La situación del protagonista está loca: si aparece la mete en peligro, si no aparece la deja sola. No hay opción correcta. Me quedó dando vueltas en la cabeza. Mae, qué peso para una persona.
Capítulo 16: compañeros (3)
Pensamiento
La situación del protagonista está loca: si aparece la mete en peligro, si no aparece la deja sola. No hay opción correcta. Me quedó dando vueltas en la cabeza. Mae, qué peso para una persona.
Contenido de la publicación
Cuando nos sirven la comida, la mesa queda completamente cubierta de arroz, carne, verduras y sopa caliente.
Platos cuyos aromas creía haber olvidado hacía siglos.
Me quedo observándolos mientras Kwon empieza a comer con voracidad, como si temiera que alguien fuera a quitarle la comida.
Durante mis últimos años en la Torre, mi alimentación se reducía casi siempre a granos secos o carne de monstruo. Esta última debía atravesar un largo proceso de desintoxicación antes de que fuera posible consumirla y, aun así, siempre quedaban toxinas entre las fibras que terminaban enfermando el cuerpo.
Con el tiempo, incluso dejamos de preocuparnos por eso. Cocinábamos la carne sobre el fuego y la comíamos tal como estaba.
Dolor de estómago, fiebre, vómitos...
Nada importaba mientras pudiéramos continuar luchando.
Tomo los palillos y contemplo un trozo de carne.
—Ah...
Suspiro.
—Tardé cuarenta años en acostumbrarme a aquella comida.
Kwon deja de masticar y me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué decís, señor?
En ese instante, una ligera presión rodea mi cuerpo y el aire se vuelve más pesado. No llega a detener el tiempo, pero es suficiente para advertirme.
Otra vez.
He hablado de más.
—Nada —respondo con naturalidad.
La presión desaparece.
Llevo el trozo de carne a mi boca.
Está blando y jugoso. No sabe a sangre rancia, veneno ni ceniza.
Por un momento cierro los ojos.
La comida normal es mejor de lo que recordaba.
—Antes de seguir entrenándote, necesitás entender cómo funcionan el sistema y la Torre —digo—. Al menos, lo que puedo contarte a partir del primer piso.
Kwon traga lo que tiene en la boca.
—Pensé que solo ibas a enseñarme a pelear.
—Aprender a pelear sin comprender las reglas es una forma rápida de morir.
—Entrenar con vos también parece una forma rápida de morir.
Ignoro el comentario y apoyo los palillos sobre la mesa.
—Cuando despertás, aparece un panel con información básica: nombre, nivel, estadísticas, habilidades y títulos.
—¿Todos reciben lo mismo?
—La estructura es similar. El contenido depende de cada persona.
—¿Y las estadísticas?
—Son una representación aproximada de las capacidades de tu cuerpo.
Levanto una mano.
—La Fuerza no indica únicamente cuánto peso podés levantar. También influye en la potencia muscular, los impactos y la presión que sos capaz de ejercer.
Muevo los dedos.
—La Destreza modifica la coordinación, los reflejos, el equilibrio, la percepción, las articulaciones y el control corporal.
Kwon mira su propia mano.
—¿Y la Resistencia?
—Respiración, recuperación, tolerancia al dolor y capacidad para seguir luchando. Con valores suficientemente altos, también mejora la regeneración.
—¿Magia?
—La capacidad de almacenar, controlar y utilizar energía sobrenatural.
—¿Y Suerte?
Reflexiono un instante.
—Es la estadística más difícil de medir.
—Entonces no sabés.
—Sé que altera probabilidades.
—Eso sigue sonando a que no sabés.
Lo miro en silencio.
Kwon baja la cabeza y vuelve a comer.
—Continúe, señor.
Al menos aprende rápido.
—Las estadísticas no lo son todo —prosigo—. Una persona con veinte puntos de Fuerza puede perder contra alguien con diez si no sabe utilizar su cuerpo.
—Como yo contra vos.
—Vos perderías aunque tuvieras treinta.
Kwon aprieta los palillos.
—Solo estaba dando un ejemplo.
—Era un mal ejemplo.
Bebo un poco de sopa antes de continuar.
—También existen habilidades. Algunas aparecen durante el despertar; otras se adquieren al realizar determinadas acciones o cumplir condiciones ocultas.
—¿Como cuáles?
—Matar a muchos enemigos en soledad, liderar soldados, descubrir una ruta secreta o sobrevivir a algo que debería matarte.
Kwon deja de comer durante un segundo.
—¿Y vos conseguiste alguna?
—Sí.
—¿Cuáles?
—No necesitás saberlo todavía.
—Entonces, ¿para qué me explicás todo esto?
—Para que entiendas que el sistema observa cómo actuás.
Señalo sus manos con los palillos.
—Cómo peleás, a quién protegés, a quién abandonás y qué decisión tomás cuando no existe una opción correcta.
Kwon pierde parte de su expresión burlona.
—¿La Torre también observa eso?
—La Torre y el sistema podrían ser lo mismo.
—¿Podrían?
—No tengo pruebas suficientes.
En realidad, ni siquiera después de tantos años conseguí comprenderlos por completo.
El sistema guiaba, recompensaba y castigaba, pero jamás explicaba su verdadero propósito.
Y ahora hay algo que además me impide hablar con libertad sobre el futuro.
—¿Qué ocurrió cuando entraste al primer piso? —pregunta Kwon.
—Mi conciencia fue trasladada al cuerpo de otra persona.
Sus ojos se abren.
—¿Poseíste a alguien?
—No sé si era una persona real o una existencia creada por la Torre. Dentro del piso, yo era el general Dionis.
—¿Y tu cuerpo quedó acá?
—Supongo.
—¿Suponés?
—Cuando regresé, seguía entero.
Kwon se inclina sobre la mesa.
—¿Sentías dolor dentro de ese cuerpo?
—Sí.
—¿Y si morías?
—Probablemente habría muerto de verdad.
Deja los palillos sobre el plato.
—¿Probablemente?
—No tuve intención de comprobarlo.
—Por primera vez decís algo razonable.
—Vi morir personas dentro del piso.
—¿Eran reales?
Las imágenes de Enrique y Horacio atraviesan mi memoria, junto con las de los veintiocho caballeros que no regresaron.
—Su miedo era real. Su dolor también.
Eso es suficiente para mí.
Kwon guarda silencio.
—El primer piso fue una guerra —continúo—. Teníamos que defender una ciudad contra miles de goblins y hobgoblins.
—¿Cuántos jugadores entraron?
—Solo yo.
Kwon casi se atraganta.
—¿Superaste una guerra vos solo?
—Tenía soldados.
—Pero dijiste que eran miles.
—Lo eran.
—¿Y ganaste?
—Estoy sentado frente a vos.
Me contempla durante unos segundos y después deja escapar una risa seca.
—Ahora entiendo por qué el gobierno te dio cincuenta millones.
—La cantidad sigue sin parecerme tan impresionante.
—No vuelvas a decir eso en público.
Retoma la comida, esta vez con más lentitud.
—Cuando se abra el segundo piso, ¿también vamos a entrar en otros cuerpos?
—No necesariamente.
—¿Cada piso tiene reglas diferentes?
—Exactamente.
—Eso suena injusto.
—La Torre es justa y cruel.
Kwon levanta una ceja.
—Eso se contradice.
—Es justa porque toda prueba puede superarse y cada hazaña recibe una recompensa equivalente.
Hago una pausa.
—Es cruel porque nunca te dice qué precio tendrás que pagar para conseguirla.
Su expresión se vuelve más seria.
—¿Y por qué querés que te acompañe?
Miro el cuchillo de cocina oculto bajo su chaqueta.
—Porque tenés buenos instintos y, en lugar de matar al despertado del incendio, elegiste cortarle los tendones.
—¿Eso fue algo bueno?
—Fue una decisión.
Lo miro directamente.
—Quiero descubrir qué clase de decisiones tomás cuando un enemigo no te da tiempo para pensar.
Kwon se queda quieto.
—¿Y si no te gustan?
—Entonces no entrarás conmigo al segundo piso.
—¿Y si entro de todas formas?
—La Torre probablemente te mate.
—Qué alentador.
Durante varios minutos ninguno habla. Yo pruebo cada plato con lentitud; Kwon devora todo lo que encuentra a su alcance.
Finalmente, levanta la mirada.
—Cheonro.
—¿Qué?
—¿Qué tan fuerte tengo que volverme para sobrevivir?
Pienso en las pruebas futuras, en las criaturas que destrozaban grupos enteros, en el cielo rojo y en los amigos que tuve que enterrar.
—Lo suficiente para no depender de que yo te salve.
Kwon asiente lentamente.
Es la primera vez que no responde con una broma.
Cuando terminamos de comer, él regresa al departamento y yo compro una pequeña bolsa de dulces antes de dirigirme al orfanato.
Subo a la azotea de un edificio y tardo unos quince minutos en llegar. Aterrizo frente a la entrada con la menor fuerza posible para no dañar el suelo y golpeo dos veces.
Durante unos segundos no escucho nada. Después, unos pasos pequeños corren por el interior.
—¡Mamá! ¡Está el mismo señor del otro día! —grita un niño.
Me quedo quieto.
¿Mamá?
No recordaba que los niños llamaran así a Seolhwa.
Poco después, la puerta se abre y un niño de unos ocho años asoma la cabeza. Tiene el cabello desordenado y sostiene un muñeco de madera entre las manos.
Me observa de arriba abajo.
—¿Viniste a buscar a Eunji?
—Vine a verla.
El niño entrecierra los ojos.
—Eso dicen todos los adultos cuando quieren llevarse a alguien.
—No pienso llevármela.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Antes de que pueda responder, una mano aparece detrás de él y lo aparta con suavidad.
—Minjun, te dije que no abrieras sin preguntar quién era.
Seolhwa aparece frente a mí. Lleva el cabello recogido y un delantal viejo. Tiene harina en una mejilla y sostiene una cuchara de madera como si fuera un arma.
—Pero ya lo conocíamos —protesta el niño.
—Lo viste una sola vez.
—Eso cuenta como conocerlo.
Seolhwa suspira.
—Volvé a la cocina antes de que quemes algo.
—No fui yo quien dejó la olla en el fuego.
—Minjun.
—Ya voy...
El niño corre hacia el interior.
Seolhwa vuelve a mirarme.
—Señor Kim.
—Cheonro está bien.
—Entonces, Cheonro. Pase.
Entramos.
La casa está mucho más ruidosa que el día anterior. Varios niños corren por el pasillo, otros dibujan sentados en el suelo y desde la cocina llega olor a comida, acompañado por una discusión sobre una cuchara.
Seolhwa cierra la puerta detrás de mí.
—El gobierno envió alimentos esta mañana —dice—. También llegaron medicinas, ropa y dinero. Afirmaron que fue por petición suya.
—Así fue.
—No tenía que hacer tanto.
—Sí tenía.
Seolhwa permanece callada. No parece acostumbrada a recibir ayuda sin condiciones.
—¿Dónde está Eunji?
Su expresión cambia ligeramente.
—En el patio.
La sigo por el pasillo hasta una puerta trasera.
Afuera hay un jardín pequeño rodeado por paredes de ladrillo. Algunos juguetes viejos están esparcidos sobre el pasto y una cuerda con ropa infantil cruza de un lado al otro.
Eunji está sentada debajo de un árbol con una manta sobre las piernas, observando a dos niños que juegan con una pelota.
No participa.
Solo los mira.
Me detengo en la puerta.
Seolhwa habla en voz baja.
—Todavía casi no habla. Comió un poco y durmió varias horas. No quiso separarse de la ropa con la que llegó, así que tuve que esperar a que se durmiera para lavarla.
Observo a la niña. Parece más limpia y descansada, pero sus ojos continúan apagados.
—¿Preguntó por sus padres?
—Una vez.
—¿Qué le dijo?
—La verdad.
Asiento.
Seolhwa me mira de reojo.
—También preguntó si usted iba a volver.
—Le prometí que lo haría.
—Y volvió.
Su tono no expresa sorpresa. Parece estar evaluándome.
—No suelo romper promesas.
No añado que rompí demasiadas en mi vida anterior.
Eunji gira la cabeza y nuestras miradas se encuentran. Durante unos segundos no reacciona. Después se levanta con cuidado y camina lentamente hacia mí debido al vendaje de su pierna.
No dice nada.
Solo se acerca y sujeta una parte de mi ropa.
Igual que antes.
Me agacho para quedar a su altura.
—¿Cómo estás?
Eunji baja la mirada.
—Bien...
Es la primera palabra que le escucho desde que salimos de la fábrica. Su voz es tan baja que casi se pierde entre los gritos de los otros niños.
—Eso es bueno.
No sé qué más decir.
Enfrentar a miles de goblins fue más sencillo que mantener una conversación con una niña tan pequeña.
Introduzco una mano en el inventario. Seolhwa se tensa al ver la ondulación oscura, pero solo saco la bolsa de papel que compré después del almuerzo.
Se la entrego a Eunji.
—Esto es para vos.
Ella mira la bolsa y después me mira a mí.
—¿Qué es?
—No estoy seguro.
Seolhwa parpadea.
—¿Le compró algo sin saber qué era?
—El vendedor dijo que les gustaba a los niños.
Eunji abre la bolsa con cuidado. Dentro hay caramelos de distintos colores.
Toma uno.
—Dulces...
—Entonces el vendedor no mintió.
Por primera vez, creo ver una reacción en su rostro. No llega a ser una sonrisa, pero se acerca.
Uno de los niños del patio corre hacia nosotros.
—¿Te dieron caramelos?
Eunji aprieta la bolsa contra su pecho.
El niño se detiene.
—No te los voy a sacar. Solo preguntaba.
Mira hacia otro lado.
Eunji duda. Después toma un caramelo y se lo ofrece.
El niño lo acepta con una sonrisa.
—Gracias. Yo soy Jisoo.
Ella no responde, pero tampoco se aleja.
Seolhwa observa la escena desde la puerta.
—Se está adaptando mejor de lo que esperaba.
—Es fuerte.
—Los niños no deberían necesitar ser fuertes.
La miro.
En mi primera vida, Seolhwa dijo algo parecido muchos años después, bajo un cielo rojo y con una espada cubierta de sangre.
—No —respondo—. No deberían.
Eunji vuelve a sujetar mi pantalón.
—¿Te vas?
—Tengo algunas cosas que hacer.
Sus dedos se cierran con más fuerza.
—Pero voy a volver.
—¿Cuándo?
La pregunta me toma desprevenido.
Los niños recuerdan esa clase de promesas.
Las palabras de Seolhwa regresan a mi mente.
—Mañana.
Seolhwa levanta una ceja.
—¿Está seguro?
—Sí.
Eunji tarda unos segundos en soltarme.
—Mañana —repite.
—Mañana.
Me pongo de pie y Seolhwa me acompaña hasta la entrada. Antes de abrir la puerta, habla:
—No sé quién es usted realmente.
Mi mano se detiene sobre el picaporte.
—Soy Kim Cheonro.
—No me refiero a su nombre. Aparece cubierto de sangre con una niña herida; después, el gobierno envía recursos porque usted lo pide. Y ahora saca objetos del aire como si fuera algo normal.
Me mira directamente.
—¿Es el hombre del anuncio mundial?
No tiene sentido negarlo.
—Sí.
Seolhwa deja escapar el aire con lentitud.
—El primer despertado.
—El primer conquistador.
—Eso suena todavía más peligroso.
—Probablemente lo sea.
—¿Eunji corre peligro por conocerlo?
La pregunta es justa.
Pienso en la Torre, en los cultos, en el gobierno y en los enemigos que todavía no saben mi nombre, pero que tarde o temprano lo aprenderán.
—Sí.
Seolhwa aprieta la mandíbula.
—Entonces debería mantenerse lejos de ella.
—También correría peligro aunque nunca me hubiera conocido.
—Eso no mejora las cosas.
—No.
Me giro hacia ella.
—Pero puedo proteger este lugar de amenazas que usted todavía no conoce.
—¿Y quién la protegerá de usted?
No respondo de inmediato.
Esta mujer aún no es la guerrera que recuerdo, pero ya posee la misma firmeza.
—Nadie —digo finalmente—. Por eso tendrá que observarme y decidir si puede confiar en mí.
Seolhwa sostiene mi mirada y después abre la puerta.
—Mañana, entonces.
—Mañana.
Salgo del orfanato. Antes de alejarme, vuelvo la mirada hacia la casa y escucho risas, pasos y niños discutiendo por caramelos.
Un lugar agradable al cual regresar.
Tal vez no sea mi hogar, pero empieza a sentirse como algo que debo proteger.
Ya son cerca de las cuatro de la tarde cuando subo a la azotea del edificio más próximo y comienzo a desplazarme hacia mi antigua casa.
O, mejor dicho, hacia la casa que alguna vez fue mía.
Vuelvo a sentarme en el mismo lugar, oculto detrás del tanque de agua, desde donde puedo observar la entrada sin que me vean con facilidad.
Y espero.
No tengo una razón concreta para estar allí. Ya comprobé que la casa continúa en pie y también vi a mi hija entrar.
Aun así, no puedo alejarme.
Después de pasar tanto tiempo creyéndola muerta, verla caminar bajo el mismo cielo que yo basta para mantenerme sentado durante horas.
El tiempo transcurre lentamente. Algunas personas regresan de sus trabajos, varios niños corren por la calle y las luces empiezan a encenderse detrás de las ventanas.
Entonces la puerta de la casa se abre.
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
Ella sale.
Mi hija.
Lleva ropa sencilla y una cartera pequeña colgada del hombro. Se detiene frente a la entrada para acomodarse el cabello y después empieza a caminar por la vereda.
No parece apurada. Solo se dirige a algún lugar.
Sé que, si alguien me descubre, probablemente pensará que soy un acosador.
Y quizá no estaría del todo equivocado.
Pero aun así me levanto y la sigo.
Me mantengo sobre los edificios, avanzando de una azotea a otra mientras ella camina entre las personas. A veces desaparece detrás de un colectivo o bajo los árboles de la calle, y cada vez que ocurre siento que algo dentro de mi pecho se cierra.
Entonces vuelvo a verla.
Y puedo respirar otra vez.
Qué absurdo.
He enfrentado ejércitos enteros sin sentir miedo. Sin embargo, perderla de vista durante unos segundos basta para inquietarme.
Llega hasta una avenida y se detiene frente a un semáforo. Mientras espera, ayuda a una anciana a recoger una bolsa que se le ha caído.
La mujer le agradece.
Mi hija sonríe.
Me quedo inmóvil.
Recuerdo esa sonrisa. Aunque hayan pasado más de mil años, la recuerdo con absoluta claridad.
Es la misma que me mostraba cuando era pequeña y corría a recibirme cada vez que yo regresaba a casa. La misma que desapareció poco a poco cuando el cielo se volvió rojo.
Bajo la mirada hacia mis manos.
Durante mucho tiempo pensé que acabaría olvidando su rostro, que los años terminarían por borrarlo.
Pero allí está.
Exactamente como lo recuerdo.
El semáforo cambia y ella cruza.
Continúo siguiéndola hasta que entra en una tienda. Desde el borde de un edificio, observo a través de la ventana cómo compra alimentos, medicamentos y una torta pequeña envuelta en una caja blanca.
¿Un cumpleaños?
Intento recordar la fecha.
No puedo.
Hay demasiados años acumulados en mi memoria, demasiados nombres y demasiadas muertes.
Pero debería recordar algo tan sencillo como el cumpleaños de mi propia hija.
Aprieto los puños.
Ella sale de la tienda y toma una calle más tranquila. La sigo desde arriba hasta que se detiene frente a un edificio pequeño y consulta su teléfono.
Unos minutos después, un joven sale a recibirla.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y me inclino hacia delante.
¿Quién es?
El muchacho la saluda con naturalidad y toma una de las bolsas que lleva. Ella vuelve a sonreír.
Siento una molestia difícil de describir.
No es peligro ni hostilidad.
Es algo mucho más absurdo.
—¿Quién es ese...? —murmuro.
Los observo entrar juntos al edificio.
Durante un momento considero acercarme, solo para comprobar que no sea alguien peligroso.
Naturalmente.
No tengo ninguna otra intención.
Doy un paso hacia el borde, pero me detengo.
¿Qué voy a hacer?
¿Entrar por una ventana? ¿Interrogar al hombre? ¿Presentarme como el padre que ella todavía no sabe que tiene?
Retrocedo.
No puedo aparecer frente a ella de esa manera. Ni siquiera sé qué ocurrió con mi versión de esta época.
Quizá siga vivo.
Quizá la haya abandonado.
Quizá haya muerto.
Hasta comprenderlo, no tengo derecho a irrumpir en su vida.
Me siento nuevamente sobre el borde del edificio.
Esperaré unos minutos.
Solo para asegurarme de que está bien.
Pasa una hora.
Después otra.
Cuando finalmente vuelve a salir, ya está oscureciendo. El joven la acompaña hasta la vereda y ella se despide con una ligera inclinación antes de emprender el camino de regreso.
No está herida ni parece asustada.
Está bien.
Eso debe bastar.
La sigo hasta su casa, conservando la misma distancia. Al llegar, abre la puerta, pero antes de entrar se detiene y gira la cabeza.
Mira hacia los edificios.
Directamente hacia donde estoy.
Me oculto detrás de la pared.
Mi corazón golpea con fuerza.
Permanezco inmóvil durante varios segundos. Cuando vuelvo a asomarme, la puerta ya se ha cerrado.
Dejo escapar el aire lentamente.
—Incluso ahora seguís teniendo buenos instintos...
Una sonrisa aparece en mi rostro.
No puedo hablarle todavía.
Pero está viva.
Por ahora, eso debe bastar.
Me obligo a apartarme de aquella ventana y emprendo el regreso al departamento. Kwon todavía tiene toda una noche de entrenamiento por delante.
Thoughts
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PermalinkEntonces sigue a su hija durante dos horas de noche completa. Amigo, eso no es cuidar, eso es acoso de novio en la película mala 💀 pero bueno, la quiere.
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Permalink¿Por qué no le cuenta a su hija que la ama? Treinta años leyendo historias de familias, y eso es lo que se me hace más difícil de entender.
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PermalinkLa parte con Eunji en el orfanato. Un conquistador de torres que se desarma completamente por una niña pequeña. Eso es lo importante.
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PermalinkLa situación del protagonista está loca: si aparece la mete en peligro, si no aparece la deja sola. No hay opción correcta. Me quedó dando vueltas en la cabeza. Mae, qué peso para una persona.
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PermalinkCuando Minjun dice 'Eso dicen todos los adultos cuando quieren llevarse a alguien' y corta todo. Un niño de ocho sabiendo demasiado. Eso me sacó.
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PermalinkLa forma en que sigue a su hija sin revelarse... ¿cuánto tiempo piensa hacer esto? Hay un punto donde cuidar se vuelve otra cosa, ¿vos cómo lo ves?
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PermalinkLa forma en que habla de Eunji es lo opuesto a cómo se comporta. Todo duro afuera, pero adentro... algo raro leyendo eso.
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PermalinkKwon preguntándole si está seguro de no saber qué es la suerte, y él callado. Es lo más real de todo el capítulo.
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