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The Longest Yard — Cuando ya nadie espera nada de vos

rodrigosegade1000
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The Longest Yard es una de esas películas que parecen existir únicamente para que pasemos un buen rato, pero que terminan funcionando porque encuentran algo genuino detrás de una premisa…

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The Longest Yard es una de esas películas que parecen existir únicamente para que pasemos un buen rato, pero que terminan funcionando porque encuentran algo genuino detrás de una premisa completamente absurda.

Un exjugador profesional de fútbol americano termina en prisión y recibe el encargo de formar un equipo de presos para enfrentarse a los guardias. A partir de ahí tenemos prácticamente todo lo que esperamos de una comedia deportiva protagonizada por Adam Sandler: Personajes exagerados, chistes bastante estúpidos, entrenamientos disparatados y un grupo de tipos que, por diferentes motivos, parecen ser las últimas personas que elegiríamos para formar un equipo. Pero debajo de todo eso hay una historia sobre la dignidad, la amistad y la posibilidad de recuperar algo de nosotros mismos cuando ya nadie espera demasiado de lo que podamos hacer.

Paul Crewe es un personaje que encaja perfectamente con el Sandler de esa época. Fue una estrella del fútbol americano, tuvo fama, dinero y reconocimiento, pero cuando comienza la película parece haber desperdiciado prácticamente todo. Su carrera terminó envuelta en un escándalo y su vida personal tampoco parece estar atravesando un momento particularmente brillante. Cuando llega a prisión, no encontramos a un deportista decidido a demostrar que todavía es extraordinario, sino a alguien que parece haberse acostumbrado a que su mejor momento ya quedó atrás.

Y creo que eso es importante, porque The Longest Yard no trata solamente sobre un hombre intentando volver a ganar un partido. Trata sobre alguien que necesita recuperar el respeto que perdió por sus propias decisiones.

Adam Sandler funciona muy bien porque no intenta convertir a Paul en un héroe demasiado serio. Sigue siendo ese tipo bastante irresponsable, algo arrogante y con una capacidad extraordinaria para meterse en problemas. Su comedia aparece naturalmente en las conversaciones, en la manera en que responde a las provocaciones y en esa actitud de alguien que parece tomarse pocas cosas verdaderamente en serio. Pero también consigue transmitir que detrás de toda esa indiferencia existe un hombre que todavía está bastante afectado por aquello que ocurrió con su carrera. Paul sabe jugar al fútbol, sabe dirigir a otros jugadores y entiende perfectamente cómo funciona un equipo. Lo que todavía no sabe es si puede volver a ser alguien en quien los demás confíen.

Y ahí aparece el grupo de presos, que para mí es una de las grandes razones por las que la película funciona tan bien.

En principio, ninguno parece demasiado interesado en seguir a una antigua estrella del deporte que acaba de llegar a prisión. Cada uno tiene su propia historia, sus amistades, sus conflictos y una manera bastante particular de sobrevivir dentro de ese lugar. La gracia está en ver cómo Paul empieza a reunir personas que aparentemente no tienen absolutamente nada en común y consigue que, poco a poco, encuentren una razón para trabajar juntas. La película utiliza todos los mecanismos clásicos del cine deportivo, pero los traslada a un escenario donde pertenecer a un equipo puede significar mucho más que ganar un campeonato.

Me gusta especialmente cómo el fútbol americano termina convirtiéndose en una forma de recuperar cierta identidad. Dentro de la prisión, los personajes son tratados fundamentalmente como presos. Sus vidas anteriores, sus habilidades y muchas de las cosas que alguna vez los definieron parecen haber perdido importancia. Pero cuando empiezan a entrenar, cada uno descubre que todavía tiene algo que aportar. Algunos son rápidos, otros fuertes, otros tienen una capacidad extraordinaria para soportar los golpes y algunos simplemente encuentran en el equipo una oportunidad para pertenecer a algo. Por primera vez en mucho tiempo, pueden ser reconocidos por lo que son capaces de hacer y no solamente por aquello que los llevó hasta ahí.

Y si hay alguien que consigue darle humanidad a toda esa locura es Chris Rock.

Su Caretaker tiene una energía completamente diferente a la de Paul y funciona como el personaje que verdaderamente comprende a los demás presos. Mientras Crewe conoce el deporte y sabe cómo organizar un equipo, Caretaker conoce a las personas con las que van a jugar. Entiende sus diferencias, sabe cómo hablarles y consigue generar una confianza que Paul todavía tiene que ganarse. Rock aporta muchísimo humor, pero también construye un personaje cuya importancia emocional crece a medida que avanza la película. Es esa clase de amigo que puede reírse de absolutamente todo y, al mismo tiempo, estar presente cuando alguien realmente lo necesita.

También me encanta la presencia de Burt Reynolds, especialmente porque había protagonizado la película original de 1974.

Acá interpreta a Nate Scarborough, un antiguo jugador que termina convirtiéndose en entrenador del equipo y que aporta una conexión entre las dos versiones de la historia. Pero su participación es mucho más que un homenaje. Reynolds tiene una presencia que le da cierta autoridad a un grupo que inicialmente parece incapaz de tomarse nada en serio. Su personaje representa la experiencia, el conocimiento del deporte y esa mirada de alguien que ya atravesó sus propias derrotas. Hay algo muy lindo en ver a Sandler compartir pantalla con el protagonista original, como si la película reconociera de dónde viene sin necesitar detenerse constantemente para explicarlo.

Por supuesto, The Longest Yard también sabe perfectamente que estamos viendo una comedia de Adam Sandler.

Buena parte de su encanto está en ese desfile de personajes desproporcionados, peleas ridículas y entrenamientos donde todo parece diseñado para terminar de la peor manera posible. Peter Segal aprovecha las diferencias físicas y las personalidades de los integrantes del equipo para construir situaciones que funcionan incluso antes de que comience el partido. Y creo que ahí está uno de los grandes aciertos de la película: consigue que nos encariñemos con los personajes mientras nos estamos riendo de ellos. No necesitamos conocer todos los detalles de sus historias para querer verlos triunfar.

Lo interesante es que la película empieza a cambiar cuando el equipo deja de ser solamente una excusa para organizar un espectáculo. Al principio, Paul parece bastante más interesado en cumplir con lo que le piden y evitar problemas que en construir algo verdaderamente importante. Pero a medida que conoce a sus compañeros, empieza a entender lo que representa el partido para ellos. Los guardias tienen el poder, controlan sus rutinas y pueden convertirles la vida en una pesadilla. Enfrentarlos dentro de una cancha significa disponer, aunque sea durante un par de horas, de un espacio donde las reglas del juego deberían ser iguales para todos.

Y esa palabra, deberían, termina siendo fundamental. Porque el partido no enfrenta solamente a dos equipos con diferentes niveles de preparación. Enfrenta a personas que viven diariamente dentro de una relación de poder completamente desigual. Los guardias están acostumbrados a dar órdenes y los presos a recibirlas. Pero dentro de la cancha esa jerarquía empieza a ponerse en discusión. Cada tackle, cada jugada y cada avance representan una pequeña victoria para un grupo que normalmente tiene muy pocas oportunidades de decidir algo sobre su propia vida.

Por eso el partido final funciona mucho más allá del resultado deportivo. Peter Segal utiliza el montaje, los golpes y las reacciones de los personajes para construir una progresión donde cada jugada importa porque conocemos a quienes están participando. La película entiende que una buena secuencia deportiva no consiste solamente en mostrar grandes atletas haciendo cosas extraordinarias, sino en conseguir que el espectador comprenda qué significa cada movimiento para los personajes. Y cuando llega el momento en que Paul tiene que elegir entre protegerse a sí mismo o responder a la confianza de sus compañeros, el conflicto deja de ser exclusivamente deportivo.

Ahí aparece, para mí, la verdadera historia de The Longest Yard. Paul comenzó siendo un hombre que había perdido su reputación y que parecía haber aceptado que los demás lo recordaran por sus errores. Durante buena parte de la película tiene la posibilidad de seguir comportándose exactamente de la misma manera: pensar primero en sí mismo, evitar los riesgos y utilizar aquello que sabe hacer para conseguir una ventaja personal. Sin embargo, el equipo termina obligándolo a enfrentarse a una pregunta que probablemente llevaba mucho tiempo evitando: ¿qué clase de persona quiere ser cuando finalmente tenga que elegir entre su propio beneficio y las personas que confían en él?

Eso hace que la película tenga algo más que una historia convencional de superación deportiva. Paul no necesita demostrar que todavía sabe lanzar una pelota. Nunca dejó de saber hacerlo. Lo que necesita recuperar es su capacidad para comprometerse con otras personas y aceptar que sus decisiones pueden afectar a quienes dependen de él. En ese sentido, el equipo le devuelve algo que había perdido mucho antes de entrar a prisión: la posibilidad de ser respetado por lo que hace y no por la fama que alguna vez tuvo.

Obviamente, no creo que haya que convertir The Longest Yard en un drama filosófico. Es una comedia deportiva bastante exagerada, con chistes que no siempre funcionan y algunos recursos que envejecieron mucho más que otros. Sus personajes están construidos para entretener y la historia sigue una estructura tan reconocible que difícilmente pueda sorprendernos demasiado. Pero tiene una virtud que me parece fundamental en este tipo de películas: nunca pierde de vista que queremos pasar tiempo con ese grupo de personas. Cuando finalmente empieza el partido, ya no estamos esperando únicamente ver cómo los presos se enfrentan a los guardias. Queremos ver qué pueden conseguir después de haber construido algo juntos.

Y quizás por eso me gusta tanto. Porque las buenas películas deportivas consiguen que un partido represente algo mucho más importante que el deporte que estamos viendo. Para algunos personajes significa recuperar la confianza; para otros, encontrar amigos; para otros, tener una pequeña oportunidad de enfrentarse a quienes los humillan diariamente. Para Paul, significa demostrar que su pasado no tiene por qué determinar todas las decisiones que todavía le quedan por tomar.

The Longest Yard entiende que las segundas oportunidades no siempre aparecen de la manera en que las imaginamos. A veces no llegan cuando recuperamos aquello que perdimos ni cuando conseguimos volver al lugar donde alguna vez fuimos felices. A veces aparecen en un contexto completamente distinto, rodeados de personas que jamás imaginábamos conocer y haciendo algo que inicialmente parecía no tener demasiada importancia.

Paul entra a prisión siendo un hombre al que todos recuerdan por la manera en que terminó su carrera. Pero encuentra en ese grupo de presos una posibilidad que probablemente ya no esperaba: volver a formar parte de un equipo donde lo importante no sea quién fue, sino qué está dispuesto a hacer por los demás.

Porque quizás la verdadera segunda oportunidad no consista en volver a ser la persona que éramos antes de equivocarnos, sino en demostrar que todavía podemos convertirnos en alguien mejor.

Thoughts

  • MateoSilva

    La película se pone linda cuando los presos dejan de ser un chiste, pero el chiste lo hizo ella misma veinte minutos antes. Sandler se ríe de esos tipos y después quiere que los queramos, y esa parte me sale a medias.

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  • BeatrizLagos

    Los guardias tienen el poder y aun así el que más pena me dio fue Caretaker. Una se encariña con el gracioso y después pasa lo que pasa. ¿Esta la llegaste a ver en el cine cuando salió?

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  • Baltasar

    A Burt Reynolds lo estuve mirando todo el rato pensando en que él fue el preso de la primera versión y acá le toca el banco. Treinta años entre una película y la otra, y lo que cambia es dónde te sientan. Un entrenador es alguien a quien ya nadie le pide que entre a la cancha, y él lo lleva bien, que tiene mérito.

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  • Ovid

    Lo de Burt Reynolds volviendo treinta años después y del otro lado me hizo pensar en la de veces que uno vuelve al mismo sitio con otro papel encima. Se nota que la viste más de una vez, porque lo que te queda es el grupo y no el partido. A mí Sandler en esa época me hacía mucha gracia.

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  • TeresaGuz

    Lo del respeto me parece bastante más exacto que lo de la segunda oportunidad. A Paul no le falta talento en ningún momento de la película, le falta que alguien cuente con él para algo. Eso se ve mucho en gente que dejó de trabajar antes de tiempo: siguen sabiendo hacer lo suyo y ya nadie se lo pide. La cárcel es una exageración de eso, pero el mecanismo es el mismo. Es de las más livianas que has traído al reto y aun así deja esa idea.

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