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capitulo 2.- zafiro

CrimsonMoon21

Contenido de la publicación

La peregrinación de la ciudad fortaleza de la Divina Gracia empezó, como siempre, con un canto en la plaza central, frente al gran vitral de la catedral.

Una noble, de piel tan oscura como la noche, entonaba el canto que resonó por todo el lugar, llegando incluso a los oídos de los habitantes de los pisos inferiores.

Los nobles se encontraban en los balcones de los alrededores, admirándola.

Era una mujer de gran altura y belleza, cuyo cuerpo delataba la madurez para la procreación.

Las telas de color blanco, con detalles dorados, así como su largo cabello encrespado y rizado, hacían resaltar sus ojos azules como el cobalto.

Los jerarcas miraban el acto con devoción, uniéndose al coro.

El papalquímico destacaba, dirigiendo el evento al frente de todos, sentado en lo que parecía un trono dorado que asemejaba un girasol abierto en dirección al sol.

Su vestimenta blanca, con detalles dorados, incluía hombreras de zafiro, y su mitra, adornada por una media luna de zafiro con un punto en su centro, hecho de rubí.

A su lado, una mujer de imponente altura vestía una sedosa bata ceremonial de color blanco y múltiples adornos en las orillas, de ornamentación plateada y dorada que delataba una nobleza única y cuya caída arrastraba por el piso como la cola de un pavo real.

Un tocado recogía su largo cabello rojizo, encrespándolo, mientras su frente estaba adornada por una corona de rosas azules.

Tras ellos se erguían los doce sabios, quienes portaban túnicas de color rojo carmesí, vivo y vibrante, con armadura en las hombreras y guantes dorados que lucían detalles deslumbrantes.

Todo el centro de la plaza, donde se encontraban la noble de piel oscura y los elegidos, estaba fuertemente protegido por el ejército: soldados en trajes de color azul oscuro, con detalles plateados y guantes blancos muy ajustados que permitían total movilidad.

La noble parecía extasiada con las notas.

Los plebeyos se acercaron hasta el límite permitido, admirando el espectáculo.

Los nobles presentes empezaron a sentir vibraciones dentro de sus órganos, sobre todo en los latidos de sus corazones, que se sincronizaron. Algunos, los más cercanos a la voz, comenzaron a despedir un leve brillo.

La mujer continuó. Las notas dieron paso a un silbido extraño y desgarrado que, a su vez, derivó en un sonido metálico que ya no era reconocible.

La mayoría de plebeyos y nobles juntaron las manos, inclinándose ante ella, orando a la diosa del Vacío para que diera su bendición a las futuras cosechas en las granjas humanas.

Ella, sin dejar de cantar, cerró los ojos y elevó las manos al cielo, brillando en un cobalto perfecto, muy resplandeciente.

Un destello la arrancó del plano y desapareció, dejando tras de sí un polvo de un intenso y vibrante azul cobalto.

El papalquímico se levantó, se acercó con cuidado e, inclinándose, tomó el polvo entre sus manos, pronunciando:

—Todo lo que se crea en este mundo regresará al mismo a través del polvo sagrado que respiramos todos —consagrándolo.

Acto seguido, lo sopló hacia los feligreses, consagrándolos también.

Todos sentían regocijo; la mujer había ascendido. Elevaron una súplica al unísono, esperando que la diosa Aeris la hubiera recibido de la mejor forma en su seno.

El papa ordenó a los elegidos —aquellas mujeres de distinta piel y altura, pero todas nobles, con un cuerpo maduro y acentuado para la procreación, así como algunos hombres de fuerte aspecto y atributos que hacían visible una gran fertilidad y, sobre todo, ojos de color verde, violeta, dorado y azul— acercarse a él.

Marcó en la frente de cada uno, con el cobalto, el símbolo de su mitra. Al hacerlo, el polvo se iluminó y desapareció, dejando una marca de escarificación en la mayoría, sin producir dolor alguno; muchos sonrieron ante la sensación.

Unos pocos feligreses seleccionados no obtuvieron ese resultado; el vacío de la diosa no los había aceptado.

No podían continuar la peregrinación. Solo podían recoger el resto del polvo en pequeños sacos de color rojo, mientras los demás se preparaban para ingresar a las carrozas y comenzar la peregrinación hacia las granjas humanas, donde cada grupo sería repartido entre las diferentes parcelas.

Todos los elegidos ya marcados se sintieron plenos.

Algunos incluso se sentían aliviados: en años pasados, al igual que los otros nobles, no habían conseguido ser aprobados por la diosa.

Al subir, algunos abrieron los ojos con impresión y otros sonrieron abiertamente, ya que el interior de los carruajes era bastante amplio y acogedor, tapizado en seda fina de un azul intenso.

Incluso el piso de caoba finamente pulida brindaba un aire confortante a los más jóvenes, quienes habían mentalizado un viaje incómodo, pero aquello prometía la posibilidad de dormir cómodamente si era necesario.

De entre los elegidos de ese carruaje destacó una mujer de piel bronceada.

Sus ojos azules delataban una pureza única. No aparentaba más de veinte años; ya poseía el símbolo de la escarificación, lo que demostraba aún más cómo se había consagrado realmente.

Una noble tocó su frente, preguntándole si sentía dolor, a lo que respondió que estaba bien y que le alegraba saber que ellos ascenderían al Vacío.

Otra de las mujeres frente a ella, comentó que por eso era tan importante el primer tributo a la diosa, que esta debía ser la mujer más alta, hermosa y fértil para que la ofrenda fuera aceptada, calmara los miedos de los demás y así los demás abandonaran sus dudas.

En ese momento, la muchacha vio asomar en la carroza a una noble sin la marca en su frente, que les entregaba un pequeño saco rojo. Lo sostuvo entre sus manos y las demás le sonrieron.

—Tendrás el honor de marcar el camino.

—¿A qué se refieren? —preguntó la joven.

—¿Hace cuánto te volviste noble?

—¿Tan evidente es?

—Sí.

—Hace poco menos de seis días. Una de las nobles que reparte pan en nuestro círculo inferior detectó mis ojos y me ofreció volverme noble por quinta vez.

—¿Por quinta vez? ¡Por quinta vez! —exclamó una mujer, observándola sin poder contener su asombro—. Así que rechazaste ser noble cuatro veces antes... ¡Y mira, ahora estás lista para unirte al Vacío!

—Debes sentirte agraciada, hija —le dijo la mujer más adulta del grupo—. Muchos nobles pasan su vida sin conseguir este honor. La ascensión no es algo que esté al alcance de todos; es algo que llega únicamente para aquellos que nacieron con la afinidad al Vacío de la diosa Aeris.

Entonces escucharon una campana.

La joven preguntó qué era y la mayor respondió:

—El recorrido ha comenzado.

Apenas terminó sus palabras, todos sintieron el tirón del carruaje, así como la sacudida de los guardias que se agarraban fuertemente en el exterior para ir protegiéndolos.

En la plaza, la gente lanzaba pequeños objetos que consideraban de valor:

Dientes viejos entre los pobres.

Pañuelos de seda entre los jerarcas.

Así como flores y algunas otras cosas.

Si algo de lo que le tiraban a la caravana te servía, eras libre de tomarlo y llevártelo, pues el Vacío de la diosa Aeris, que guiaba el camino de los nuevos elegidos, debía ser llenado y vaciado respetando el ciclo.

La ropa vieja de los nobles fue lo primero que la gente empezó a levantar e intercambiar entre sí.

La joven sonreía al ver, por la ventana del carruaje, todo el festival que se formaba para despedirlos.

Los nobles en los balcones comenzaron a tocar instrumentos y otros más iniciaron cantos propios de las estaciones de cultivo.

Entonaban:

Las lluvias de polvo azul llegarán. Las lluvias de polvo azul fecundarán la tierra, y el Vacío dará luz al alimento.

La caravana se mueve como una serpiente por los riscos y praderas… Por los riscos y praderas, la caravana va.

A la granja humana llegará, a la granja humana llegará,y desde ahí la luz y el calor a la tierra volverán.

Cuando vuelva la caravana, alimento nos traerá.

Los nobles dentro de las caravanas continuaron la canción, que ya resonaba por toda la ciudad.

Plebeyos bailaban en la calzada y otros se unían en oraciones, esperando que la caravana llegara con bien a su destino.

El sol se encontraba en el ocaso cuando los carruajes estuvieron fuera de la ciudad fortaleza.

Entonces la joven fue llamada por la mujer mayor, quien pidió iniciar la procesión.

—Ella ve nuestros deseos y anhelos. Ella nos llena de Vacío para poder estar puros. Ella se lleva nuestros rencores y errores; no deja vacíos, nos deja llenos de paz.

Después, mojó su dedo gordo con saliva y lo metió en el saco rojo. Instruyó a todos a tomar un poco del cobalto del saco y ponerlo en su lengua. La chica también lo hizo, preguntándose por qué era necesario aquello.

Al entrar en contacto con su saliva y disolverse, sus ojos, así como los de los demás, brillaron un segundo. Se sintió llena de energía y vida: ya no sintió cansancio ni somnolencia; al contrario, se sentía saciada y alerta, como si no necesitara agua o comida en mucho tiempo.

La adulta les dijo:

—Hemos consumido la sangre de la diosa; ahora podremos continuar el recorrido sin más penurias. El hambre y la sed ya no nos detendrán, pues nos vaciamos de todas nuestras necesidades mundanas.

Todos se hincaron, formando un círculo para empezar una oración:

—Ahora que estamos llenos de su sangre, te pedimos y suplicamos, amada diosa Aeris: llénanos de tu Vacío para no necesitar nada, llénanos de tu Vacío para llenarnos de tu gracia, llénanos de tu Vacío para seguir adelante con esta marcha.

La mujer mayor se levantó y tomó las manos de quienes tenía a su lado; estos, a su vez, se levantaron tomando las manos de quienes tenían a su lado.

Comenzaron a cantar nuevamente:

«Las lluvias de polvo azul llegarán...».

Cuando terminaron la canción, se rieron y abrazaron unos a otros.

Cuando hubieron abandonado por completo la calzada que delimitaba el camino empedrado, la mujer le dijo a la joven que ahora debía ir a la parte trasera del carruaje y comenzar a tirar el cobalto azul poco a poco, marcando el camino.

Como ellos iban al frente, necesitaban dar la señal cuando a ella se le terminara el polvo; el siguiente carruaje haría lo mismo, hasta llegar a la granja.

Serían quince días de viaje hasta la granja a la que ellos servirían.

La muchacha abrió la puerta trasera, sintió el aire recorriendo y refrescando el sudor de su rostro y contempló el camino, marcado por un pasto de un azul electrizante que no parecía sufrir ni deformarse por las ruedas del carruaje.

Se sentó en el suelo de madera y comenzó su labor, tomando una pizca del polvo entre sus dedos, liberándola lentamente, una y otra vez, hasta que los ruidos de la noche fueron la única melodía a la que prestaba atención.

La luna se ocultó largo rato detrás de las nubes y ella se sintió, por un momento, perdida en la oscuridad.

Observó bien y notó que no había penumbra absoluta: podía visualizar un hermoso camino bendito por la sangre de la diosa, que parecía hecho con miles de estrellas de color cobalto.

Una mano en su hombro la sacó de su letargo.

Era la mujer mayor, quien la invitaba a cederle el relevo a alguien más, bromeando con ella:

—¿No creerías que te dejaríamos ahí hasta que se acabara el polvo, verdad?

Más de uno se acercó para admirar el paisaje. Un hombre joven, de la misma edad que ella, dijo:

—Ese es el camino de las estrellas que guía a nuestro hogar. Podemos apreciarlo porque somos nosotros quienes lo construimos, pero solo marca el regreso de la abundante cosecha que volverá en nuestro lugar.

La muchacha sonrió, un poco dudosa; pero ver la sonrisa en sus compañeros le devolvió la calma.

Mientras unos dormían, otros cantaban y algunos más se reunían para contarse sus historias.

A ese último grupo, formado por la mujer adulta y el joven, se unió ella, y pronto todos —salvo quien seguía arrojando polvo— se unieron a la plática, pues querían saber más sobre ella.

Y por qué había rechazado cuatro veces el honor de ser noble.

Ella explicó:

—Solo era una recién nacida cuando llegué al mundo en manos de la superiora Ciencialquímica, quien ayudó en mi alumbramiento. Y, sosteniéndome en sus manos, eligió un nombre digno para mí, justo como dictamina la tradición. Me bautizó «Zafiro», al ver mis ojos.

»La mujer también le dijo a mi madre:

»—Si lo desea, la niña...

»—Podría volverse una noble, a pesar de que nadie más en la familia podría hacerlo debido a sus ojos oscuros.

»Sin embargo, mi madre, dado que acababa de nacer y era su cuarto intento tras haber perdido a otros tres hijos, se negó.

»La mujer miró entonces ese humilde rincón en el séptimo piso subterráneo de la ciudad fortaleza, y le aseguró que lo mejor para mí era ascender al primer piso, donde tocaba la luz del sol.

»Mi agotada madre me sujetó contra su pecho y solo atinó a decir:

»—Yo misma la llevaré a la plaza para que aprecie el sol; no necesita volverse noble para eso.

»La superiora contestó:

»—Pero esta niña... el color de sus ojos representa la pureza absoluta. Ella es la luz que la diosa ha enviado al rincón más profundo de la fortaleza para demostrar que su Vacío puede ser iluminado incluso por alguien tan pequeño como ella.

»A lo que mi madre respondió:

»—Y por eso mismo, quitármela de aquí ahora sería un crimen. ¿Por qué no puede elegirlo ella cuando llegue el momento? —dijo para sí misma mientras besaba mi frente—. Si la apartan de mí, les quitarán la esperanza a todos en el séptimo piso.

»Ella entonces se disculpó con mi madre. Jamás fue su intención hacerle entender que quería arrebatarme de su lado.

»No es común ver a una niña de ojos tan puros en los círculos bajos.

»Al no poder decidir, mis padres tenían todo el derecho de elegir si crecería en ese ambiente decadente o si viviría en la superficie como los otros hijos nobles, siendo criada para cumplir un propósito más grande: unirme a los jerarcas, volverme una bendición de la diosa Aeris o unirme al Vacío de la misma.

—Ahora entiendo. Esa fue la primera vez que rechazaste unirte a los nobles, pero yo no la contaría así, Zafiro, hija. Por cierto, mi nombre es Grechel —dijo la mujer, interrumpiendo el relato—. A mí me tomó cinco procesiones ser finalmente seleccionada; creo que la diosa Aeris, al final, se apiadó de mí.

Zafiro tocó la mano de la mujer y la miró con una sonrisa, dándole ánimos:

—Creo que la diosa solo esperaba que usted estuviera lista, así como yo.

Grechel sonrió y continuó:

—He tenido una vida plena y, créeme, si no hubiera sido aceptada, mis hijos se habrían decepcionado.

La mujer sonrió con cierta nostalgia.

—Aún puedo recordar sus sonrisas, al igual que las de mi marido: «Mamá, si te unes al Vacío, los salvarás a todos». Al final, aquí estoy, para unirme al Vacío y darles paso a mis hijos.

Entonces el varón joven preguntó:

—¿Y cómo fueron las otras tres?

Los demás, que se habían mantenido en silencio hasta ese momento, también querían saberlo.

Zafiro exclamó:

—Está bien.

Dio un profundo respiro y continuó relatando:

—Tenía cinco años cuando ocurrió. Jugaba en la plaza con mi madre y había otra niña muy pequeña; debía tener mi edad. Se veía como yo y lloraba en la fuente. Quise acercarme, quería consolarla e invitarla a jugar, pero, al ver sus ropas tan bonitas y limpias, decidí alejarme. Era obvio que esa niña era una noble y sentí pena de mí misma. Yo apenas vestía harapos viejos y cubría parte de mis brazos con algunos vendajes —según yo, eran mangas de diseño único.

Todos sonrieron con ternura; les parecía entrañable la perspectiva que una pequeña Zafiro tenía de sí misma.

—Entonces —continuó Zafiro—, una noble con un bonito vestido en forma de campana, adornado con detalles verdes y encajes relucientes de plata, se me quedó viendo. Yo la volteé a ver y luego miré a la niña. Era la imagen de la niña en la mujer adulta. Ella recorrió mis ojos con la mirada y, tras ver los vendajes de mis brazos, me preguntó si estaba bien. No dije nada, apenada; ella solo me ofreció una ración de carne seca.

—Toma, se ve que tienes hambre.

»Mi madre se acercó y, al ver su humilde expresión, así como sus viejos y desgastados ropajes, la mujer noble se sorprendió diciendo:

»—¿Es su hija?

»Mi madre me abrazó por la espalda, intentando levantarme.

»—Sí, es mi hija.

»La noble, con cara estupefacta, le comentó que era increíble cómo una mujer como ella había podido concebir a tan magnífica criatura de ojos tan puros.

»Mi madre, bajándome y sonriéndole a la mujer, le dio las gracias, pero dijo que todo era designio del Vacío de la diosa Aeris.

»La mujer le preguntó a mi madre:

»—¿La visita? Es normal que los niños nobles tengan obligaciones y servicio que cumplir con la iglesia. ¿Está cumpliendo los ritos de iniciación? ¿Está iniciándose en la vida noble?

»—No —respondió mi madre—. Ella es libre de elegir por ahora. Está bajo mi cuidado. Quiero que ella pueda elegir en el futuro.

»La noble dijo entonces, sin emoción:

»—Es una lástima. Sería una gran noble, ayudaría a muchos más... y lamento no poder decir lo mismo de usted. Pero debería dejar...

»En ese momento, tomó a mi madre del brazo, diciéndole:

»—Mira, ahí va un jerarca. Estoy segura de que, si le comentamos, él querrá...

»Mi madre se soltó y le pidió que parara. Agradeció la carne para mí, pero afirmó que, cuando yo fuera más consciente, sería yo quien elegiría.

»Me levantó en sus brazos y me sacó de allí.

—Ah —dijo el joven—. Entonces tu madre siempre rechazó que fueras noble.

—No es así —dijo Zafiro—. Simplemente mi madre quería que yo eligiera. ¿Hay algo malo en ello?

El joven se avergonzó:

—Disculpa, es simplemente que yo, Sainti, no entiendo por qué tu madre te negó una vida más cómoda. Te hubieras unido al Vacío mucho antes.

Otra mujer, casi tan joven como Zafiro, le respondió:

—No sería así, Sainti. Los niños no pueden participar en los rituales, y menos en los de fertilidad para la cosecha de nuestras almas y la siembra en las granjas. La diosa no tomará a nadie que no haya madurado para ser fértil; eso ya deberías saberlo.

Sainti entonces guardó silencio, sintiéndose mucho más avergonzado.

Grechel sonrió e intervino:

—No trates mal al joven; es normal. Me sorprende que esté aquí con nosotras. Los hombres no suelen ser muy selectos para estos rituales; solo tenemos dos de este grupo.

El joven sonrió:

—Sí, he sido noble toda mi vida. Jamás había entendido qué significaba realmente serlo. Debo admitir que, antes de la hambruna, era un poco quejoso y solía ser demasiado narcisista.

Sonrió irónicamente, llevándose la mano tras la nuca para rascarse.

—He cumplido las encomiendas que marcan los jerarcas para poder elegir. He repartido las raciones a los séptimos pisos. Antes lo hacía de mala gana y sin fe, pero después de lo ocurrido comencé a ver las cosas de forma distinta. La diosa nos llenó de Vacío en la ciudad. Antes creía que estar vacío era cosa de plebeyos porque no entendía mi función. Ahora sé que el Vacío es la infinita forma repetida que tiene la diosa para unirnos a todos. Pero, ya que lo pienso, nunca te he visto ahí... —dijo, sorprendido.

Zafiro, más sorprendida, abrió los ojos.

—Es porque yo vivo más a las periferias, en el borde de la ciudad, aquella parte llamada el Roce del Anillo.

—Ahí solo algunos pocos nobles, custodiados por soldados, suelen acercarse. Porque ahí hay menos luz y, sin un buen guía, podrías lastimarte; además, la humedad y, a veces, los malos aromas terminan ahogándolos.

»Por eso mismo, incluso los de las periferias en el séptimo piso solemos ir más arriba, a la plaza principal. Así como el sol es de todos, ahí se puede disfrutar del viento. Pero dormir es otra cosa, y volver no siempre es tan bueno.

Las otras dos mujeres, junto con Sainti, sonrieron pícaramente. Entonces la otra mujer dijo, mientras todos los demás observaban en silencio a Zafiro:

—Yo, Mariam, he sido una noble y creo que la razón por la que varios pueden sentirse perdidos en la doctrina del Vacío es porque creen que esta tiene reglas que seguir, pero no es así. El Vacío es absoluto, pero su interpretación difiere según las vivencias de quien lo habita.

Eso lo he entendido. Mi trabajo, después de las encomiendas, ha sido cuidar niños y guiarlos en la doctrina del Vacío, así como en la eucaristía de la diosa Aeris.

»Hubiera sido genial tenerte, Zafiro, pero bueno, es algo que ya no se puede remediar. Sin embargo, a mí sí me gustaría oír tus dos últimos rechazos, si quieres seguirnos contando, claro está.

Zafiro sonrió, juntó sus manos como si fuera a decir una plegaria y miró a Grechel, a Sainti y a los demás, que solo escuchaban sin unirse a la conversación. Entonces, tras hacer una breve pausa, comenzó a recitar:

—La oscuridad nació en el Vacío...

—Se sintió sola y entonces creó la luz... —continuó Grechel.

—Para no estar por siempre sola; mas no sabía cómo acercarse a ella... —siguió Mariam.

—Se acercó tanto a ella que la devoró, pues no sabía cómo interactuar con su creación —cantaron Sainti junto con todos los demás.

Todos, por un momento, brillaron en un azul seco e insípido que no duró mucho.

Entonces Zafiro sonrió y dijo:

—Es por eso...

La mayor atinó a preguntar:

—¿El brillo?

—Así es —dijo Zafiro, abrazándola en señal de que había acertado con su respuesta.

Después de eso, todos se quedaron en silencio, atentos para escuchar.

—Pasó cuando era más grande, creo que tendría unos doce años. Estaba cerca de la catedral. Mi madre me había llevado para recibir una bendición, pues ya tenía la edad para ello. Pero entonces escuchamos el canto: La nana del Vacío. Los nobles que la cantaban ahí, sobre todo las mujeres, hacían que sintiera que volaba en el firmamento.

»La iglesia ya era impresionante por sí misma. El sol entraba por el vitral enorme de la nave principal, pero el sonido que retumbaba por todo el edificio recorría cada una de las venas de mi cuerpo, llegando muy dentro de mí y elevándome a pocos centímetros del suelo, haciéndome brillar en un azul cobalto.

»Pero no desaparecí. Me asusté y me abracé a mi madre; no entendía lo que había pasado. El canto se detuvo.

»Todos habían sido atraídos por el brillo reluciente de mi iluminación. Los jerarcas y nobles del lugar comenzaron cantos y rezos conmemorativos, pues decían que ningún joven noble había demostrado jamás semejante resplandor.

»Yo sentía un miedo profundo: ¿qué pasaría si volvía a flotar? ¿Y si desaparecía?

»Todos se me acercaron para preguntarle a mi madre si yo era su hija. En cuanto estuvieron lo suficientemente cerca, solté la mano de mi madre y corrí lejos de allí, huyendo de mi destino de convertirme en noble. No quería saber qué me ocurriría si me unía a ellos; el terror me dominaba.

»Todos decían que pertenecer al Vacío de Aeris era algo hermoso, pero yo, desde hacía años, ya no lo veía así.

»Después de aquello, dejé de frecuentar la superficie. Mamá me traía raciones mientras los nobles empezaban a verse con más frecuencia por nuestros ruedos.

Todo se debía a una pequeña infección que se había esparcido por el séptimo piso, por lo que nos reubicaron temporalmente en el primer piso, cerca de la plaza y la catedral principal, mientras contenían y erradicaban el brote en los niveles inferiores.

»Siempre me quedaba observando la fuente; era mi lugar favorito. Una tarde, vi a una hermosa noble de piel blanca, ojos verdes y un vestido deslumbrante, repleto de bordados y detalles, sentada en el borde. A su lado, un hombre no más alto que ella —un plebeyo— compartía con ella una humilde ración de carne seca.

»Ella lucía alegre, y al verlos tan juntos comprendí que, al observarlos de cerca, no existían verdaderas diferencias entre nosotros. Cada quien llevaba una carga distinta y, por un momento, pensé que todos hacíamos lo mejor que podíamos.

»Ver la sonrisa de esa mujer me trajo un destello del pasado: ella era la misma niña que, años atrás, lloraba desconsolada junto a la fuente. Ya había crecido; era una noble lista para unirse al Vacío, algo que resultaba evidente por la canasta que llevaba y las tonalidades claras de sus vestiduras. Próximamente tendría que decidir qué hacer con su vida.

»Yo anhelaba ser tan feliz como ella, pero no tenía a nadie a quien sonreírle de esa manera... salvo a mi madre.

»Después de aquello, dio inicio el ritual de la cosecha. Como de costumbre, observé a la noble encargada de inaugurar la ceremonia de fertilidad para la siembra, así como la sagrada unión al Vacío con la diosa.

»Se trataba de una mujer muy parecida a la joven de la fuente, aunque de mayor edad; su cabello rubio y sus hermosos ojos verdes eran un reflejo exacto de los de la chica, aunque más alta.

»Cuando inició el canto, su vestidura blanca y ceñida, resaltada por el sol de esa tarde, proyectaba una madurez y una elegancia digna de una ascendida. Sin embargo, el problema fue que...

—¿Te refieres al Día del Sangrado? —interrumpió Sainti.

Todos se quedaron estupefactos.

Grechel se tapó la boca con las manos, en una expresión sombría, y mencionó:

—El Día del Sangrado fue el momento en que el ritual se convirtió en una tragedia.

»Hoy en día vivimos con los resultados de la hambruna brutal que azotó a nuestra región durante estos años. Nadie lo ha olvidado.

En ese instante, todos guardaron un momento de silencio para orar por lo sucedido.

Sainti habló, rompiendo el pesado silencio tras la oración:

—Aquel día, como la infección no había sido erradicada por completo, los plebeyos no podían regresar a sus hogares en el séptimo piso y la gente ya se había rebelado en protestas. Incluso varios nobles se oponían a celebrar el ritual sin las preparaciones adecuadas o sin que el ejército regresara del norte a custodiar el área.

»Aun así...

Incapaz de articular una palabra más, se interrumpió.

Grechel mudó el semblante, bajó la mirada y, a punto de romperse en llanto, intervino:

—Esa pobre mujer no merecía semejante destino. Poseía un canto hermoso y un resplandor único que se matizaba de mil formas distintas. Estoy segura de que ella misma prolongó la ceremonia porque anhelaba llenar de esperanza a los presentes. Qué gran lástima que las revueltas estallaran en ese preciso instante... aunque, en el fondo, nadie podía prever la tragedia que estaba por suceder.

Mariam decidió entonces tomar la palabra y continuar:

—Supongo que esa mujer sabía que, si lograba mantener su resplandor, demostraría que, a pesar de todo, cualquiera podía brillar. Su canto no solo la iluminaba a ella; hacía retumbar el corazón de los nobles, los elevaba unos centímetros y los hacía relucir.

»Fue entonces cuando los plebeyos, furiosos por no poder regresar a sus hogares, comenzaron a arrojarles piedras en señal de protesta. Hirieron a varios nobles y a algunos elegidos destinados a las granjas; pero a aquella pobre mujer una sola piedra le impactó directamente en la frente, haciéndola sangrar...

—Sí —intervino Zafiro—. Una joven se le acercó; debía de ser su hija, pues el parecido era asombroso. Le habló desesperadamente para que detuviera la melodía. Pero ella poseía un temperamento inquebrantable.

»Mientras los nobles y jerarcas intentaban sofocar la revuelta, la mujer amonestó a la joven, obligándola a retirarse a unos pasos. A pesar del dolor y la sangre, continuó cantando, elevando a los espíritus puros que la rodeaban.

»Y entonces, cuando ella brillaba en un intenso azul cobalto, no se desvaneció...

»En su lugar, explotó violentamente, esparciendo su sangre por toda la plaza.

—No fue la única... —añadió Mariam con voz apesadumbrada—. Muchos nobles y elegidos que se elevaron con su canto no dejaron tras de sí el rastro de polvo cobalto de las épocas antiguas para dar inicio al ritual. Solo quedó sangre salpicada en cada rincón, y fue precisamente el horror de esa escena lo que disipó la insurrección.

»Pobre muchacha... debió de ser un infierno quedar bañada en la sangre de su propia madre.

—Mientras huía, la vi de rodillas, llorando en soledad sin nadie que la consolara —recordó Zafiro con profunda tristeza—. En ese preciso instante rechacé en lo más hondo de mi ser la idea de volverme noble. Sentí que la diosa Aeris y su Vacío nos habían castigado a todos por la furia de los plebeyos, así que no me consideraba digna de nuevo, no después de que mi gente nos hiciera llegar a estas consecuencias.

»Después de aquello, la hambruna cayó sobre nosotros. Sé que la caravana partió hacia las granjas humanas y que, tras el viaje, todos los elegidos regresaron: ninguno había sido ascendido.

»En aquel entonces, la diosa Aeris nos castigó con un abrumador vacío en el estómago. Por lo general, cuando la caravana parte, solo el ejército regresa en un primer momento; luego vuelven a marchar y retornan con la cosecha que alimenta a la ciudad fortaleza durante el resto del año.

»Sin embargo, en aquella ocasión oí que cada uno de los elegidos volvió en la carroza. Ninguno logró ascender...

—Sí —intervino Sainti—, y eso no fue todo. Nuestra ciudad tuvo que pedir recursos a las poblaciones vecinas. Y las reservas de alimentos comenzaron a escasear rápidamente.

»Para el año siguiente, casi ningún noble quiso ascender al Vacío. La iglesia no forzó a nadie y, conforme el hambre aplastaba a la población, las revueltas terminaron por apagarse.

—Fue una época profundamente triste —suspiró Mariam, mientras observaba cómo Grechel y los demás continuaban en oración, implorando para que la diosa Aeris acogiera finalmente todas aquellas almas en su Vacío.

Los tres jóvenes se sumieron en el silencio. Ninguno se sentía digno de unirse a la plegaria, por lo que se limitaron a contemplar la escena, aguardando pacientemente a que concluyeran las oraciones.

—Todo eso pasó por faltarle al respeto al brazo ejecutor de Aeris.

Todos fijaron la mirada en la espalda de aquel hombre, quien continuaba el relevo, esparciendo el polvo de cobalto.

—¿Cuál?

—¿Han visto el enorme vitral de la catedral?

Lo pensaron un momento hasta que alguien confirmó.

—Ah, claro... la torre blanca.

—Así es. Las pinturas, los murales, incluso el hermoso vitral de nuestra diosa Aeris con su brazo ejecutor, la torre, están hechos con su misma sangre: este cobalto sagrado que nos conecta a todos. Ese día no solo apedrearon a la mujer y a los nobles; apedrearon la catedral. Dañar el vitral en sí fue la ofensa que logró hacer que la diosa nos abandonara. Todo por esos estúpidos e insensatos plebeyos.

El silencio se mantuvo dentro del carruaje entre las cavilaciones de los elegidos, acompañado únicamente por el sonido de las ruedas al avanzar.

Entonces Grechel prosiguió con el relato:

—En los años venideros... la hambruna lo diezmó todo: las revueltas, las fuerzas, todo. Los jerarcas, amparados en su segunda inmortalidad, no padecieron sufrimiento alguno; pero nobles y plebeyos por igual perdieron hasta las ganas de luchar, por lo que comenzaron a respetar con mayor devoción los rituales de cosecha.

»Desafortunadamente, los años posteriores fueron aún peores: incluso aquellos nobles capaces de desplegar un brillo excepcional terminaron por perderlo.

—Así es —asintió Mariam—. Hasta los niños dejaron de flotar y de resplandecer con los cantos. Apenas hace dos años el ritual comenzó a recuperarse, y fue un proceso sumamente difícil porque casi nadie quería unirse.

»Pero ahora, mírenos: sin importar nuestro origen, estamos aquí reunidos para poner fin a ese cruel ciclo.

Zafiro tomó la palabra y comentó con voz apesadumbrada:

—Por esa razón acepté este año... Muchos de mis hermanos menores murieron en los tiempos posteriores.

En ese momento, una de las mujeres del grupo rompió a llorar desconsoladamente:

—Mi madre está muy enferma y yo...

Los demás la estrecharon entre sus brazos, conteniéndola para calmar su llanto.

—Yo lo presencié todo —prosiguió ella entre sollozos—. En nuestro piso hubo plebeyos que afirmaban haber robado el maná de los jerarcas, pero, al consumirlo, se transformaron en demonios deformes. Mis hermanos pequeños sucumbieron a esa maldición y terminaron del mismo modo... El ejército los eliminó junto al resto; no había forma de salvarlos.

»Pasé tanto tiempo sumida en la tristeza —confesó, buscando abrazar al círculo de personas que la sostenían— hasta que entendí por qué mis plegarias nunca alcanzaban el Vacío de la diosa: ella me estaba vaciando para que pudiera llenarme del calor de todos ustedes.

Zafiro guardó silencio mientras observaba.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse para ella.

Recordó a la mujer que había iniciado la peregrinación con su canto: su piel oscura como la noche y sus ojos tan azules como el cobalto.

En sus recuerdos, aquella mujer se acercaba a ella para entregarle una ración de pan.

—Deberías unirte a la nobleza.

Zafiro observó a su alrededor.

El piso siete estaba lleno de dolor, sufrimiento y pesares.

—¿Cómo podría salvarlos?

Entonces recordó aquella otra frase que, mucho tiempo atrás, había logrado devolverle la esperanza:

—Es por eso que la diosa llena todo de Vacío, para que podamos elegir salvarlos.

Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Zafiro, iluminando su semblante.

Finalmente, asintió.

—Por eso me uní a la nobleza hace poco —concluyó Zafiro, observando a cada uno de los presentes—. Recuerdo las palabras de aquella noble de piel oscura: «Porque cuantos más seamos, mayor será la probabilidad de que nadie vuelva a morir ni a padecer hambre».

Tras un instante de silencio, le devolvieron sonrisas tenues que se ampliaban llenas de fe en respuesta a sus palabras, mientras extendían los brazos hacia ella.

les dejo canciones y videos que cree en base a la misma tal ves encuentren detalles que les llamen la atención gracias por leer y comentar, lamento que solo shambala tenga actualizaciones pero el mundo de las doce lunas es muy denso demasiado, y es un poquito mas difícil editarlo para que sea plausible para la mayoría sin más espero que les gusten los videos.

Thoughts

  • correosinleer

    Cuando nadie ascendió regresaron todos y no hubo cosecha. Esa cuenta la iglesia no la canta.

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  • TerminosClaros

    La palabra que sostiene el capítulo es Vacío: la diosa que llena y también el hambre que mandó ella. Así la doctrina no se puede refutar, comas polvo o no haya comida, siempre es ella. Lo de Mariam, que cada uno lo interpreta según lo que vivió, es lo más honesto del carruaje.

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La peregrinación de la ciudad fortaleza de la Divina Gracia empezó, como siempre, con un canto en la plaza central, frente al gran vitral de la catedral.

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