Decidí escribir la historia de mi vida y, para hacerlo, necesito comenzar por el principio.
Todo relato debe comenzar desde el principio y es así como lo voy a hacer, relatando parte de mi infancia. Suele pasar que la mayoría de las personas recuerdan su infancia como la mejor época de su vida. En mi caso no es así: es un recuerdo aterrador, lleno de traumas que me acompañan hasta la actualidad.
Desde pequeña siempre me inventaba realidades imaginarias que me ayudaban a soportar la realidad en la que vivía.
La violencia constante y el maltrato verbal, que dañaban día a día mi autoestima, me hacían sentir que era una niña que no servía para nada y que jamás iba a poder llegar a ser alguien importante en la vida.
Por suerte y gracias a mi padre pude salir de ese ámbito de violencia constante y, a partir de ahí, pude volver a sentir paz, o al menos eso creía yo, porque actualmente no sabría definir la palabra “paz”. Aunque sentí culpa al haberme ido de ese lugar al cual debería haber llamado “hogar”, porque yéndome dejaba a mis hermanos pequeños con ese monstruo al cual llamábamos “madre”. Pero no tuve opción. Yo no quería estar más ahí; era un ambiente insoportable.
Los años pasaron y la adolescencia hizo sus desastres. Como era sabido, a esa edad uno quiere experimentar todo y que todo se haga de manera inmediata, sin percatarse de las consecuencias de los actos. No me enorgullezco, pero tampoco me arrepiento, porque creo que en la vida no hay que arrepentirse de nada y que todo pasa por algo. Obviamente, esos errores no los volvería a cometer y actualmente aconsejo a cada adolescente que me cruzo que tenga cuidado: no todo es tan bello como parece y siempre hay peligro.
Luego de la terrible adolescencia que tuve, llegó la hora de tomar una decisión. Sabía que no quería repetir el mismo patrón de mi madre, aunque todavía no sabía lo que eso significaba. Pero tenía muy en claro que no quería ser como ella ni tener esa vida para siempre. Por eso mismo, desde niña deseé no tener hijos; claro que era por el ejemplo que tuve desde pequeña.
Llegaron los 18 años y tenía que tomar una decisión: trabajar para vivir y ayudar a mi padre económicamente o estudiar una carrera universitaria. En ese entonces, mi tía me ayudó a tomar la decisión que iba a modificar el destino de mi vida.
Ella vivió siempre en otra localidad, lejos de la familia, pero la veíamos seguido. Pasábamos las fiestas y vacaciones juntas. Esas vacaciones guardan recuerdos bellos de paz, tranquilidad y felicidad, momentos que recordaba cada vez que en mi vida diaria surgían circunstancias desagradables, las cuales me sacaban esa paz que tanto deseaba.
Comencé a estudiar Enfermería Universitaria. Previamente realicé un test vocacional, cuyo resultado se centró en el área de la salud. Deseaba estudiar Medicina, pero las circunstancias de la vida y la falta de posibilidades me llevaron a elegir esa carrera, a la cual amo con todo mi ser. Sin dudas, es la mejor carrera. El cuidado hacia las personas representa también mi forma de relacionarme.