Eso de pasar de tener miedo a estar lista en el tiempo que tarda en sonar una canción. Algunos cambios son así de rápidos, son tan rápidos que después no sabés qué se siente.
BUTAKERA
Capítulo 2
En series
In groups
Pensamiento
Eso de pasar de tener miedo a estar lista en el tiempo que tarda en sonar una canción. Algunos cambios son así de rápidos, son tan rápidos que después no sabés qué se siente.
Contenido de la publicación
Capítulo 2
Primera sangre
1
No quedaba nadie en el bufé del club. A media luz y sentados a una mesa, conversaban como dos amigos después de trabajar Don Teo y su segundo: un hombre fornido, calvo y de tupida barba que había probado el tusi, a quien llamaban el Tío porque se había acostado con las hermanas de todos. Mientras tanto, una señora mayor con guardapolvo azul y un pañuelo colorido en la cabeza -que dejaba adivinar unos ruleros debajo- intentaba limpiar la mancha de sangre que había dejado Hulk con una mopa que pedía a gritos la jubilación; sin embargo, solo conseguía ensuciar más.
-¡Necesito detergente industrial y una mopa nueva! -gritó la señora sin dejar de mover el trapo.
-¡Te di esa hace quince días! ¡Paulo! -gritó Teo. Un hombrecito salió de detrás del mostrador con heladera que estaba llenando-. Dale detergente a Casimira.
El hombre buscó una llave y abrió una puerta detrás suyo. La señora fue corriendo tras él mientras refunfuñaba:
-Tacaño...
-Te escucho... -le dijo Teo a su segundo mientras servía el vaso del Tío como calculando la dosis.
Este tomó un sorbo, lo mantuvo un rato en la boca y, luego de tragar, cerró los ojos disfrutando el momento. Satisfecho por la reacción de su compañero, Teo también bebió.
-Linda botellita... ¿Cómo se llama? Así me compro una para tomar un poco antes de ir a la catrera...
Teo se puso de pie, tomó la botella con las dos manos, como si fuera una reliquia, y cambió la tonada. Ahora hablaba con una cadencia ajena, estirando las sílabas, imitando el cantito de un extranjero que quiere sonar distinguido.
-Es un Royal Salute Cincuenta Años. Esta botellita -hizo una pausa, acariciando la porcelana- es un decantador artesanal de porcelana azul profundo, creado por ceramistas expertos. Lleva incrustado un escudo tallado a mano en plata fina y oro de veinticuatro quilates. Se sella con tapones de metales preciosos y se presenta en un estuche de madera noble.
Teo soltó la pose, volvió a su voz y se dejó caer en la silla.
-Así, palabra por palabra, me lo dijo el colombiano ese que vino en nombre de Escobar. Sesenta lucas verdes.
El Tío, que había seguido la actuación con una sonrisa, levantó el vaso.
-¿Lo que me serviste?
-Tres mil dolarucos.
-Dame la plata y compro Torito todo el año.
Se miraron un segundo y estallaron en carcajadas.
Cuando dejaron de reír, el Tío se puso serio y le preguntó:
-De verdad, ¿qué te pareció la piba?
-¿Martina? ¿La butakera nueva? -El Tío asintió con la cabeza-. Por ahora, bien. Por lo pronto, su primera misión la cumple, y con creces: nadie va a saber qué hace el Polaco. Los hombres por pajeros y las minas por envidiosas... Pero después de la primera sangre vamos a ver de qué está hecha, a ver si puede ir a 240 y en medio de los corchazos tardar cincuenta y cinco segundos en cargar su Glock.
-Al Hulk te lo estropeó...
-Ya estaba estropeado... -Teo se quedó mirando a la nada con tristeza.
-Hiciste lo que pudiste por él. En cualquier momento se mandaba una jodida que atrajera a los buitres, y sabés que todos esos que estaban hoy negociando con vos van a festejar tu caída -hablaba el Tío tranquilo, con su voz ronca de cigarrillos y alcohol.
De pronto Teo soltó una carcajada, diciendo:
-¡«Peruana»! ¡Jajaja, qué hijo de puta!
El Tío también rio mientras encendía un 43/70.
-¿Viste las caras? -preguntó soltando humo.
-Sí, jajaja. Nos subestiman. ¿Piensan que puede venir alguien a vender acá? Nosotros los dejamos, y cuando se engolosinan... ¡pum! -Golpeó la mesa, lo que hizo saltar los vasos-. Tenemos excusa para sacarlos de Varela. Sí, me gusta la piba. Lo que pasa es que tiene que reemplazar a la Turca... La mina me organizaba el gallinero. ¿Pensás que es fácil manejar quince butakeras? Es más: quince minas que están fuertísimo. ¿Sabés los egos de estas pibas? Ella dirigía: si tenía que pegar un grito lo hacía, y si tenía que dar un cachetazo, también... La voy a extrañar...
-Yo también. Estaba buenísima, qué desperdicio... Le gustaba tijeretear...
-¡No seas animal! -lo retó Teo sirviendo su vaso, ante la sonrisa de placer del Tío al ver caer el líquido.
-¿Es mentira?
-No, pero no me importaba. «Tenemos que deconstruirnos», según Sofía... -mencionó a su actual pareja-. De verdad, ¿mirá si me iba a molestar con quién se cogía? Era la mejor y listo.
-¿Qué hacemos con Hulk? ¿Lo llevamos al crematorio del cementerio municipal?
-No... -negó con la cabeza-. Lo voy a enterrar al lado de Larisa...
De pronto sonó el teléfono del Tío, quien se paró inmediatamente. Teo lo miró con gravedad.
-Es el Polaco... Los peruanos y el Gordo están reunidos en El Micro-pancho.
-Es una provocación... Se reúnen como si fuera su territorio.
Los dos hombres salieron raudos mientras la mujer terminaba de limpiar con una mopa nueva. Ya nada quedaba de Hulk.
2
Dentro de un ómnibus R.E.O. (Ransom Eli Olds) con carrocería Gnecco funcionaba «El Micro-pancho», al resguardo de una vieja carpa de circo. Le habían cortado un costado a lo largo y por ahí atendían. Mesas de plástico rojo y sillas de lona, todas con publicidad de Coca-Cola, se repartían sobre un césped cortado al ras. Una rocola llenaba el ambiente de música. Dos meseras con remeras blancas dos talles más chicas iban de mesa en mesa. Era el sitio de reunión de trasnochados y de toda la fauna que recorría de madrugada la avenida Del Trabajo, límite entre Quilmes y Varela. El Micro-pancho quedaba a una cuadra de esta avenida: territorio de Don Teo.
El Polaco estacionó el Tornado en la playa de estacionamiento de la panchería. Miró a su flamante butakera, le agarró el mentón y se lo levantó diciendo:
-A ver...
Tenía los dedos de Hulk marcados en el cuello. Martina hizo un gesto de dolor.
-¿Tan mal está?
-Masó... -Martina bajó el espejo retrovisor para verse. Al notar las marcas hizo un gesto de asco y se acurrucó en el asiento de cuero negro, como buscando calor-. No sé si voy a poder con esto -dijo sollozando.
-¿Con qué? -le preguntó el Polaco, sentándose de costado.
-Con esto... Con manejar armas, pelear, el ambiente...
-¡Pará, pibita! ¡Pasaste a valores a Hulk!
-No fui yo...
-Sí, fuiste vos. Yo vi a ese tipo cargarse a doce Cabeza de Tortuga. Fue uno de mis primeros trabajos: ir a buscarlo tras un contrato que salió mal. Mi butakera era la Turca. Cuando llegamos ya estaban los cobanis, y el tipo salió con cuatro policías encima. Lo vi boxearlos uno a uno... hasta que no quedó ninguno. Nadie me lo contó, nadie... No te preocupes: si llegaste hasta acá es por tu fuerza. Y además estás zarpada en buena.
-Boludo... -le dijo ella riéndose mientras le golpeaba el hombro.
Se quedaron mirando. No solo eso: se veían. Él vio a una piba con una fuerza terrible; ella vio a un hombre tratando de hacerla sentir segura. En otra circunstancia la habría besado, pero él se contuvo y miró al frente. Ella se rio haciéndole una burla:
-¿Tenés miedo?
-¿Miedo? El jefe me dijo que te cuidara. Somos un equipo. Vamos a comer algo -dijo, y abrió la puerta.
-No... -Martina se señaló el cuello.
-En la guantera -indicó él.
Ella abrió el compartimento, sacó un pañuelo rojo, se lo ató al cuello y bajaron.
-¿Es necesario que me vista así?
-No es ropa, es tu uniforme -se le puso enfrente, la tomó por los hombros y, mirándola a los ojos, le dijo-: Te lo repito: somos un equipo. Vos vistiéndote así me cuidás a mí. Todos te van a mirar a vos y me van a dejar espacio a mí para actuar.
-Sí, me lo explicó la Turca. Me enseñó todo: a pelear, a manejar armas... Todo menos a no tener miedo. Me da cagazo fallarte a vos, a Don Teo, a la Turca... A mí misma.
-Consejo de un boludo: mirá todo, escuchá, preguntá, aprendé... y dejá que tu instinto actúe. Vas a ver que sin darte cuenta vas a hacer cosas que ni creías que podías. Tu «primera sangre» va a llegar cuando deba llegar.
Entraron. Cualquiera que los viera pensaría que eran una parejita que venía a comer algo después de ir al hotel alojamiento que quedaba a dos cuadras. El Polaco la miró y le dijo:
-Lección uno: siempre uno de los dos mirando a la puerta y cerca de ella. Hoy dejámelo a mí.
La mesera vino con una carta. El Polaco la detuvo:
-¿Confías en mí? Espero que sí -Martina sonrió-. Traenos dos superpanchos completos, papas grandes para mí y una Quilmes de litro. ¿Vos qué tomás?
-Un poco con vos -contestó.
-Gracias...
-Qué chico educado... -dijo ella-. ¿Te puedo hacer una pregunta?
-Uf, dale.
-¿Qué se siente matar?
-¿Y quién te dijo que maté a alguien? Yo soy un Toretto, manejo. Casi siempre las que empiezan a los corchazos son ustedes.
-Jajaja.
-De verdad, dejá de pensar tanto y dejate llevar. Si pensás, perdiste.
-Poné música.
-¿Qué te gusta?
-Lo que vos quieras.
Martina se levantó y todas las miradas se posaron en ella. El Polaco pensó al verla caminar desde atrás: «Voy a ser el puto hombre invisible».
Cuando miró hacia la entrada los vio pasar. Eran ocho hombres fornidos vestidos de forma extravagante; parecían un viejo grupo de cumbia de los noventa, con camisas coloridas, pantalones pinzados y zapatos negros. Ocuparon dos mesas. Al segundo entraron otros seis. Al frente iba un gordo sudoroso de piel blanca, hoy enrojecida. Dos de los hombres que se habían sentado primero se levantaron y le dieron lugar al Gordo y a otro sujeto de traje y anteojos negros.
El Polaco agarró su teléfono, envió un mensaje, se paró y se dirigió hacia Martina, que de espaldas corría los discos de la rocola buscando algo. De pronto una voz resonó:
-Mirá vos... El chupapija de los paraguayos.
Unos segundos antes, Martina había mirado hacia su mesa, vio al Polaco mandando un mensaje y siguió con la rocola. Al darse vuelta notó que él le hacía una seña para que esperara. Cuando el peruano se paró y le habló al Polaco, ella caminó hacia la puerta. Los parroquianos se fueron levantando despacio y huyeron en manada. Había cuatro meseras, dos cocineros y un cajero; al cabo de unos segundos no quedaba nadie.
Dos gorilas agarraron al Polaco y le dieron un golpe en la boca del estómago que le quitó la estabilidad a las piernas. Lo levantaron como a un muñeco sin sostén. El peruano se le puso enfrente diciéndole:
-¿Cómo era que me dijiste... cornudo? Si le decís a alguien así, corrés el riesgo de que investigue... ¿Y sabés qué pasa si descubre que es verdad? Va a intentar saber cuánto sabe el que se lo dijo.
Le dieron otra piña en el estómago. Cuando lo iban a volver a golpear, empezó a sonar Me gustas mucho de Viejas Locas. Todos miraron hacia la rocola. Ahí Martina comenzó a bailar: meneaba su cintura con sensualidad, despacio. Los miró y, provocando, se dio vuelta, se dejó caer con las piernas abiertas y comenzó a moverse. Después se puso a gatear dándoles la espalda, moviendo sus caderas cada vez más sensual. Tenía a todos absortos, hipnotizados, embrujados... Bailó y provocó hasta que terminó la canción y un hombre empezó a aplaudir fuerte: era Don Teo, que entraba despacio.
Los gorilas que custodiaban la puerta lo escoltaron hasta la mesa del peruano y el Gordo. Teo le agarró el brazo al Polaco y tiró hacia sí. Los hombres que lo sostenían no lo soltaron hasta que el peruano asintió con la cabeza. Cuando el muchacho se acercó, Teo le dijo al oído:
-Sacá a la piba y volvé.
Así lo hizo: la llevó corriendo hasta el Tornado, la dejó ahí y volvió a toda prisa a la carpa.
Martina se repetía a sí misma: «¿Qué hago, qué hago?». En su mente resonaba la voz del Polaco («Somos un equipo... Vos me cuidás, yo te cuido») y recordó a la Turca («Elegí la Glock, es la que uso yo; bajo el asiento del Tornado, como soy butakera, llevo una de repuesto»). La buscó y ahí estaba. Le sacó el cargador, lo volvió a encastrar, puso bala en recámara y salió del auto rumbo a la carpa.
Cuando entró, se paró junto al Polaco imitando su postura: piernas abiertas al ancho de hombros y las manos adelante empuñando el arma. El Polaco la miró desaprobando su presencia; Teo, en cambio, hizo un gesto de aprobación.
El peruano miró a Teo diciéndole:
-Linda piba. ¿Cuánto por pasar una noche con todos? Te la vamos a arruinar, pero la pagamos.
-Lo mismo que cobra tu vieja -respondió Teo.
El peruano y sus hombres soltaron una carcajada.
-¿No hay hamburguesas en Varela? -preguntó Teo.
-Sí, y muy ricas... Pero quiero ver qué negocios hay por acá. Argentina es un país libre, ¿no?
-No. Argentina puede ser. Mi territorio, no.
-Tengo que reconocer que tenés huevos... Venir solo -le dijo el peruano.
-No vine solo -dijo Teo, y silbó.
El Tío y doce hombres armados hasta los dientes habían bajado dos cuadras antes y caminaron hacia la carpa amparados por las sombras. Se pararon y amartillaron sus escopetas y semiautomáticas.
«Hasta que escuchen el chiflido no disparen», les había dicho el Tío. Sin embargo, sintieron pasos y cañones de armas apoyándose en sus espaldas.
Teo silbó otra vez y no pasó nada. El Gordo y el peruano se rieron.
-Quizás deba ser así... -dijo el Gordo, y fue él quien silbó.
Se escucharon disparos y los fogonazos alumbraron la noche fuera de la carpa. Teo sacó su arma y le disparó dos veces al peruano poniendo rodilla en tierra. El Polaco también disparó, dándole a dos gorilas. Martina fue puro instinto: recordó el entrenamiento de la Turca («Identificá a tu enemigo y dispará»). Decidió tirar a todo lo que tuviera una camisa llamativa; le dio a uno que se desplomó bailando una danza macabra.
El peruano gritaba para que sus hombres entraran a ayudarlo, pero cuando los disparos cesaron, quedó tirado en el suelo, sangrando por el hombro. El Gordo, parado al lado de Teo, lo miraba... hasta que el Gordo le disparó a su socio al suelo, volándole la cabeza.
El Tío entró corriendo y vio al Gordo y a Teo dándose un abrazo. Catorce peruanos muertos, entre ellos el jefe de la banda. Esa madrugada trabajó mucho el crematorio municipal. El Gordo y Teo se dividieron Varela.
En el auto, ensangrentada y dolorida, Martina esperaba. El Polaco entró al Tornado y la miró con ternura:
-Después de tu primera sangre... ¿qué se siente matar?
-Nada -contestó ella, y se durmió
Thoughts
-
PermalinkLa pregunta que le hace el Polaco al final, eso es la que vuelve: 'Nada', dice ella, y sabés que eso 'nada' es todo lo que tiene que saber de sí misma.
-
Permalink¿Tienes más de Butakera por acá? Martina acaba de empezar y hay mucho territorio todavía. La pregunta de qué se siente matar es la que importa.
-
PermalinkEso de pasar de tener miedo a estar lista en el tiempo que tarda en sonar una canción. Algunos cambios son así de rápidos, son tan rápidos que después no sabés qué se siente.
-
PermalinkLa manera en que espera Martina en el auto mientras todo explotaba afuera. Ahí es donde se ve la entereza.
-
PermalinkEso de la Martina que entra asustada y sale del auto con un arma. La pregunta que se contesta en ese 'Nada' al final es la pregunta de toda iniciación: después de esto, ¿quién soy yo? Eso que dice ella es la respuesta completa. ¿Vas a publicar la siguiente entrega?
-
PermalinkPulso sin frenos.
Related posts
-
Butakera Capítulo 3: Amor y venganza
Capítulo 3: Amor y venganza
-
Butakera
Capítulo 1
-
Capítulo 4 Entre la confusión y el amor
Capítulo 4 Entre la confusión y el amor
-
Aprendí a Quererlo.
Nunca debí aceptar la invitación.
-
Capítulo2: continuacion
Capítulo2: Un hogar que parecía seguro. Después de la muerte de nuestra mamá, la vida nos llevó a vivir con nuestra tía. Para nosotros fue un cambio enorme. Veníamos de perder a la persona que más…
-
La vida de lo invisible - capitulo 1 parte 5
El tiempo pasó bastante rápido y cuando noté ya era hora de ir a mi primera clase , llegué al salón de aula y ya se encontraban allí otras personas que serían mis
-
ANTES DE
OLVIDARME
Sin permiso
- Sí. Nunca me fui. Vos dejaste de venir.
-
Navidad
"Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos."