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Capitulo 12 Una nueva transición en la vida Militar

oscarmauricio
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Después de haber cumplido mi tiempo de servicio en el Putumayo, llegó el momento de dar un nuevo paso en mi carrera militar.

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Ovid

Gracias por seguir subiendo estos, oscarmauricio. Este me lo lei dos veces, sobre todo el reencuentro en el deposito y el almuerzo con la compañia, porque un mes despues esa comida ya significa otra cosa. Me quede pensando en Martinez todo el dia. ¿Vas a

Gracias por seguir subiendo estos, oscarmauricio. Este me lo lei dos veces, sobre todo el reencuentro en el deposito y el almuerzo con la compañia, porque un mes despues esa comida ya significa otra cosa. Me quede pensando en Martinez todo el dia. ¿Vas a publicar el capitulo 13?

Contenido de la publicación

Después de haber cumplido mi tiempo de servicio en el Putumayo, llegó el momento de dar un nuevo paso en mi carrera militar.

Había cumplido el tiempo establecido para realizar el curso de ascenso de Cabo Segundo a Cabo Primero. Mi nueva destinación sería la Escuela de Infantería del Ejército Nacional, en Bogotá, donde iniciaría una etapa diferente: volver a las aulas, prepararme nuevamente y asumir el reto de alcanzar un nuevo grado dentro de la institución.

Dejaba atrás una etapa marcada por el combate y las experiencias vividas en el Putumayo, pero llevaba conmigo todo lo que aquellos años me habían enseñado

Una Guerra Diferente

Después de varios meses de estudio, capacitaciones y un período de descanso, tuve la oportunidad de reforzar muchos conocimientos que serían importantes para mi futuro dentro del Ejército.

Al terminar esta etapa, el Comando del Ejército dispuso mi traslado al Batallón de Servicios No. 01, en Tunja, Boyacá.

Para mí, aquel cambio representaba el inicio de una etapa completamente diferente.

Venía de unidades de combate, de zonas donde cada salida podía significar días o semanas internados en la selva, donde el sonido de un disparo podía romper el silencio en cualquier momento y donde muchas veces dormíamos con el fusil cerca, preparados para reaccionar ante un ataque.

Estaba acostumbrado a caminar durante horas, a cargar el equipo de campaña, a soportar el cansancio, la lluvia, el calor y la incertidumbre de no saber qué encontraríamos más adelante.

En combate, uno aprende a vivir pendiente de todo.

Del terreno.

De los sonidos.

De los movimientos extraños.

De los compañeros.

Allí, una decisión podía significar la diferencia entre regresar o no regresar.

Pero en Tunja todo era diferente.

El Batallón de Servicios No. 01 tenía una misión fundamental: apoyar a las unidades que se encontraban en las zonas de combate. Su trabajo estaba relacionado principalmente con la logística, asegurando que los soldados tuvieran los recursos necesarios para cumplir sus misiones.

Alimentación, uniformes, armamento y demás elementos necesarios debían llegar a las unidades.

Al principio, después de tantos años en operaciones, aquella vida parecía demasiado tranquila. Ya no despertaba esperando una orden para salir a patrullar ni pasaba las noches escuchando los sonidos de la selva.

Sin embargo, poco a poco comprendí algo.

Aunque estaba lejos del combate, seguía haciendo parte de la misma misión.

Porque mientras un soldado combatía en la selva, otro trabajaba para que no le faltara alimento.

Mientras una unidad se preparaba para salir a una operación, alguien debía garantizar que tuviera el equipo necesario.

Mientras unos estaban en la primera línea, otros trabajaban para que esa primera línea pudiera mantenerse.

Entonces entendí que la guerra no solamente se libraba con un fusil en las manos.

También se sostenía con la logística.

Mi uniforme seguía siendo el mismo. Mi compromiso también.

Había cambiado el escenario, pero no la misión.

Había dejado temporalmente el ruido del combate para conocer otra forma de servir: asegurar, desde la retaguardia, que quienes estaban en la primera línea nunca estuvieran solos.

Un Nuevo Grado

Después de varios meses de trabajo y de cumplir con todos los requisitos establecidos, llegó el momento que estaba esperando: ascendí al grado de Cabo Primero.

Me sentía feliz. Había avanzado un paso más en mi carrera militar.

Habían pasado seis años desde que me gradué de la Escuela Militar de Suboficiales y ahora llevaba sobre mis hombros un nuevo grado, pero también una mayor responsabilidad.

Durante esos años había aprendido que cada ascenso no era solamente una insignia más en el uniforme. Significaba mayor compromiso, más responsabilidades y, sobre todo, la obligación de estar preparado para responder por los hombres que algún día estarían bajo mi mando.

En el Batallón de Servicios No. 01 permanecí aproximadamente dos años.

Allí aprendí a valorar algo que antes, desde las unidades de combate, quizás no comprendía completamente: para que un soldado pueda combatir, necesita mucho más que un fusil y entrenamiento.

Necesita alimentación, armamento, munición, uniformes, equipos y todo aquello que le permita cumplir su misión.

Aquella unidad me enseñó otra dimensión del servicio militar. Aprendí, maduré y me preparé.

Pero en el fondo sabía que aquella tranquilidad no sería permanente.

Después de haber conocido el combate, entendía que tarde o temprano volvería a una unidad operacional.

Y tenía la sensación de que la próxima destinación no sería igual.

Había disfrutado dos años de relativa tranquilidad, pero también sabía que el Ejército podía volver a ponerme frente a situaciones completamente diferentes.

Había aprendido, había crecido y estaba listo para el siguiente capítulo.

DE REGRESO AL CAQUETÁ

Después de cumplir dos años en Tunja, sentía que había llegado el momento de conocer cuál sería mi próximo destino.

Durante ese tiempo había trabajado con dedicación y, gracias a mi desempeño y a las responsabilidades que había asumido, recibí varias felicitaciones. Eso me hacía sentir orgulloso y, al mismo tiempo, aumentaba mi expectativa por lo que vendría.

Se acercaba la fecha de los traslados y yo estaba ansioso por conocer mi nueva unidad.

Me preguntaba constantemente:

¿A dónde iría?

¿Qué unidad me recibiría?

¿Volvería a una unidad de combate?

¿Qué nueva responsabilidad tendría?

Finalmente llegó la orden.

El Comando del Ejército me destinaba nuevamente al Caquetá, esta vez a la ciudad de Florencia, para prestar servicio en el Batallón de Servicios No. 12.

Al conocer el destino no podía creerlo.

Otra vez una unidad de apoyo logístico.

Después de todo lo que había vivido y aprendido, esperaba quizá regresar directamente a una unidad operacional. Sin embargo, el Ejército tenía otros planes para mí.

Pero aquella unidad era diferente.

No era el mismo escenario tranquilo que había conocido en Tunja. Florencia estaba ubicada en un departamento donde la presencia de diferentes grupos guerrilleros hacía parte de la realidad de la época, tanto en sus alrededores como en diferentes zonas del Caquetá.

Yo ya conocía un poco la región y sabía que regresar allí significaba enfrentar un contexto completamente distinto.

La misión podía llamarse nuevamente apoyo logístico, pero el lugar cambiaba muchas cosas.

Ya no era solamente cuestión de almacenar, entregar o administrar recursos.

Estábamos en una región donde las condiciones de seguridad podían cambiar rápidamente y donde las unidades de combate dependían de nuestro trabajo para poder cumplir sus operaciones.

Con el tiempo comprendí que el uniforme podía ser el mismo y que la misión podía parecer similar, pero cada unidad tenía su propia realidad.

Llegaba nuevamente al Caquetá.

Esta vez como Cabo Primero, con más experiencia, más responsabilidades y seis años de carrera militar a mis espaldas.

Llegaba con más responsabilidades y con una certeza que antes no tenía:

en el Ejército uno no puede escoger el camino que quiere seguir, pero finalmente es la institución la que decide dónde debe estar.

Yo solo debía cumplir.

Y así, con una mezcla de sorpresa, incertidumbre y curiosidad, emprendí nuevamente el camino hacia el Caquetá.

Todavía no sabía que aquel destino iba a enseñarme que una unidad de servicios también podía estar muy cerca de la guerra.

UNA RESPONSABILIDAD DIFERENTE

Cuando llegué a la unidad, me presenté ante el comandante del batallón.

Después de saludarme, me manifestó que tenía muy buenas referencias sobre mi desempeño y que esperaba mucho de mí.

Mi destino sería la oficina de logística.

Al principio pensé que sería una labor principalmente administrativa, pero rápidamente comprendí que tendría otras responsabilidades que requerían estar permanentemente atento.

Una de ellas era el manejo y coordinación de las evacuaciones de los heridos que llegaban al batallón desde las diferentes unidades que se encontraban en operaciones.

Los heridos llegaban con frecuencia.

Cada evacuación significaba una responsabilidad enorme. Había que estar pendiente de su llegada, coordinar lo necesario y procurar que recibieran la atención correspondiente lo más rápido posible.

Para mí, aquello tenía un significado especial.

Yo había estado en el otro lado.

Había visto hombres caer en combate y había vivido la angustia de esperar una evacuación.

Ahora me correspondía estar en el lugar donde esos soldados llegaban buscando ayuda.

Además de mis funciones en logística y de la responsabilidad relacionada con los heridos, también debía participar en las patrullas de seguridad alrededor del batallón, tanto diurnas como nocturnas.

Aquello me gustaba.

Después de haber pasado tantos años en unidades operacionales, no quería alejarme completamente del contacto con los soldados ni de la realidad del terreno.

Sentía que esta nueva responsabilidad era buena para mí.

Podía aplicar lo que había aprendido durante mis años de servicio y, al mismo tiempo, adquirir nuevos conocimientos.

Era una etapa diferente, pero seguía teniendo algo que para mí era fundamental:

seguir siendo soldado.

Y aunque mi trabajo principal estaba ahora relacionado con la logística, sabía que en cualquier momento las circunstancias podían cambiar.

En el Caquetá, la tranquilidad nunca podía darse por sentada.

Llevaba algo más de un mes en el Batallón de Servicios No. 12. Durante el día cumplía mis labores en la oficina de logística y, además, realizaba patrullas de seguridad alrededor del batallón.

Muchas veces me correspondían las patrullas entre la una y las tres de la mañana.

Era un horario que me gustaba.

Sabía que durante esas horas la mayoría de las personas descansaba y que, precisamente por eso, el enemigo podía intentar aprovechar la oscuridad para realizar alguna acción. Para mí, permanecer despierto mientras otros dormían era parte de la responsabilidad de un soldado.

Durante ese primer mes se presentaron dos evacuaciones de soldados heridos. Gracias a Dios, ninguno llegó en estado grave, pero seguían siendo nuestros hombres y cada caso nos recordaba que la guerra continuaba muy cerca de nosotros.

Un día, mientras hacía una revista en el depósito, descubrí algo que no esperaba.

En medio del movimiento de soldados, cajas, armamento y elementos de intendencia, reconocí unos uniformes que me resultaron familiares.

Era mi antigua compañía del BCG No. 87.

Habían llegado para recibir armamento, víveres y otros elementos antes de iniciar nuevamente operaciones en el área de Florencia.

Me acerqué un poco más.

Entonces comenzaron a aparecer los rostros conocidos.

Uno tras otro.

Algunos habían cambiado físicamente, otros estaban más delgados o llevaban nuevas marcas del tiempo, pero sus voces y sus maneras de saludar seguían siendo las mismas.

—¡Mi cabo!

Escuchar nuevamente aquella forma de llamarme me produjo una sensación difícil de explicar.

Por unos segundos sentí que el tiempo había retrocedido.

Volví a recordar las marchas, las noches en el área de operaciones, las órdenes, los momentos difíciles y también las risas que aparecían en medio de las situaciones más duras.

Nos saludamos con alegría.

Hubo abrazos, apretones de mano y palmadas en la espalda. Algunos comenzaron a contarme qué habían hecho durante los años en que no nos habíamos visto. Yo también les conté brevemente dónde había estado y cómo había continuado mi carrera.

Mientras hablábamos, observaba sus equipos y sus rostros.

Ya no eran exactamente los mismos muchachos que yo había conocido.

El tiempo había pasado para todos.

Pero seguían siendo aquellos soldados con quienes había compartido una parte importante de mi vida.

Ese día almorcé con ellos en su alojamiento.

Fue una comida sencilla, pero para mí tuvo un sabor especial. Estábamos sentados nuevamente juntos, como en aquellos tiempos, hablando de lo que habíamos vivido y recordando compañeros que ya no estaban.

Durante la conversación me contaron que nuevamente saldrían hacia La Unión Peneya.

Los escuché y sentí una mezcla de orgullo y preocupación.

Conocía ese lugar.

Sabía lo que significaba volver a salir hacia una zona de operaciones.

Eran prácticamente los mismos soldados, aunque ahora tenían diferentes comandantes. Yo no conocía a los nuevos mandos, pero conocía a aquellos hombres.

Sabía de lo que eran capaces.

Sabía que eran buenos soldados.

Habían aprendido, habían madurado y habían continuado adelante.

Antes de regresar a mis labores, los despedí y les deseé lo mejor en la nueva operación.

Nos dimos nuevamente la mano.

Algunos me dijeron que esperaban volver a encontrarnos.

Los vi alejarse con sus equipos mientras regresaban a sus actividades.

Me quedé unos segundos observándolos.

Años atrás habían sido mis soldados.

Ahora volvían a salir hacia una zona de operaciones y yo debía quedarme cumpliendo otra misión.

Regresé al depósito y continué con mi trabajo, pero algo había cambiado en mí.

Aquel encuentro me había recordado que los años podían pasar, que los grados podían cambiar y que cada uno podía tomar un camino diferente, pero los vínculos que se construyen entre soldados durante los momentos difíciles no desaparecen fácilmente.

Habíamos vuelto a encontrarnos después de tantos años, quizá sin saber que algunos reencuentros pueden ser también una despedida.

NO QUIERO MORIR

Había pasado aproximadamente un mes desde aquel reencuentro con mis antiguos soldados.

Una mañana, mi mayor, segundo comandante del batallón, nos informó que estaban por llegar varios heridos provenientes de La Unión Peneya.

Habían caído en un campo minado.

Cuando escuché que los heridos pertenecían al BCG No. 87, sentí algo dentro de mí.

Eran mis soldados.

Los mismos hombres con los que había compartido años atrás.

Inmediatamente comenzamos a prepararnos. Coordinamos con el dispensario y solicitamos una ambulancia para recibirlos. Pero la información cambió: eran tres los soldados heridos y se necesitaban más vehículos para poder trasladarlos.

Mi mayor comenzó a coordinar todo.

Mientras esperábamos, el tiempo parecía no avanzar.

Hasta que finalmente escuchamos el sonido del helicóptero acercándose.

La aeronave aterrizó y los enfermeros militares descendieron rápidamente para sacar a los heridos.

El primero que bajaron fue Martínez.

Lo reconocí inmediatamente.

Había pertenecido a mi escuadra.

Estaba consciente.

Cuando me vio, sus ojos se encontraron con los míos.

Mi cabo, no quiero morir.

Por un instante sentí que todo se detenía.

Uno de los enfermeros me había explicado lo que había ocurrido: la explosión de la mina le había causado una lesión tan grave en una de sus piernas que había sido necesario amputarla para poder salvarle la vida.

Yo sabía que Martínez todavía no alcanzaba a comprender completamente la gravedad de lo ocurrido.

La tenía allí, cerca de él.

Pero en ese momento yo no podía dejar que mi rostro mostrara lo que estaba sintiendo.

No podía demostrarle miedo.

No podía mostrarle tristeza.

Él necesitaba verme tranquilo.

Necesitaba creer que iba a salir adelante.

Me acerqué y le hablé con calma:

Tranquilo, Martínez. Va a estar bien. Ya lo llevan para la clínica.

Por dentro sentía una enorme tristeza.

Pero por fuera tenía que mantenerme firme.

No porque no me doliera.

Me dolía precisamente porque era uno de los míos.

Aquel muchacho que alguna vez había estado bajo mi mando ahora estaba frente a mí, herido, asustado y preguntándome con sus ojos si realmente iba a sobrevivir.

Y yo solo podía darle una cosa:

esperanza.

Mientras los enfermeros lo trasladaban, me quedé observándolo.

Pensé en aquel reencuentro de semanas atrás.

Habíamos almorzado juntos.

Habíamos recordado viejos tiempos.

Los había despedido deseándoles lo mejor.

Y ahora uno de ellos regresaba herido, después de haber caído en un campo minado.

En ese momento comprendí que aquel reencuentro había significado mucho más de lo que yo había imaginado.

Había vuelto a ver a mis soldados.

Y ahora me correspondía recibirlos cuando regresaban de la guerra.

Pero esta vez no venían marchando. Venían heridos.

LOS OTROS DOS HERIDOS.

Apenas habían pasado unos quince minutos cuando nuevamente escuchamos el sonido de otra aeronave aproximándose.

Esta vez llegaban los otros dos soldados heridos.

Todavía no sabíamos quiénes eran.

Pero esa ya era mi responsabilidad. Mi misión era recibirlos, coordinar su atención y asegurar que fueran trasladados lo más rápido posible.

El helicóptero descendió rápidamente.

Según nos informaron, los dos soldados habían entrado en estado de shock durante el traslado.

Los enfermeros militares descendieron y comenzaron a sacarlos de la aeronave.

Ambos estaban inconscientes.

Me acerqué tratando de reconocer sus rostros.

Uno de ellos era López.

Lo reconocí inmediatamente.

Había sido uno de mis soldados.

El otro no alcancé a identificarlo en ese momento.

No había tiempo para preguntar.

Los enfermeros los llevaron rápidamente hasta las ambulancias que ya estaban esperando.

Los subieron a los vehículos y, prácticamente de inmediato, arrancaron rumbo a la clínica en Florencia.

Me quedé observando cómo las ambulancias se alejaban.

En pocos minutos, tres de mis antiguos soldados habían llegado heridos.

Uno de ellos, Martínez, había perdido una pierna.

Otro, López, permanecía inconsciente.

Y del tercero ni siquiera había alcanzado a conocer su identidad.

Aquella mañana comprendí nuevamente que la guerra no siempre llegaba acompañada de disparos.

A veces llegaba en un helicóptero.

A veces en una ambulancia.

Y otras veces llegaba en el rostro de un soldado que uno había conocido años atrás.

Yo había vuelto a encontrarlos pensando que solamente compartiríamos un almuerzo y algunos recuerdos.

Ahora estaba allí, recibiéndolos heridos después de una operación.

Y mientras las ambulancias desaparecían rumbo a Florencia, solo podía pedirle a Dios que los tres regresaran con vida a sus familias.

Al día siguiente, todavía tenía muy presente el momento en que los había visto llegar. Días antes habíamos compartido un almuerzo, habíamos recordado viejos tiempos y los había despedido como tantas veces lo había hecho cuando estaban bajo mi mando. Nunca imaginé que poco después volvería a verlos, pero esta vez heridos y siendo evacuados hacia la clínica.

Pregunté por cada uno.

El primero era Martínez, uno de los soldados que había pertenecido a mi escuadra. La explosión del campo minado le había causado heridas tan graves que tuvieron que amputarle la pierna derecha. Fue trasladado en avión ambulancia al Hospital Militar de Bogotá. Con el tiempo supe que, debido a las secuelas, fue pensionado por invalidez.

El segundo era López. Había sobrevivido sin perder ninguna de sus extremidades, pero la explosión le había ocasionado una lesión que le hizo perder la visión del ojo izquierdo. Permaneció en rehabilitación y, posteriormente, también fue pensionado por discapacidad.

El tercero era Gutiérrez.

Su historia fue la más dolorosa. La onda explosiva le había provocado graves lesiones internas. Los médicos intentaron salvarlo, pero su estado empeoró y finalmente falleció en la clínica a causa de un paro respiratorio.

La noticia de su muerte me golpeó de una manera diferente.

Volví a recordar aquel almuerzo. Sus voces, las bromas, los rostros de aquellos soldados que alguna vez habían marchado bajo mis órdenes. Apenas unas semanas antes los había visto partir nuevamente hacia La Unión Peneya. Los había despedido con la tranquilidad de quien cree que volverá a encontrarlos.

Pero la guerra no siempre permite esas despedidas.

Todos teníamos sueños, familias y proyectos. Habíamos escogido la vida militar por vocación y amábamos nuestro trabajo, aun sabiendo los riesgos que implicaba.

Ellos salieron aquella mañana como soldados.

Regresaron diferentes.

Martínez tendría que aprender a vivir sin una pierna. López tendría que acostumbrarse a mirar el mundo con un solo ojo. Y Gutiérrez ya no regresaría.

A veces pienso en lo extraño que es el destino. Unos días antes compartíamos una comida y hablábamos de la próxima operación; después, la vida de tres hombres había cambiado para siempre.

Cinco minutos bastaron para convertir un recuerdo feliz en una de las historias más dolorosas que todavía llevo conmigo.

Thoughts

  • Nuria

    En la residencia donde trabajo he oído decir eso mismo, que no quieren morir, con las palabras exactas que le dijo Martínez cuando lo bajaron del helicóptero. Siempre lo dice el que todavía está lúcido; los que están peor ya no dicen nada. A mí eso me hizo pensar que él sabía muy bien dónde estaba.

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  • BeaSalgado

    Del asunto militar no entiendo nada, pero me quedé con el tercer herido, el que no alcanzaste a reconocer y del que ni el nombre supiste. Martínez y López tienen apellido en lo que cuentas, y ese hombre se queda sin ninguno hasta el final. En su casa alguien sí sabía cómo se llamaba, y se enteró antes que tú.

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  • Cecilita

    Te leí completo, y van doce capítulos ya, y me quedé en el momento en que Martínez te dice que no quiere morir y vos le contestás tranquilo que va a estar bien. Sostener la cara mientras por dentro se te está cayendo todo es de lo más difícil que hay. A mí me tocó una vez en un pasillo con un familiar y todavía no sé si le sirvió a él o si lo hice para aguantar yo.

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  • Ovid

    Gracias por seguir subiendo estos, oscarmauricio. Este me lo lei dos veces, sobre todo el reencuentro en el deposito y el almuerzo con la compañia, porque un mes despues esa comida ya significa otra cosa. Me quede pensando en Martinez todo el dia. ¿Vas a publicar el capitulo 13?

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  • jmCastaneda

    Manejo ruta intermunicipal hace veintiséis años y en los años duros me tocaba llevar soldados de permiso hasta el terminal. Subían callados y bajaban callados. Cuando cuentas que en el depósito reconociste los uniformes antes que las caras, me devolviste a eso. Uno los veía ir y volver, y no siempre volvían los mismos.

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