Del color del cielo eran tus ojos y del color de las nubes tu tersa piel que al acariciarla me transportaba a un país donde todo era mucho más justo y bello. Tus pupilas y tu claro cabello emanaban un calor hermoso, como el de comer mandarinas bajo el sol; éramos un solo ser de amor donde veíamos los colores más brillantes; la comida sabía mejor; mi habitación olía mejor...
Algo cambió después de ese frío invierno, el cielo perdió el color radiante del verano, cambiando el celeste cielo de las 4 de la tarde a un triste azul profundo. Tu claro pelo oscureció, no sé si porque cambiaste de marca de tintura —lo más probable— o quizás ya teníamos menos horas de sol y más de nubes, nubes grises que, lejos de taparme del abrasante sol del norte argentino, inducían a la melancolía digna del día más lluvioso, esa que te arruina el plan que pensaste desde marzo, separados en un ser de resentimientos y decepción la comida era insulsa; los colores apagados; mi habitación huele a humedad de —llorar— lluvia.
Añoro los días de sol, pero el invierno acaba de llegar, dejándome solo y desahuciado con un agujereado —e inútil— paraguas. Más mojarme en estos días no me importa, ni el calor de tu piel es el que busco, porque yo ya lo emano.
Deje de buscar —buscarte — en cielos celestes, después de tantos paisajes me di cuenta que me gusta mas los atardeceres.