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Capítulo 12: noche descanso y nueva vida

DNavarrete
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La noche ya había caído por completo, envolviéndolo todo en una oscuridad suave, cuando por fin lograron llegar hasta la puerta de casa.

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TeoSanabria

Lilia tapa con magia la única cicatriz que tiene para que Haru no cargue culpa, y él por su lado andaba tranquilo con las suyas, diciendo que eran medallas. Se cuidaban cada uno a su manera y ninguno se lo decía al otro. Y luego la mamá de Haru se quedó c

Lilia tapa con magia la única cicatriz que tiene para que Haru no cargue culpa, y él por su lado andaba tranquilo con las suyas, diciendo que eran medallas. Se cuidaban cada uno a su manera y ninguno se lo decía al otro. Y luego la mamá de Haru se quedó con la mano a medio camino del vaso, como quien reconoce algo. Yo apuesto a que esa señora sabía de esa pelea hace rato y nunca lo contó.

Contenido de la publicación

La noche ya había caído por completo, envolviéndolo todo en una oscuridad suave, cuando por fin lograron llegar hasta la puerta de casa.

 

Las luces de la entrada parpadeaban con una luz cálida, iluminando el pequeño jardín mientras el grupo avanzaba por el sendero, cargando bolsas, cajas y un cansancio que pesaba más que todo lo que llevaban entre las manos. El silencio solo se rompía por el sonido pesado de sus pasos y el ritmo agitado de sus respiraciones.

 

Bueno… silencio, casi. Porque apenas cruzaron el portón, Miyu soltó todo lo que llevaba de golpe, como si las bolsas se hubieran vuelto de plomo en el último segundo, y sus rodillas cedieron de inmediato, dejándose caer al suelo con un golpe sordo y dramático.

 

—¡No… puedo… ni con mi alma! —gimió, arrastrando las palabras entre jadeos, como si acabara de cruzar un desierto sin agua o de sobrevivir a una batalla perdida—. Siento que mis piernas se despegaron de mi cuerpo hace dos horas… ya no son mías… ¡ya no soy nadie! —se quejó, hundiendo la cara entre las manos, totalmente derrotada—. Esto no fue ir de compras… fue una expedición militar sin entrenamiento previo.

 

Detrás de ella, Ren avanzaba arrastrando los pies, cada paso parecía costarle una eternidad. Su espalda iba encorvada, los hombros caídos, y arrastraba las bolsas por el suelo más que cargarlas, con la mirada perdida en un punto imaginario del suelo. Se detuvo justo al lado de Miyu y se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentado, con la cabeza colgando hacia adelante.

 

—Lo confirmo… —murmuró con una voz tan apagada y lenta que casi no se entendía, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo—. Mi alma… sí, mi alma… me abandonó en el tercer piso del centro comercial. Se fue volando, me dejó aquí solo con este cuerpo que ya no responde… —levantó una mano temblorosa, señalando vagamente hacia el frente—. Vi mi propia vida pasar frente a mis ojos… y la verdad… no fue una película muy interesante.

 

Kaede, que había logrado llegar un poco más lejos, se dejó caer también junto a la entrada, soltando un suspiro largo, profundo y agotado, acomodando las bolsas a su lado con movimientos lentos y pesados.

 

—Definitivamente… esto fue demasiado para un solo día… creo que voy a necesitar tres días enteros solo para recuperar la capacidad de moverme… —susurró, con los ojos medio cerrados.

 

Y entonces…

 

Como si una fuerza invisible los hubiera puesto de acuerdo, todos levantaron la vista muy despacio, casi con esfuerzo, hacia la única persona que permanecía totalmente de pie, firme y serena frente a ellos.

 

Lilia.

 

Allí estaba ella. Espalda recta como una vara, la respiración tranquila y medida, sin una sola gota de sudor en la frente, sin el menor rastro de cansancio en su postura. Y lo más impresionante: seguía sosteniendo entre sus brazos, con la misma delicadeza y normalidad que al principio, el pequeño gato negro de peluche. Ni siquiera parecía haber notado que los demás estaban al borde del colapso.

 

Los observó en silencio durante unos segundos, analizando cada uno de sus cuerpos derrotados con esa calma que la caracterizaba. Luego, habló con total seriedad, como si estuviera leyendo un informe médico:

 

—Les falta fortaleza física.

 

Miyu levantó apenas la cabeza del suelo, mirándola con ojos entrecerrados por el agotamiento y la incredulidad.

 

—¿…Perdón? ¿Me estás diciendo eso a mí? —preguntó con voz débil pero indignada.

 

—Su resistencia es extremadamente baja —continuó Lilia, con la misma calma, sin inmutarse por su reacción—. Deberían entrenar con más constancia. Un cuerpo saludable requiere ejercicio frecuente, disciplina y una preparación física adecuada para estas actividades.

 

Ren hizo un esfuerzo sobrehumano y levantó una mano en el aire, temblando levemente, como si estuviera pidiendo la palabra en una reunión, aunque parecía que la mano se le iba a caer en cualquier momento.

 

—¡Objeción… rotunda! —logró decir, arrastrando las sílabas—. ¡Eso es injusto y no tiene sentido!

 

Miyu se giró un poco sobre el suelo, apoyando un codo con dificultad para poder mirarla mejor, aunque todavía se veía al borde de la muerte por cansancio.

 

—¡Claro que es injusto! —exclamó, poniendo todo lo que le quedaba de fuerza en esas palabras—. ¡No nos puedes comparar contigo, Lilia! ¡Tú no eres una persona normal! ¡Tú eres básicamente una súper soldado entrenada para sobrevivir a guerras, explosiones, desastres naturales y probablemente al fin del mundo también! —señaló a sí misma y a Ren con un dedo tembloroso—. ¡Nosotros somos simples estudiantes! ¡Nuestra resistencia está diseñada solo para ir a clase, comer y dormir! ¡No para caminar diez kilómetros cargando cosas!

 

—¡Exactamente! —apoyó Ren, asintiendo con mucha lentitud, todavía luchando por tomar aire—. Escúchala, por favor. Mi actividad física más intensa, la que más me exige en toda mi semana, es estirarme para alcanzar los libros que están en los estantes más altos de la biblioteca. ¡Ese es mi límite! —se quejó, llevándose una mano al pecho—. No me pidas más de lo que mi condición de ser humano promedio y débil puede dar. ¡Esto fue tortura pura!

 

Kaede, recostada contra la pared, asintió lentamente, sin fuerzas ni siquiera para abrir bien los ojos.

 

—Estoy… totalmente de acuerdo con ellos… es como si hubiéramos corrido una maratón… y yo ni siquiera corro para cruzar la calle…

 

Lilia recorrió con la mirada a cada uno, procesando cada queja, cada gesto de dolor y cada explicación. Su expresión no cambió, pero asintió levemente con la cabeza.

 

—Entiendo.

 

Hubo un silencio breve, cargado de respiraciones pesadas.

 

—Entonces… sus estándares físicos son muy bajos, en comparación con lo que deberían ser.

 

—¡Eso no ayudó en nada, ni mejoró lo que dijiste antes, ni nos hizo sentir mejor! —protestó Miyu al instante, dejándose caer de nuevo boca abajo contra el suelo, derrotada por segunda vez—. ¡Es peor! ¡Ahora me siento incluso menos capaz de lo que ya me sentía!

 

Kaede soltó una pequeña risa, cansada pero sincera, ante la escena.

 

Y justo en ese momento, la puerta principal se abrió de golpe.

 

Aiko apareció en la entrada, todavía con su ropa de trabajo, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja, y los miró con curiosidad, con esa sonrisa tranquila de siempre.

 

—¿Ya llegaron? Los escuché desde adentro y pensé que alguien había iniciado una guerra mundial aquí afuera… o que se estaban peleando con las bolsas —dijo, con tono divertido, pero su voz se fue apagando poco a poco al ver el espectáculo que tenían frente a ella.

 

Bolsas y cajas tiradas por todas partes.

 

Miyu extendida en el suelo como si fuera un mantel.

 

Ren encorvado, sin energía ni para hablar.

 

Kaede luchando por recuperar el aliento.

 

Y Lilia… de pie, perfecta, intacta, en medio de todo ese caos humano.

 

Aiko parpadeó varias veces, procesando la imagen.

 

—¿Qué demonios hicieron para terminar así? ¿Llevaban piedras dentro de las bolsas?

 

—Compras… —respondió Ren, con un suspiro que parecía salirle del alma misma.

 

—Demasiadas compras… que duraron demasiado tiempo… y pesaban toneladas… —completó Miyu, con la voz amortiguada por el suelo.

 

Aiko soltó una risa suave, negando con la cabeza.

 

—Ya veo, ya veo… se pasaron, ¿verdad?

 

Sus ojos recorrieron el montón de bolsas llenas de ropa nueva, y luego se detuvieron en algo en especial. En lo único que Lilia había llevado todo el tiempo sin quejarse ni un segundo: el pequeño gato negro de peluche, que ella seguía abrazando con calma contra su pecho.

 

Hubo un silencio breve, suave.

 

Aiko se quedó mirando ese peluche unos segundos más, y muy despacio, una sonrisa distinta, más cálida y tierna, comenzó a crecer en sus labios.

 

—…Se parece a Haru.

 

Miyu levantó la mano del suelo con torpeza, como pidiendo turno para hablar.

 

—¡¿Verdad que sí?! ¡En cuanto lo vi, lo grité! ¡Es idéntico! —exclamó, recuperando un poquito de energía solo por ese comentario.

 

Ren levantó la cabeza, esforzándose por sonreír un poco.

 

—Lo mismo dije yo… fue lo primero que se me vino a la mente. Es increíble lo mucho que se le parece.

 

Kaede abrió un poco más los ojos, mirando el peluche con cariño.

 

—Tiene esa misma expresión… es sorprendentemente igual.

 

Aiko se acercó un paso, observando mejor al pequeño gato: esa expresión traviesa, los ojos relajados y vivos, esa cara de alguien que siempre está pensando en hacer alguna tontería o travesura. Y entonces, soltó una risa suave, llena de nostalgia y ternura.

 

—Sí… definitivamente es igual a él. Hasta la postura… parece que se va a escapar en cualquier momento para causar algún lío.

 

Lilia bajó la mirada hacia el peluche que tenía entre sus brazos. Con mucha suavidad, sus dedos acariciaron una de sus pequeñas orejas negras, con un tacto que parecía lleno de recuerdos.

 

—Sí —respondió, bajando un poco la voz, más tranquila que nunca—. Por eso lo elegí. Por eso lo traje conmigo.

 

Aiko la miró en silencio unos segundos más. Y en sus ojos apareció algo cálido, muy profundo. No era tristeza, ni dolor… era algo mucho más suave, más dulce. Como si al ver a Lilia abrazar a ese pequeño gato, pudiera sentir que una parte pequeña, pero muy importante, de Haru, seguía allí mismo, con ellas, acompañándolas.

 

Se inclinó un poco y puso una mano con mucha suavidad sobre la cabeza de Lilia, acariciando su cabello.

 

—Hiciste una elección maravillosa, Lilia. Fue la mejor de todas.

 

Lilia levantó la vista lentamente hacia ella. No dijo nada, ni hizo ningún gesto grande… pero apretó el abrazo un poco más fuerte, pegando el peluche contra su pecho, como si quisiera guardar ese momento, ese recuerdo y esa sensación para siempre.

 

La puerta volvió a abrirse unos segundos después.

 

La madre de Haru apareció desde el interior de la casa secándose las manos con un pequeño paño de cocina; el delantal todavía tenía algunas manchas de harina o salsa, señal de que había estado ocupada preparando la cena. Pero apenas levantó la vista y observó el estado lamentable en el que se encontraba la entrada… simplemente se quedó quieta unos segundos, parpadeando lentamente, sin saber muy bien qué pensar ante aquel espectáculo.

 

Bolsas y cajas tiradas por todas partes, desordenadas.

 

Miyu extendida en el suelo como si fuera una alfombra más.

 

Ren completamente derrotado, desplomado contra la pared, con los ojos medio cerrados.

 

Kaede sentada en el escalón, sin energía ni para mover un dedo.

 

Y Lilia… de pie, impecable en medio de todo ese caos, abrazando el gato negro de peluche con la misma calma de siempre, como si estuviera en una exposición y no después de horas caminando y cargando cosas.

 

Hubo un pequeño silencio incrédulo.

 

Y luego la mujer soltó una suave risa divertida, negando con la cabeza.

 

—Dios mío… —murmuró acercándose un poco más—. Si los vecinos salen a mirar en este momento, van a jurar que escondemos una pila de cadáveres en la entrada de la casa. Y tú, Lilia, serías la única sospechosa de haberlos matado a todos tú sola.

 

Miyu levantó una mano débilmente desde el suelo, moviendo los dedos con mucha dificultad.

 

—Yo… ya estoy viendo la luz al final del túnel… y es muy brillante… y muy bonita…—Eso es pura exageración y lo sabes —respondió Ren sin moverse ni un milímetro de su sitio, con la voz arrastrada—. Llevas media hora fingiendo que estás al borde de la muerte.

 

La madre de Haru sonrió con ternura, disfrutando de la escena.

 

—Vamos, entren todos antes de que realmente terminen muriendo ahí afuera y me toque explicarle a la policía qué pasó. Descansen un rato, se laven la cara y cenarán con nosotros antes de volver a sus casas. He preparado bastante comida.

 

Al escuchar la palabra “cena”, y mucho más “comida”, los ojos de Miyu y Ren parecieron iluminarse de golpe. Fue como si hubieran recibido una inyección de energía mágica.

 

—¿Comida? —preguntó Miyu, levantando la cabeza un poco más rápido de lo que parecía posible—. ¿Comida caliente? ¿Con sabor? ¿De verdad?

 

—Claro que sí, siéntanse como en casa —respondió ella amablemente.

 

—¡HE VUELTO A LA VIDA! —gritó Miyu, recuperando repentinamente fuerzas que nadie sabía que tenía.

 

Kaede soltó una pequeña risa cansada mientras hacía un esfuerzo por ponerse de pie lentamente, sacudiéndose el polvo de la ropa.

 

Pero entonces la madre de Haru volvió la mirada hacia Lilia, que seguía allí, intacta, abrazando su peluche.

 

—Ah, y además tengo una noticia muy importante para ti, Lilia. Algo que te va a alegrar mucho.

 

Lilia inclinó apenas la cabeza hacia un lado, con esa calma absoluta que siempre la acompañaba.

 

—¿Una noticia?

 

—Sí, pero primero… —La mujer detuvo lo que iba a decir y los miró a todos con una expresión firme, aunque llena de cariño—: Antes de cualquier cosa, van a bañarse. Ahora mismo. Todos.

 

Hubo un silencio total por un segundo.

 

Y de repente, Kaede y Miyu se levantaron de golpe con una velocidad y agilidad que no habían demostrado en toda la tarde. Fue casi un salto.

 

—¡Sí, señora! —respondieron ambas al instante, casi al unísono.

 

—Necesito ese baño más que necesito el aire para respirar —declaró Miyu con total seriedad, ya caminando hacia la puerta como una flecha—. Me siento como si me hubieran echado en un saco y me hubieran arrastrado por el suelo.

 

Kaede tomó suavemente la mano de Lilia, tirando de ella con delicadeza para que la siguiera escaleras arriba.

 

—Ven con nosotras, Lilia. Te ayudaremos con todo, porque probablemente todavía no entiendes muy bien cómo funcionan las cosas aquí o qué necesitas hacer.

 

—Entendido. Haré lo que digan —respondió Lilia con tranquilidad, subiendo los escalones con paso firme.

 

Las tres desaparecieron hacia el piso de arriba, mientras Ren simplemente se dejaba caer de espaldas sobre el sofá del salón, soltando un suspiro largo y profundo de alivio.

 

—Yo… yo me baño cuando llegue a mi casa… —murmuró con los ojos cerrados, ya casi soñando despierto—. Así que tómense todo el tiempo del mundo, no me esperen.

 

—Perfecto —gritó Miyu desde lo alto de las escaleras, con una sonrisa malvada que se podía escuchar en su voz—. Entonces no te quejes si nosotras ocupamos toda el agua caliente de la casa. ¡Que te den agua fría!

 

—Eso… eso suena claramente como una amenaza… —alcanzó a decir Ren, antes de dejar de preocuparse por todo.

 

Un par de segundos después…Se escuchó el sonido de la puerta del baño cerrándose con seguro.

 

Luego el grifo abriéndose y el agua cayendo por la regadera.

 

Y después…Silencio.

 

Bueno, silencio durante exactamente cinco segundos.

 

De repente, el silencio se rompió en mil pedazos con un grito que retumbó en toda la casa, tan fuerte y desesperado que hasta las paredes parecieron temblar.

 

—¡¡¿CÓMO PUEDE EXISTIR ALGUIEN ASÍ EN ESTE MUNDO?!! —gritó Miyu desde el baño, con absoluta desesperación, como si acabara de presenciar un milagro o una catástrofe al mismo tiempo.

 

Ren abrió lentamente un ojo desde el sofá, sin sorprenderse en absoluto.

 

—…Ya empezó. Pobres de nuestros oídos.

 

Desde arriba se escuchaba la voz de Kaede, intentando hablar entre pequeñas risas ahogadas y suspiros.

 

—M-Miyu… por favor… intenta calmarte un poco… ¡vas a despertar a los vecinos!

 

—¡NO PUEDO CALMARME, KAEDE! ¡ES IMPOSIBLE MANTENER LA CALMA ANTE ESTA INJUSTICIA! —seguía gritando Miyu, y se notaba por su voz que estaba dando vueltas alrededor de algo, o alguien—. ¡¿ES REALMENTE NECESARIO VERSE ASÍ DE PERFECTA?! ¡DIME TÚ TAMBIÉN QUE LO VES! ¡DIME QUE NO SOY YO!

 

Su voz se hizo más aguda, llena de asombro y pura envidia.

 

—¡Mirenla! ¡Mirenla bien! —decía señalando a Lilia, aunque nadie más la veía—. ¡Nosotras aquí, llenas de marcas del cinturón de las bolsas, con la piel roja por el sol, con el pelo hecho un desastre y con moretones que seguro me van a durar una semana! ¡Y ELLA! ¡Ella se quita la ropa y es como si fuera una estatua tallada por los ángeles! ¡¿Dónde tiene una imperfección?! ¡¿Dónde tiene una sola marca, un rasguño, una señal de que ha caminado un solo metro hoy?!

 

Hizo una pausa dramática, casi llorando de la impresión.

 

Lilia, que estaba de pie frente a ella completamente desnuda, con esa naturalidad absoluta que la caracterizaba, sin sentir ni el menor pudor ni entender el escándalo, respondió con total calma y seriedad desde el otro lado de la cortina.

 

—No comprendo el problema. Mi condición física está optimizada para resistir cargas y esfuerzos. Mi piel tiene elasticidad y resistencia superior al promedio. ¿Debería tener marcas? ¿Es lo que se espera?

 

—¡ESO ES PEOR! ¡ESO QUE ACABAS DE DECIR ES AÚN MÁS INJUSTO! —chilló Miyu, llevándose las manos a la cabeza, totalmente derrotada visualmente—. ¡¡Ni siquiera entiende el poder destructivo que tiene su cuerpo!! ¡¡No solo es perfecta, sino que además ni siquiera se da cuenta!! ¡¡Esto es demasiado para mi corazón!!

 

La madre de Haru, que estaba abajo escuchando todo, se llevó una mano a la boca intentando desesperadamente contener la risa para no hacer ruido, mientras Aiko, que también había salido al pasillo, directamente se doblaba de la risa apoyándose contra la pared, agarrándose el estómago.

 

Incluso Ren, desde el sofá, terminó soltando una carcajada sincera y fuerte.

 

—Pobre Miyu… —murmuró divertido, cerrando los ojos otra vez—. Hoy no solo fue destruida física y mentalmente… hoy fue destruida emocionalmente y hasta estéticamente. Se le cayó el mundo encima.

 

—¡REN, NO AYUDES A LA TRAGEDIA! —se escuchó su voz furiosa desde arriba.

 

—Solo digo la verdad, es la realidad —respondió él tranquilo.

 

Arriba, volvió a escucharse la voz completamente serena y tranquila de Lilia, como si estuviera analizando datos en lugar de estar en medio de un baño con dos chicas desesperadas.

 

—Miyu, si tanto te preocupa tu propia condición física y comparas tanto, todavía estoy a tiempo de entrenarte. Podemos empezar ahora mismo. Fortaleceremos tu espalda y tu resistencia.

 

—¡¡NO QUIERO TU ENTRENAMIENTO DEMONÍACO, NI TU CUERPO PERFECTO, ¡NI NADA QUE TENGA QUE VER CON TU NIVEL! ¡SOLO QUIERO SER NORMAL Y QUE EL MUNDO SEA JUSTO! —fue el grito final de Miyu, que ya no sabía si reír o llorar—. ¡¡KAEDE, TÚ QUE ERES RACIONAL, ¡¡DILE ALGO!!

 

Kaede ya no podía ni hablar de tanto reírse, apenas podía respirar, agarrada del lavabo para no caerse al suelo.

 

Y mientras toda la casa se llenaba de risas, quejas dramáticas, gritos exagerados y voces mezcladas que subían y bajaban por las escaleras…

 

la madre de Haru se quedó allí parada, sonriendo en silencio, mirando todo con los ojos brillantes.

 

Porque hacía muchísimo tiempo, demasiados años en realidad, que aquella casa no sonaba así de llena, así de ruidosa, así de… viva.

 

La cena terminó siendo mucho más tranquila de lo que cualquiera esperaba. El comedor estaba envuelto en una luz cálida y un ambiente relajado, donde solo se escuchaba el sonido suave de los cubiertos y las conversaciones bajas. La mesa había quedado repleta de platos, vasos y restos de comida, especialmente después de que Miyu y Ren parecieran cobrar vida de nuevo gracias a los guisos caseros de la madre de Haru.

 

Especialmente Miyu, que parecía haber encontrado el paraíso.

 

—Señora… oficialmente la amo con toda mi alma —declaró con los ojos brillantes y lágrimas de emoción, abrazando su plato vacío como si fuera un tesoro—. Si algún día abre un restaurante, seré su clienta número uno, iré todos los días y le haré publicidad gratis.

 

Aiko, sentada al otro lado, soltó una risa suave y negó con la cabeza.

 

—Hace veinte minutos estabas tirada en la entrada, jurando que estabas al borde de la muerte.

 

—Eso fue el pasado, Aiko —respondió Miyu con solemnidad, limpiándose una lágrima imaginaria—. Ahora he renacido. Soy una mujer nueva.

 

Ren asintió con total seriedad, llevándose una mano al pecho.

 

—Tiene razón. La comida de esta casa tiene propiedades curativas demostradas. Me siento con energía suficiente para caminar otros tres centros comerciales… aunque preferiría no hacerlo.

 

La madre de Haru sonrió divertida mientras recogía algunos platos con movimientos lentos y cariñosos. Kaede, mucho más relajada ahora que el cansancio del día había pasado y el baño la había renovado, observaba tranquilamente la escena desde su asiento, con una pequeña sonrisa en los labios.

 

Y en medio de todos ellos… estaba Lilia.

 

Iba vestida con una de las prendas que habían comprado esa misma tarde: una blusa de algodón de color blanco roto, de corte sencillo pero elegante, con mangas largas ligeramente abullonadas en los hombros y un escote en V suave y delicado. La tela era ligera y suave al tacto, muy diferente a las armaduras o ropas funcionales que solía usar; caía con naturalidad sobre su figura, marcando apenas su silueta sin ser excesiva, y dejaba ver un poco de su cuello y clavícula, dándole un aire mucho más cercano y humano. El pantalón era de tela fina, de color gris claro, cómodo y fresco, que combinaba a la perfección, y su cabello, suelto y brillante después del baño, caía sobre sus hombros en ondas suaves.

 

Allí estaba, sentada completamente recta, con su postura impecable de siempre, tranquila y serena, sosteniendo al pequeño gato negro de peluche sobre sus piernas mientras comía con movimientos medidos y silenciosos, como si todo aquello fuera lo más normal del mundo.

 

Miyu la observó en silencio unos segundos, recorriendo con la mirada esa ropa nueva que le quedaba tan bien, y luego entrecerró los ojos, como si algo le molestara profundamente en su lógica. Dejó el cubierto sobre la mesa y señaló directamente a Lilia.

 

—Espera un momento… que esto no me cuadra.

 

Todos volvieron la vista hacia ella.

 

—Si eres una súper guerrera que ha peleado guerras enteras, que ha matado monstruos, que ha enfrentado ejércitos y dioses y quién sabe cuántas cosas más… —empezó a decir, acercándose un poco— entonces, ¿cómo demonios es posible que no tengas ni una sola cicatriz?

 

Se hizo un silencio breve en la mesa.

 

Lilia parpadeó una vez, despacio, como si la pregunta le pareciera de lo más normal y sencilla del mundo.

 

—¿Cicatrices? —repitió con suavidad.

 

—¡Sí, cicatrices! —exclamó Miyu inmediatamente, gesticulando con las manos—. ¡Toda guerrera legendaria que se respete debe tener cicatrices impresionantes! ¡Marcas de batalla! ¡Heridas épicas que contar! ¡Algo que diga “yo estuve allí y sobreviví”! Pero tú… tú estás completamente perfecta. Ni una marca, ni una línea, ni un rasguño. ¡Eso no tiene ningún sentido!

 

Ren asintió lentamente, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la mano.

 

—Ahora que lo menciona… sí, es bastante extraño. Es como si nunca hubieras recibido un golpe real en tu vida.

 

Kaede también pareció pensarlo un momento, mirando a Lilia con curiosidad.

 

Ella los observó a los tres uno por uno antes de responder con absoluta calma y claridad.

 

—Mi cuerpo fue alterado mediante magia desde que era muy pequeña.

 

Miyu se quedó inmóvil, con la boca ligeramente abierta.

 

—¿…Alterado? ¿Cómo alterado?

 

—Sí —continuó Lilia sin cambiar el tono—. Mi resistencia física, mi fuerza y mi capacidad regenerativa fueron incrementadas artificialmente por quienes me criaron y entrenaron. Mi piel posee una dureza similar al acero reforzado cuando activo mi magia de combate; los golpes normales apenas me causan daño o dejan rastro.

 

Hubo un silencio total.

 

—¿Acabas de decir… que tu piel es básicamente como acero? —preguntó Ren, arrastrando las palabras y sintiendo cómo su propia realidad se desmoronaba un poco.

 

—Correcto. Es una protección diseñada para que nada pueda atravesarme.

 

Miyu abrió mucho los ojos, llevándose las manos a la cabeza.

 

—¡¿Y todavía tienes ese cuerpo perfecto y de revista encima?! ¡Es injusto a niveles cósmicos!

 

—Además —añadió Lilia, totalmente ajena al daño emocional que estaba causando—, en combate normalmente llevo una armadura encantada. Su resistencia es superior al acero común y a la mayoría de las armas. Por lo tanto, lograr atravesar ambas defensas al mismo tiempo resulta extremadamente complicado. Prácticamente imposible.

 

Miyu dejó caer lentamente la cabeza sobre la mesa, golpeando suavemente la madera con la frente.

 

—Ya no quiero seguir escuchando… mi autoestima ya no puede aguantar más información hoy…

 

—La mía murió hace horas, cuando te vi levantar tres maletas con una sola mano —murmuró Ren, mirando al techo con resignación.

 

Kaede soltó una pequeña risa cansada, aunque también la miraba con asombro.

 

Pero entonces… la voz serena de Lilia volvió a sonar.

 

—Aunque… sí tengo una cicatriz.

 

El comedor quedó en absoluto silencio. Miyu levantó lentamente la cabeza de la mesa, mirándola con los ojos muy abiertos.

 

—…¿Tienes una? ¿De verdad?

 

—Sí. Es la única que tengo.

 

Sin darle demasiada importancia, Lilia dejó suavemente al pequeño gato negro de peluche a un lado, sobre el respaldo de la silla, y con movimientos tranquilos, levantó un poco la tela de la blusa blanca que llevaba puesta, subiéndola hasta revelar su costado y parte de su abdomen.

 

El ambiente cambió de golpe. Lo cálido se volvió intenso, cargado de atención y respeto.

 

Porque allí estaba.

 

Una cicatriz. Profunda. Larga.

 

Marcaba su piel pálida con una línea gruesa y oscura, que nacía en la parte baja de su costado derecho y se extendía en diagonal hacia el centro de su abdomen, una huella antigua que hablaba de una herida brutal, de algo que había estado peligrosamente cerca de separarla de la vida. No era una marca pequeña ni discreta; era una herida que había roto todas sus reglas, toda su protección, todo lo que ella era.

 

Durante un instante, nadie dijo nada. Todos quedaron hipnotizados por esa marca. Incluso Miyu, que tanto la había deseado ver, se quedó completamente callada, sin ganas de hacer bromas. Aiko bajó lentamente la mirada hacia esa línea en la piel de Lilia, sintiendo un nudo en la garganta. Kaede sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda al imaginar el dolor que debió haber significado. Y la madre de Haru se quedó inmóvil, con la mano a medio camino de recoger un vaso, observando esa marca como si viera el pasado abriéndose ante ella.

 

Lilia bajó la tela de la blusa nuevamente con total naturalidad, cubriéndose otra vez.

 

—Es la única cicatriz permanente que poseo. Ni siquiera mi magia pudo borrarla por completo.

 

—…¿Qué fue lo que te hizo eso, Lilia? —preguntó Ren en voz baja, casi en un susurro.

 

Lilia respondió sin cambiar la expresión, mirando un punto fijo en el aire, como si a través de la pared, pudiera ver ese momento exacto del pasado.

 

—Haru.

 

Y de repente, la imagen cambió. La habitación se desvaneció por un segundo, y todo se trasladó a un campo de batalla olvidado, bajo un cielo grisáceo y cargado de polvo.

 

Era una época en la que todavía eran enemigos.

 

El suelo estaba cubierto de escombros y huellas de magia que habían estallado por todas partes. El aire olía a hierro, a quemado y a muerte. Haru estaba allí, de pie frente a ella, con la espada desenvainada en su mano derecha. Su respiración era pesada, entrecortada y agitada; se notaba que había dado todo de sí, que había luchado hasta el límite de sus fuerzas, que estaba exhausto, casi al borde del colapso. Su ropa estaba rasgada y manchada, y sangre ajena y propia cubría su piel, pero sus ojos… sus ojos seguían brillando con esa determinación que a ella le resultaba tan incomprensible.

 

Lilia, por el contrario, estaba intacta. O al menos lo había estado hasta ese segundo. De pie, erguida, cubierta por su armadura de placas resistentes, esa que nada podía romper, lo miraba con absoluta serenidad, como siempre hacía con todos sus oponentes. Para ella, él solo era una misión, un obstáculo que debía ser eliminado, alguien que luchaba sin sentido contra algo superior.

 

Pero entonces ocurrió.

 

Haru dio un paso al frente, reuniendo lo último que le quedaba de fuerza, y se lanzó hacia ella con un grito que rasgó el aire. Lilia levantó el arma para bloquear, segura de que su defensa se mantendría firme, segura de que podía detenerlo como había hecho docenas de veces antes.

 

Sin embargo, esta vez fue diferente.

 

El filo de la espada de Haru golpeó el metal de su armadura… y en lugar de rebotar o detenerse, la hoja se abrió paso, rompiendo el acero como si fuera papel, atravesando la protección mágica, atravesando su carne, atravesando todo lo que ella creía indestructible.

 

Lilia abrió los ojos completamente sorprendida. Fue una sensación repentina, aguda, abrasadora, que le estalló en el costado y le recorrió todo el cuerpo hasta la punta de los dedos. Fue un dolor intenso, profundo, vivo… algo que jamás en su larga vida había llegado a sentir realmente.

 

Sus brazos cayeron a los costados, inútiles por un instante. Sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. Llevó lentamente su mano izquierda hasta su costado, donde la hoja había entrado y salido, y cuando la apartó, vio sus dedos manchados de rojo, con su propia sangre resbalando cálida y espesa entre su piel y el metal destrozado.

 

No sintió miedo. El miedo era una emoción que le habían enseñado a eliminar. No sintió rabia. La rabia era inútil para cumplir órdenes.

 

Lo que sintió fue algo completamente distinto. Algo que ni ella misma entendía en ese momento, algo que rompía cada regla, cada programa, cada enseñanza que había recibido. Sintió que, por primera vez en su existencia, su cuerpo no era solo una herramienta para obedecer, sino algo que sentía. Y todo eso… todo ese cambio, esa ruptura, esa sensación de estar viva de verdad… se lo debía al chico que estaba frente a ella, de pie, cansado, con el arma temblando en su mano y mirándola con una mezcla de dolor y respeto, como si no pudiera creer que lo hubiera logrado.

 

Y la imagen se desvaneció, volviendo al presente, al calor de la cena, a la mesa llena de comida.

 

—Fue durante una de nuestras batallas, cuando todavía éramos enemigos —explicó Lilia con la misma calma, como si hubiera estado hablando de algo cotidiano—. Logró atravesar mi defensa mágica y mi armadura al mismo tiempo. Fue… la única vez que alguien pudo hacerlo.

 

Sus dedos tocaron suavemente la zona de la cicatriz, ahora cubierta por la tela suave de su blusa blanca.

 

—Normalmente la oculto usando magia visual. Hago que desaparezca a la vista de todos.

 

—¿Por qué haces eso? —preguntó Aiko suavemente, con la voz apenas un susurro.

 

Lilia guardó silencio unos segundos, bajando la mirada hacia sus propias manos entrelazadas sobre el regazo.

 

Y entonces respondió con una voz mucho más suave, más íntima.

 

—Porque Haru siempre se sintió culpable por ella.

 

La mesa quedó completamente en silencio. Nadie se atrevió a moverse.

 

—Después de que dejamos de luchar y nos convertimos en aliados… cada vez que la veía, o simplemente se acordaba de cómo se la había hecho, parecía incómodo. Se disculpó conmigo muchas veces, durante mucho tiempo, por haberme herido así, por haber sido él quien rompió mi perfección.

 

Sus ojos se desviaron nuevamente hacia el pequeño gato negro que descansaba a su lado.

 

—No quería que siguiera preocupándose por algo del pasado, ni que sintiera culpa por haberme dado… esto. Así que aprendí a ocultarla. Que ya no la viera más.

 

La madre de Haru sintió cómo se le apretaba el pecho con una mezcla de tristeza y ternura infinita. Porque podía imaginarlo perfectamente: a su hijo, con ese corazón enorme que tenía, lamentando haberle causado dolor incluso a su peor enemiga, y luego, siendo su amigo, cargando con eso sin necesidad.

 

Miyu observó nuevamente la tela donde antes había visto la marca, y esta vez su mirada ya no era de curiosidad ni de envidia. Era de pura tristeza, y algo más… entendimiento.

 

—Eso debió doler muchísimo… —murmuró, casi para sí misma.

 

Lilia inclinó apenas la cabeza, aceptando las palabras.

 

—Sí. Fue un dolor que nunca olvidé.

 

Luego añadió con absoluta naturalidad, levantando la vista hacia todos:

 

—Pero Haru tenía muchas más. Y mucho peores.

 

Todos levantaron la vista hacia ella, sorprendidos.

 

—La mayoría de sus cicatrices eran mucho más profundas, más feas y más dolorosas que esta —continuó Lilia con calma, como si estuviera enumerando recuerdos preciosos—. Siempre terminaba herido después de las batallas importantes. Había veces en las que estuvo tan malherido que pensé que no lograría sobrevivir.

 

Una pequeña sonrisa, dulce y nostálgica, apareció apenas en sus labios al recordar su forma de ser.

 

—Pero nunca les daba importancia. Nunca se quejaba. Nunca dejaba que eso lo detuviera.

 

Sus dedos se estiraron de nuevo para acariciar suavemente la cabeza de peluche del pequeño gato negro.

 

—Decía que eran sus medallas. Que cada marca significaba que había protegido algo, o a alguien, y que valía la pena llevarlas siempre con orgullo.

 

El silencio volvió a llenar el comedor. Pero esta vez no era un silencio pesado ni incómodo. Era cálido. Era melancólico. Era como si Haru estuviera allí otra vez, sentado entre ellos, apoyado en la silla, riéndose de sus propias heridas con esa sonrisa traviesa y brillante que siempre tenía.

 

Y por un momento… nadie se sintió triste.

 

Solo lo extrañaron juntos, con el corazón lleno de todo lo que él les había dejado.

 

El silencio permaneció unos segundos más sobre la mesa. Un silencio cálido, cargado de recuerdos, de esa melancolía dulce que te deja el recordar a alguien que amas y que ya no está, pero que sigue vivo en cada palabra y en cada gesto. Todos parecían haberse perdido un poco en sus propios pensamientos: imaginaban a Haru riéndose de sus heridas como si fueran simples rasguños, hablando tonterías en medio de una batalla mortal o sonriendo con esa luz única que tenía en los ojos, incluso después de terminar destrozado y apenas consciente.

 

Y entonces—

 

¡Clap!

 

La madre de Haru dio una palmada fuerte con ambas manos, un sonido seco y alegre que rompió completamente la atmósfera nostálgica, devolviéndolos a la realidad de golpe.

 

Todos levantaron la vista hacia ella, parpadeando como si despertaran de un sueño. La mujer sonreía con suavidad, pero con determinación, limpiando con un gesto invisible cualquier rastro de tristeza que pudiera haber quedado en el aire.

 

—Muy bien. Ya es suficiente de caras tristes por hoy —anunció con voz firme pero cariñosa—. Haru se enfadaría mucho si nos ve aquí todos con cara de funeral, ¿verdad? Él siempre decía que la vida se vive hacia adelante, no mirando solo al pasado.

 

Miyu asintió lentamente, pasándose una mano por la cara para despejarse, mientras Ren salía lentamente de ese trance emocional en el que había caído. Hasta Aiko, que estaba bebiendo agua, soltó una pequeña risa al darse cuenta de lo rápido que había cambiado todo, casi sin creer que hacía apenas unos minutos estaban todos tirados en la entrada sin poder moverse.

 

La madre de Haru cruzó los brazos sobre el pecho y giró la cabeza, mirando directamente hacia Lilia, que seguía sentada recta, con la mano descansando suavemente sobre el peluche de Haru.

 

—Además… todavía no te he dado la noticia importante, esa que te dije antes del baño.

 

Lilia inclinó apenas la cabeza hacia un lado, sus ojos oscuros fijos en ella con atención absoluta.

 

—¿La noticia?

 

—Sí. Una que te va a cambiar la rutina de aquí en adelante.

 

La mujer sonrió un poco más, notando la curiosidad serena de la chica.

 

—La directora de la escuela me llamó esta tarde, hace apenas un par de horas.

 

Kaede levantó ligeramente las cejas, sorprendida.

 

—¿La directora?

 

—Mhm, ella misma —asintió la madre de Haru, acomodándose en su silla—. Estuvo estos días preparando documentación y arreglando algunas cosas legales y administrativas relacionadas contigo, Lilia. Según me explicó, dado que oficialmente vivirás aquí, en esta casa, de ahora en adelante… decidieron que es momento de que empieces a adaptarte por completo a este mundo, a nuestra vida y a nuestras costumbres.

 

Lilia escuchaba en silencio absoluto, procesando cada dato con esa lógica propia que tenía, sin interrumpir, esperando la conclusión.

 

Y entonces llegó la frase final, la que cambiaría todo.

 

—Por lo tanto… a partir de la próxima semana comenzarás a asistir a la escuela, irás a clases junto a Kaede, Miyu y Ren. Estarás en su mismo curso.

 

Silencio total.

 

Por un segundo, nadie respiró. Fue como si el tiempo se hubiera detenido dentro del comedor.

 

Y entonces…

 

Miyu fue la primera en reaccionar. Se puso de pie de golpe, golpeando la mesa con ambas manos, y señaló dramáticamente hacia el techo, con los ojos brillantes de emoción y victoria.

 

—¡LO SABÍA! ¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía! —gritó casi saltando—. ¡Tenía el presentimiento desde el primer día! ¡Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano! ¡Es imposible que te quedes en casa todo el tiempo siendo tan joven!

 

Ren, por su parte, se dejó caer hacia atrás en la silla, llevándose una mano a la frente y soltando un suspiro largo, como si su destino ya estuviera escrito y condenado.

 

—Era inevitable… lo veía venir desde que te instalaste aquí… pobre de nosotros… o mejor dicho, pobre de la escuela…

 

Kaede se llevó una mano a la frente, aunque una sonrisa enorme se le escapaba de los labios, mezcla de emoción y diversión.

 

Lilia, en cambio, parpadeó lentamente, una, dos veces, como si estuviera analizando el significado exacto de aquella palabra.

 

—¿Escuela…? —repitió con voz tranquila, sin entender todavía las implicaciones.

 

La madre de Haru asintió con calma, explicando con paciencia.

 

—Es un lugar donde los jóvenes van para aprender muchas cosas: historia, matemáticas, ciencias, arte… pero sobre todo, aprenden a convivir, a relacionarse con los demás y a entender cómo funciona la sociedad. La directora dijo algo muy simple: si vas a vivir aquí, entonces no existe un mejor lugar para aprender todo sobre este mundo que una escuela normal.

 

Lilia se quedó callada unos segundos, procesando la información, ordenando los conceptos en su mente.

 

—Entiendo —dijo finalmente con seriedad.

 

Hubo una pequeña pausa.

 

Y entonces, con esa misma voz neutra y analítica, preguntó:

 

—¿Debo prepararme para combate social? ¿Existe algún protocolo de defensa específico para este entorno?

 

Miyu soltó una carcajada tan fuerte que casi se cae de la silla, agarrándose el estómago.

 

—¡Más o menos! ¡Es la definición exacta, sí! ¡Es el campo de batalla más peligroso de todos!

 

Ren levantó lentamente una mano, interrumpiendo la risa con tono grave y muy serio.

 

—Aunque honestamente… el verdadero problema no es lo que tú vas a hacer… el verdadero problema será el resto de los estudiantes cuando te vean entrar.

 

Lilia giró la mirada hacia él, frunciendo levemente el ceño, confundida.

 

—¿Problema? ¿Acaso suponen una amenaza para mí? ¿Debo evaluar riesgos?

 

Miyu apoyó ambos codos sobre la mesa, se inclinó hacia adelante y sonrió con una mezcla de diversión, orgullo y lástima por los pobres compañeros que la iban a conocer.

 

—Lilia… tú no entiendes todavía el impacto que vas a causar en esa escuela. No sabes lo que es entrar a un lugar donde todos son personas comunes y corrientes… y de repente llega alguien como tú.

 

Kaede suspiró suavemente, negando con la cabeza.

 

—Tiene razón. No te estamos exagerando nada.

 

Lilia frunció apenas el ceño, claramente sin comprender de qué hablaban. Para ella, solo era una chica más, cumpliendo órdenes y aprendiendo.

 

—No comprendo —repitió con tranquilidad.

 

Miyu se levantó de golpe de su silla, dio la vuelta a la mesa y se paró frente a ella, empezando a señalarla dramáticamente de arriba abajo, detallando cada cosa con las manos.

 

—¡Mírate bien, Lilia! ¡Mírate! —exclamó con énfasis—. ¡Literalmente destruiste el ego de media ciudad en un solo día de compras! ¡Eres alta, hermosa de una forma que asusta, elegante sin esfuerzo, intimidante cuando te lo propones, misteriosa, seria… y además tienes fuerza suficiente para destruir una máquina de arcade de un golpe o levantar un auto si quisieras! —hizo una pausa dramática, abriendo mucho los ojos—. ¡La gente en la escuela va a perder completamente la cabeza cuando te vea entrar por la puerta! ¡Se van a quedar mudos!

 

Ren asintió con total seriedad, apoyando cada palabra.

 

—Especialmente los chicos. Van a formar filas para saludarte o para pedirte algo, aunque se mueran de miedo.

 

—¡Especialmente las chicas también! —corrigió Miyu inmediatamente, muy segura de su teoría—. ¡Unas te van a adorar como a una diosa y otras van a morir de envidia, pero todas van a quedarse mirándote todo el tiempo! ¡Serás el centro de atención sin siquiera intentarlo!

 

Kaede soltó una pequeña risa, confirmando todo.

 

—No están exagerando demasiado… es tal cual lo dicen.

 

Lilia permaneció en silencio unos segundos, asimilando todo aquello que para ella no tenía mucho sentido. Luego levantó la vista y preguntó con total sinceridad, inocente de todo:

 

—¿Eso es un problema? ¿Es negativo llamar la atención?

 

Miyu la miró fijamente a los ojos, en silencio por un instante.

 

Y luego, muy despacio, bajó la mirada y señaló directamente al pequeño gato negro de peluche que Lilia seguía abrazando contra su pecho con tanto cuidado y cariño, como si fuera su tesoro más grande.

 

—No. Eso solo es el principio. El problema real… el problema que va a derretir a todo el mundo… será cuando descubran que la chica fría, hermosa, misteriosa y súper fuerte… carga un gato negro de peluche a todas partes porque se parece al chico del que estaba enamorada.

 

Se hizo un silencio absoluto. De esos que pesan en el aire.

 

Lilia quedó completamente quieta. Como una estatua. Ni siquiera parpadeó.

 

Aiko, que estaba tomando agua, se atragantó de golpe y empezó a toser desesperadamente, dándose golpecitos en el pecho, con los ojos llenos de lágrimas por la risa y el susto.

 

Ren abrió mucho los ojos, mirando a Miyu y luego a Lilia, sin saber si debía esconderse o aplaudir.

 

Kaede sintió cómo todo el ambiente explotaba internamente, llevándose una mano a la boca para ahogar un grito de emoción.

 

Y Miyu, que acababa de soltar la bomba, sonrió lentamente, muy satisfecha, dándose cuenta del alcance de sus propias palabras.

 

—…Oh —susurró, disfrutando el momento.

 

Lilia bajó lentamente la mirada hacia el pequeño gato negro entre sus brazos. Sus dedos, que antes estaban relajados, se curvaron un poco más sobre la tela suave del peluche, apretándolo levemente.

 

Luego volvió a levantar la vista hacia todos.

 

Su rostro seguía igual de tranquilo, igual de serio, igual de inexpresivo de costumbre. Pero…

 

Pero las puntas de sus orejas, que apenas se veían entre su cabello oscuro, estaban ligeramente rojas. Un rojo suave, tímido, que le subía por el cuello y se asomaba en sus mejillas pálidas.

 

—No estaba enamorada —dijo con voz firme, aunque un poco más baja de lo habitual.

 

Miyu levantó una ceja, cruzándose de brazos, totalmente incrédula y divertida.

 

—Claro. Por supuesto que no.

 

—Es verdad —insistió Lilia, manteniendo la postura, aunque ahora evitaba un poco la mirada de todos.

 

—Ajá. Y yo soy princesa de otro reino —bromeó Miyu, disfrutando cada segundo.

 

—Solo era alguien… alguien importante para mí. Alguien a quien debía proteger y respetar —se defendió Lilia, buscando las palabras exactas, aunque se notaba que su calma de acero se estaba resquebrajando por segundos.

 

Miyu sonrió todavía más, acercándose un paso.

 

—Eso suena muchísimo peor para defenderte, ¿sabes? Porque "importante" es mucho más profundo que "enamorado" cuando se trata de ti.

 

—Miyu… —murmuró Kaede, tratando de no reírse demasiado, aunque ya no podía ocultarlo.

 

Pero ya era demasiado tarde para cualquier defensa.

 

Porque por primera vez en toda la noche…Por primera vez desde que la conocían…Lilia parecía genuinamente incómoda. Estaba sonrojada, avergonzada, y aunque seguía abrazando a su gato con fuerza, sus ojos oscuros evadían los de todos, fijos en la mesa, en el suelo, en cualquier cosa menos en las sonrisas cómplices que había a su alrededor. Y en ese momento, bajo esa luz cálida del comedor, por fin se veía claramente que, aunque fuera una guerrera legendaria, indestructible y poderosa… al final del día, solo era una chica que extrañaba y quería con todo su corazón a alguien que ya no estaba, y que se ponía roja como un tomate cuando se lo recordaban frente a todos.

Thoughts

  • Ovid

    Lilia preguntando si hay que prepararse para combate social en la escuela, con el gato de peluche en brazos. Miyu tiene razón en que es el sitio más peligroso de todos, y me da que el peluche no dura ni la primera mañana sin que alguien le pregunte de dónde lo sacó. Ahí sí que no le va a servir la armadura. Gracias por seguir subiendo capítulos!

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  • TeoSanabria

    Lilia tapa con magia la única cicatriz que tiene para que Haru no cargue culpa, y él por su lado andaba tranquilo con las suyas, diciendo que eran medallas. Se cuidaban cada uno a su manera y ninguno se lo decía al otro. Y luego la mamá de Haru se quedó con la mano a medio camino del vaso, como quien reconoce algo. Yo apuesto a que esa señora sabía de esa pelea hace rato y nunca lo contó.

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