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Ego

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¿Cuántos hárboles tuviste que cortar para hacer tu papel de víctima? Sí, así con h, porque generas un silencio enmudecedor, porque todo lo que te rodea se vuelve tuyo completamente, aun cuando nada te pertenece y ninguna situación trata de ti, pareciera que eres un maestro en el arte del egoísmo.

Tienes esa extraña habilidad de convertir cualquier escenario en un monumento a tus desgracias, de encontrar la manera de que todas las conversaciones desemboquen en tus heridas, de que cualquier alegría ajena termine siendo eclipsada por alguna tristeza tuya que, casualmente, necesita más atención que cualquier otra cosa en el mundo. Es como si la vida de los demás tuviera que detenerse cada vez que la tuya deja de salir como esperabas, como si el dolor fuera una competencia en la que siempre necesitaras llevarte el primer lugar.

Y lo más curioso es que no necesitas levantar la voz para conseguirlo. Te basta con callar, con mirar hacia otro lado, con adoptar esa expresión de quien ha sido injustamente condenado por un mundo que nunca ha sabido comprenderlo. Entonces aparece el silencio, ese silencio incómodo que obliga a los demás a revisar sus palabras, a cuestionar sus intenciones, a sentirse culpables por cosas que ni siquiera hicieron. De pronto, ya nadie habla de lo que ocurrió, de lo que alguien más siente o de aquello que realmente importa. Ahora todos tienen que averiguar qué te pasa, qué te molestó, qué debes estar pensando y de qué manera pueden reparar una ofensa que quizá solo existe en tu interpretación de los hechos.

Porque hay silencios que nacen del dolor, pero también los hay que se convierten en herramientas. Y es difícil distinguir entre alguien que necesita un momento para recomponerse y alguien que ha descubierto que su ausencia de palabras puede pesar más que cualquier argumento. No sé en qué momento aprendiste a confundir el sufrimiento con la razón, pero pareciera que, para ti, sentirse herido es suficiente para tener la verdad de tu lado.

Quizá por eso te cuesta tanto mirar más allá de ti. Porque hacerlo implicaría aceptar que no eres el protagonista de todas las historias, que las personas tienen conflictos que no te incluyen, que alguien puede estar triste sin que sea por ti, que alguien puede tomar distancia sin estar intentando lastimarte y que, a veces, las cosas simplemente suceden sin que exista una conspiración alrededor de tu persona. No todo es una indirecta, no todo es un rechazo y no toda decisión ajena es una declaración de guerra contra tu existencia.

Pero supongo que resulta más cómodo pensarlo así. Es más sencillo sentirse víctima que preguntarse qué parte de responsabilidad nos corresponde; más fácil señalar la crueldad de los demás que reconocer las propias; más conveniente construir una historia en la que siempre te han hecho daño que detenerte a considerar las veces en que tú también has sido quien hiere. Porque asumir la responsabilidad exige algo que el papel de víctima no siempre permite: la posibilidad de estar equivocado.

Y mientras tanto, quienes te rodean aprenden a caminar con cuidado. Miden sus palabras, ocultan sus molestias, guardan sus propias tristezas y terminan pidiendo perdón por necesitar espacio para existir. Poco a poco, sus problemas se vuelven pequeños, sus emociones se vuelven secundarias y sus necesidades parecen inoportunas frente a la inmensidad de las tuyas. No porque lo que sientes carezca de importancia, sino porque has encontrado la manera de hacer que lo tuyo parezca lo único que merece ser atendido.

Eso también es egoísmo, aunque no siempre tenga la forma evidente de quien exige, arrebata o impone. A veces, el egoísmo se disfraza de fragilidad, se refugia en las heridas y aprende a utilizar el dolor como un argumento incuestionable. No necesita decir «todo debe girar alrededor de mí» cuando consigue que los demás organicen sus emociones, sus palabras y hasta sus decisiones en función de tu estado de ánimo.

Y no, no se trata de negar lo que te duele, de restarle importancia a tus experiencias ni de exigirte que estés bien todo el tiempo. Todos tenemos heridas que no sabemos explicar y días en los que apenas podemos sostenernos. La diferencia está en lo que hacemos con ellas: si las utilizamos para comprendernos o para justificarlo todo; si nos ayudan a reconocer nuestra vulnerabilidad o si las convertimos en una especie de permiso para ignorar la de los demás.

Porque tener heridas no te convierte automáticamente en una buena persona, del mismo modo que haber sufrido no te exime de la responsabilidad de no hacer sufrir a otros. Tu dolor merece un lugar, pero no necesita ocupar todos los lugares. Tu historia merece ser escuchada, pero no a costa de silenciar las historias ajenas.

Y tal vez eso sea lo que más me desconcierta de ti: no que sufras, sino esa aparente incapacidad de comprender que los demás también lo hacen. Que mientras tú estás ocupado contando las veces que la vida te ha fallado, hay personas a tu alrededor intentando recomponerse en silencio, sin convertir sus heridas en el centro de cada habitación, sin exigir que alguien las descubra, sin hacer de su tristeza una deuda que los demás deban pagar.

Así que no sé cuántos hárboles tuviste que cortar para construir semejante papel, ni cuántas páginas necesitaste para escribir una historia en la que siempre terminas siendo la víctima. Lo que sí sé es que, en algún momento, confundiste ser el más herido con ser el único que importa.

Y ojalá algún día puedas abandonar ese personaje el tiempo suficiente para mirarte sin el filtro de tus agravios. Para descubrir que quizá no todos te deben una disculpa, que no toda ausencia es abandono, que no todo desacuerdo es una agresión y que reconocer el daño que has causado no borra el que alguna vez te hicieron.

Porque, al final, lo verdaderamente triste no es que hayas aprendido a vivir entre tus heridas, sino que hayas terminado construyendo con ellas un escenario tan grande que ya no queda espacio para nadie más.

Y si algún día te preguntas por qué las personas se cansan, por qué dejan de insistir, por qué ya no intentan explicarte lo que sienten, quizá debas considerar que no siempre se marchan porque hayan dejado de quererte. A veces se marchan porque se cansan de desaparecer para que tú puedas seguir ocupando todo el espacio.

Y eso, aunque te cueste aceptarlo, también puede ser una forma de hacer daño. #reflexion

Thoughts

  • tano41

    No lo acompaño del todo en lo del silencio. El que describís como herramienta a veces es lo único que le quedó a alguien al que nunca le salió hablar, y desde afuera se ve igual que el chantaje. Con mi botija me pasa: se cierra, yo pienso que me castiga, y después resulta que no sabía cómo decir algo.

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