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BUENAS NOCHES

Tux
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Caminaba por una oscura calle con mi hija a mi lado cuando vi venir, de frente, a un hombre de mi edad.

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Pensamiento

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andres_de_noche

Recoger los diccionarios para tener las manos ocupadas. Eso lo hice yo con otras cosas, más de una vez.

Recoger los diccionarios para tener las manos ocupadas. Eso lo hice yo con otras cosas, más de una vez.

Contenido de la publicación

Caminaba por una oscura calle con mi hija a mi lado cuando vi venir, de frente, a un hombre de mi edad.

Lo reconocí enseguida.

Habíamos compartido años de escuela, aunque hacía muchísimo tiempo que nuestras vidas habían tomado caminos distintos. Yo lo conocía desde entonces. Mi hija, en cambio, lo conocía por otras personas.

Cuando estuvimos cerca lo saludé.

—Buenas noches.

Mi hija también lo hizo. Él pasó junto a nosotros, a menos de un metro, sin levantar la vista. Ni siquiera giró la cabeza. Mi hija esperó unos segundos y dijo:

—Qué maleducado.

—Quizás no nos escuchó. —Le retruqué.

Me miró como solamente una hija puede mirar a su padre cuando sabe que está diciendo una tontería.

—Ay, papá… pasó al lado nuestro. ¿Cómo no nos va a escuchar? Es un maleducado. Además, todos saben que está loco.

—No digas eso. No sabés lo que le pasa. Capaz venía pensando en otra cosa.

Ella siguió caminando. Yo también. Pero yo sabía que quizás había otra explicación. Una mucho más antigua.

Hace algunos años aprendimos a utilizar una palabra que cuando éramos chicos prácticamente no existía: bullying.

Aprendimos la palabra y también su significado. Sobre todo su significado. Porque algunas palabras parecen nuevas aunque las cosas que nombran hayan existido toda la vida.

Cuando yo iba a la escuela estaban los que nosotros llamábamos “los matones”. No era exactamente como en las películas norteamericanas, donde un grandote mete a un chico dentro de un armario y le roba el dinero del almuerzo.

Pero tampoco era tan diferente. Siempre había alguien que descubría que podía hacerse más grande haciendo pequeño a otro.

Llamémoslo Florencio.

Florencio era compañero nuestro. Ya en la primaria había sido objeto de algunas burlas. Por su manera de hablar, por su forma de caminar, por su carácter, por cualquier detalle que pudiera resultar diferente.

Pero en la secundaria todo empeoró.

En primer año las pequeñas crueldades infantiles dejaron de ser pequeñas. Su pelo podía ser motivo de risa. Su manera de caminar podía ser motivo de risa. La forma en que hablaba. Cómo se vestía. Cómo respondía. Cualquier cosa servía.

Cuando un grupo decide que alguien será el destinatario de las burlas, ya ni siquiera hace falta que esa persona haga algo gracioso. Alcanza con que exista.

Yo nunca fui uno de los que lo perseguían.

Durante muchos años me tranquilicé pensando eso. Yo no lo golpeaba. No lo insultaba. No le quitaba las cosas. Pero tampoco hacía nada para evitarlo. Y cuando veinte se reían, muchas veces yo era el número veintiuno. Hoy me cuesta reconocerlo.

Quizás entonces me reía porque tenía trece años. Quizás porque no sabía qué hacer. Quizás porque enfrentarse al grupo requería un valor que yo no tenía. O quizás porque existía un miedo todavía más elemental: que defender al que estaba del otro lado del muro significara terminar junto a él.

Ser el próximo.

Hay una mañana que todavía recuerdo. Uno de aquellos muchachos y yo teníamos que ir a la biblioteca a buscar los diccionarios de francés para llevarlos al aula. Cuando llegamos, Florencio estaba allí. Se nos había adelantado y ya había tomado los diccionarios. Mi compañero se acercó y entre algunas palabras que recuerdo le dijo.

—¿Qué hacés? Si sabés que nos toca llevarlos a nosotros.

Le agarró la mano y los libros cayeron al suelo. Yo me agaché y empecé a recogerlos. Florencio intentó irse. El otro no lo dejó. Le rodeo el cuello con el brazo y lo apretó, tal cual una llave de lucha libre.

Empezó a burlarse de su pelo. Le decía que necesitaba lavárselo. Lo hacía girar mientras se reía. Yo seguía juntando los diccionarios. Uno. Otro. Otro más.

Esa es una de las imágenes que más me incomodan cuando vuelvo a aquel momento. Yo, agachado, recogiendo libros. Como si aquello fuera lo importante. Como si manteniendo las manos ocupadas pudiera convencerme de que no estaba viendo lo que estaba viendo.

En algún momento me puse de pie. Tenía los diccionarios contra el pecho. Podría haber dicho algo. Podría haber llamado a alguien. Podría haberme quedado. No hice ninguna de esas cosas. Caminé hacia la puerta.

Entonces mi compañero encontró un aerosol de insecticida. Lo tomó y se lo roció a Florencio sobre el pelo y la cara. Florencio cerró los ojos. Empezó a llorar. Ahí sí sentí miedo.

—Dale, vamos —le dije al otro.

Y nos fuimos. Antes de salir, todavía tuvo tiempo de advertirle:

—Si decís algo, te hago cagar a la salida.

Florencio quedó solo en la biblioteca. Llorando. Nosotros caminamos hacia el aula. Y recuerdo algo todavía peor. En el camino mi compañero se reía de lo que había hecho. Y yo, por momentos, también me reí. No porque me causara gracia. Creo que en el fondo sentía pena. Tal vez vergüenza. Tal vez miedo. Pero me reí. Y a veces una risa también puede ser una manera de ponerse del lado equivocado.

Aquello ocurrió en primer año si mal no recuerdo. Florencio terminó pasando seis años en el colegio.

Seis años.

Cuando uno es adolescente, seis años son casi una vida entera. Seis años entrando todas las mañanas al mismo edificio. Cruzándose con las mismas caras. Escuchando risas y preguntándose si se ríen de uno. Aprendiendo dónde sentarse. Por dónde caminar. A quién evitar. Cuándo bajar la cabeza. Cuándo defenderse. Cuándo callarse.

No sé cuántas veces ocurrieron cosas parecidas a aquella mañana. Sé que hubo muchas. Tampoco sé qué parte de Florencio ya era así antes de conocernos y qué parte fue construida por aquellos años.

Eso es lo que a veces me pregunto.

¿Cuánto puede soportar una persona antes de empezar a cambiar?

¿Cuánto de lo que los demás llaman después “mal carácter”, “rareza” o “locura” puede haber nacido como una forma de defensa?

¿Cómo recordará él aquellos años?

¿Cómo recordará el colegio?

¿Habrá nombres que todavía le provoquen bronca?

¿Caras que preferiría no volver a ver?

¿Recordará aquella mañana en la biblioteca?

Porque durante mucho tiempo me consolé pensando que yo no había hecho nada. Y esa era precisamente la verdad. No hice nada. Ahí estaba mi culpa.

Con los años incluso conté alguna de aquellas anécdotas riéndome. Como contamos tantas historias de juventud sin detenernos a pensar que, en la misma historia que para uno fue una travesura, quizás otro estaba viviendo uno de los peores días de su vida.

Hoy me avergüenza.

No sé si pedirle perdón tendría algún sentido. Tal vez sí. Tal vez no. Han pasado demasiados años. Él hizo su vida. Yo hice la mía.

El tiempo siguió caminando para ambos. Pero hay algo que sí puedo hacer. Aquella vez, mientras mi hija y yo continuábamos nuestro camino, miré hacia atrás. Florencio ya estaba lejos.

Quizás realmente no nos había escuchado.

Quizás sí.

Quizás me reconoció perfectamente y decidió no saludar.

Y si fue así, también tiene derecho. Por eso, cuando vuelva a cruzarlo, voy a saludarlo otra vez. Y si no me responde, lo saludaré la próxima. No porque espere que algún día me devuelva el saludo. Ni porque un “hola” pueda borrar lo que ocurrió hace treinta y tres años.

Lo voy a saludar porque durante demasiado tiempo pensé que para ser inocente alcanzaba con no ser el que sostenía el aerosol. Ahora sé que no.

A veces también somos responsables cuando recogemos los diccionarios, bajamos la cabeza y nos vamos. Así que, cuando vuelva a verlo, de la misma forma que hice esa noche saludaré

Después él decidirá qué hacer con mi saludo. Porque quizás yo no pueda cambiar su recuerdo de aquellos años.

Pero todavía puedo decidir de qué lado del muro quiero estar hoy.

Thoughts

  • jmoreno77

    Treinta y tres años, seis de colegio, y una sola mañana contada entera. Me falta saber cuántas veces os cruzasteis en esa calle antes de esta noche y no lo dijiste. Que eso cambia mucho la cuenta.

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  • andres_de_noche

    Recoger los diccionarios para tener las manos ocupadas. Eso lo hice yo con otras cosas, más de una vez.

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  • turismoDeQueja

    Yo saludo a todo el mundo por la calle y la mitad no contesta, y me paso el paseo dándole vueltas. Lo tuyo pesa más, lo sé.

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  • cardio22

    Uy, el número veintiuno. Ese soy yo en todo grupo de WhatsApp donde se ríen de alguien y yo mando el jaja para no quedar por fuera.

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  • serie2011

    Seis años, che. Uf.

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  • Ovid

    Florencio en la biblioteca con los diccionarios de francés, y treinta y tres años después el saludo en la calle oscura, me hizo pensar en que las historias de colegio que contamos riéndonos casi siempre tienen a alguien que no se ríe. Se nota que llevas mucho tiempo con esta. Gracias por traerla, Tux!

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  • OsvaldoFierro

    Treinta y tres años y el saludo igual sale, poh. Lo del segundo saludo sin esperar respuesta me lo anoto. ¿Tu hija sabe lo de la biblioteca o esa noche se quedó con lo del maleducado?

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