Capaz me equivoco, pero algo no cierra. Este tipo dice que necesita gente de confianza pero él no confía en nadie. O capaz que solo está siendo práctico y yo estoy viendo cosas.
Capítulo 15: compañeros (2)
Pensamiento
Capaz me equivoco, pero algo no cierra. Este tipo dice que necesita gente de confianza pero él no confía en nadie. O capaz que solo está siendo práctico y yo estoy viendo cosas.
Contenido de la publicación
—Entonces... —dice Kwon en voz baja.
—¿Sí?
—¿Esta es una oferta para convertirme en tu subordinado?
Levanto la mirada hacia el cielo y lo pienso durante unos segundos.
—Algo así.
Kwon permanece en silencio durante un rato.
—Acepto —responde finalmente—. Pero no esperes demasiada educación de mi parte. Crecí en barrios bajos.
—No busco educación.
Lo miro directamente a los ojos.
—Busco habilidad y alguien en quien pueda confiar. ¿Sos de confianza?
Lo veo tragar saliva.
—Hombre... apenas te conozco.
Desvía la mirada por un instante.
—¿Puedo responderte más adelante?
Lo observo con sorpresa.
Después no puedo contenerme.
—¡Ja, ja, ja, ja!
Kwon frunce el ceño, sin comprender qué me causa tanta gracia.
Vaya.
Mirá a quién tenemos acá.
Alguien honesto.
La mayoría habría respondido que sí sin pensarlo, únicamente para obtener mi aprobación. Habrían jurado lealtad eterna y prometido que jamás me traicionarían.
Todo eso sin conocerme.
Pero Kwon no confía en mí y tampoco espera que yo confíe en él.
Por ahora, eso vale mucho más que una promesa vacía
—Está bien —digo, todavía sonriendo—. Podés responderme más adelante.
Kwon me mira con cautela.
—¿Eso significa que igual vas a aceptarme?
—Significa que voy a observarte. La confianza no se pide; se demuestra.
Me pongo de pie y le extiendo la mano.
Kwon contempla mi palma durante unos segundos antes de aceptarla. Tiro de él y lo ayudo a levantarse.
Apenas consigue mantenerse erguido. Las piernas le tiemblan y todavía tiene el rostro hinchado por los golpes.
—Primera lección —digo.
—¿Ya empezamos?
—Nunca insultes a alguien antes de saber si podés derrotarlo.
Kwon me mira con odio.
—Eso no es una lección. Es una amenaza.
—Aprendés rápido.
Por primera vez, una leve sonrisa aparece en su rostro. No es amistosa, pero tampoco parece completamente hostil.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Empiezo a caminar hacia la salida del callejón.
—Primero vamos a conseguirte un arma que no pertenezca a una cocina.
Kwon mira el cuchillo que todavía sostiene.
—No lo subestimes. Ya hizo bastante trabajo.
—Ese es precisamente el problema
Guarda el arma bajo la chaqueta y comienza a seguirme.
—¿Y después?
Pienso en el próximo piso, en los despertados que aparecieron antes de tiempo y en el cronograma que continúa acelerándose.
—Después voy a averiguar si el Demonio Despiadado era realmente tan talentoso como lo recuerdo.
—¿Qué demonio?
Sigo caminando.
—Nada que necesites saber todavía.
Kwon suspira detrás de mí.
—Sos bastante raro.
—Y vos hablás demasiado.
—Pensé que eso ya lo habías corregido a golpes.
—Parece que voy a necesitar una segunda sesión.
Kwon guarda silencio de inmediato.
Mientras avanzamos, el nuevo teléfono vibra dentro de mi bolsillo. Me detengo y observo la pantalla.
Un número desconocido.
Todavía no me acostumbro a estos aparatos.
Acepto la llamada.
—¿Sí?
—Señor Kim Cheonro —responde la voz del secretario—. Ya está todo preparado.
Kwon me mira de reojo.
—Puede dirigirse al número cuarenta y dos de Seongsu-ro, en el distrito de Seongdong. Un funcionario lo esperará en la entrada para entregarle las llaves de su nueva residencia.
—Entendido.
—Los documentos de identidad, el dinero y el resto de lo acordado también se encontrarán allí.
—Gracias.
Corto la llamada
Kwon me observa con curiosidad
—¿Quién era?
—El secretario del presidente.
Se queda quieto durante un segundo.
—¿El secretario de qué presidente?
—Del país.
Su expresión cambia lentamente.
—¿Acabás de hablar con alguien de la oficina presidencial
—Sí.
—¿Y por qué demonios te está regalando una casa?
—No es un regalo. Forma parte de un acuerdo.
Guardo el teléfono
Kwon parece querer hacer más preguntas, pero recuerda el estado de su rostro y decide permanecer callado.
Buena decisión.
—Acompañame.
—¿Tengo opción?
Lo miro
—No.
—Eso suponía
Quince minutos después llegamos a la dirección indicada.
El edificio se encuentra en una zona residencial relativamente tranquila. Tiene unos diez pisos, paredes claras y ventanales amplios. No parece lujoso, pero está en mejores condiciones que la mayoría de los lugares que vi durante el día.
En la entrada nos espera un hombre vestido con un traje oscuro.
Al verme, endereza la postura.
—Bienvenido, señor Kim Cheonro. Mi nombre es Choi Minsuk. Me encargaré de mostrarle su nueva residencia y entregarle lo solicitado por la oficina presidencial.
—Gracias. Guíeme, por favor.
El hombre dirige una mirada breve hacia Kwon. Su ojo hinchado, el labio partido y las manchas de sangre seca no causan una buena primera impresión.
—¿El joven lo acompaña?
—Sí.
—Entiendo.
No pregunta nada más y nos conduce al interior.
El vestíbulo está vacío. Probablemente la mayoría de los residentes continúa encerrada en sus hogares después de los acontecimientos del día.
Choi presiona un botón y las puertas metálicas del ascensor se abren.
Entro.
Kwon se queda afuera, observando el interior con desconfianza.
—¿Qué hacés?
—Nada.
—Entonces entrá.
—No me gustan estas cajas.
—Es un ascensor
—Sigue siendo una caja que sube.
Lo observo en silencio.
Kwon suspira y finalmente entra.
Durante el ascenso, Choi Minsuk conserva una expresión profesional, aunque de vez en cuando observa la espada que llevo y el rostro golpeado de Kwon.
—El apartamento se encuentra en el octavo piso —explica—. Dispone de tres habitaciones, dos baños, cocina, sala de estar y un espacio pequeño de entrenamiento.
—¿De entrenamiento?
—La oficina consideró que podría necesitarlo. Incluimos equipamiento básico, aunque puede solicitar material adicional.
El presidente había entendido rápido.
Bien.
—También reforzamos las cerraduras y colocamos un sistema privado de seguridad. Solo usted y las personas que autorice podrán acceder.
El ascensor se detiene y Choi nos guía hasta una puerta situada al final del pasillo. Introduce una llave, abre y se aparta.
—Este será su nuevo hogar
Entro lentamente.
La sala es amplia. Hay muebles nuevos, una mesa, un sofá y grandes ventanas desde las que se aprecia una parte considerable de la ciudad.
Todo está demasiado limpio, demasiado ordenado y demasiado silencioso.
No parece un hogar.
Todavía no.
Sobre la mesa principal hay varias carpetas, una tarjeta bancaria, dinero en efectivo y un juego de llaves. Choi señala los documentos.
—Aquí encontrará su nueva identificación, el registro de residencia y la información bancaria de una cuenta creada bajo supervisión gubernamental.
Tomo la primera carpeta.
En el documento aparece el rostro de Kim Cheonro.
Nombre: Kim Cheonro.
Edad: veinte años.
Nacionalidad: surcoreana.
El resto de la información parece haber sido construido para llenar los espacios vacíos de su vida.
O de mi vida.
Todavía no estoy seguro.
—La cuenta dispone de cincuenta millones de wones como fondo inicial —continúa Choi—. Los gastos relacionados con su preparación para la Torre podrán solicitarse por separado, siempre que sean razonables.
Kwon deja escapar un silbido.
—¿Cincuenta millones?
—¿Es mucho? —pregunto.
Los dos me miran.
Kwon es el primero en hablar.
—¿Viviste debajo de una piedra
Pienso en los más de mil años que pasé dentro de la Torre
—Algo parecido.
Choi decide ignorar la conversación.
—También encontrará una línea directa con la oficina presidencial y los datos de contacto del equipo que comenzará a investigar a los despertados.
Asiento.
—¿Y el orfanato?
—La ayuda ya fue autorizada. Mañana recibirán alimentos, medicamentos y fondos de emergencia. Además, se asignará seguridad discreta en los alrededores.
Relajo un poco los hombros
Eunji estará protegida.
Al menos por ahora.
—Buen trabajo
—Es parte del acuerdo, señor Kim.
Choi me entrega las llaves.
—¿Necesita algo más?
Miro a Kwon. Su ropa está quemada, tiene el rostro destrozado y todavía lleva un cuchillo de cocina escondido bajo la chaqueta.
—Ropa para él y más equipo de entrenamiento para dos personas.
Choi anota la solicitud.
—Lo tendremos preparado mañana.
—También armas.
El hombre levanta la mirada.
—¿Qué tipo de armas?
Señalo a Kwon
—Cuchillos.
Kwon sonríe por primera vez desde que entramos.
—Buenos cuchillos.
—Y resistentes —añado—. Va a romper varios durante el entrenamiento.
Su sonrisa desaparece.
—¿Qué clase de entrenamiento pensás hacerme?
Miro el espacio acondicionado al fondo de la vivienda.
—Uno que consiga que sobrevivas al segundo piso.
Choi guarda la libreta.
—Entonces me retiraré.
Se inclina y se dirige hacia la puerta. Antes de salir, se detiene.
—Señor Kim, el presidente solicitó que mantenga el teléfono encendido en todo momento.
—Lo intentaré.
El funcionario parece preocupado por mi respuesta, pero finalmente se marcha.
La puerta se cierra y Kwon y yo quedamos solos.
Durante unos segundos contemplamos el apartamento en silencio.
—Entonces... —dice—. ¿También voy a vivir acá?
—Por ahora.
—¿Y tengo una habitación?
—Cuando demuestres que sos de confianza.
—¿Dónde duermo mientras tanto?
Señalo el sofá.
Kwon mira el mueble y después me mira a mí.
—Sos un jefe bastante miserable.
—Hace una hora intentabas apuñalarme con un cuchillo de cocina.
—Eso ya quedó en el pasado.
—Fue hace una hora
—Soy una persona que sabe avanzar.
Ignoro su comentario y me acerco a la ventana. La ciudad se extiende frente a mí, cubierta de luces.
Por primera vez desde que regresé, tengo documentos, dinero, una vivienda y una línea directa con el gobierno.
También un posible compañero para el siguiente piso.
No es demasiado.
Pero es un comienzo.
—Descansá —le digo a Kwon—. Mañana empezamos.
—¿Empezamos qué?
Giro hacia él.
—A convertirte en alguien útil.
Su expresión se endurece.
—Ya soy útil.
Miro el cuchillo de cocina.
—Mañana veremos si eso es cierto.
***
Cuando despierto a la mañana siguiente, son las seis en punto. La luz del amanecer apenas empieza a filtrarse entre las cortinas.
Kwon continúa durmiendo en el sofá, atravesado entre los almohadones, con una pierna colgando y la manta tirada en el suelo. Parece haber luchado toda la noche contra el mueble y haber perdido miserablemente.
Abro las cortinas de par en par y la luz inunda la habitación.
—Es hora de entrenar —anuncio.
No obtengo respuesta.
Kwon ni siquiera se mueve.
Nunca me he considerado una persona especialmente paciente.
Tomo uno de los palos de madera del espacio de entrenamiento y le doy un golpe en la rodilla.
—¡Aaah! —grita mientras se incorpora de golpe—. ¡¿Quién mierda...?!
Ignoro su reacción.
—Es hora de entrenar —repito con el mismo tono
Kwon levanta la mirada, todavía confundido. Después observa el sofá, el palo en mi mano y, por fin, parece recordar dónde está y con quién aceptó entrenar.
La rabia de su rostro desaparece rápidamente.
—Son las seis de la mañana...
—Lo sé.
—El sol ni siquiera terminó de salir.
—Entonces ya estamos perdiendo tiempo.
Abre la boca, quizá para insultarme, pero debe recordar la conversación de la noche anterior.
No sale ningún sonido.
Buena decisión.
Se levanta con dificultad y se cambia. Las heridas del día anterior todavía le causan dolor; puedo notarlo por la rigidez de sus movimientos y por cómo evita cargar demasiado peso sobre un costado.
—¿No pensás dejar que me recupere? —pregunta mientras se coloca una camiseta limpia.
—Un enemigo no va a esperar a que dejes de sentir dolor.
—Vos no sos mi enemigo.
—Durante el entrenamiento, sí.
Kwon se queda quieto.
—Eso suena bastante preocupante
Dejo el palo sobre mi hombro.
—Tu problema principal no es la velocidad ni la fuerza.
—¿Entonces cuál es?
—Creés que sos más hábil de lo que realmente sos.
Su expresión se endurece.
—Ayer derroté a un despertado con un cuchillo de cocina.
—Derrotaste a un idiota que lanzaba fuego sin saber pelear.
—Sigue siendo una victoria.
—Sobrevivir a una caída desde un primer piso también es una victoria. No significa que estés preparado para saltar desde el décimo.
Kwon termina de ajustar su ropa y me mira con fastidio.
—Está bien. ¿Qué querés que haga?
Señalo el espacio de entrenamiento. Hay armas de madera, pesas, colchonetas y varios muñecos articulados. No es demasiado grande, pero bastará para empezar.
—Atacame.
Kwon mira el palo que sostengo.
—¿Con qué?
Tomo uno de los cuchillos de entrenamiento y se lo arrojo. Lo atrapa por reflejo.
—Con eso.
Observa el filo de madera.
—¿Y vos vas a usar el palo?
—No.
Dejo caer mi arma.
—No voy a usar nada.
Kwon frunce el ceño.
—¿Me estás subestimando
—Sí.
La respuesta parece ofenderlo más que cualquier provocación.
Aprieta el cuchillo.
—Después no te quejes
Adopta una postura baja: pierna derecha atrás, cuerpo ligeramente inclinado y cuchillo oculto junto al antebrazo para dificultar la lectura del ataque.
Para alguien sin entrenamiento formal, sus instintos son excelentes.
Pero todavía son solo instintos.
—Cuando quieras.
Kwon avanza.
Rápido para una persona común.
Lento para mí.
Desvía el hombro y dirige el cuchillo hacia mis costillas. No busca herirme de gravedad; pretende obligarme a retroceder y enlazar un segundo ataque.
Doy medio paso hacia un costado. Su arma pasa frente a mi ropa.
Le toco la muñeca con dos dedos.
El cuchillo sale despedido.
Antes de que reaccione, golpeo suavemente la parte posterior de su rodilla y Kwon cae al suelo.
El entrenamiento ha durado menos de dos segundos.
Permanece arrodillado, mirando el cuchillo que aterrizó varios metros más allá
—Otra vez —ordeno.
Kwon aprieta los dientes, recoge el arma y vuelve a colocarse frente a mí.
Esta vez no ataca de inmediato.
Me observa.
Bien.
Al menos es capaz de aprender después de una derrota.
—¿Qué mirás?
—Intento descubrir cómo lo hiciste.
—No vas a verlo si te concentrás en mis manos.
Sus ojos descienden hacia mis pies
Mejor.
—Otra vez.
Ataca.
Vuelve a caer.
—Otra vez.
Cae por tercera vez y después por cuarta.
A la décima, su respiración ya es pesada. A la vigésima, el sudor le cubre el rostro. Para la trigésima, deja de lanzar ataques desesperados y empieza a estudiar la distancia antes de acercarse.
Eso es lo que busco.
No quiero enseñarle técnicas todavía. Primero necesito destruir sus malos hábitos.
—¿Cuánto tiempo vamos a seguir haciendo esto? —pregunta desde el suelo.
—Hasta que consigas tocarme.
Kwon levanta la cabeza.
—¿Y si no lo consigo?
—No desayunás.
Sus ojos se abren.
—Eso es abuso.
—Eso es motivación
Toma nuevamente el cuchillo y esta vez se levanta mucho más rápido.
Así transcurre toda la mañana.
Kwon intenta una y otra vez tocarme, aunque sea rozar un cabello o la tela de mi ropa.
No lo consigue.
Al principio ataca con velocidad. Después utiliza engaños. Más tarde cambia el ritmo, oculta movimientos e intenta aprovechar un cansancio que nunca llega.
Nada funciona.
Cuando empiezo a aburrirme, levanto una mano.
—Es suficiente por hoy.
Kwon permanece inclinado hacia delante, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
—¿Cómo...? —pregunta entre respiraciones agitadas.
Todavía no puede aceptar que, después de pasar toda la mañana atacándome, no haya conseguido tocarme una sola vez.
—Sos demasiado predecible —respondo—. Tenés buenos instintos, pero te falta experiencia real de combate.
Kwon aprieta los dientes.
—Eso es porque sos un despertado...
Niego lentamente.
—Estás equivocado. Incluso sin estadísticas, no podrías derrotarme.
El enojo de sus ojos da paso a la frustración.
Probablemente ha pasado toda su vida convencido de que posee talento. Y lo posee, más que la mayoría.
Pero el talento de un joven no puede compararse con siglos de experiencia acumulada.
—No pongas esa cara —continúo—. Que hoy no puedas tocarme no significa que nunca vayas a conseguirlo.
Kwon levanta la mirada.
—¿Cuánto tardaría?
Lo pienso un momento.
—Si entrenás en serio, varios años.
Su expresión se endurece.
—¿Y el segundo piso no abre dentro de unas semanas?
—Exactamente.
—Entonces estamos bastante jodidos.
—Vos, sobre todo.
Kwon me mira con odio.
—Vamos a comer.
—¿Qué vamos a comer? —pregunta—. Ni siquiera te vi hacer compras.
Me quedo en silencio.
Tiene razón.
No compré comida ni sé qué hay en la cocina. Tampoco recuerdo cómo funcionan la mayoría de los electrodomésticos de esta época.
Entonces recuerdo que en estos años ya existían los restaurantes
Y el servicio de entrega.
—Vamos a comer afuera. ¿Tenés dinero?
Kwon me mira como si hubiera dicho algo absurdo.
—¿Vos me estás preguntando si tengo dinero?
—Sí.
—Ayer estaba peleando con un cuchillo de cocina y escapando de los bomberos
—Eso no responde mi pregunta.
Revisa sus bolsillos y saca unas monedas, un billete arrugado y un recibo viejo.
—Tengo suficiente para una bebida.
Asiento.
—Entonces pagás la bebida.
—¿Y vos?
Saco la tarjeta que me entregó el gobierno
Kwon la contempla en silencio.
—¿Cuánto dinero tenés ahí?
—No lo sé exactamente. El funcionario dijo algo sobre cincuenta millones de wones.
Kwon deja de respirar durante un instante.
—¿Cincuenta millones?
—Eso dijo.
—¿Y me preguntaste si yo tenía dinero?
—Quería saber si podías contribuir.
Se lleva una mano al rostro.
—Sos la persona más extraña que conocí en mi vida.
—Apenas me conocés desde ayer.
—Y ya es suficiente.
Salimos del apartamento.
Muchas tiendas permanecen cerradas. Algunas tienen las ventanas cubiertas con tablas; otras han colocado carteles anunciando que no abrirán hasta nuevo aviso.
La ciudad recupera el orden, pero el miedo sigue presente.
Finalmente encontramos un restaurante pequeño que continúa funcionando. Hay poca gente dentro. Algunos clientes observan las noticias en una televisión colgada de la pared y otros hablan en voz baja sobre los despertados y el anuncio del sistema.
Nos sentamos en una mesa apartada.
Una mujer se acerca y deja dos menús frente a nosotros.
Observo las páginas. Hay fotografías de comida y nombres que apenas recuerdo.
Kwon ya ha elegido.
—Quiero carne, arroz, sopa y todo lo que entre en la mesa.
La mujer lo mira sorprendida.
—¿Todo?
—Entrené toda la mañana por culpa de este monstruo.
Me señala.
La mujer me mira.
—Lo mismo para mí.
Kwon gira rápidamente.
—¿También vas a pedir todo?
—Necesito recuperar energía.
—Pero ni siquiera estás cansado
—Porque sé respirar correctamente.
Kwon aprieta los dientes.
Cuando la mujer se aleja, apoya los brazos sobre la mesa.
—Entonces, ¿qué sigue después de comer?
—Entrenamiento físico.
—¿Lo de esta mañana no era entrenamiento físico?
—Eso era una evaluación.
Su rostro pierde color.
—¿Y qué evaluaste?
—Que estás peor de lo que recordaba.
Kwon frunce el ceño.
—¿Peor de lo que recordabas?
Me quedo inmóvil.
Las palabras salieron con demasiada naturalidad.
Durante un instante, una presión extraña rodea el espacio. No llega a detenerlo, pero basta para advertirme.
La misma fuerza de antes está escuchando.
—Peor de lo que esperaba —corrijo con calma.
La presión desaparece.
Kwon continúa observándome.
—Sos raro incluso cuando mentís.
—Comé cuando llegue la comida.
—Eso no responde nada.
—No tenía intención de responder.
Kwon suspira y se recuesta contra la silla.
Afuera, el cielo continúa azul.
Ahora sé algo más: la fuerza que corrigió el tiempo no solo reacciona ante una confesión directa. Incluso una frase descuidada puede acercarme demasiado al límite.
Tendré que medir mejor mis palabras.
Especialmente frente a alguien tan curioso como Kwon.
Thoughts
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Permalink¿Dónde aprendió a pelear así? No es solo velocidad, es que parece que anticipa exactamente lo que Kwon va a hacer. Se nota a años luz de diferencia.
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PermalinkCapaz me equivoco, pero algo no cierra. Este tipo dice que necesita gente de confianza pero él no confía en nadie. O capaz que solo está siendo práctico y yo estoy viendo cosas.
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PermalinkEso me pasó en el club. Pensás que la sabés y después llega alguien que te muestra que no. Kwon debe estar pasándola mal, pero al menos tiene a alguien que le enseña de verdad.
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PermalinkHay algo que me estresa. El protagonista es claramente superior, pero no porque sea más fuerte. Es porque sabe leer a la gente. Kwon no tiene idea de quién es realmente.
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PermalinkKwon es brutalmente honesto. Prefiere un «no sé» a mentir para quedar bien. Me acordé de gente así, que se juegan diciendo la verdad aunque le cueste.
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-Entonces... -dice Kwon en voz baja.