Dato para la colección: en la novela de Stoker no hay ninguna Elisabeta ni ningún amor reencarnado. Esa historia la puso el guion de James V. Hart, y antes ya la había usado el Dracula de Dan Curtis con Jack Palance, en 1974. Lo que el nombre de Stoker promete como fiel es lo más inventado, y a mí me parece la mejor decisión de la película.
Bram Stoker’s Dracula — Amar tanto a alguien que ni la muerte alcanza para dejarlo ir
1992 · Dir.: Francis Ford Coppola · Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves · 9/10
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Dato para la colección: en la novela de Stoker no hay ninguna Elisabeta ni ningún amor reencarnado. Esa historia la puso el guion de James V. Hart, y antes ya la había usado el Dracula de Dan Curtis con Jack Palance, en 1974. Lo que el nombre de Stoker pr
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1992 · Dir.: Francis Ford Coppola · Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves · 9/10
Bram Stoker’s Dracula es una de esas películas donde siento que el director no está simplemente contando una historia: está construyendo un mundo entero.
Francis Ford Coppola toma uno de los mitos más reconocibles de la literatura y del cine de terror y decide llevarlo absolutamente todo al límite. Horror, romance, religión, sangre, deseo, erotismo, culpa, obsesión y muerte conviven dentro de una película que nunca intenta ser moderada. Todo es enorme: los colores, los vestuarios, las sombras, la música de Wojciech Kilar, las transformaciones de Dracula y hasta la forma en la que los personajes expresan aquello que sienten. Y quizás justamente por eso funciona tan bien. Coppola entiende que una historia sobre un hombre que lleva siglos condenado por no poder aceptar la muerte de la mujer que ama no puede sentirse pequeña.
Lo primero que me gusta es que Coppola no intenta modernizar a Dracula volviéndolo más realista. Hace exactamente lo contrario: abraza el artificio.
La película parece enamorada de los trucos más antiguos del cine, de las sobreimpresiones, las sombras imposibles, los decorados que parecen pinturas y las transiciones visuales que convierten una imagen en otra delante nuestro. Nunca pretende hacernos olvidar que estamos viendo una película. Quiere recordarnos constantemente lo extraordinario que puede ser el cine cuando un director utiliza cada herramienta disponible para construir una sensación. Y esa decisión me parece fundamental, porque Dracula no necesita que creamos racionalmente en vampiros; necesita que durante dos horas aceptemos entrar en un universo donde el amor puede sobrevivir siglos, una sombra puede tener voluntad propia y el deseo puede convertirse literalmente en una forma de condena.
¿Qué pasa cuando el monstruo nace de alguien que alguna vez amó?
La gran decisión de Coppola aparece desde el comienzo.
Antes de ser Dracula, Vlad es un hombre que pierde a Elisabeta y se enfrenta a una imposibilidad que termina definiendo toda su existencia: Aceptar que la persona que ama ya no está. Cuando la Iglesia le niega la salvación por haberse quitado la vida, Vlad rechaza a Dios y transforma su dolor en una condena que durará siglos. Ese prólogo cambia por completo nuestra relación con el personaje, porque ya no estamos frente a una criatura cuya única función es matar o beber sangre. Estamos frente a alguien que alguna vez amó y que convirtió la incapacidad de hacer un duelo en algo monstruoso.
Y creo que ahí aparece una de las mejores ideas de la película.
Coppola nos permite entender a Dracula sin pedirnos que lo justifiquemos. Podemos comprender de dónde viene su dolor y al mismo tiempo reconocer las atrocidades que provoca. Puede ser romántico y posesivo, vulnerable y brutal, seductor y aterrador. Esa contradicción es exactamente lo que lo vuelve interesante. Si fuera solamente una víctima del amor perdido, la película terminaría absolviéndolo demasiado fácilmente. Si fuera únicamente un monstruo, perderíamos toda la tragedia. Coppola necesita las dos cosas, porque la verdadera pregunta no es simplemente cuánto puede amar una persona, sino qué ocurre cuando ese amor se convierte en la negativa absoluta a aceptar una pérdida.
Por eso me interesa tanto la idea de la inmortalidad dentro de la película.
En otros relatos, vivir para siempre puede funcionar como una fantasía de poder. Acá parece una condena. Dracula atraviesa siglos, observa cómo cambian las épocas y las personas, pero emocionalmente sigue atrapado en el mismo instante. Continúa viviendo, pero nunca consigue avanzar. Y ahí aparece algo muy humano debajo de toda la fantasía: A veces no es la pérdida aquello que nos destruye, sino nuestra imposibilidad de aceptar que algo terminó.
Para mí, Gary Oldman está excelente en Bram Stoker’s Dracula, y creo que su interpretación merece estar en el centro de cualquier análisis serio de la película. No solamente porque consiga resultar convincente como vampiro, sino porque parece estar interpretando distintas versiones de un mismo hombre sin perder nunca aquello que las une.
Tenemos al Vlad guerrero del comienzo, al Dracula anciano del castillo, al aristócrata rejuvenecido que aparece en Londres, a la criatura animal, al seductor y finalmente al hombre destruido frente a Mina. Cualquier actor podría haber convertido esas transformaciones en una colección de maquillajes y voces diferentes. Oldman consigue que detrás de todas ellas continúe existiendo la misma herida.
El Dracula del castillo se mueve como alguien para quien el tiempo dejó de tener significado. Habla lentamente, observa a Jonathan con una calma inquietante y parece controlar completamente el espacio que lo rodea. Después llega a Londres y Oldman modifica su corporalidad, su voz y hasta la energía del personaje. De repente aparece alguien mucho más joven, elegante y seductor, capaz de despertar curiosidad en Mina antes que miedo. Y lo extraordinario es que seguimos reconociendo al mismo hombre. El aspecto cambia, pero el dolor permanece.
También me gusta muchísimo cómo Oldman maneja la vulnerabilidad. Cuando está frente a Mina, hay momentos donde parece desaparecer el monstruo y aparecer nuevamente Vlad, alguien que por primera vez en siglos cree estar frente a la posibilidad de recuperar aquello que perdió. Pero nunca desaparece completamente la amenaza. Siempre existe una intensidad extraña, una mirada demasiado fija o una forma de hablar que nos recuerda que no estamos frente a un hombre común. Oldman consigue ser romántico sin dejar de ser peligroso y despertar compasión sin conseguir que olvidemos que estamos frente a un monstruo. Eso me parece mucho más difícil que simplemente interpretar a Dracula como un villano.
Y creo que Coppola necesitaba exactamente a un actor así.
La película es tan desmesurada visualmente que una interpretación demasiado contenida habría quedado completamente absorbida por el diseño. Oldman hace lo contrario: entra dentro del exceso. Acepta el maquillaje, la teatralidad, el romanticismo, la sexualidad y la violencia, pero consigue encontrar una emoción verdadera debajo de todo eso. Para mí, no interpreta solamente a Dracula: interpreta todo aquello que Dracula fue, aquello en lo que se convirtió y al hombre que todavía intenta existir debajo del monstruo.
¿Por qué el erotismo es tan importante en esta película?
Otra de las cosas que quiero destacar especialmente es lo bien trabajado que está el erotismo y la sexualización. Una película abiertamente sensual y no parece sentir ninguna necesidad de esconderlo. La sangre, los labios, los cuellos, las respiraciones, las telas, los cuerpos, las miradas y hasta los movimientos de cámara están cargados de deseo. Y no creo que eso sea simplemente una decoración provocadora. La sexualidad forma parte de la esencia del mito del vampiro y Coppola entiende perfectamente que separar a Dracula del deseo sería quitarle una parte central de su identidad.
El vampirismo siempre tuvo algo profundamente sexual. Existe intimidad, penetración de los límites del cuerpo, seducción, peligro, intercambio de fluidos, pérdida del control y una mezcla constante entre placer y amenaza.
Coppola no lo convierte en una metáfora tímida: lo pone directamente en pantalla. Muchas escenas pueden resultar atractivas y perturbadoras al mismo tiempo, y eso me parece muchísimo más interesante que utilizar la sexualidad únicamente para embellecer a los personajes. En Dracula, aquello que nos atrae muchas veces es exactamente aquello que debería preocuparnos.
Lucy es probablemente el personaje donde esto aparece de manera más evidente. Sadie Frost interpreta a una mujer mucho más abierta respecto de su deseo que aquello que el mundo victoriano parece permitir. Su sensualidad está presente desde antes de la llegada de Dracula, y la película la filma sin pedir disculpas por ello. Cuando Dracula entra en su vida, esa sexualidad empieza a mezclarse con algo mucho más oscuro.
El deseo deja de ser solamente libertad y comienza a convertirse también en pérdida de control, peligro y transformación. Coppola no presenta la sexualidad como algo puramente liberador ni como algo puramente destructivo. Es ambas cosas, y justamente esa ambigüedad la vuelve tan poderosa.
Con Mina ocurre algo distinto. Su relación con Jonathan pertenece a un mundo más ordenado, más previsible y socialmente aceptable. Dracula representa prácticamente todo aquello que queda afuera de ese universo: lo prohibido, lo desconocido, lo sensual, lo peligroso. Por eso su atracción no funciona simplemente porque Dracula sea seductor. Funciona porque él representa una forma de deseo que Mina no sabía que existía dentro suyo.
Coppola filma ese descubrimiento de una manera deliberadamente intensa, porque la película necesita que sintamos que acercarse a Dracula significa simultáneamente descubrir una parte de sí misma y acercarse a algo que puede destruirla.
Hoy una película tan abiertamente erotizada probablemente generaría una discusión mucho más fuerte alrededor de la sexualización, la objetificación, el consentimiento y la manera en que la cámara observa los cuerpos. Y me parece válido que exista esa discusión. Pero también creo que sería un error concluir que por eso el erotismo debería desaparecer.
Lo interesante es analizar qué función cumple, acá no está puesto solamente para provocar al espectador: forma parte del terror, del romance y del conflicto central de los personajes. La película entiende que el deseo puede ser algo hermoso y peligroso al mismo tiempo, y no intenta quitarle ninguna de esas dos dimensiones. Y personalmente, extraño un poco esa voluntad del cine de ser abiertamente sensual cuando la historia realmente lo necesita.
Dracula no intenta volver el deseo neutro ni esconderlo detrás de una representación aséptica. Lo convierte en uno de sus grandes lenguajes visuales. Y creo que justamente por eso muchas de esas escenas siguen teniendo tanta fuerza: porque Coppola no tiene miedo de incomodar, seducir y asustar dentro del mismo plano.
¿Cómo se filma una pesadilla sin depender del realismo?
Visualmente, la película me parece impresionante. Coppola podría haber utilizado todos los avances tecnológicos disponibles para intentar que los efectos fueran invisibles, pero decide mirar hacia atrás. Muchas de las imágenes recuperan recursos del cine temprano: dobles exposiciones, proyecciones, maquetas, trucos ópticos, cambios de velocidad y sombras manipuladas. Eso le da a la película una textura artesanal que hoy me parece todavía más hermosa, porque las imágenes no buscan parecer completamente reales. Buscan parecer imposibles.
La escena de Jonathan conversando con Dracula mientras la sombra del conde empieza a moverse de manera independiente es uno de los mejores ejemplos. Dracula puede permanecer tranquilo, pero su sombra amenaza, se estira y parece expresar aquello que él todavía está conteniendo. En una sola decisión visual Coppola nos cuenta muchísimo sobre el personaje: existe una apariencia aristocrática y controlada, pero detrás hay algo que no obedece las mismas reglas.
La película está llena de imágenes así. Ojos que aparecen sobre el cielo, sangre que invade el cuadro, paisajes que parecen pinturas, mapas que se transforman, espacios que se conectan mediante asociaciones visuales en lugar de cortes convencionales. Coppola piensa permanentemente en imágenes. No filma únicamente aquello que ocurre; intenta encontrar una manera visual de expresar lo que sienten los personajes.
Y por eso creo que Dracula sigue pareciendo tan especial. Hoy podríamos construir un castillo más grande, criaturas más realistas y efectos muchísimo más perfectos, pero eso no garantiza una película con mayor personalidad. La imperfección artesanal de algunos recursos forma parte de su encanto. Sentimos que cada efecto fue pensado específicamente para esta película y no simplemente seleccionado dentro de un catálogo digital de posibilidades.
¿Qué ocurre cuando hasta el vestuario cuenta la historia?
El diseño de vestuario también es fundamental.
Eiko Ishioka no viste simplemente a los personajes: parece diseñar estados emocionales. Dracula cambia de apariencia constantemente y cada versión de su vestuario nos dice algo diferente sobre él. El rojo aparece como sangre, pasión, religión, poder y violencia. Los vestidos de Mina y Lucy evolucionan junto con aquello que están experimentando, y la película utiliza las telas, los colores y las formas como parte de su narración.
Hay algo casi operístico en todo eso. Los personajes no necesitan parecer personas que podríamos encontrarnos caminando por la calle. Necesitan parecer figuras surgidas de una tragedia romántica. Y eso combina perfectamente con la música de Wojciech Kilar, que para mí es otro de los elementos que eleva muchísimo la película. La partitura tiene algo monumental y oscuro, pero también profundamente melancólico. No solamente anuncia la presencia del monstruo; muchas veces parece recordarnos el dolor que existe debajo de él.
Todo está trabajando en la misma dirección. Vestuario, música, fotografía, maquillaje, actuación y montaje. Ésa es una de las razones por las que considero que estamos frente a una señora película: hay una visión. Podemos discutir decisiones particulares, pero casi nada parece accidental.
Winona Ryder también es fundamental porque Mina podría haber quedado reducida fácilmente a “la mujer que Dracula quiere recuperar”. Pero la película intenta que su relación con él sea más compleja. Mina está atraída, confundida, asustada y fascinada al mismo tiempo. Dracula despierta algo dentro suyo que su vida anterior nunca había puesto en movimiento.
Pero me parece importante que esa conexión emocional no borre aquello que Dracula hizo. Lucy murió. Jonathan fue manipulado. Hay violencia y víctimas reales detrás del romance. Y creo que el final funciona precisamente porque Mina puede reconocer el dolor del personaje sin convertirlo automáticamente en alguien inocente.
Anthony Hopkins como Van Helsing también aporta una energía completamente diferente. No es el héroe racional y perfectamente controlado que uno podría esperar. Es excéntrico, intenso y por momentos casi tan desmedido como el propio Dracula. Eso evita que la película se reduzca a una oposición demasiado simple entre civilización y monstruo. El mundo que intenta derrotar a Dracula también es violento, represivo y contradictorio.
Keanu Reeves, para mí, es probablemente el punto más débil del reparto. Su interpretación no alcanza la intensidad de Oldman, Hopkins o Ryder, y hay momentos donde su actuación puede sacarme un poco de la escena. Pero incluso eso termina siendo absorbido por una película que tiene tanta personalidad visual y narrativa que resulta muy difícil que una actuación irregular derrumbe el conjunto.
¿Y si el verdadero acto de amor fuera finalmente dejar ir?
Para mí, toda la película termina regresando a la misma idea con la que comenzó: El duelo.
Bram Stoker’s Dracula es una película de vampiros, pero en el fondo también es la historia de una persona que pasó siglos negándose a aceptar una pérdida. Vlad pierde a Elisabeta y, en lugar de aprender a vivir con ese dolor, construye una eternidad completa alrededor de él.
Por eso me parece tan interesante la inmortalidad del personaje. Dracula consiguió aquello que cualquier ser humano podría considerar imposible: Escapar de la muerte. Pero la película transforma ese poder en una tragedia. Puede continuar existiendo para siempre y, sin embargo, emocionalmente sigue detenido en el mismo lugar. Ve pasar siglos enteros sin conseguir hacer lo único que verdaderamente necesita hacer para volver a avanzar.
Aceptar que ella murió. Y ahí el final me parece hermoso.
Después de una película gigantesca, llena de sangre, sexo, criaturas, sombras, castillos, tormentas y música monumental, Coppola termina reduciendo todo a dos personas frente a frente. Mina no puede devolverle los siglos que perdió. No puede deshacer las muertes ni borrar las atrocidades. Tampoco puede convertir mágicamente al monstruo en el hombre que era antes.
Pero puede acompañarlo en aquello que Dracula nunca consiguió hacer solo. Dejar ir.
Y creo que ahí toda la película adquiere otro sentido. Durante siglos Dracula creyó que amar a Elisabeta significaba negarse a perderla, continuar buscándola y sobrevivir hasta poder recuperarla. Pero quizás amar verdaderamente significaba exactamente lo contrario: aceptar que incluso aquello que amamos profundamente puede terminar.
Bram Stoker’s Dracula tiene excesos, actuaciones desparejas y momentos donde Coppola parece tan enamorado de sus propias imágenes que está dispuesto a sacrificar cualquier tipo de moderación. Pero sinceramente, no querría que fuera de otra manera. La misma desmesura que la vuelve imperfecta es aquello que la hace extraordinaria.
Gary Oldman está excelente y consigue darle humanidad, amenaza y dolor a uno de los personajes más explotados de la historia del cine. El erotismo no está escondido ni suavizado: forma parte fundamental del lenguaje de la película y consigue que el deseo sea simultáneamente atractivo y peligroso. La música, el vestuario, la fotografía y los efectos artesanales construyen un universo que sigue teniendo una personalidad enorme más de treinta años después.
Coppola no hizo una película correcta sobre Dracula.
Hizo su Dracula.
Y eso se siente en absolutamente cada plano.
Quizás por eso la película no intenta simplemente conseguir que creamos en vampiros. Intenta algo mucho más difícil: hacer que durante dos horas comprendamos cómo alguien podría preferir convertirse en un monstruo antes que aceptar que perdió para siempre a la persona que amaba.
Y quizás ésa sea también la tragedia definitiva de Dracula: necesitó siglos de sangre, deseo y soledad para descubrir que amar a alguien no significa impedir que se vaya, sino aprender a dejarlo ir cuando ya no puede seguir caminando con nosotros.
Thoughts
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PermalinkDato para la colección: en la novela de Stoker no hay ninguna Elisabeta ni ningún amor reencarnado. Esa historia la puso el guion de James V. Hart, y antes ya la había usado el Dracula de Dan Curtis con Jack Palance, en 1974. Lo que el nombre de Stoker promete como fiel es lo más inventado, y a mí me parece la mejor decisión de la película.
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PermalinkUn matiz del prólogo: a quien el cura le niega la salvación es a Elisabeta, por haberse tirado al río, y Vlad reniega de Dios por ella. Justo en 1992, el año de la película, salió el Catecismo nuevo, que pide no desesperar de la salvación de quien se quitó la vida. A mí eso me hace pensar que toda la tragedia sale de una respuesta que hoy la misma Iglesia ya no daría, y el cura del prólogo queda todavía más solo.
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