decía.

 

No dudaban porque veían los resultados día tras día. Las nuevas mezclas no curaban la enfermedad por sí solas, eso era cierto, todavía nadie había encontrado la forma de hacerlo… pero conseguían algo igual de valioso: hacían que el cuerpo resistiera más tiempo. Evitaban que un malestar leve se convirtiera en una enfermedad mortal en pocas horas. Bajaban las fiebres insoportables que quemaban por dentro. Ayudaban a respirar cuando parecía que el aire se acababa. Daban una oportunidad de sobrevivir a niños, ancianos y personas frágiles, a quienes antes la enfermedad se llevaba casi sin esfuerzo.

 

Y eso era suficiente para que todos trabajaran con el doble de fuerza, sin descanso, con la esperanza de que cada frasco que preparaban significaba una vida más que se quedaba en el mundo.

 

Anna siguió dando instrucciones, revisando mezclas y corrigiendo errores durante casi una hora más. Cuando terminó de explicar cómo guardar los remedios para que no se estropearan, bebió un poco de agua fría y salió de la carpa para tomar aire.

 

Afuera el viento soplaba más frío que dentro, y se le metía hasta los huesos. Se escuchaban pasos rápidos, voces dando órdenes, llantos lejanos y el constante ir y venir de gente por los senderos. El campamento seguía vivo, luchando, resistiendo, y ella sentía que, de alguna forma, gran parte de esa fuerza dependía de ella.

 

Mientras empezaba a caminar hacia la zona de enfermos graves para revisar cómo iban las cosas allí, muy lejos de esas tiendas blancas, entre las murallas del castillo, otra batalla también seguía su curso, silenciosa y mortal.

 

La puerta del despacho de Demian se abrió de golpe, golpeando la pared con un ruido seco.

 

Una mujer entró envuelta en una capa oscura, con la capucha puesta y la ropa todavía húmeda por la lluvia fina que empezaba a caer sobre la ciudad alta. Se movía sin hacer ruido, como una sombra, y solo se detuvo cuando estuvo justo frente a la mesa.

 

Selene, que estaba leyendo unos informes sentada en un rincón, levantó la cabeza de inmediato, con los ojos muy abiertos y la mano ya cerca de la empuñadura de su espada.

 

—Habla —ordenó con voz cortante y tensa.

 

La mujer avanzó unos pasos más y dejó caer sobre la mesa varios documentos enrollados, mapas detallados y pequeñas bolsas de tela que crujían al tocarlas, llenas de polvos y muestras recogidas.

 

—Hemos encontrado más depósitos —dijo con voz baja pero clara—. Muchos más de los que pensábamos.

 

Demian tomó uno de los papeles, lo desplegó y miró los dibujos y anotaciones con atención.

 

—¿Dónde? —preguntó sin levantar la vista.

 

—En molinos abandonados a las afueras. En almacenes vacíos desde hace años. En bodegas ocultas cerca de la salida norte, donde nadie suele ir.

 

La espía tomó otro mapa, lo extendió sobre la mesa y señaló varios puntos marcados con tinta roja, puntos que se repartían por todo el territorio, cerca de caminos y poblados.

 

—Intentaron borrar cualquier rastro —explicó—. Quemaron registros y cuentas, escondieron o tiraron al río los sacos de harina contaminada, y eliminaron a varios trabajadores que sabían demasiado y podían hablar. Pensaban que nadie lo descubriría.

 

Selene apretó los dientes lentamente, sintiendo cómo la rabia le subía por el pecho.

 

—Pero no fueron lo bastante rápidos ni cuidadosos —murmuró con frialdad.

 

—No —confirmó la espía, y una pequeña sonrisa amarga se dibujó en sus labios—. Se creyeron muy seguros.

 

Sacó entonces de entre sus ropas una libreta pequeña, cubierta de hollín y parcialmente quemada por los bordes, como si hubiera sido rescatada del fuego en el último segundo. La dejó sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo precioso y peligroso a la vez.

 

—Encontré esto escondido detrás de un muro, justo antes de que prendieran fuego al almacén principal. Se salvó de milagro.

 

Demian la tomó con manos firmes, abrió las páginas arrugadas y oscurecidas y empezó a leer en silencio. Y a medida que leía, su rostro se fue poniendo cada vez más serio, más duro, hasta que pareció tallado en piedra.

 

Allí había nombres de personas involucradas.

 

Fechas exactas de envíos y entregas.

 

Cantidades enormes de dinero que cambiaba de manos.

 

Rutas secretas por las que habían hecho viajar la mercancía venenosa.

 

Pagos hechos a cambio de silencio o de ayuda.

 

Y al final de muchas páginas, tres sellos bien marcados, grabados con tinta indeleble, que ambos hermanos conocían demasiado bien:

 

El león rampante de la Casa Reinhardt.

 

El halcón de la Casa Voss.

 

El árbol retorcido de la Casa Ethelmoor.

 

El silencio se apoderó de la habitación, un silencio pesado, cargado de odio y de la certeza de que todo era verdad.

 

Selene miró esos símbolos fijamente durante unos segundos, sintiendo cómo le temblaban ligeramente las manos.

 

—Ya no pueden negarlo —dijo con voz tensa, casi un susurro—. No hay forma de que digan que es mentira o que los están calumniando. Tenemos pruebas irrefutables.

 

Demian cerró la libreta despacio, con cuidado, y la apretó con fuerza entre sus dedos.

 

—No —coincidió él—. Ya no les queda ninguna escapatoria.

 

La espía los observó en silencio un momento antes de seguir hablando:

 

—También hemos conseguido encontrar testigos. Sirvientes que no sabían lo que transportaban y que solo seguían órdenes. Un par de comerciantes a los que obligaron a colaborar bajo amenazas. Todos cuentan la misma historia, palabra por palabra.

 

Selene levantó la vista hacia ella.

 

—Que todo esto se hizo por órdenes directas de los jefes de esas tres casas —aseguró, como si estuviera leyendo su pensamiento.

 

—Exacto —asintió la mujer—. Desde el principio hasta el final.

 

Demian soltó el aire despacio, como si hubiera estado aguantando la respiración mucho tiempo. Ya no eran solo sospechas, ni teorías, ni rumores que corrían por ahí. Ahora tenían nombres, fechas, pruebas y testigos. Sabían exactamente quiénes eran los culpables de todo el dolor, de toda la muerte, de todo el sufrimiento que estaba destrozando sus tierras. Tenían todo lo necesario para destruirlos por completo, para hacerles pagar hasta la última gota de sangre derramada.

 

Selene cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su hermano con determinación.

 

—Anna tiene que saber esto —dijo con seguridad—. Ella también tiene derecho a saber quiénes son los que están detrás de todo.

 

Pero Demian negó con la cabeza casi antes de que ella terminara de hablar.

 

—No —respondió tajante, y su voz fue tan firme y rápida que Selene se quedó mirándolo sorprendida.

 

Él apretó un poco más la mandíbula y miró hacia la ventana, donde se veía a lo lejos una columna de humo gris que subía hacia el cielo: el humo de las hogueras del campamento, el humo de las quemas de cadáveres, el humo de la lucha diaria que su hermana estaba librando sola.

 

—Anna ya lleva demasiadas cosas sobre los hombros —dijo con voz grave—. Está sosteniendo a toda una ciudad entera, está cargando con el dolor de miles de personas, está gastando cada gramo de fuerza que tiene solo para mantenerlos vivos. No voy a añadirle este peso también. No voy a dejar que tenga que cargar con la rabia y el deseo de venganza, ni con la responsabilidad de castigar a los culpables.

 

Volvió a mirar a Selene, y sus ojos brillaron con una mezcla de dolor y determinación feroz.

 

—Ella está peleando una guerra contra la enfermedad, contra la muerte y contra la desesperación. Es una guerra terrible, y es la única que puede librar ahora mismo. Pero esta otra… esta guerra contra los traidores y asesinos… esta es nuestra. Y vamos a ganarla nosotros.

 

Selene se quedó callada, comprendiendo perfectamente lo que quería decir y dándose cuenta de que tenía razón. Anna ya tenía bastante con intentar salvar vidas. No necesitaba tener también que cazar a los responsables, ni planear cómo destruirlos, ni tener que mancharse las manos de sangre una vez más.

 

Para eso estaban ellos. Sus hermanos mayores. Los que habían prometido cuidarla, protegerla y defenderla de todo mal, incluso cuando ella misma se había perdido y había dejado de creer que merecía protección. Ellos se encargarían de la parte sucia, de la parte oscura, para que ella pudiera seguir haciendo lo que estaba haciendo: traer esperanza y vida.

 

Demian apartó la mirada de la ventana y volvió a mirar los documentos sobre la mesa. Su expresión se endureció hasta volverse impasible y fría como el acero.

 

—Que preparen a los guardias de élite —ordenó con voz baja y peligrosa—. Quiero a los mejores, a los más leales, listos para salir en cuanto caiga la noche.

 

Selene lo miró de reojo, entendiendo enseguida lo que planeaba.

 

—¿Vas a ir tú mismo? ¿Esta noche? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

 

Demian asintió lentamente, sin dudar ni un segundo.

 

—Sí. Voy a ir a buscarlos.

 

Selene se acercó a la pared, tomó su espada que descansaba allí, se ajustó el cinturón y se volvió hacia él con una sonrisa fría y decidida.

 

—Entonces no irás solo —dijo con firmeza—. Iremos los dos.

 

Thoughts

  • GasparLeon

    Caramba, la cena de los nobles me pesó más que los sellos. Ese señor que vendió su grano cuando el miedo subió los precios, y la mesa celebrándolo como buena jugada. Así ha sido siempre, pues: en la peste de Marsella de 1720 fueron comerciantes los que empujaron a descargar un barco infectado. Me temo que el Emperador caerá sobre las tres casas y a los de la cena no los tocará nadie.

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  • Ovid

    La respuesta de Anna a la alquimista vieja, que no importa cómo lo sabe mientras funcione, me hace pensar en todo lo que carga sin decirlo. Salvar niños con lo que aprendió haciéndoles daño a otros es una deuda que no se paga en una buena semana. Apuesto a que esa pregunta vuelve más adelante, en boca de alguien que sí sabe de dónde salió.

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  • bsalas87

    La libreta quemada con los tres sellos me parece demasiado limpia. Si la espía la sacó justo antes del incendio, apuesto a que alguien quería que la encontraran. Una cuarta casa mirando de lejos, cachai.

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