Bien hecho frenando. A veces la cabeza grita después de un rato, cuando el cuerpo ya quiso.
Capítulo 10
Los nervios me traicionan al ver a Alejandro entrar en el cuarto. Antes de que pueda articular una sola palabra, lo veo cruzar los brazos y dejar escapar una sonrisa breve.
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Bien hecho frenando. A veces la cabeza grita después de un rato, cuando el cuerpo ya quiso.
Contenido de la publicación
Los nervios me traicionan al ver a Alejandro entrar en el cuarto. Antes de que pueda articular una sola palabra, lo veo cruzar los brazos y dejar escapar una sonrisa breve.
—No te preocupes por el carro, yo lo mandé a buscar en la madrugada —dice
— ¿Y por qué no me avisaste antes?
—Lo estoy haciendo ahora —exclama él
—Ya te puedes ir —murmuro a la defensiva
—Nos podemos ir, mejor dicho. Tu papá te está llamando —afirma
—OK, tú vete adelantando
Bajo las escaleras preguntando para qué me necesitan. Lo veo de nuevo; Alejandro sigue ahí, plantado en la casa. "¿Acaso no piensa irse?", me pregunto a mí misma con fastidio.
—Vamos a salir, ¿quieres venir con nosotros? —dice mi padre.
—No, gracias. Ya tengo planes para otra ocasión.
Me dirijo a la cocina para lavar el plato y, en ese instante, entra Bryan.
—Vamos a ir, así aprovechamos que vine.
—No. ¿Para dónde es que van?
—A tomar unas copitas
—Vayan ustedes; después de que haga mi diligencia, los alcanzo
—OK. Me avisas
Al final, todos se van y yo aprovecho para ducharme y arreglarme. Justo cuando termino, suena mi teléfono: es Chris
—Estoy afuera
—OK
Le cuelgo y bajo de prisa. Lo saludo con un beso en la mejilla y subo al taxi. Llegamos a un bar con poca luz; entramos y nos acomodamos en una mesa apartada, al fondo, en una esquina. Sin perder un segundo, voy directo al grano y le pregunto qué pasa.
—Vamos a ahogar nuestras penas —murmura él con la mirada pesada
El mesero nos trae dos cervezas
—Brindemos por nuestras penas —digo, tratando de aligerar el ambiente.
Chocamos las botellas. Estuvimos conversando de varios temas triviales hasta que decidí insistir:
—Dime, ¿qué te sucede? Sabes que puedes confiar en mí.
—Sí, lo sé... por eso te llamé para reunirnos —admitió con la voz apagada.
A partir de ahí, Chris comenzó a desahogarse por completo. Me confesó que se sentía sumido en una profunda depresión porque las cosas no estaban saliendo como él quería. A eso se le sumaban varios problemas familiares que lo tenían asfixiado; me explicó que solo quería refrescarse un poco, salir de su rutina y relajarse un rato para despejar la mente. Me había llamado precisamente para que lo escuchara y lo aconsejara.
Lo miré con empatía y le dije muchas cosas para animarlo; le aseguré que la mala racha pasaría y que siempre contara conmigo para lo que necesitara. Entre palabra y palabra se nos pasaron las horas volando. Cuando miré el reloj, ya eran las diez de la noche.
Noté que Chris estaba un poquito ebrio por las cervezas, así que decidí que era hora de irnos. Pedí un taxi y me aseguré de mandarlo a salvo para su casa. En cuanto me subí al auto, me sentí mucho más relajada al saber que él ya iba camino a su hogar, y le pedí al conductor que me llevara a la dirección que me había mandado mi hermano.
Le avisé a Bryan por mensaje que ya iba en camino y que me esperara afuera. Cuando el taxi por fin llegó a la dirección, me encontré a Bryan parado en la entrada junto a mis padres. Ya se iban; la verdad es que era bastante tarde para ellos ya que nunca han sido muy tomadores que digamos.
—Vamos, entremos —me dijo Bryan apenas nos despedimos de mis papás—
—Nos vamos a encontrar con Alejandro.
El lugar parecía una especie de club chino. Al entrar, me di cuenta de que el ambiente era muy cómodo y agradable; realmente me gustó mucho. Alejandro estaba allí, pero no sentado en la barra, sino en una mesa. Nos fuimos acercando hacia él.
—Miren quién llegó, la que nos dejó botados —soltó Alejandro en tono de broma en cuanto nos vio llegar cerca.
Me miró de arriba abajo de esa forma suya, como si no le importara mi presencia, pero en el fondo sabía que sí. Ignoré el comentario, caminé hacia la mesa y me senté al lado de mi hermano. De inmediato me sirvieron un trago. Yo ya venía medio entonada por las cervezas con Chris, pero no me importó; me sentía a gusto y quería pasar un buen rato compartiendo.
Mientras nos poníamos al día, Bryan se giró hacia mí y me soltó un comentario a media voz:
—Voy a invertir con Alejandro en un negocio.
Mientras mi hermano hablaba de trabajo con Alejandro, me dediqué a escucharlos con atención. Fue justamente en el transcurso de esa conversación cuando, por fin, supe la edad de Alejandro. Me quedé completamente sorprendida: ¡apenas tiene 26 años! Por su madurez, su seguridad y la forma tan madura en la que se expresa, cualquiera habría jurado que era un hombre de más de 30. No pude evitar comparar la situación en mi mente; mi papá tiene 41 años y ver a un muchacho de solo 26 ser socio de él era impresionante. Estuvimos disfrutando un buen rato entre copas y charlas hasta que las doce de la noche nos dieron en el reloj. Justo en ese preciso instante, a mi hermano le entró una llamada telefónica.
—¿Estuvo bien tu salida? —me preguntó Alejandro de repente, rompiendo el hielo mientras mi hermano se alejaba
—Sí, estuvo bien —le respondí, tratando de sonar indiferente.
Él me sirvió otro trago. El alcohol y el ambiente me dieron el valor que me faltaba, así que me atreví a tocar el tema que me venía dando vueltas en la cabeza:
—Quiero preguntarte algo sobre lo que pasó en el taller... ¿Por qué reaccionaste así al comentario que hizo el chico? No fue una buena forma de decirlo. ¿Hay algo entre ustedes o simplemente se llevan mal?
Alejandro se me quedó mirando fijamente, en silencio, analizando mi pregunta. Me sentí tan incómoda bajo su mirada que hice el amago de levantarme de la mesa para ir a buscar a mi hermano. Al notar mi movimiento, él me detuvo.
—Siéntate —me dijo con voz firme
— Tienes que aprender que no todo se puede preguntar —murmuró, tomándose un trago.
En eso vibró mi teléfono. Era Bryan diciendo que venía en un rato; ese "en un rato" lo sabía muy bien, y eso significaba que no vendría. Me sirvo un trago, me lo tomo y le digo a Alejandro que si se quiere ir porque mi hermano ya no viene. Él no dice nada, y yo solo quiero dejar de pensar en Alex y en todo lo que se relacione a él.
Veo a Alejandro levantarse y se va. Pienso que se marchó; me sirvo otro trago y se me humedecen los ojos. Siento cómo una lágrima recorre mis mejillas y me pregunto a mí misma: "¿Por qué siempre tengo que sentirme triste por cualquier acción que hacen las personas?"
—¿Y por qué lloras? —alzo la mirada y veo a Alejandro sentarse de nuevo.
—Cosas de la vida —le digo, sacándome las lágrimas.
Puedo decir que el alcohol le sacó lo conversador; entre trago y trago cada conversación se ponía más interesante, pero él seguía a la defensiva cada vez que trataba de sacarle información. Me rendí y solo quería disfrutar el momento. Entre risas y malas caras, ya estábamos ebrios los dos. Pagamos la cuenta y salimos del club. Saqué el celular para llamar a un taxi y dice:
—Yo te llevo
—OK.
Caminamos para donde estaba su camioneta, me subí y nos marchamos.
Había pasado media hora desde que salimos del club cuando la camioneta de Alejandro dio un par de tirones, se apagó y no quiso prender más. Nos bajamos en la penumbra de la calle y él me sugirió caminar hacia su casa, ya que vivía muy cerca. Acepté sin pensarlo demasiado.
Al llegar, me preguntó si quería pasar. Entré con la curiosidad de ver cómo era el interior de su casa. Caminé hacia la sala, me senté en el sofá y esperé a que él viniera. De la nada, un apagón nos dejó a oscuras. "Tengo una mala suerte" afirme.
Escuché los pasos de Alejandro y le pregunté si no encontraba las llaves. Me dijo que no. Encendí la linterna del celular y lo vi acercarse.
—No las encuentro. Préstame tu teléfono para alumbrar —dice
Me puse de pie para dárselo, pero me tropecé y sus manos firmes me rodearon la cintura, atraiéndome hacia él. Me besó de pronto, pero en lugar de apartarme, me rendí al impulso y me acerqué más. Él me sostuvo con fuerza, se giró y se sentó en el sofá, tirando de mi brazo para hacerme caer sobre su regazo. Me acomodó sobre sus piernas, deslizó la tela de mi blusa hacia un lado y comenzó a besarme con una urgencia que parecía no tener mañana. Yo sabía que estaba mal, pero una voz muy honda dentro de mí me pedía que me dejara llevar.
Sus dedos enredados en mi cabello soltaban la coleta, dejando mi pelo caer suelto sobre la espalda. Me quitó la camisa. Sus manos bajaron por mi espalda, deslizándose por mi cintura y deteniéndose en el broche de mi bermuda. Sentí el chasquido del metal y su mano deslizando el cierre hacía abajo mientras mis manos buscaban abrirse paso por su ropa. Me aparté un segundo para respirar; él soltó un murmullo de protesta antes de volver a atrapar mis labios. Sus manos regresaron a mi bermuda y la deslizaron por mis piernas hasta dejarme libre. Se puso de pie conmigo en brazos y, en un movimiento denso, rodeó su cintura con mis piernas y colocó mis brazos atrás de su cuello, él me sostiene con fuerza y me lleva hacia su habitación. Me coloca sobre la cama. Se quitó el pantalon y se acomodó.
Volví a subirme a su regazo, besándolo con una desesperación renovada mientras sus manos recorrían mis caderas y mi cintura. A pesar de que él conservaba el bóxer, la firmeza de su cuerpo me hizo sentir la intensidad de su deseo, tan real y evidente como el mío. La cabeza me daba vueltas entre el vértigo del momento y la voz de la razón que me advertía que estábamos cruzando una línea sin retorno. Sus manos buscaron el borde de mi ropa interior y el broche de mi brasier. En ese preciso instante, me detuve en seco. Me aparté de su boca, y un gemido ronco escapó de sus labios.
—Celeste... —pronunció mi nombre con la voz rota, caliente y entrecortada.
Pero esa mínima pausa fue suficiente para que el eco de mi conciencia gritara que no podía seguir. Me levanté de la cama. Salí casi corriendo a la sala, me subí la bermuda y abroché el cierre con dedos temblorosos mientras me colocaba la camisa. Con el teléfono en la mano alumbrando, lo veo venir ya vestido. Me pide el teléfono y esta vez consigue la llave; me devuelve el aparato y, justo en ese instante, regresa la luz. Salimos, subimos al coche y me lleva para mi casa. En el trayecto todo está en silencio. "¿Qué se podía esperar?", digo en mis pensamientos. Después de media hora llegamos a mi casa, me bajo del carro y entro pisando con cuidado para no despertar a nadie. Subí a mi cuarto, pasé el seguro de la puerta con un clic definitivo, me metí bajo el agua tibia de la ducha para borrar el rastro de la noche y me dejé caer en la cama.
Thoughts
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PermalinkPasó las cuarenta páginas sin problemas. Ese freno tuyo en lo mejor es lo que me hace seguir.
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PermalinkLa ducha fría al final. Eso de querer borrar lo que pasó pero que te siga ardiendo todo.
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Permalink¿Volvieron a hablar después o quedó todo raro entre ustedes?
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PermalinkEse "en un rato" de Bryan = nunca vuelve y lo sabes, ayy 😅
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PermalinkLa forma en que escribís su cara sin decirla me dice que todavía lo querés. Aunque no sepas bien qué querés con él.
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PermalinkBien hecho frenando. A veces la cabeza grita después de un rato, cuando el cuerpo ya quiso.
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PermalinkEse momento de detente en lo mejor del cuento es lo que me mata. Encima dejaste el teléfono en la penumbra, eso es villana pura.
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Permalink¿Qué pasó después? ¿Se quedó ahí en silencio o qué?
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PermalinkTe esta quedando muy bueno. Buen trabajo @mar_ ! Lo anadire a un par de grupos
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