Lo que más me inquieta de esa aula es que nadie esconde la parte fea: el mantra dice devora en voz alta y los cincuenta lo repiten tres veces sin pestañear. Daime es el único que habla de lado, en chiste, y sospecho que por ahí va a entrar la grieta.
Capítulo 11: Ceresianismo: Útero de Plomo
Pensamiento
Lo que más me inquieta de esa aula es que nadie esconde la parte fea: el mantra dice devora en voz alta y los cincuenta lo repiten tres veces sin pestañear. Daime es el único que habla de lado, en chiste, y sospecho que por ahí va a entrar la grieta.
Contenido de la publicación
Clase de Geopolítica y Filosofía – Ceresianismo
La sala no era un auditorio, sino simplemente un aula adaptada, con unos cincuenta alumnos sentados en fila en sus pupitres: Theo, Ana, Ceres, Daime, Dru, Tycho, Cora, Cors, Vanks, Kan y tantos otros. Dark, como siempre, no estaba presente. Despreciaba la rutina de las clases; decía vivir la verdadera esencia de la Ciudad de Ceres, vagando clandestinamente sobre los trenes blindados sin ser descubierto jamás.
Era una mañana luminosa, de cielo azul y nubes que se dibujaban como siluetas en el horizonte. Pero, dentro del aula, las ventanas estaban cerradas y el proyector encendido. El auditorio principal estaba ocupado por otro grupo, y aquella improvisación parecía precaria, aunque, en cierto modo, resultaba eficiente.
El profesor inició la clase con una afirmación contundente:
—El mundo está constantemente en guerra. La paz no es más que un accidente. La supervivencia por encima de la libertad.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras resonara.
—Este es el fundamento de nuestra filosofía. Nuestra Madre Ceres garantiza el futuro no mediante la promesa de libertad, sino mediante la certeza de la supervivencia. No se engañen: la libertad sí fue uno de los primeros pilares en la fundación de la ciudad. Sin embargo, los estudios pronto demostraron su fracaso. La libertad plena permitía que cualquiera cuestionara el propio sistema y lo utilizara en su contra, como un botón de autodestrucción.
Caminó frente a la clase, gesticulando.
—Les pregunto: ¿por qué crearíamos un sistema capaz de destruirse a sí mismo? En un modelo perfecto, todos deberían beneficiarse del altruismo máximo. Y, de hecho, el ser humano es colaborativo por naturaleza… Pero colabora hasta el instante en que se siente perjudicado, sin recibir nada a cambio, sin recompensa.
En ese momento, el profesor comenzó a revolver sus bolsillos y la mesa, inquieto. Murmuraba:
—¿Dónde está…? ¿Dónde está…?
Los alumnos lo observaban. Algunos comenzaron a mirar a su alrededor, buscando instintivamente. Hasta que él sonrió y levantó una pequeña batuta que había caído al suelo.
—¡Aquí está! —dijo, alzándola. Después, miró al grupo con una expresión curiosa—. ¿Se dan cuenta de lo que acaba de suceder? No les pedí ayuda. Y, aun así, buscaron. ¿Por qué?
Un silencio reflexivo se apoderó del aula.
—Porque somos animales políticos y colaborativos. Empáticos, sí. Pero necesitamos recompensas que justifiquen el gasto de energía, aunque se trate de algo irrelevante. No siempre lo hacemos gratis, porque cada acto de colaboración exige calcular el tiempo y el esfuerzo.
Levantó la batuta como si fuera un símbolo.
—Este es el núcleo de Ceres: transformar nuestra colaboración en eficiencia. Hacer que cada gesto sea útil. Y nunca permitir que la libertad destruya aquello que la supervivencia ha construido.
El profesor sostenía la batuta como si fuera un cetro, mientras la clase permanecía sumida en un silencio reflexivo.
Fue entonces cuando Daime, recostado en su silla de ruedas, se inclinó ligeramente hacia Theo y murmuró con una sonrisa torcida:
—Imagínate si hubiera perdido a Madre Ceres en lugar de la batuta… Entonces no la encontraríamos nunca más.
Theo contuvo la risa, mordiéndose el labio, pero el brillo de sus ojos lo delataba.
El profesor, al percibir el más mínimo movimiento en la fila, levantó la mirada y, casi por instinto, retomó el control del aula con un simple movimiento de la batuta en el aire.
La clase volvió a concentrarse. Todos tenían ahora la mirada fija en él, como si incluso aquel leve susurro hubiera servido para reforzar su autoridad.
—Vean —continuó el profesor, como si nada hubiera sucedido—, por eso digo que nuestra energía solo adquiere sentido cuando se canaliza. Incluso una broma, una distracción, cumple una función. La risa rompe la tensión, pero, si se orienta adecuadamente, también puede educar.
La batuta descendió lentamente, apuntando hacia los alumnos, como si dirigiera no una orquesta, sino el pensamiento colectivo.
El profesor volvió a levantar la batuta y prosiguió:
—Casi podría afirmar que el altruismo está inscrito en nuestro código genético. Solo dentro de nuestra filosofía lo activamos de manera lógica y consciente.
Hizo una pausa, observando a los alumnos uno por uno.
—Observen el cuerpo humano. Cuando hay una herida, la sangre fluye para detener la hemorragia. Las células se agrupan y el cerebro coordina los receptores. Es un esfuerzo colectivo. Nuestro cuerpo es altruista por naturaleza: combate las heridas para sobrevivir. Ustedes me ayudaron a encontrar mi batuta por instinto. El mismo principio se aplica aquí.
El profesor caminó hasta el proyector. Su voz adquirió la cadencia de alguien que estaba conduciendo una revelación.
—Así funciona también nuestra economía. Ceres es el máximo ejemplo de eficiencia en la distribución de la renta. Como en el cuerpo humano, todas las partes reciben la sangre que necesitan. Madre Ceres es el corazón que bombea esa sangre económica hacia cada célula de la sociedad.
Hizo clic en el proyector. La pantalla se iluminó con imágenes de miseria en otras naciones.
—Pero en otros países… —su voz se volvió grave— creen que ciertas partes del cuerpo merecen más sangre que otras. Interrumpen el flujo. Eso genera necrosis, y de ella nacen la miseria, las crisis y las guerras. Es fácil culpar a los más débiles, pero la raíz del problema es la ideología.
Otro clic. Apareció una nueva imagen: campos devastados por el hambre.
—Lo que determina el éxito económico de una nación es su ideología. Nunca al contrario.
Clic. Niños esqueléticos, con la piel pegada a los huesos, miraban a la cámara con los ojos vacíos.
Clic. Aviones lanzando bombas sobre ciudades en llamas.
Clic. Hombres y mujeres mutilados, cuerpos tendidos en el suelo, gritos congelados en fotografías.
Cada nueva imagen arrancaba suspiros, provocaba miradas de asombro y despertaba murmullos ahogados en el aula. Algunos alumnos apartaban la mirada. Otros se encogían en sus sillas.
El profesor, sin embargo, permanecía erguido ante el horror proyectado, como un director de orquesta que dirigiera no una melodía, sino una dolorosa lección.
Con cada clic del proyector, el aire del aula se volvía más denso. El profesor no parpadeaba; sus ojos, fijos en la pantalla, parecían absorber el horror y devolverlo convertido en palabras.
Ceres, en la primera fila, mantenía la espalda erguida. Sus ojos azules no vacilaban ante las imágenes; había un brillo casi orgulloso en su manera de contemplar el contraste entre la miseria del mundo y la supuesta pureza de su ciudad.
Theo, a su lado, permanecía en silencio. Su mandíbula apretada delataba el impacto que aquellas imágenes le causaban, pero su mente no parecía dejarse arrastrar por la emoción: estaba calculando, sopesando cada palabra pronunciada por el profesor, buscando la lógica oculta bajo aquel espectáculo.
Daime, recostado en su silla de ruedas, dejó escapar una breve risa irónica. En voz baja, le dijo a Theo:
—Si el cuerpo es tan perfecto, profesor, ¿por qué el mío está roto?
Theo le lanzó una mirada que mezclaba reproche y complicidad.
Tycho, unas filas más atrás, estaba pálido. Volvió el rostro ante la fotografía de un niño reducido a piel y huesos. Se le llenaron los ojos de lágrimas y respiró profundamente, como si buscara el valor necesario para soportarlo.
Vanks cruzaba los brazos y entrecerraba los ojos, intentando parecer indiferente. Sin embargo, su pierna temblaba debajo del pupitre.
Kan, por su parte, se inclinó hacia delante, fascinado. Había algo en su mirada —no compasión, sino ambición—, como si estuviera absorbiendo aquella lección más allá de la moral, convirtiéndola en una estrategia de poder.
Cora se pasó discretamente la mano por el rostro, ocultando la lágrima que insistía en caer.
Dru mantenía la mirada fija en el suelo, evitando la pantalla.
El profesor, atento a los movimientos de la clase, percibió el efecto de las imágenes. Sonrió ligeramente, no por placer, sino por convicción.
—Presten atención —dijo, deteniendo las imágenes—. El horror que existe ahí fuera no es un accidente. Es una elección. La ideología crea hambre, la ideología crea guerras. Aquí, en Ceres, elegimos sobrevivir. Elegimos mantener vivo el cuerpo entero.
Y la pantalla se oscureció de repente, sumiendo el aula en un silencio absoluto.
La sala quedó a oscuras. La voz del profesor resonó con firmeza:
—Ahora… les mostraré imágenes reales del sistema ideológico y filosófico del Ceresianismo.
Con un gesto, descorrió de una sola vez la larga cortina. La luz invadió el aula como una revelación. Las ventanas se abrieron de par en par y un mundo nuevo entró por los ojos y los oídos de los alumnos.
El cielo de Ceres se extendía azul y despejado, como una pintura viva. A lo lejos, los campos cultivados ondulaban bajo el viento, irrigados por canales resplandecientes. Las bombas de agua trabajaban a un ritmo constante, mientras los tractores rugían como los engranajes de una orquesta agrícola. El murmullo de la vida en Ceres llegaba hasta allí: una melodía de máquinas, trabajo y orden.
Cada rincón del paisaje parecía planificado. Ninguna miseria, ninguna hambre, ningún fallo aparente. Solo eficiencia.
El profesor levantó la batuta hacia la ventana, como quien presenta un espectáculo final.
—Esto es el Ceresianismo —declaró—. Funciona.
Se volvió hacia la clase, con los ojos brillantes.
—Tengan miedo… cuando esto deje de funcionar. Tengan miedo, porque la fragilidad cuesta cara. La libertad es un lujo que destruye el cielo que hoy pisan.
Caminó lentamente por el aula, con la voz cada vez más grave.
—Espero que algún día sus estómagos rujan como truenos, recordándoles que esta abundancia no es natural, sino una conquista. Que sus hijos hereden este legado, no gracias a la libertad, sino a la supervivencia.
El profesor levantó la batuta como si dictara una sentencia.
—La supervivencia por encima de la libertad. Siempre.
Durante un instante reinó el silencio absoluto. El viento entraba por la ventana, trayendo el rugido lejano de los tractores y el sonido del agua que corría por los canales de riego.
Entonces, al unísono, las voces de los cincuenta alumnos llenaron el aula, graves y acompasadas como un cántico:
—Madre Ceres, que nos protege, nos alimenta y nos devora.
Las palabras resonaron como un mantra sagrado. Se repitieron una, dos, tres veces, hasta que el espacio pareció vibrar con ellas.
El profesor bajó lentamente la batuta, satisfecho. La lección no solo había sido impartida. Había quedado grabada.
La batuta descendió despacio, poniendo fin al mantra. Pero la lección aún no había terminado.
El profesor condujo a los alumnos fuera del aula, hasta el patio central. El sol ya se encontraba alto, iluminando la inmensidad ordenada de Ceres.
Allí estaban todos, uno al lado del otro, en silencio, cada cual evocando mentalmente las palabras que habían resonado momentos antes: «La supervivencia por encima de la libertad».
Y entonces, como si obedecieran a un instinto común, levantaron la mirada.
A mil quinientos metros por encima de ellos, la Torre de Madre Ceres se alzaba inmensa y soberana, cortando el cielo. Sus reflejos de metal y vidrio brillaban como una columna sagrada que sostenía el mundo.
Todavía más arriba, casi invisible, pero presente como una sombra eterna, la Estación Espacial CERES II orbitaba. Algunos no podían verla a simple vista, pero todos la sentían, como si la gravedad de la propia Madre los mantuviera unidos a ella.
Era el milagro del Ceresianismo ante sus ojos: la tierra fértil bajo sus pies, la torre que gobernaba a los hombres y, en lo alto, el brazo de la ciudad extendido hacia las estrellas.
Nadie habló. Nadie lo necesitaba. El silencio colectivo era más elocuente que cualquier palabra.
En aquel instante, cada corazón en el patio latía al mismo ritmo que Madre Ceres.
En el patio, los alumnos permanecían inmóviles, con la mirada elevada hacia la Torre y la distante órbita de CERES II. El silencio era absoluto, solemne, como si cada uno hubiera entregado su propio pensamiento al cuerpo colectivo de la ciudad.
Pero, lejos de allí, otro joven recorría la esencia de Ceres a su manera.
Dark.
Agachado sobre el techo de un tren blindado en movimiento, mantenía el equilibrio con una facilidad animal. El viento le cortaba el rostro, el acero rugía bajo sus pies y cada túnel clandestino que atravesaba parecía una arteria palpitante de la ciudad. Mientras la Torre de Madre Ceres proyectaba su sombra sobre el patio, Dark corría sobre los rieles ocultos, un fantasma entre el hierro y el humo.
Para los demás, la gravedad de la Madre los atraía como un campo invisible. Para él, ocurría lo contrario: Dark parecía escapar de ella, resistirse a su magnetismo sagrado.
Mientras todos contemplaban el cielo, él miraba hacia los subterráneos.
Mientras todos repetían el mantra en silencio, él se reía por lo bajo, saboreando la sensación de libertad que nadie más se atrevía a reclamar.
Y en aquel contraste —patio y tren, torre y túnel, devoción y huida— se revelaba la dualidad oculta de Ceres.
El mantra todavía resonaba en los oídos de todos cuando el patio quedó sumido en un silencio cargado de tensión.
Theo permanecía cerca del centro, con la mirada inevitablemente puesta en Ceres. Había algo en su postura —erguida, segura, casi desdeñosa— que lo inquietaba. Cada gesto de ella parecía calculado; cada paso, un desafío silencioso. Se sentía atraído y, al mismo tiempo, intimidado. El enigma de Ceres lo conmovía y lo frustraba.
Ceres, por su parte, parecía no reparar en Theo más de lo necesario. Sin embargo, en su interior era consciente de cada una de sus miradas. Conocía el efecto que provocaba, aquella fascinación contenida, y exploraba esa tensión con una arrogancia natural.
Dark apareció de repente en un extremo del patio, caminando con pasos silenciosos y calculados. Sus ojos fríos recorrieron la multitud y pasaron por Theo y Ceres. No había emoción, solo análisis. Su mirada se encontró con la de Theo y, por un instante, se produjo el choque del odio mutuo: intenso, silencioso, cargado de respeto y provocación. Theo le respondió con un leve arqueo de cejas, desafiándolo sin pronunciar una palabra.
Ceres permaneció indiferente, firme en cuerpo y mente. Sintió la «mala sangre» de Dark antes incluso de que se acercara. No necesitaba hablar ni mirar. Él estaba allí, era visible, pero resultaba irrelevante para ella… hasta que algún día algo pudiera exigir que ambos entraran en contacto.
El viento atravesó el patio, agitando ligeramente la ropa de los alumnos y trayendo consigo el olor de la tierra, del riego y del metal. Tres mundos coexistían en aquel espacio: atracción, odio e indiferencia. Todos estaban ligados a la gravedad de la Madre, todos sometidos al silencio ritual, pero cada uno llevaba consigo su propia tensión.
No se pronunció ninguna palabra. No hubo ningún gesto gratuito. Pero todos lo sabían: la dinámica entre ellos moldearía el futuro de la ciudad, aunque la Torre y CERES II continuaran vigilando en silencio.
Ceresianismo
El Ceresianismo no es fe.
No es religión.
No es política.
Es instinto.
Es la verdad desnuda: la libertad es el enemigo y la supervivencia es la ley.
Mientras los pueblos de ahí fuera se arrodillan ante dioses frágiles y líderes pasajeros, nosotros nos arrodillamos ante la única fuerza que jamás falla: la Madre.
Ella alimenta.
Ella educa.
Ella devora.
En el Ceresianismo no hay lugar para los sueños.
La utopía es mentira.
La paz es un accidente.
Aquí solo existe la guerra: disciplinada, moldeada, ritualizada.
Y cada uno de nosotros es un soldado de esa guerra eterna.
No somos individuos.
Somos engranajes.
Somos dientes de hierro que giran para mover el cuerpo de Ceres.
En el Ceresianismo, el débil no es descartado: es reciclado.
El defecto es materia prima.
La derrota es una lección.
Hasta la muerte es una herramienta.
La Madre nos enseñó que el amor es frágil, el miedo es instinto, la locura es poder y el humor es alivio.
Pero, por encima de todo, gobierna el instinto: la supervivencia.
Ceres no nos prometió libertad.
Nos prometió algo más grande: sentido.
Pertenencia.
Utilidad eterna.
En el Ceresianismo no se adora un mito:
se adora la mano que moldea, la disciplina que aprieta, el útero de plomo que nos engendra y nos consume.
Otros pueblos llaman a esto tiranía.
Nosotros lo llamamos verdad.
Porque aquí la libertad es el enemigo.
Y la Madre… la Madre lo es todo.
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PermalinkLo que más me inquieta de esa aula es que nadie esconde la parte fea: el mantra dice devora en voz alta y los cincuenta lo repiten tres veces sin pestañear. Daime es el único que habla de lado, en chiste, y sospecho que por ahí va a entrar la grieta.
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PermalinkSe le cae la batuta, cincuenta pibes buscan sin que nadie les pida nada y el profe la levanta como prueba. Ni la vieron venir.
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